Skip to main content

Full text of "Darwin, Charles. El Origen De Las Especies Por Medio De La Seleccion Natural [EPL][2015]"

See other formats


CHARLES 

DARWÍN 


EL ORIGEN 
DE LAS 
ESFECÍ3S 












Con esta obra, Charles Darwin presentó su teoría de 
la evolución mediante la selección natural que, pasados 
más de cien años, continúa siendo la base del estudio 
de la naturaleza para la biología actual. Gran éxito 
desde su primera edición, suscitó vivas polémicas y su 
influencia se hizo notar no sólo en la comunidad 
científica, sino también en toda la sociedad. 



epublibre 


Charles Darwin 

El origen de las especies por 
medio de la selección natural 


ePub r1.2 

Titivillus 26.01.15 
EDICIÓN DIGITAL 


Título original: The origin ofspecies by means of natural selection 
Charles Darwin, 1859 
Traducción: Antonio de Zulueta 
Editor digital: Titivillus 
ePub base rl.2 

Edición digital: epublibre, 2015 
Conversión a pdf: ES, 2020 




4 



Nota del editor digital 

Este libro está maquetado a partir de la edición de 1921 de 
El origen de las especies por medio de la selección natural, 
traducido del inglés por Antonio de Zulueta. Se trata de la 
primera edición en lengua castellana traducida por Zulueta. 
La obra de Darwin, ya había sido traducida por Enrique 
Godínez en 1877, pero la preparación científica de Zulueta le 
permite obtener un resultado mucho más riguroso. 

Se ha tratado de respetar al máximo la edición original del 
libro, siempre que los recursos digitales lo han permitido, y se 
han minimizado las correcciones ortotipográficas, para tratar 
de transmitir al lector sensaciones similares a las que tendría 
en el caso de tener en sus manos los ejemplares en papel que 
le dieron vida (el libro original está dividido en tres tomos). 

No se ha incluido al final del libro la reseña biográfica del 
autor, como es habitual en estas ediciones, ya que el propio 
Zulueta la ha incluido al principio del mismo. Ese lugar se ha 
destinado a una breve biografía de Antonio de Zulueta, cuya 
personalidad ha influido decisivamente en el resultado de la 
obra. 

Titivillus 


5 



Charles-Robert Darwin nació en Shewsbury (Inglaterra) el 
día 12 de febrero de 1809, y fue el cuarto hijo del doctor Robert 
Waring Darwin, médico de aquella población. 

Durante su juventud tuvo espontanea afición al campo y a 
la Historia Natural, especialmente a la Entomología; mas su 
padre pensó en dedicarle a la Medicina, enviándole a estudiar 
a Edinburgo; pero viendo luego que no era ésta su vocación, lo 
mandó a Cambrige con el propósito de que siguiese la carrera 
eclesiástica. 

Cuando tenía, pues, veintidós años (1831) ocurrió un hecho 
en su vida que decidió su suerte. Como conservaba sus 
aficiones y seguía en relación con hombres de ciencia, consiguió 
embarcar como naturalista a bordo del Beagle, buque de la 
marina de guerra, que realizó un viaje científico de cinco años, 
visitando las costas de America del Sur y muchas islas del 
Pacifico y del Atlántico. 

De regreso a su patria, publicó el Viaje de un naturalista y 
empezó a tomar notas (julio de 1837) sobre la transmutación 
de las especies, impresionado por algunos hechos observados en 
su viaje —semejanza entre los animales fósiles de América del 
Sur y los que actualmente la pueblan; notabilísima fauna de las 
islas de los Galápagos —, hechos que, como él mismo dice, 
constituyeron el origen de todas sus teorías. Eue reuniendo 
datos sobre la formación de las razas de plantas y animales 
domésticos y vio inmediatamente que la selección era la clave 
de los triunfos del hombre; pero continuó siendo para él un 
misterio cómo podría aplicarse la selección a los organismos 
que viven en estado natural. En octubre del año siguiente 
(1838) leyó el Ensayo sobre la población, de Malthus, y, 
convencido de la lucha por la existencia, se le ocurrió 
inmediatamente que las variaciones favorables tenderían a 
conservarse, y las desfavorables, a ser destruidas; con lo cual 


6 



tuvo una teoría completa en la que trabajar. 

Pocos años después (1839) se casó, escribió su obra sobre la 
Estructura y distribución de los arrecifes de coral, y luego 
(1842) fijó su residencia en Down —pueblecillo poco distante 
de Londres —, y allí vivió retirado hasta su muerte, disfrutando 
de una posición desahogada, haciendo una vida tranquila, 
rodeado de su mujer y de sus numerosos hijas, y uniendo el 
estudio metódico con el cuidado de su salud, siempre deficiente. 

En Down fue acumulando más datos relacionados con su 
teoría, escribió un ensayo sobre ella —231 páginas en folio — y 
estuvo en correspondencia científica con Hooker y otros 
notables naturalistas. 

A instancias del célebre geólogo Lyell empezó a escribir 
(1856) un tratado más extenso, y estando ya hacia la mitad 
recibió de A. R. Wallace, que estaba de viaje en las islas 
Malucas, un manuscrito, con encargo de que lo leyese, diese su 
opinión y lo transmitiese a Lyell. Quedó Darwin asombrado al 
ver que Wallace —influido también por la lectura del libro de 
Malthus — exponía levemente en su manuscrito la misma 
teoría de la selección natural. Con lealtad completa transmitió 
inmediatamente el manuscrito a Lyell exponiéndole el caso, y 
éste, de acuerdo con Hooker, envió a la Linnean Society, de 
Londres, el ensayo de Wallace, junto con un extracto de la obra 
de Darwin, acompañados de una carta aclaratoria. Los dos 
trabajos se leyeron en una misma sesión de aquella sociedad, 
que los publicó en su Journal como una sola comunicación 
(1858). 

Darwin, siguiendo los consejos de Lyell y de Hooker, se 
ocupó inmediatamente en escribir la que había de ser su obra 
maestra, y el 24 de noviembre de 1858 se puso a la venta El 
ORIGEN DE LAS ESPECIES, quedando agotada en aquel mismo día 
la edición entera, de 1.250 ejemplares. ¡Tal era el interés con 


7 



que se esperaba en Londres la publicación de la obra de 
Darwin! 

No quedó acabada con esta obra la actividad de Darwin: 
siguió trabajando experimentalmente, acumulando 
observaciones y datos, publicando nuevas ediciones 
aumentadas de El origen de las especies — hasta llegar a la 
sexta, de la cual es traducción la presente — y escribiendo obras 
documentadísimas y del mayor interés sobre muy varios 
aspectos de la Historia Natural, entre las que sobresalen: La 
variación de los animales y las plantas en estado doméstico 
(1868), La descendencia del hombre (1871), La expresión de 
las emociones (1872), La fecundación de las orquídeas (1862), 
Las plantas insectívoras (1875), etc. También escribió su 
autobiografía y numerosas cartas, que luego fueron reunidas y 
publicadas por uno de sus hijos. 

Después de una vida de fecundo trabajo, y gozando de la 
mayor consideración de sus conciudadanos y del mundo 
científico, falleció Darwin, a los setenta y tres años de edad, el 
día 19 de abril de 1882, siendo sepultado su cadáver en la 
abadía de Westminster, a pocos pasos del deNewton. 

Las obras de Darwin, y particularmente El origen de las 
ESPECIES, han ejercido una gran influencia en la Biología, y aun 
en el desarrollo del pensamiento humano. En primer lugar, 
renovaron la atención y el interés, no sólo de los naturalistas, 
sino de todas las personas ilustradas, por la teoría —sostenida 
ya anteriormente, con fundamento científico, por Lamarck y 
otros naturalistas — del origen de los animales y plantas 
mediante transformación o evolución, suscitando vivísima 
controversia en todos los países cultos. Además, Darwin explicó 
esta transformación de un modo nuevo, mediante la selección 
natural, reuniendo en favor de su explicación un cúmulo tal de 
datos como no se ha reunido nunca para demostrar ninguna 


8 



otra opinión científica. 

Las ideas de Darwin, después de vehementes discusiones, 
apasionadas algunas veces, quedaron aceptadas sinceramente 
por la mayor parte de los hombres de ciencia, si bien más tarde 
fue creciendo la tendencia a discutir, no el hecho de la 
evolución —que hoy es casi umversalmente admitido — sino el 
papel que en ella representen la selección natural y la herencia. 
Por este motivo. El origen de las especies ha vuelto a ser un 
libro de interés actual. 

Antonio de Zulueta 

En la presente edición se han conservado aquellos nombres extranjeros de razas 
domésticas de ganado, perros, palomas, gallinas, etc., que no tienen traducción exacta 
en castellano, siguiendo así la práctica establecida en los tratados y revistas sobre estos 
animales y en los concursos y exposiciones. A.Z. 


9 



«Pero, por lo que se refiere al mundo material, podemos, 
por lo menos, llegar a esto: podemos conocer que los hechos 
se producen, no por intervenciones aisladas del poder divino 
ejercidas en cada caso particular, sino mediante la institución 
de leyes generales».— Whewell: Bridgewater Treatise. 

«El único sentido claro de la palabra natural es regulado, 
fijado o establecido, y, por consiguiente, tanto requiere y 
presupone lo que es natural un agente inteligente que lo haga 
tal —esto es: que lo produzca continuamente o en momentos 
determinados— como requiere lo que es sobrenatural o 
milagroso un agente que lo produzca una sola vez».— Butler: 
Analogy ofRevealed Religión. 

«Para concluir: por consiguiente, nadie, por una pobre idea 
de sobriedad o una moderación mal aplicada, piense o 
sostenga que el hombre puede buscar demasiado o aprender 
demasiado en el libro de la palabra de Dios o en el libro de las 
obras de Dios, Teología o Filosofía, sino, más bien, procuren 
los hombres un infinito progreso o perfeccionamiento en 
ambas».— Bacon: Advancement ofLearning. 


10 



NOTICIA HISTORICA DEL DESARROLLO DE LAS 
IDEAS ACERCA DEL ORIGEN DE LAS ESPECIES 
ANTES DE LA PUBLICACION DE LA PRIMERA 
EDICION DE ESTA OBRA 

Daré aquí una breve noticia del desarrollo de las ideas 
acerca del origen de las especies. Hasta hace poco tiempo, la 
gran mayoría de los naturalistas creía que las especies eran 
creaciones inmutables y que habían sido creadas 
separadamente. Esta opinión ha sido hábilmente sostenida 
por muchos autores. Unos pocos naturalistas, por el 
contrario, han creído que las especies sufren modificaciones y 
que las formas orgánicas existentes son descendientes, por 
verdadera generación, de formas preexistentes. Pasando por 
alto las alusiones a este asunto en los escritores clásicos^^', el 
primer autor que en los tiempos modernos lo ha tratado con 
espíritu científico fué Buffón; pero como sus opiniones 
fluctuaron mucho en diferentes períodos y no entra en las 
causas o modos de transformación de las especies, no necesito 
entrar aquí en detalles. 

Lamarck fué el primero cuyas conclusiones sobre este 
asunto despertaron mucho la atención. Este naturalista, 
justamente celebrado, publicó primero sus opiniones en 1801, 
las amplió mucho en 1809, en su Philosophie Zoologique, y 
después, en 1815, en la Introducción a su Hist. Nat. des 
animaux sans vertebres. En estas obras sostuvo la doctrina de 
que las especies, incluso el hombre, han descendido de otras 
especies. Eué el primero que prestó el eminente servicio de 
despertar la atención acerca de la probabilidad de que todos 
los cambios, tanto en el mundo orgánico como en el 
inorgánico, sean el resultado de una ley y no de una 
interposición milagrosa. Lamarck parece haber sido 
principalmente llevado a su conclusión sobre el cambio 


11 


gradual de las especies por la dificultad de distinguir especies 
y variedades, por la gradación casi perfecta de formas en 
ciertos grupos y por la analogía con las producciones 
domésticas. Respecto a los medios de modificación, atribuyó 
algo a la acción directa de las condiciones físicas de vida, algo 
al cruzamiento de las formas ya existentes, y mucho al uso y 
desuso, esto es: a los efectos de la costumbre. A este último 
agente parece atribuir todas las hermosas adaptaciones 
existentes en la Naturaleza, tales como el largo cuello de la 
jirafa para ramonear en las ramas de los árboles. Pero 
Lamarck creyó igualmente en una ley de desarrollo 
progresivo; y como todas las formas orgánicas tienden de este 
modo a progresar, para explicar la existencia en el día 
presente de seres sencillos sostuvo que estas formas se 
engendran en la actualidad espontáneamente^^f 

Geoffroy Saint-Hilaire, según se consigna en su Vida, 
escrita por su hijo, sospechó ya en 1795 que lo que llamamos 
especies son diferentes degeneraciones del mismo tipo. Pero 
hasta 1828 no publicó su convicción de que las mismas 
formas no se han perpetuado desde el origen de todas las 
cosas. Geoffroy parece haber contado principalmente con las 
condiciones de vida o el monde ambiant como causa del 
cambio. Fué prudente en sacar conclusiones y no creyó que 
las especies existentes estuviesen en este momento 
experimentando modificaciones, y, como añade su hijo, 
«G’est done un probléme á réserver entiérement á 1’avenir, 
supposé méme que l’avenir doive avoir prise sur lui». 

En 1813, el doctor W. G. Wells leyó, ante la Royal Society, 
An Account of a White femóle, part of whose skin resembles 
that of a Negro; pero su Memoria no fué publicada hasta que 
lo fueron en 1818 sus famosos Two Essays upon Dew and 
Single Vision. En esta Memoria reconoce claramente el 


12 


principio de la selección natural, y es la primera vez que haya 
sido señalada, que se ha reconocido este principio; pero lo 
aplica sólo a las razas humanas y a ciertos caracteres 
únicamente. Después de hacer notar que los negros y mulatos 
gozan de inmunidad para ciertas enfermedades tropicales, 
hace observar, en primer lugar, que todos los animales 
tienden a variar en algún grado, y en segundo lugar, que los 
agricultores mejoran sus animales domésticos mediante 
selección, y, por consiguiente —añade—, «lo que en este 
último caso hace el arte parece hacerlo con igual eficacia, 
aunque más lentamente, la Naturaleza, en la formación de las 
variedades de la Humanidad adecuadas para el país que 
habitan. De las variedades accidentales del hombre que 
aparecerían entre los pocos y esparcidos primeros habitantes 
de las regiones centrales del Africa, alguna sería más adecuada 
que las otras para soportar las enfermedades del país. Esta 
raza, por consiguiente, se multiplicaría, mientras que las otras 
decrecerían, no sólo por su incapacidad para resistir los 
ataques de las enfermedades, sino también por su incapacidad 
para contender con sus vecinos más vigorosos. Por lo que 
antes se ha dicho, doy por supuesto que el color de esta raza 
vigorosa sería obscuro. Pero existiendo todavía la misma 
disposición para formar variedades, saldría en el transcurso 
del tiempo una raza más y más obscura; y como la más 
obscura sería la mejor dispuesta para el clima, ésta, a la larga, 
llegaría a ser la raza predominante, si no la única, en la región 
determinada en la que se hubiese originado». El doctor W. C. 
Wells extiende luego las mismas ideas a los habitantes blancos 
de climas fríos. Debo a míster Rowley, de los Estados Unidos, 
el haberme llamado la atención, por medio de mister Brace, 
sobre el pasaje precedente de la obra del doctor Wells. 

El Honorable y Reverendo W. Herbert, más tarde deán de 
Manchester, en el volumen cuarto de las Horticultural 


13 



Transactions, 1822, y en su obra sobre las Amaryllidacece, 
1837, págs. 19 y 339, declara que «experimentos de 
horticultura han demostrado, sin que sea posible la 
refutación, que las especies botánicas son sólo una clase más 
elevada y más permanente de variedades». Hace extensiva la 
misma opinión a los animales. El deán cree que una sola 
especie de cada género fué creada de una condición 
primitivamente muy plástica, y que éstas han producido, 
principalmente por cruzamiento, pero también por variación, 
todas nuestras especies existentes. 

En 1826, el profesor Grant, en el párrafo final de su famosa 
Memoria {Edinburgh Philosophical Journal, vol. XIV, pág. 
283) sobre la Spongilla, manifiesta claramente su creencia de 
que las especies descienden de otras especies y que se 
perfeccionan en el transcurso de la modificación. La misma 
opinión fué expuesta en su lección 55, publicada en la Lancet 
en 1834. 

En 1831, mister Patrick Matthew publicó su obra sobre 
Naval Timber and Arboriculture, en la cual expone 
precisamente la misma opinión sobre el origen de las especies 
que la propuesta por mister Wallace y por mí en el Linnean 
Journal —de la que se hablará luego— y que la desarrollada 
en el presente libro. Desgraciadamente, esta opinión fué 
expuesta por mister Matthew muy brevemente en pasajes 
esparcidos en un apéndice de una obra sobre un asunto 
diferente, de modo que permaneció desconocida hasta que el 
mismo mister Matthew llamó la atención sobre ella en la 
Gardener’s Chronicle de 7 de abril de 1860. Las diferencias 
entre la opinión de mister Matthew y la mía no son de mucha 
importancia: parece que él cree que el mundo fué casi 
despoblado en períodos sucesivos, y luego repoblado, y da 
como una posibilidad el que nuevas formas pueden ser 
engendradas «sin la presencia de ningún molde ni germen de 


14 



agregados precedentes». No estoy seguro de entender algunos 
pasajes, pero parece que atribuye mucha influencia a la acción 
directa de las condiciones de vida. Sin embargo, mister 
Matthew vió claramente toda la fuerza de la selección natural. 

El renombrado geólogo naturalista Von Buch, en su 
excelente Description Physique des Isles Cañarles (1836, pág. 
147) expresa claramente su creencia de que las variedades 
llegan lentamente a convertirse en especies permanentes que 
ya no son capaces de cruzamiento. 

Raflnesque, en su New Flora of North America, publicada 
en 1836, escribió (pág. 6) lo siguiente: «Todas las especies 
pudieron haber sido en otro tiempo variedades, y muchas 
variedades se están convirtiendo gradualmente en especies, 
adquiriendo caracteres constantes y peculiares»; pero más 
adelante (pág. 18) añade: «Excepto los tipos primitivos o 
progenitores de los géneros». 

El 1843-44, el profesor Haldeman (Boston Journal of Nat. 
Hist. U. States, vol. IV, pág. 468) ha presentado hábilmente las 
razones en favor y en contra de la hipótesis del desarrollo y 
modificación de las especies: parece inclinarse hacia el lado 
del cambio. 

Los Vestiges ofCreation aparecieron en 1844. En la décima 
edición, muy mejorada (1853), su anónimo autor dice (pág. 
155): «La proposición establecida, después de muchas 
consideraciones, es que las diferentes series de seres vivos, 
desde los más sencillos y antiguos hasta los más elevados y 
recientes, son el resultado, según la providencia de Dios: 
primero, de un impulso que ha sido comunicado a las formas 
orgánicas, haciéndolas ascender, en tiempos determinados, 
mediante generación, por grados de organización que 
terminan en las dicotiledóneas y vertebrados superiores, 
siendo estos grados en corto número y marcados 


15 



generalmente por intervalos de carácter orgánico, que vemos 
que son una dificultad práctica para descubrir las afinidades; 
segundo, de otro impulso relacionado con las fuerzas vitales, 
que tiende, en el trascurso de las generaciones, a modificar las 
estructuras orgánicas en correspondencia con las 
circunstancias externas, como la comida, la naturaleza de la 
región donde vive el animal o planta y los agentes meteóricos, 
siendo éstas las adaptaciones de la teolología natural». El 
autor, al parecer, cree que la organización progresa por saltos 
bruscos, pero que los efectos producidos por las condiciones 
de vida son graduales. El autor defiende con mucha energía, 
sobre fundamentos generales, el que las especies no son 
producciones inmutables; pero yo no sé ver cómo los dos 
supuestos impulsos expliquen, en un sentido científico, las 
numerosas y hermosas adaptaciones mutuas que vemos por 
toda la Naturaleza; no puedo comprender que adquiramos así 
conocimiento alguno de cómo, por ejemplo, un pájaro 
carpintero haya llegado a adaptarse a su modo peculiar de 
vida. La obra, por su enérgico y brillante estilo, aunque en sus 
primeras ediciones mostró poca exactitud en los 
conocimientos y una gran falta de prudencia científica, tuvo 
inmediatamente gran circulación. En mi opinión, ha prestado 
excelente servicio en nuestro país llamando la atención sobre 
este asunto, alejando prejuicios y preparando así el terreno 
para recibir ideas análogas. 

En 1846, el veterano geólogo M. J. d’Omalius d’Halloy 
publicó en un excelente aunque corto trabajo (Bulletins de 
VAcad. Roy. Bruxelles, tomo XIII, pág. 581) su opinión de que 
es más probable el que nuevas especies hayan sido producidas 
por descendencia con modificación que el que hayan sido 
creadas separadamente: el autor hizo pública esta opinión por 
vez primera en 1831. 

El profesor Owen, en 1849 (Nature of Limbs, pág. 86), 


16 



escribió lo siguiente: «La idea arquetípica se manifestó en la 
tierra, en los animales, con diversas modificaciones, mucho 
antes de la existencia de las especies animales que 
actualmente son ejemplos de ella. Hasta ahora ignoráramos a 
qué leyes naturales o causas secundarias puede haber sido 
encomendada la ordenada sucesión y marcha de estos 
fenómenos orgánicos». En su discurso ante la British 
Association en 1858, habló (pág. LI) de «el axioma de la 
actuación continua del poder creador y del ordenado cambiar 
de los seres vivientes». Más adelante (página XC), después de 
referirse a la distribución geográfica, añade: «Estos 
fenómenos hacen vacilar nuestra confianza en la conclusión 
que el Apteryx, de Nueva Zelandia, y el Lagopus scoticus, de 
Inglaterra, fueron, respectivamente, creaciones expresas en 
estas islas y para estas islas. Siempre, pues, convendrá tener 
presente que mediante la palabra creación el zoólogo entiende 
un proceso, no sabe cuál». El profesor H. Owen amplifica esta 
idea añadiendo que cuando casos tales como el del Lagopus 
scoticus son «citados por el zoólogo como pruebas de creación 
expresa de un ave en tales y para tales islas, manifiesta 
principalmente que no sabe cómo el Lagopus scoticus llegó a 
estar allí y exclusivamente allí; significación también 
mediante este modo de expresar tal ignorancia su creencia de 
que tanto el ave como la isla debieron su origen a una gran 
causa creadora primera». Si estas afirmaciones hechas en el 
mismo discurso las interpretamos una mediante otra, parece 
que este eminente filósofo, en 1858, sintió vacilar su 
seguridad de que el Apteryx y el Lagopus apareciesen por vez 
primera en sus respectivas patrias, «no sabemos cómo», o 
mediante algún proceso, «no sabemos cuál». Este discurso fué 
pronunciado después que las Memorias de míster Wallace y 
mías sobre el origen de las especies, de las que luego se 
hablará, hubieron sido leídas ante la Linnean Society. Cuando 


17 



se publicó la primera edición de esta obra estaba yo tan 
completamente engañado, como lo estaban muchos otros, 
por expresiones tales como «la actuación continua del poder 
creador», que incluí al profesor Owen, con otros 
paleontólogos, como firmemente convencido de la 
inmutabilidad de las especies; pero parece (Anat. oj 
Vertebrates, vol. III, pág. 796) que esto fué por mi parte un 
error absurdo. En la última edición de esta obra deduzco—y 
la deducción, hasta ahora, me parece perfectamente justa—de 
un pasaje que empieza con las palabras «sin duda la forma- 
tipo», etcétera (Ibid., vol. III, pág. 35), que el profesor Owen 
admitió que la selección natural puede haber hecho algo en la 
formación de una especie nueva; pero esto, según parece 
(Ibid., vol. III, pág. 798), es impreciso y sin pruebas. También 
di yo algunos extractos de una correspondencia entre el 
profesor Owen y el editor de la London Review, de los cuales 
resulta manifiesto para el editor, lo mismo que para mí, que el 
profesor Owen pretendió haber promulgado la teoría de la 
selección natural antes que yo lo hubiese hecho, y yo expresé 
mi sorpresa y satisfacción por esta advertencia; pero hasta 
dónde es posible entender ciertos pasajes recientemente 
publicados (Ibid., vol. III, pág. 798), yo he caído, total o 
parcialmente, de nuevo en error. Es consolador para mí que 
otros encuentren los escritos polémicos del profesor Owen 
tan difíciles de entender y tan inconciliables entre sí como yo 
los encuentro. Por lo que se refiere a la simple enunciación 
del principio de la selección natural, no tiene importancia 
alguna que el profesor Owen me haya precedido o no, pues 
ambos, como se ha demostrado en esta noticia histórica, 
fuimos precedidos hace mucho tiempo por el doctor Wells y 
mister Matthew. 

Monsieur Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, en sus 

conferencias dadas en 1850 —de las que apareció un resumen 


18 



en la Revue et Mag. de Zoolog, Jan., 1851—, expone 
brevemente sus razones para creer que los caracteres 
específicos «sont fixés, pour chaqué espéce, tant qu’elle se 
perpétue au milieu des mémes circonstances: ils se modifient, 
si les circonstances ambiantes viennent á changer». «En 
résumé, Vobservation des animaux sauvages démontre déjá la 
variabilité limitée des espéces. Les expériences sur les animaux 
sauvages devenus domestiques, et sur les animaux 
domestiques redevenus sauvages la démontrent plus 
clairement encore. Ces mémes expérences prouvent, de plus, 
que les différences produites peuvent étre de valeur 
générique». En su Hist. Nat. Genérale (tomo II, p. 430, 1859) 
amplía conclusiones análogas. 

De una circular publicada últimamente resulta que el 
doctor Ereke, en 1851 (Dublin Medical Press, pág. 322), 
propuso la doctrina de que todos los seres orgánicos habían 
descendido de una forma primordial. Los fundamentos de su 
opinión y el modo de tratar el asunto son completamente 
diferentes de los míos; pero como el doctor Ereke ha 
publicado ahora su ensayo sobre el Origin ofSpecies by means 
of Organic Affinity, el difícil intento de dar una idea de sus 
opiniones sería superfluo por mi parte. 

Mister Herbert Spencer, en un ensayo —primeramente 
publicado en el Leader, marzo 1852, y reeditado en sus Essays 
en 1858—, ha expuesto con notable habilidad y vigor el 
contraste entre la teoría de la creación y la del desarrollo de 
los seres orgánicos. De la analogía con los productos 
domésticos, de los cambios que experimentan los embriones 
de muchas especies, de la dificultad de distinguir especies y 
variedades y del principio de la gradación general deduce que 
las especies se han modificado. El autor (1855) se ha ocupado 
también de psicología partiendo del principio de la necesaria 
adquisición gradual de cada facultad y capacidad mental. 


19 



En 1852, monsieur Naudin, distinguido botánico, en una 
admirable Memoria sobre el origen de las especies {Revue 
Horticole, pág. 102; después, parcialmente editada en los 
Nouvelles Archives du Muséum, tomo I, pág. 171), afirmó 
expresamente su creencia de que las especies se forman de un 
modo análogo al modo como se forman las variedades 
mediante cultivo, y atribuye este último proceso al poder de 
selección del hombre; pero no expone cómo la selección actúa 
en la Naturaleza, Cree, como el deán Herbert, que las 
especies, al nacer, eran más plásticas que al presente. Atribuye 
importancia a lo que llama el principio de finalidad, 
«puissance mystérieuse, indéterminée; fatalité pour les uns; 
pour les autres, volonté providentielle, dont l’action 
incessante sur les étres vivants détermine, á toutes les époques 
de l’existence du monde, la forme, le volume et la durée de 
chacun d’eux, en raison de sa destinée dans Fordre de choses 
dont-il fait partie. C’est cette puissance qui harmonise chaqué 
membre á l’ensamble, en l’appropriant á la fonction qu’il doit 
remplir dans l’organisme général de la nature, fonction qui 
est pour lui sa raison d’étre»^^'. 

En 1853, un reputado geólogo, el conde Kayserling 
(Bulletin de la Soc. Géolog., tomo X, página 357), indicó que, 
del mismo modo que se han originado y extendido sobre la 
tierra nuevas enfermedades, que se supone han sido 
producidas por algún miasma, así también, en ciertos 
períodos, los gérmenes de las especies existentes han sido 
influidos químicamente por moléculas circumambientes de 
naturaleza particular y han dado así nacimiento a formas 
nuevas. 

En el mismo año 1853, el doctor Schaaffhausen publicó un 
excelente artículo {Verhand des Naturhist. Vereins der Preuss. 
Rheinlands, etc.), en el cual defiende el desarrollo de las 


20 


formas orgánicas sobre la tierra. Llega a la conclusión de que 
muchas especies se han mantenido constantes durante largos 
períodos, mientras que unas pocas han llegado a modificarse. 
Explica la separación de especies por la destrucción de formas 
intermedias. «De este modo las plantas y animales vivientes 
no están separados de los extintos por nuevas creaciones, sino 
que han de ser considerados como sus descendientes por 
reproducción continuada». 

Un reputado botánico francés, monsieur Lecoq, escribe en 
1854 (Études sur Géograph. Bot, tomo I, pág. 250): «On voit 
que nos recherches sur la fixité ou la variation de Fespéce 
nous conduisent directement aux idées émises par deux 
hommes justement célebres, Geoffroy Saint-Hilaire et 
Goethe». Algunos otros pasajes esparcidos en la extensa obra 
de monsieur Lecoq hacen algo dudoso hasta qué punto 
extiende sus opiniones sobre la modificación de las especies. 

Lsl filosofía de la creación ha sido tratada de modo magistral 
por el reverendo Badén Powell en sus Essays on the Unity oj 
Worlds, 1855. Nada puede haber más notable que el modo 
como muestra que la introducción de nuevas especies es «un 
fenómeno regular y no casual», o, como lo expresa sir John 
Herschel, «un procedimiento natural en oposición a un 
procedimiento milagroso». 

El tercer volumen del Journal of the Linnean Society 
contiene trabajos leídos en 1° de julio de 1858 por mister 
Wallace y por mí, en los que, como se dijo en las 
observaciones preliminares de este volumen, la teoría de la 
selección natural es proclamada por mister Wallace con 
admirable energía y claridad. 

Von Baer, hacia quien todos los zoólogos experimentan tan 
profundo respeto, expresó por el año 1859 (véase Prof. 
Rudolph Wagner, Zoologisch-Anthropologische 


21 



Untersuchungen, 1861, página 51) su convicción, fundada 
principalmente en las leyes de la distribución geográfica, de 
que formas ahora perfectamente distintas han descendido de 
una sola forma madre. 

En junio de 1859, el profesor Huxley dió una conferencia 
ante la Royal Institution sobre los Persistent Types of Animal 
Life. Refiriéndose a tales casos, hace observar: «Es difícil 
comprender la significación de hechos como éstos si 
suponemos que cada especie de animal o planta, o cada gran 
tipo de organización, fué formado y colocado sobre la 
superficie del globo, tras grandes intervalos, por un acto 
distinto del poder creador, y es conveniente recoger que esta 
suposición está tan falta de apoyo por parte de la tradición o 
la revelación, cuanto se opone a la analogía general de la 
Naturaleza. Si, por el contrario, consideramos los tipos 
persistentes en relación con la hipótesis que supone que las 
especies que han vivido en cualquier tiempo son el resultado 
de la modificación gradual de especies preexistentes — 
hipótesis que, aunque no probada y lastimosamente 
perjudicada por algunos de sus defensores, es, sin embargo, la 
única a la cual la fisiología presta algún apoyo—, su existencia 
parecería demostrar que la modificación que los seres 
vivientes han experimentado durante el tiempo geológico es 
muy pequeña en relación con toda la serie de cambios que 
han soportado». 

En diciembre de 1859, el doctor Hooker publicó su 
Introduction to the Australian Flora. En la primera parte de 
esta gran obra admite la verdad de la descendencia y 
modificación de las especies y defiende esta doctrina con 
muchas observaciones originales. 

La primera edición de esta obra se publicó el día 24 de 
noviembre de 1859, y la segunda edición, el 7 de enero de 


22 



1860. 


23 



INTRODUCCIÓN 


Cuando estaba como naturalista a bordo del Beagle, buque 
de la marina real, me impresionaron mucho ciertos hechos 
que se presentan en la distribución geográfica de los seres 
orgánicos que viven en América del Sur y en las relaciones 
geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel 
continente. Estos hechos, como se verá en los últimos 
capítulos de este libro, parecían dar alguna luz sobre el origen 
de las especies, este misterio de los misterios, como lo ha 
llamado uno de nuestros mayores filósofos. A mi regreso al 
hogar ocurrióseme en 1837 que acaso se podría llegar a 
descifrar algo de esta cuestión acumulando pacientemente y 
reflexionando sobre toda clase de hechos que pudiesen tener 
quizá alguna relación con ella. Después de cinco años de 
trabajo me permití discurrir especulativamente sobre esta 
materia y redacté unas breves notas; éstas las amplié en 1844, 
formando un bosquejo de las conclusiones que entonces me 
parecían probables. Desde este período hasta el día de hoy me 
he dedicado invariablemente al mismo asunto; espero que se 
me puede excusar el que entre en estos detalles personales, 
que los doy para mostrar que no me he precipitado al 
decidirme. 

Mi obra está ahora (1859) casi terminada; pero como el 
completarla me llevará aún muchos años y mi salud dista de 
ser robusta, he sido instado, para que publicase este resumen. 
Me ha movido, especialmente a hacerlo el que míster Wallace, 
que está actualmente estudiando la historia natural del 
Archipiélago Malayo, ha llegado casi exactamente a las 
mismas conclusiones generales a que he llegado yo sobre el 
origen de las especies. En 1858: me envió una Memoria sobre 
este asunto, con ruego de que la transmitiese a sir Charles 


24 



Lyell, quien la envió a la Linnean Society y está publicada en 
el tercer tomo del Journal de esta Sociedad. Sir C. Lyell y el 
doctor Hooker, que tenían conocimiento de mi trabajo, pues 
este último había leído mi bosquejo de 1844, me honraron, 
juzgando, prudente publicar, junto con la excelente Memoria 
de míster Wallace, algunos breves extractos de mis 
manuscritos. 

Este resumen que publico ahora tiene necesariamente que 
ser imperfecto. No puedo dar aquí referencias y textos en 
favor de mis diversas afirmaciones, y tengo que contar con 
que el lector pondrá alguna confianza en mi exactitud. Sin 
duda se habrán deslizado errores, aunque espero que siempre 
he sido prudente en dar crédito tan sólo a buenas autoridades. 
No puedo dar aquí más que las conclusiones generales a que 
he llegado con algunos; hechos como ejemplos, que espero, 
sin embargo, serán suficientes en la mayor parte de los casos. 
Nadie puede sentir más que yo la necesidad de publicar 
después detalladamente, y con referencias, todos los hechos 
sobre que se han fundado mis conclusiones, y que espero 
hacer esto en una obra futura; pues sé perfectamente que 
apenas se discute en este libro un solo punto acerca del cual 
no puedan aducirse hechos que con frecuencia llevan, al 
parecer, a conclusiones directamente opuestas a aquellas a 
que yo he llegado. Un resultado justo puede obtenerse sólo 
exponiendo y pesando perfectamente los hechos y 
argumentos de ambas partes de la cuestión, y esto aquí no es 
posible. 

Siento mucho que la falta de espacio me impida tener la 
satisfacción de dar las gracias por el generoso auxilio que he 
recibido de muchísimos naturalistas, a algunos de los cuales 
no conozco personalmente. No puedo, sin embargo, dejar 
pasar esta oportunidad sin expresar mi profundo 
agradecimiento al doctor Hooker, quien durante los últimos 


25 



quince años me ha ayudado de todos los modos posibles, con 
su gran cúmulo de conocimientos y su excelente criterio. 

Al considerar el origen de las especies se concibe 
perfectamente que un naturalista, reflexionando sobre las 
afinidades mutuas de los seres orgánicos, sobre sus relaciones 
embriológicas, su distribución geográfica, sucesión geológica 
y otros hechos semejantes, puede llegar a la conclusión de que 
las especies no han sido independientemente creadas, sino 
que han descendido, como las variedades, de otras especies. 
Sin embargo, esta conclusión, aunque estuviese bien fundada, 
no sería satisfactoria hasta tanto que pudiese demostrarse 
cómo las innumerables especies que habitan el mundo se han 
modificado hasta adquirir esta perfección de estructuras y 
esta adaptación mutua que causa, con justicia, nuestra 
admiración. Los naturalistas continuamente aluden a 
condiciones externas, tales como clima, alimento, etc., como 
la sola causa posible de variación. En un sentido limitado, 
como veremos después, puede esto ser verdad; pero es 
absurdo atribuir a causas puramente externas la estructura, 
por ejemplo, del pájaro carpintero, con sus patas, cola, pico y 
lengua tan admirablemente adaptados para capturar insectos 
bajo la corteza de los árboles. En el caso del muérdago, que 
saca su alimento de ciertos árboles, que tiene semillas que 
necesitan ser transportadas por ciertas aves y que tiene flores 
con sexos separados que requieren absolutamente la 
mediación de ciertos insectos para llevar polen de una flor a 
otra, es igualmente absurdo explicar la estructura de este 
parásito y sus relaciones con varios seres orgánicos distintos, 
por efecto de las condiciones externas, de la costumbre o de la 
voluntad de la planta misma. 

Es, por consiguiente, de la mayor importancia llegar a un 
juicio claro acerca de los medios de modificación y de 
adaptación mutua. Al principio de mis observaciones me 


26 



pareció probable que un estudio cuidadoso de los animales 
domésticos y de las plantas cultivadas ofrecería las mayores 
probabilidades de resolver este obscuro problema. No he sido 
defraudado: en éste y en todos los otros casos dudosos he 
hallado invariablemente que nuestro conocimiento, aun 
imperfecto como es, de la variación en estado doméstico 
proporciona la guía mejor y más segura. Puedo aventurarme 
a manifestar mi convicción sobre el gran valor de estos 
estudios, aunque han sido muy comúnmente descuidados por 
los naturalistas. 

Por estas consideraciones, dedicaré el primer capítulo de 
este resumen a la variación en estado doméstico. Veremos 
que es, por lo menos, posible una gran modificación 
hereditaria, y, lo que es tanto o más importante, veremos 
cuán grande es el poder del hombre al acumular por su 
selección ligeras variaciones sucesivas. Pasaré luego a la 
variación de las especies en estado natural pero, 
desgraciadamente, me veré obligado a tratar este asunto con 
demasiada brevedad, pues sólo puede ser tratado 
adecuadamente dando largos catálogos de hechos. Nos será 
dado, sin embargo, discutir qué circunstancias son más 
favorables para la variación. En el capítulo siguiente se 
examinará la lucha por la existencia entre todos los seres 
orgánicos en todo el mundo, lo cual se sigue inevitablemente 
de la elevada razón geométrica de su aumento. Es ésta la 
doctrina de Malthus aplicada al conjunto de los reinos animal 
y vegetal. Como de cada especie nacen muchos más 
individuos de los que pueden sobrevivir, y como, en 
consecuencia, hay una lucha por la vida, que se repite 
frecuentemente, se sigue que todo ser, si varía, por débilmente 
que sea, de algún modo provechoso para él bajo las complejas 
y a veces variables condiciones de la vida, tendrá mayor 
probabilidad de sobrevivir y de ser así naturalmente 


27 



seleccionado. Según el poderoso principio de la herencia, toda 
variedad seleccionada tenderá a propagar su nueva y 
modificada forma. 

Esta cuestión fundamental de la selección natural será 
tratada con alguna extensión en el capítulo IV, y entonces 
veremos cómo la selección natural produce casi 
inevitablemente gran extinción de formas de vida menos 
perfeccionadas y conduce a lo que he llamado divergencia de 
caracteres. En el capítulo siguiente discutiré las complejas y 
poco conocidas leyes de la variación. En los cinco capítulos 
siguientes se presentarán las dificultades más aparentes y 
graves para aceptar la teoría; a saber: primero, las dificultades 
de las transiciones, o cómo un ser sencillo o un órgano 
sencillo puede transformarse y perfeccionarse, hasta 
convertirse en un ser sumamente desarrollado o en un órgano 
complicadamente construido; segundo, el tema del instinto o 
de las facultades mentales de los animales; tercero, la 
hibridación o la esterilidad de las especies y fecundidad de las 
variedades cuando se cruzan; y cuarto, la imperfección de la 
crónica geológica. En el capítulo siguiente consideraré la 
sucesión geológica de los series en el tiempo; en los capítulos 
XII y XIII, su clasificación y afinidades mutuas, tanto de 
adultos como en estado embrionario. En el último capítulo 
daré un breve resumen de toda la obra, con algunas 
observaciones finales. 

Nadie debe sentirse sorprendido por lo mucho que queda 
todavía inexplicado respecto al origen de las especies y 
variedades, si se hace el cargo debido de nuestra profunda 
ignorancia respecto a las relaciones mutuas de los muchos 
seres que viven a nuestro alrededor. ¿Quién puede explicar 
por qué una especie se extiende mucho y es numerosísima y 
por qué otra especie afín tiene una dispersión reducida y es 
rara? Sin embargo, estas relaciones son de suma importancia. 


28 



pues determinan la prosperidad presente y, a mi parecer, la 
futura fortuna y variación de cada uno de los habitantes del 
mundo. Todavía sabemos menos de las relaciones mutuas de 
los innumerables habitantes de la tierra durante las diversas 
épocas geológicas pasadas de su historia. Aunque mucho 
permanece y permanecerá largo tiempo obscuro, no puedo, 
después del más reflexionado estudio y desapasionado juicio 
de que soy capaz, abrigar duda alguna de que la opinión que 
la mayor parte de los naturalistas mantuvieron hasta hace 
poco, y que yo mantuve anteriormente —o sea que cada 
especie ha sido creada independientemente—, es errónea. 
Estoy completamente convencido de que las especies no son 
inmutables y de que las que pertenecen a lo que se llama el 
mismo género son descendientes directos de alguna otra 
especie, generalmente extinguida, de la misma manera que las 
variedades reconocidas de una especie son los descendientes 
de ésta. Además, estoy convencido de que la selección natural 
ha sido el medio más importante, pero no el único, de 
modificación. 


29 



CAPÍTULO I 

Variación en estado doméstico. 

Causas de variabilidad.—Efectos de la costumbre y del uso y desuso de los 
órganos.—Variación correlativa.—Herencia.—Caracteres de las variedades 
domésticas.—Dificultad de la distinción entre especies y variedades.—Origen de las 
variedades domésticas, a partir de una o de varias especies.—Palomas domésticas; 
sus diferencias y origen.—Principios de la selección seguidos de antiguo; sus efectos. 
—Selección metódica y selección inconsciente.—Desconocido origen de nuestras 
producciones domésticas.—Circunstancias favorables al poder de selección del 
hombre. 

Causas de variabilidad. 

Cuando comparamos los individuos de la misma variedad 
o subvariedad de nuestras plantas y animales cultivados más 
antiguos, una de las primeras cosas que nos impresionan es 
que generalmente difieren más entre sí que los individuos de 
cualquier especie en estado natural; y si reflexionamos en la 
gran diversidad de plantas y animales que han sido cultivados 
y que han variado durante todas las edades bajo los más 
diferentes climas y tratos, nos vemos llevados a la conclusión 
de que esta gran variabilidad se debe a que nuestras 
producciones domésticas se han criado en condiciones de 
vida menos uniformes y algo diferentes de aquellas a que ha 
estado sometida en la naturaleza la especie madre. Hay, pues, 
algo de probable en la opinión propuesta por Andrew Knight, 
de que esta variabilidad puede estar relacionada, en parte, con 
el exceso de alimento. Parece claro que los seres orgánicos, 
para que se produzca alguna variación importante, tienen que 
estar expuestos durante varias generaciones a condiciones 
nuevas, y que, una vez que el organismo ha empezado a 
variar, continúa generalmente variando durante muchas 
generaciones. No se ha registrado un solo caso de un 
organismo variable que haya cesado de variar sometido a 
cultivo. Las plantas cultivadas más antiguas, tales como el 
trigo, producen todavía nuevas variedades; los animales 


30 



domésticos más antiguos son capaces de modificación y 
perfeccionamiento rápidos. 

Hasta donde puedo yo juzgar después de prestar mucho 
tiempo atención a este asunto, las condiciones de vida 
parecen actuar de dos modos directamente, sobre todo el 
organismo o sobre ciertas partes sólo, e indirectamente, 
obrando sobre el aparato reproductor. Respecto a la acción 
directa, debemos tener presente que en cada caso, como el 
profesor Weismann ha señalado hace poco y como yo he 
expuesto incidentalmente en mi obra sobre la Variation 
under Domestication, hay dos factores, a saber: la naturaleza 
del organismo y la naturaleza de las condiciones de vida. El 
primero parece ser, con mucho, el más importante, pues 
variaciones muy semejantes se originan a veces, hasta donde 
podernos juzgar, en condiciones diferentes; y, por el 
contrario, variaciones diferentes se originan en condiciones 
que parecen ser casi iguales. Los efectos en la descendencia 
son determinados o indeterminados. Se pueden considerar 
como determinados cuando todos, o casi todos, los 
descendientes de individuos sometidos a ciertas condiciones, 
durante varias generaciones, están modificados de la misma 
manera. Es sumamente difícil llegar a una conclusión acerca 
de la extensión de los cambios que se han producido 
definitivamente de este modo. Sin embargo, apenas cabe duda 
por lo que se refiere a muchos cambias ligeros, como el 
tamaño, mediante la cantidad de comida; el color, mediante la 
clase de comida; el grueso de la piel y del pelaje, según el 
clima, etc. Cada una de las infinitas variaciones que vemos en 
el plumaje de nuestras gallinas debe haber tenido alguna 
causa eficiente; y si la misma causa actuase uniformemente 
durante una larga serie de generaciones sobre muchos 
individuos, todos, probablemente, se modificarían del mismo 
modo. Hechos tales como la compleja y extraordinaria 


31 



excrecencia que invariablemente sigue a la introducción de 
una diminuta gota de veneno por un insecto productor de 
agallas nos muestran las singulares modificaciones que 
podrían resultar, en el caso de las plantas, por un cambio 
químico en la naturaleza de la savia. 

La variabilidad indeterminada es un resultado mucho más 
frecuente del cambio de condiciones que la variabilidad 
determinada, y ha desempeñado, probablemente, un papel 
más importante en la formación de las razas domésticas. 
Vemos variabilidad indeterminada en las innumerables 
particularidades pequeñas que distinguen a los individuos de 
la misma especie y que no pueden explicarse por herencia, ni 
de sus padres, ni de ningún antecesor más remoto. Incluso 
diferencias muy marcadas aparecen de vez en cuando entre 
los pequeños de una misma camada y en las plantitas 
procedentes de semillas del mismo fruto. Entre los millones 
de individuos criados en el mismo país y alimentados casi con 
el mismo alimento, aparecen muy de tarde en tarde anomalías 
de estructura tan pronunciadas, que merecen ser llamadas 
monstruosidades; pero las monstruosidades no pueden 
separarse por una línea precisa de las variaciones más ligeras. 
Todos estos cambios de conformación, ya sumamente ligeros, 
ya notablemente marcados, que aparecen entre muchos 
individuos que viven juntos, pueden considerarse como los 
efectos indeterminados de las condiciones de vida sobre cada 
organismo dado, casi del mismo modo que un enfriamiento 
obra en hombres diferentes de un modo indeterminado, 
según la condición del cuerpo o constitución, causando toses 
o resfriados, reumatismo o inflamación de diferentes órganos. 

Respecto a lo que he llamado la acción indirecta del cambio 
de condiciones, o sea mediante el aparato reproductor al ser 
influido, podemos inferir que la variabilidad se produce de 
este modo, en parte por el hecho de ser este aparato 


32 



sumamente sensible a cualquier cambio en las condiciones de 
vida, y en parte por la semejanza que existe —según Kólreuter 
y otros autores han señalado— entre la variabilidad que 
resulta del cruzamiento de especies distintas y la que puede 
observarse en plantas y animales criados en condiciones 
nuevas o artificiales. Muchos hechos demuestran claramente 
lo muy sensible que es el aparato reproductor para ligerísimos 
cambios en las condiciones ambientes. Nada más fácil que 
amansar un animal, y pocas cosas hay más difíciles que 
hacerle criar ilimitadamente en cautividad, aun cuando el 
macho y la hembra se unan. ¡Cuántos animales hay que no 
quieren criar aun tenidos en estado casi libre en su país natal! 
Esto se atribuye en general, aunque erróneamente, a instintos 
viciados. ¡Muchas plantas cultivadas muestran el mayor vigor 
y, sin embargo, rara vez o nunca producen semillas! En un 
corto número de casos se ha descubierto que un cambio muy 
insignificante, como un poco más o menos de agua en algún 
período determinado del crecimiento, determina el que una 
planta produzca o no semillas. No puedo dar aquí los detalles 
que he recogido y publicado en otra parte sobre este curioso 
asunto pero para demostrar lo extrañas que son las leyes que 
determinan la reproducción de los animales en cautividad, 
puedo indicar que los mamíferos carnívoros, aun los de los 
trópicos, crían en nuestro país bastante bien en cautividad, 
excepto los plantígrados, o familia de los osos, que rara vez 
dan crías; mientras que las aves carnívoras, salvo rarísimas 
excepciones, casi nunca ponen huevos fecundos. Muchas 
plantas exóticas tienen polen completamente inútil, de la 
misma condición que el de las plantas híbridas más estériles. 
Cuando, por una parte, vemos plantas y animales domésticos 
que, débiles y enfermizos muchas veces, crían ilimitadamente 
en cautividad, y cuando, por otra parte, vemos individuos 
que, aun sacados jóvenes del estado natural, perfectamente 


33 



amansados, habiendo vivido bastante tiempo y sanos —de lo 
que podría dar yo numerosos ejemplos—, tienen, sin 
embargo, su aparato reproductor tan gravemente 
perjudicado, por causas desconocidas, que deja de funcionar, 
no ha de sorprendernos que este aparato, cuando funciona en 
cautividad, lo haga irregularmente y produzca descendencia 
algo diferente de sus padres. Puedo añadir que, así como 
algunos organismos crían ilimitadamente en las condiciones 
más artificiales —por ejemplo los hurones y los conejos 
tenidos en cajones—, lo que muestra que sus órganos 
reproductores no son tan fácilmente alterados, así también 
algunos animales y plantas resistirán la domesticación y el 
cultivo y variarán muy ligeramente, quizá apenas más que en 
estado natural. 

Algunos naturalistas han sostenido que todas las 
variaciones están relacionadas con el acto de la reproducción 
sexual; pero esto seguramente es un error, pues he dado en 
otra obra una larga lista de sporting plañís, como los llaman 
los jardineros y hortelanos; esto es: de plantas que han 
producido súbitamente un solo brote con caracteres nuevos y 
a veces muy diferentes de los de los demás brotes de la misma 
planta. Estas variaciones de brotes, como puede llamárseles, 
pueden ser propagadas por injertos, acodos, etc., y algunas 
veces por semilla. Estas variaciones ocurren pocas veces en 
estado natural, pero distan de ser raras en los cultivos. Como 
entre los muchos miles de brotes producidos, año tras año, en 
el mismo árbol, en condiciones uniformes, se ha visto uno 
sólo que tome súbitamente caracteres nuevos, y como brotes 
de distintos árboles que crecen en condiciones diferentes han 
producido a veces casi las mismas variedades, por ejemplo, 
brotes de melocotonero que producen nectarines^‘^\ y brotes 
de rosal común que producen rosas de musgo, vemos 
claramente que la naturaleza de las condiciones es de 


34 


importancia secundaria, en comparación de la naturaleza del 
organismo, para determinar cada forma particular de 
variedad, quizá de importancia no mayor que la que tiene la 
naturaleza de la chispa con que se enciende una masa de 
materia combustible en determinar la naturaleza de las 
llamas. 

Efectos de la costumbre y del uso y desuso de los órganos; 
variación correlativa; herencia. 

El cambio de condiciones produce un efecto hereditario, 
como en la época de florecer las plantas cuando se las 
transporta de un clima a otro. En los animales, el creciente 
uso o desuso de órganos ha tenido una influencia más 
marcada; así, en el pato doméstico, encuentro que, en 
proporción a todo el esqueleto, los huesos del ala pesan 
menos y los huesos de la pata más que los mismos huesos del 
pato salvaje, y este cambio puede atribuirse seguramente a 
que el pato doméstico vuela mucho menos y anda más que 
sus progenitores salvajes. El grande y hereditario desarrollo 
de las ubres en las vacas y cabras en países donde son 
habitualmente ordeñadas, en comparación con estos órganos 
en otros países, es, probablemente, otro ejemplo de los efectos 
del uso. No puede citarse un animal doméstico que no tenga 
en algún país las orejas caídas, y parece probable la opinión, 
que se ha indicado, de que el tener las orejas caídas se debe al 
desuso de los músculos de la oreja, porque estos animales 
raras veces se sienten muy alarmados. 

Muchas leyes regulan la variación, algunas de ellas pueden 
ser vislumbradas y serán después brevemente discutidas. Sólo 
me referiré aquí a lo que puede llamarse variación correlativa. 
Cambios importantes en el embrión o larva ocasionarán 
probablemente cambios en el animal adulto. En las 
monstruosidades son curiosísimas las correlaciones entre 


35 



órganos por completo distintos, y se citan de ello muchos 
ejemplos en la gran obra de Isidore Geoffroy Saint-Hilaire 
sobre esta materia. Los criadores creen que las patas largas 
van casi siempre acompañadas de cabeza alargada. Algunos 
ejemplos de correlación son muy caprichosos: así, los gatos 
que son del todo blancos y tienen los ojos azules, 
generalmente son sordos; pero últimamente míster Tait ha 
mostrado que esto está limitado a los machos. El color y 
particularidades de constitución van juntos, de lo que podrían 
citarse muchos casos notables en animales y plantas. De los 
hechos reunidos por Heusinger resulta que a las ovejas y 
cerdos blancos les dañan ciertas plantas, de lo que se salvan 
los individuos de color obscuro. El profesor Wyman me ha 
comunicado recientemente un buen ejemplo de este hecho: 
preguntando a algunos labradores de Virginia por qué era que 
todos sus cerdos eran negros, le informaron que los cerdos 
comieron paint-root (Lachnanthes), que tiñó sus huesos de 
color de rosa e hizo caer las pesuñas de todas las variedades, 
menos las de la negra; y uno de los crackers —colonos 
usurpadores de Virginia— añadió: «Elegimos para la cría los 
individuos negros de una carnada, pues sólo ellos tienen 
probabilidades de vida». Los perros de poco pelo tienen los 
dientes imperfectos; los animales de pelo largo y basto son 
propensos a tener, según se afirma, largos cuernos; las 
palomas calzadas tienen piel entre sus dedos externos; las 
palomas con pico corto tienen pies pequeños, y las de pico 
largo, pies grandes. Por lo tanto, si se continúa seleccionando 
y haciendo aumentar de este modo cualquier particularidad, 
casi con seguridad se modificarán involuntariamente otras 
partes de la estructura, debido a las misteriosas leyes de 
correlación. 

Los resultados de las diversas leyes, ignoradas u 
obscuramente conocidas, de variación son infinitamente 


36 



complejos y variados. Vale bien la pena el estudiar 
cuidadosamente los diversos tratados de algunas de nuestras 
plantas cultivadas de antiguo, como el jacinto, la patata, hasta 
la dalia, etc., y es verdaderamente sorprendente observar el 
sinfín de puntos de estructura y de constitución en que las 
variedades y subvariedades difieren ligeramente unas de 
otras. Toda la organización parece haberse vuelto plástica y se 
desvía ligeramente de la del tipo progenitor. 

Toda variación que no es hereditaria carece de importancia 
para nosotros. Pero es infinito el número y diversidad de 
variaciones de estructura hereditarias, tanto de pequeña como 
de considerable importancia fisiológica. El tratado, en dos 
grandes volúmenes, del doctor Prosper Lucas es el más 
completo y el mejor sobre este asunto. Ningún criador duda 
de lo enérgica que es la tendencia a la herencia; que lo 
semejante produce lo semejante es su creencia fundamental; 
solamente autores teóricos han suscitado dudas sobre este 
principio. Cuando una anomalía cualquiera de estructura 
aparece con frecuencia y la vemos en el padre y en el hijo, no 
podemos afirmar que esta desviación no pueda ser debida a 
una misma causa que haya actuado sobre ambos; pero cuando 
entre individuos evidentemente sometidos a las mismas 
condiciones alguna rarísima anomalía, debida a alguna 
extraordinaria combinación de circunstancias, aparece en el 
padre —por ejemplo: una vez entre varios millones de 
individuos— y reaparece en el hijo, la simple doctrina de las 
probabilidades casi nos obliga a atribuir a la herencia su 
reaparición. Todo el mundo tiene que haber oído hablar de 
casos de albinismo, de piel con púas, de cuerpo cubierto de 
pelo, etc., que aparecen en varios miembros de la misma 
familia. Si las variaciones de estructura raras y extrañas se 
heredan realmente, puede admitirse sin reserva que las 
variaciones más comunes y menos extrañas son heredables. 


37 



Quizá el modo justo de ver todo este asunto sería considerar 
la herencia de todo carácter, cualquiera que sea, como regla, y 
la no herencia, como excepción. 

Las leyes que rigen la herencia son, en su mayor parte, 
desconocidas. Nadie puede decir por qué la misma 
articularidad en diferentes individuos de la misma especie o 
en diferentes especies es unas veces heredada y otras no; por 
qué muchas veces el niño, en ciertos caracteres, vuelve a su 
abuelo o abuela, o un antepasado más remoto; por qué 
muchas veces una particularidad es transmitida de un sexo a 
los dos sexos, o a un sexo solamente, y en este caso, más 
comúnmente, aunque no siempre, al mismo sexo. Es un 
hecho de cierta importancia para nosotros el que 
particularidades que aparecen en los machos de las castas 
domésticas, con frecuencia se transmiten a los machos 
exclusivamente, o en grado mucho mayor. Una regla mucho 
más importante, a la que yo espero se dará crédito, es que, 
cualquiera que sea el período de la vida en que aparece por 
vez primera alguna peculiaridad, ésta tiende a reaparecer en la 
descendencia a la misma edad, aunque, a veces, un poco 
antes. En muchos casos, esto no puede ser de otra manera; así, 
las particularidades hereditarias en los cuernos del ganado 
vacuno solamente podían aparecer en la descendencia cerca 
del término del desarrollo; de particularidades en el gusano de 
la seda se sabe que aparecen en la fase correspondiente de 
oruga o de capullo. Pero las enfermedades hereditarias y 
algunos otros hechos me hacen creer que la regla tiene una 
gran extensión, y que, aun cuando no exista ninguna razón 
manifiesta para que una particularidad haya de aparecer a una 
edad determinada, no obstante, tiende a aparecer en la 
descendencia en el mismo período en que apareció por vez 
primera en el antecesor. Creo que esta regla es de suma 
importancia para explicar las leyes de la embriología. Estas 


38 



advertencias están, naturalmente, limitadas a la primera 
aparición de la particularidad, y no a la causa primera que 
puede haber obrado sobre los óvulos o sobre el elemento 
masculino; del mismo modo que la mayor longitud de los 
cuernos en los hijos de una vaca de cuernos cortos con un 
toro de cuernos largos, aunque aparece en un período 
avanzado de la vida, se debe evidentemente al elemento 
masculino. 

Habiendo aludido a la cuestión de la reversión, debo 
referirme a una afirmación hecha frecuentemente por los 
naturalistas, o sea, que las variedades domésticas, cuando 
pasan de nuevo al estado salvaje, vuelven gradual, pero 
invariablemente, a los caracteres de su tronco primitivo. De 
aquí se ha argüido que no pueden sacarse deducciones de las 
razas domésticas para las especies en estado natural. En vano 
me he esforzado en descubrir con qué hechos decisivos se ha 
formulado tan frecuente y tan osadamente la afirmación 
anterior. Sería muy difícil probar su verdad: podemos con 
seguridad sacar la conclusión de que muchísimas de las 
variedades domésticas más marcadas no podrían quizá vivir 
en estado salvaje. En muchos casos no conocemos cuál fue el 
tronco primitivo, y, así, no podríamos decir si había ocurrido 
o no reversión casi perfecta. Sería necesario, para evitar los 
efectos del cruzamiento, que una sola variedad únicamente se 
hubiese vuelto silvestre en su nueva patria. Sin embargo, 
como nuestras variedades ciertamente revierten a veces, en 
algunos de sus caracteres, a formas precursoras, no me parece 
improbable que, si lográsemos naturalizar, o se cultivasen 
durante muchas generaciones, las varias razas, por ejemplo, 
de la col, en suelo muy pobre —en cual caso, sin embargo, 
algún efecto se habría de atribuir a la acción determinada del 
suelo pobre—, volverían en gran parte, o hasta 
completamente, al primitivo tronco salvaje. Que tuviese o no 


39 



buen éxito el experimento, no es de gran importancia para 
nuestra argumentación, pues, por el experimento mismo, las 
condiciones de vida han cambiado. Si pudiese demostrarse 
que las variedades domésticas manifiestan una enérgica 
tendencia a la reversión—esto es, a perder los caracteres 
adquiridos cuando se las mantiene en las mismas condiciones 
y en grupo considerable, de modo que el cruzamiento libre 
pueda contrarrestar, mezclándolas entre sí, cualesquiera 
ligeras desviaciones de su estructura—; en este caso, convengo 
en que de las variedades domésticas no podríamos sacar 
deducción alguna por lo que toca a las especies. Pero no hay 
ni una sombra de prueba en favor de esta opinión: el afirmar 
que no podríamos criar, por un número ilimitado de 
generaciones, nuestros caballos de tiro y de carrera, ganado 
vacuno de astas largas y de astas cortas, aves de corral de 
diferentes castas y plantas comestibles, sería contrario a toda 
experiencia. 

Caracteres de las variedades domésticas; dificultad de la 
distinción entre variedades y especies; origen de las variedades 
domésticas a partir de una o de varias especies. 

Cuando consideramos las variedades hereditarias o razas 
de las plantas y animales domésticos, y las comparamos con 
especies muy afines, vemos generalmente en cada raza 
doméstica, como antes se hizo observar, menos uniformidad 
de caracteres que en las especies verdaderas. Las razas 
domésticas tienen con frecuencia un carácter algo 
monstruoso; con lo cual quiero decir que, aunque difieren 
entre sí y de las otras especies del mismo género en diferentes 
puntos poco importantes, con frecuencia difieren en sumo 
grado en alguna parte cuando se comparan entre sí, y más 
aún cuando se comparan con la especie en estado natural, de 
que son más afines. Con estas excepciones —y con la de la 
perfecta fecundidad de las variedades cuando se cruzan. 


40 



asunto para discutido más adelante—, las razas domésticas de 
la misma especie difieren entre sí del mismo modo que las 
especies muy afines del mismo género en estado natural; pero 
las diferencias, en la mayor parte de los casos, son en grado 
menor. Esto ha de admitirse como cierto, pues las razas 
domésticas de muchos animales y plantas han sido 
clasificadas por varias autoridades competentes como 
descendientes de especies primitivamente distintas, y por 
otras autoridades competentes, como simples variedades. Si 
existiese alguna diferencia bien marcada entre una raza 
doméstica y una especie, esta causa de duda no se presentaría 
tan continuamente. Se ha dicho muchas veces que las razas 
domésticas no difieren entre sí por caracteres de valor 
genérico. Puede demostrarse que esta afirmación no es exacta, 
y los naturalistas discrepan mucho al determinar qué 
caracteres son de valor genérico, pues todas estas valoraciones 
son al presente empíricas. Cuando se exponga de qué modo 
los géneros se originan en la naturaleza, se verá que no 
tenemos derecho alguno a esperar hallar muchas veces en las 
razas domésticas un grado genérico de diferencia. 

Al intentar apreciar el grado de diferencia estructural entre 
razas domésticas afines, nos vemos pronto envueltos en la 
duda, por no saber si han descendido de una o de varias 
especies madres. Este punto, si pudiese ser aclarado, sería 
interesante; si, por ejemplo, pudiese demostrarse que el galgo, 
el bloodhound, el terrier, el spaniel y el bull-dog, que todos 
sabemos que propagan su raza sin variación, eran la 
descendencia de una sola especie, entonces estos hechos 
tendrían gran peso para hacernos dudar de la inmutabilidad 
de las muchas especies naturales muy afines —por ejemplo, 
los muchos zorros— que viven en diferentes regiones de la 
tierra. No creo, como luego veremos, que toda la diferencia 
que existe entre las diversas castas de perros se haya 


41 



producido en domesticidad; creo que una pequeña parte de la 
diferencia es debida a haber descendido de especies distintas. 
En el caso de razas muy marcadas de algunas otras especies 
domésticas hay la presunción, o hasta pruebas poderosas, de 
que todas descienden de un solo tronco salvaje. 

Se ha admitido con frecuencia que el hombre ha escogido 
para la domesticación animales y plantas que tienen una 
extraordinaria tendencia intrínseca a variar y también a 
resistir climas diferentes. No discuto que estas condiciones 
han añadido mucho al valor de la mayor parte de nuestras 
producciones domésticas; pero ¿cómo pudo un salvaje, 
cuando domesticó por vez primera un animal, conocer si éste 
variaría en las generaciones sucesivas y si soportaría o no 
otros climas? La poca variabilidad del asno y el ganso, la poca 
resistencia del reno para el calor, o del camello común para el 
frío, ¿han impedido su domesticación? No puedo dudar que 
si otros animales y plantas, en igual número que nuestras 
producciones domésticas y pertenecientes a clases y regiones 
igualmente diversas, fuesen tomados del estado natural y se 
pudiese hacerles criar en domesticidad, en un número igual 
de generaciones, variarían, por término medio, tanto como 
han variado las especies madres de las producciones 
domésticas hoy existentes. 

En el caso de la mayor parte de las plantas y animales 
domésticos de antiguo, no es posible llegar a una conclusión 
precisa acerca de si han descendido de una o varias especies 
salvajes. El argumento con que cuentan principalmente los 
que creen en el origen múltiple de nuestros animales 
domésticos es que en los tiempos más antiguos, en los 
monumentos de Egipto y en las habitaciones lacustres de 
Suiza encontramos gran diversidad de razas, y que muchas de 
estas razas antiguas se parecen mucho, o hasta son idénticas, a 
las que existen todavía. Pero esto hace sólo retroceder la 


42 



historia de la civilización y demuestra que los animales fueron 
domesticados en tiempo mucho más antiguo de lo que hasta 
ahora se ha supuesto. Los habitantes de los lagos de Suiza 
cultivaron diversas clases de trigo y de cebada, el guisante, la 
adormidera para aceite y el lino, y poseyeron diversos 
animales domesticados. También mantuvieron comercio con 
otras naciones. Todo esto muestra claramente, como ha 
señalado Heer, que en esta remota edad habían progresado 
considerablemente en civilización, y esto significa además un 
prolongado período previo de civilización menos adelantada, 
durante el cual los animales domésticos tenidos en diferentes 
regiones por diferentes tribus pudieron haber variado y dado 
origen a diferentes razas. Desde el descubrimiento de los 
objetos de sílex en las formaciones superficiales de muchas 
partes de la tierra, todos los geólogos creen que el hombre 
salvaje existió en un período enormemente remoto, y 
sabemos que hoy día apenas hay una tribu tan salvaje que no 
tenga domesticado, por lo menos, el perro. 

El origen de la mayor parte de nuestros animales 
domésticos, probablemente quedará siempre dudoso. Pero 
puedo decir que, considerando los perros domésticos de todo 
el mundo, después de una laboriosa recopilación de todos los 
datos conocidos, he llegado a la conclusión de que han sido 
amansadas varias especies salvajes de cánidos, y que su 
sangre, mezclada en algunos casos, corre por las venas de 
nuestras razas domésticas. Por lo que se refiere a las ovejas y 
cabras no puedo formar opinión decidida. Por los datos que 
me ha comunicado míster Blyth sobre las costumbres, voz, 
constitución y estructura del ganado vacuno indio de 
joroba^^^, es casi cierto que descendió de diferente rama 
primitiva que nuestro ganado vacuno europeo, y algunas 
autoridades competentes creen que este último ha tenido dos 
o tres progenitores salvajes, merezcan o no el nombre de 


43 


especies. Esta conclusión, lo mismo que la distinción 
específica entre el ganado vacuno común y el de joroba, 
puede realmente considerarse como demostrada por las 
admirables investigaciones del profesor Rütimeyer. Respecto 
a los caballos, por razones que no puedo dar aquí, me inclino, 
con dudas, a creer, en oposición a diversos autores, que todas 
las razas pertenecen a la misma especie. Habiendo tenido 
vivas casi todas las razas inglesas de gallinas, habiéndolas 
criado y cruzado y examinado sus esqueletos, me parece casi 
seguro que todas son descendientes de la gallina salvaje de la 
India, Gallus bankiva, y ésta es la conclusión de míster Blyth y 
de otros que han estudiado esta ave en la India. Respecto a los 
patos y conejos, algunas de cuyas razas difieren mucho entre 
sí, son claras las pruebas de que descienden todas del pato y 
del conejo comunes salvajes. 

La doctrina del origen de nuestras diversas razas 
domésticas a partir de diversos troncos primitivos ha sido 
llevada a un extremo absurdo por algunos autores. Creen que 
cada raza que cría sin variaciones, por ligeros que sean los 
caracteres distintivos, ha tenido su prototipo salvaje. A este 
paso, tendrían que haber existido, por lo menos, una veintena 
de especies de ganado vacuno salvaje, otras tantas ovejas y 
varias cabras sólo en Europa, y varias aun dentro de la misma 
Gran Bretaña. ¡Un autor cree que en otro tiempo existieron 
once especies salvajes de ovejas peculiares de la Gran Bretaña! 
Si tenemos presente que la Gran Bretaña no tiene actualmente 
ni un mamífero peculiar, y Erancia muy pocos, distintos de 
los de Alemania, y que de igual modo ocurre con Hungría, 
España, etc., y que cada uno de estos países posee varias castas 
peculiares de vacas, ovejas, etc., tenemos que admitir que 
muchas razas domésticas se han originado en Europa, pues 
¿de dónde, si no, pudieron haber descendido? Lo mismo 
ocurre en la India. Aun en el caso de las razas del perro 


44 



doméstico del mundo entero, que admito que descienden de 
diversas especies salvajes, no puede dudarse que ha habido 
una cantidad inmensa de variaciones hereditarias, pues 
¿quién creerá que animales que se pareciesen mucho al galgo 
italiano, al bloodhound, al bull-dog, al pug-dog o al spaniel 
Blenheim, etc. —tan distintos de todos los cánidos salvajes— 
existieron alguna vez en estado natural? Con frecuencia se ha 
dicho vagamente que todas nuestras razas de perros han sido 
producidas por el cruzamiento de unas pocas especies 
primitivas; pero mediante cruzamiento podemos sólo obtener 
formas intermedias en algún grado entre sus padres, y si 
explicamos nuestras diversas razas domésticas por este 
procedimiento tenemos que admitir la existencia anterior de 
las formas más extremas, como el galgo italiano, el 
bloodhound, el bull-dog, etc., en estado salvaje. Es más: se ha 
exagerado mucho la posibilidad de producir razas distintas 
por cruzamiento. Muchos casos se han registrado que 
muestran que una raza puede ser modificada por 
cruzamientos ocasionales si se ayuda mediante la elección 
cuidadosa de los individuos que presentan el carácter 
deseado; pero obtener una raza intermedia entre dos razas 
completamente distintas sería muy difícil. Sir J. Sebright hizo 
expresamente experimentos con este objeto, y no tuvo buen 
éxito. La descendencia del primer cruzamiento entre dos 
razas puras es de carácter bastante uniforme, y a veces — 
como he observado en las palomas— uniforme por completo, 
y todo parece bastante sencillo; pero cuando estos mestizos se 
cruzan entre sí durante varias generaciones, apenas dos de 
ellos son iguales, y entonces la dificultad de la labor se hace 
patente. 

Razas de la paloma doméstica. Sus diferencias y origen. 

Creyendo que es siempre mejor estudiar algún grupo 
especial, después de deliberar, he elegido las palomas 


45 



domésticas. He tenido todas las razas que pude comprar o 
conseguir y he sido muy amablemente favorecido con pieles 
de diversas regiones del mundo, especialmente de la India, 
por el Honorable W. Eliot, y de Persia, por el Honorable C. 
Murray. Se han publicado muchos tratados en diferentes 
lenguas sobre palomas, y algunos de ellos son 
importantísimos, por ser de considerable antigüedad. Me he 
relacionado con diferentes aficionados eminentes y he sido 
admitido en dos clubs colombófilos de Londres. La diversidad 
de las razas es una cosa asombrosa: compárense la paloma 
carrier o mensajera inglesa^^' y la volteadora o tumbler de cara 
corta, y véase la portentosa diferencia en sus picos, que 
imponen las diferencias correspondientes en los cráneos. La 
carrier, especialmente el macho, es también notable por el 
prodigioso desarrollo, en la cabeza, de las carúnculas nasales, 
a lo que acompañan párpados muy extendidos, orificios 
externos de la nariz muy grandes y una gran abertura de boca. 
La volteadora de cara corta tiene un pico cuyo perfil es casi 
como el de un pinzón, y la volteadora común tiene una 
costumbre particular hereditaria de volar a gran altura, en 
bandada compacta, y dar volteretas en el aire. La paloma runt 
es un ave de gran tamaño, con pico largo y sólido y pies 
grandes; algunas de las sub-razas de runt tienen el cuello muy 
largo: otras, alas y cola muy largas; otras, cosa rara, cola corta. 
La paloma harh es afín de la mensajera inglesa; pero, en vez 
del pico largo, tiene un pico cortísimo y ancho. La buchona 
inglesa tiene el cuerpo, las alas y las patas muy largos, y su 
buche, enormemente desarrollado, que la paloma se 
enorgullece de hinchar, puede muy bien producir asombro y 
hasta risa. La paloma turhit tiene un pico corto y cónico, con 
una fila de plumas vuelta debajo del pecho, y tiene la 
costumbre de distender ligeramente la parte superior del 
esófago. La capuchina tiene detrás del cuello las plumas tan 


46 


vueltas, que forman una capucha, y, relativamente a su 
tamaño, tiene largas las plumas de las alas y de la cola. La 
trumpeter y la laugher, como sus nombres expresan^^^, emiten 
un arrullo muy diferente del de las otras razas. La colipavo 
tiene treinta o hasta cuarenta plumas rectrices, en vez de doce 
o catorce, número normal en todos los miembros de la gran 
familia de las palomas; estas plumas se mantienen extendidas, 
y el animal las lleva tan levantadas, que en los ejemplares 
buenos la cabeza y la cola se tocan; la glándula oleosa está casi 
atrofiada. Podrían especificarse otras varias castas menos 
diferentes. 

En los esqueletos de las diversas razas, el desarrollo de los 
huesos de la cara difiere enormemente en longitud, anchura y 
curvatura. La forma, lo mismo que el ancho y largo de las 
ramas de la mandíbula inferior, varía de un modo muy 
notable. Las vértebras caudales y sacras varían en número; lo 
mismo ocurre con las costillas, que varían, también en su 
anchura relativa y en la presencia de apófisis. El tamaño y 
forma de los orificios del esternón es sumamente variable; lo 
es también el grado de divergencia y el tamaño relativo de las 
dos ramas del hueso furcular. La anchura relativa de la 
abertura de la boca, la longitud relativa de los párpados, de los 
orificios nasales, de la lengua —no siempre en correlación 
rigurosa de la longitud del pico—, el tamaño del buche y de la 
parte superior del esófago, el desarrollo o atrofia de la 
glándula oleosa, el número de las rémiges primarias y de las 
rectrices, la longitud del ala, en relación con la de la cola y con 
la del cuerpo; la longitud relativa de la pata y del pie, el 
número de escudetes en los dedos, el desarrollo de la piel 
entre los dedos, son todos puntos de conformación variables. 
Varía el período en que adquieren el plumaje perfecto, como 
también el estado de la pelusa de que están vestidos los 
polluelos al salir del huevo. La forma y tamaño de los huevos 


47 


varía. La manera de volar y, en algunas razas, la voz y el 
carácter difieren notablemente. Por último, en ciertas razas, 
los machos y hembras han llegado a diferir entre sí 
ligeramente. 

En junto, podrían escogerse, por lo menos, una veintena de 
palomas que, si se enseñaran a un ornitólogo y se le dijese que 
eran aves salvajes, las clasificaría seguramente como especies 
bien definidas. Más aún, no creo que ningún ornitólogo, en 
este caso, inclúyese la carrier o mensajera inglesa, la tumbler o 
volteadora de cara corta, la runt, la harh, la buchona inglesa y 
la colipavo en el mismo género, muy especialmente por 
cuanto podrían serle presentadas en cada una de estas razas 
varias sub-razas cuyos caracteres se heredan sin variación, o 
especies, como él las llamaría. 

Con ser grandes como lo son las diferencias entre las razas 
de palomas, estoy plenamente convencido de que la opinión 
común de los naturalistas es justa, o sea que todas descienden 
de la paloma silvestre (Columba livia)^^\ incluyendo en esta 
denominación diversas razas geográficas o subespecies que 
difieren entre sí en puntos muy insignificantes. Como varias 
de las razones que me han conducido a esta creencia son 
aplicables, en algún grado, a otros casos, las expondré aquí 
brevemente. Si las diferentes razas no son variedades y no han 
procedido de la paloma silvestre, tienen que haber 
descendido, por lo menos, de siete u ocho troncos primitivos, 
pues es imposible obtener las actuales razas domésticas por el 
cruzamiento de un número menor; ¿cómo, por ejemplo, 
podría producirse una buchona cruzando dos castas, a no ser 
que uno de los troncos progenitores poseyese el enorme 
buche característico? Los supuestos troncos primitivos deben 
de haber sido todos palomas de roca; esto es: que no criaban 
en los árboles ni tenían inclinación a posarse en ellos. Pero, 


48 


aparte de Columba livia con sus subespecies geográficas, sólo 
se conocen otras dos o tres especies de paloma de roca, y éstas 
no tienen ninguno de los caracteres de las razas domésticas. 
Por lo tanto, los supuestos troncos primitivos, o bien tienen 
que existir aún en las regiones donde fueron domesticados 
primitivamente, siendo todavía desconocidos por los 
ornitólogos, y esto, teniendo en cuenta su tamaño, 
costumbres y caracteres, parece improbable, o bien tienen que 
haberse extinguido en estado salvaje. Pero aves que crían en 
precipicios y son buenas voladoras no son adecuadas para ser 
exterminadas, y la paloma silvestre, que tiene las mismas 
costumbres que las razas domésticas, no ha sido exterminada 
enteramente ni aun en algunos de los pequeños islotes 
británicos ni en las costas del Mediterráneo. Por consiguiente, 
el supuesto exterminio de tantas especies que tienen 
costumbres semejantes a las de la paloma silvestre parece una 
suposición muy temeraria. Es más: las diversas castas 
domésticas antes citadas han sido transportadas a todas las 
partes del mundo, y, por consiguiente, algunas de ellas deben 
de haber sido llevadas de nuevo a su país natal; pero ninguna 
se ha vuelto salvaje o bravia, si bien la paloma ordinaria de 
palomar, que es la paloma silvestre ligerísimamente 
modificada, se ha hecho bravia en algunos sitios. Además, 
todas las experiencias recientes muestran que es difícil lograr 
que los animales salvajes críen ilimitadamente en 
domesticidad, y en la hipótesis del origen múltiple de nuestras 
palomas habría que admitir que siete u ocho especies, por lo 
menos, fueron domesticadas tan por completo en tiempos 
antiguos por el hombre semicivilizado, que son perfectamente 
prolíficas en cautividad. 

Un argumento de gran peso, y aplicable en otros varios 
casos, es que las castas antes especificadas, aunque coinciden 
generalmente con la paloma silvestre en constitución. 


49 



costumbres, voz, color, y en las más de las partes de su 
estructura, son, sin embargo, ciertamente, muy anómalas en 
otras partes; en vano podemos buscar por toda la gran familia 
de los colúmbidos un pico como el de la carrier o mensajera 
inglesa, o como el de la tumbler o volteadora de cara corta, o 
el de la harh; plumas vueltas como las de la capuchina, buche 
como el de la buchona inglesa, plumas rectrices como las de la 
colipavo. Por lo tanto, habría que admitir, no sólo que el 
hombre semicivilizado consiguió domesticar por completo 
diversas especies, sino que, intencionadamente o por 
casualidad, tomó especies extraordinariamente anómalas, y, 
además, que desde entonces estas mismas especies han venido 
todas a extinguirse o a ser desconocidas. Tantas casualidades 
extrañas son en grado sumo inverisímiles. 

Algunos hechos referentes al color de las palomas merecen 
bien ser tenidos en consideración. La paloma silvestre es de 
color azul de pizarra, con la parte posterior del lomo blanca; 
pero la subespecie india. Columba intermedia de Strickland, 
tiene esta parte azulada. La cola tiene en el extremo una faja 
obscura y las plumas externas con un filete blanco en la parte 
exterior, en la base. Las alas tienen dos fajas negras. Algunas 
razas semidomésticas y algunas razas verdaderamente 
silvestres tienen, además de estas dos fajas negras, las alas 
moteadas de negro. Estos diferentes caracteres no se 
presentan juntos en ninguna otra especie de toda la familia. 
Ahora bien: en todas las razas domésticas, tomando 
ejemplares por completo de pura raza, todos los caracteres 
dichos, incluso el filete blanco de las plumas rectrices 
externas, aparecen a veces perfectamente desarrollados. Más 
aún: cuando se cruzan ejemplares pertenecientes a dos o más 
razas distintas, ninguna de las cuales es azul ni tiene ninguno 
de los caracteres arriba especificados, la descendencia mestiza 
propende mucho a adquirir de repente estos caracteres. Para 


50 



dar un ejemplo de los muchos que he observado: crucé 
algunas colipavos blancas, que criaban por completo sin 
variación, con algunas barbs negras —y ocurre que las 
variedades azules de barb son tan raras, que nunca he oído de 
ningún caso en Inglaterra—, y los híbridos fueron negros, 
castaños y moteados. Crucé también una barb con una spot — 
que es una paloma blanca, con cola rojiza y una mancha 
rojiza en la frente, y que notoriamente cría sin variación—; 
los mestizos fueron obscuros y moteados. Entonces crucé uno 
de los mestizos colipavo-barb con un mestizo spot-barb, y 
produjeron un ave de tan hermoso color azul, con la parte 
posterior del lomo blanca, doble faja negra en las alas y 
plumas rectrices con orla blanca y faja, ¡como cualquier 
paloma silvestre! Podemos comprender estos hechos 
mediante el principio, tan conocido, de la reversión o vuelta a 
los caracteres de los antepasados, si todas las castas 
domésticas descienden de la paloma silvestre. Pero si 
negamos esto tenemos que hacer una de las dos hipótesis 
siguientes, sumamente inverisímiles: O bien —primera—, 
todas las diferentes ramas primitivas supuestas tuvieron el 
color y dibujos como la silvestre —aun cuando ninguna otra 
especie viviente tiene este color y dibujos—, de modo que en 
cada casta separada pudo haber una tendencia a volver a los 
mismísimos colores y dibujos; o bien —segunda hipótesis— 
cada casta, aun la más pura, en el transcurso de una docena, o 
a lo sumo una veintena, de generaciones, ha estado cruzada 
con la paloma silvestre: y digo en el espacio de doce a veinte 
generaciones, porque no se conoce ningún caso de 
descendientes cruzados que vuelvan a un antepasado de 
sangre extraña separado por un número mayor de 
generaciones. En una casta que haya sido cruzada sólo una 
vez, la tendencia a volver a algún carácter derivada de este 
cruzamiento irá haciéndose naturalmente cada vez menor. 


51 



pues en cada una de las generaciones sucesivas habrá menos 
sangre extraña; pero cuando no ha habido cruzamiento 
alguno y existe en la casta una tendencia a volver a un 
carácter que fue perdido en alguna generación pasada, esta 
tendencia, a pesar de todo lo que podamos ver en contrario, 
puede transmitirse sin disminución durante un número 
indefinido de generaciones. Estos dos casos diferentes de 
reversión son frecuentemente confundidos por los que han 
escrito sobre herencia. 

Por último, los híbridos o mestizos que resultan entre todas 
las razas de palomas son perfectamente fecundos, como lo 
puedo afirmar por mis propias observaciones, hechas de 
intento con las razas más diferentes. Ahora bien, apenas se ha 
averiguado con certeza ningún caso de híbridos de dos 
especies completamente distintas de animales que sean 
perfectamente fecundos. Algunos autores creen que la 
domesticidad continuada largo tiempo elimina esta poderosa 
tendencia a la esterilidad. Por la historia del perro y de 
algunos otros animales domésticos, esta conclusión es 
probablemente del todo exacta, si se aplica a especies muy 
próximas; pero extenderlo tanto, hasta suponer que especies 
primitivamente tan diferentes como lo son ahora las 
mensajeras inglesas, volteadoras, buchonas inglesas y 
colipavos han de producir descendientes perfectamente 
fecundos Ínter se, sería en extremo temerario. 

Por estas diferentes razones, a saber: la imposibilidad de 
que el hombre haya hecho criar sin limitación en 
domesticidad a siete u ocho supuestas especies desconocidas 
en estado salvaje, y por no haberse vuelto salvajes en ninguna 
parte; el presentar estas especies ciertos caracteres muy 
anómalos comparados con todos los otros colúmbidos, no 
obstante ser tan parecidas a la paloma silvestre por muchos 
conceptos; la reaparición accidental del color azul y de las 


52 



diferentes señales negras en todas las castas, lo mismo 
mantenidas puras que cruzadas y, por último, el ser la 
descendencia mestiza perfectamente fecunda; por todas estas 
razones, tomadas juntas, podemos con seguridad llegar a la 
conclusión de que todas nuestras razas domésticas descienden 
de la paloma silvestre o Columba livia, con sus subespecies 
geográficas. 

En favor de esta, opinión puedo añadir: primero, que la 
Columba livia silvestre se ha visto que es capaz de 
domesticación en Europa y en la India, y que coincide en 
costumbres y en un gran número de caracteres de estructura 
con todas las castas domésticas; segundo, que, aunque una 
carrier o mensajera inglesa y una tumbler o volteadora de cara 
corta difieren inmensamente en ciertos caracteres de la 
paloma silvestre, sin embargo, comparando las diversas sub¬ 
razas de estas dos razas, especialmente las traídas de regiones 
distantes, podemos formar entre ellas y la paloma silvestre 
una serie casi perfecta; tercero, aquellos caracteres que son 
principalmente distintivos de cada casta son en cada una 
eminentemente variables, por ejemplo: las carúnculas y la 
longitud del pico de la carrier o mensajera inglesa, lo corto de 
éste en la tumbler o volteadora de cara corta y el número de 
plumas de la cola en la colipavo, y, la explicación de este 
hecho será clara cuando tratemos de la selección; cuarto, las 
palomas han sido observadas y atendidas con el mayor 
cuidado y estimadas por muchos pueblos. Han estado 
domesticadas durante miles de años en diferentes regiones del 
mundo; el primer testimonio conocido de palomas pertenece 
a la quinta dinastía egipcia, próximamente tres mil años antes 
de Jesucristo, y me fue señalado por el profesor Lepsius; pero 
míster Birch me informa que las palomas aparecen en una 
lista de manjares de la dinastía anterior. En tiempo de los 
romanos, según sabemos por Plinio, se pagaban precios 


53 



enormes por las palomas; «es más: han llegado hasta tal 
punto, que puede explicarse su genealogía y raza». Las 
palomas fueron muy apreciadas por Akber Khan en la India 
el año 1600 : nunca se llevaban con la corte menos de veinte 
mil palomas. «Los monarcas de Irán y Turán le enviaron 
ejemplares rarísimos», y, continúa el historiador de la corte, 
«Su Majestad, cruzando las castas, método que nunca se había 
practicado antes, las ha perfeccionado asombrosamente». 
Hacia la misma época, los holandeses eran tan entusiastas de 
las palomas como lo fueron los antiguos romanos. La suma 
importancia de estas consideraciones para explicar la inmensa 
variación que han experimentado las palomas quedará 
igualmente clara cuando tratemos de la selección. También 
veremos entonces cómo es que las diferentes razas tienen con 
tanta frecuencia un carácter algo monstruoso. Es también una 
circunstancia muy favorable para la producción de razas 
diferentes el que el macho y la hembra pueden ser fácilmente 
apareados para toda la vida, y así, pueden tenerse juntas 
diferentes razas en el mismo palomar. 

He discutido el origen probable de las palomas domésticas 
con alguna extensión, aunque muy insuficiente, porque 
cuando tuve por vez primera palomas y observé las diferentes 
clases, viendo bien lo invariablemente que crían, encontré 
exactamente la misma dificultad en creer que, puesto que 
habían sido domesticadas, habían descendido todas de un 
progenitor común que la que podría tener cualquier 
naturalista en llegar a una conclusión semejante para las 
muchas especies de fringílidos o de otros grupos de aves, en 
estado natural. Un hecho me causó mucha impresión, y es 
que casi todos los criadores de los diferentes animales 
domésticos y los cultivadores de plantas con los que he tenido 
trato o cuyas obras he leído están firmemente convencidos de 
que las diferentes castas que cada uno ha cuidado descienden 


54 



de otras tantas especies primitivamente distintas. Preguntad, 
como yo he preguntado, a un renombrado criador de ganado 
vacuno de Hereford si su ganado no podría haber descendido 
del longhorn, o ambos de un tronco común, y se os reirá con 
desprecio. No he encontrado nunca aficionados a palomas, 
gallinas, patos o conejos que no estuviesen completamente 
convencidos de que cada raza principal descendió de una 
especie distinta. Van Mons, en su tratado sobre peras y 
manzanas, muestra que no cree en modo alguno en que las 
diferentes clases, por ejemplo, el manzano Ribston-pippin, o el 
Codlin, pudieron nunca haber procedido de semillas del 
mismo árbol. Podrían citarse otros innumerables ejemplos. La 
explicación, creo yo, es sencilla: por el estudio continuado 
durante mucho tiempo están muy impresionados por las 
diferencias entre las diversas razas; y, aunque saben bien que 
cada raza varía ligeramente, pues ellos ganan sus premios 
seleccionando estas ligeras diferencias, sin embargo, ignoran 
todos los razonamientos generales y rehúsan sumar 
mentalmente las ligeras diferencias acumuladas durante 
muchas generaciones sucesivas. ¿No podrían esos 
naturalistas, que, sabiendo mucho menos de las leyes de la 
herencia de lo que saben los criadores, y no sabiendo más que 
lo que éstos saben de los eslabones intermedios de las largas 
líneas genealógicas, admiten, sin embargo, que muchas 
especies de nuestras razas domésticas descienden de los 
mismos padres, no podrían aprender una lección de 
prudencia cuando se burlan de la idea de que las especies en 
estado natural sean descendientes directos de otras especies? 

Principios de selección seguidos de antiguo y sus efectos. 

Consideremos ahora brevemente los grados por que se han 
producido las razas domésticas, tanto partiendo de una como 
de varias especies afines. Alguna eficacia puede atribuirse a la 
acción directa y determinada de las condiciones externas de 


55 



vida, y alguna a las costumbres; pero sería un temerario quien 
explicase por estos agentes las diferencias entre un caballo de 
carro y uno de carreras, un galgo y un bloodhund, una paloma 
mensajera inglesa y una volteadora de cara corta. Uno de los 
rasgos característicos de las razas domésticas es que vemos en 
ellas adaptaciones, no ciertamente para él propio bien del 
animal o planta, sino para el uso y capricho del hombre. 
Algunas variaciones útiles al hombre, probablemente, se han 
originado de repente o de un salto; muchos naturalistas, por 
ejemplo, creen que el cardo de cardar, con sus garfios, que no 
pueden ser igualados por ningún artificio mecánico, no es 
más que una variedad del Dipsacus silvestre, y este cambio 
puede haberse originado bruscamente en una plantita. Así ha 
ocurrido, probablemente, con el perro turnspib'^\ y se sabe 
que así ha ocurrido en el caso de la oveja ancon^'^^\ Pero si 
comparamos el caballo de carro y el de carreras, el 
dromedario^"^ y el camello, las diferentes castas de ovejas 
adecuadas tanto para tierras cultivadas como para pastos de 
montañas, con la lana en una casta, útil para un caso, y en la 
otra, útil para el otro; cuando comparamos las muchas razas 
de perros, cada una útil al hombre de diferente modo; cuando 
comparamos el gallo de pelea, tan pertinaz en la lucha, con 
otras castas tan poco pendencieras, con las «ponedoras 
perpetuas» —everlasting layers — que nunca quieren 
empollar, y con la bantam, tan pequeña y elegante; cuando 
comparamos la multitud de razas de plantas agrícolas, 
culinarias, de huerta y de jardín, útilísimas al hombre en las 
diferentes estaciones y para diferentes fines, o tan hermosas a 
sus ojos, tenemos, creo yo, que ver algo más que simple 
variabilidad. No podemos suponer que todas las castas se 
produjeron de repente tan perfectas y tan útiles como ahora 
las vemos; realmente, en muchos casos sabemos que no ha 
sido ésta su historia. La clave está en la facultad que tiene el 


56 


hombre de seleccionar acumulando; la Naturaleza da 
variaciones sucesivas; el hombre las suma en cierta dirección 
útil para él. En este sentido puede decirse que ha hecho razas 
útiles para él. 

La gran fuerza de este principio de selección no es 
hipotética. Es seguro que varios de nuestros más eminentes 
ganaderos, aun dentro del tiempo que abraza la vida de un 
solo hombre, modificaron en gran medida sus razas de 
ganado vacuno y de ovejas. Para darse cuenta completa de lo 
que ellos han hecho es casi necesario leer varios de los 
muchos tratados consagrados a este objeto y examinar los 
animales. Los ganaderos hablan habitualmente de la 
organización de un animal como de algo plástico que pueden 
modelar casi como quieren. Si tuviese espacio, podría citar 
numerosos pasajes a este propósito de autoridades 
competentísimas. Youatt, que probablemente estaba mejor 
enterado que casi nadie de las obras de los agricultores, y que 
fue él mismo un excelente conocedor de animales, habla del 
principio de la selección como de «lo que permite al 
agricultor, no sólo modificar los caracteres de su rebaño, sino 
cambiar éstos por completo. Es la vara mágica mediante la 
cual puede llamar a la vida cualquier forma y modelar lo que 
quiere». Lord Somerville, hablando de lo que los ganaderos 
han hecho con la oveja, dice: «parecería como si hubiesen 
dibujado con yeso en una pared una forma perfecta en sí 
misma y después le hubiesen dado existencia». En Sajonia, la 
importancia del principio de la selección, por lo que se refiere 
a la oveja merina, está reconocido tan por completo, que se 
ejerce como un oficio: las ovejas son colocadas sobre una 
mesa y estudiadas como un cuadro por un perito; esto se hace 
tres veces, con meses de intervalo, y las ovejas son marcadas y 
clasificadas cada vez, de modo que las mejores de todas 
pueden ser por fin seleccionadas para la cría. 


57 



Lo que los criadores ingleses han hecho positivamente está 
probado por los precios enormes pagados por animales con 
buena genealogía, y éstos han sido exportados a casi todas las 
regiones del mundo. Generalmente, el perfeccionamiento no 
se debe, en modo alguno, al cruce de diferentes razas; todos 
los mejores criadores son muy opuestos a esta práctica, 
excepto, a veces, entre sub-razas muy afines; y cuando se ha 
hecho un cruzamiento, una rigurosísima selección es aún 
mucho más indispensable que en los casos ordinarios. Si la 
selección consistiese simplemente en separar alguna variedad 
muy distinta y hacer cría de ella, el principio estaría tan claro 
que apenas sería digno de mención; pero su importancia 
consiste en el gran efecto producido por la acumulación, en 
una dirección, durante generaciones sucesivas, de diferencias 
absolutamente inapreciables para una vista no educada, 
diferencias que yo, por ejemplo, intenté inútilmente apreciar. 
Ni un hombre entre mil tiene precisión de vista y criterio 
suficiente para llegar a ser un criador eminente. Si, dotado de 
estas cualidades, estudia durante años el asunto y consagra 
toda su vida a ello con perseverancia inquebrantable, 
triunfará y puede obtener grandes mejoras; si le falta alguna 
de estas cualidades, fracasará seguramente. Pocos creerían 
fácilmente en la natural capacidad y años que se requieren 
para llegar a ser no más que un hábil criador de palomas. 

Los mismos principios siguen los horticultores, pero las 
variaciones, con frecuencia, son más bruscas. Nadie supone 
que nuestros productos más selectos se hayan producido por 
una sola variación del tronco primitivo. Tenemos pruebas de 
que esto no ha sido así en diferentes casos en que se han 
conservado datos exactos; así, para dar un ejemplo muy 
sencillo, puede citarse el tamaño, cada vez mayor, de la 
grosella. Vemos un asombroso perfeccionamiento en muchas 
flores de los floristas cuando se comparan las flores de hoy día 


58 



con dibujos hechos hace veinte o treinta años solamente. Una 
vez que una raza de plantas está bastante bien establecida, las 
productores de semillas no cogen las plantas mejores, sino 
que, simplemente, pasan por sus semilleros y arrancan los 
rogues^^^\ como llaman ellos a las plantas que se apartan del 
tipo conveniente. En animales también se sigue, de hecho, 
esta clase de selección, pues casi nadie es tan descuidado que 
saque cría de sus animales peores. 

Por lo que se refiere a las plantas hay otro modo de 
observar el efecto acumulado de la selección, que es 
comparando, en el jardín, la diversidad de flores en las 
diferentes variedades de las mismas especies; en la huerta, la 
diversidad de hojas, cápsulas, tubérculos o cualquier otra 
parte, si se aprecia en relación con la de las flores de las 
mismas variedades; y en el huerto, la diversidad de frutos de 
la misma especie en comparación con la de las hojas y flores 
del mismo grupo de variedades. Véase lo diferentes que son 
las hojas de la col y qué parecidísimas las flores; qué diferentes 
las flores del pensamiento y qué semejantes las hojas; lo 
mucho que difieren en tamaño, color, forma y pilosidad los 
frutos de las diferentes clases de grosellas, y, sin embargo, las 
flores presentan diferencias ligerísimas. No es que las 
variedades que difieren mucho en un punto no difieran en 
absoluto en otros; esto no ocurre casi nunca —hablo después 
de cuidadosa observación— o quizá nunca. La ley de 
variación correlativa, cuya importancia no debe ser 
descuidada, asegura algunas diferencias; pero, por regla 
general, no se puede dudar que la selección continuada de 
ligeras variaciones, tanto en las hojas como en las flores o 
frutos, producirá razas que difieran entre sí principalmente en 
estos caracteres. 

Puede hacerse la objeción de que el principio de la 


59 


selección ha sido reducido a práctica metódica durante poco 
más de tres cuartos de siglo; ciertamente, ha sido más 
atendida en los últimos años y se han publicado muchos 
tratados sobre este asunto, y el resultado ha sido rápido e 
importante en la medida correspondiente. Pero está muy lejos 
de la verdad el que el principio de la selección sea un 
descubrimiento moderno. Podría dar yo referencias de obras 
de gran antigüedad en las que se reconoce toda la importancia 
de este principio. En períodos turbulentos y bárbaros de la 
historia de Inglaterra fueron importados muchas veces 
animales selectos y se dieron leyes para impedir su 
exportación; fue ordenada la destrucción de los caballos 
inferiores a cierta alzada, y esto puede compararse al 
roguing^^^\ en las plantas, por los que cuidan de los semilleros. 
El principio de la selección lo encuentro dado claramente en 
una antigua enciclopedia china. Algunos de los escritores 
clásicos romanos dieron reglas explícitas. Por pasajes del 
Génesis es evidente que en aquel tiempo antiquísimo se prestó 
atención al color de los animales domésticos. Actualmente los 
salvajes cruzan a veces sus perros con cánidos salvajes para 
mejorar la raza, y antiguamente lo hacían así, según lo 
atestiguan pasajes de Plinio. Los salvajes, en el sur de África, 
emparejan por el color su ganado vacuno de tiro, como lo 
hacen con sus tiros de perros algunos de los esquimales. 
Livingstone afirma que las buenas razas domésticas son muy 
estimadas por los negros del interior del África que no han 
tenido relación con europeos. Algunos de estos hechos no 
demuestran selección positiva; pero muestran que en los 
tiempos antiguos se atendió cuidadosamente a la cría de 
animales domésticos y que hoy es atendida por los salvajes 
más inferiores. Habría sido realmente un hecho extraño que 
no se hubiese prestado atención a la cría, pues es tan evidente 
la herencia de las cualidades buenas y malas. 


60 


Selección inconsciente. 

Actualmente, criadores eminentes procuran, mediante 
selección metódica, en vista de un fin determinado, obtener 
una nueva línea o sub-raza superior a todo lo de su clase en el 
país. Pero para nuestro objeto es más importante una forma 
de selección que puede llamarse inconsciente, y que resulta de 
que cada uno procura poseer y sacar crías de los mejores 
individuos. Así, uno que intenta tener pointers, naturalmente, 
procura adquirir tan buenos perros como puede y después 
obtiene crías de sus mejores perros, pero sin tener deseo ni 
esperanza de modificar permanentemente las razas. Sin 
embargo, debemos deducir que este procedimiento, seguido 
durante siglos, mejoraría y modificaría cualquier raza, del 
mismo modo que Bakewell, Collins, etc., por este mismo 
procedimiento, pero llevado con más método, modificaron 
mucho, sólo con el tiempo de su vida, las formas y cualidades 
de su ganado vacuno. Cambios lentos e insensibles de esta 
clase no pueden nunca reconocerse, a menos que mucho 
tiempo antes se hayan hecho de las razas en cuestión medidas 
positivas y dibujos cuidadosos que puedan servir de 
comparación. En algunos casos, sin embargo, individuos no 
modificados, o poco modificados, de la misma raza existen en 
distritos menos civilizados donde la raza ha sido menos 
mejorada. Hay motivo para creer que el faldero King Charles 
ha sido inconscientemente modificado en sumo grado desde 
el tiempo de aquel monarca. Algunas autoridades 
competentísimas están convencidas de que el perro setter 
desciende directamente del spaniel, y probablemente ha sido 
lentamente modificado a partir de éste. Es sabido que el 
pointer inglés ha cambiado mucho en el último siglo, y en este 
caso el cambio se ha efectuado, según se cree, mediante 
cruzamiento con elfoxhound; pero lo que nos interesa es que 
el cambio se ha efectuado inconsciente y gradualmente, y, sin 


61 



embargo, es tan positivo que, aunque el antiguo pointer 
español vino seguramente de España^^^^, míster Borrow, según 
me ha informado, no ha visto ningún perro indígena en 
España semejante a nuestro po/nfer. 

Mediante un sencillo procedimiento de selección y un 
amaestramiento cuidadoso, los caballos de carrera ingleses 
han llegado a aventajar en velocidad y tamaño a los 
progenitores árabes, hasta el punto de que estos últimos, en el 
reglamento para las carreras de Goodwood, están favorecidos 
en los pesos que llevan. Lord Spencer y otros han demostrado 
cómo el ganado vacuno de Inglaterra ha aumentado en peso y 
precocidad, comparado con el ganado que se tenía antes en 
este país. Comparando los informes dados en varios tratados 
antiguos sobre la condición, en tiempos pasados, de las 
palomas mensajera y volteadora con la condición actual en 
Inglaterra, India y Persia podemos seguir las fases por que 
han pasado insensiblemente hasta llegar a diferir tanto de la 
paloma silvestre. 

Youatt da un excelente ejemplo de los efectos de una 
selección que puede ser considerada como inconsciente, en 
cuanto que los criadores nunca podían haber esperado, ni aun 
deseado, producir el resultado que ocurrió, que fue la 
producción de dos castas diferentes. Los dos rebaños de 
ovejas de Leicester, de míster Buckley y míster Brugess, según 
míster Youatt hace observar, «han venido criando, sin mezcla, 
a partir del tronco primitivo, de míster Bakewell, durante más 
de cincuenta años. No existe ni sospecha, absolutamente en 
nadie enterado de este asunto, de que el dueño de ninguna de 
las dos castas se haya apartado ni una sola vez de la sangre 
pura del rebaño de míster Bakewell, y, sin embargo, la 
diferencia entre las ovejas propiedad de aquellos dos señores 
es tan grande, que tienen el aspecto de ser variedades 


62 


completamente diferentes». 

Aunque existan salvajes tan bárbaros que no piensen nunca 
en el carácter hereditario de la descendencia de sus animales 
domésticos, no obstante, cualquier animal particularmente 
útil a ellos para un objeto especial tiene que ser 
cuidadosamente conservado en tiempo de hambre u otros 
accidentes a los que tan expuestos se hallan los salvajes, y 
estos animales escogidos dejarían de este modo más 
descendencia que los de clase inferior, de modo que en este 
caso se iría produciendo una especie de selección 
inconsciente. Vemos el valor atribuido a los animales aun por 
los salvajes de la Tierra del Fuego, cuando matan y devoran 
sus mujeres viejas en tiempos de escasez, como de menos 
valor que sus perros. 

En las plantas, este mismo proceso gradual de 
perfeccionamiento, mediante la conservación accidental de 
los mejores individuos —sean o no lo bastante diferentes para 
ser clasificados por su primera apariencia como variedades 
distintas, y se hayan o no mezclado entre sí por cruzamiento 
dos o más especies o razas—, se puede claramente reconocer 
en el aumento de tamaño y belleza que vemos actualmente en 
las variedades pensamientos, rosas, geranios de jardín^^^', 
dalias y otras plantas cuando las comparamos con las 
variedades antiguas o con sus troncos primitivos. Nadie 
esperaría siquiera obtener un pensamiento o dalia de primera 
calidad de una planta silvestre. Nadie esperaría obtener una 
pera de agua de primera calidad de la semilla de un peral 
silvestre, aun cuando lo podría conseguir de una pobre 
plantita, creciendo silvestre, si había provenido de un árbol de 
cultivo. La pera, aunque cultivada en la época clásica, por la 
descripción de Plinio, parece haber sido un fruto de calidad 
muy inferior. En las obras de horticultura he visto 


63 


manifestada gran sorpresa por la prodigiosa habilidad de los 
horticultores al haber producido tan espléndidos resultados 
de materiales tan pobres; pero al arte ha sido sencillo, y, por lo 
que se refiere al resultado final, se ha seguido casi 
inconscientemente. Ha consistido en cultivar siempre la 
variedad más renombrada, sembrando sus semillas, y cuando 
por casualidad apareció una variedad ligeramente mejor, en 
seleccionar ésta, y así progresivamente. Pero los horticultores 
de la época clásica que cultivaron las mejores peras que 
pudieron procurarse, jamás pensaron en los espléndidos 
frutos que comeríamos nosotros, aun cuando, en algún 
pequeño grado, debemos nuestros excelentes frutos a haber 
ellos naturalmente escogido y conservado las mejores 
variedades que pudieron dóndequiera encontrar. 

Muchas modificaciones acumuladas así, lenta e 
inconscientemente, explican, a mi parecer, el hecho bien 
conocido de que en cierto número de casos no podamos 
reconocer —y, por consiguiente, no conozcamos— el tronco 
primitivo silvestre de las plantas cultivadas desde más antiguo 
en nuestros jardines y huertas. Si el mejorar o modificar la 
mayor parte de nuestras plantas hasta su tipo actual de 
utilidad, para el hombre ha exigido cientos y miles de años, 
podemos comprender cómo es que, ni Australia, ni el Cabo 
de Buena Esperanza, ni ninguna otra región poblada por 
hombres por completo sin civilizar nos haya aportado ni una 
sola planta digna de cultivo. No es que estos países, tan ricos 
en especies, no posean, por una extraña casualidad, los 
troncos primitivos de muchas plantas útiles, sino que las 
plantas indígenas no han sido mejoradas mediante selección 
continuada hasta llegar a un tipo de perfección comparable 
con el adquirido por las plantas en países de antiguo 
civilizados. 

Por lo que se refiere a los animales domésticos 


64 



pertenecientes a hombres no civilizados, no ha de pasar 
inadvertido que estos animales, casi siempre, han de luchar 
por su propia comida, a lo menos durante ciertas temporadas. 
Y en dos países de condiciones muy diferentes, individuos de 
la misma especie, que tienen constitución y estructura 
ligeramente diferente muchas veces, medrarán más en un país 
que en otro, y así, por un proceso de selección natural, como 
se explicará después más completamente, pudieron formarse 
dos sub-razas. Esto quizá explica, en parte, por qué las 
variedades que poseen los salvajes —como han hecho 
observar varios autores— tienen más del carácter de las 
especies verdaderas que las variedades tenidas en los países 
civilizados. 

Según la idea expuesta aquí del importante papel que ha 
representado la selección hecha por el hombre, resulta en 
seguida evidente por qué nuestras razas domésticas muestran 
en su conformación y sus costumbres adaptación a las 
necesidades o caprichos del hombre. Podemos, creo yo, 
comprender además el carácter frecuentemente anormal de 
nuestras razas domésticas, e igualmente que sus diferencias 
sean tan grandes en los caracteres exteriores y relativamente 
tan pequeñas en partes u órganos internos. El hombre apenas 
puede seleccionar o sólo puede hacerlo con mucha dificultad, 
alguna variación de conformación, excepto las que son 
exteriormente visibles, y realmente rara vez se preocupa por 
lo que es interno. No puede nunca actuar mediante selección, 
excepto con variaciones que en algún grado le da la 
Naturaleza. Nadie pensaría siquiera en obtener una paloma 
colipavo hasta que vio una paloma con la cola desarrollada en 
algún pequeño grado de un modo extraño, o una buchona 
hasta que vio una paloma con un buche de tamaño algo 
extraordinario; y cuanto más anormal y extraordinario fue un 
carácter al aparecer por vez primera, tanto más fácilmente 


65 



hubo de atraer la atención. Pero usar expresiones tales como 
«intentar hacer una colipavo» es para mí, indudablemente, en 
la mayor parte de los casos, por completo incorrecto. El 
hombre que primero eligió una paloma con cola ligeramente 
mayor, nunca soñó lo que los descendientes de aquella 
paloma llegarían a ser mediante muy prolongada selección, en 
parte inconsciente y en parte metódica. Quizá el progenitor 
de todas las colipavos tuvo solamente catorce plumas rectrices 
algo separadas, como la actual colipavo de Java o como 
individuos de otras diferentes razas, en las cuales se han 
contado hasta diez y siete plumas rectrices. Quizá la primera 
paloma buchona no hinchó su buche mucho más que la 
paloma turbit hincha la parte superior de su esófago, 
costumbre que es despreciada por todos los criadores, porque 
no es uno de los puntos característicos de la casta. 

Ni hay que creer tampoco que sería necesaria una gran 
divergencia de estructura para atraer la vista al criador de 
aves; éste percibe diferencias sumamente pequeñas, y está en 
la naturaleza humana el encapricharse con cualquiera 
novedad, por ligera que sea, en las cosas propias. Ni debe 
juzgarse el valor que se habría atribuido antiguamente a las 
ligeras diferencias entre los individuos de la misma especie 
por el valor que se les atribuye actualmente, después que han 
sido bien establecidas diversas razas. Es sabido que en las 
palomas aparecen actualmente muchas diferencias ligeras; 
pero éstas son rechazadas como defectos o como desviaciones 
del tipo de perfección de cada casta. El ganso común no ha 
dado origen a ninguna variedad marcada; de aquí que la casta 
de Tolosa y la casta común, que difieren sólo en el color —el 
más fugaz de los caracteres—, han sido presentadas 
recientemente como distintas en nuestras exposiciones de 
aves de corral. 

Esta opinión parece explicar lo que se ha indicado varias 


66 



veces, o sea que apenas conocemos nada del origen o historia 
de ninguna de nuestras razas domésticas. Pero, de hecho, de 
una casta, como de un dialecto de una lengua, difícilmente 
puede decirse que tenga un origen definido. Alguien conserva 
un individuo con alguna diferencia de conformación y 
obtiene cría de él, o pone mayor cuidado que de ordinario en 
aparear sus mejores animales y así los perfecciona, y los 
animales perfeccionados se extienden lentamente por los 
alrededores inmediatos; pero difícilmente tendrán todavía un 
nombre distinto y, por no ser muy estimados, su historia 
habrá pasado inadvertida. Cuando mediante el mismo 
método, lento y gradual, hayan sido más mejorados, se 
extenderán más lejos y serán reconocidos como una cosa 
distinta y estimable, y recibirán entonces por vez primera un 
nombre regional. En países semicivilizados, de comunicación 
poco libre, la difusión de una nueva sub-raza sería un proceso 
lentísimo. Tan pronto como los rasgos característicos son 
conocidos, el principio, como lo he llamado yo, de la 
selección inconsciente tenderá siempre —quizá más en un 
período que en otro, según que la raza esté más o menos de 
moda; quizá más en una comarca que en otra, según el estado 
de civilización de los habitantes— a aumentar lentamente los 
rasgos característicos de la raza, cualesquiera que sean éstos. 
Pero serán infinitamente pequeñas las probabilidades de que 
se haya conservado alguna historia de estos cambios lentos, 
variantes e insensibles. 

Circunstancias favorables al poder de selección del hombre. 

Diré ahora algunas palabras sobre las circunstancias 
favorables o desfavorables al poder de selección del hombre. 
Un grado elevado de variabilidad es evidentemente favorable, 
pues da sin limitación los materiales para que trabaje la 
selección; no es esto decir que simples diferencias 
individuales no sean lo bastante grandes para permitir, con 


67 



sumo cuidado, que se acumule de una modificación muy 
intensa en casi todas las direcciones deseadas. Y como las 
variaciones manifiestamente útiles o agradables al hombre 
aparecen sólo de vez en cuando, las probabilidades de su 
aparición aumentarán mucho cuando se tenga un gran 
número de individuos; de aquí que el número sea de suma 
importancia para el éxito. Según este principio, Marshall hizo 
observar anteriormente, por lo que se refiere a las ovejas de 
algunas comarcas de Yorkshire, que, «como generalmente 
pertenecen a gente pobre y están comúnmente en pequeños 
lotes, nunca pueden ser mejoradas». Por el contrario, los 
jardineros encargados de los semilleros, por tener grandes 
cantidades de la misma planta tienen generalmente mejor 
éxito que los aficionados al producir variedades nuevas y 
valiosas. Un gran número de individuos de un animal o 
planta sólo puede criarse cuando las condiciones para su 
propagación sean favorables. Cuando los individuos son 
escasos se les dejará a todos criar, cualquiera que sea su 
calidad, y esto impedirá de hecho la selección. Pero, 
probablemente, el elemento más importante es que el animal 
o planta sea tan estimado por el hombre, que se conceda la 
mayor atención aun a la más ligera variación en sus 
cualidades o estructura. Sin poner esta atención, nada puede 
hacerse. He visto señalado seriamente que fue una gran 
fortuna que la fresa empezase a variar precisamente cuando 
los hortelanos empezaron a prestar atención a esta planta. 
Indudablemente, la fresa ha variado siempre desde que fue 
cultivada; pero las ligeras variaciones habían sido 
despreciadas. Sin embargo, tan pronto como los hortelanos 
cogieron plantas determinadas con frutos ligeramente 
mayores, más precoces y mejores, y obtuvieron plantitas de 
ellos, y otra vez escogieron las mejores plantitas y sacaron 
descendencia de ellas, entonces —con alguna ayuda, mediante 


68 



cruzamiento de especies distintas—, se originaron las 
numerosas y admirables variedades de fresa que han 
aparecido durante los últimos cincuenta años. 

En los animales, la facilidad en evitar los cruzamientos es 
un importante elemento en la formación de nuevas razas; por 
lo menos, en un país que está ya provisto de otras. En este 
concepto, el aislamiento del país representa algún papel. Los 
salvajes errantes y los habitantes de llanuras abiertas rara vez 
poseen más de una raza de la misma especie. Las palomas 
pueden ser apareadas para toda su vida, y esto es una gran 
ventaja para el criador, pues así muchas razas pueden ser 
mejoradas y mantenidas puras, aunque estén mezcladas en el 
mismo palomar, y esta circunstancia debe de haber 
favorecido mucho la formación de nuevas razas. Las palomas, 
debo añadir, pueden propagarse mucho en número y en 
progresión rapidísima, y los ejemplares inferiores pueden 
rechazarse sin limitación, pues muertos sirven para alimento. 
Por otra parte, los gatos, por sus costumbres de vagar de 
noche, no pueden ser apareados fácilmente, y, aunque tan 
estimados por las mujeres y niños, rara vez vemos una raza 
distinta conservada mucho tiempo; las razas que vemos 
algunas veces son casi siempre importadas de otros países. 
Aun cuando no dudo que unos animales domésticos varían 
menos que otros, sin embargo, la escasez o ausencia de razas 
distintas del gato, del asno, pavo real, del ganso, etc., puede 
atribuirse, en gran parte, a que no se ha puesto en juego la 
selección: en los gatos, por la dificultad de aparearlos; en los 
asnos, porque los tiene sólo en corto número la gente pobre y 
se presta poca atención a su cría, pues recientemente, en 
algunas partes de España y de los Estados Unidos, este animal 
ha sido sorprendentemente modificado y mejorado mediante 
cuidadosa selección; en los pavos reales, porque no se crían 
muy fácilmente y no se tienen grandes cantidades; en los 


69 



gansos, por ser estimados sólo para dos objetos, alimento y 
plumas, y especialmente por no haber sentido gusto en la 
exhibición de las distintas razas; y el ganso, en las condiciones 
a que está sometido cuando está domesticado, parece tener 
una organización singularmente inflexible, aunque ha variado 
en pequeña medida, como he descrito en otra parte. 

Algunos autores han sostenido que, en nuestras 
producciones domésticas, pronto se llega al total de variación, 
y que éste no puede después, de ningún modo, ser rebasado. 
Sería algo temerario afirmar que en algún caso se ha llegado al 
límite, pues casi todos nuestros animales y plantas han sido 
muy mejorados en distintos aspectos dentro de un período 
reciente, y esto significa variación. Sería igualmente temerario 
afirmar que caracteres aumentados actualmente hasta su 
límite usual no puedan, después de permanecer fijos durante 
muchos siglos, variar de nuevo en nuevas condiciones de 
vida. Indudablemente, como míster Wallace ha hecho 
observar con mucha verdad, un límite será al fin alcanzado; 
por ejemplo: ha de haber un límite para la velocidad de todo 
animal terrestre, pues estará determinado por el rozamiento 
que tiene que vencer, el peso del cuerpo que tiene que llevar y 
la facultad de contracción en las fibras musculares; pero lo 
que nos interesa es que las variedades domésticas de la misma 
especie difieren entre sí en casi todos los caracteres a que el 
hombre ha prestado atención y que ha seleccionado más de lo 
que difieren las distintas especies de los mismos géneros. 
Isidore Geoffroy Saint-Hilaire ha demostrado esto en cuanto 
al peso, y lo mismo ocurre con el color y, probablemente, con 
la longitud del pelo. Por lo que se refiere a la velocidad, que 
depende de muchos caracteres del cuerpo. Eclipse fue mucho 
más veloz, y un caballo de tiro pesado es incomparablemente 
más fuerte que cualesquiera dos especies naturales 
pertenecientes al mismo género. De igual modo, en las 


70 



plantas, las semillas de las diferentes variedades de la judía o 
del maíz probablemente difieren más en tamaño que las 
semillas de distintas especies de cualquier género de las dos 
mismas familias. La misma observación puede hacerse 
respecto al fruto de las diferentes variedades del ciruelo y, 
todavía con mayor motivo, para el melón, lo mismo que en 
muchos otros casos análogos. 

Resumamos lo dicho acerca del origen de las razas 
domésticas de animales y plantas. El cambio de condiciones 
de vida es de suma importancia en la producción de la 
variabilidad, tanto actuando directamente sobre el organismo 
como indirectamente influyendo en el aparato reproductor. 
No es probable que la variabilidad sea una contingencia 
inherente y necesaria en todas las circunstancias. La fuerza 
mayor o menor de la herencia y reversión determinan qué 
variaciones serán duraderas. La variabilidad está regida por 
muchas leyes desconocidas, de las cuales la del crecimiento 
correlativo es probablemente la más importante. Algo — 
cuánto, no lo sabemos— puede atribuirse a la acción 
determinada de las condiciones de vida. Algún efecto —quizá 
grande— puede atribuirse al creciente uso o desuso de los 
diversos órganos. El resultado final se hace así infinitamente 
complejo. En muchos casos, el cruzamiento de especies 
primitivamente distintas parece haber representado un papel 
importante en el origen de nuestras razas. Una vez que en un 
país se han formado diferentes razas, su cruzamiento casual, 
con ayuda de la selección, ha ayudado, sin duda, mucho a la 
formación de nuevas sub-razas; pero se ha exagerado mucho 
la importancia del cruzamiento, tanto por lo que toca a los 
animales como respecto a aquellas plantas que se propagan 
por semillas. En las plantas que se propagan temporalmente 
por esquejes, injertos, etc., es inmensa la importancia del 
cruzamiento, pues el cultivador puede en este caso desatender 


71 



la extrema variabilidad, tanto de los híbridos como de los 
mestizos, y la esterilidad de los híbridos; pero las plantas que 
no se propagan por semillas son de poca importancia para 
nosotros, pues su duración es sólo temporal. Por encima de 
todas estas causas de cambio, la acción acumulada de la 
selección, ya aplicada metódica y activamente, ya 
inconsciente y lentamente, pero con más eficacia, parece 
haber sido la fuerza predominante. 


72 



CAPÍTULO II 

Variación en la naturaleza. 

Variabilidad.—Diferencias individuales.—Especies dudosas.—Las especies de 
gran dispersión geográfica más difundidas y comunes son las que más varian.—Las 
especies de los géneros más grandes de cada pais varian más frecuentemente que las 
especies de los géneros menores.—Muchas de las especies de los géneros mayores 
parecen variedades por ser, entre si muy afines, aunque no igualmente, y por tener 
distribución geográfica restringida. 

Antes de aplicar a los seres orgánicos en estado natural los 
principios a que hemos llegado en el capítulo pasado, 
podemos discutir brevemente si estos seres están sujetos a 
alguna variación. Para tratar bien este asunto se debería dar 
un largo catálogo de áridos hechos; pero reservaré éstos para 
una obra futura. Tampoco discutiré aquí las varias 
definiciones que se han dado de la palabra especie. Ninguna 
definición ha satisfecho a todos los naturalistas; sin embargo, 
todo naturalista sabe vagamente lo que él quiere decir cuando 
habla de una especie. Generalmente, esta palabra encierra el 
elemento desconocido de un acto distinto de creación. La 
palabra variedad es casi tan difícil de definir; pero en ella se 
sobrentiende casi universalmente comunidad de origen, 
aunque ésta rara vez pueda ser probada. Tenemos además lo 
que se llama monstruosidades; pero éstas pasan gradualmente 
a las variedades. Por monstruosidad supongo que se entiende 
alguna considerable anomalía de conformación, 
generalmente perjudicial o inútil para la especie. Algunos 
autores usan la palabra variación en un sentido técnico, 
simplificando una modificación debida directamente a las 
condiciones físicas de la vida; y las variaciones en este sentido 


73 



se supone que no son hereditarias; pero ¿quién puede decir 
que el nanismo de las conchas de las aguas salobres del 
Báltico, o las plantas enanas de las cumbres alpinas, o la 
mayor espesura del pelaje de un animal del extremo Norte no 
hayan de ser en algunos casos hereditarios, por lo menos 
durante algunas generaciones? Y en este caso, presumo yo 
que la forma se denominaría variedad. 

Puede dudarse si las anomalías súbitas y considerables de 
estructura, como las que vemos de vez en cuando en nuestros 
productos domésticos, y especialmente en las plantas, se 
propagan alguna vez con permanencia en estado natural. Casi 
todas las partes de todo ser orgánico están tan hermosamente 
relacionadas con sus complejas condiciones de vida, que 
parece tan improbable el que una parte haya sido producida 
súbitamente perfecta, como el que una máquina complicada 
haya sido inventada por el hombre en estado perfecto. En 
domesticidad, algunas veces, aparecen monstruosidades que 
se asemejan a conformaciones normales de animales muy 
diferentes. Así, alguna vez han nacido cerdos con una especie 
de trompa, y si alguna especie salvaje del mismo género 
hubiese tenido naturalmente trompa podría haberse dicho 
que ésta había aparecido como una monstruosidad; pero 
hasta ahora no he podido encontrar, después de diligente 
indagación, casos de monstruosidades que se asemejen a 
conformaciones normales en formas próximas, y sólo estos 
casos tienen relación con la cuestión. Si alguna vez aparecen 
en estado natural formas monstruosas de estas clases y son 
capaces de reproducción (lo que no siempre ocurre), como se 
presentan rara vez y en un solo individuo, su conservación 
dependería de circunstancias extraordinariamente favorables. 
Además, durante la primera generación y las siguientes se 
cruzarían con la forma ordinaria, y así su carácter anormal se 
perdería casi inevitablemente. Pero en otro capítulo tendré 


74 



que insistir sobre la conservación y perpetuación de las 
variaciones aisladas o accidentales. 

Diferencias individuales. 

Las muchas diferencias ligeras que aparecen en la 
descendencia de los mismos padres, o que puede presumirse 
que han surgido así por haberse observado en individuos de 
una misma especie que habitan una misma localidad 
confinada, pueden llamarse diferencias individuales. Nadie 
supone que todos los individuos de la misma especie estén 
fundidos absolutamente en el mismo molde. Estas diferencias 
individuales son de la mayor importancia para nosotros, 
porque frecuentemente, como es muy conocido de todo el 
mundo, son hereditarias, y aportan así materiales para que la 
selección natural actúe sobre ellas y las acumule, de la misma 
manera que el hombre acumula en una dirección dada las 
diferencias individuales de sus producciones domésticas. 
Estas diferencias individuales afectan generalmente a lo que 
los naturalistas consideran como partes sin importancia; pero 
podría demostrar, mediante un largo catálogo de hechos, que 
partes que deben llamarse importantes, tanto sí se las mira 
desde un punto fisiológico como desde el de la clasificación, 
varían algunas veces en los individuos de una misma especie. 
Estoy convencido de que el más experimentado naturalista se 
sorprendería del número de casos de variación, aun en partes 
importantes de estructura, que podría recopilar 
autorizadamente, como los he recopilado yo durante el 
transcurso de años. Hay que recordar que los sistemáticos 
están lejos de complacerse al hallar variabilidad en caracteres 
importantes, y que no hay muchas personas que quieran 
examinar trabajosamente órganos internos e importantes y 
comparar éstos en muchos ejemplares de la misma especie. 
Nunca se hubiera esperado que las ramificaciones de los 
nervios principales junto al gran ganglio central de un insecto 


75 



fuesen variables en la misma especie; podría haberse pensado 
que cambios de esta naturaleza sólo se habían efectuado lenta 
y gradualmente, y, sin embargo, Sir J. Lubbock ha mostrado la 
existencia de un grado de variabilidad en estos nervios 
principales en Coccus, que casi puede compararse con la 
ramificación irregular del tronco de un árbol. Puedo añadir 
que este naturalista filósofo ha mostrado también que los 
músculos de las larvas de algunos insectos distan mucho de 
ser uniformes. Algunas veces, los autores ratonan en un 
círculo vicioso cuando dicen que los órganos importantes 
nunca varían, pues, como lo han confesado honradamente 
algunos naturalistas, estos mismos autores clasifican 
prácticamente como importantes aquellas partes que no 
varían y, desde este punto de vista, nunca se hallará ningún 
caso de una parte importante que varíe; pero desde cualquier 
otro punto de vista se pueden presentar seguramente muchos 
ejemplos. 

Existe un punto relacionado con las diferencias 
individuales que es en extremo desconcertante: me refiero a 
aquellos géneros que han sido llamados proteos o polimorfos, 
en los cuales las especies presentan una extraordinaria 
variación. Por lo que se refiere a muchas de estas formas, 
difícilmente dos naturalistas se ponen de acuerdo en 
clasificarlas como especies o como variedades. Podemos 
poner como ejemplo Rubus, Rosa y Hieracium, entre las 
plantas; algunos géneros de insectos y de braquiópodos. En la 
mayor parte de los géneros polimorfos, algunas de las especies 
tienen caracteres fijos y definidos. Los géneros que son 
polimorfos en un país parecen ser, con pocas excepciones, 
polimorfos en otros países, y también —a juzgar por los 
braquiópodos— en períodos anteriores. Estos hechos son 
muy desconcertantes, porque parecen demostrar que esta 
clase de variabilidad es independiente de las condiciones de 


76 



vida. Me inclino a sospechar que, por lo menos en algunos de 
estos géneros polimorfos, vemos variaciones que no son ni de 
utilidad ni de perjuicio para la especie, y que, por 
consiguiente, la selección natural no ha recogido ni precisado, 
según se explicará más adelante. 

Como todo el mundo sabe, los individuos de la misma 
especie presentan muchas veces, independientemente de la 
variación, grandes diferencias de conformación, como ocurre 
en los dos sexos de diversos animales, en las dos o tres clases 
de hembras estériles u obreras en los insectos, y en los estados 
joven y larvario de muchos de los animales inferiores. Existen 
también casos de dimorfismo y trimorfismo, tanto en los 
animales como en las plantas. Así, míster Wallace, que ha 
llamado recientemente la atención sobre este asunto, ha 
señalado que las hembras de algunas especies de mariposas en 
el Archipiélago Malayo, aparecen normalmente bajo dos, y 
aun bajo tres, formas notablemente distintas, no enlazadas 
por variedades intermedias. Fritz Müller ha descrito casos 
análogos, pero aún más extraordinarios, en los machos de 
ciertos crustáceos del Brasil: así, el macho de un Tunáis se 
presenta normalmente bajo dos formas distintas: una de ellas 
tiene pinzas fuertes y de diferente hechura, y la otra tiene las 
antenas provistas de pelos olfativos mucho más abundantes. 
Aunque en la mayor parte de estos casos las dos o tres formas, 
tanto en los animales como en los vegetales, no están hoy 
unidas por gradaciones intermedias, es probable que en otro 
tiempo estuviesen unidas de este modo. Míster Wallace, por 
ejemplo, describe cierta mariposa que, en la misma isla, 
presenta una gran serie de variedades unidas por eslabones 
intermedios, y los eslabones extremos de la cadena se 
asemejan a las dos formas de una especie próxima dimorfa 
que habita en otra parte del Archipiélago Malayo. Así 
también, en las hormigas, las varias clases de obreras son 


77 



generalmente por completo distintas; pero en algunos casos, 
como veremos después, están unidas entre sí por variedades 
suavemente graduadas. Lo mismo ocurre en algunas plantas 
dimorfas, como yo mismo lo he observado. Ciertamente, al 
principio, parece un hecho muy notable que la misma 
mariposa hembra tenga la facultad de producir al mismo 
tiempo tres formas distintas femeninas y una masculina, y 
que una planta hermafrodita produzca por las semillas del 
mismo fruto tres formas distintas hermafroditas que lleven 
tres clases diferentes de hembras y tres —o hasta seis— clases 
diferentes de machos. Sin embargo, estos casos son tan sólo 
exageraciones del hecho común de que la hembra produzca 
descendencia de ambos sexos, que a veces difieren entre sí de 
un modo portentoso. 

Especies dudosas. 

Las formas que poseen en grado algo considerable el 
carácter de especie, pero que son tan semejantes a otras 
formas, o que están tan estrechamente unidas a ellas por 
gradaciones intermedias, que los naturalistas no quieren 
clasificarlas como especies distintas, son, por varios 
conceptos, las más importantes para nosotros. Tenemos todo 
fundamento para creer que muchas de estas formas dudosas y 
muy afines han conservado fijos sus caracteres durante largo 
tiempo, tan largo, hasta donde nosotros podemos saberlo, 
como las buenas y verdaderas especies. Prácticamente, 
cuando el naturalista puede unir mediante formas 
intermedias dos formas cualesquiera, considera la una como 
variedad de la otra, clasificando la más común —o a veces la 
descrita primero— como especie, y la otra como variedad. 
Pero a veces surgen casos de gran dificultad, que yo no 
enumeraré aquí, al decidir si hay que clasificar o no una 
forma como variedad de otra, aun cuando estén 
estrechamente unidas por formas intermedias; y tampoco 


78 



suprimirá siempre la dificultad la naturaleza híbrida — 
comúnmente admitida— de las formas intermedias. En 
muchísimos casos, sin embargo, se clasifica una forma como 
variedad de otra, no porque se hayan encontrado realmente 
los eslabones intermedios, sino porque la analogía lleva al 
observador a suponer que éstos existen actualmente en alguna 
parte o pueden haber existido antes, y aquí queda abierta una 
amplia puerta para dar entrada a las conjeturas y a la duda. 

De aquí que, al determinar si una forma ha de ser 
clasificada como especie o como variedad, la opinión de los 
naturalistas de buen juicio y amplia experiencia parece la 
única guía que seguir. En muchos casos, sin embargo, 
tenemos que decidir por mayoría de naturalistas, pues pocas 
variedades bien conocidas y caracterizadas pueden 
mencionarse que no hayan sido clasificadas como especies, a 
lo menos por algunos jueces competentes. 

Es indiscutible que las variedades de esta naturaleza dudosa 
distan mucho de ser raras. Compárense las diversas floras de 
la Gran Bretaña, de Erancia y de los Estados Unidos, escritas 
por diferentes naturalistas, y véase qué número tan 
sorprendente de formas han sido clasificadas por un botánico 
como buenas especies y por otro como simples variedades. 
Míster H. C. Watson, al cual estoy muy obligado por auxilios 
de todas clases, me ha señalado 182 plantas británicas que son 
consideradas generalmente como variedades, pero que han 
sido todas clasificadas como especies por algunos botánicos, y 
al hacer esta lista omitió muchas variedades insignificantes 
que, no obstante, han sido clasificadas por algunos botánicos 
como especies, y ha omitido por completo varios géneros 
sumamente polimorfos. En los géneros que encierran las 
formas más poliformas, míster Babington cita 251 especies, 
mientras que míster Bentha cita solamente 112. ¡Una 
diferencia de 139 formas dudosas! Entre los animales que se 


79 



unen para cada cría y que cambian mucho de lugar, rara vez 
pueden hallarse en un mismo país formas dudosas 
clasificadas por un zoólogo como especies y por otro como 
variedades; pero son comunes en territorios separados. 
¡Cuántos pájaros e insectos de América del Norte y de Europa 
que difieren entre sí ligerísimamente han sido clasificados por 
un naturalista eminente como especies dudosas y por otro 
como variedades, o razas geográficas, como frecuentemente 
se las llama! Míster Wallace, en varios estimables trabajos 
sobre diferentes animales, especialmente sobre lepidópteros, 
que viven en las islas del Archipiélago Malayo, expone que 
éstos pueden clasificarse en cuatro grupos; a saber: formas 
variables, formas locales, razas geográficas o subespecies, y 
verdaderas especies típicas. Las primeras, o formas variables, 
varían mucho dentro de los límites de la misma isla. Las 
formas locales son medianamente constantes y distintas en 
cada isla, tomada por separado; pero cuando se comparan 
juntas todas las de las diversas islas se ve que las diferencias 
son tan ligeras y graduadas, que es imposible definirlas o 
describirlas, aunque al mismo tiempo las formas extremas 
sean suficientemente distintas. Las razas geográficas, o 
subespecies, son formas locales completamente fijas y 
aisladas; pero como no difieren entre sí por caracteres 
importantes y muy marcados, «no hay criterio posible, sino 
sólo opinión particular, para determinar cuáles tienen que ser 
consideradas como especies y cuáles como variedades». Por 
último, las especies típicas ocupan el mismo lugar en la 
economía natural de cada isla que las formas locales y 
subespecies; pero, como se distinguen entre sí con mayor 
diferencia que la que existe entre las formas locales y las 
subespecies, son casi universalmente clasificadas por los 
naturalistas como especies verdaderas. Sin embargo, no es 
posible dar un criterio seguro por el cual puedan ser 


80 



reconocidas las formas variables, las formas locales, las 
subespecies y las especies típicas. 

Hace muchos años, comparando y viendo comparar a otros 
las aves de las islas —muy próximas entre sí— del 
Archipiélago de los Galápagos, unas con otras y con las del 
continente americano, quedé muy sorprendido de lo 
completamente arbitraria y vaga que es la distinción entre 
especies y variedades. En las islitas del pequeño grupo de la 
Madera existen muchos insectos clasificados como variedades 
en la admirable obra de míster Wollaston, pero que 
seguramente serían clasificados como especies distintas por 
muchos entomólogos. Hasta Irlanda tiene algunos animales 
considerados ahora generalmente como variedades, pero que 
han sido clasificados como especies por algunos zoólogos. 
Varios ornitólogos experimentados consideran nuestra perdiz 
de Escocia (Lagopus scoticus) sólo como una raza muy 
caracterizada de una especie noruega, mientras que el mayor 
número la clasifica como una especie indubitable, propia de la 
Gran Bretaña. Una gran distancia entre las localidades de dos 
formas dudosas lleva a muchos naturalistas a clasificar éstas 
como dos especies distintas; pero se ha preguntado con razón: 
¿qué distancia bastará? Si la distancia entre América y Europa 
es cumplida, ¿será suficiente la que hay entre Europa y las 
Azores, o Madera, o las Ganarías, o entre las varias islitas de 
estos pequeños archipiélagos? 

Míster B. D. Walsh, distinguido entomólogo de los Estados 
Unidos, ha descrito lo que él llama variedades fitofágicas y 
especies fitofágicas. La mayor parte de los insectos que se 
mantienen de vegetales viven a expensas de una clase de 
planta o de un grupo de plantas; algunos comen 
indistintamente de muchas clases, pero no varían a 
consecuencia de ello. En algunos casos, sin embargo, míster 
Walsh ha observado insectos, encontrados viviendo sobre 


81 



diferentes plantas, que presentan en su estado larvario, en el 
perfecto, o en ambos, diferencias ligeras, pero constantes, en 
el color, tamaño o en la naturaleza de sus secreciones. Se 
observó que en algunos casos sólo los machos; en otros casos, 
los machos y las hembras diferían así en pequeño grado; pero 
ningún observador puede fijar para otro, aun dado que pueda 
hacerlo para sí mismo, cuáles de estas formas fitofágicas 
deben ser llamadas especies y cuáles variedades. Míster Walsh 
clasifica como variedades las formas que puede suponerse 
quo se cruzarían entre sí ilimitadamente, y como especies las 
que parece que han perdido esta facultad. Como las 
diferencias dependen de que los insectos han comido mucho 
tiempo plantas distintas, no puede esperarse que se 
encuentren eslabones intermedios que unan las diversas 
formas. El naturalista pierde así su mejor guía para 
determinar si ha de clasificar las formas dudosas como 
especies o como variedades. Esto, necesariamente, ocurre 
también con organismos muy afines que habitan en distintos 
continentes o islas. Cuando, por el contrario, un animal o 
planta se extiende por el mismo continente, o habita varias 
islas del mismo archipiélago, y presenta diferentes formas en 
los diferentes territorios, hay siempre muchas probabilidades 
de que se descubrirán formas intermedias que enlacen los 
citados extremos, y éstos quedan entonces reducidos a la 
categoría de variedades. 

Un corto número de naturalistas sostiene que los animales 
nunca presentan variedades, y entonces, estos mismos 
naturalistas clasifican como de valor específico la más leve 
diferencia, y cuando la misma forma idéntica se ha 
encontrado en dos países distantes o en dos formaciones 
geológicas, creen que dos especies distintas están ocultas bajo 
la misma vestidura. La palabra especie viene de este modo a 
ser una mera abstracción inútil, que implica y supone un acto 


82 



separado de creación. Lo positivo es que muchas formas 
consideradas como variedades por autoridades 
competentísimas parecen, por su índole, tan por completo 
especies, que han sido clasificadas así por otros 
competentísimos jueces; pero discutir si deben llamarse 
especies o variedades antes de que haya sido aceptada 
generalmente alguna definición de estos términos es dar 
inútilmente palos al aire. 

Muchos de estos casos de variedades muy acentuadas o 
especies dudosas merecen ciertamente reflexión, pues se han 
aducido diversas e interesantes clases de razones procedentes 
de la distribución geográfica, variación analógica, hibridismo, 
etcétera, intentando determinar su categoría; pero el espacio 
no me permite discutirlas aquí. Una atenta investigación 
llevará, sin duda, a los naturalistas a ponerse de acuerdo en 
muchos casos sobre la clasificación de formas dudosas; no 
obstante, hay que confesar que en los países mejor conocidos 
es donde encontramos el mayor número de ellas. Me ha 
sorprendido el hecho de que si un animal o planta en estado 
silvestre es muy útil al hombre, o si por cualquier motivo 
atrae mucho su atención, se encontrarán casi siempre 
registradas variedades de ella. Además, estas variedad serán 
clasificadas frecuentemente como especies por algunos 
autores. Fijémonos en el roble común, que tan atentamente 
ha sido estudiado; sin embargo, un autor alemán distingue 
más de una docena de especies basadas en formas que son 
casi universalmente consideradas como variedades por otros 
botánicos, y en nuestro país pueden citarse las más elevadas 
autoridades botánicas y los prácticos para demostrar que el 
roble de frutos sentados y el roble de frutos pedunculados son 
buenas y distintas especies o que son simples variedades. 

Puedo referirme aquí a la notable memoria publicada 
recientemente por A. de Candolle sobre los robles del mundo 


83 



entero. Nadie tuvo nunca materiales más abundantes para la 
distinción de las especies, ni pudo haber trabajado sobre ellos 
con mayor celo y perspicacia. Da primero detalladamente los 
numerosos pormenores de conformación, que varían en las 
diversas especies, y calcula numéricamente la frecuencia 
relativa de las variaciones. Detalla más de una docena de 
caracteres que pueden hallarse variando aun en la misma 
rama, a veces según la edad o desarrollo, a veces sin causa 
alguna a que puedan atribuirse. Estos caracteres no son, 
naturalmente, de valor específico; pero, como ha advertido 
Asa Cray al comentar esta Memoria, son como los que entran 
generalmente en las definiciones de las especies. De Candolle 
pasa a decir que él da la categoría de especie a las formas que 
difieren por caracteres, que nunca varían en el mismo árbol y 
que nunca se hallan unidas por grados intermedios. Después 
de esta discusión, resultado de tanto trabajo, hace observar 
expresamente: «Están equivocados los que repiten que la 
mayor parte de nuestras especies se hallan claramente 
limitadas y que las especies dudosas están en pequeña 
minoría. Esto parecía ser verdad mientras que un género 
estaba imperfectamente conocido y sus especies se fundaban 
en unos pocos ejemplares, es decir, mientras eran 
provisionales; al momento en que llegamos a conocerlas 
mejor surgen formas intermedias y aumentan las dudas 
respecto a los límites específicos». 

Añade también que las especies mejor conocidas son 
precisamente las que presentan el mayor número de 
variedades espontáneas y subvariedades. Así, el Quercus robur 
tiene veintiocho variedades, las cuales se agrupan todas, 
excepto seis, alrededor de tres subespecies, que son: Q. 
pedunculata, sessiliflora y pubescens. Las formas que enlazan 
estas tres subespecies son relativamente raras, y, como Asa 
Cray advierte por otra parte, si estas formas de enlace que hoy 


84 



son raras llegaran a extinguirse por completo, las tres 
subespecies guardarían entre sí exactamente la misma 
relación que guardan las cuatro o cinco especies 
provisionalmente admitidas, y que están alrededor y muy 
cerca del Quercus robur típico. Finalmente, De Candolle 
admite que, de las trescientas especies que se enumerarán en 
su Pródromo como pertenecientes a la familia de los robles, 
dos tercios, por lo menos, son especies provisionales; esto es: 
que no se sabe que llenen exactamente la definición dada 
arriba de especie verdadera. Habría que añadir que De 
Candolle no cree ya más el que las especies sean creaciones 
inmutables, y llega a la conclusión de que la teoría de la 
derivación es la más natural «y la más conforme con los 
hechos conocidos de paleontología, geografía botánica y 
zoológica, estructura anatómica y clasificación». 

Cuando un joven naturalista empieza el estudio de un 
grupo de organismos completamente desconocido para él, al 
principio vacila mucho en determinar qué diferencias ha de 
considerar como específicas y cuáles como de variedad, 
porque nada sabe acerca de la cantidad y modo de variación a 
que está sujeto el grupo, y esto muestra, por lo menos, cuán 
general es el que haya algo de variación; pero si limita su 
atención a una clase dentro de un país, formará pronto juicio 
sobre cómo ha de clasificar la mayor parte de las formas 
dudosas. Su tendencia general será hacer muchas especies, 
pues —lo mismo que el criador de palomas y aves de corral, 
de que antes se habló— llegaría a impresionarse por la 
diferencia que existe en las formas que está continuamente 
estudiando, y tiene poco conocimiento general de variaciones 
análogas en otros grupos o en otros países con el que poder 
corregir sus primeras impresiones. A medida que extienda el 
campo de sus observaciones tropezará con nuevos casos 
dificultosos, pues encontrará mayor número de formas 


85 



sumamente afines; pero si sus observaciones se extienden 
mucho podrá generalmente realizar por fin su idea, mas esto 
lo conseguirá a costa de admitir mucha variación, y la 
realidad de esta admisión será muchas veces discutida por 
otros naturalistas. Cuando pase al estudio de formas afines 
traídas de países que hoy no están unidos—caso en el cual no 
puede tener la esperanza de encontrar eslabones intermedios 
—se verá obligado a fiarse casi por completo de la analogía, y 
sus dificultades llegarán al máximum. 

Indudablemente, no se ha trazado todavía una línea clara 
de demarcación entre especies y subespecies—o sean las 
formas que, en opinión de algunos naturalistas, se acercan 
mucho, aunque no llegan completamente, a la categoría de 
especies—, ni tampoco entre subespecies y variedades bien 
caracterizadas, o entre variedades menores y diferencias 
individuales. Estas diferencias pasan de unas a otras, 
formando una serie continua, y una serie imprime en la 
mente la idea de un tránsito real. 

De aquí que yo considere las diferencias individuales, a 
pesar de su pequeño interés para el clasificador, como de la 
mayor importancia para nosotros, por ser los primeros pasos 
hacia aquellas variedades que apenas se las considera dignas 
de ser consignadas en las obras de Historia Natural. Y 
considero yo las variedades que son en algún modo más 
distintas y permanentes como pasos hacia variedades más 
intensamente caracterizadas y permanentes, y estas últimas 
como conduciendo a las subespecies y luego a las especies. El 
tránsito de un grado de diferencia a otro puede ser en muchos 
casos el simple resultado de la naturaleza del organismo y de 
las diferentes condiciones físicas a que haya estado expuesto 
largo tiempo; pero, por lo que se refiere a los caracteres más 
importantes de adaptación, el paso de un grado de diferencia 
a otro puede atribuirse seguramente a la acción acumulativa 


86 



de la selección natural, que se explicará más adelante, y a los 
resultados del creciente uso o desuso de los órganos. Una 
variedad bien caracterizada puede, por consiguiente, 
denominarse especie incipiente, y si esta suposición está o no 
justificada, debe ser juzgado por el peso de los diferentes 
hechos y consideraciones que se expondrán en toda esta obra. 

No es necesario suponer que todas las variedades o especies 
incipientes alcancen la categoría de especies. Pueden 
extinguirse o pueden continuar como variedades durante 
larguísimos períodos, como míster Wollaston ha demostrado 
que ocurre en las variedades de ciertos moluscos terrestres 
fósiles de la isla de la Madera, y Gastón de Saporta en los 
vegetales. Si una variedad llegase a florecer de tal modo que 
excediese en número a la especie madre, aquélla se clasificaría 
como especie y la especie como variedad; y podría llegar a 
suplantar y exterminar la especie madre, o ambas podrían 
coexistir y ambas se clasificarían como especies 
independientes. Pero más adelante insistiremos sobre este 
asunto. 

Por estas observaciones se verá que considero la palabra 
especie como dada arbitrariamente, por razón de 
conveniencia, a un grupo de individuos muy semejantes y que 
no difiere esencialmente de la palabra variedad, que se da a 
formas menos precisas y más fluctuantes. A su vez, la palabra 
variedad, en comparación con meras diferencias individuales, 
se aplica también arbitrariamente por razón de conveniencia. 

Las especies comunes, muy difundidas y muy extendidas son 

las que más varían. 

Guiado por consideraciones teóricas, pensé que podrían 
obtenerse resultados interesantes respecto a la naturaleza y 
relaciones de las especies que más varían, formando listas de 
todas las variedades de diversas flores bien estudiadas. Al 


87 



pronto parecía esto un trabajo sencillo; pero míster H. C. 
Watson, a quien estoy muy obligado por valiosos servicios y 
consejos sobre este asunto, me convenció en seguida de que 
había muchas dificultades, como también lo hizo después el 
doctor Hooker, todavía en términos más enérgicos. Reservaré 
para una obra futura la discusión de estas dificultades y los 
cuadros de los números proporcionales de las especies 
variables. El doctor Hooker me autoriza a añadir que, después 
de haber leído atentamente mi manuscrito y examinado los 
cuadros, cree que las siguientes conclusiones están bien e 
imparcialmente fundadas. Todo este asunto, sin embargo, 
tratado con mucha brevedad, como es aquí necesario, es algo 
desconcertante, y no pueden evitarse las alusiones a la lucha 
por la existencia, divergencia de caracteres y otras cuestiones 
que han de ser discutidas más adelante. 

Alphonse de Candolle y otros han demostrado que las 
plantas que tienen una gran dispersión presentan 
generalmente variedades, lo que podía ya esperarse por estar 
expuestas a diferentes condiciones físicas y porque entran en 
competencia con diferentes conjuntos de seres orgánicos, lo 
cual, como veremos después, es una circunstancia tanto o más 
importante. Pero mis cuadros muestran además que en todo 
país limitado las especies que son más comunes —esto es, más 
abundante en individuos— y las especies muy difundidas 
dentro del mismo país —y éste es un concepto diferente de 
ocupar mucha extensión y, hasta cierto punto, de ser común 
— son las que con más frecuencia originan variedades lo 
suficientemente caracterizadas para ser registradas en las 
obras de botánica. De aquí el que las especies más florecientes 
o, como pueden llamarse, especies predominantes —las que 
ocupan mayor extensión, son las más difundidas en su propio 
país y las más numerosas en individuos— sean las que con 
más frecuencia producen variedades bien caracterizadas o. 


88 



como yo las considero, especies incipientes. Y esto podría 
quizá haber sido previsto; pues como las variedades, para 
hacerse en algún modo permanentes, necesariamente tienen 
que luchar con los otros habitantes de su país, las especies que 
son ya predominantes serán las más aptas para producir 
descendientes, los cuales, aunque modificados sólo en muy 
débil grado, heredan, sin embargo, las ventajas que hicieron 
capaces a sus padres de llegar a predominar entre sus 
compatriotas. 

En estas observaciones sobre el predominio ha de 
sobrentenderse que sólo se hace referencia a las formas que 
entran en mutua competencia, y especialmente a los 
miembros del mismo género o clase que tienen costumbres 
casi semejantes. Respecto al número de individuos, o a ser 
común una especie, la comparación, naturalmente, se refiere 
sólo a los miembros del mismo grupo. Puede decirse que una 
planta superior es predominante si es más numerosa en 
individuos y está más difundida que otras plantas del mismo 
país que vivan casi en las mismas condiciones. Una planta de 
esta clase no deja de ser predominante porque alguna 
conferva que vive en el agua o algún hongo parásito sean 
infinitamente más numerosos en individuos y estén más 
difundidos. Pero si la conferva o el hongo parásito supera a 
sus semejantes por los conceptos antedichos, será entonces 
predominante dentro de su propia clase. 

Las especies de los géneros mayores en cada país varían más 
frecuentemente que las especies de los géneros menores. 

Si las plantas que viven en un país, según aparecen 
descritas en una flora, se dividen en dos grupos iguales, 
colocando a un lado todas las de los géneros mayores —esto 
es, los que contienen más especies— y a otro lado todas las de 
los géneros menores, se verá que el primer grupo comprende 


89 



un número algo mayor de especies comunísimas y muy 
difundidas, o especies predominantes. Esto podía haber sido 
ya previsto, pues el mero hecho de que muchas especies del 
mismo género vivan en un país demuestra que en las 
condiciones orgánicas e inorgánicas de aquel país existe algo 
favorable para el género, y, por consiguiente, podíamos haber 
esperado encontrar en los géneros mayores —o que 
comprenden más especies— un número relativo mayor de 
especies predominantes. Pero son tantas las causas que 
tienden a obscurecer el resultado, que estoy sorprendido de 
que mis cuadros muestren siquiera una pequeña mayoría del 
lado de los géneros mayores. Me referiré aquí a dos causas 
sólo de obscuridad. Las plantas de agua dulce y las halófilas 
están generalmente muy extendidas y muy difundidas; pero 
esto parece estar relacionado con la naturaleza de los lugares 
en que viven y tienen poca o ninguna relación con la 
magnitud de los géneros a que pertenecen las especies. 
Además, los vegetales inferiores en la escala de la 
organización están, en general, mucho más difundidos que las 
plantas superiores, y en este caso, además, no hay inmediata 
relación con la magnitud de los géneros. La causa de que los 
vegetales de organización inferior estén muy extendidos se 
discutirá en el capítulo sobre la distribución geográfica. 

El considerar las especies tan sólo como variedades bien 
definidas y muy caracterizadas me llevó a anticipar que las 
especies de los géneros mayores en cada país presentarían con 
más frecuencia variedades que las especies de los géneros 
menores, pues dondequiera que se hayan formado muchas 
especies sumamente afines —es decir, especies del mismo 
género— deben, por regla general, estarse formando 
actualmente muchas variedades o especies incipientes. Donde 
crecen muchos árboles grandes esperamos encontrar retoños; 
donde se han formado por variación muchas especies de un 


90 



género, las circunstancias han sido favorables para la 
variación, y, por consiguiente, podemos esperar que, en 
general, lo serán todavía. Por el contrario, si consideramos 
cada especie como un acto especial de creación, no aparece 
razón alguna para que se presenten más variedades en un 
grupo que tenga muchas especies que en otro que tenga 
pocas. 

Para probar la verdad de esta idea que anticipo he 
ordenado las plantas de veinte países y los insectos 
coleópteros de dos regiones en dos grupos aproximadamente 
iguales, poniendo a un lado las especies de los géneros 
mayores y a otro las de los géneros menores, y esto ha 
demostrado siempre que en el lado de los géneros mayores 
era mayor el tanto por ciento de especies que presentaban 
variedades, que en el lado de los géneros menores. Además, 
las especies de los géneros grandes que presentan variedades 
presentan siempre un número relativo mayor de variedades, 
que las especies de los géneros pequeños. Ambos resultados 
subsisten cuando se hace otra división y cuando se excluyen 
por completo de los cuadros todos los géneros muy pequeños 
que sólo comprenden de una a cuatro especies. 

Estos hechos tienen clara significación en la hipótesis de 
que las especies son tan sólo variedades permanentes muy 
caracterizadas, pues dondequiera que se han formado muchas 
especies del mismo género, o donde —si se nos permite 
emplear la frase— la fabricación de especies ha sido muy 
activa, debemos, en general, encontrar todavía la fábrica en 
movimiento; tanto más, cuanto que tenemos todas las razones 
para suponer que el procedimiento de fabricación de las 
especies nuevas es un procedimiento lento. Y esto, 
ciertamente, resulta exacto si se consideran las variedades 
como especies incipientes, pues mis cuadros muestran 
claramente, como regla general, que dondequiera que se han 


91 



formado muchas especies de un género, las especies de este 
género presentan un número de variedades, o sea de especies 
incipientes, mayor que el promedio. No es que todos los 
géneros grandes estén ahora variando mucho y estén 
aumentando el número de sus especies, ni que ningún género 
pequeño esté ahora variando y aumentando; pues si esto fuese 
así sería fatal para mi teoría, puesto que la Geología 
claramente nos dice que frecuentemente géneros pequeños, 
en el transcurso del tiempo, han aumentado mucho, y que 
con frecuencia géneros grandes han llegado a su máximum, 
han declinado y desaparecido. Todo lo que teníamos que 
demostrar es que donde se han formado muchas especies de 
un género, de ordinario se están formando todavía muchas, y 
esto, ciertamente, queda establecido. 

Muchas de las especies incluidas en los géneros mayores 
parecen variedades por ser entre sí muy afines, aunque no 
igualmente, y por tener distribución geográfica restringida. 
Entre las especies de los géneros grandes y sus variedades 
registradas existen otras relaciones dignas de mención. 
Hemos visto que no hay un criterio infalible para distinguir 
las especies de las variedades bien marcadas; y cuando no se 
han encontrado eslabones de enlace entre formas dudosas, los 
naturalistas se ven forzados a decidirse por el conjunto de 
diferencias entre ellas, juzgando por analogía si este conjunto 
es o no suficiente para elevar una forma, o ambas, a la 
categoría de especies. De aquí que la cantidad de diferencia es 
un criterio importantísimo para decidir si dos formas han de 
ser clasificadas como especies o como variedades. Ahora bien: 
Fríes ha observado, por lo que se refiere a las plantas, y 
Westwood, por lo que toca a los insectos, que en los géneros 
grandes la cantidad de diferencia entre las especies es con 
frecuencia sumamente pequeña. Me he esforzado en 
comprobar esto numéricamente mediante promedios que. 


92 



hasta donde alcanzan mis imperfectos resultados, confirman 
dicha opinión. He consultado también con algunos sagaces y 
experimentados observadores, y, después de deliberar, 
coinciden en esta opinión. En este respecto, pues, las especies 
de los géneros mayores se parecen a las variedades, más que 
las especies de los géneros menores. O el caso puede 
interpretarse de otro modo: puede decirse que en los géneros 
mayores, en los cuales se está ahora fabricando un número de 
variedades o especies incipientes mayor que el promedio, 
muchas de las especies ya fabricadas parecen, hasta cierto 
punto, variedades, pues difieren entre sí menos de la cantidad 
habitual de diferencia. 

Además, las especies de los géneros mayores están 
relacionadas unas con otras, de la misma manera que están 
relacionadas entre sí las variedades de cualquier especie. 
Ningún naturalista pretende que todas las especies de un 
género estén igualmente distantes unas de otras; 
generalmente, pueden ser divididas en subgéneros, o 
secciones, o grupos menores. Como Fríes ha señalado muy 
bien, grupos pequeños de especies están generalmente 
reunidos como satélites alrededor de otras especies; y ¿qué 
son las variedades sino grupos de formas desigualmente 
relacionadas entre sí y agrupadas alrededor de ciertas formas, 
o sea alrededor de sus especies madres? Indudablemente, 
existe un punto de diferencia importantísimo entre las 
variedades y las especies; y es que la diferencia entre las 
variedades cuando se comparan entre sí o con especie madre 
es mucho menor que la que existe entre las especies del 
mismo género. Pero cuando lleguemos a discutir el principio 
de la divergencia de caracteres, como yo lo llamo, veremos 
cómo puede explicarse esto y cómo las diferenecias menores 
que existen entre las variedades tienden a acrecentarse y 
llegan a ser las diferencias mayores existentes entre las 


93 



especies. 

Existe otro punto que merece indicarse. Las variedades 
ocupan por lo general una extensión muy restringida: esta 
afirmación, realmente, es casi una evidencia, pues si se viese 
que una variedad tiene una extensión mayor que la de su 
supuesta especie madre se invertirían sus denominaciones. 
Pero hay fundamento para suponer que las especies que son 
muy afines a otras —en lo cual parecen mucho variedades— 
ocupan con frecuencia extensiones muy limitadas. Míster H. 
C. Watson me ha señalado en el bien fundamentado London 
Catalogue ofplants (4.^^ edición) 63 plantas que aparecen allí 
clasificadas como especies, pero que él considera tan 
sumamente afines a otras especies, que llegan a ser de valor 
dudoso; estas 63 supuestas especies se extienden, por término 
medio, por 6,9 de las provincias en que míster Watson ha 
dividido la Gran Bretaña. Ahora bien: en el mismo Catálogo 
están anotadas 53 variedades admitidas, y éstas se extienden 
por 7,7 de las provincias, mientras que las especies a que estas 
variedades pertenecen se extienden por 14,3 de las provincias. 
De modo que las variedades admitidas como tales tienen 
próximamente el mismo promedio de extensión restringido 
que las formas muy afines marcadas para mí por Mr. Watson 
como especies dudosas, pero que los botánicos ingleses 
clasifican casi unánimemente como buenas y verdaderas 
especies. 

Resumen. 

En conclusión, las variedades no pueden ser distinguidas 
de las especies, excepto: primero, por el descubrimiento de 
formas intermedias de enlace, y segundo, por cierta cantidad 
indefinida de diferencia entre ellas, pues si dos formas 
difieren muy poco son generalmente clasificadas como 
variedades, a pesar de que no pueden ser reunidas sin 


94 



solución de continuidad; pero no es posible determinar la 
cantidad de diferencia necesaria para conceder a dos formas 
la categoría de especies. En los géneros que en un país tienen 
un número de especies mayor que el promedio, las especies 
tienen más variedades que el promedio. En los géneros 
grandes, las especies son susceptibles de ser reunidas, estrecha 
pero desigualmente, formando grupos alrededor de otras 
especies. Las especies sumamente afines a otras ocupan, al 
parecer, extensiones restringidas. Por todos estos conceptos, 
las especies de los géneros grandes presentan suma analogía 
con las variedades. Y podemos comprender claramente estas 
analogías si las especies existieron en otro tiempo como 
variedades y se originaron de este modo; mientras que estas 
analogías son completamente inexplicables si las especies son 
creaciones independientes. 

Hemos visto también que las especies más florecientes, o 
especies predominantes, de los géneros mayores, dentro de 
cada clase, son las que, proporcionalmente, dan mayor 
número de variedades, y las variedades, como veremos 
después, tienden a convertirse en especies nuevas y distintas. 
De este modo, los géneros grandes tienden a hacerse mayores, 
y en toda la naturaleza las formas orgánicas que son ahora 
predominantes tienden a hacerse más predominantes aún, 
dejando muchos descendientes modificados y predominantes. 
Pero, por grados que se explicarán más adelante, los géneros 
mayores tienden también a fragmentarse en géneros menores, 
y así, en todo el universo, las formas orgánicas quedan 
divididas en grupos subordinados a otros grupos. 


95 



CAPÍTULO III 

Lucha por la existencia. 

Su relación con la selección natural.—La expresión se usa en sentido amplio.— 
Progresión geométrica del aumento.—Rápido aumento de las plantas y animales 
naturalizados.—Naturaleza de los obstáculos para el aumento.—Competencia 
universal.—Efectos de clima.—Protección por el número de individuos.— 
Relaciones complejas entre todos los animales y plantas en la naturaleza.—La lucha 
por la vida es rigurosisima entre individuos y variedades de la misma especie: 
rigurosa muchas veces entre especies del mismo género.—La relación entre 
organismo y organismo es la más importante de todas las relaciones. 

Antes de entrar en el asunto de este capítulo debo hacer 
algunas observaciones preliminares para mostrar cómo la 
lucha por la existencia se relaciona con la selección natural. 

Se vio en el capítulo pasado que entre los seres orgánicos en 
estado natural existe alguna variabilidad individual, y, en 
verdad, no tengo noticia de que esto haya sido nunca 
discutido. Y si se admite la existencia de variedades bien 
marcadas, no tiene importancia para nosotros el que una 
multitud de formas dudosas sean llamadas especies, 
subespecies o variedades, ni qué categoría, por ejemplo, 
tengan derecho a ocupar las doscientas o trescientas formas 
dudosas de plantas británicas. Pero la simple existencia de 
variabilidad individual y de unas pocas variedades bien 
marcadas, aunque necesaria como fundamento para esta 
obra, nos ayuda poco a comprender cómo aparecen las 
especies en la naturaleza. ¿Cómo se han perfeccionado todas 
esas exquisitas adaptaciones de una parte de la organización a 
otra o a las condiciones de vida, o de un ser orgánico a otro 
ser orgánico? Vemos estas hermosas adaptaciones mutuas del 
modo más evidente en el pájaro carpintero y en el muérdago, 
y sólo un poco menos claramente en el más humilde parásito 
que se adhiere a los pelos de un cuadrúpedo o a las plumas de 
un ave; en la estructura del coleóptero que bucea en el agua, 
en la simiente plumosa, a la que transporta la más suave brisa; 


96 



en una palabra, vemos hermosas adaptaciones dondequiera y 
en cada una de las partes del mundo orgánico. 

Además puede preguntarse cómo es que las variedades que 
hemos llamado especies incipientes quedan transformadas 
finalmente en buenas y distintas especies, que en la mayor 
parte de los casos difieren claramente entre sí mucho más que 
las variedades de la misma especie; cómo se originan estos 
grupos de especies, que constituyen lo que se llaman géneros 
distintos y que difieren entre sí más que las especies del 
mismo género. Todos estos resultados, como veremos más 
extensamente en el capitulo próximo, son consecuencia de la 
lucha por la vida. Debido a esta lucha, las variaciones, por 
ligeras que sean y cualquiera que sea la causa de que 
procedan, si son en algún grado provechosas a los individuos 
de una especie en sus relaciones infinitamente complejas con 
otros seres orgánicos y con sus condiciones físicas de vida, 
tenderán a la conservación de estos individuos y serán, en 
general, heredadas por la descendencia. La descendencia 
también tendrá así mayor probabilidad de sobrevivir; pues de 
los muchos individuos de una especie cualquiera que nacen 
periódicamente, sólo un pequeño número puede sobrevivir. 
Este principio, por el cual toda ligera variación, si es útil, se 
conserva, lo he denominado yo con el término de selección 
natural, a fin de señalar su relación con la facultad de 
selección del hombre; pero la expresión frecuentemente usada 
por míster Herbert Spencer de la supervivencia de los más 
adecuados es más exacta y es algunas veces igualmente 
conveniente. Hemos visto que el hombre puede, 
indudablemente, producir por selección grandes resultados y 
puede adaptar los seres orgánicos a sus usos particulares 
mediante la acumulación de variaciones, ligeras pero útiles, 
que le son dadas por la mano de la Naturaleza; pero la 
selección natural, como veremos más adelante, es una fuerza 


97 



siempre dispuesta a la acción y tan inconmensurablemente 
superior a los débiles esfuerzos del hombre como las obras de 
la Naturaleza lo son a las del Arte. 

Discutiremos ahora, con algo más de detalle, la lucha por la 
existencia; en mi obra futura este asunto será tratado, como 
bien lo merece, con mayor extensión. Aug. P. de Candolle y 
Lyell han expuesto amplia y filosóficamente que todos los 
seres orgánicos están sujetos a rigurosa competencia. Por lo 
que se refiere a las plantas, nadie ha tratado este asunto con 
mayor energía y capacidad que W. Herbert, deán de 
Manchester; lo que, evidentemente, es resultado de su gran 
conocimiento en horticultura. 

Nada más fácil que admitir de palabra la verdad de la lucha 
universal por la vida, ni más difícil —por lo menos, así lo he 
experimentado yo— que tener siempre presente esta 
conclusión; y, sin embargo, si no se fija por completo en la 
mente la economía entera de la naturaleza, con todos los 
hechos de distribución, rareza, abundancia, extinción y 
variación, serán vistos confusamente o serán por completo 
mal comprendidos. Contemplamos la faz de la naturaleza 
resplandeciente de alegría, vemos a menudo superabundancia 
de alimentos; pero no vemos, u olvidamos, que los pájaros 
que cantan ociosos a nuestro alrededor viven en su mayor 
parte de insectos o semillas y están así constantemente 
destruyendo vida; olvidamos con qué abundancia son 
destruidos estos cantores, sus huevos y sus polluelos por las 
aves y mamíferos rapaces; no siempre tenemos presente que, 
aun cuando el alimento puede ser en este momento muy 
sobrado, no ocurre esto así en todas las estaciones de cada 
uno de los años sucesivos. 

La expresión «lucha por la existencia» se usa en sentido 

amplio. 


98 



Debo advertir ante todo que uso esta expresión en un 
sentido amplio y metafórico, que incluye la dependencia de 
un ser respecto, de otro y —lo que es más importante— 
incluye no sólo la vida del individuo, sino también el éxito al 
dejar descendencia. De dos cánidos, en tiempo de hambre, 
puede decirse verdaderamente que luchan entre sí por cuál 
conseguirá comer o vivir; pero de una planta en el límite de 
un desierto se dice que lucha por la vida contra la sequedad, 
aunque más propio sería decir que depende de la humedad. 
De una planta que produce anualmente un millar de semillas, 
de las que, por término medio, sólo una llega a completo 
desarrollo, puede decirse, con más exactitud, que lucha con 
las plantas de la misma clase o de otras que ya cubrían el 
suelo. El muérdago depende del manzano y de algunos otros 
árboles; mas sólo en un sentido muy amplio puede decirse 
que lucha con estos árboles, pues si sobre un mismo árbol 
crecen demasiados parásitos de éstos, se extenúa y muere; 
pero de varias plantitas de muérdago que crecen muy juntas 
sobre la misma rama puede decirse con más exactitud que 
luchan mutuamente. Como el muérdago es diseminado por 
los pájaros, su existencia depende de ellos, y puede decirse 
metafóricamente que lucha con otras plantas frutales, 
tentando a los pájaros a tragar y diseminar de este modo sus 
semillas. En estos varios sentidos, que pasan insensiblemente 
de uno a otro, empleo por razón de conveniencia la expresión 
general lucha por la existencia. 

Progresión geométrica del aumento. 

De la rápida progresión en que tienden a aumentar todos 
los seres orgánicos resulta inevitablemente una lucha por la 
existencia. Todo ser que durante el curso natural de su vida 
produce varios huevos o semillas tiene que sufrir destrucción 
durante algún período de su vida, o durante alguna estación, 
o de vez en cuando en algún año, pues, de otro modo, según 


99 



el principio de la progresión geométrica, su número sería 
pronto tan extraordinariamente grande, que ningún país 
podría mantener el producto. De aquí que, como se producen 
más individuos que los que pueden sobrevivir, tiene que 
haber en cada caso una lucha por la existencia, ya de un 
individuo con otro de su misma especie o con individuos de 
especies distintas, ya con las condiciones físicas de vida. Esta 
es la doctrina de Malthus, aplicada con doble motivo, al 
conjunto de los reinos animal y vegetal, pues en este caso no 
puede haber ningún aumento artificial de alimentos, ni 
ninguna limitación prudente por el matrimonio. Aunque 
algunas especies puedan estar aumentando numéricamente 
en la actualidad con más o menos rapidez, no pueden hacerlo 
todas, pues no cubrían en el mundo. 

No existe excepción de la regla de que todo ser orgánico 
aumenta naturalmente en progresión tan alta y rápida, que, si 
no es destruido, estaría pronto cubierta la tierra por la 
descendencia de una sola pareja. Aun el hombre, que es lento 
en reproducirse, se ha duplicado en veinticinco años^^®', y, 
según esta progresión, en menos de mil años, su descendencia 
no tendría literalmente sitio para estar en pie. Linneo ha 
calculado que si una planta anual produce tan sólo dos 
semillas —y no hay planta tan poco fecunda— y las plantitas 
salidas de ellas producen en el año siguiente dos, y así 
sucesivamente, a los treinta años habría un millón de plantas. 
El elefante es considerado como el animal que se reproduce 
más despacio de todos los conocidos, y me he tomado el 
trabajo de calcular la progresión mínima probable de su 
aumento natural; será lo más seguro admitir que empieza a 
criar a los treinta años, y que continúa criando hasta los 
noventa, produciendo en este intervalo seis hijos, y que 
sobrevive hasta los cien años; y siendo así, después de un 
período de 740 a 750 años habría aproximadamente diez y 


100 


nueve millones de elefantes vivos descendientes de la primera 
pareja. 

Pero sobre esta materia tenemos pruebas mejores que los 
cálculos puramente teóricos, y son los numerosos casos 
registrados de aumento asombrosamente rápido de varios 
animales en estado salvaje cuando las circunstancias han sido 
favorables para ellos durante dos o tres años consecutivos. 
Todavía más sorprendente es la prueba de los animales 
domésticos de muchas clases que se han hecho salvajes en 
diversas partes del mundo; los datos sobre la rapidez del 
aumento en América del Sur, y últimamente en Australia, de 
los caballos y ganado vacuno —animales tan lentos en 
reproducirse— no habrían sido creíbles si no hubiesen estado 
muy satisfactoriamente autorizados. Lo mismo ocurre con las 
plantas; podrían citarse casos de plantas introducidas que han 
llegado a ser comunes en islas enteras en un período de 
menos de diez años. Algunas de estas plantas, tales como el 
cardo común y un cardo alto^^^', que son actualmente 
comunísimas en las vastas llanuras de La Plata, cubriendo 
leguas cuadradas casi con exclusión de toda otra planta, han 
sido introducidas de Europa, y hay plantas que, según me dice 
el doctor Falconer, se extienden actualmente en la India desde 
el cabo Comorín hasta el Himalaya, las cuales han sido 
importadas de América después de su descubrimiento. En 
estos casos —y podrían citarse otros infinitos— nadie supone 
que la fecundidad de animales y plantas haya aumentado 
súbita y transitoriamente en grado sensible. La explicación 
evidente es que las condiciones de vida han sido sumamente 
favorables y que, a consecuencia de ello, ha habido menos 
destrucción de adultos y jóvenes, y que casi todos los jóvenes 
han podido criar. Su progresión geométrica de aumento— 
cuyo resultado nunca deja de sorprender—explica 
sencillamente su aumento extraordinariamente rápido y la 


101 


amplia difusión en la nueva patria. 

En estado natural, casi todas las plantas, una vez 
desarrolladas, producen semillas cada año, y entre los 
animales son muy pocos los que no se aparean anualmente. 
Por lo cual podemos afirmar confiadamente que todas las 
plantas y animales tienden a aumentar en progresión 
geométrica, que todos poblarían con rapidez cualquier sitio 
en el cual puedan existir de algún modo, y que esta tendencia 
geométrica al aumento ha de ser contrarrestada por la 
destrucción en algún período de la vida. El estar 
familiarizados con los grandes animales domésticos tiende, 
creo yo, a despistarnos; vemos que no hay en ellos gran 
destrucción, pero no tenemos presente que anualmente se 
matan millares de ellos para alimento, y que en estado natural 
un número igual tendría que invertirse de algún modo. 

La sola diferencia entre los organismos que anualmente 
producen huevos y semillas por millares y los que producen 
muy pocos es que los que crían lentamente requerirían 
algunos años más para poblar en condiciones favorables un 
distrito entero, aunque fuese grandísimo. El cóndor pone un 
par de huevos, y el avestruz de América una veintena, y, sin 
embargo, en el mismo país, el cóndor puede ser el más 
numeroso de los dos; el petrel, Fulmarus glacialis, no pone 
más que un huevo, y, no obstante, se cree que es el ave más 
numerosa del mundo. Una especie de mosca deposita 
centenares de huevos, y otra, como la Hippobosca, uno solo; 
pero esta diferencia no determina cuántos individuos de la 
misma especie pueden mantenerse en una comarca. Un gran 
número de huevos tiene alguna importancia para las especies 
que dependen de una cantidad variable de comida, pues esto 
les permite aumentar rápidamente en número; pero la 
verdadera importancia de un gran número de huevos o 
semillas es compensar la mucha destrucción en algún período 


102 



de la vida, y este período, en la gran mayoría de los casos, es 
un período temprano. Si un animal puede de algún modo 
proteger sus propios huevos y crías, pueden producirse un 
corto número, y, sin embargo, el promedio de población 
puede mantenerse perfectamente; pero si son destruidos 
muchos huevos y crías, tienen que producirse muchos, o la 
especie acabará por extinguirse. Para mantener el número 
completo de individuos de una especie de árbol que viviese un 
promedio de mil años sería suficiente el que se produjese una 
sola semilla una vez cada mil años, suponiendo que esta 
semilla no fuese nunca destruida y que tuviese seguridad de 
germinar en un lugar adecuado. Así, pues, en todos los casos 
el promedio de un animal o planta depende sólo 
indirectamente de sus huevos o semillas. 

Al contemplar la Naturaleza es muy necesario tener 
siempre presente las consideraciones precedentes; no olvidar 
que todos y cada uno de los seres orgánicos puede decirse que 
están esforzándose hasta el extremo por aumentar en 
número, que cada uno vive merced a una lucha en algún 
período de su vida; que inevitablemente los jóvenes o los 
adultos, durante cada generación o repitiéndose a intervalos, 
padecen importante destrucción. Disminúyase cualquier 
obstáculo, mitigúese la destrucción, aunque sea poquísimo, y 
el número de individuos de la especie crecerá casi 
instantáneamente hasta llegar a cualquier cantidad. 

Naturaleza de los obstáculos para el aumento. 

Las causas que contienen la tendencia natural de cada 
especie al aumento son obscurísimas. Consideremos la 
especie más vigorosa: cuanto mayor sea su número, tanto más 
tenderá a aumentar todavía. No sabemos exactamente cuáles 
sean los obstáculos, ni siquiera en un solo caso. Y no 
sorprenderá esto a nadie que reflexione cuán ignorantes 


103 



somos en este punto, aun en lo que se refiere a la humanidad, 
a pesar de que está tan incomparablemente mejor conocida 
que cualquier otro animal. Este asunto de los obstáculos al 
aumento ha sido competentemente tratado por varios 
autores, y espero discutirlo con considerable extensión en una 
obra futura, especialmente en lo que se refiere a los animales 
salvajes de América del Sur. Aquí haré sólo algunas 
observaciones, nada más que para recordar al lector algunos 
de los puntos capitales. Los huevos o los animales muy 
jóvenes parece que generalmente sufren mayor destrucción, 
pero no siempre es así. En las plantas hay una gran 
destrucción de semillas; pero, de algunas observaciones que 
he hecho, resulta que las plantitas sufren más por 
desarrollarse en terreno ocupado ya densamente por otras 
plantas. Las plantitas, además, son destruidas en gran número 
por diferentes enemigos; por ejemplo: en un trozo de terreno 
de tres pies de largo y dos de ancho, cavado y limpiado, y 
donde no pudiese haber ningún obstáculo por parte de otras 
plantas, señalé todas las plantitas de hierbas indígenas a 
medida que nacieron, y, de 357, nada menos que 295 fueron 
destruidas, principalmente por babosas e insectos. Si se deja 
crecer césped que haya sido bien guadañado —y lo mismo 
sería con césped rozado por cuadrúpedos—, las plantas más 
vigorosas matarán a las menos vigorosas, a pesar de ser 
plantas completamente desarrolladas; así, de veinte especies 
que crecían en un pequeño espacio de césped segado —de tres 
pies por cuatro—, nueve especies perecieron porque se 
pemitió a las otras crecer sin limitación. 

La cantidad de alimento para cada especie señala 
naturalmente el límite extremo a que cada especie puede 
llegar; pero con mucha frecuencia, lo que determina el 
promedio numérico de una especie no es el obtener alimento, 
sino el servir de presa a otros animales. Así, parece que 


104 



apenas hay duda de que la cantidad de perdices y liebres en 
una gran hacienda depende principalmente de la destrucción 
de las alimañas. Si durante los próximos veinte años no se 
matase en Inglaterra ni una pieza de caza, y si, al mismo 
tiempo, no fuese destruida ninguna alimaña, habría, según 
toda probabilidad, menos caza que ahora, aun cuando 
actualmente se matan cada año centenares de miles de piezas. 
Por el contrario, en algunos casos, como el del elefante, 
ningún individuo es destruido por animales carnívoros, pues 
aun el tigre en la India rarísima vez se atreve a atacar a un 
elefante pequeño protegido por su madre. 

El clima desempeña un papel importante en determinar el 
promedio de individuos de una especie, y las épocas 
periódicas de frío o sequedad extremos parecen ser el más 
eficaz de todos los obstáculos para el aumento de individuos. 
Calculé —principalmente por el número reducidísimo de 
nidos en la primavera— que el invierno de 1854-5 había 
destruido cuatro quintas partes de los pájaros en mi propia 
finca, y ésta es una destrucción enorme cuando recordamos 
que el diez por ciento es una mortalidad sumamente grande 
en las epidemias del hombre. La acción del clima parece, a 
primera vista, por completo independiente de la lucha por la 
existencia; pero en tanto en cuanto el clima obra 
principalmente reduciendo el alimento, lleva a la más severa 
lucha entre los individuos, ya de la misma especie, ya de 
especies distintas, que viven de la misma clase de alimento. 
Aun en los casos en que el clima, por ejemplo, 
extraordinariamente frío, obra directamente, los individuos 
que sufrirán más serán los menos vigorosos o los que hayan 
conseguido menos alimento al ir avanzando el invierno. 
Cuando viajamos de Sur a Norte, o de una región húmeda a 
otra seca, vemos invariablemente que algunas especies van 
siendo gradualmente cada vez más raras, y por fin 


105 



desaparecen; y, como,el cambio de clima es visible, nos vemos 
tentados de atribuir todo el efecto a su acción directa. Pero 
ésta es una idea errónea; olvidamos que cada especie, aun 
donde abunda más, está sufriendo constantemente enorme 
destrucción en algún período de su vida, a causa de enemigos 
o de competidores por el mismo lugar y alimento; y si estos 
enemigos o competidores son favorecidos, aun en el menor 
grado, por un ligero cambio de clima, aumentarán en número 
y, como cada área está ya completamente provista de 
habitantes, las otras especies tendrán que disminuir. Cuando 
viajamos hacia el Sur y vemos una especie decrecer en 
número podemos estar seguros de que la causa estriba 
exactamente lo mismo en que otras especies son favorecidas 
como en que aquélla es perjudicada. Lo mismo ocurre cuando 
viajamos hacia el Norte, pero en grado algo menor, porque el 
número de especies de todas clases, y, por consiguiente, de 
competidores, decrece hacia el Norte; de aquí que, yendo 
hacia el Norte o subiendo a una montaña, nos encontramos 
con mucho mayor frecuencia con formas desmedradas, 
debidas a la acción directamente perjudicial del clima, que 
dirigiéndonos hacia el Sur o descendiendo de una montaña. 
Cuando llegamos a las regiones árticas, o las cumbres 
coronadas de nieve, o a los desiertos absolutos, la lucha por la 
vida es casi exclusivamente con los elementos. 

Que el clima obra sobre todo indirectamente, favoreciendo 
a otras especies, lo vemos claramente en el prodigioso 
número de plantas que en los jardines pueden soportar 
perfectamente nuestro clima, pero que nunca llegan a 
naturalizarse, porque no pueden competir con nuestras 
plantas indígenas ni resistir la destrucción de que son objeto 
por parte de nuestros animales indígenas. 

Cuando una especie, debido a circunstancias favorables, 
aumenta extraordinariamente en número en una pequeña 


106 



comarca, sobrevienen frecuentemente epizootias —por lo 
menos, esto parece ocurrir generalmente con nuestros 
animales de caza—, y tenemos aquí un obstáculo limitante 
independiente de la lucha por la vida. Pero algunas de las 
llamadas epizootias parece que son debidas a gusanos 
parásitos que por alguna causa —quizá, en parte, por la 
facilidad de difusión entre los animales aglomerados— han 
sido desproporcionadamente favorecidos, y en este caso se 
presenta una especie de lucha entre el parásito y su víctima. 

Por el contrario, en muchos casas, una gran cantidad de 
individuos de la misma especie, en relación con el número de 
sus enemigos, es absolutamente necesaria para su 
conservación. Así podemos fácilmente obtener en los campos 
gran cantidad de trigo, de simiente de colza, etc., porque las 
simientes están en gran exceso en comparación con el 
número de pájaros que se alimentan de ellas, y no pueden los 
pájaros, a pesar de tener una superabundancia de comida en 
esta estación del año, aumentar en número 
proporcionalmente a la cantidad de simientes, porque su 
número fue limitado durante el invierno; pero cualquiera que 
tenga experiencia sabe cuán penoso es llegar a obtener 
simiente de un poco de trigo o de otras plantas semejantes en 
un jardín; en este caso yo he perdido todos los granos que 
sembré solos. 

Esta opinión de la necesidad de una gran cantidad de 
individuos de la misma especie para su conservación explica, 
creo yo, algunos hechos extraños en estado natural, como el 
de que plantas muy raras sean algunas veces sumamente 
abundantes en los pocos manchones donde existen, y el de 
que algunas plantas sociales sean sociales —esto es, 
abundantes en individuos— aun en el límite extremo de su 
área de dispersión, pues en estos casos podemos creer que 
una planta pudo vivir solamente donde las condiciones de su 


107 



vida fueron tan favorables que muchas pudieron vivir juntas y 
salvar de este modo la especie de una destrucción total. He de 
añadir que los buenos efectos del cruzamiento y los malos 
efectos de la unión entre individuos parientes próximos, 
indudablemente entran en juego en muchos de estos casos; 
pero no quiero extenderme aquí sobre este asunto. 

Complejas relaciones mutuas de plantas y animales en la lucha 

por la existencia. 

Muchos casos se han registrado que muestran lo complejo 
e inesperado de los obstáculos y relaciones entre los seres 
orgánicos que tienen que luchar entre sí en el mismo país. 
Daré únicamente un solo ejemplo, que, aunque sencillo, me 
interesó en Staffordshire, en la hacienda de un pariente, 
donde tenía abundantes medios de investigación. Había un 
brezal grande y sumamente estéril, que no había sido tocado 
por la mano del hombre; pero varios acres, exactamente de la 
misma naturaleza, habían sido cercados veinticinco años 
antes y plantados de pino silvestre. El cambio en la vegetación 
espontánea de la parte plantada del brezal era muy notable, 
más de lo que se ve generalmente, al pasar de un terreno a 
otro completamente diferente: no sólo el número relativo de 
las plantas de brezo variaba por completo, sino que doce 
especies de plantas —sin contar las gramíneas y los carex— 
que no podían encontrarse en el brezal florecían en las 
plantaciones. El efecto en los insectos debió haber sido mayor, 
pues seis aves insicetívoras que no se podían encontrar en el 
brezal eran muy comunes en las plantaciones, y el brezal era 
frecuentado por dos o tres aves insectívoras distintas. Vemos 
aquí qué poderoso ha sido el efecto de la introducción de un 
solo árbol, no habiéndose hecho otra cosa más, excepto el 
haber cercado la tierra de modo que no pudiese entrar el 
ganado. Pero cuán importante elemento es el cercado lo vi 
claramente cerca de Earnham, en Surrey. Hay allí grandes 


108 



brezales con algunos grupos de viejos pinos silvestres en las 
apartadas cimas de los cerros; en los últimos diez años han 
sido cercados grandes espacios, y multitud de pinos 
sembrados naturalmente están creciendo tan densos, que no 
pueden vivir todos. Cuando me cercioré de que estos 
arbolitos no habían sido sembrados ni plantados quedé tan 
sorprendido, por su número, que fui a situarme en diferentes 
puntos de vista, desde donde pude observar centenares de 
acres del brezal no cercado, y no pude, literalmente, ver un 
solo pino silvestre, excepto los grupos viejos plantados; pero 
examinando atentamente entre los tallos de los brezos, 
encontré una multitud de plantitas y arbolitos que habían 
sido continuamente rozados por el ganado vacuno. En una 
yarda cuadrada, en un sitio distante unas cien yardas de uno 
de los grupos viejos de pinos, conté veintidós arbolillos, y uno 
de ellos, con veintiséis anillos de crecimiento, había durante 
varios años intentado levantar su copa por encima de los 
tallos del brezo y no lo había conseguido. No es maravilloso 
que, en cuanto la tierra fue cercada, quedase densamente 
cubierta de pinitos creciendo vigorosos. Sin embargo, el 
brezal era tan sumamente estéril y tan extenso, que nadie 
hubiera imaginado nunca que el ganado hubiese buscado su 
comida tan atenta y eficazmente. 

Vemos aquí que el ganado determina en absoluto la 
existencia del pino; pero en diferentes regiones del mundo los 
insectos determinan la existencia del ganado. Quizá el 
Paraguay ofrece el ejemplo más curioso de esto, pues allí, ni el 
ganado vacuno, ni los caballos, ni los perros se han hecho 
nunca cimarrones, a pesar de que al norte y al sur abundan en 
estado salvaje, y Azara y Rengger han demostrado que esto es 
debido a ser más numerosa en el Paraguay cierta mosca que 
pone sus huevos en el ombligo de estos animales cuando 
acaban de nacer. El aumento de estas moscas, con ser 


109 



numerosas como lo son, debe de estar habitualmente 
contenido de varios modos, probablemente por otros insectos 
parásitos. De aquí que si ciertas aves insectívoras 
disminuyesen en el Paraguay, los insectos parásitos 
probablemente aumentarían, y esto haría disminuir el 
número de las moscas del ombligo; entonces el ganado 
vacuno y los caballos llegarían a hacerse salvajes, lo cual, sin 
duda, alteraría mucho la vegetación, como positivamente lo 
he observado en regiones de América del Sur; esto, además, 
influiría mucho en los insectos, y esto —como acabamos de 
ver en Staffordshire— en las aves insectívoras, y así, 
progresivamente, en círculos de complejidad siempre 
creciente. No quiero decir que en la naturaleza las relaciones 
sean siempre tan sencillas como éstas. Batallas tras batallas 
han de repetirse continuamente con diferente éxito, y, sin 
embargo, tarde o temprano, las fuerzas quedan tan 
perfectamente equilibradas, que el aspecto del mundo 
permanece uniforme durante largos períodos de tiempo, a 
pesar de que la cosa más insignificante daría la victoria a un 
ser orgánico sobre otro. Sin embargo, tan profunda es nuestra 
ignorancia y tan grande nuestra presunción, que nos 
maravillamos cuando oímos hablar de la extinción de un ser 
orgánico, y, como no vemos la causa, invocamos cataclismos 
para desolar la tierra o inventamos leyes sobre la duración de 
la vida. 

Estoy tentado de dar un ejemplo más, que muestre cómo 
plantas y animales muy distantes en la escala de la naturaleza 
están unidas entre sí por un tejido de complejas relaciones. 
Más adelante tendré ocasión de mostrar que la planta exótica 
Lobelia fulgens nunca es visitada en mi jardín por los insectos, 
y que, por consiguiente, a causa de su peculiar estructura, 
jamás produce ni una semilla. Casi todas nuestras plantas 
orquídeas requieren absolutamente visitas de insectos que 


lio 



trasladen sus masas polínicas y de este modo las fecunden. He 
averiguado por experimentos que los abejorros^^*^ son casi 
indispensables para la fecundación del pensamiento (Viola 
tricolor), pues otros himenópteros no visitan esta flor. 
También he encontrado que las visitas de los himenópteros 
son necesarias para la fecundación de algunas clases de trébol; 
por ejemplo, 20 cabezas de trébol blanco (Trifolium repens) 
produjeron 2.290 semillas, pero otras 20 cabezas resguardadas 
de los himenópteros no produjeron ni una. Además, 100 
cabezas de trébol rojo (T. pratense) produjeron 2.700 semillas, 
pero el mismo número de cabezas resguardadas no produjo 
ni una sola semilla. Sólo los abejorros visitan el trébol rojo, 
pues los otros himenópteros no pueden alcanzar al néctar. Se 
ha indicado que las mariposas pueden fecundar los tréboles; 
pero dudo cómo podrían hacerlo en el caso del trébol rojo, 
pues su peso no es suficiente para deprimir los pétalos 
llamados alas. De aquí podemos deducir como sumamente 
probable que si todo el género de los abejorros llegase a 
extinguirse o a ser muy raro en Inglaterra, los pensamientos y 
el trébol rojo desaparecerían por completo. El número de 
abejorros en una comarca depende en gran medida del 
número de ratones de campo, que destruyen sus nidos, y el 
coronel Newman, que ha prestado mucha atención a la vida 
de los abejorros, cree que «más de dos terceras partes de ellos 
son destruidos así en toda Inglaterra». Ahora bien: el número 
de ratones depende mucho, como todo el mundo sabe, del 
número de gatos, y el coronel Newman dice: «Junto, a las 
aldeas y poblaciones pequeñas he encontrado los nidos de 
abejorros en mayor número que en cualquier otra parte, lo 
que atribuyo al número de gatos que destruyen a los ratones». 
Por consiguiente, es completamente verosímil que la 
presencia de un felino muy abundante en una comarca pueda 
determinar, mediante la intervención primero de los ratones 


111 


y luego de los himenópteros, la frecuencia de ciertas flores en 
aquella comarca. 

En cada especie probablemente entran en juego muchos 
obstáculos diferentes, obrando en diferentes períodos de la 
vida y durante diferentes estaciones o años, siendo por lo 
general un obstáculo, o unos pocos, los más poderosos, pero 
concurriendo todos a determinar el promedio de individuos y 
aun la existencia de la especie. En algunos casos puede 
demostrarse que obstáculos muy diferentes actúan sobre la 
misma especie en diferentes regiones. Cuando contemplamos 
las plantas y arbustos que cubren una intrincada ladera 
estamos tentados de atribuir sus clases y número relativo a lo 
que llamamos casualidad. Pero ¡cuán errónea opinión es ésta! 
Todo el mundo ha oído que cuando se desmonta un bosque 
americano surge una vegetación muy diferente; pero se ha 
observado que las antiguas ruinas de los indios en los Estados 
Unidos del Sur, que debieron de estar antiguamente 
desembarazadas de árboles, muestran ahora la misma 
diversidad y proporción de especies que la selva virgen que 
los rodea. ¡Qué lucha debe de haberse efectuado durante 
largos siglos entre las diferentes especies de árboles 
esparciendo cada uno sus semillas por millares! ¡Qué guerra 
entre insectos e insectos, entre insectos, caracoles y otros 
animales y las aves y mamíferos de presa, esforzándose todos 
por aumentar, alimentándose todos unos de otros, o de los 
árboles, sus semillas y pimpollos, o de otras plantas que 
cubrieron antes el suelo e impidieron así el crecimiento de los 
árboles! Echese al aire un puñado de plumas, y todas caen al 
suelo, según leyes definidas; pero ¡qué sencillo es el problema 
de cómo caerá cada una comparado con el de la acción y 
reacción de las innumerables plantas y animales que han 
determinado en el transcurso de siglos los números 
proporcionales y las clases de árboles que crecen actualmente 


112 



en las antiguas ruinas indias! 

La dependencia de un ser orgánico respecto de otro, como 
la de un parásito respecto de su víctima, existe generalmente 
entre seres distantes en la escala de la naturaleza. En este caso 
están también a veces los seres de que puede decirse 
rigurosamente que luchan entre sí por la existencia, como en 
el caso de las diferentes especies de langosta y los 
cuadrúpedos herbívoros. Pero la lucha será casi siempre muy 
severa entre los individuos de la misma especie, pues 
frecuentan las mismas regiones, necesitan la misma comida y 
están expuestos a los mismos peligros. En el caso de 
variedades de la misma especie, la lucha será por lo general 
igualmente severa, y algunas veces vemos pronto decidida la 
contienda; por ejemplo: si se siembran juntas diferentes 
variedades de trigo y la simiente mezclada se siembra de 
nuevo, algunas de las variedades que mejor se acomoden al 
suelo y clima, o que sean naturalmente más fértiles, vencerán 
a las otras, y producirán así más simiente, y, en consecuencia, 
suplantarán en pocos años a las otras variedades. Para 
conservar un conjunto mezclado, aun cuando sea de 
variedades tan próximas como los guisantes de olor de 
diferentes colores, hay que recoger el fruto separadamente 
cada año y mezclar entonces las semillas en la proporción 
debida; de otro modo, las clases más débiles decrecerían en 
número invariablemente y desaparecerían. Lo mismo ocurre 
también con las variedades de ovejas; se ha afirmado que 
ciertas variedades de monte harían morir de hambre a otras 
variedades de monte, de modo que no se les puede tener 
juntas. El mismo resultado ha ocurrido por tener juntas 
diferentes variedades de la sanguijuela medicinal. Hasta 
puede dudarse si las variedades de alguna de las plantas o 
animales domésticos tienen tan exactamente las mismas 
fuerza, costumbres y constitución que pudieran conservarse 


113 



por media docena de generaciones las proporciones 
primitivas de un conjunto mezclado —estando evitado el 
cruzamiento—, si se les permitiese luchar entre sí, del mismo 
modo que los seres en estado natural, y si las semillas o crías 
no fuesen conservadas anualmente en la debida proporción. 

La lucha por la vida es rigurosísima entre individuos y 
variedades de la misma especie. 

Como las especies de un mismo género tienen por lo 
común—aunque no, en modo alguno, constantemente— 
mucha semejanza en costumbres y constitución y siempre en 
estructura, la lucha, si entran en mutua competencia, será, en 
general, más rigurosa entre ellas, que entre especies de 
géneros distintos. Vemos esto en la extensión reciente, por 
regiones de los Estados Unidos, de una especie de golondrina 
que ha causado diminución de otra especie. El reciente 
aumento de la charla en regiones de Escocia ha causado la 
disminución del zorzal. ¡Con qué frecuencia oímos decir de 
una especie de rata que ha ocupado el lugar de otra especie en 
climas los más diferentes! En Rusia, la cucaracha pequeña 
asiática ha ido empujando ante sí por todas partes a su 
congénere grande. En Australia, la abeja común importada 
está exterminando rápidamente la abeja indígena, pequeña y 
sin aguijón. Se ha conocido una especie de mostaza suplantar 
a otra especie. Podemos entrever por qué tiene que ser 
severísima la competencia entre formas afines que ocupan 
exactamente el mismo lugar en la economía de la naturaleza; 
pero probablemente en ningún caso podríamos decir con 
precisión por qué una especie ha vencido a otra en la gran 
batalla de la vida. 

Un corolario de la mayor importancia puede deducirse de 
las observaciones precedentes, y es que la estructura de todo 
ser orgánico está relacionada de modo esencialísimo, aunque 


114 



frecuentemente oculto, con la de todos los otros seres 
orgánicos con que entra en competencia por el alimento o 
residencia, o de los que tiene que escapar, o de los que hace 
presa. Esto es evidente en la estructura de los dientes y garras 
del tigre y en la de las patas y garfios del parásito que se 
adhiere al pelo del cuerpo del tigre. Pero en la simiente, con 
lindo vilano, del diente de león y en las patas aplastadas y 
orladas de pelos del ditisco, la relación parece al pronto 
limitada a los elementos aire y agua. Sin embargo, la ventaja 
de las simientes con vilano se halla indudablemente en 
estrechísima relación con el estar la tierra cubierta ya 
densamente de otras plantas, pues las simientes pueden 
repartirse más lejos y caer en terreno no ocupado. En el 
ditisco, la estructura de sus patas, tan bien adaptadas para 
bucear, le permite competir con otros insectos acuáticos, 
cazar presas para él y escapar de servir de presa a otros 
animales. 

La provisión de alimento almacenada en las semillas de 
muchas plantas parece a primera vista que no tiene ninguna 
clase de relación con otras plantas; pero, por el activo 
crecimiento de las plantas jóvenes producidas por esta clase 
de semillas, como los guisantes y las judías, cuando se 
siembran entre hierba alta, puede sospecharse que la utilidad 
principal de este alimento en la semilla es favorecer el 
crecimiento de las plantitas mientras que están luchando con 
otras plantas que crecen vigorosamente a todo su alrededor. 

Consideramos una planta en el centro de su área de 
dispersión. ¿Por qué no duplica o cuadruplica su número? 
Sabemos que puede perfectamente resistir bien un poco más 
de calor o de frío, de humedad o de sequedad, pues en 
cualquier otra parte se extiende por comarcas un poco más 
calurosas o más frías, más húmedas o más secas. En este caso 
podemos ver claramente que si queremos con la imaginación 


115 



conceder a la planta el poder aumentar en número tendremos 
que concederle alguna ventaja sobre sus competidores o sobre 
los animales que la devoran. En los confines de su 
distribución geográfica, un cambio de constitución 
relacionado con el clima sería evidentemente una ventaja para 
nuestra planta; pero tenemos motivo para creer que muy 
pocas plantas y animales se extienden tan lejos que sean 
destruidos por el rigor del clima. La competencia no cesará 
hasta que alcancemos los límites extremos de la vida en las 
regiones árticas, o en las orillas de un desierto absoluto. La 
tierra puede ser extremadamente fría o seca, y, sin embargo, 
habrá competencia entre algunas especies, o entre los 
individuos de la misma especie, por los lugares más calientes 
o más húmedos. 

Por consiguiente, podemos ver que cuando una planta o un 
animal es colocado en un nuevo país entre nuevos 
competidores, las condiciones de su vida cambiarán 
generalmente de un modo esencial, aun cuando pueda el 
clima ser exactamente el mismo que en su país anterior. Si su 
promedio de individuos ha de aumentar en el nuevo país, 
tendríamos que modificar este animal o planta de un modo 
diferente del que habríamos tenido que hacerlo en su país 
natal, pues habríamos de darle ventaja sobre un conjunto 
diferente de competidores o enemigos. 

Es conveniente el intentar dar de este modo, con la 
imaginación, a una especie cualquiera, una ventaja sobre otra. 
Es probable que ni en un solo caso sabríamos cómo hacerlo. 
Esto debiera convencernos de nuestra ignorancia acerca de las 
relaciones mutuas de todos los seres orgánicos, convicción 
tan necesaria como difícil de adquirir. Todo lo que podemos 
hacer es tener siempre presente que todo ser orgánico está 
esforzándose por aumentar en razón geométrica, que todo ser 
orgánico, en algún período de su vida, durante alguna 


116 



estación del año, durante todas las generaciones o con 
intervalos, tiene que luchar por la vida y sufrir gran 
destrucción. Cuando reflexionamos sobre esta lucha nos 
podemos consolar con la completa seguridad de que la guerra 
en la naturaleza no es incesante, que no se siente ningún 
miedo, que la muerte es generalmente rápida y que el 
vigoroso, el sano, el feliz, sobrevive y se multiplica. 


117 



CAPÍTULO IV 

Selección natural, o la supervivencia de los más adecuados. 

Selección natural: su fuerza comparada con la selección del hombre; su poder 
sobre caracteres de escasa importancia; su poder en todas las edades y sobre los dos 
sexos.—Selección sexual.—Acerca de la generalidad de los cruzamientos entre 
individuos de la misma especie.—Circunstancias favorables o desfavorables para los 
resultados de la selección natural, a saber, cruzamiento, aislamiento, número de 
individuos.—Acción lenta.—Extinción producida por selección natural.— 
Divergencia de caracteres relacionada con la diversidad de los habitantes de toda 
estación pequeña y con la naturalización.—Acción de la selección natural, mediante 
divergencia de caracteres y extinción, sobre los descendientes de un antepasado 
común.—Explica las agrupaciones de todos los seres vivientes.—Progreso en la 
organización.—Conservación de las formas inferiores.—Convergencia de 
caracteres.—Multiplicación indefinida de las especies.—Resumen. 

La lucha por la existencia, brevemente discutida en el 
capítulo anterior, ¿cómo obrará en lo que se refiere a la 
variación? El principio de la selección, que hemos visto es tan 
potente en las manos del hombre, ¿puede tener aplicación en 
las condiciones naturales? Creo que hemos de ver que puede 
obrar muy efiieazmente. Tengamos presente el sinnúmero de 
variaciones pequeñas y de diferencias individuales que 
aparecen en nuestras producciones domésticas, y en menor 
grado en las que están en condiciones naturales, así como 
también la fuerza de la tendencia hereditaria. 
Verdaderamente puede decirse que, en domesticidad, todo el 
organismo se hace plástico en alguna medida. Pero la 
variabilidad que encontramos casi universalmente en 
nuestras producciones domésticas no está producida 
directamente por el hombre, según han hecho observar muy 
bien Hooker y Asa Cray; el hombre no puede crear 
variedades ni impedir su aparición; puede únicamente 
conservar y acumular aquellas que aparezcan. 
Involuntariamente, el hombre somete los seres vivientes a 
nuevas y cambiantes condiciones de vida, y sobreviene la 
variabilidad; pero cambios semejantes de condiciones pueden 


118 



ocurrir, y ocurren, en la naturaleza. Tengamos también 
presente cuán infinitamente complejas y rigurosamente 
adaptadas son las relaciones de todos los seres orgánicos entre 
sí y con condiciones físicas de vida, y, en consecuencia, qué 
infinitamente variadas diversidades de estructura serían útiles 
a cada ser en condiciones cambiantes de vida. Viendo que 
indudablemente se han presentado variaciones útiles al 
hombre, ¿puede, pues, parecer improbable el que, del mismo 
modo, para cada ser, en la grande y compleja batalla de la 
vida, tengan que presentarse otras variaciones útiles en el 
transcurso de muchas generaciones sucesivas? Si esto ocurre, 
¿podemos dudar —recordando que nacen muchos más 
individuos de los que acaso pueden sobrevivir— que las 
individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros 
tendrían más probabilidades de sobrevivir y procrear su 
especie? Por el contrario, podemos estar seguros de que toda 
variación en el menor grado perjudicial tiene que ser 
rigurosamente destruida. A esta conservación de las 
diferencias y variaciones individualmente favorables y la 
destrucción de las que son perjudiciales la he llamado yo 
selección natural o supervivencia de los más adecuados. En las 
variaciones ni útiles ni perjudiciales no influiría la selección 
natural, y quedarían abandonadas como un elemento 
fiuctuante, como vemos quizá en ciertas especies poliformas, 
o llegarían finalmente a fijarse a causa de la naturaleza del 
organismo y de la naturaleza de las condiciones del medio 
ambiente. 

Varios autores han entendido mal o puesto reparos al 
término selección natural. Algunos hasta han imaginado que 
la selección natural produce la variabilidad, siendo así que 
implica solamente la conservación de las variedades que 
aparecen y son beneficiosas al ser en sus condiciones de vida. 
Nadie pone reparos a los agricultores que hablan de los 


119 



poderosos efectos de la selección del hombre, y en este caso 
las diferencias individuales dadas por la naturaleza, que el 
hombre elige con algún objeto, tienen necesariamente que 
existir antes. Otros han opuesto que el término selección 
implica elección consciente en los animales que se modifican, 
y hasta ha sido argüido que, como las plantas no tienen 
voluntad, la selección natural no es aplicable a ellas. En el 
sentido literal de la palabra, indudablemente, selección natural 
es una expresión falsa; pero ¿quién pondrá nunca reparos a 
los químicos que hablan de las afinidades electivas de los 
diferentes elementos? Y, sin embargo, de un ácido no puede 
decirse rigurosamente que elige una base con la cual se 
combina de preferencia. Se ha dicho que yo hablo de la 
selección natural como de una potencia activa o divinidad; 
pero ¿quién hace cargos a un autor que habla de la atracción 
de la gravedad como si regulase los movimientos de los 
planetas? Todos sabemos lo que se entiende e implican tales 
expresiones metafóricas, que son casi necesarias para la 
brevedad. Del mismo modo, además, es difícil evitar el 
personificar la palabra Naturaleza; pero por Naturaleza 
quiero decir sólo la acción y el resultado totales de muchas 
leyes naturales, y por leyes, la sucesión de hechos, en cuanto 
son conocidos con seguridad por nosotros. Familiarizándose 
un poco, estas objeciones tan superficiales quedarán 
olvidadas. 

Comprenderemos mejor la marcha probable de la selección 
natural tomando el caso de un país que experimente algún 
ligero cambio físico, por ejemplo, de clima. Los números 
proporcionales de sus habitantes experimentarán casi 
inmediatamente un cambio, y algunas especies llegarán 
probablemente a extinguirse. De lo que hemos visto acerca 
del modo íntimo y complejo como están unidos entre sí los 
habitantes de cada país podemos sacar la conclusión de que 


120 



cualquier cambio en las proporciones numéricas de algunas 
especies afectaría seriamente a los otros habitantes, 
independiente del cambio del clima mismo. Si el país estaba 
abierto en sus límites, inmigrarían seguramente formas 
nuevas, y esto perturbaría también gravemente las relaciones 
de algunos de los habitantes anteriores. Recuérdese que se ha 
demostrado cuán poderosa es la influencia de un solo árbol o 
mamífero introducido. Pero en el caso de una isla o de un 
país parcialmente rodeado de barreras, en el cual no puedan 
entrar libremente formas nuevas y mejor adaptadas, 
tendríamos entonces lugares en la economía de la naturaleza 
que estarían con seguridad mejor ocupados si algunos de los 
primitivos habitantes se modificasen en algún modo; pues si 
el territorio hubiera estado abierto a la inmigración, estos 
mismos puestos hubiesen sido cogidos por los intrusos. En 
estos casos, modificaciones ligeras, que en modo alguno 
favorecen a los individuos de una especie, tenderían a 
conservarse, por adaptarlos mejor a las condiciones 
modificadas, y la selección natural tendría campo libre para la 
labor de perfeccionamiento. 

Tenemos buen fundamento para creer, como se ha 
demostrado en el capítulo tercero, que los cambios en las 
condiciones de vida producen una tendencia a aumentar la 
variabilidad, y en los casos precedentes las condiciones han 
cambiado, y esto sería evidentemente favorable a la selección 
natural, por aportar mayores probabilidades de que aparezcan 
variaciones útiles. Si no aparecen éstas, la selección natural no 
puede hacer nada. No se debe olvidar nunca que en el 
término variaciones están incluidas simples diferencias 
individuales. Así como el hombre puede producir un 
resultado grande en las plantas y animales domésticos 
sumando en una dirección dada diferencias individuales, 
también lo pudo hacer la selección natural, aunque con 


121 



mucha más facilidad, por tener tiempo incomparablemente 
mayor para obrar. 

No es que yo crea que un gran cambio físico, de clima, por 
ejemplo, o algún grado extraordinario de aislamiento que 
impida la inmigración, es necesario para que tengan que 
quedar nuevos puestos vacantes para que la selección natural 
los llene, perfeccionando algunos de los habitantes que 
varían; pues como todos los habitantes de cada región están 
luchando entre sí con fuerzas delicadamente equilibradas, 
modificaciones ligerísimas en la conformación o en las 
costumbres de una especie le habrán de dar muchas veces 
ventaja sobre otras, y aun nuevas modificaciones de la misma 
clase aumentarán con frecuencia todavía más la ventaja, 
mientras la especie continúe en las mismas condiciones de 
vida y saque provecho de medios parecidos de subsistencia y 
defensa. No puede citarse ningún país en el que todos los 
habitantes indígenas estén en la actualidad tan perfectamente 
adaptados entre sí y a las condiciones físicas en que viven que 
ninguno de ellos pueda estar todavía mejor adaptado o 
perfeccionado; pues en todos los países los habitantes 
indígenas han sido hasta tal punto conquistados por 
producciones naturalizadas, que han permitido a algunos 
extranjeros tomar posesión firme de la tierra. Y como las 
extranjeros han derrotado así en todos los países a algunos de 
los indígenas, podemos seguramente sacar la conclusión de 
que los indígenas podían haber sido modificados más 
ventajosamente, de modo que hubiesen resistido mejor a los 
invasores. 

Si el hombre puede producir, y seguramente ha producido, 
resultados grandes con sus modos metódicos o inconscientes 
de selección, ¿qué no podrá efectuar la selección natural? El 
hombre puede obrar sólo sobre caracteres externos y visibles. 
La Naturaleza —si se me permite personificar la conservación 


122 



o supervivencia natural de los más adecuados— no atiende a 
nada por las apariencias, excepto en la medida que son útiles 
a los seres. Puede obrar sobre todos los órganos internos, 
sobre todos los matices de diferencia de constitución, sobre el 
mecanismo entero de la vida. El hombre selecciona solamente 
para su propio bien; la Naturaleza lo hace sólo para el bien del 
ser que tiene a su cuidado. La Naturaleza hace funcionar 
plenamente todo carácter seleccionado, como lo implica el 
hecho de su selección. El hombre retiene en un mismo país 
los seres naturales de varios climas; raras veces ejercita de 
modo peculiar y adecuado cada carácter elegido; alimenta con 
la misma comida una paloma de pico largo y una de pico 
corto; no ejercita de algún modo especial un cuadrúpedo de 
lomo alargado o uno de patas largas; somete al mismo clima 
ovejas de lana corta y de lana larga; no permite a los machos 
más vigorosos luchar por las hembras; no destruye con 
rigidez todos los individuos inferiores, sino que, en la medida 
en que puede, protege todos sus productos en cada cambio de 
estación; empieza con frecuencia su selección por alguna 
forma semimonstruosa o, por lo menos, por alguna 
modificación lo bastante saliente para que atraiga la vista o 
para que le sea francamente útil. En la Naturaleza, las más 
ligeras diferencias de estructura o constitución pueden muy 
bien inclinar la balanza, tan delicadamente equilibrada, en la 
lucha por la existencia y ser así conservadas. ¡Qué fugaces son 
los deseos y esfuerzos del hombre! ¡Qué breve su tiempo!, y, 
por con,siguiente, ¡qué pobres serán sus resultados, en 
comparación con los acumulados en la Naturaleza durante 
períodos geológicos enteros! ¿Podemos, pues, maravillarnos 
de que las producciones de la Naturaleza hayan de ser de 
condición mucho más real que las producciones del hombre; 
de que hayan de estar infinitamente mejor adaptadas a las 
más complejas condiciones de vida y de que hayan de llevar 


123 



claramente el sello de una fabricación superior? 

Metafóricamente puede decirse que la selección natural 
está buscando cada día y cada hora por todo el mundo las 
más ligeras variaciones; rechazando las que son malas; 
conservando y sumando todas las que son buenas; trabajando 
silenciosa e insensiblemente, cuandoquiera y dondequiera que 
se ofrece la oportunidad, por el perfeccionamiento de cada ser 
orgánico en relación con sus condiciones orgánicas e 
inorgánicas de vida. Nada vemos de estos cambios lentos y 
progresivos hasta que la mano del tiempo ha marcado el 
transcurso de las edades; y entonces, tan imperfecta es nuestra 
visión de las remotas edades geológicas, que vemos sólo que 
las formas orgánicas son ahora diferentes de lo que fueron en 
otro tiempo. 

Para que en una especie se efectúe alguna modificación 
grande, una variedad ya formada tuvo que variar de nuevo — 
quizá después de un gran intervalo de tiempo—, o tuvo que 
presentar diferencias individuales de igual naturaleza que 
antes, y éstas tuvieron que ser de nuevo conservadas, y así, 
progresivamente, paso a paso. Viendo que diferencias 
individuales de la misma clase vuelven a presentarse siempre 
de nuevo, difícilmente puede considerarse esto como una 
suposición injustificada. Pero el que sea cierta o no sólo 
podemos juzgarlo viendo hasta qué punto la hipótesis explica 
y concuerda con los fenómenos generales de la naturaleza. 
Por otra parte, la creencia ordinaria de que la suma de 
varación posible es una cantidad estrictamente limitada es 
igualmente una simple suposición. 

Aun cuando la selección natural puede obrar solamente 
por el bien y para el bien de cada ser, sin embargo, caracteres 
y estructuras que estamos inclinados a considerar como de 
importancia insignificante pueden ser influidos por ella. 


124 



Cuando vemos verdes los insectos que comen hojas, y 
moteados de gris los que se alimentan de cortezas, blanco en 
invierno el Lagopus mutus o perdiz alpina, y del color de los 
brezos el Lagopus scoticus o perdiz de Escocia, hemos de creer 
que estos colores son de utilidad a estos insectos y aves para 
librarse de peligros. Los Lagopus, si no fuesen destruidos en 
algún período de su vida, aumentarían hasta ser 
innumerables; pero se sabe que sufren mucho por las aves de 
rapiña, y los halcones se dirigen a sus presas por el sentido de 
la vista, tanto, que en algunos sitios del continente se aconseja 
no conservar palomas blancas, por ser las más expuestas a 
destrucción. Por consiguiente, la selección natural pudo ser 
efiicaz para dar el color conveniente a cada especie de 
Lagopus y en conservar este color justo y constante una vez 
adquirido. No debemos creer que la destrucción accidental de 
un animal de un color particular haya de producir pequeño 
efecto; hemos de recordar lo importante que es en un rebaño 
de ovejas blancas destruir todo cordero con la menor señal de 
negro. Hemos visto cómo el color de los cerdos que se 
alimentan de paint-root (Lachnanthes tinctoria) en Virginia 
determina el que hayan de morir o vivir. En las plantas, la 
vellosidad del fruto y el color de la carne son considerados 
por los botánicos como caracteres de importancia la más 
insignificante; sin embargo, sabemos por un excelente 
horticultor, Downing, que en los Estados Unidos las frutas de 
piel lisa son mucho más atacadas por un coleóptero, un 
Curculio, que las que tienen vello, y que las ciruelas moradas 
padecen mucho más cierta enfermedad que las ciruelas 
amarillas, mientras que otra enfermedad ataca a los 
melocotones de carne amarilla mucho más que a los que 
tienen la carne de otro color. Si con todos los auxilios del arte 
estas ligeras diferencias producen una gran diferencia al 
cultivar las distintas variedades, seguramente que, en estado 


125 



natural, en el que los árboles tendrían que luchar con otros 
árboles y con una legión de enemigos, estas diferencias 
decidirían realmente el que hubiese de triunfar un fruto liso o 
pubescente, un fruto de carne amarilla o de carne morada. 

Al considerar las muchas diferencias pequeñas que existen 
entre especies —diferencias que, hasta donde nuestra 
ignorancia nos permite juzgar, parecen completamente 
insignificantes— no hemos de olvidar que el clima, comida 
etc. han producido indudablemente algún efecto directo. 
También es necesario tener presente que, debido a la ley de 
correlación, cuando una parte varía y las variaciones se 
acumulan por selección natural, sobrevendrán otras 
modificaciones, muchas veces de naturaleza la más 
inesperada. 

Así como vemos que las variaciones que aparecen en 
domesticidad en un período determinado de la vida tienden a 
reaparecer en la descendencia en el mismo período —por 
ejemplo: las variaciones en la forma, tamaño y sabor de las 
semillas de las numerosas variedades de nuestras plantas 
culinarias y agrícolas, en los estados de oruga y crisálida de las 
variedades del gusano de seda, en los huevos de las aves de 
corral y en el color de la pelusa de sus polluelos, en las astas 
de los carneros y ganado vacuno cuando son casi adultos—, 
de igual modo, en la naturaleza, la selección natural podrá 
influir en los seres orgánicos y modificarlos en cualquier edad 
por la acumulación, en esta edad, de variaciones útiles, y por 
su herencia en la edad correspondiente. Si es útil a una planta 
el que sus semillas sean diseminadas por el viento a distancia 
cada vez mayor, no puedo ver yo mayor dificultad en que esto 
se efectúe por selección natural que en que el cultivador de 
algodón aumente y mejore por selección los pelos lanosos en 
las cápsulas de sus algodoneros. La selección natural puede 
modificar y adaptar la larva de un insecto a una porción de 


126 



circunstancias completamente diferentes de las que 
conciernen al insecto adulto, y estas modificaciones pueden 
influir, por correlación, en la estructura del adulto. También, 
inversamente, modificaciones en el adulto pueden influir en 
la estructura de la larva; pero en todos los casos la selección 
natural garantizará que no sean perjudiciales, pues si lo 
fuesen, la especie llegaría a extinguirse. 

La selección natural modificará la estructura del hijo en 
relación con el padre, y la del padre en relación con el hijo. En 
los animales sociales adaptará la estructura de cada individuo 
para beneficio de toda la comunidad, si ésta saca provecho de 
la variación seleccionada. Lo que no puede hacer la selección 
natural es modificar la estructura de una especie sin darle 
alguna ventaja para el bien de otra especie; y, aunque pueden 
hallarse en los libros de Historia Natural manifestaciones en 
este sentido, yo no puedo hallar un solo caso que resista la 
comprobación. Una conformación utilizada sólo una vez en la 
vida de un animal, si es de suma importancia para él, pudo ser 
modificada hasta cualquier extremo por selección natural; por 
ejemplo: las grandes mandíbulas que poseen ciertos insectos 
utilizadas exclusivamente para abrir el capullo, o la punta 
dura del pico de las aves antes de nacer, empleada para 
romper el huevo. Se ha afirmado que, de las mejores palomas 
tumbler o volteadoras de pico corto, un gran número perecen 
en el huevo porque son incapaces de salir de él; de manera 
que los avicultores ayudan en el acto de la salida. Ahora bien: 
si la Naturaleza hubiese de hacer cortísimo el pico del palomo 
adulto para ventaja de la misma ave, el proceso de 
modificación tendría que ser lentísimo, y habría 
simultáneamente, dentro del huevo, la selección más rigurosa 
de todos los polluelos que tuviesen el pico más potente y 
duro, pues todos los de pico blando perecerían 
inevitablemente, o bien podrían ser seleccionadas las cáscaras 


127 



más delicadas y más fácilmente rompibles, pues es sabido que 
el grueso de la cáscara varía como cualquier otra estructura. 

Será conveniente hacer observar aquí que en todos los seres 
ha de haber mucha destrucción fortuita, que poca o ninguna 
influencia puede tener en el curso de la selección natural; por 
ejemplo: un inmenso número de huevos y semillas son 
devorados anualmente, y éstos sólo podrían ser modificados 
por selección natural si variasen de algún modo que los 
protegiese de sus enemigos. Sin embargo, muchos de estos 
huevos o semillas, si no hubiesen sido destruidos, habrían 
producido quizá individuos mejor adaptados a sus 
condiciones de vida que ninguno de los que tuvieron la suerte 
de sobrevivir. También, además, un número inmenso de 
animales, y plantas adultos, sean o no los mejor adaptados a 
sus condiciones, tiene que ser destruido anualmente por 
causas accidentales que no serían mitigadas ni en lo más 
mínimo por ciertos cambios de estructura o constitución que 
serían, por otros conceptos, beneficiosos para la especie. Pero, 
aunque la destrucción de los adultos sea tan considerable — 
siempre que el número que puede existir en un distrito no 
esté por completo limitado por esta causa—, o aunque la 
destrucción de huevos y semillas sea tan grande que sólo una 
centésima o una milésima parte se desarrolle, sin embargo, de 
los individuos que sobrevivan, los mejor adaptados— 
suponiendo que haya alguna variabilidad en sentido favorable 
—tenderán a propagar su clase en mayor número que los 
menos bien adaptados. Si el número está completamente 
limitado por las causas que se acaban de indicar, como 
ocurrirá muchas veces, la selección natural será impotente 
para determinadas direcciones beneficiosas; pero esto no es 
una objeción válida contra su eficacia en otros tiempos y de 
otros modos, pues estamos lejos de tener alguna razón para 
suponer que muchas especies experimenten continuamente 


128 



modificaciones y perfeccionamiento al mismo tiempo y en la 
misma región. 

Selección sexual 

Puesto, que en domesticidad aparecen con frecuencia 
particularidades en un sexo que quedan hereditariamente 
unidas a este sexo, lo mismo sucederá, sin duda, en la 
naturaleza. De este modo se hace posible que los dos sexos se 
modifiquen, mediante selección natural, en relación con sus 
diferentes costumbres, como es muchas veces el caso, o que 
un sexo se modifique con relación al otro, como ocurre 
comúnmente. Esto me lleva a decir algunas palabras sobre lo 
que he llamado selección sexual Esta forma de selección 
depende, no de una lucha por la existencia en relación con 
otros seres orgánicos o con condiciones externas, sino de una 
lucha entre los individuos de un sexo —generalmente, los 
machos— por la posesión del otro sexo. El resultado no es la 
muerte del competidor desafortunado, sino el que deja poca o 
ninguna descendencia. La selección sexual es, por lo tanto, 
menos rigurosa que la selección natural. Generalmente, los 
machos más vigorosos, los que están mejor adecuados a su 
situación en la naturaleza, dejarán más descendencia; pero en 
muchos casos la victoria depende no tanto del vigor natural 
como de la posesión de armas especiales limitadas al sexo 
masculino. Un ciervo sin cuernos, un gallo sin espolones, 
habrían de tener pocas probabilidades de dejar numerosa 
descendencia. La selección sexual, dejando siempre criar al 
vencedor, pudo, seguramente, dar valor indomable, longitud 
a los espolones, fuerza al ala para empujar la pata armada de 
espolón, casi del mismo modo que lo hace el brutal gallero 
mediante la cuidadosa selección de sus mejores gallos. 

Hasta qué grado, en la escala de los seres naturales, 
desciende la ley del combate, no lo sé; se ha descrito que los 


129 



cocodrilos riñen, rugen y giran alrededor—como los indios 
en una danza guerrera—por la posesión de las hembras. Se ha 
observado que los salmones machos riñen durante todo el 
día; los ciervos volantes machos, a veces llevan heridas de las 
enormes mandíbulas de los otros machos; el inimitable 
observador monsieur Fabre ha visto muchas veces los machos 
de ciertos insectos himenópteros riñendo por una hembra 
determinada que está posada al lado, espectador en apariencia 
indiferente de la lucha, la cual se retira después con el 
vencedor. La guerra es quizá más severa entre los machos de 
los animales polígamos, y parece que éstos están provistos 
muy frecuentemente de armas especiales. Los machos de los 
carnívoros están siempre bien armados, aun cuando a ellos y 
a otros pueden ser dados medios especiales de defensa 
mediante la selección natural, como la melena del león o la 
mandíbula ganchuda del salmón macho, pues tan importante 
puede ser para la victoria el escudo como la espada o la lanza. 

Entre las aves, la contienda es muchas veces de carácter 
más pacífico. Todos los que se han ocupado de este asunto 
creen que entre los machos de muchas especies existe la 
rivalidad más grande por atraer cantando a las hembras. El 
tordo rupestre de Guayana^^®^, las aves del paraíso y algunas 
otras se reúnen, y los machos, sucesivamente, despliegan con 
el más minucioso cuidado y exhiben de la mejor manera su 
esplendoroso plumaje; además ejecutan extraños 
movimientos ante las hembras, que, asistiendo como 
espectadores, escogen al fin el compañero más atractivo. 

Los que han prestado mucha atención a las aves cautivas 
saben perfectamente que éstas, con frecuencia, tienen 
preferencias y aversiones individuales; así, sir R. Heron ha 
descrito cómo un pavo real manchado era sumamente 
atractivo para todas sus pavas. No puedo entrar aquí en los 


130 


detalles necesarios; pero si el hombre puede en corto tiempo 
dar hermosura y porte elegante a sus gallinas bantam 
conforme a su standard o tipo de belleza, no se ve ninguna 
razón legítima para dudar de que las aves hembras, eligiendo 
durante miles de generaciones los machos más hermosos y 
melodiosos según sus tipos de belleza, puedan producir un 
efecto señalado. Algunas leyes muy conocidas respecto al 
plumaje de las aves machos y hembras en comparación del 
plumaje de los polluelos pueden explicarse, en parte, 
mediante la acción de la selección sexual sobre variaciones 
que se presentan en diferentes edades y se transmiten sólo a 
los machos, o a los dos sexos, en las edades correspondientes; 
pero no tengo aquí espacio para entrar en este asunto. 

Así es que, a mi parecer, cuando los machos y las hembras 
tienen las mismas costumbres generales, pero difieren en 
conformación, color o adorno, estas diferencias han sido 
producidas principalmente por selección sexual, es decir: 
mediante individuos machos que han tenido en generaciones 
sucesivas alguna ligera ventaja sobre otros machos, en sus 
armas, medios de defensa o encantos, que han transmitido a 
su descendencia masculina solamente. Sin embargo, no 
quisiera atribuir todas las diferencias sexuales a esta acción, 
pues en los animales domésticos vemos surgir en el sexo 
masculino y quedar ligadas a él particularidades que 
evidentemente no han sido acrecentadas mediante selección 
por el hombre. El mechón de filamentos en el pecho del pavo 
salvaje no puede tener ningún uso, y es dudoso que pueda ser 
ornamental a los ojos de la hembra; realmente, si el mechón 
hubiese aparecido en estado doméstico se le habría calificado 
de monstruosidad. 

Ejemplos de la acción de la selección natural o de la 
supervivencia de los más adecuados. 


131 



Para que quede más claro cómo obra, en mi opinión, la 
selección natural, suplicaré que se me permita dar uno o dos 
ejemplos imaginarios: Tomemos el caso de un lobo que hace 
presa en diferentes animales, cogiendo a unos por astucia, a 
otros por fuerza y a otros por ligereza, y supongamos que la 
presa más ligera, un ciervo, por ejemplo, por algún cambio en 
el país, hubiese aumentado en número de individuos, o que 
otra presa hubiese disminuido durante la estación del año en 
que el lobo estuviese más duramente apurado por la comida. 
En estas circunstancias, los lobos más veloces y más ágiles 
tendrían las mayores probabilidades de sobrevivir y de ser así 
conservados o seleccionados, dado siempre que conservasen 
fuerza para dominar sus presas en esta o en otra época del 
año, cuando se viesen obligados a apresar otros animales. No 
alcanzo a ver que haya más motivo para dudar de que éste 
sería el resultado, que para dudar de que el hombre sea capaz 
de perfeccionar la ligereza de sus galgos por selección 
cuidadosa y metódica, o por aquella clase de selección 
inconsciente que resulta de que todo hombre procura 
conservar los mejores perros, sin idea alguna de modificar la 
casta. Puedo añadir que, según míster Pierce, existen dos 
variedades del lobo en los montes Catskill, en los Estados 
Unidos: una, de forma ligera, como de galgo, que persigue al 
ciervo, y la otra, más gruesa, con patas más cortas, que ataca 
con más frecuencia a los rebaños de los pastores. 

Habría que advertir que en el ejemplo anterior hablo de los 
individuos lobos más delgados, y no de que haya sido 
conservada una sola variación sumamente marcada. En 
ediciones anteriores de esta obra he hablado algunas veces 
como si esta última posibilidad hubiese ocurrido 
frecuentemente. Veía la gran importancia de las diferencias 
individuales, y esto me condujo a discutir ampliamente los 
resultados de la selección inconsciente del hombre, que 


132 



estriba en la conservación de todos los individuos más o 
menos valiosos y en la destrucción de los peores. Veía 
también que la conservación en estado natural de una 
desviación accidental de estructura, tal como una 
monstruosidad, tenía que ser un acontecimiento raro, y que, 
si se conservaba al principio, se perdería generalmente por los 
cruzamientos ulteriores con individuos ordinarios. Sin 
embargo, hasta leer un estimable y autorizado artículo en la 
North British Review (1867) no aprecié lo raro que es el que se 
perpetúen las variaciones únicas, tanto si son poco marcadas 
como si lo son mucho. El autor toma el caso de una pareja de 
animales que produzca durante el transcurso de su vida 
doscientos descendientes, de los cuales, por diferentes causas 
de destrucción, sólo dos, por término medio, sobreviven para 
reproducir su especie. Esto es un cálculo más bien exagerado 
para los animales superiores; pero no, en modo alguno, para 
muchos de los organismos inferiores. Demuestra entonces el 
autor que si naciese un solo individuo que variase en algún 
modo que le diese dobles probabilidades de vida que a los 
otros individuos, las probabilidades de que sobreviviera 
serían todavía sumamente escasas. Suponiendo que éste 
sobreviva y críe, y que la mitad de sus crías hereden la 
variación favorable, todavía, según sigue exponiendo el autor 
las crías tendrían una probabilidad tan sólo ligeramente 
mayor de sobrevivir y criar, y esta probabilidad iría 
decreciendo en las generaciones sucesivas. Lo justo de estas 
observaciones no puede, creo yo, ser discutido. Por ejemplo: 
si un ave de alguna especie pudiese procurarse el alimento 
con mayor facilidad por tener el pico curvo, y si naciese un 
individuo con el pico sumamente curvo y que a consecuencia 
de ello prosperase, habría, sin embargo, poquísimas 
probabilidades de que este solo individuo perpetuase la 
variedad hasta la exclusión de la forma común; pero. 


133 



juzgando por lo que vemos que ocurre en estado doméstico, 
apenas puede dudarse que se seguiría este resultado de la 
conservación, durante muchas generaciones, de un gran 
número de individuos de pico más o menos marcadamente 
curvo, y de la destrucción de un número todavía mayor de 
individuos de pico muy recto. 

Sin embargo, no habría que dejar pasar inadvertido que 
ciertas variaciones bastante marcadas, que nadie clasificaría 
como simples diferencias individuales, se repiten con 
frecuencia debido a que organismos semejantes experimentan 
influencias semejantes, hecho del que podrían citarse 
numerosos ejemplos en nuestras producciones domésticas. 
En tales casos, si el individuo que varía no transmitió 
positivamente a sus descendientes el carácter recién 
adquirido, indudablemente les transmitiría—mientras las 
condiciones existentes permaneciesen iguales—una tendencia 
aún más enérgica a variar del mismo modo. También apenas 
puede caber duda de que la tendencia a variar del mismo 
modo ha sido a veces tan enérgica, que se han modificado de 
un modo semejante, sin ayuda de ninguna forma de selección, 
todos los individuos de la misma especie, o puede haber sido 
modificada así sólo una tercera parte o una décima parte de 
los individuos; hecho del que podrían citarse diferentes 
ejemplos. Así, Graba calcula que una quinta parte 
aproximadamente de los arañes de las islas Feroé son de 
una variedad tan señalada, que antes era clasificada como una 
especie distinta, con el nombre de Uria lacrymans. En casos 
de esta clase, si la variación fuese de naturaleza ventajosa, la 
forma primitiva sería pronto suplantada por la forma 
modificada, a causa de la supervivencia de los más adecuados. 

He de insistir sobre los efectos del cruzamiento en la 
eliminación de variaciones de todas clases; pero puede 


134 


hacerse observar aquí que la mayor parte de los animales y 
plantas se mantienen en sus propios países y no van de un 
país a otro innecesariamente; vemos esto hasta en las aves 
migratorias, que casi siempre vuelven al mismo sitio. Por 
consiguiente, toda variedad recién formada tendría que ser 
generalmente local al principio, como parece ser la regla 
ordinaria en las variedades en estado natural; de manera que 
pronto existirían reunidos en un pequeño grupo individuos 
modificados de un modo semejante, y con frecuencia criarían 
juntos. Si la nueva variedad era afortunada en su lucha por la 
vida, lentamente se propagaría desde una región central, 
compitiendo con los individuos no modificados y 
venciéndolos en los bordes de un círculo siempre creciente. 

Valdría la pena de dar otro ejemplo más complejo de la 
acción de la selección natural. Ciertas plantas segregan un 
jugo dulce, al parecer, con objeto de eliminar algo nocivo de 
su savia; esto se efectúa, por ejemplo, por glándulas de la base 
de las estípulas de algunas leguminosas y del envés de las 
hojas del laurel común. Este jugo, aunque poco en cantidad, 
es codiciosamente buscado por insectos; pero sus visitas no 
benefician en modo alguno a la planta. Ahora bien: 
supongamos que el jugo o néctar fue segregado por el interior 
de las flores de un cierto número de plantas de una especie; 
los insectos, al buscar el néctar, quedarían empolvados de 
polen, y con frecuencia lo transportarían de una flor a otra; 
las flores de dos individuos distintos de la misma especie 
quedarían así cruzadas, y el hecho del cruzamiento, como 
puede probarse plenamente, origina plantas vigorosas, que, 
por consiguiente, tendrán las mayores probabilidades de 
florecer y sobrevivir. Las plantas que produjesen flores con las 
glándulas y nectarios mayores y que segregasen más néctar 
serían las visitadas con mayor frecuencia por insectos y las 
más frecuentemente cruzadas; y, de este modo, a la larga. 


135 



adquirirían ventaja y formarían una variedad local. Del 
mismo modo, las flores que, en relación con el tamaño y 
costumbres del insecto determinado que las visitase, tuviesen 
sus estambres y pistilos colocados de modo que facilitase en 
cierto grado el transporte del polen, serían también 
favorecidas. Pudimos haber tomado el caso de insectos que 
visitan flores con objeto de recoger el polen, en vez de néctar; 
y, como el polen está formado con el único fin de la 
fecundación, su destrucción parece ser una simple pérdida 
para la planta; sin embargo, el que un poco de polen fuese 
llevado de una flor a otra, primero accidentalmente y luego 
habitualmente, por los insectos comedores de polen, 
efectuándose de este modo un cruzamiento, aun cuando 
nueve décimas partes del polen fuesen destruidas, podría ser 
todavía un gran beneficio para la planta el ser robada de este 
modo, y los individuos que produjesen más y más polen y 
tuviesen mayores anteras serían seleccionados. 

Cuando nuestra planta, mediante el proceso anterior, 
continuado por mucho tiempo, se hubiese vuelto —sin 
intención de su parte— sumamente atractiva para los 
insectos, llevarían éstos regularmente el polen de flor en flor; 
y que esto hacen positivamente, podría demostrarlo 
fácilmente por muchos hechos sorprendentes. Daré sólo uno 
que sirve además de ejemplo de un paso en la separación de 
los sexos de las plantas. Unos acebos llevan solamente flores 
masculinas que tienen cuatro estambres, que producen una 
cantidad algo pequeña de polen, y un pistilo rudimentario; 
otros acebos llevan sólo flores femeninas; éstas tienen un 
pistilo completamente desarrollado y cuatro estambres con 
anteras arrugadas, en las cuales no se puede encontrar ni un 
grano de polen. Habiendo hallado un acebo hembra 
exactamente a sesenta yardas de un acebo macho, puse al 
microscopio los estigmas de veinte flores, tomadas de 


136 



diferentes ramas, y en todas, sin excepción, había unos 
cuantos granos de polen, y en algunos una profusión. Como 
el viento había soplado durante varios días del acebo hembra 
al acebo macho, el polen no pudo ser llevado por este medio. 
El tiempo había sido frío y borrascoso, y, por consiguiente, 
desfavorable a las abejas, y, sin embargo, todas las flores 
femeninas que examiné habían sido positivamente 
fecundadas por las abejas que habían volado de un acebo a 
otro en busca de néctar. Pero, volviendo a nuestro caso 
imaginario, tan pronto como la planta se hubiese vuelto tan 
atractiva para los insectos que el polen fuese llevado 
regularmente de flor en flor, pudo comenzar otro proceso. 
Ningún naturalista duda de lo que se ha llamado división 
fisiológica del trabajo; por consiguiente, podemos creer que 
sería ventajoso para una planta el producir estambres solos en 
una flor o en toda una planta, y pistilos solos en otra flor o en 
otra planta. En plantas cultivadas o colocadas en nuevas 
condiciones de vida, los órganos masculinos, unas veces, y los 
femeninos otras, se vuelven más o menos importantes; ahora 
bien: si suponemos que esto ocurre, aunque sea en grado 
pequeñísimo, en la naturaleza, entonces, como el polen es 
llevado ya regularmente de flor en flor, y como una 
separación completa de los sexos de nuestra planta sería 
ventajosa por el principio de la división del trabajo, los 
individuos con esta tendencia, aumentando cada vez más, 
serían continuamente favorecidos o seleccionados, hasta que 
al fin pudiese quedar efectuada una separación completa de 
los sexos. Llenaría demasiado espacio mostrar los diversos 
grados —pasando por el dimorfismo y otros medios— por los 
que la separación de los sexos, en plantas de varias clases, se 
está efectuando evidentemente en la actualidad. Pero puedo 
añadir que algunas de las especies de acebo de América del 
Norte están, según Asa Cray, en un estado exactamente 


137 



intermedio o, según él se expresa, con más o menos 
dioicamente polígamas. 

Volvamos ahora a los insectos que se alimentan de néctar; 
podemos suponer que la planta en que hemos hecho 
aumentar el néctar por selección continuada sea una planta 
común, y que ciertos insectos dependan principalmente de su 
néctar para alimentarse. Podría citar muchos hechos que 
demuestran lo codiciosos que son los himenópteros por 
ahorrar tiempo; por ejemplo: su costumbre de hacer agujeros 
y chupar el néctar en la base de ciertas flores, en las cuales, 
con muy poco de molestia más, pueden entrar por la 
garganta. Teniendo presentes estos hechos, puede creerse que, 
en ciertas circunstancias, diferencias individuales en la 
curvatura o longitud de la lengua, etcétera, demasiado ligeras 
para ser apreciadas por nosotros, podrían aprovechar a una 
abeja u otro insecto de modo que ciertos individuos fuesen 
capaces de obtener su alimento más rápidamente que otros; y 
así, las comunidades a que ellos perteneciesen prosperarían y 
darían muchos enjambres que heredarían las mismas 
cualidades. 

El tubo de la corola del trébol rojo común y del trébol 
encarnado (Trifolium pratense y T. incarnatum) no parecen a 
primera vista diferir en longitud; sin embargo, la abeja común 
puede fácilmente chupar el néctar del trébol encarnado, pero 
no el del trébol rojo, que es visitado sólo por los abejorros; de 
modo que campos enteros de trébol rojo ofrecen en vano una 
abundante provisión de precioso néctar a la abeja común. 
Que este néctar gusta mucho a la abeja común es seguro, pues 
yo he visto repetidas veces —pero sólo en otoño— muchas 
abejas comunes chupando las flores por los agujeros hechos 
por los abejorros mordiendo en la base del tubo. La diferencia 
de la longitud de la corola en las dos especies de trébol, que 
determina las visitas da la abeja común, tiene que ser muy 


138 



insignificante, pues se me ha asegurado que cuando el trébol 
rojo ha sido segado, las flores de la segunda cosecha son algo 
menores y que éstas son muy visitadas por la abeja común. Yo 
no sé si este dato es exacto, ni si puede darse crédito a otro 
dato publicado, o sea que la abeja de Liguria, que es 
considerada generalmente como una simple variedad de la 
abeja común ordinaria, y que espontáneamente se cruza con 
ella, es capaz de alcanzar y chupar el néctar del trébol rojo. 
Así, en un país donde abunda esta clase de trébol puede ser 
una gran ventaja para la abeja común el tener la lengua un 
poco más larga o diferentemente constituida. Por otra parte, 
como la fecundidad de este trébol depende en absoluto de los 
himenópteros que visitan las flores, si los abejorros llegasen a 
ser raros en algún país, podría ser una gran ventaja para la 
planta el tener una corola más corta o más profundamente 
dividida, de suerte que la abeja común pudiese chupar sus 
flores. Así puedo comprender yo cómo una flor y una abeja 
pudieron lentamente —ya simultáneamente, ya una después 
de otra— modificarse y adaptarse entre sí del modo más 
perfecto mediante la conservación continuada de todos los 
individuos que presentaban ligeras variaciones de 
conformación mutuamente favorables. 

Bien sé que esta doctrina de la selección natural, de la que 
son ejemplo los casos imaginarios anteriores, está expuesta a 
las mismas objeciones que se suscitaron al principio contra las 
elevadas teorías de sir Charles Lyell acerca de los cambios 
modernos de la tierra como explicaciones de la geología; pero 
hoy pocas veces oímos ya hablar de los agentes que vemos 
todavía en actividad como de causas inútiles o insignificantes, 
cuando se emplean para explicar la excavación de los valles 
más profundos o la formación de largas líneas de acantilados 
en el interior de un país. 

La selección natural obra solamente mediante la 


139 



conservación y acumulación de pequeñas modificaciones 
heredadas, provechosas todas al ser conservado; y así como la 
geología moderna casi ha desterrado opiniones tales como la 
excavación de un gran valle por una sola honda diluvial, de 
igual modo la selección natural desterrará la creencia de la 
creación continua de nuevos seres orgánicos o de cualquier 
modificación grande y súbita en su estructura. 

Sobre el cruzamiento de los individuos. 

Intercalaré aquí una breve digresión. En el caso de animales 
y plantas con sexos separados es, por supuesto, evidente que 
para criar tienen siempre que unirse dos individuos, excepto 
en los casos curiosos y no bien conocidos de partenogénesis; 
pero en los hermafroditas esto dista mucho de ser evidente. 
Sin embargo, hay razones para creer que en todos los seres 
hermafroditas concurren, accidental o habitualmente, dos 
individuos para la reproducción de su especie. Esta idea fue 
hace mucho tiempo sugerida, con duda, por Sprengel, Knight 
y Kólreuter. Ahora veremos su importancia; pero tendré que 
tratar aquí el asunto con suma brevedad, a pesar de que tengo 
preparados los materiales para una amplia discusión. 

Todos los vertebrados, todos los insectos y algunos otros 
grandes grupos de animales se aparean para cada vez que se 
reproducen. Las investigaciones modernas han hecho 
disminuir mucho el número de hermafroditas, y un gran 
número de los hermafroditas verdaderos se aparean, o sea: 
dos individuos se unen normalmente para la reproducción, 
que es lo que nos interesa. Pero, a pesar de esto, hay muchos 
animales hermafroditas que positivamente no se aparean 
habitualmente, y una gran mayoría de plantas son 
hermafroditas. Puede preguntarse ¿qué razón existe para 
suponer que en aquellos casos concurren siempre dos 
individuos en la reproducción? Como es imposible entrar 


140 



aquí en detalles, me limitaré sólo a algunas consideraciones 
generales. 

En primer lugar, he reunido un cúmulo tan grande de 
casos, y he hecho tantos experimentos que demuestran, de 
conformidad con la creencia casi universal de los criadores, 
que en los animales y plantas el cruzamiento entre variedades 
distintas, o entre individuos de la misma variedad, pero de 
otra estirpe, da vigor y fecundidad a la descendencia, y, por el 
contrario, que la cría entre parientes próximos disminuye el 
vigor y fecundidad, que estos hechos, por sí solos, me inclinan 
a creer que es una ley general de la naturaleza el que ningún 
ser orgánico se fecunde a sí mismo durante un número 
infinito de generaciones, y que, de vez en cuando, quizá con 
largos de tiempo, es indispensable un cruzamiento con otro 
individuo. 

Admitiendo que esto es una ley de la naturaleza, podremos, 
creo yo, explicar varias clases de hechos muy numerosos, 
como los siguientes, que inexplicables desde cualquier otro 
punto de vista. Todo horticultor que se ocupa de 
cruzamientos sabe lo desfavorable que es para la fecundación 
de una flor el que esté expuesta a mojarse, y, sin embargo, 
¡qué multitud de flores tienen sus anteras y estigmas 
completamente expuestos a la intemperie! Pero si es 
indispensable de vez en cuando algún cruzamiento, aun a 
pesar de que las anteras y pistilos de la propia planta están tan 
próximos que casi aseguran la autofecundación o fecundación 
por sí misma, la completa libertad para la entrada de polen de 
otros individuos explicará lo que se acaba de decir sobre la 
exposición de los órganos. Muchas flores, por el contrario, 
tienen sus órganos de fructificación completamente 
encerrados, como ocurre en la gran familia de las 
papilionáceas, o familia de los guisantes; pero estas flores 
presentan casi siempre bellas y curiosas adaptaciones a las 


141 



visitas de los insectos. Tan necesarias son las visitas de los 
himenópteros para muchas flores papilionáceas, que su 
fecundidad disminuye mucho si se impiden estas visitas. 
Ahora bien: apenas es posible a los insectos que van de flor en 
flor dejar de llevar polen de una a otra, con gran beneficio 
para la planta. Los insectos obran como un pincel de acuarela, 
y para asegurar la fecundación es suficiente tocar nada más 
con el mismo pincel las anteras de una flor y luego el estigma 
de otra; pero no hay que suponer que los himenópteros 
produzcan de este modo una multitud de híbridos entre 
distintas especies, pues si se colocan en el mismo estigma el 
propio polen de una planta y el de otra especie, el primero es 
tan prepotente, que, invariablemente, destruye por completo 
la influencia del polen extraño, según ha sido demostrado por 
Gártner. 

Cuando los estambres de una flor se lanzan súbitamente 
hacia el pistilo o se mueven lentamente, uno tras otro, hacia 
él, el artificio parece adaptado exclusivamente para asegurar 
la autofecundación, y es indudablemente útil para este fin; 
pero muchas veces se requiere la acción de los insectos para 
hacer que los estambres se echen hacia delante, como 
Kólreuter ha demostrado que ocurre en el agracejo; y en este 
mismo género, que parece tener una disposición especial para 
la autofecundación, es bien sabido que si se plantan unas 
cerca de otras formas o variedades muy próximas, es casi 
imposible obtener semillas que den plantas puras: tanto se 
cruzan naturalmente. 

En otros numerosos casos, lejos de estar favorecida la 
autofecundación, hay disposiciones especiales que impiden 
eficazmente que el estigma reciba polen de la misma flor, 
como podría demostrar por las obras de Sprengel y otros 
autores, lo mismo que por mis propias observaciones: en 
Lobelia fulgens, por ejemplo, hay un mecanismo 


142 



verdaderamente primoroso y acabado, mediante el cual los 
granos de polen, infinitamente numerosos, son barridos de 
las anteras reunidas de cada flor antes de que el estigma de 
ella esté dispuesto para recibirlos; y como esta flor nunca es 
visitada —por lo menos, en mi jardín— por los insectos, 
nunca produce semilla alguna, a pesar de que colocando 
polen de una flor sobre el estigma de otra obtengo multitud 
de semillas. Otra especie de Lobelia, que es visitada por abejas, 
produce semillas espontáneamente en mi jardín. 

En muchísimos otros casos, aun cuando no existe ninguna 
disposición mecánica para impedir que el estigma reciba 
polen de la misma flor, sin embargo, como han demostrado 
Sprengel, y más recientemente Hieldebrand y otros, y como 
puedo yo confirmar, o bien las anteras estallan antes de que el 
estigma esté dispuesto para la fecundación, o bien el estigma 
lo está antes de que lo esté el polen de la flor; de modo que 
estas plantas, llamadas dicógamas, tienen de hecho sexos 
separados y necesitan habitualmente cruzarse. Lo mismo 
ocurre con las plantas recíprocamente dimorfas y trimorfas, a 
que anteriormente se ha aludido. ¡Qué extraños son estos 
hechos! ¡Qué extraño que él polen y la superficie estigmática 
de una misma flor, a pesar de estar situados tan cerca, como 
precisamente con objeto de favorecer la autofecundación, 
hayan de ser en tantos casos mutuamente inútiles! ¡Qué 
sencillamente se explican estos hechos en la hipótesis de que 
un cruzamiento accidental con un individuo distinto sea 
ventajoso, o indispensable! 

Si a diferentes variedades de la col, rábano, cebolla y 
algunas otras plantas se les deja dar semillas unas junto a 
otras, una gran mayoría de las plantitas así obtenidas 
resultarán mestizas, según he comprobado; por ejemplo: 
obtuve 233 plantitas de col de algunas plantas de diferentes 
variedades que habían crecido unas junto a otras, y de ellas 


143 



solamente 78 fueron de raza pura, y aun algunas de éstas no 
lo fueron del todo. Y, sin embargo, el pistilo de cada flor de 
col está rodeado no sólo por sus seis estambres propios, sino 
también por los de otras muchas flores de la misma planta, y 
el polen de cada flor se deposita fácilmente encima de su 
propio estigma sin la mediación de los insectos, pues he 
comprobado que plantas cuidadosamente protegidas contra 
los insectos producen el número correspondiente de frutos. 
¿Cómo sucede, pues, que un número tan grande de plantitas 
son mestizas? Esto tiene que provenir de que el polen de una 
variedad distinta tenga un efecto predominante sobre el 
propio polen de la flor, y esto es una parte de la ley general del 
resultado ventajoso de los cruzamientos entre distintos 
individuos de la misma especie. Cuando se cruzan especies 
distintas, el caso se invierte, pues el polen propio de una 
planta es casi siempre predominante sobre el polen extraño; 
pero acerca de este asunto hemos de insistir en otro capítulo. 

En el caso de un árbol grande cubierto de innumerables 
flores, se puede hacer la objeción de que el polen raras veces 
pudo ser llevado de un árbol a otro, y generalmente sólo de 
una flor a otra del mismo árbol, y las flores del mismo árbol 
sólo en un sentido limitado pueden considerarse como 
individuos distintos. Creo que esta objeción es válida, pero 
creo también que la naturaleza lo ha precavido ampliamente 
dando a los árboles una marcada tendencia a llevar flores de 
sexos separados. Cuando los sexos están separados, aunque 
las flores masculinas y femeninas puedan ser producidas en el 
mismo árbol, el polen tiene que ser llevado regularmente de 
una flor a otra, y esto aumentará las probabilidades de que el 
polen sea de vez en cuando llevado de un árbol a otro. 
Observo que en nuestro país ocurre el que los árboles 
pertenecientes a todos los órdenes tienen los sexos separados 
con más frecuencia que las otras plantas, y, a petición mía, el 


144 



doctor Hooker hizo una estadística de los árboles de Nueva 
Zelandia, y el doctor Asa Cray otra de los árboles de los 
Estados Unidos, y el resultado fue como yo había previsto. 
Por el contrario, Hooker me informa de que la regla no se 
confirma en Australia; pero si la mayor parte de los árboles 
australianos son dicógamos, tiene que producirse el mismo 
resultado que si llevasen flores con los sexos separados. He 
hecho estas pocas observaciones sobre los árboles 
simplemente para llamar la atención hacia el asunto. 

Volviendo por un momento a los animales: diferentes 
especies terrestres son hermafroditas, como los moluscos 
terrestres y las lombrices de tierra; pero todos ellos se 
aparean. Hasta ahora no he encontrado un solo animal 
terrestre que pueda fecundarse a sí mismo. Este hecho 
notable, que ofrece tan vigoroso contraste con las plantas 
terrestres, es inteligible dentro de la hipótesis de que es 
indispensable de vez en cuando un cruzamiento, pues, debido 
a la naturaleza del elemento fecundante, no hay en este caso 
medios análogos a la acción de los insectos y del viento en las 
plantas por los cuales pueda efectuarse en los animales 
terrestres un cruzamiento accidental sin el concurso de dos 
individuos. De los animales acuáticos hay muchos 
hermafroditas que se fecundan a sí mismos; pero aquí las 
corrientes de agua ofrecen un medio manifiesto para el 
cruzamiento accidental. Como en el caso de las flores, hasta 
ahora no he conseguido —después de consultar con una de 
las más altas autoridades, el profesor Huxley— descubrir un 
solo animal hermafrodita con los órganos de reproducción 
tan perfectamente encerrados que pueda demostrarse que es 
físicamente imposible el acceso desde fuera y la influencia 
accidental de un individuo distinto. Los cirrípedos me 
parecieron durante mucho tiempo constituir, desde este 
punto de vista, un caso dificilísimo; pero, por una feliz 


145 



casualidad, me ha sido posible probar que dos individuos — 
aun cuando ambos son hermafroditas capaces de fecundarse a 
sí mismos— se cruzan positivamente algunas veces. 

Tiene que haber llamado la atención de la mayor parte de 
los naturalistas, como una anomalía extraña, el que, tanto en 
los animales como en las plantas, unas especies de la misma 
familia, y hasta del mismo género, sean hermafroditas y otras 
unisexuales, a pesar de asemejarse mucho entre sí en toda su 
organización. Pero si de hecho todos los hermafroditas se 
cruzan de vez en cuando, la diferencia entre ellos y las 
especies unisexuales es pequeñísima por lo que se refiere a la 
función. 

De estas varias consideraciones y de muchos hechos 
especiales que he reunido, pero que no puedo dar aquí, 
resulta que, en los animales y plantas, el cruzamiento 
accidental entre individuos distintos es una ley muy general 
—si no es universal— de la naturaleza. 

Circunstancias favorables a la producción de nuevas formas 
por selección natural. 

Es éste un asunto sumamente complicado. Una gran 
variabilidad —y en esta denominación se incluyen siempre las 
diferencias individuales— será evidentemente favorable. Un 
gran número de individuos, por aumentar las probabilidades 
de la aparición de variedades ventajosas en un período dado, 
compensará una variabilidad menor en cada individuo, y, es, 
a mí parecer, un elemento importantísimo de éxito. Aunque 
la Naturaleza concede largos períodos de tiempo para la obra 
de la selección natural, no concede un período indefinido; 
pues como todos los seres orgánicos se esfuerzan por ocupar 
todos los puestos en la economía de la naturaleza, cualquier 
especie que no se modifique y perfeccione en el grado 
correspondiente con relación a sus competidores será 


146 



exterminada. Si las variaciones favorables no son heredadas, 
por lo menos, por algunos de los descendientes, nada puede 
hacer la selección natural. La tendencia a la reversión puede 
muchas veces dificultar o impedir la labor; pero no habiendo 
esta tendencia impedido al hombre formar por selección 
numerosas razas domésticas, ¿por qué habrá de prevalecer 
contra la selección natural? 

En el caso de la selección metódica, un criador selecciona 
con un objeto definido, y si a los individuos se les deja 
cruzarse libremente, su obra fracasará por completo. Pero 
cuando muchos hombres, sin intentar modificar la raza, 
tienen un standard o tipo de perfección próximamente igual y 
todos tratan de procurarse los mejores animales y obtener 
crías de ellos, segura, aunque lentamente, resultará mejora de 
este proceso inconsciente de selección, a pesar de que en este 
caso no hay separación de individuos elegidos. Así ocurrirá 
en la naturaleza; pues dentro de una región limitada, con 
algún puesto en la economía natural no bien ocupado, todos 
los individuos que varíen en la dirección debida, aunque en 
grados diferentes, tenderán a conservarse. Pero, si la región es 
grande, sus diferentes distritos presentarán casi con seguridad 
condiciones diferentes de vida, y entonces, si la misma especie 
sufre modificación en distintas distritos, las variedades recién 
formadas se cruzarán entre sí en los límites de ellos. Pero 
veremos en el capítulo VI que las variedades intermedias, que 
habitan en distritos intermedios serán, a la larga, 
generalmente, suplantadas por alguna de las variedades que 
viven contiguas. El cruzamiento influirá principalmente en 
aquellos animales que se unen para cada cría, que van mucho 
de unos sitios a otros y que no crían de un modo muy rápido. 
De aquí que en animales de esta clase —por ejemplo, aves— 
las variedades estarán en general confinadas en países 
separados, y encuentro que así ocurre. En los organismos 


147 



hermafroditas que se cruzan sólo de vez en cuando, y también 
en los animales que se unen para cada cría, pero que vagan 
poco y pueden aumentar de un modo rápido, una variedad 
nueva y mejorada puede formarse rápidamente en cualquier 
sitio, y puede mantenerse formando un grupo, y extenderse 
después, de modo que los individuos de la nueva variedad 
tendrán que cruzarse principalmente entre sí. Según este 
principio, los horticultores prefieren guardar semillas 
procedentes de una gran plantación, porque las 
probabilidades de cruzamiento disminuyen de este modo. 

Aun en los animales que se unen para cada cría y que no se 
propagan rápidamente, no hemos de admitir que el 
cruzamiento libre haya de eliminar siempre los efectos de la 
selección natural, pues puedo presentar una serie 
considerable de hechos que demuestran que, en un mismo 
territorio, dos variedades del mismo animal pueden 
permanecer distintas mucho tiempo por frecuentar sitios 
diferentes, por criar en épocas algo diferentes o porque los 
individuos de cada variedad prefieran unirse entre sí. 

El cruzamiento representa en la naturaleza un papel 
importantísimo conservando en los individuos de la misma 
especie o de la misma variedad el carácter puro y unifprme. 
Evidentemente, el cruzamiento obrará así con mucha más 
eficacia en los animales que se unen para cada cría; pero, 
como ya se ha dicho, tenemos motivos para creer que en 
todos los animales y plantas ocurren cruzamientos 
accidentales. Aun cuando éstos tengan lugar sólo tras largos 
intervalos de tiempo, las crias producidas de este modo 
aventajarán tanto en vigor y fecundidad a los descendientes 
procedentes de la autofecundación continuada durante 
mucho tiempo, que tendrán más probabilidades de sobrevivir 
y propagar su especie y variedad, y así, a la larga, la influencia 
de los cruzamientos, aun ocurriendo de tarde en tarde, será 


148 



grande. 

Respecto a los seres orgánicos muy inferiores en la escala, 
que no se propagan sexualmente ni se conjugan, y que no 
pueden cruzarse, si continúan en las mismas condiciones de 
vida pueden conservar la uniformidad de caracteres sólo por 
el principio de la herencia y por la selección natural, que 
destruirá todo individuo que se aparte del tipo propio. Si las 
condiciones de vida cambian y la forma experimenta 
modificación, la descendencia modificada puede adquirir la 
uniformidad de caracteres simplemente conservando la 
selección natural variaciones favorables análogas. 

El aislamiento también es un elemento importante en la 
modificación de las especies por selección natural. En un 
territorio cerrado o aislado, si no es muy grande, las 
condiciones orgánicas e inorgánicas de vida serán 
generalmente casi uniformes, de modo que la selección 
natural tenderá a modificar de igual modo todos los 
individuos que varíen de la misma especie. Además, el 
cruzamiento con los habitantes de los distritos vecinos estará 
en este caso evitado. Moritz Wagner, recientemente, ha 
publicado un interesante ensayo sobre este asunto y ha 
demostrado que el servicio que presta el aislamiento al evitar 
cruzamientos entre variedades recién formadas es 
probablemente aún mayor de lo que yo supuse; pero, por 
razones ya expuestas, no puedo, en modo alguno, estar 
conforme con este naturalista en que la migración y el 
aislamiento sean elementos necesarios para la formación de 
especies nuevas. La importancia del aislamiento es igualmente 
grande al impedir, después de algún cambio físico en las 
condiciones —como un cambio de clima, de elevación del 
suelo, etc.—, la inmigración de organismos mejor adaptados, 
y de este modo quedarán vacantes nuevos puestos en la 
economía natural del distrito para ser llenados mediante 


149 



modificaciones de los antiguos habitantes. Finalmente, el 
aislamiento dará tiempo para que se perfeccione lentamente 
una nueva variedad, y esto, a veces, puede ser de mucha 
importancia. Sin embargo, si un territorio aislado es muy 
pequeño, ya por estar rodeado de barreras, ya porque tenga 
condiciones físicas muy peculiares, el número total de los 
habitantes será pequeño, y esto retardará la producción de 
nuevas especies mediante selección natural, por disminuir las 
probabilidades de que aparezcan variaciones favorables. 

El simple transcurso del tiempo, por sí mismo, no hace 
nada en favor ni en contra de la selección natural. Digo esto 
porque se ha afirmado erróneamente que he dado por 
sentado que el elemento tiempo representa un papel 
importantísimo en modificar las especies, como si todas las 
formas de vida estuviesen necesariamente experimentando 
cambios por alguna ley innata. El transcurso del tiempo es 
sólo importante —y su importancia en este concepto es 
grande— en cuanto que da mayores probabilidades de que 
aparezcan variaciones ventajosas y de que sean seleccionadas, 
acumuladas y fijadas. El transcurso del tiempo contribuye 
también a aumentar la acción directa de las condiciones 
físicas de vida en relación con la constititición de cada 
organismo. 

Si nos dirigimos a la naturaleza para comprobar la verdad 
de estas afirmaciones y consideramos algún pequeño 
territorio aislado, como una isla oceánica, aunque el número 
de especies que lo habitan sea muy pequeño, como veremos 
en nuestro capítulo sobre distribución geográfica, sin 
embargo, un tanto por ciento grandísimo de estas especies es 
peculiar, esto es, se ha producido allí, y en ninguna otra parte 
del mundo. De aquí el que las islas oceánicas, a primera vista, 
parecen haber sido sumamente favorables para la producción 
de especies nuevas; pero podemos engañarnos, pues para 


150 



decidir si ha sido más favorable para la producción de nuevas 
formas orgánicas un pequeño territorio aislado o un gran 
territorio abierto, como un continente, tenemos que hacer la 
comparación en igualdad de tiempo, y esto no podemos 
hacerlo. 

Aunque el aislamiento es de gran importancia en la 
producción de especies nuevas, en general me inclino a creer 
que la extensión del territorio es todavía más importante, 
especialmente para producción de especies que resulten 
capaces de subsistir durante un largo período y de extenderse 
a gran distancia. En un territorio grande y abierto no sólo 
habrá más probabilidades de que surjan variaciones 
favorables de entre el gran número de individuos de la misma 
especie que lo habitan, sino que también las condiciones de 
vida son mucho más complejas, a causa del gran número de 
especies ya existentes; y si alguna de estas muchas especies se 
modifica y perfecciona, otras tendrán que perfeccionarse en la 
medida correspondiente, o serán exterminadas. Cada forma 
nueva, además, tan pronto como se haya perfeccionado 
mucho, será capaz de extenderse por el territorio abierto y 
continuo, y de este modo entrará en competencia con otras 
muchas formas. Además, grandes territorios actualmente 
continuos, en muchos casos debido a oscilaciones anteriores 
de nivel, habrán existido antes en estado fraccionado; de 
modo que generalmente habrán concurrido, hasta cierto 
punto, los buenos efectos del aislamiento. Por último, llego a 
la conclusión de que, aun cuando los territorios pequeños 
aislados han sido en muchos conceptos sumamente 
favorables para la producción de nuevas especies, sin 
embargo, el curso de la modificación habrá sido generalmente 
más rápido en los grandes territorios, y, lo que es más 
importante, que las nuevas especies producidas en territorios 
grandes, que ya han sido vencedoras de muchos 


151 



competidores, serán las que se extenderán más lejos y darán 
origen a mayor número de variedades y especies; de este 
modo representarán el papel más importante en la historia, 
tan variada, del mundo orgánico. 

De conformidad con esta opinión, podemos quizá 
comprender algunos hechos, sobre los que insistiremos de 
nuevo en nuestro capítulo sobre distribución geográfica; por 
ejemplo: el hecho de que las producciones del pequeño 
continente australiano cedan ante las del gran territorio 
europeo asiático. Así también ha ocurrido que las 
producciones continentales en todas partes se han llegado a 
naturalizar en tan gran número en las islas. En una isla 
pequeña, la lucha por la vida habrá sido menos severa, y 
habrá habido menos modificación y menos exterminio. Por 
esto podemos comprender cómo la flora de Madera, según 
Oswal Heer, se parece, hasta cierto punto, a la extinguida 
flora terciaria de Europa. Todas las masas de agua dulce, 
tomadas juntas, constituyen una extensión pequeña, 
comparada con la del mar o con la de la tierra. Por 
consiguiente, la competencia entre las producciones de agua 
dulce habrá sido menos dura que en parte alguna; las nuevas 
formas se habrán producido, por consiguiente, con más 
lentitud y las formas viejas habrán sido más lentamente 
exterminadas. Y es precisamente en las aguas dulces donde 
encontramos siete géneros de peces ganoideos, resto de un 
orden preponderante en otro tiempo, y en agua dulce 
encontramos algunas de las formas más anómalas conocidas 
hoy en el mundo, como Ornithorhynchus y Lepidosiren, que, 
como los fósiles, unen, hasta cierto punto, órdenes 
actualmente muy separados en la escala natural. Estas formas 
anómalas pueden ser llamadas fósiles vivientes: han resistido 
hasta hoy por haber vivido en las regiones confinadas y por 
haber estado expuestos a competencia menos variada y, por 


152 



consiguiente, menos severa. 

Resumiendo, hasta donde la extrema complicación del 
asunto lo permite, las circunstancias favorables y 
desfavorables para la producción de nuevas especies por 
selección natural, llego a la conclusión de que, para las 
producciones terrestres, un gran territorio continental que 
haya experimentado muchas oscilaciones de nivel habrá sido 
lo más favorable para la producción de nuevas formas de 
vida, capaces de durar mucho tiempo y de extenderse mucho. 
Mientras el territorio existió como un continente, los 
habitantes habrán sido numerosos en individuos y especies, y 
habrán estado sometidos a competencia rigurosa. Cuando por 
depresión se convirtió en grandes islas separadas, habrán 
subsistido muchos individuos de la misma especie en cada 
isla; el cruzamiento en los límites de la extensión ocupada por 
cada nueva especie habrá quedado impedido; después de 
cambios físicos de cualquier clase, la inmigración habrá 
estado evitada, de modo que los nuevos puestos en la 
economía de cada isla habrán tenido que ser ocupados 
mediante la modificación de los antiguos habitantes, y habrá 
habido tiempo para que se modificasen y perfeccionasen bien 
las variedades en cada isla. Al convertirse, por nueva 
elevación, las islas otra vez en un territorio continental, habrá 
habido de nuevo competencia rigurosísima; las variedades 
más favorecidas o perfeccionadas habrán podido extenderse, 
se habrán extinguido muchas de las formas menos 
perfeccionadas, y las relaciones numéricas entre los diferentes 
habitantes del continente reconstituido habrán cambiado de 
nuevo, y de nuevo habrá habido un campo favorable para que 
la selección natural perfeccione todavía más los habitantes y 
produzca de este modo nuevas especies. 

Que la selección natural obra generalmente con extrema 
lentitud, lo admito por completo. Sólo puede obrar cuando en 


153 



la economía natural de una región haya puestos que puedan 
estar mejor ocupados mediante la modificación de algunos de 
los habitantes que en ella viven. La existencia de tales puestos 
dependerá con frecuencia de cambios físicos, que 
generalmente se verifican con gran lentitud, y de que sea 
impedida la inmigración de formas mejor adaptadas. A 
medida que algunos de los antiguos habitantes se modifiquen, 
las relaciones mutuas de los otros, muchas veces quedarán 
perturbadas, y esto creará nuevos puestos a punto para ser 
ocupados por formas mejor adaptadas; pero todo esto se 
efectuará muy lentamente. Aunque todos los individuos de la 
misma especie difieren entre sí en algún pequeño grado, con 
frecuencia habría de pasar mucho tiempo antes de que 
pudiesen presentarse, en las diversas partes de la 
organización, diferencias de naturaleza conveniente. Con 
frecuencia, el cruzamiento libre tiene que retardar mucho el 
resultado. Muchos dirán que estas diferentes causas son muy 
suficientes para neutralizar el poder de la selección natural: 
no lo creo así. Lo que creo es que la selección natural obrará, 
en general, con mucha lentitud, y sólo con largos intervalos y 
sólo sobre algunos de los habitantes de la misma región. Creo 
además que estos lentos e intermitentes resultados 
concuerdan bien con lo que la Geología nos dice acerca de la 
velocidad y manera como han cambiado los seres que habitan 
la tierra. 

Por lento que pueda ser el proceso de selección, si el 
hombre, tan débil, es capaz de hacer mucho por selección 
artificial, no puedo ver ningún límite para la cantidad de 
variación, para la belleza y complejidad de las adaptaciones de 
todos los seres orgánicos entre sí, o con sus condiciones 
físicas de vida, que pueden haber sido realizadas, en el largo 
transcurso de tiempo, mediante el poder de la selección de la 
naturaleza; esto es: por la supervivencia de los más adecuados. 


154 



Extinción producida por selección natural. 

Este asunto será discutido con mayor amplitud en el 
capítulo sobre Geología; pero hay que aludir a él en este lugar, 
por estar íntimamente relacionado con la selección natural. 
La selección natural obra sólo mediante la conservación de 
variaciones en algún modo ventajosas, y que, por 
consiguiente, persisten. Debido a la elevada progresión 
geométrica de aumento de todos los seres vivientes, cada 
territorio está ya provisto por completo de habitantes, y de 
esto se sigue que, del mismo modo que las formas favorecidas 
aumentan en número de individuos, así también las menos 
favorecidas, generalmente disminuirán y llegarán a ser raras. 
La rareza, según la Geología nos enseña, es precursora de la 
extinción. Podemos ver que toda forma que esté representada 
por pocos individuos corre mucho riesgo de extinción 
completa durante las grandes fluctuaciones en la naturaleza 
de las estaciones, o por un aumento temporal en el número de 
sus enemigos. Pero podemos ir más lejos todavía; pues, como 
se producen nuevas formas, muchas formas viejas tienen que 
extinguirse, a menos que admitamos que el número de 
formas específicas puede ir aumentando indefinidamente. Y 
que el número de formas específicas no ha aumentado 
indefinidamente, nos lo enseña claramente la Geología; e 
intentaremos ahora demostrar cómo es que el número de 
especies en el mundo no ha llegado a ser 
inconmensurablemente grande. 

Hemos visto que las especies que son más numerosas en 
individuos tienen las mayores probabilidades de producir 
variaciones favorables en un espacio de tiempo dado. 
Tenemos pruebas de esto en los hechos manifestados en el 
capítulo segundo, que demuestran que las especies comunes y 
difundidas, o predominantes, son precisamente las que 
ofrecen el mayor número de variedades registradas. De aquí 


155 



que las especies raras se modificarán y perfeccionarán con 
menor rapidez en un tiempo dado y, por consiguiente, serán 
derrotadas en la lucha por la vida por los descendientes 
modificados y perfeccionados de las especies más comunes. 

De estas diferentes consideraciones creo que se sigue 
inevitablemente que, a medida que en el transcurso del 
tiempo se forman por selección natural especies nuevas, otras 
se irán haciendo más y más raras, y, por último, se 
extinguirán. Las formas que están en competencia más 
inmediata con las que experimentan modificación y 
perfeccionamiento sufrirán, naturalmente, más; y hemos visto 
en el capítulo sobre la lucha por la existencia que las formas 
más afines —variedades de la misma especie y especies del 
mismo género o de géneros próximos— son las que, por tener 
casi la misma estructura, constitución y costumbres, entran 
generalmente en competencia mutua la más rigurosa. En 
consecuencia, cada nueva variedad o especie, durante su 
proceso de formación, luchará con la mayor dureza con sus 
parientes más próximos y tenderá a exterminarlos. Vemos 
este mismo proceso de exterminio en nuestras producciones 
domésticas por la selección de formas perfeccionadas hecha 
por el hombre. Podrían citarse muchos ejemplos curiosos que 
muestran la rapidez con que nuevas castas de ganado vacuno, 
ovejas y otros animales y nuevas variedades de flores 
reemplazan a las antiguas e inferiores. Se sabe históricamente 
que en Yorkshire el antiguo ganado vacuno negro fue 
desalojado por el long-horn, y éste fue «barrido por el short- 
horn» —cito las palabras textuales de un agrónomo— «como 
por una peste mortal». 

Divergencia de caracteres. 

El principio que he designado con estos términos es de 
suma importancia y explica, a mi parecer, diferentes hechos 


156 



importantes. En primer lugar, las variedades, aun las muy 
marcadas, aunque tengan algo de carácter de especies —como 
lo demuestran las continuas dudas, en muchos casos, para 
clasificarlas—, difieren ciertamente mucho menos entre sí 
que las especies verdaderas y distintas. Sin embargo, en mi 
opinión, las variedades son especies en vías de formación o, 
como las he llamado, especies incipientes. ¿De qué modo, 
pues, la diferencia pequeña que existe entre las variedades 
aumenta hasta convertirse en la diferencia mayor que hay 
entre las especies? Que esto ocurre habitualmente debemos 
inferirlo de que en toda la naturaleza la mayor parte de las 
innumerables especies presenta diferencias bien marcadas, 
mientras que las variedades —los supuestos prototipos y 
progenitores de futuras especies bien marcadas— presentan 
diferencias ligeras y mal definidas. Simplemente, la suerte, 
como podemos llamarla, pudo hacer que una variedad 
difiriese en algún carácter de sus progenitores y que la 
descendencia de esta variedad difiera de ésta precisamente en 
el mismo carácter, aunque en grado mayor; pero esto solo no 
explicaría nunca una diferencia tan habitual y grande como la 
que existe entre las especies del mismo género. 

Siguiendo mi costumbre, he buscado alguna luz sobre este 
particular en las producciones domésticas. Encontraremos en 
ellas algo análogo. Se admitirá que la producción de razas tan 
diferentes como el ganado vacuno short-horn y el de 
Hereford, los caballos de carrera y de tiro, las diferentes razas 
de palomas, etc., no pudo efectuarse en modo alguno por la 
simple acumulación casual de variaciones semejantes durante 
muchas generaciones sucesivas. En la práctica llama la 
atención de un cultivador una paloma con el pico ligeramente 
más corto; a otro criador llama la atención una paloma con el 
pico un poco más largo, y —según el principio conocido de 
que «los criadores no admiran ni admirarán un tipo medio. 


157 



sino que les gustan los extremos»— ambos continuarán, 
como positivamente ha ocurrido con las sub-razas de la 
paloma volteadora, escogiendo y sacando crías de los 
individuos con pico cada vez más largo y con pico cada vez 
más corto. Más aún: podemos suponer que, en un período 
remoto de la historia, los hombres de una nación o país 
necesitaron los caballos más veloces, mientras que los de otro 
necesitaron caballos más fuertes y corpulentos. Las primeras 
diferencias serían pequeñísimas; pero en el transcurso del 
tiempo, por la selección continuada de caballos más veloces 
en un caso, y más fuertes en otro, las diferencias se harían 
mayores y se distinguirían como formando dos sub-razas. Por 
último, después de siglos, estas dos sub-razas llegarían a 
convertirse en dos razas distintas y bien establecidas. Al 
hacerse mayor la diferencia, los individuos inferiores con 
caracteres intermedios, que no fuesen ni muy veloces ni muy 
corpulentos, no se utilizarían para la cría y, de este modo, han 
tendido a desaparecer. Vemos, pues, en las producciones del 
hombre la acción de lo que puede llamarse el principio de 
divergencia, produciendo diferencias, primero apenas 
apreciables, que aumentan continuamente, y que las razas se 
separan, por sus caracteres, unas de otras y también del 
tronco común. 

Pero podría preguntarse: ¿cómo puede aplicarse a la 
naturaleza un principio análogo? Creo que puede aplicarse, y 
que se aplica muy eficazmente —aun cuando pasó mucho 
tiempo antes de que yo viese cómo—, por la simple 
circunstancia de que cuanto más se diferencian los 
descendientes de una especie cualquiera en estructura, 
constitución y costumbres, tanto más capaces serán de ocupar 
muchos y más diferentes puestos en la economía de la 
naturaleza, y así podrán aumentar en número. 

Podemos ver esto claramente en el caso de animales de 


158 



costumbres sencillas. Tomemos el caso de un cuadrúpedo 
carnívoro cuyo número de individuos haya llegado desde 
hace tiempo al promedio que puede mantenerse en un país 
cualquiera. Si se deja obrar a su facultad natural de aumento, 
este animal sólo puede conseguir aumentar —puesto que el 
país no experimenta cambio alguno en sus condiciones— 
porque sus descendientes que varíen se apoderen de los 
puestos actualmente ocupados por otros animales: unos, por 
ejemplo, por poder alimentarse de nuevas clases de presas, 
muertas o vivas; otros, por habitar nuevos parajes, trepar a los 
árboles o frecuentar el agua, y otros, quizá por haberse hecho 
menos carnívoros. Cuanto más lleguen a diferenciarse en 
costumbres y conformación los descendientes de nuestros 
animales carnívoros, tantos más puestos serán capaces de 
ocupar. 

Lo que se aplica a un animal se aplicará en todo tiempo a 
todos los animales, dado que varíen, pues, en otro caso, la 
selección natural no puede hacer nada. 

Lo mismo ocurrirá con las plantas. Se ha demostrado 
experimentalmente que si se siembra una parcela de terreno 
con una sola especie de gramínea, y otra parcela semejante 
con varios géneros distintos de gramíneas, se puede obtener 
en este último caso un peso mayor de hierba seca que en el 
primero. Se ha visto que este mismo resultado subsiste 
cuando se han sembrado en espacios iguales de tierra una 
variedad y varias variedades mezcladas de trigo. De aquí que 
si una especie cualquiera de gramínea fuese variando, y fuesen 
seleccionadas constantemente las variedades que difiriesen 
entre sí del mismo modo —aunque en grado ligerísimo— que 
difieren las distintas especies y géneros de gramíneas, un gran 
número de individuos de esta especie, incluyendo sus 
descendientes modificados, conseguiría vivir en la misma 
parcala de terreno. Y sabemos que cada especie y cada 


159 



variedad de gramínea da anualmente casi innumerables 
simientes, y está de este modo, por decirlo así, esforzándose 
hasta lo sumo por aumentar en número de individuos. En 
consecuencia, en el transcurso de muchos miles de 
generaciones, las variedades más diferentes de una especie de 
gramínea tendrían las mayores probabilidades de triunfar y 
aumentar el número de sus induviduos y de suplantar así a las 
variedades menos diferentes; y las variedades, cuando se han 
hecho muy diferentes entre sí, alcanzan la categoría de 
especies. 

La verdad del principio de que la cantidad máxima de vida 
puede ser sostenida mediante una gran diversidad de 
conformaciones se ve en muchas circunstancias naturales. En 
una región muy pequeña, en especial si está por completo 
abierta a la inmigración, donde la contienda entre individuo e 
individuo tiene que ser severísima, encontramos siempre gran 
diversidad en sus habitantes. Por ejemplo: he observado que 
un pedazo de césped, cuya superficie era de tres pies por 
cuatro, que había estado expuesto durante muchos años 
exactamente a las mismas condiciones, contenía veinte 
especies de plantas, y éstas pertenecían a diez y ocho géneros 
y a ocho órdenes; lo que demuestra lo mucho que estas 
plantas diferían entre sí. Lo mismo ocurre con las plantas e 
insectos en las islas pequeñas y uniformes, y también en las 
charcas de agua dulce. Los agricultores observan que pueden 
obtener más productos mediante una rotación de plantas 
pertenecientes a órdenes los más diferentes: la naturaleza 
sigue lo que podría llamarse una rotación simultánea. La 
mayor parte de los animales o plantas que viven alrededor de 
un pequeño pedazo de terreno podrían vivir en él— 
suponiendo que su naturaleza no sea, de algún modo, 
extraordinaria—, y puede decirse que están esforzándose, 
hasta lo sumo, para vivir allí; pero se ve que, cuando entran en 


160 



competencia más viva, las ventajas de la diversidad de 
estructura, junto con las diferencias de costumbres y 
constitución que las acompañan, determinan el que los 
habitantes que de este modo pugnaron empeñadamente 
pertenezcan, por regla general, a lo que llamamos géneros y 
órdenes diferentes. 

El mismo principio se observa en la naturalización de 
plantas, mediante la acción del hombre, en países extranjeros. 
Podía esperarse que las plantas que consiguieron llegar a 
naturalizarse en un país cualquiera tenían que haber sido, en 
general, muy afines de las indígenas, pues éstas, por lo 
común, son consideradas como especialmente creadas y 
adaptadas para su propio país. También quizá podría 
esperarse que las plantas naturalizadas hubiesen pertenecido a 
un corto número de grupos más especialmente adaptados a 
ciertos parajes en sus nuevas localidades. Pero el caso es muy 
otro; y Alph. de Candolle ha hecho observar acertadamente, 
en su grande y admirable obra, que las floras, en proporción 
al número de géneros y especies indígenas, aumentan, por 
naturalización, mucho más en nuevos géneros que en nuevas 
especies. Para dar un solo ejemplo: en la última edición del 
Manual ofthe Flora ofthe Northern United States, del doctor 
Asa Cray, se enumeran 260 plantas naturalizadas, y éstas 
pertenecen a 162 géneros. Vemos en este caso que estas 
plantas naturalizadas son de naturaleza sumamente diversa. 
Además, difieren mucho de las plantas indígenas, pues de los 
162 géneros naturalizados, no menos de cien géneros no son 
indígenas allí, y de este modo se ha añadido un número 
relativamente grande a los géneros que viven actualmente en 
los Estados Unidos. 

Considerando la naturaleza de las plantas y animales que 
en un país han luchado con buen éxito con los indígenas y 
que han llegado a aclimatarse en él, podemos adquirir una 


161 



tosca idea del modo como algunos de los seres orgánicos 
indígenas tendrían que modificarse para obtener ventaja 
sobre sus compatriotas, o podemos, por lo menos, inferir qué 
diversidad de conformación, llegando hasta nuevas 
diferencias genéricas, les sería provechosa. 

La ventaja de la diversidad de estructura en los habitantes 
de una misma región es, en el fondo, la misma que la de la 
división fisiológica del trabajo en los órganos de un mismo 
individuo, asunto tan bien dilucidado por Milne Edwards. 
Ningún fisiólogo duda de que un estómago adaptado a digerir 
sólo materias vegetales, o sólo carne, saca más alimento de 
estas substancias. De igual modo, en la economía general de 
un país, cuanto más extensa y perfectamente diversificados 
para diferentes costumbres estén los animales y plantas, tanto 
mayor será el número de individuos que puedan mantenerse. 
Un conjunto de animales cuyos organismos sean poco 
diferentes apenas podría competir con otro de organismos 
más diversificados. Puede dudarse, por ejemplo, si los 
marsupiales australianos, que están divididos en grupos que 
difieren muy poco entre sí y que, como Mr. Waterhouse y 
otros autores han hecho observar, representan débilmente a 
nuestros carnívoros, rumiantes y roedores, podrían competir 
con buen éxito con estos órdenes bien desarrollados. En los 
mamíferos australianos vemos el proceso de diversificación 
en un estado de desarrollo primitivo e incompleto. 

Efectos probables de la acción de la selección natural, mediante 
divergencia de caracteres y extinción, sobre los descendientes de 

un antepasado común. 

Después de la discusión precedente, que ha sido muy 
condensada, podemos admitir que los descendientes 
modificados de cualquier especie prosperarán tanto mejor 
cuanto más diferentes lleguen a ser en su conformación y 


162 



sean de este modo capaces de usurpar los puestos ocupados 
por otros seres. Veamos ahora cómo tiende a obrar este 
principio de las ventajas que se derivan de las diferencias de 
caracteres, combinado con los principios de la selección 
natural y de la extinción. 


163 



inx 



164 














































« 


El cuadro adjunto nos ayudará a comprender este asunto, 
algo complicado. Supongamos que las letras A a L 
representan las especies de un género grande en su propio 
país; se supone que estas especies se asemejan entre sí en 
grados desiguales, como ocurre generalmente en la naturaleza 
y como está representado en el cuadro, por estar las letras a 
distancias desiguales. He dicho un género grande porque, 
como vimos en el capítulo segundo, en proporción, varían 
más especies en los géneros grandes que en los géneros 
pequeños, y las especies que varían pertenecientes a los 
géneros grandes presentan un número mayor de variedades. 
Hemos visto también que las especies más comunes y 
difundidas varían más que las especies raras y limitadas. Sea A 
una especie común muy difundida y variable, perteneciente a 
un género grande en su propia región. Las líneas de puntos 
ramificados y divergentes de longitudes desiguales, 
procedentes de A, pueden representar su variable 
descendencia. Se supone que las variaciones son bgerísimas, 
pero de la más diversa naturaleza; no se supone que todas 
aparezcan simultáneamente, sino, con frecuencia, tras largos 
intervalos de tiempo; ni tampoco se supone que persistan 
durante períodos iguales. Sólo las variaciones que sean en 
algún modo ventajosas serán conservadas o naturalmente 
seleccionadas. Y en este caso aparece la importancia del 
principio de la ventaja derivada de la divergencia de 
caracteres, pues esto llevará, en general, a que se conserven y 
acumulen por selección natural las variaciones más diferentes 
o divergentes, representadas por las líneas de puntos más 
externas. Cuando una línea de puntos llega a una de las líneas 
horizontales y está allí marcada con una letra minúscula con 
número, se supone que se ha acumulado una cantidad 
suficiente de variación para constituir una variedad bien 


165 


marcada; tanto, que se la juzgaría digna de ser registrada en 
una obra sistemática. 

Los intervalos entre las líneas horizontales del cuadro 
puede representar cada uno un millar de generaciones o más. 
Después de un millar de generaciones se supone que la 
especie A ha producido dos variedades perfectamente 
marcadas, que son y m^. Estas dos variedades estarán, por 
lo general, sometidas todavía a las mismas condiciones que 
hicieron variar a sus antepasados, y la tendencia a la 
variabilidad es en sí misma hereditaria; por consiguiente, 
tenderán también a variar, y, por lo común, casi del mismo 
modo que lo hicieron sus padres. Es más: estas dos 
variedades, como son sólo formas ligeramente modificadas, 
tenderán a heredar las ventajas que hicieron a su tronco 
común A más numeroso que la mayor parte de los otros 
habitantes de la misma región; participarán ellas también de 
aquellas ventajas más generales que hicieron del género a que 
perteneció la especie madre A un género grande en su propia 
región, y todas estas circunstancias son favorables a la 
producción de nuevas variedades. 

Si estas dos variedades son, pues, variables, las más 
divergentes de sus variaciones se conservarán, por lo común, 
durante las mil generaciones siguientes. Y después de este 
intervalo se supone que la variedad del cuadro ha 
producido la variedad a^, que, debido al principio de la 
divergencia, diferirá más de A que difirió la variedad a\ La 
variedad se supone que ha producido dos variedades, a 
saber: y s^, que difieren entre sí y aun más de su 

antepasado común A. Podemos continuar el proceso, por 
grados semejantes, durante cualquier espacio de tiempo: 
produciendo algunas de las variedades después de cada millar 
de generaciones sólo una variedad, pero de condición cada 


166 



vez más modificada; produciendo otras, dos o tres variedades, 
y no consiguiendo otras producir ninguna. De este modo, las 
variedades o descendientes modificados del tronco común A 
continuarán, en general, aumentando en número y 
divergiendo en caracteres. En el cuadro, el proceso está 
representado hasta la diezmilésima generación, y en una 
forma condensada y simplificada, hasta la catorcemilésima 
generación. 

Pero he de hacer observar aquí que no supongo yo que el 
proceso continúe siempre tan regularmente como está 
representado en el cuadro —aunque éste es ya algo irregular 
—, ni que se desarrolle sin interrupción; es mucho más 
probable que cada forma permanezca inalterable durante 
largos períodos y experimente después otra vez modificación. 
Tampoco supongo que las variedades más divergentes, 
invariablemente se conserven; con frecuencia, una forma 
media puede durar mucho tiempo y puede o no producir más 
de una forma descendiente modificada; pues la selección 
natural obra según la naturaleza de los puestos que estén 
desocupados, u ocupados imperfectamente, por otros seres, y 
esto dependerá de relaciones infinitamente complejas. Pero, 
por regla general, cuanto más diferente pueda hacerse la 
conformación de los descendientes de una especie, tantos más 
puestos podrán apropiarse y tanto más aumentará su 
descendencia modificada. En nuestro cuadro, la línea de 
sucesión está interrumpida a intervalos regulares por letras 
minúsculas con número, que señalan las formas sucesivas que 
han llegado a ser lo bastante distintas para ser registradas 
como variedades. Pero estas interrupciones son imaginarias y 
podrían haberse puesto en cualquier punto después de 
intervalos suficientemente largos para permitir la 
acumulación de una considerable variación divergente. 

Como todos los descendientes modificados de una especie 


167 



común y muy difundida perteneciente a un género grande, 
tenderán a participar de las mismas ventajas que hicieron a 
sus padres triunfar en la vida, continuarán generalmente 
multiplicándose en número, así como también divergiendo 
en caracteres: esto está representado en el cuadro por las 
varias ramas divergentes que parten de A. La descendencia 
modificada de las ramas más modernas y más perfeccionadas 
de las líneas de descendencia probablemente ocuparán con 
frecuencia el lugar de las ramas más antiguas y menos 
perfeccionadas, destruyéndolas así, lo que está representado 
en el cuadro por alguna de las ramas inferiores que no alcanza 
a las líneas horizontales superiores. En algunos casos, 
indudablemente, el proceso de modificación estará limitado a 
una sola línea de descendencia, y el número de descendientes 
modificados no aumentará, aunque puede haber aumentado 
la divergencia de la modificación. Este caso estaría 
representado en el diagrama si todas las líneas que parten de 
A fuesen suprimidas, excepto la que va desde hasta al a^°. 
De este modo, el caballo de carreras inglés y el pointer inglés 
han ido evidentemente divergiendo poco a poco en sus 
caracteres de los troncos primitivos, sin que hayan dado 
ninguna nueva rama o raza. 

Se supone que, después de diez mil generaciones, la especie 
A ha producido tres formas —y — que, por haber 
divergido en los caracteres durante las generaciones sucesivas, 
habrán llegado a diferir mucho, aunque quizá desigualmente, 
unas de otras y de su tronco común. Si suponemos que el 
cambio entre dos líneas horizontales de nuestro cuadro es 
pequeñísimo, estas tres formas podrían ser todavía sólo 
variedades bien señaladas; pero no tenemos más que suponer 
que los pasos en el proceso de modificación son más 
numerosos o mayores para que estas tres formas se 
conviertan en especies dudosas o, por lo menos, en variedades 


168 



bien definidas. De este modo, el cuadro muestra los grados 
por los que las diferencias pequeñas que distinguen las 
variedades crecen hasta convertirse en las diferencias mayores 
que distinguen las especies. Continuando el mismo proceso 
durante un gran número de generaciones —como, muestra el 
cuadro de un modo condensado y simplificado—, obtenemos 
ocho especies, señaladas por las letras a descendientes 
todas de A. De este modo, creo yo, se multiplican las especies 
y se forman los géneros. 

En un género grande es probable que más de una especie 
tenga que variar. En el cuadro he supuesto que otra especie I 
ha producido por etapas análogas, después de diez mil 
generaciones, dos variedades bien caracterizadas —y —, 
o dos especies, según la intensidad del cambio que se suponga 
representada entre las líneas horizontales. Después de catorce 
mil generaciones, se supone que se han producido seis 
especies nuevas, señaladas por las letras a En todo 
género, las especies que sean ya muy diferentes entre sí 
tenderán en general a producir el mayor número de 
descendientes modificados, pues son las que tendrán más 
probabilidad de ocupar puestos nuevos y muy diferentes en la 
economía de la naturaleza; por esto, en el cuadro he escogido 
la especie extrema A y la especie casi extrema I, como las que 
han variado más y han dado origen a nuevas variedades y 
especies. Las otras nueve especies —señaladas por letras 
mayúsculas— de nuestro género primitivo pueden continuar 
dando durante períodos largos, aunque desiguales, 
descendientes no modificados, lo que se representa en el 
cuadro por las líneas de puntos que se prolongan 
desigualmente hacia arriba. 

Pero durante el proceso de modificación representado en el 
cuadro, otro de nuestros principios, el de la extinción, habrá 


169 



representado un papel importante. Como en cada país 
completamente poblado la selección natural necesariamente 
obra porque la forma seleccionada tiene alguna ventaja en la 
lucha por la vida sobre otras formas, habrá una tendencia 
constante en los descendientes perfeccionados de una especie 
cualquiera a suplantar y exterminar en cada generación a sus 
precursores y a su tronco primitivo. Para esto hay que 
recordar que la lucha será, en general, más rigurosa entre las 
formas que estén más relacionadas entre sí en costumbres, 
constitución y estructura. De aquí que todas las formas 
intermedias entre el estado primitivo y los más recientes, esto 
es, entre los estados menos perfeccionados y los más 
perfeccionados de la misma especie, así como también la 
especie madre primitiva misma, tenderán, en general, a 
extinguirse. Así ocurrirá probablemente con muchas ramas 
colaterales, que serán vencidas por ramas más modernas 
mejoradas. Sin embargo, si los descendientes mejorados de 
una especie penetran en un país distinto o se adaptan 
rápidamente a una estación nueva por completo, en la cual la 
descendencia y el tipo primitivo no entren en competencia, 
pueden ambos continuar viviendo. 

Si se admite, pues, que nuestro cuadro representa una 
cantidad considerable de modificación, la especie A y todas 
las variedades primitivas se habrán extinguido, estando 
reemplazadas por ocho especies nuevas —á — y la 
especie I estará reemplazada por seis especies nuevas —á 

Pero podemos ir aún más lejos. Las especies primitivas de 
nuestro género se suponía que se asemejaban unas a otras en 
grados desiguales, como ocurre generalmente en la 
naturaleza, siendo la especie A más próxima a B, C y D que a 
las otras especies, y la especie I más próxima a G, H, K y L que 


170 



a las otras. Se suponía también que las dos especies A e I eran 
especies comunísimas y muy difundidas, de modo que debían 
haber tenido primitivamente alguna ventaja sobre la mayor 
parte de las otras especies del género. Sus descendientes 
modificados, en número de catorce, a la catorcemilésima 
generación habrán heredado probablemente algunas ventajas; 
se habrán además modificado y perfeccionado de un modo 
diverso en cada generación, de modo que habrán llegado a 
adaptarse a muchos puestos adecuados en la economía 
natural del país. Parece, por lo tanto, sumamente probable 
que habrán ocupado los puestos, no sólo de sus antepasados 
A e I, sino también de muchas de las especies primitivas que 
eran más semejantes a sus padres, exterminándolas así. Por 
consiguiente poquísimas de las especies primitivas habrán 
transmitido descendientes a la catorcemilésima generación. 
Podemos suponer que sólo una —F— de las dos especies —E 
y F— que eran las menos afines de las otras nueve especies 
primitivas ha dado descendientes hasta esta última 
generación. 

Las nuevas especies de nuestro cuadro, que descienden de 
las once especies primitivas, serán ahora en número de 
quince. Debido a la tendencia divergente de la selección 
natural, la divergencia máxima de caracteres entre las especies 
y será mucho mayor que entre las más diferentes de las 
once especies primitivas. Las nuevas especies, además, estarán 
relacionadas entre sí de modo muy diferente. De las ocho 
descendientes de A, las tres señaladas por y estarán 

muy relacionadas por haberse separado recientemente de 
y por haberse separado en un período anterior de a^ 
serán bastante distintas de las tres especies primero 
mencionadas, y, por último, y estarán muy 

relacionadas entre sí; pero por haberse separado desde el 


171 



mismo principio del proceso de modificación serán muy 
diferentes de las otras cinco especies, y pueden constituir un 
subgénero o un género distinto. 

Los seis descendientes de I formarán dos subgéneros o 
géneros; pero como la especie primitiva I difería mucho de A, 
por estar casi en el otro extremo del género, los seis 
descendientes de I, sólo por la herencia, diferirán ya 
considerablemente de los ocho descendientes de A; pero, 
además, se supone que los dos grupos continúan divergiendo 
en direcciones distintas. Las especies intermedias —y esto es 
una consideración importantísima— que unían las especies 
primitivas A e I, exceptuando F, se han extinguido todas y no 
han dejado ningún descendiente. Por consiguiente, las seis 
especies nuevas descendientes de I y las ocho descendientes 
de A tendrán que ser clasificadas como géneros muy distintos 
y hasta como subfamilias distintas. 

Así es, a mi parecer, como dos o más géneros se originan, 
por descendencia con modificación, de dos o más especies del 
mismo género. Y las dos o más especies madres se supone que 
han descendido de una especie de un género anterior. En 
nuestro cuadro se ha indicado esto por las líneas 
interrumpidas debajo de las letras mayúsculas, líneas que por 
abajo convergen en grupos hacia un punto común; este punto 
representa una especie: el progenitor supuesto de nuestros 
diferentes subgéneros y géneros nuevos. 

Vale la pena reflexionar un momento sobre el carácter de la 
nueva especie /^, que se supone que no ha variado mucho y 
que ha conservado la forma de F sin alteración, o alterada 
sólo ligeramente. En este caso, sus afinidades con las otras 
catorce especies nuevas serán de naturaleza curiosa e 
indirecta. Por descender de una forma situada entre las 
especies madres A e I, que se suponen actualmente 


172 



extinguidas y desconocidas, será, en cierto modo, intermedia 
entre los dos grupos descendientes de estas dos especies. Pero 
como estos dos grupos han continuado divergiendo en sus 
caracteres del tipo de sus progenitores, la nueva especie/^ no 
será directamente intermedia entre ellos, sino más bien entre 
tipos de los dos grupos, y todo naturalista podrá recordar 
casos semejantes. 

Hasta ahora se ha supuesto que en el cuadro cada línea 
horizontal representa un millar de generaciones; pero cada 
una puede representar un millón de generaciones, o más, o 
puede también representar una sección de las capas sucesivas 
de la corteza terrestre, que contienen restos de seres 
extinguidos. Cuando lleguemos al capítulo sobre la Geología 
tendremos que insistir en este asunto, y creo que entonces 
veremos que el cuadro da luz sobre las afinidades de los seres 
extinguidos, que, aunque pertenezcan a los mismos órdenes, 
familias y géneros que los hoy vivientes, sin embargo, son con 
frecuencia intermedios en cierto grado entre los grupos 
existentes, y podemos explicarnos este hecho porque las 
especies extinguidas vivieron en diferentes épocas remotas, 
cuando las ramificaciones de las líneas de descendencia se 
habían separado menos. 

No veo razón alguna para limitar el proceso de 
ramificación, como queda explicado, a la formación sólo de 
géneros. Si en el cuadro suponemos que es grande el cambio 
representado por cada grupo sucesivo de líneas divergentes de 
puntos, las formas áp^^ las formas y/"^ y las formas 
i constituirán tres géneros muy distintos. Tendremos 
también dos géneros muy distintos descendientes de I, que 
diferirán mucho de los descendientes de A. Estos dos grupos 
de géneros formarán de este modo dos familias u órdenes 
distintos, según la cantidad de modificación divergente que se 


173 



suponga representada en el cuadro. Y las dos nuevas familias 
u órdenes descienden de dos especies del género primitivo, y 
se supone que éstas descienden de alguna forma desconocida 
aún más antigua. 

Hemos visto que en cada país las especies que pertenecen a 
los géneros mayores son precisamente las que con más 
frecuencia presentan variedades o especies incipientes. Esto, 
realmente, podía esperarse, pues como la selección natural 
obra mediante formas que tienen alguna ventaja sobre otras 
en la luchapor la existencia, obrará principalmente sobre 
aquellas que tienen ya alguna ventaja, y la magnitud de un 
grupo cualquiera muestra que sus especies han heredado de 
un antepasado común alguna ventaja en común. Por 
consiguiente, la lucha por la producción de descendientes 
nuevos y modificados será principalmente entre los grupos 
mayores, que están todos esforzándose por aumentar en 
número. Un grupo grande vencerá lentamente a otro grupo 
grande, lo reducirá en número y hará disminuir así sus 
probabilidades de ulterior variación y perfeccionamiento. 
Dentro del mismo grupo grande, los subgrupos más recientes 
y más perfeccionados, por haberse separado y apoderado de 
muchos puestos nuevos en la economía de la naturaleza, 
tenderán constantemente a suplantar y destruir a los 
subgrupos más primitivos y menos perfeccionados. Los 
grupos y subgrupos pequeños y fragmentarios desaparecerán 
finalmente. Mirando al porvenir podemos predecir que los 
grupos de seres orgánicos actualmente grandes y triunfantes y 
que están poco interrumpidos, o sea los que hasta ahora han 
sufrido menos extinciones, continuarán aumentando durante 
un largo período; pero nadie puede predecir qué grupos 
prevalecerán finalmente, pues sabemos que muchos grupos 
muy desarrollados en otros tiempos han acabado por 
extinguirse. Mirando aún más a lo lejos en el porvenir 


174 



podemos predecir que, debido al crecimiento continuo y 
seguro de los grupos mayores, una multitud de grupos 
pequeños llegará a extinguirse por completo y no dejará 
descendiente alguno modificado, y que, por consiguiente, de 
las especies que viven en un período cualquiera, sumamente 
pocas transmitirán descendientes a un futuro remoto. Tendré 
que insistir sobre este asunto en el capítulo sobre la 
clasificación; pero puedo añadir que, según esta hipótesis, 
poquísimas de las especies más antiguas han dado 
descendientes hasta el día de hoy; y como todos los 
descendientes de una misma especie forman una clase, 
podemos comprender cómo es que existen tan pocas clases en 
cada una de las divisiones principales de los reinos animal y 
vegetal. Aunque pocas de las especies más antiguas hayan 
dejado descendientes modificados, sin embargo, en períodos 
geológicos remotos la tierra pudo haber estado casi tan bien 
poblada como actualmente de especies de muchos géneros, 
familias, órdenes y clases. 

Sobre el grado a que tiende a progresar la organización. 

La selección natural obra exclusivamente mediante la 
conservación y acumulación de variaciones que sean 
provechosas, en las condiciones orgánicas e inorgánicas a que 
cada ser viviente está sometido en todos los períodos de su 
vida. El resultado final es que todo ser tiende a perfeccionarse 
más y más, en relación con las condiciones. Este 
perfeccionamiento conduce inevitablemente al progreso 
gradual de la organización del mayor número de seres 
vivientes, en todo el mundo. Pero aquí entramos en un asunto 
complicadísimo, pues los naturalistas no han definido, a 
satisfacción de todos, lo que se entiende por progreso en la 
organización. 

Entre los vertebrados entran en juego, evidentemente, el 


175 



grado de inteligencia y la aproximación a la conformación del 
hombre. Podría creerse que la intensidad del cambio que las 
diferentes partes y órganos experimentan en su desarrollo 
desde el embrión al estado adulto bastaría como tipo de 
comparación; pero hay casos, como el de ciertos crustáceos 
parásitos, en que diferentes partes de la estructura se vuelven 
menos perfectas, de modo que no puede decirse que el animal 
adulto sea superior a su larva. El tipo de comparación de von 
Baer parece el mejor y el de mayor aplicación: consiste en el 
grado de diferenciación de las partes del mismo ser orgánico 
—en estado adulto, me inclinaría a añadir yo— y su 
especialización para funciones diferentes o, según lo 
expresaría Milne Edwards, en el perfeccionamiento en la 
división del trabajo fisiológico. 

Pero veremos lo obscuro de este asunto si observamos, por 
ejemplo, los peces, entre los cuales algunos naturalistas 
consideran como superiores a los que, como los escualos, se 
aproximan más a los anfibios, mientras que otros naturalistas 
consideran como superiores los peces óseos comunes, o peces 
teleósteos, por cuanto son éstos los más estrictamente 
pisciformes y difieren más de las otras clases de vertebrados. 
Notamos aún más la obscuridad de este asunto fijándonos en 
las plantas, en las cuales queda naturalmente excluido por 
completo el criterio de inteligencia, y, en este caso, algunas 
botánicos consideran como superiores las plantas que tienen 
todos los órganos, como sépalos, pétalos, estambres y pistilo, 
completamente desarrollados en cada flor, mientras que otros 
botánicos, probablemente con mayor razón, consideran como 
los superiores las plantas que tienen sus diferentes órganos 
muy modificados y reducidos en número. 

Si tomamos como tipo de organización superior la 
intensidad de la diferenciación y especialización de los 
diferentes órganos en cada ser cuando es adulto —y esto 


176 



comprenderá el progreso del cerebro para los fines 
intelectuales—, la selección natural conduce evidentemente a 
este tipo, pues todos los fisiólogos admiten que la 
especialización de los órganos, en tanto en cuanto en este 
estado realizan mejor sus funciones, es una ventaja para todo 
ser, y, por consiguiente, la acumulación de variaciones que 
tiendan a la especialización está dentro del campo de acción 
de la selección natural. Por otra parte, podemos ver — 
teniendo presente que todos los seres orgánicos se están 
esforzando por aumentar en una progresión elevada y por 
apoderarse de cualquier puesto desocupado, o menos bien 
ocupado, en la economía de la naturaleza— que es por 
completo posible a la selección natural adaptar un ser a una 
situación en la que diferentes órganos sean superfinos o 
inútiles; en estos casos habría retrocesos en la escala de 
organización. En el capítulo sobre la sucesión geológica se 
discutirá más oportunamente si la organización en conjunto 
ha progresado realmente desde los períodos geológicos más 
remotos hasta hoy día. 

Pero, si todos los seres orgánicos tienden a elevarse de este 
modo en la escala, puede hacerse la objeción de ¿cómo es que, 
por todo él mundo, existen todavía multitud de formas 
inferiores, y cómo es que en todas las grandes clases hay 
formas muchísimo más desarrolladas que otras? ¿Por qué las 
formas más perfeccionadas no han suplantado ni 
exterminado en todas partes a las inferiores? Lamarck, que 
creía en una tendencia innata e inevitable hacia la perfección 
en todos los seres orgánicos, parece haber sentido tan 
vivamente esta dificultad, que fue llevado a suponer que de 
continuo se producen, por generación espontánea, formas 
nuevas y sencillas. Hasta ahora, la ciencia no ha probado la 
verdad de esta hipótesis, sea lo que fuere lo que el porvenir 
pueda revelarnos. Según nuestra teoría, la persistencia de 


177 



organismos inferiores no ofrece dificultad alguna, pues la 
selección natural, o la supervivencia de los más adecuados, no 
implica necesariamente desarrollo progresivo; saca sólo 
provecho de las variaciones a medida que surgen y son 
beneficiosas para cada ser en sus complejas relaciones de vida. 
Y puede preguntarse: ¿qué ventaja habría —en lo que 
nosotros podamos comprender— para un animálculo 
infusorio, para un gusano intestinal, o hasta para una lombriz 
de tierra, en tener una organización superior? Si no hubiese 
ventaja, la selección natural tendría que dejar estas formas sin 
perfeccionar, o las perfeccionaría muy poco, y podrían 
permanecer por tiempo indefinido en su condición inferior 
actual. Y la Geología nos dice que algunas de las formas 
inferiores, como los infusorios y rizópodos, han permanecido 
durante un período enorme casi en su estado actual. Pero 
suponer que la mayor parte de las muchas formas inferiores 
que hoy existen no ha progresado en lo más mínimo desde la 
primera aparición de la vida sería sumamente temerario, pues 
todo naturalista que haya disecado algunos de las seres 
clasificados actualmente como muy inferiores en la escala 
tiene que haber quedado impresionado por su organización, 
realmente admirable y hermosa. 

Casi las mismas observaciones son aplicables si 
consideramos los diferentes grados de organización dentro de 
uno de los grupos mayores; por ejemplo: la coexistencia de 
mamíferos y peces en los vertebrados; la coexistencia del 
hombre y el Ornithorhynchus en los mamíferos; la 
coexistencia, en los peces, del tiburón y el Amphioxus, pez 
este último que, por la extrema sencillez de su estructura, se 
aproxima a los invertebrados. Pero mamíferos y peces apenas 
entran en competencia mutua; el progreso de toda la clase de 
los mamíferos y de determinados miembros de esta clase 
hasta el grado más elevado no les llevaría a ocupar el lugar de 


178 



los peces. Los fisiólogos creen que el cerebro necesita estar 
bañado por sangre caliente para estar en gran actividad, y esto 
requiere respiración aérea; de modo que los mamíferos, 
animales de sangre caliente, cuando viven en el agua están en 
situación desventajosa, por tener que ir continuamente a la 
superficie para respirar. Entre los peces, los individuos de la 
familia de los tiburones no han de tender a suplantar al 
Amphioxus, pues éste, según me manifiesta Fritz Müller, tiene 
por único compañero y competidor, en la pobre costa arenosa 
del Brasil meridional, un anélido anómalo. Los tres órdenes 
inferiores de mamíferos, o sean los marsupiales, desdentados 
y roedores, coexisten en América del Sur en la misma región 
con numerosos monos, y probablemente hay pocos conflictos 
entre ellos. Aun cuando la organización, en conjunto, pueda 
haber avanzado y está todavía avanzando en todo el mundo, 
sin embargo, la escala presentará siempre muchos grados de 
perfección, pues el gran progreso de ciertas clases enteras, o 
de determinados miembros de cada clase, no conduce en 
modo alguno necesariamente a la extinción de los grupos con 
los cuales aquéllos no entran en competencia directa. En 
algunos casos, como después veremos, formas de 
organización inferior parece que se han conservado hasta hoy 
día por haber vivido en estaciones reducidas o peculiares, 
donde han estado sujetas a competencia menos severa y 
donde su escaso número ha retardado la casualidad de que 
hayan surgido variaciones favorables. 

Finalmente, creo que, por diferentes causas, existen todavía 
en el mundo muchas formas de organización inferior. En 
algunos casos pueden no haber aparecido nunca variaciones o 
diferencias individuales de naturaleza favorable para que la 
selección natural actúe sobre ellas y las acumule. En ningún 
caso, probablemente, el tiempo ha sido suficiente para 
permitir todo el desarrollo posible. En algunos casos ha 


179 



habido lo que podemos llamar retroceso de organización. Pero 
la causa principal estriba en el hecho de que, en condiciones 
sumamente sencillas de vida, una organización elevada no 
sería de utilidad alguna; quizá sería un positivo perjuicio, por 
ser de naturaleza más delicada y más susceptible de 
descomponerse y ser destruida. 

Considerando la primera aparición de la vida, cuando 
todos los seres orgánicos, según podemos creer, presentaban 
estructura sencillísima, se ha preguntado cómo pudieron 
originarse los primeros pasos en el progreso o diferenciación 
de partes. Míster Herbert Spencer contestaría probablemente 
que tan pronto como un simple organismo unicelular llegó, 
por crecimiento o división, a estar compuesto de diferentes 
células, o llegó a estar adherido a cualquier superficie de 
sostén, entraría en acción su ley: «que las unidades homólogas 
de cualquier orden se diferencian a medida que sus relaciones 
con las fuerzas incidentes se hacen diferentes»; pero como no 
tenemos hechos que nos guíen, la especulación sobre este 
asunto es casi inútil. Es, sin embargo, un error suponer que 
no habría lucha por la existencia, ni, por consiguiente, 
selección natural, hasta que se produjesen muchas formas: las 
variaciones de una sola especie que vive en una estación 
aislada pudieron ser beneficiosas, y de este modo todo el 
conjunto de individuos pudo modificarse, o pudieron 
originarse dos formas distintas. Pero, como hice observar 
hacia el final de la introducción, nadie debe sorprenderse de 
lo mucho que todavía queda inexplicado sobre el origen de las 
especies, si nos hacemos el cargo debido de nuestra profunda 
ignorancia sobre las relaciones de los habitantes del mundo 
en los tiempos presentes, y todavía más en las edades pasadas. 

Convergencia de caracteres. 

Míster H. C. Watson piensa que he exagerado la 


180 



importancia de la divergencia de caracteres —en la cual, sin 
embargo, parece creer— y que la convergencia, como puede 
llamarse, ha representado igualmente su papel. Si dos especies 
pertenecientes a dos géneros distintos, aunque próximos, 
hubiesen producido un gran número de formas nuevas y 
divergentes, se concibe que éstas pudieran asemejarse tanto 
mutuamente que tuviesen que ser clasificadas todas en el 
mismo género y, de este modo, los descendientes de dos 
géneros distintos convergirían en uno. Pero en la mayor parte 
de los casos sería sumamente temerario atribuir a la 
convergencia la semejanza íntima y general de estructura 
entre los descendientes modificados de formas muy 
diferentes. La forma de un cristal está determinada 
únicamente por las fuerzas moleculares, y no es sorprendente 
que substancias desemejantes hayan de tomar algunas veces la 
misma forma; pero para los seres orgánicos hemos de tener 
presente que la forma de cada uno depende de una infinidad 
de relaciones complejas, a saber: de las variaciones que han 
sufrido, debidas a causas demasiado intrincadas para ser 
indagadas; de la naturaleza de las variaciones que se han 
conservado o seleccionado —y esto depende de las 
condiciones físicas ambientes, y, en un grado todavía mayor, 
de los organismos que rodean a cada ser, y con los cuales 
entran en competencia— y, finalmente, de la herencia —que 
en sí misma es un elemento fluctuante— de innumerables 
progenitores, cada uno de los cuales ha tenido su forma, 
determinada por relaciones igualmente complejas. No es 
creíble que los descendientas de los dos organismos que 
primitivamente habían diferido de un modo señalado 
convirgiesen después tanto que llevase a toda su organización 
a aproximarse mucho a la identidad. Si esto hubiese ocurrido, 
nos encontraríamos con la misma forma, que se repetiría, 
independientemente de conexiones genéticas, en formaciones 


181 



geológicas muy separadas; y la comparación de las pruebas se 
opone a semejante admisión. 

Míster Watson ha hecho también la objeción de que la 
acción continua de la selección natural, junto con la 
divergencia de caracteres, tendería a producir un número 
indefinido de formas específicas. Por lo que se refiere a las 
condiciones puramente inorgánicas, parece probable que un 
número suficiente de especies se adaptaría pronto a todas las 
diferencias tan considerables de calor, humedad, etc.; pero yo 
admito por completo que son más importantes las relaciones 
mutuas de los seres orgánicos, y, como el número de especies 
en cualquier país va aumentando, las condiciones orgánicas 
de vida tienen que irse haciendo cada vez más complicadas. 
Por consiguiente, parece a primera vista que no hay límite 
para la diversificación ventajosa de estructura, ni, por tanto, 
para el número de especies que puedan producirse. No 
sabemos que esté completamente poblado de formas 
específicas, ni aun el territorio más fecundo: en el Cabo de 
Buena Esperanza y en Australia, donde vive un número de 
especies tan asombroso, se han aclimatado muchas plantas 
europeas, y la Geología nos muestra que el número de 
especies de conchas, desde un tiempo muy antiguo del 
período terciario, y el número de mamíferos, desde la mitad 
del mismo período, no ha aumentado mucho, si es que ha 
aumentado algo. ¿Qué es, pues, lo que impide un aumento 
indefinido en el número de especies? La cantidad de vida — 
no me refiero al número de formas específicas— mantenida 
por un territorio dependiendo tanto como depende de las 
condiciones físicas ha de tener un límite, y, por consiguiente, 
si un territorio está habitado por muchísimas especies, todas 
o casi todas estarán representadas por pocos individuos y 
estas especies estarán expuestas a destrucción por las 
fluctuaciones accidentales que ocurran en la naturaleza de las 


182 



estaciones o en el número de sus enemigos. El proceso de 
destrucción en estos casos sería rápido, mientras que la 
producción de especies nuevas tiene que ser lenta. 
Imaginémonos el caso extremo de que hubiese en Inglaterra 
tantas especies como individuos, y el primer invierno crudo o 
el primer verano seco exterminaría miles y miles de especies. 
Las especies raras —y toda especie llegará a ser rara si el 
número de especies de un país aumenta indefinidamente— 
presentarán, según el principio tantas veces explicado, dentro 
de un período dado, pocas variaciones favorables; en 
consecuencia, se retardaría de este modo el proceso de dar 
nacimiento a nuevas formas específicas. 

Cuando una especie llega a hacerse rarísima, los 
cruzamientos consanguíneos ayudarán a exterminarla; 
algunos autores han pensado que esto contribuye a explicar la 
decadencia de los bisontes en Lituania, del ciervo en Escocia y 
de los osos en Noruega, etc. Por último —y me inclino a 
pensar que éste es el elemento más importante—, una especie 
dominante que ha vencido ya a muchos competidores en su 
propia patria tenderá a extenderse y a suplantar a muchas 
otras. Alph. de Candolle ha demostrado que las especies que 
se extienden mucho tienden generalmente a extenderse 
muchísimo; por consiguiente, tenderán a suplantar y 
exterminar a diferentes especies en diferentes territorios, y de 
este modo, contendrán el desordenado aumento de formas 
específicas en el mundo. El doctor Hooker ha demostrado 
recientemente que en el extremo sudeste de Australia, donde 
evidentemente hay muchos invasores procedentes de 
diferentes partes del globo, el número de las especies 
peculiares australianas se ha reducido mucho. No pretendo 
decir qué importancia hay que atribuir a estas diferentes 
consideraciones; pero en conjunto tienen que limitar en cada 
país la tendencia a un aumento indefinido de formas 


183 



específicas. 


Resumen del capítulo. 

Si en condiciones variables de vida los seres orgánicos 
presentan diferencias individuales en casi todas las partes de 
su estructura —y esto es indiscutible—; si hay, debido a su 
progresión geométrica, una rigurosa lucha por la vida en 
alguna edad, estación o año —y esto, ciertamente, es 
indiscutible—; considerando entonces la complejidad infinita 
de las relaciones de los seres orgánicos entre sí y con sus 
condiciones de vida, que hacen que sea ventajoso para ellos 
una infinita diversidad de estructura, constitución y 
costumbres, sería un hecho el más extraordinario que no se 
hubiesen presentado nunca variaciones útiles a la prosperidad 
de cada ser, del mismo modo que se han presentado tantas 
variaciones útiles al hombre. Pero si las variaciones útiles a un 
ser orgánico ocurren alguna vez, los individuos caracterizados 
de este modo tendrán seguramente las mayores 
probabilidades de conservarse en la lucha por la vida, y, por el 
poderoso principio de la herencia, tenderán a producir 
descendientes con caracteres semejantes. A este principio de 
conservación o supervivencia de los más adecuados lo he 
llamado selección natural. Conduce este principio al 
perfeccionamiento de cada ser en relación con sus 
condiciones de vida orgánica e inorgánica, y, por 
consiguiente, en la mayor parte de los casos, a lo que puede 
ser considerado como un progreso en la organización. Sin 
embargo, las formas inferiores y sencillas persistirán mucho 
tiempo si están bien adecuadas a sus condiciones sencillas de 
vida. 

La selección natural, por el principio de que las cualidades 
se heredan a las edades correspondientes, puede modificar el 
huevo, la semilla o el individuo joven tan fácilmente como el 


184 



adulto. En muchos animales, la selección sexual habrá 
prestado su ayuda a la selección ordinaria, asegurando a los 
machos más vigorosos y mejor adaptados el mayor número 
de descendientes. La selección sexual dará también caracteres 
útiles sólo a los machos en sus luchas o rivalidades con otros 
machos, y estos caracteres; se transmitirán a un sexo, o a 
ambos sexos, según la forma de herencia que predomine. 

Si la selección natural ha obrado positivamente de este 
modo, adaptando las diferentes formas orgánicas a las 
diversas condiciones y estaciones, es cosa que tiene que 
juzgarse por el contenido general de los capítulos siguientes y 
por la comparación de las pruebas que en ellos se dan. Pero ya 
hemos visto que la selección natural ocasiona extinción, y la 
Geología manifiesta claramente el importante papel que ha 
desempeñado la extinción en la historia del mundo. La 
selección natural lleva también a la divergencia de caracteres, 
pues cuanto más difieren los seres orgánicos en estructura, 
costumbres y constitución, tanto mayor es el número que 
puede sustentar un territorio, de lo que vemos una prueba 
considerando los habitantes de cualquier región pequeña y las 
producciones aclimatadas en países extraños. Por 
consiguiente, durante la modificación de los descendientes de 
una especie y durante la incesante lucha de todas las especies 
por aumentar en número de individuos, cuanto más diversos 
lleguen a ser los descendientes, tanto más aumentarán sus 
probabilidades de triunfo en la lucha por la vida. De este 
modo, las pequeñas diferencias que distinguen las variedades 
de una misma especie tienden constantemente a aumentar 
hasta que igualan a las diferencias mayores que existen entre 
las especies de un mismo género o aun de géneros distintos. 

Hemos visto que las especies comunes, muy difundidas, 
que ocupan grandes extensiones y que pertenecen a los 
géneros mayores dentro de cada clase, son precisamente las 


185 



que más varían, y éstas tienden a transmitir a su modificada 
descendencia aquella superioridad que las hace ahora 
predominantes en su propio país. La selección natural, como 
se acaba de hacer observar, conduce a la divergencia de 
caracteres y a mucha extinción de las formas orgánicas menos 
perfeccionadas y de las intermedias. Según estos principios, 
puede explicarse la naturaleza de las afinidades y de las 
diferencias, generalmente bien definidas, que existen entre los 
innumerables seres orgánicos de cada clase en todo el mundo. 
Es un hecho verdaderamente maravilloso —lo maravilloso del 
cual propendemos a dejar pasar inadvertido por estar 
familiarizados con él— que todos los animales y todas las 
plantas, en todo tiempo y lugar, estén relacionados entre sí en 
grupos subordinados a otros grupos, del modo que 
observamos en todas partes, o sea: las variedades de una 
misma especie, muy estrechamente relacionadas entre sí; las 
especies del mismo género, menos relacionadas y de modo 
desigual, formando secciones o subgéneros; las especies de 
géneros distintos, mucho menos relacionadas; y los géneros, 
relacionados en grados diferentes, formando subfamilias, 
familias, órdenes, subclases y clases. Los diferentes grupos 
subordinados no pueden ser ordenados en una sola fila, sino 
que parecen agrupados alrededor de puntos, y éstos alrededor 
de otros puntos, y así, sucesivamente, en círculos casi 
infinitos. Si las especies hubiesen sido creadas 
independientemente, no hubiera habido explicación posible 
de este género de clasificación, que se explica mediante la 
herencia y la acción compleja de la selección natural, que 
producen la extinción y la divergencia de caracteres, como lo 
hemos visto gráficamente en el cuadro. 

Las afinidades de todos los seres de la misma clase se han 
representado algunas veces por un gran árbol. Creo que este 
ejemplo expresa mucho la verdad; las ramitas verdes y que 


186 



dan brotes pueden representar especies vivientes, y las 
producidas durante años anteriores pueden representar la 
larga sucesión de especies extinguidas. En cada período de 
crecimiento, todas las ramitas que crecen han procurado 
ramificarse por todos lados y sobrepujar y matar a los brotes y 
ramas de alrededor, del mismo modo que las especies y 
grupos de especies, en todo tiempo han dominado a otras 
especies en la gran batalla por la vida. Las ramas mayores, que 
arrancan del tronco y se dividen en ramas grandes, las cuales 
se subdividen en ramas cada vez menores, fueron en un 
tiempo, cuando el árbol era joven, ramitas que brotaban, y 
esta relación entre los brotes pasados y los presentes, 
mediante la ramificación, puede representar bien la 
clasificación de todas las especies vivientes y extinguidas en 
grupos subordinados unos a otros. 

De las muchas ramitas que florecieron cuando el árbol era 
un simple arbolillo, sólo dos o tres, convertidas ahora en 
ramas grandes, sobreviven todavía y llevan las otras ramas; de 
igual modo, de las especies que vivieron durante períodos 
geológicos muy antiguos, poquísimas han dejado 
descendientes vivos modificados. Desde el primer 
crecimiento del árbol, muchas ramas de todos tamaños se han 
secado y caído, y estas ramas caídas, de varios tamaños, 
pueden representar todos aquellos órdenes, familias y géneros 
enteros que no tienen actualmente representantes vivientes y 
que nos son conocidos tan sólo en estado fósil. Del mismo 
modo que, de vez en cuando, vemos una ramita perdida que 
sale de una ramificación baja de un árbol, y que por alguna 
circunstancia ha sido favorecida y está todavía viva en su 
punta, también de vez en cuando encontramos un animal, 
como el Ornithorhynchus o el Lepidosiren, que, hasta cierto 
punto, enlaza, por sus afinidades, dos grandes ramas de la 
vida, y que, al parecer, se ha salvado de competencia fatal por 


187 



haber vivido en sitios protegidos. Así como los brotes, por 
crecimiento, dan origen a nuevos brotes, y éstos, si son 
vigorosos, se ramifican y sobrepujan por todos lados a 
muchas ramas más débiles, así también, a mi parecer, ha 
ocurrido, mediante generación, en el gran Árbol de la Vida, 
que con sus ramas muertas y rotas llena la corteza de la tierra, 
cuya superficie cubre con sus hermosas ramificaciones, 
siempre en nueve división. 


188 



CAPÍTULO V 

Leyes de la variación. 

Efectos del cambio de condiciones.—Uso y desuso combinados con la selección 
natural.—Órganos del vuelo y de la vista.—Aclimatación.—Variación correlativa.— 
Compensación y economia del crecimiento.—Correlaciones falsas.—Las 
conformaciones múltiples, rudimentarias y de organización inferior son variables.— 
Los órganos desarrollados de un modo extraordinario son sumamente variables; los 
caracteres específicos son más variables que los genéricos; los caracteres sexuales 
secundarios son variables.—Las especies del mismo género varían de un modo 
análogo.—Reversión a caracteres perdidos desde mucho tiempo.—Resumen. 

Hasta aquí he hablado algunas veces como si las 
variaciones, tan comunes en los seres orgánicos en 
domesticidad, y en menor grado en los que se hallan en 
estado natural, fuesen debidas a la casualidad. Esto, por 
supuesto, es una expresión completamente incorrecta, pero 
sirve para confesar francamente nuestra ignorancia de las 
causas de cada variación particular. Algunos autores creen 
que el producir diferencias individuales o variaciones ligeras 
de estructura es tan función del aparato reproductor como el 
hacer al hijo semejante a sus padres. Pero el hecho de que las 
variaciones ocurran con mucha más frecuencia en 
domesticidad que en estado natural y la mayor variabilidad en 
las especies de distribución geográfica muy extensa que en las 
de distribución geográfica reducida, llevan a la conclusión de 
que la variabilidad está generalmente relacionada con las 
condiciones de vida a que ha estado sometida cada especie 
durante varias generaciones sucesivas. En el capítulo primero 
procuré demostrar que los cambios de condiciones obran de 
dos modos: directamente sobre todo el organismo, o sólo 
sobre determinados órganos, e indirectamente sobre el 
aparato reproductor. En todos los casos existen das factores: 
la naturaleza del organismo —que, de los dos, es el más 
importante— y la naturaleza de las condiciones de vida. La 
acción directa del cambio de condiciones conduce a 


189 



resultados definidos e indefinidos. En este último caso, el 
organismo parece hacerse plástico, y tenemos una gran 
variabilidad fluctuante. En el primer caso, la naturaleza del 
organismo es tal, que cede fácilmente cuando está sometida a 
determinadas condiciones, y todos o casi todos los individuos 
quedan modificados de la misma manera. 

Es dificilísimo determinar hasta qué punto el cambio de 
condiciones tales como las de clima, alimentación, etc., ha 
obrado de un modo definido. Hay motivos para creer que en 
el transcurso del tiempo los efectos han sido mayores de lo 
que puede probarse con pruebas evidentes. Pero podemos, 
seguramente, sacar la conclusión de que no pueden atribuirse 
simplemente a esta acción las complejas e innumerables 
adaptaciones mutuas de conformación entre diferentes seres 
orgánicos que vemos por toda la naturaleza. En los casos 
siguientes, las condiciones parecen haber producido algún 
ligero efecto definido. E. Eorbes afirma que las conchas, en el 
límite sur de la región que habitan y cuando viven en aguas 
poco profundas, son de colores más vivos que las de las 
mismas especies más al Norte o a mayor profundidad; pero 
esto, indudablemente, no siempre se confirma. Míster Gould 
cree que las aves de una misma especie son de colores más 
brillantes en donde la atmósfera es muy clara que cuando 
viven en la costa o en islas, y Wollaston está convencido de 
que el vivir cerca del mar influye en los colores de los 
insectos. Moquin-Tandon da una lista de plantas que cuando 
crecen cerca de la orilla del mar tienen sus hojas algo 
carnosas, a pesar de no serlo en cualquier otro sitio. Estos 
organismos que varían ligeramente son interesantes, por 
cuanto presentan caracteres análogos a los que poseen las 
especies que están limitadas a lugares de condiciones 
parecidas. 

Cuando una variación ofrece la más pequeña utilidad a un 


190 



ser cualquiera, no podemos decir cuánto hay que atribuir a la 
acción acumuladora de la selección natural y cuánto a la 
acción definida de las condiciones de vida. Así, es bien 
conocido de los peleteros que animales de una misma especie 
tienen un pelaje más abundante y mejor cuanto más al Norte 
viven; pero ¿quién puede decir qué parte de esta diferencia se 
deba a que los individuos mejor abrigados hayan sido 
favorecidos y conservados durante muchas generaciones, y 
qué parte a la crudeza del clima? Pues parece que el clima 
tiene alguna acción directa sobre el pelo de nuestros 
cuadrúpedos domésticos. 

Se podría dar ejemplos de variedades semejantes 
producidas por una misma especie en condiciones de vida 
iban diferentes como puedan concebirse, y por el contrario, 
de variedades diferentes producidas en condiciones externas 
iguales al parecer. Además, todo naturalista conoce 
innumerables ejemplos de especies que se mantienen 
constantes, esto es, que no varían en absoluto, a pesar de vivir 
en climas los más opuestos. Consideraciones tales como éstas 
me inclinan a atribuir menos importancia a la acción directa 
de las condiciones ambientes que a una tendencia a variar 
debida a causas que ignoramos por completo. 

En un cierto sentido puede decirse que las condiciones de 
vida no solamente determinan, directa o indirectamente, la 
variabilidad, sino también que comprenden la selección 
natural, pues las condiciones determinan si ha de sobrevivir 
esta o aquella variedad. Pero cuando es el hombre el agente 
que selecciona vemos claramente que los dos elementos de 
modificación son distintos: la variabilidad está, en cierto 
modo, excitada; pero es la voluntad del hombre la que 
acumula las variaciones en direcciones determinadas, y esta 
última acción es la que corresponde a la supervivencia de los 
más adecuados en estado natural. 


191 



Efectos del mayor uso y desuso de los órganos en cuanto están 
sometidos a la selección natural. 

Por los hechos referidos en el capítulo primero creo que no 
puede caber duda de que el uso ha fortalecido y desarrollado 
ciertos órganos en los animales domésticos, de que el desuso 
los ha hecho disminuir y de que estas modificaciones son 
hereditarias. En la naturaleza libre no tenemos tipo de 
comparación con que juzgar los efectos del uso y desuso 
prolongados, pues no conocemos las formas madres; pero 
muchos animales presentan conformaciones que el mejor 
modo de poderlas explicar es por los efectos del uso y desuso. 
Como ha hecho observar el profesor Owen, no existe mayor 
anomalía en la naturaleza que la de que un ave no pueda 
volar, y, sin embargo, hay varias en este estado. El Micropterus 
brachypterus^^^\ de América del Sur, puede sólo batir la 
superficie del agua, y tiene sus alas casi en el mismo estado 
que el pato doméstico de Aylesbrury; es un hecho notable el 
que los individuos jóvenes, según míster Cunningham, 
pueden volar, mientras que los adultos han perdido esta 
facultad. Como las aves grandes que encuentran su alimento 
en el suelo rara vez echan a volar, excepto para escapar del 
peligro, es probable que el no tener casi alas varias aves que 
actualmente viven, o que vivieron recientemente, en varias 
islas oceánicas donde no habita ningún mamífero de presa 
haya sido producido por el desuso. Las avestruces, es verdad, 
viven en continentes y están expuestos a peligros de los que 
no pueden escapar por el vuelo; pero pueden defenderse de 
sus enemigos a patadas, con tanta eficacia como cualquier 
cuadrúpedo. Podemos creer que el antepasado de los 
avestruces tuvo costumbres parecidas a las de la abutarda, y 
que, a medida que fueron aumentando el tamaño y peso de su 
cuerpo en las generaciones sucesivas, usó más sus patas y 
menos sus alas, hasta que llegaron a ser inservibles para el 


192 


vuelo. 

Kirby ha señalado —y yo he observado el mismo hecho— 
que los tarsos o pies anteriores de coleópteros coprófagos 
machos están frecuentemente rotos: examinó diez y siete 
ejemplares de su propia colección, y en ninguno quedaba ni 
siquiera un resto de tarso. En el Onites apelles es tan habitual 
que los tarsos estén perdidos, que el insecto ha sido descrito 
como no teniéndolos. En algunos otros géneros, los tarsos se 
presentan, pero en estado rudimentario. En el Ateuchus, o 
escarabajo sagrado de los egipcios, faltan por completo. La 
prueba de que las mutilaciones accidentales pueden ser 
heredadas actualmente no es decisiva; pero, los notables casos 
de efectos hereditarios de operaciones observados por Brown- 
Séquard en los conejillos de Indias nos obligan a ser 
prudentes en negar esta tendencia. Por consiguiente, quizá 
sea lo más seguro considerar la completa ausencia de tarsos 
anteriores en el Ateuchus y su condición rudimentaria en 
algunos otros géneros, no como casos de mutilaciones 
heredadas, sino como debidos a los efectos del prolongado 
desuso, pues, como muchos coleópteros coprófagos se 
encuentran generalmente con sus tarsos perdidos, esto tuvo 
que haber ocurrido al principio de su vida, por lo cual los 
tarsos no pueden ser de mucha importancia ni muy usados en 
estos insectos. 

En algunos casos podríamos fácilmente atribuir al desuso 
modificaciones de estructura debidas por completo o 
principalmente a la selección natural. Míster Wollaston ha 
descubierto el notable hecho de que 200 especies de 
coleópteros, entre las 550 —hoy se conocen más— que viven 
en la isla de la Madera, tienen las alas tan deficientes que no 
pueden volar, y que, de 29 géneros endémicos, nada menos 
que 23 tienen todas sus especies en este estado. Varios hechos, 
a saber: que los coleópteros, en muchas partes del mundo, son 


193 



con frecuencia arrastrados por el viento al mar y mueren; que 
los coleópteros en la isla de la Madera, según ha observado 
míster Wollaston, permanecen muy escondidos hasta que el 
viento se calma y brilla el sol; que la proporción de 
coleópteros sin alas es mayor en las Islas Desertas, expuestas a 
los vientos, que en la misma de la Madera; y especialmente, el 
hecho extraordinario, sobre el que con tanta energía insiste 
míster Wollaston, de que determinados grupos grandes de 
coleópteros, sumamente numerosos en todas partes, que 
necesitan absolutamente usar de sus alas, faltan allí casi por 
completo; todas estas varias consideraciones me hacen creer 
que la falta de alas en tantos coleópteros de la isla de la 
Madera se debe principalmente a la acción de la selección 
natural, combinada probablemente con el desuso; pues 
durante muchas generaciones sucesivas todo individuo que 
volase menos, ya porque sus alas se hubiesen desarrollado un 
poco menos perfectamente, ya por su condición indolente, 
habrá tenido las mayores probabilidades de sobrevivir, por no 
ser arrastrado por el viento del mar, y, por el contrario, 
aquellos coleópteros que más fácilmente emprendiesen el 
vuelo tendrían que haber sido con más frecuencia arrastrados 
al mar por el viento, y de este modo destruidos. 

Los insectos de la isla de la Madera que no encuentran su 
alimento en el suelo y que, como ciertos coleópteros y 
lepidópteros que se alimentan de las flores, tienen que usar 
habitualmente sus alas para conseguir su sustento, según 
sospecha míster Wollaston, no tienen sus alas en modo 
alguno reducidas, sino incluso más desarrolladas. Esto es 
perfectamente compatible con la selección natural, pues 
cuando un nuevo insecto llegó por vez primera a una isla, la 
tendencia de la selección natural a desarrollar o reducir las 
alas dependería de que se salvase un número mayor de 
individuos luchando felizmente con los vientos, o desistiendo 


194 



de intentarlo y volando raras veces o nunca. Es lo que ocurre 
con los marineros que naufragan cerca de una casta: habría 
sido mejor para los buenos nadadores el haber podido nadar 
todavía más, mientras que habría sido mejor para los malos 
nadadores el que no hubiesen sabido nadar en absoluto y se 
hubiesen agarrado tenazmente a los restos del naufragio. 

Los ojos de los topos y de algunos roedores minadores son 
rudimentarios por su tamaño, y en algunos casos están por 
completo cubiertos por piel y pelos. Este estado de los ojos se 
debe probablemente a reducción gradual por desuso, aunque 
ayudada quizá por selección natural. En América del Sur, un 
roedor minador, el tuco-tuco, o Ctenomys, es en sus 
costumbres aún más subterráneo que el topo, y me aseguró 
un español, que los había cazado muchas veces, que con 
frecuencia eran ciegos. Un ejemplar que conservé vivo se 
encontraba positivamente en este estado, habiendo sido la 
causa, según se vio en la disección, la inflamación de la 
membrana nictitante. Como la inflamación frecuente de los 
ojos tiene que ser perjudicial a cualquier animal, y como los 
ojos, seguramente, no son necesarios a los animales que 
tienen costumbres subterráneas, una reducción en el tamaño, 
unida a la adherencia de los párpados y al crecimiento de pelo 
sobre ellos, pudo en este caso ser una ventaja, y, si es así, la 
selección natural ayudaría a los efectos del desuso. 

Es bien conocido que son ciegos varios animales 
pertenecientes a clases las más diferentes que viven en las 
grutas de Carniola y de Kentucky. En algunos de los 
crustáceos, el pedúnculo subsiste, aun cuando el ojo ha 
desaparecido; el pie para el telescopio está allí, pero el 
telescopio, con sus lentes, ha desaparecido. Como es difícil 
imaginar que los ojos, aunque sean inútiles, puedan ser en 
modo alguno perjudiciales a los animales que viven en la 
obscuridad, su pérdida ha de atribuirse al desuso. En uno de 


195 



los animales ciegos, la rata de mina (Neotoma), dos 
ejemplares del cual fueron capturados por el profesor 
Silliman a una media milla de distancia de la entrada de la 
cueva, y, por consiguiente, no en las mayores profundidades, 
los ojos eran lustrosos y de gran tamaño, y estos animales, 
según me informa el profesor Silliman, después de haber 
estado sometidos durante un mes aproximadamente a luz 
cada vez más intensa, adquirieron una confusa percepción de 
los objetos. 

Es difícil imagrinar condiciones de vida más semejantes 
que las de las cavernas profundas de caliza de climas casi 
iguales; de modo que, según la antigua teoría de que los 
animales ciegos han sido creados separadamente para las 
cavernas de América y de Europa, habría de esperarse una 
estrecha semejanza en la organización y afinidades entre ellos. 
Pero no ocurre así, ciertamente, si nos fijamos en el conjunto 
de ambas faunas; y por lo que se refiere sólo a los insectos, 
Schiódte ha hecho observar: «No podemos, pues, considerar 
la tortalidad del fenómeno de otro modo que como una cosa 
puramente local, y la semejanza que se manifiesta entre 
algunas formas de la Cueva del Mamut, en Kentucky, y de las 
cuevas de Carniola, más que como una sencillísima expresión 
de la analogía que existe, en general, entre la fauna de Europa 
y la de la América del Norte». En mi opinión, tenemos que 
suponer que los animales de América dotados en la mayor 
parte de los casos de vista ordinaria emigraron lentamente, 
mediante generaciones sucesivas, desde el mundo exterior, a 
lugares cada vez más profundos de las cuevas de Kentucky, 
como lo hicieron los animales europeos en las cuevas de 
Europa. Tenemos algunas pruebas de esta gradación de 
costumbres, pues, como observa Schiódte: «Consideramos, 
pues, las faunas subterráneas como pequeñas ramificaciones, 
que han penetrado en la tierra, procedentes de las faunas 


196 



geográficamente limitadas de las comarcas adyacentes, y que 
a medida que se extendieron en la obscuridad se han 
acomodado a las circunstancias que las rodean. Animales no 
muy diferentes de las formas ordinarias preparan la 
transición de la luz a la obscuridad. Siguen luego los que están 
conformados para media luz, y, por último, los destinados a la 
obscuridad total, y cuya conformación es completamente 
peculiar». Estas observaciones de Schiódte, entiéndase bien, 
no se refieren a una misma especie, sino a especies distintas. 
Cuando un animal ha llegado, después de numerosas 
generaciones, a los rincones más profundos, el desuso, según 
esta opinión, habrá atrofiado más o menos completamente 
sus ojos, y muchas veces la selección natural habrá efectuado 
otros cambios, como un aumento en la longitud de las 
antenas o palpos, como compensación de la ceguedad. A 
pesar de estas modificaciones, podíamos esperar el ver 
todavía en los animales cavernícolos de América afinidades 
con los otros habitantes de aquel continente, y en los de 
Europa, afinidades con los habitantes del continente europeo; 
y así ocurre con algunos de los animales cavernícolas de 
América, según me dice el profesor Dana, y algunos de los 
insectos cavernícolas de Europa son muy afines a los del país 
circundante. Según la opinión común de su creación 
independiente, sería difícil dar una explicación racional de las 
afinidades de los animales cavernícolas ciegos con los demás 
habitantes de los dos continentes. Por la relación, bien 
conocida, de la mayor parte de las.producciones podíamos 
esperar que serían muy afines algunos de los habitantes de las 
cuevas del mundo antiguo y del nuevo. Como una especie 
ciega de Bathyscia se encuentra en abundancia en rocas 
sombrías lejos de las cuevas, la pérdida de la vista en las 
especies cavernícolas de este género no ha tenido, 
probablemente, relación con la obscuridad del lugar en que 


197 



viven, pues es natural que un insecto privado ya de vista tenga 
que adaptarse fácilmente a las obscuras cavernas. Otro género 
ciego, Anophthalmus, ofrece, según hace observar míster 
Murray, la notable particularidad de que sus especies no se 
han encontrado todavía en ninguna otra parte más que en las 
cuevas; además, las que viven en las diferentes cuevas de 
Europa y América son distintas; pero es posible que los 
progenitores de estas diferentes especies, cuando estaban 
provistos de ojos, pudieron extenderse por ambos continentes 
y haberse extinguido después, excepto en los retirados lugares 
donde actualmente viven. Lejos de experimentar sorpresa 
porque algunos de los animales cavernícolas sean muy 
anómalos —como ha hecho observar Agassiz respecto del pez 
ciego, el Amblyopsis, o como ocurre en el Proteus, ciego 
también, comparándolo con los reptiles^^^^ de Europa—, me 
sorprende sólo que no se hayan conservado más restos de la 
vida antigua, debido a la competencia menos severa a que 
habrán estado sometidos los escasos habitantes de estas 
obscuras moradas. 

Aclimatación. 

Es hereditaria en las plantas la costumbre en la época de 
florecer, en el tiempo de sueño, en la cantidad de lluvia 
necesaria para que germinen las semillas, etc., y esto me 
conduce a decir algunas palabras sobre la aclimatación. Es 
muy frecuente que especies distintas pertenecientes al mismo 
género habiten en países cálidos y fríos; y si es verdad que 
todas las especies del mismo género descienden de una sola 
forma madre, la aclimatación hubo de llevarse a cabo 
fácilmente durante una larga serie de generaciones. Es notorio 
que cada especie está adaptada al clima de su propia patria: las 
especies de una región templada no pueden resistir un clima 
tropical, y viceversa; del mismo modo, además, muchas 


198 


plantas crasas no pueden resistir un clima húmedo; pero se 
exagera muchas veces el grado de adaptación de las especies a 
los climas en que viven. Podemos deducir esto de la 
imposibilidad en que nos encontramos con frecuencia de 
predecir si una planta importada resistirá o no nuestro clima, 
y del gran número de plantas y animales traídos de diferentes 
países, que viven aquí con perfecta salud. 

Tenemos motivos para creer que las especies en estado 
natural están estrictamente limitadas a las regiones que 
habitan por la competencia de otros seres orgánicos, tanto o 
más que por la adaptación a climas determinados. Pero, sea o 
no esta adaptación muy rigurosa, en la mayor parte de los 
casos tenemos pruebas de que algunas plantas han llegado 
naturalmente a acostumbrarse, en cierta medida, a diferentes 
temperaturas, esto es, a aclimatarse; así, los pinos y 
rododendros nacidos de semillas recogidas por el doctor 
Hooker en plantas de las mismas especies que crecían a 
diferentes altitudes en el Himalaya, se ha observado que 
poseen diferente fuerza de constitución para resistir el frío. 
Míster Thwaites me informa que ha observado hechos 
semejantes en Ceilán; observaciones análogas han sido hechas 
por míster H. C. Watson en especies europeas de plantas 
traídas de las islas Azores a Inglaterra, y podría citar otros 
casos. Por lo que se refiere a los animales, podrían presentarse 
algunos ejemplos auténticos de especies que en los tiempos 
históricos han extendido mucho su distribución geográfica 
desde latitudes calientes a las frías, y viceversa; pero no 
sabemos de un modo positivo que estos animales estuviesen 
rigurosamente adaptados a sus climas primitivos, aun cuando 
en todos los casos ordinarios admitimos que así ocurre; ni 
tampoco sabemos que después se hayan aclimatado 
especialmente a sus nuevos países de tal modo que sean más 
adecuados a vivir en ellos de lo que al principio lo fueron. 


199 



Como podemos suponer que nuestros animales domésticos 
fueron primitivamente elegidos por el hombre salvaje porque 
eran útiles y porque criaban fácilmente en cautividad, y no 
porque se viese después que podían ser transportados a 
grandes distancias, la extraordinaria capacidad común a los 
animales domésticos, no sólo de resistir los climas diferentes, 
sino también de ser en ellos completamente fecundos — 
criterio éste mucho más seguro—, puede ser utilizada como 
un argumento en tavor de que un gran número de otros 
animales, actualmente en estado salvaje, podrían fácilmente 
acostumbrarse a soportar climas muy diferentes. No 
debemos, sin embargo, llevar demasiado lejos este argumento, 
teniendo en cuenta que algunos de nuestros animales 
domésticos tienen probablemente su origen en varios troncos 
salvajes; la sangre de un lobo tropical y de uno ártico pueden 
quizá estar mezcladas en nuestras razas domésticas. La rata y 
el ratón no pueden considerarse como animales domésticos, 
pero han sido transportados por el hombre a muchas partes 
del mundo y tienen hoy una distribución geográfica mucho 
mayor que cualquier otro roedor, pues viven en el frío clima 
de las islas Feroé, al Norte, y de las Falkland, al Sur, y en 
muchas islas de la zona tórrida; por consiguiente, la 
adaptación especial puede considerarse como una cualidad 
que se injerta fácilmente en una gran flexibilidad innata de 
constitución, común a la mayor parte de los animales. Según 
esta opinión, la capacidad de resistir el hombre mismo y sus 
animales domésticos los climas más diferentes, y el hecho de 
que el elefante y el rinoceronte extinguidos hayan resistido en 
otro tiempo un clima glacial, mientras que las especies 
vivientes son todas tropicales o subtropicales, no deben 
considerarse como anomalías, sino como ejemplos de una 
flexibilidad muy común de constitución, puesta en acción en 
circunstancias especiales. 


200 



Es un problema obscuro el determinar qué parte de la 
aclimatación de las especies a un clima determinado es debida 
simplemente a la costumbre, qué parte a la selección natural 
de variedades que tienen diferente constitución congénita y 
qué parte a estas dos causas combinadas. Que el hábito o 
costumbre tiene alguna influencia, he de creerlo, tanto por la 
analogía como por el consejo dado incesantemente en las 
obras de agricultura —incluso en las antiguas enciclopedias 
de China— de tener gran prudencia al transportar animales 
de un país a otro. Y como no es probable que el hombre haya 
conseguido seleccionar tantas razas y subrazas de 
constitución especialmente adecuadas para sus respectivos 
países, el resultado ha de ser debido, creo yo, a la costumbre. 
Por otra parte, la selección natural tendería inevitablemente a 
conservar aquellos individuos que naciesen con constitución 
mejor adaptada al país que habitasen. En tratados sobre 
muchas clases de plantas cultivadas se dice que determinadas 
variedades resisten mejor que otras ciertos climas; esto se ve 
de un modo llamativo en obras sobre árboles frutales 
publicadas en los Estados Un:dos, en las que se recomiendan 
habitualmente ciertas variedades para los Estados del Norte y 
otras para los del Sur; y como la mayor parte de las variedades 
son de origen reciente, no pueden deber a la costumbre sus 
diferencias de constitución. El caso de la pataca, que nunca se 
propaga en Inglaterra por la semilla, y de la cual, por 
consiguiente, no se han producido nuevas variedades, ha sido 
propuesto como prueba de que la aclimatación no puede 
realizarse, pues esta planta es ahora tan delicada como 
siempre lo fue. También el caso de la judía se ha citado 
frecuentemente con el mismo objeto y con mucho mayor 
fundamento; pero no puede decirse que el experimento haya 
sido comprobado, hasta que alguien, durante una veintena de 
generaciones, siembre judías tan temprano que una gran 


201 



parte sea destruida por el frío y recoja entonces semillas de las 
pocas plantas supervivientes, cuidando de evitar 
cruzamientos accidentales, y, con las mismas precauciones, 
obtenga de nuevo semilla de las plantas nacidas de aquellas 
semillas. Y no se suponga tampoco que no aparecen nunca 
diferencias en las plantitas de la judía, pues se ha publicado 
una nota acerca de que algunas plantitas son mucho más 
resistentes que otras, y de este hecho yo mismo he observado 
ejemplos notables. 

En general, podemos sacar la conclusión de que el hábito, o 
sea el uso y desuso, ha representado en algunos casos papel 
importante en la modificación de la constitución y estructura, 
pero que sus efectos con frecuencia se han combinado 
ampliamente con la selección natural de variaciones 
congénitas, y algunas veces han sido dominados por ella. 

Variación correlativa. 

Con esta expresión quiero decir que toda la organización 
está tan ligada entre sí durante su crecimiento y desarrollo, 
que, cuando ocurren pequeñas variaciones en algún órgano y 
son acumuladas por selección natural, otros órganos se 
modifican. Es este asunto importantísimo, conocido muy 
imperfectamente, y, sin duda, pueden confundirse fácilmente 
aquí hechos de orden completamente distintos. Veremos 
ahora que la sola herencia da muchas veces una apariencia 
falsa de correlación. 

Uno de los casos reales más evidentes es el que las 
variaciones de estructura que se originan en las larvas o en los 
jóvenes tienden naturalmente a modificar la estructura del 
animal adulto. Las diferentes partes del cuerpo que son 
homólogas, y que al principio del período embrionario son de 
estructura idéntica, y que están sometidas necesariamente a 
condiciones semejantes, parecen propender mucho a variar 


202 



del mismo modo; vemos esto en los lados derecho e izquierdo 
del cuerpo, que varían de la misma manera, en los miembros 
anteriores y posteriores, y hasta en las mandíbulas y 
miembros que varían juntos, pues algunos anatómicos creen 
que la mandíbula inferior es homóloga de los miembros. 
Estas tendencias, no lo dudo, pueden ser dominadas por la 
selección natural: así, existió una vez una familia de ciervos 
con sólo el cuerno de un lado, y si esto hubiese sido de gran 
utilidad para la casta, es probable que pudiera haber sido 
hecho permanente por selección. 

Los órganos homólogos, como ha sido señalado por 
algunos autores, tienden a soldarse, según se ve con 
frecuencia en plantas monstruosas, y nada más común que la 
unión de partes homólogas en estructuras normales, como la 
unión de los pétalos formando un tubo. Las partes duras 
parecen influir en la forma de las partes blandas contiguas; 
algunos autores creen que, en las aves, la diversidad en las 
formas de la pelvis produce la notable diversidad en las 
formas de sus riñones. Otros creen que, en la especie humana, 
la forma de la pelvis de la madre influye, por presión, en la 
forma de la cabeza del niño. En las culebras, según Schlegel, la 
forma del cuerpo y la manera de tragar determinan la 
posición y forma de algunas de las visceras más importantes. 

La naturaleza de la relación es con frecuencia 
completamente obscura. Monsieur Isid. Geoffroy Saint 
Hilaire ha señalado con insistencia que ciertas 
conformaciones anómalas coexisten con frecuencia, y otras, 
raras veces, sin que podamos señalar razón alguna. ¿Qué 
puede haber más singular que la relación que existe en los 
gatos entre la blancura completa y los ojos azules con la 
sordera, o entre la coloración mariposa y el sexo femenino; y, 
en las palomas, entre las patas calzadas y la piel que une los 
dedos externos, o entre la presencia de más o menos pelusa en 


203 



los pichones al salir del huevo y el futuro color de su plumaje; 
y también la relación entre el pelo y los dientes en el perro 
turco desnudo, aun cuando en este caso, indudablemente, la 
homología entra en juego? Por lo que se refiere a este altimo 
caso de correlación, creo que difícilmente puede ser casual el 
que los dos órdenes de mamíferos que son más anómalos en 
su envoltura dérmica, los cetáceos —ballenas, etc.— y los 
desdentados —armadillos, pangolines, etc.— sean también, 
en general, los más anómalos en la dentadura; pero hay 
tantísimas excepciones de esta regla, según ha hecho observar 
míster Mivart, que tiene poco valor. 

No conozco caso más adecuado para demostrar la 
importancia de las leyes de correlación y variación, 
independientemente de la utilidad y, por consiguiente, de la 
selección natural, que el de la diferencia entre las flores 
exteriores y las interiores de algunas plantas compuestas y 
umbelíferas. Todo el mundo está familiarizado con la 
diferencia entre las florecillas periféricas y las centrales de la 
margarita, por ejemplo, y esta diferencia va acompañada 
muchas veces de la atrofia parcial o total de los órganos 
reproductores. Pero en alguna de estas plantas los frutos 
difleren también en forma de relieves. Estas diferencias se han 
atribuido algunas veces a la presión del involucro sobre las 
florecillas o a la presión mutua de éstas, y la forma de los 
aquenios en las flores periféricas de algunas compuestas 
apoya esta opinión; pero en las umbelíferas, según me 
informa el doctor Hooker, no son, de modo alguno, las 
especies con inflorescencias más densas las que con más 
frecuencia muestran diferencias entre sus flores interiores y 
exteriores. Podría creerse que el desarrollo de los pétalos 
periféricos, quitando alimento de los órganos reproductores, 
produce su aborto; pero esto difícilmente puede ser la causa 
única, pues en algunas compuestas son diferentes los frutos 


204 



de las florecillas interiores y exteriores, sin que haya 
diferencia alguna en las corolas. Es posible que estas varias 
diferencias estén relacionadas con la desigual afluencia de 
substancias nutritivas hacia las florecillas centrales y las 
externas; sabemos, por lo menos, que, en flores irregulares, las 
que están más próximas al eje están más sujetas SLpeloria, esto 
es, a ser anormalmente simétricas. Puedo añadir, como 
ejemplo de este hecho y como un caso notable de correlación, 
que en muchos geranios de jardín (Pelargonium) los dos 
pétalos superiores de la flor central del grupo pierden mucnas 
veces sus manchas de color más obscuro, y, cuando esto 
ocurre, el nectario contiguo está completamente abortado, 
haciéndose de este modo la flor central pelórica o regular. 
Cuando falta el color en uno solo de los dos pétalos 
superiores, el nectario no está por completo abortado, pero se 
encuentra muy reducido. 

Respecto al desarrollo de la corola, muy probablemente es 
justa la idea de Sprengel de que las florecillas periféricas 
sirven para atraer los insectos, cuyo concurso es sumamente 
ventajoso, o necesario, para la fecundación de estas plantas; y 
si es así, la selección natural puede haber entrado en juego. 
Pero, por lo que se refiere a los frutos, parece imposible que 
sus diferencias de forma, que no siempre son correlativas de 
diferencias en la corola, puedan ser en modo alguno 
beneficiosas; sin embargo, en las umbelíferas estas diferencias 
son de importancia tan visible —los frutos son a veces 
ortospermos en las flores exteriores y celospermos en las 
flores centrales—, que Ang. Pyr. de Candolle basó en estos 
caracteres las divisiones principales del orden. Por 
consiguiente, modificaciones de estructura, consideradas por 
los sistemáticos como de gran valor, pueden deberse por 
completo a las leyes de variación y correlación, sin que sean, 
hasta donde nosotros podemos juzgar, de la menor utilidad 


205 



para las especies. 

Muchas veces podemos atribuir erróneamente a variación 
correlativa estructuras que son comunes a grupos enteros de 
especies y que, en realidad, son simplemente debidas a la 
herencia; pues un antepasado remoto puede haber adquirido 
por selección natural alguna modificación en su estructura, y 
después de millares de generaciones, otra modificación 
independiente, y estas dos modificaciones, habiéndose 
transmitido a todo un grupo de descendientes de costumbres 
diversas, se creería, naturalmente, que son correlativas de un 
modo necesario. 

Otras correlaciones son evidentemente debidas al único 
modo como puede obrar la selección natural. Por ejemplo: 
Alph. de Candolle ha señalado que las semillas aladas no se 
encuentran nunca en frutos que no se abren. Explicaría yo 
esta regla por la imposibilidad de que las semillas lleguen a ser 
gradualmente aladas por selección natural, sin que las 
cápsulas se abran, pues sólo en este caso las semillas que 
fuesen un poco más adecuadas para ser llevadas por el viento 
pudieron adquirir ventaja sobre otras menos adecuadas para 
una gran dispersión. 

Compensación y economía de crecimiento. 

Etienne Geoffroy Saint-Hilaire y Goethe propusieron, casi 
al mismo tiempo, su ley de compensación o equilibrio de 
crecimiento, o, según la expresión de Goethe, «la naturaleza, 
para gastar en un lado, está obligada a economizar en otro». 
Greo yo que esto se confirma, en cierta medida, en nuestros 
productos domésticos: si la substancia nutritiva afluye en 
exceso a una parte u órgano, rara vez afluye, por lo menos en 
exceso, a otra parte; y así, es difícil hacer que una vaca de 
mucha leche y engorde con facilidad. Las mismas variedades 
de col no producen abundantes y nutritivas hojas y una gran 


206 



cantidad de semillas oleaginosas. Cuando las semillas se 
atrofian en nuestras frutas, la fruta misma gana mucho, en 
tamaño y calidad. En las aves de corral, un moño grande de 
plumas va acompañado generalmente de cresta reducida, y 
una barba o corbata, grande, de barbillas reducidas. Para las 
especies en estado natural, difícilmente se puede sostener que 
esta ley sea de aplicación universal; pero muchos buenos 
observadores, botánicos especialmente, creen en su exactitud. 
Sin embargo, no daré aquí ningún ejemplo, pues apenas veo 
medio de distinguir entre que resulte que un órgano se ha 
desarrollado mucho por selección natural y otro contiguo se 
ha reducido por este mismo proceso, o por desuso, y los 
resultados de la retirada efectiva de substancias nutritivas de 
un órgano debido al exceso de crecimiento de otro contiguo. 

Sospecho también que algunos de los casos de 
compensación que se han indicado, lo mismo que algunas 
otros hechos, pueden quedar comprendidos en un principio 
más general, o sea: que la selección natural se está esforzando 
continuamente por economizar todas las partes de la 
organización. Si en nuevas condiciones de vida una 
estructura, antes útil, llega a serlo menos, su diminución será 
favorecida, pues aprovechará al individuo no derrochar su 
aliento en conservar una estructura inútil. Solamente así 
puedo comprender un hecho que me llamó mucho la 
atención cuando estudiaba los cirrípedos, y del que podrían 
citarse muchos ejemplos parecidos; o sea que cuando un 
cirrípedo es parásito en el interior de otro cirrípedo, y está de 
este modo protegido, pierde más o menos por completo su 
propia concha o caparazón. Así sucede en el macho de Ibla y, 
de un modo verdaderamente extraordinario, en Proteolepas, 
pues el caparazón en todos los otros cirrípedos está formado 
por los tres importantísimos segmentos anteriores de la 
cabeza, enormemente desarrollados y provistos de grandes 


207 



nervios y músculos, mientras que en el Proteolepas, parásito y 
protegido, toda la parte anterior de la cabeza está reducida a 
un simple rudimento unido a las bases de las antenas 
prensiles. Ahora bien: el economizarse una estructura grande 
y compleja cuando se ha hecho superflua tiene que ser una 
ventaja decisiva para todos los sucesivos individuos de la 
especie, pues en la lucha por la vida, a que todo animal está 
expuesto, han de tener más probabilidades de mantenerse, 
por ser malgastada menos substancia nutritiva. 

De este modo, a mi parecer, la selección natural tenderá, a 
la larga, a reducir cualquier parte del organismo tan pronto 
como llegue a ser superflua por el cambio de costumbres, sin 
que, en modo alguno, sea esto causa de que otro órgano se 
desarrolle mucho en la proporción correspondiente, y 
recíprocamente, la selección natural puede perfectamente 
conseguir que se desarrolle mucho un órgano sin exigir como 
compensación necesaria la reducción de ninguna parte 
contigua. 

Las conformaciones múltiples rudimentarias y de organización 

inferior son variables. 

Según señaló Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, parece ser una 
regla, tanto en las especies como en las variedades, que 
cuando alguna parte u órgano se repite muchas veces en el 
mismo individuo—como las vértebras en las culebras y los 
estambres en las flores poliándricas—, el número es variable, 
mientras que la misma parte u órgano, cuando se presenta en 
número menor, es constante. El mismo autor, igualmente que 
algunos botánicos, ha observado además que las partes 
múltiples están muy sujetas a variar de conformación. Como 
la «repetición vegetativa» —para usar la expresión del 
profesor Owen— es una señal de organización inferior, la 
afirmación precedente concuerda con la opinión común de 


208 



los naturalistas de que los seres que ocupan lugar inferior en 
la escala de la naturaleza son más variables que los que están 
más arriba. Supongo que la inferioridad significa aquí que las 
diferentes partes de la organización están muy poco 
especializadas para funciones particulares, y, mientras que 
una misma parte tiene que realizar labor diversa, podemos 
quizá comprender por qué tenga que permanecer variable, o 
sea porque la selección natural no conserve o rechace cada 
pequeña variación de forma tan cuidadosamente como 
cuando la parte ha de servir para algún objeto especial, del 
mismo modo que un cuchillo que ha de cortar toda clase de 
cosas puede tener una forma cualquiera, mientras que un 
instrumento destinado a un fin determinado tiene que ser de 
una forma especial. La selección natural, no hay que olvidarlo, 
puede obrar solamente mediante la ventaja y para la ventaja 
de cada ser. 

Los órganos rudimentarios, según se admite generalmente, 
propenden a ser muy variables. Insistiremos sobre este 
asunto, y sólo añadiré aquí que su variación parece resultar de 
su inutilidad y de que la selección natural, por consiguiente, 
no ha tenido poder para impedir las variaciones de su 
estructura. 

Los órganos desarrollados en una especie en grado o modo 
extraordinarios, en comparación del mismo órgano en especies 
afines, tienden a ser sumamente variables. 

Hace algunos años me llamó mucho la atención una 
observación hecha por míster Waterhouse sobre el hecho 
anterior. El profesor Owen también parece haber llegado a 
una conclusión casi igual. No hay que esperar el intentar 
convencer a nadie de la verdad de la proposición precedente 
sin dar la larga serie de hechos que he reunido y que no 
pueden exponerse aquí. Puedo únicamente manifestar mi 


209 



convicción de que es esta una regla muy general. Sé que 
existen diversas causas de error, mas espero que me he hecho 
bien cargo de ellas. Ha de entenderse bien que la regla en 
modo alguno se aplica a ningún órgano, aun cuando esté 
extraordinariamente desarrollado, si no lo está en una o 
varias especies, en comparación con el mismo órgano en 
muchas especies afines. Así, el ala del murciélago es una 
estructura anómala en la clase de los mamíferos; pero la regla 
no se aplicaría en este caso, pues todo el grupo de los 
murciélagos posee alas; se aplicaría sólo si alguna especie 
tuviese alas desarrolladas de un modo notable en 
comparación con las otras especies del mismo género. 

La regla se aplica muy rigurosamente en el caso de los 
caracteres sexuales secundarios cuando se manifiestan de 
modo extraordinario. La expresión caracteres sexuales 
secundarios empleada por Hunter se refiere a los caracteres 
que van unidos a un sexo, pero no están relacionadas 
directamente con el acto de la reproducción. La regla se aplica 
a machos y hembras, pero con menos frecuencia a las 
hembras, pues éstas ofrecen pocas veces caracteres sexuales 
secundarios notables. El que la regla se aplique tan claramente 
en el caso de los caracteres sexuales secundarios puede ser 
debido a la gran variabilidad de estos caracteres — 
manifiéstense o no de modo extraordinario—; hecho del que 
creo que apenas puede caber duda. 

Pero que nuestra regla no está limitada a los caracteres 
sexuales secundarios se ve claramente en el caso de los 
cirrípedos hermafroditas; cuando estudiaba yo este orden 
presté particular atención a la observación de míster 
Waterhouse, y estoy plenamente convencido de que la regla 
casi siempre se confirma. En una obra futura daré una lista de 
todos los casos más notables; aquí citaré solo uno, porque 
sirve de ejemplo de la regla en su aplicación más amplia. Las 


210 



valvas operculares de los cirrípedos sésiles (balanos) son, en 
toda la extensión de la palabra, estructuras importantísimas y 
difieren poquísimo, aun en géneros distintos; pero en las 
diferentes especies de un género, Pyrgoma, estas valvas 
presentan una maravillosa diversidad, siendo algunas veces 
las valvas homólogas en las diferentes especies de forma 
completamente distinta, y la variación en los individuos de la 
misma especie es tan grande, que no hay exageración en decir 
que las variedades de una misma especie difieren más entre sí 
en los caracteres derivados de estos importantes órganos que 
difieren las especies pertenecientes a otros géneros distintos. 

Como en las aves los individuos de una misma especie que 
viven en el mismo país varían poquísimo, he prestado a ellos 
particular atención, y la regla parece ciertamente confirmarse 
en esta clase. No he podido llegar a comprobar si la regla se 
aplica a las plantas, y esto me haría vacilar seriamente en mi 
creencia en su exactitud, si la gran variabilidad de las plantas 
no hubiese hecho especialmente difícil comparar sus grados 
relativos de variabilidad. 

Cuando vemos una parte u órgano desarrollado en un 
grado o modo notables en una especie, la presunción 
razonable es que el órgano o parte es de suma importancia 
para esta especie, y, sin embargo, en este caso está muy sujeto 
a variación. ¿Por qué ha de ser así? Según la teoría de que 
cada especie ha sido creada independientemente, con todas 
sus partes tal como ahora las vemos, no puedo hallar 
explicación alguna; pero con la teoría de que grupos de 
especies descienden de otras especies y han sido modificados 
por la selección natural, creo que podemos conseguir alguna 
luz. Permítaseme hacer primero algunas observaciones 
preliminares: Si en los animales domésticos cualquier parte de 
animal, o el animal entero, son desatendidos y no se ejerce 
selección alguna, esta parte —por ejemplo, la cresta de la 


211 



gallina Dorking—, o toda la raza, cesará de tener carácter 
uniforme, y se puede decir que la raza degenera. En los 
órganos rudimentarios y en los que se han especializado muy 
poco para un fin determinado, y quizá en los grupos 
polimorfos, vemos un caso casi paralelo, pues en tales casos la 
selección natural no ha entrado, o no ha podido entrar, de 
lleno en juego, y el organismo ha quedado así en un estado 
fluctuante. Pero lo que nos interesa aquí más particularmente 
es que aquellas partes de los animales domésticos que 
actualmente están experimentando rápido cambio por 
selección continuada son también muy propensas a variación. 
Considérense los individuos de una misma raza de palomas y 
véase qué prodigiosa diferencia hay en los picos de las 
tumblers o volteadoras, en los picos y carúnculas de las 
carriers o mensajeras inglesas, en el porte y cola de las 
colipavos, etc., puntos que son ahora atendidos 
principalmente por los avicultores ingleses. Hasta en una 
misma sub-raza, como en la paloma volteadora de cara corta, 
hay notoria dificultad para obtener individuos casi perfectos, 
pues muchos se apartan considerablemente del standard o 
tipo adoptado. Verdaderamente puede decirse que hay una 
constante lucha entre la tendencia a volver a un estado menos 
perfecto, junto con una tendencia innata a nuevas 
variaciones, de una parte, y, de otra, la influencia de la 
continua selección para conservar la raza pura. A la larga, la 
selección triunfa, y nunca esperamos fracasar tan 
completamente que de una buena casta de volteadoras de cara 
corta obtengamos una paloma tan basta como una volteadora 
común. Pero mientras la selección avance rápidamente hay 
que esperar siempre mucha variación en las partes que 
experimentan modificación. 

Volvamos ahora a la naturaleza. Cuando una parte se ha 
desarrollado de un modo extraordinario en una especie, en 


212 



comparación con las otras especies del mismo género, 
podemos sacar la conclusión de que esta parte ha 
experimentado extraordinaria modificación desde el período 
en que las diferentes especies se separaran del tronco común 
del género. Este período poas veces será extremadamente 
remoto, pues las especies rara vez persisten durante más de 
un período geológico. Modificaciones muy grandes implican 
variabilidad grandísima, muy continuada, que se ha ido 
acumulando constantemente por selección natural para 
beneficio de la especie. Pero como la variabilidad del órgano o 
parte extraordinariamente desarrollados ha sido tan grande y 
continuada dentro de un período no demasiado remoto, 
tenemos que esperar encontrar todavía, por regla general, más 
variabilidad en estas partes que en otras del organismo que 
han permanecido casi constantes durante un período mucho 
más largo, y yo estoy convencido de que ocurre así. 

No veo razón para dudar de que la lucha entre la selección 
natural, de una parte, y la tendencia a reversión y la 
variabilidad, de otra, cesarán con el transcurso del tiempo, y 
que los órganos más extraordinariamente desarrollados 
pueden hacerse constantes. Por consiguiente, cuando un 
órgano, por anómalo que sea, se ha transmitido, 
aproximadamente en el mismo estado, a muchos 
descendientes modificados, como en el caso del ala del 
murciélago, tiene que haber existido, según nuestra teoría, 
durante un inmenso período, casi en el mismo estado, y de 
este modo, ha llegado a no ser más variable que cualquier otra 
estructura. Sólo en estos casos, en los cuales la modificación 
ha sido relativamente reciente y extraordinariamente grande, 
debemos esperar encontrar la variabilidad generativa, como 
puede llamársele, presente todavía en sumo grado, pues, en 
este caso, la variabilidad raras veces habrá sido fijada todavía 
por la selección continuada de los individuos que varíen del 


213 



modo y en el grado requeridos y por la exclusión continuada 
de los que tiendan a volver a un estado anterior y menos 
modificado. 

Los caracteres específicos son más variables que los caracteres 

genéricos. 

El principio discutido bajo el epígrafe anterior puede 
aplicarse a la cuestión presente. Es evidente que los caracteres 
específicos son mucho más variables que los genéricos. 
Explicaré con un solo ejemplo lo que esto quiere decir: si en 
un género grande de plantas unas especies tuviesen las flores 
azules y otras las flores rojas, el color sería un carácter 
solamente específico y nadie se extrañaría de que una de las 
especies azules se convirtiese en roja, o viceversa; pero si 
todas las especies tuviesen flores azules, el color pasaría a ser 
un carácter genérico, y su variación sería un hecho más 
extraordinario. He elegido este ejemplo porque no es 
aplicable en este caso la explicación que darían la mayor parte 
de los naturalistas, o sea: que los caracteres específicos son 
más variables que los genéricos, debido a que están tomados 
de partes de menos importancia fisiológica que los utilizados 
comúnmente para clasificar los géneros. Creo que esta 
explicación es, en parte, exacta, aunque sólo de un modo 
indirecto; como quiera que sea, insistiré sobre este punto en el 
capítulo sobre la clasificación. 

Sería casi superfino aducir pruebas en apoyo de la 
afirmación de que los caracteres específicos ordinarios son 
más variables que los genéricos; pero, tratándose de caracteres 
importantes, he observado repetidas veces en obras de 
Historia Natural, que cuando un autor observa con sorpresa 
que un órgano o parte importante, que generalmente es muy 
constante en todo un grupo grande de especies, difiere 
considerablemente en especies muy próximas, este carácter es 


214 



con frecuencia variable en los individuos de la misma especie. 
Y este hecho muestra que un carácter que es ordinariamente 
de valor genérico, cuando desciende en valor y llega a hacerse 
sólo de valor específico, muchas veces se vuelve variable, aun 
cuando su importancia fisiológica puede seguir siendo la 
misma. Algo de esto se aplica a las monstruosidades; por lo 
menos, Isidore Geoffroy Saint-Hilaire no tiene, al parecer, 
duda alguna de que, cuanto más difiere normalmente un 
órgano en las diversas especies de un mismo grupo, tanto más 
sujeto a anomalías está en los individuos. 

Según la teoría ordinaria de que cada especie ha sido creada 
independientemente, ¿por qué la parte del organismo que 
difiere de la misma parte de otras especies creadas 
independientemente tendría que ser más variable que aquellas 
partes que son muy semejantes en las diversas especies? No 
veo que pueda darse explicación alguna. Pero, según la teoría 
de que las especies son solamente variedades muy señaladas y 
determinadas, podemos esperar encontrarlas con frecuencia 
variando todavía en aquellas partes de su organización que 
han variado en un período bastante reciente y que de este 
modo han llegado a diferir. O, para exponer el caso de otra 
manera: los puntos en que todas las especies del género se 
asemejan entre sí y en que difieren de los géneros próximos se 
llaman caracteres genéricos, y estos caracteres se pueden 
atribuir a herencia de un antepasado común, pues rara vez 
puede haber ocurrido que la selección natural haya 
modificado exactamente de la misma manera varias especies 
distintas adaptadas a costumbres más o menos diferentes; y 
como estos caracteres, llamados genéricos, han sido 
heredados antes del período en que las diversas especies se 
separaron de su antepasado común, y, por consiguiente, no 
han variado o llegado a diferir en grado alguno, o sólo en 
pequeño grado, no es probable que varíen actualmente. Por el 


215 



contrario, los puntos en que unas especies difieren de otras 
del mismo género se llaman caracteres específicos; y como 
estos caracteres específicos han variado y llegado a diferir 
desde el período en que las especies se separaron del 
antepasado común, es probable que con frecuencia sean 
todavía variables en algún grado; por lo menos, más variables 
que aquellas partes del organismo que han permanecido 
constantes durante un período larguísimo. 

Los caracteres sexuales secundarios son variables. 

Creo que los naturalistas admitirán, sin que entre en 
detalles, que los caracteres sexuales secundarios son 
sumamente variables. También se admitirá que las especies de 
un mismo grupo difieren entre sí por sus caracteres sexuales 
secundarios más que en otras partes de su organización; 
compárese, por ejemplo, la diferencia que existe entre los 
machos de las gallináceas, en los que los caracteres sexuales 
secundarios están poderosamente desarrollados, con la 
diferencia entre las hembras. La causa de la variabilidad 
primitiva de estos caracteres no es manifiesta; pero podemos 
ver que no se han hecho tan constantes y uniformes como 
otros, pues se acumulan por selección sexual, que es menos 
rígida en su acción que la selección ordinaria, pues no acarrea 
la muerte, sino que da sólo menos descendientes a los machos 
menos favorecidos. Cualquiera que sea la causa de la 
variabilidad de los caracteres sexuales secundarios, como son 
sumamente variables, la selección sexual habrá tenido un 
extenso campo de acción, y de este modo puede haber 
conseguido dar a las especies del mismo grupo diferencias 
mayores en estos caracteres que en los demás. 

Es un hecho notable que las diferencias secundarias entre 
los dos sexos de la misma especie se manifiestan, por lo 
común, precisamente en las mismas partes del organismo en 


216 



que difieren entre sí las especies del mismo género. De este 
hecho daré como ejemplos los dos casos que, por casualidad, 
son los primeros en mi lista; y como las diferencias en estos 
casos son de naturaleza muy extraordinaria, la relación 
difícilmente puede ser accidental. El tener un mismo número 
de artejos en los tarsos es un carácter común a grupos 
grandísimos de coleópteros; pero en los éngidos, como ha 
hecho observar Westwood, el número varia mucho, y el 
número difiere también en los dos sexos de la misma especie. 
Además, en los himenópteros cavadores, la nerviación de las 
alas es un carácter de suma importancia, por ser común a 
grandes grupos; pero, en ciertos géneros, la nerviación difiere 
mucho en las diversas especies, y también en los dos sexos de 
la misma especie. Sir }. Lubbock ha señalado recientemente 
que diferentes crustáceos pequeños ofrecen excelentes 
ejemplos de esta ley. «En Pontella, por ejemplo, las antenas y 
el quinto par de patas proporcionan principalmente los 
caracteres sexuales; estos órganos dan también 
principalmente las diferencias específicas». Esta explicación 
tiene una significación clara dentro de mi teoría: considero 
todas las especies de un mismo género como descendientes 
tan indudables de un antepasado común como lo son los dos 
sexos de una especie. Por consiguiente, si una parte 
cualquiera del organismo del antepasado común, o de sus 
primeros descendientes, se hizo variable, es sumamente 
probable que la selección natural y la selección sexual se 
aprovechasen de variaciones de esta parte para adaptar las 
diferentes especies a sus diferentes lugares en la economía de 
la naturaleza, y también para adaptar uno a otro los dos sexos 
de la misma especie, o para adaptar los machos a la lucha con 
otros machos por la posesión de las hembras. 

Einalmente, pues, llego a la conclusión de que la 
variabilidad mayor en los caracteres específicos —o sean 


217 



aquellos que distinguen unas especies de otras— que en los 
caracteres genéricos —o sean los que poseen todas las 
especies—; la variabilidad frecuentemente extrema de 
cualquier parte que está desarrollada en una especie de modo 
extraordinario, en comparación con la misma parte en sus 
congéneres, y la escasa variabilidad de una parte, por 
extraordinariamente desarrollada que esté, si es común a todo 
un grupo de especies; la gran variabilidad de los caracteres 
sexuales secundarios y su gran diferencia en especies muy 
próximas, y el manifestarse generalmente en las mismas 
partes del organismo las diferencias sexuales secundarias y las 
diferencias específicas ordinarias, son todos principios 
íntimamente ligados entre sí. Todos ellos se deben a que las 
especies del mismo grupo descienden de un antepasado 
común, del cual han heredado mucho en común; a que partes 
que han variado mucho, y recientemente, son más a 
propósito para continuar todavía variando que partes que han 
sido heredadas hace mucho tiempo y no han variado; a que la 
selección natural ha dominado, más o menos completamente, 
según el tiempo transcurrido, la tendencia a reversión y a 
ulterior variabilidad; a que la selección sexual es menos rígida 
que la ordinaria, y a que las variaciones en las mismas partes 
se acumulan por selección natural y sexual y se han adaptado 
de este modo a los fines sexuales secundarios y a los 
ordinarios. 

Especies distintas presentan variaciones análogas, de modo que 
una variedad de una especie toma frecuentemente caracteres 
propios de otra especie próxima, o vuelve a algunos de los 
caracteres de un antepasado lejano. 

Estas proposiciones se comprenderán más fácilmente 
fijándonos, en las razas domésticas. Las razas más diferentes 
de palomas, en países muy distantes, presentan subvariedades 
con plumas vueltas en la cabeza y con plumas en los pies. 


218 



caracteres que no posee la paloma silvestre (Columba livia), 
siendo éstas, pues, variaciones análogas en dos o más razas 
distintas. La presencia frecuente de catorce y aun diez y seis 
plumas rectrices en la paloma buchona puede considerarse 
como una variación que representa la conformación normal 
de otra raza, la colipavo. Creo que nadie dudará de que todas 
estas variaciones análogas se deben a que las diferentes ramas 
de palomas han heredado de un antepasado común la misma 
constitución y tendencia a variar cuando obran sobre ellas 
influencias semejantes desconocidas. 

En el reino vegetal tenemos un caso análogo de variación 
en los tallos engruesados, comúnmente llamados raíces, del 
nabo de Suecia y de la rutabaga, plantas que algunos 
botánicos consideran como variedades producidas por 
cultivo, descendientes de un antepasado común; si esto no 
fuese así, sería entonces un caso de variación análoga en dos 
pretendidas especies distintas, y a éstas podría añadirse una 
tercera, el nabo común. Según la teoría ordinaria de que cada 
especie ha sido creada independientemente, tendríamos que 
atribuir esta semejanza en los tallos engruesados de estas tres 
plantas, no a la vera causa de la comunidad de descendencia y 
a la consiguiente tendencia a variar de modo semejante, sino 
a tres actos de creación separados, aunque muy relacionados. 
Naudin ha observado muchos casos semejantes de variación 
análoga en la extensa familia de las cucurbitáceas, y diferentes 
autores los han observado en nuestros cereales. Casos 
semejantes que se presentan en insectos en condiciones 
naturales han sido discutidos con gran competencia por 
míster Walsh, quien los ha agrupado en su ley de variabilidad 
uniforme. 

En las palomas también tenemos otro caso: el de la 
aparición accidental, en todas las razas, de individuos de color 
azul de pizarra, con dos fajas negras en las alas, con la parte 


219 



posterior del lomo blanca, una faja en el extremo de la cola, y 
las plumas exteriores de ésta orladas exteriormente de blanco 
junto a su arranque. Como todas estas señales son 
características de la paloma silvestre progenitora, creo que 
nadie dudará de que éste es un caso de reversión y no de una 
nueva variación análoga que aparece en diferentes castas. 
Creo que podemos llegar confiadamente a esta conclusión, 
porque hemos visto que estos caracteres de color propenden 
mucho a aparecer en la descendencia cruzada de dos razas 
distintas y de coloraciones diferentes; y en este caso, aparte de 
la influencia del simple hecho del cruzamiento sobre las leyes 
de la herencia, nada hay en las condiciones externas de vida 
que motive la reaparición del color azul de pizarra con las 
varias señales. 

Indudablemente, es un hecho muy sorprendente que los 
caracteres reaparezcan después de haber estado perdidos 
durante muchas generaciones; probablemente, durante 
centenares de ellas. Pero cuando una raza se ha cruzado sólo 
una vez con otra, los descendientes muestran accidentalmente 
una tendencia a volver a los caracteres de la raza extraña por 
muchas generaciones; algunos dicen que durante una docena 
o hasta una veintena. Al cabo de doce generaciones, la 
porción de sangre —para emplear la expresión vulgar — 
procedente de un antepasado es tan sólo V2048. y> sin embargo, 
como vemos, se cree generalmente que la tendencia a 
reversión es conservada por este resto de sangre extraña. En 
una casta no cruzada, pero en la cual ambos progenitores 
hayan perdido algún carácter que sus antepasados poseyeron, 
la tendencia, enérgica o débil, a reproducir el carácter perdido 
puede transmitirse durante un número casi ilimitado de 
generaciones, según se hizo observar antes, a pesar de cuanto 
podamos ver en contrario. Cuando un carácter perdido en 
una raza reaparece después de un gran número de 


220 



generaciones, la hipótesis más probable no es que un 
individuo, de repente, se parezca a un antepasado del que 
dista algunos centenares de generaciones, sino que el carácter 
en cuestión ha permanecido latente en todas las generaciones 
sucesivas, y que, al fin, se ha desarrollado en condiciones 
favorables desconocidas. En la paloma barb, por ejemplo, que 
rara vez da individuos azules, es probable que haya en cada 
generación una tendencia latente a producir plumaje azul. La 
improbabilidad teórica de que esta tendencia se transmita 
durante un número grande de generaciones no es mayor que 
la de que se transmitan de igual modo órganos rudimentarios 
o completamente inútiles. La simple tendencia a producir un 
rudimento se hereda, en verdad, algunas veces de este modo. 

Como se supone que todas las especies del género 
descienden de un progenitor común, se podría esperar que 
variasen accidentalmente de una manera análoga, de modo 
que las variedades de dos o más especies se asemejasen entre 
sí, o que una variedad de una especie se asemejase en ciertos 
caracteres a otra especie distinta, no siendo esta otra especie, 
según nuestra teoría, más que una variedad permanente y 
bien marcada. Pero los caracteres debidos exclusivamente a 
variaciones análogas serían probablemente de poca 
importancia, pues la conservación de todos los caracteres 
funcionalmente importantes habrá sido determinada por la 
selección natural, según las diferentes costumbres de la 
especie. Se podría además esperar que las especies del mismo 
género presentasen de vez en cuando reversiones a caracteres 
perdidos desde mucho tiempo. Sin embargo, como no 
conocemos el antepasado común de ningún grupo natural, no 
podemos distinguir los caracteres debidos a variación análoga 
y los debidos a reversión. Si no supiésemos, por ejemplo, que 
la paloma silvestre, progenitora de las palomas domésticas, no 
tiene plumas en las pies ni plumas vueltas en la cabeza, no 


221 



podríamos haber dicho si estos caracteres, en las razas 
domésticas, eran reversiones o solamente variaciones 
análogas; pero podríamos haber inferido que el color azul era 
un caso de reversión, por las numerosas señales relacionadas 
con este color, que probablemente no hubiesen aparecido 
todas juntas por simple variación, y especialmente podríamos 
haber inferido esto por aparecer con tanta frecuencia el color 
azul y las diferentes señales cuando se cruzan razas de 
diferente color. Por consiguiente, aun cuando en estado 
natural ha de quedar casi siempre en duda qué casos son 
reversiones o caracteres que existieron antes, y cuáles son 
variaciones nuevas y análogas, sin embargo, según nuestra 
teoría, deberíamos encontrar a veces en la variante 
descendencia de una especie caracteres que se presentan 
todavía en otros miembros del mismo grupo, e 
indudablemente ocurre así. 

La dificultad de separar las especies variables se debe, en 
gran parte, a las variedades que imitan, por decirlo así, a otras 
especies del mismo género. Se podría presentar también un 
catálogo considerable de formas intermedias entre otras dos 
formas, las cuales, a su vez, sólo con duda pueden ser 
clasificadas como especies y esto —a menos que todas estas 
formas tan próximas sean consideradas como creadas 
independientemente— demuestra que al variar han tomado 
algunos de los caracteres de las otras. Pero la prueba mejor de 
variaciones análogas nos la proporcionan los órganos o partes 
que generalmente son constantes, pero que a veces varían de 
modo que se asemejan en algún grado a los mismos órganos o 
partes de una especie próxima. He reunido una larga lista de 
estos casos, pero en esta ocasión, como antes, tengo la gran 
desventaja de no poder citarlos. Puedo sólo repetir que es 
seguro que ocurren estos casos y que me parecen muy 
notables. 


222 



Citaré, sin embargo, un caso complejo y curioso, no 
ciertamente porque presente ningún carácter importante, 
sino porque se presenta en diferentes especies del mismo 
género: unas, domésticas; otras, en estado natural. Casi con 
seguridad, se trata de un caso de reversión. El asno tiene a 
veces en las patas rayas transversales muy distintas, como las 
de las patas de la cebra; se ha afirmado que son muy visibles 
mientras es pequeño y, por averiguaciones que he hecho, creo 
que esto es exacto. La raya de la espaldilla, o raya escapular es, 
a veces doble, y es muy variable en extensión y contorno. Se 
ha descrito un asno blanco, pero no albino, sin raya escapular 
ni dorsal, y estas rayas son a veces muy confusas o faltan por 
completo en los asnos de color obscuro. Se dice que se ha 
observado el kulan de Pallas con la raya escapular doble. 
Míster Blyth ha visto un ejemplar de hemión con una clara 
raya escapular, aun cuando típicamente no la tiene, y el 
coronel Poole me ha confirmado que los potros de esta 
especie generalmente son rayados en las patas y débilmente 
en la espaldilla. El cuaga, aunque tiene el cuerpo tan listado 
como la cebra, no tiene rayas en las patas; pero el profesor 
Cray ha dibujado un ejemplar con rayas como de cebra muy 
visibles en los corvejones. 

Respecto al caballo he reunido casos en Inglaterra de raya 
dorsal en caballos de razas las más diferentes y de todos 
colores: las rayas transversales en las patas no son raras en los 
bayos^^^^, en los pelo de rata y, en un caso, las he observado en 
un alazán obscuro; una débil raya dorsal se puede observar 
algunas veces en los bayos, y he visto indicios en un caballo 
castaño. Mi hijo examinó cuidadosamente e hizo para mí un 
dibujo de un caballo de tiro belga bayo, con raya doble en 
cada espaldilla y con patas rayadas; yo mismo he visto una 
jaca de Devonshire baya, y me han descrito cuidadosamente 
una jaquita galesa baya, ambos con tres rayas paralelas en 


223 


cada espaldilla. 

En la región noroeste de la India, la raza de caballos de 
Kativar es tan general que tenga rayas, que, según me dice el 
coronel Poole, que examinó esta casta para el Gobierno de la 
India, un caballo sin rayas no es considerado como puro. La 
raya dorsal existe siempre; las patas, generalmente, son 
listadas, y la raya escapular, que a veces es doble y a veces 
triple, existe por lo común; además, los lados de la cara tienen 
a veces rayas. Frecuentemente, las rayas son más visibles en 
los potros; a veces desaparecen por completo en los caballos 
viejos. El coronel Poole ha visto caballos de Kativar, tanto 
tordos como castaños, con rayas desde el momento de su 
nacimiento. Tengo también fundamento para suponer, por 
noticias que me ha dado míster W. W. Edwards, que en el 
caballo de carreras inglés la raya dorsal es más frecuente en el 
potro que en el adulto. Recientemente, yo mismo he obtenido 
un potro de una yegua castaña —hija de un caballo 
turcomano y una yegua flamenca— y un caballo de carreras 
inglés castaño; este potro, cuando tenía una semana, 
presentaba en su cuarto trasero y en su frente rayas 
numerosas, muy estrechas, obscuras, como las de la cebra, y 
sus patas tenían rayas débiles; todas las rayas desaparecieron 
pronto por completo. Sin entrar aquí en más detalles, puedo 
decir que he reunido casos de patas y espaldillas con rayas en 
caballos de razas muy diferentes, de diversos países, desde 
Inglaterra hasta el Oriente de China, y desde Noruega, al 
Norte, hasta el Archipiélago Malayo, al Sur. En todas las 
partes del mundo estas rayas se presentan con mucha más 
frecuencia en los bayos y en los pelo de rata, comprendiendo 
con la palabra bayos una gran serie de colores, desde un color 
entre castaño y negro hasta acercarse mucho al color de 
crema. 

Sé que el coronel Hamilton Smith, que ha escrito sobre este 


224 



asunto, cree que las diferentes razas del caballo han 
descendido de diversas especies primitivas, una de las cuales, 
la baya, tenía rayas, y que los casos de aparición de éstas antes 
descritos son todos debidos a cruzamientos antiguos con el 
tronco bayo. Pero esta opinión puede desecharse con 
seguridad, pues es sumamente improbable que el pesado 
caballo belga de tiro, la jaca galesa, el cob noruego, la 
descarnada raza de Kativar, etc., que viven en partes las más 
distintas del mundo, hayan sido cruzados con un supuesto 
tronco primitivo. 

Volvamos ahora a los efectos del cruzamiento de diferentes 
especies del género caballo. Rollin asegura que la muía 
común, procedente de asno y yegua, propende especialmente 
a tener rayas en sus patas; según míster Gosse, en algunas 
partes de los Estados Unidos, de cada diez muías, nueve 
tienen las patas listadas. Una vez vi una muía con las patas tan 
listadas, que cualquiera hubiese creído que era un híbrido de 
cebra, y míster W. C. Martin, en su excelente tratado del 
caballo, ha dado un dibujo de una muía semejante. En cuatro 
dibujos en color que he visto de híbridos de asno y cebra, las 
patas estaban mucho más visiblemente listadas que el resto 
del cuerpo, y en uno de ellos había una raya doble en la 
espaldilla. En el caso del famoso híbrido de lord Morton, 
nacido de una yegua alazana obscura y un cuaga macho, el 
híbrido, y aun la cría pura producida después por la misma 
yegua y un caballo árabe negro, tenían en las patas rayas 
mucho más visibles que en el mismo cuaga puro. Por último, 
y éste es otro caso importantísimo, el doctor Cray ha 
representado un híbrido de asno y hemión —y me comunica 
que conoce otro caso— y éste híbrido —aun cuando el asno 
sólo a veces tiene rayas en las patas, y el hemión no las tiene 
nunca y ni siquiera tiene raya escapular— tenía, sin embargo, 
las cuatro patas con rayas y además tres rayas cortas en las 


225 



espaldillas, como las de las jacas bayas galesas y de 
Devonshire, y hasta tenía a los lados de la cara algunas rayas 
como las de la cebra. Acerca de este último hecho estaba yo 
tan convencido de que ni una seda raya de color aparece por 
lo que comúnmente se llama casualidad, que la sola presencia 
de estas rayas de la cara en este híbrido de asno y hemión me 
llevó a preguntar al coronel Poole si estas rayas en la cara se 
presentaban alguna vez en la raza de Kativar eminentemente 
rayada, y la respuesta, como hemos visto, fue afirmativa. 

Ahora bien: ¿qué diremos de estos diferentes hechos? 
Vemos varias especies distintas del género caballo que, por 
simple variación, presentan rayas en las patas como una 
cebra, y rayas en el lomo como un asno. En el caballo vemos 
esta tendencia muy marcada siempre que aparece un color 
bayo, color que se acerca al de la coloración general de las 
otras especies del género. La aparición de rayas no va 
acompañada de cambio alguno de forma ni de ningún otro 
carácter nuevo. Esta tendencia a presentar rayas se manifiesta 
más intensamente en híbridos de algunas de las especies más 
distintas. Examinemos ahora el caso de las diferentes razas de 
palomas: descienden de una especie de paloma —incluyendo 
dos o tres subespecies o razas geográficas— de color azulado 
con determinadas fajas y otras señales, y cuando una casta 
cualquiera toma por simple variación color azulado, estas 
listas y señales reaparecen invariablemente, sin ningún otro 
cambio de forma o de caracteres. Cuando se cruzan las razas 
más antiguas y constantes de diversos colores, vemos en los 
híbridos una poderosa tendencia al color azul y a la 
reaparición de las listas y señales. He sentado que la hipótesis 
más probable para explicar la reaparición de caracteres 
antiquísimos es que en los jóvenes de las sucesivas 
generaciones existe una tendencia a presentar el carácter 
perdido desde hace mucho tiempo, y que esta tendencia, por 


226 



causas desconocidas algunas veces, prevalece. Y acabamos de 
ver que en diferentes especies del género caballo las rayas son 
más manifiestas, o aparecen con más frecuencia, en los 
jóvenes que en los adultos. Llamemos especies a las razas de 
palomas, algunas de las cuales han criado sin variación 
durante siglos, y ¡qué paralelo resulta este caso del de las 
especies del género caballo! Por mi parte, me atrevo a dirigir 
confiadamente la vista a miles y miles de generaciones atrás, y 
veo un animal listado como una cebra, aunque, por otra 
parte, construido quizá de modo muy diferente, antepasado 
común del caballo doméstico —haya descendido o no de uno 
o más troncos salvajes—, del asno, del hemión, del cuaga y de 
la cebra. 

El que crea que cada especie equina fue creada 
independientemente afirmará, supongo yo, que cada especie 
ha sido creada con tendencia a variar, tanto en la naturaleza 
como en domesticidad, de este modo especial, de manera que 
con frecuencia se presente con rayas, como las otras especies 
del género, y que todas han sido creadas con poderosa 
tendencia —cuando se cruzan con especies que viven en 
puntos distantes del mundo— a producir híbridos que por 
sus rayas se parecen, no a sus propios padres, sino a otras 
especies del género. Admitir esta opinión es, a mi parecer, 
desechar una causa real por otra imaginaria, o, por lo menos, 
por otra desconocida. Esta opinión convierte las obras de 
Dios en una pura burla y engaño; casi preferiría yo creer, con 
los antiguos e ignorantes cosmogonistas, que las conchas 
fósiles no han vivido nunca, sino que han sido creadas de 
piedra para imitar las conchas que viven en las orillas del mar. 

Resumen. 

Nuestra ignorancia de las leyes de la variación es profunda. 
Ni en un solo caso entre ciento podemos pretender señalar 


227 



una razón por la que esta o aquella parte ha variado; pero, 
siempre que tenemos medio de establecer comparación, 
parece que han obrado las mismas leyes al producir las 
pequeñas diferencias entre variedades de una especie y las 
diferencias mayores entre especies del mismo género. 

El cambio de condiciones, generalmente, produce simples 
variaciones fluctuantes; pero algunas veces produce efectos 
directos y determinados, y éstos, con el tiempo, pueden llegar 
a ser muy acentuados, aun cuando no tenemos pruebas 
suficientes sobre este punto. 

La costumbre, produciendo particularidades de 
constitución; el uso, fortificando los órganos, y el desuso, 
debilitándolos y reduciéndolos, parecen haber sido en 
muchos casos de poderosa eficacia. 

Las partes homólogas tienden a variar de la misma manera 
y tienden a soldarse. Las modificaciones en partes externas 
influyen a veces en partas blandas e internas. 

Cuando una parte está muy desarrollada, quizá tiende a 
atraer substancia nutritiva de las partes contiguas; y toda 
parte del organismo que pueda ser economizada sin 
detrimento será economizada. 

Los cambios de conformación en una edad temprana 
pueden influir en partes que se desarrollen después, e 
indudablemente ocurren muchos casos de variaciones 
correlativas cuya naturaleza no podemos comprender. 

Los órganos múltiples son variables en número y 
estructura, qüizá debido a que tales órganos no se han 
especializado mucho para una función determinada, de 
manera que sus modificaciones no han sido rigurosamente 
refrenadas por la selección natural. Se debe probablemente a 
la misma causa el que los seres orgánicos inferiores en la 
escala son más variables que los superiores, que tienen todo 


228 



su organismo más especializado. 

Los órganos rudimentarios, por ser inútiles, no están 
regulados por la selección natural, siendo, por tanto, 
variables. 

Los caracteres específicos —esto es, los caracteres que se 
han diferenciado después que las diversas especies del mismo 
género se separaron de su antepasado común— son más 
variables que los caracteres genéricos, o sea aquellos que han 
sido heredados de antiguo y no se han diferenciado dentro de 
este período. 

En estas observaciones nos referimos a partes u órganos 
determinados que son todavía variables, debido a que han 
variado recientemente y, de este modo, llegado a diferir; pero 
hemos visto en el capítulo segundo que el mismo principio se 
aplica a todo el individuo, pues en una región donde se 
encuentran muchas especies de un mismo género —esto es, 
donde ha habido anteriormente mucha variación y 
diferenciación, o donde ha trabajado activamente la fábrica de 
esencias nuevas—, en esta región y en estas especies 
encontramos ahora, por término medio, el mayor número de 
variedades. 

Los caracteres sexuales secundarios son muy variables y 
difieren mucho en las especies del mismo grupo. La 
variabilidad en las mismas partes del organismo ha sido 
generalmente aprovechada dando diferencias sexuales 
secundarias a los dos sexos de la misma especie, y diferencias 
específicas a las diversas especies de un mismo género. 

Un órgano o parte desarrollada en grado o modo 
extraordinario, en comparación de la misma parte u órgano 
en las especies afines, debe haber experimentado 
modificación extraordinaria desde que se originó el género, y 
así podemos comprender por qué muchas veces hayan de ser 


229 



todavía mucho más variables que otras partes, pues la 
variación es un proceso lento y de mucha duración, y la 
selección natural, en estos casos, no habrá tenido aún tiempo 
de superar la tendencia a más variación y a reversión a un 
estado menos modificado. Pero cuando una especie que tiene 
un órgano extraordinariamente desarróllalo ha llegado a ser 
madre de muchos descendientes modificados —lo cual, según 
nuestra teoría, tiene que ser un proceso lentísimo que 
requiere un gran lapso de tiempo—, en este caso, la selección 
natural ha logrado dar un carácter fijo al órgano, por muy 
extraordinario que sea el modo en que pueda haberse 
desarrollado. 

Las especies que heredan casi la misma constitución de un 
antepasado común y están expuestas a infiuencias parecidas 
tienden naturalmente a presentar variaciones análogas, o 
pueden a veces volver a algunos de los caracteres de sus 
antepasados. Aun cuando de la reversión y variación análoga 
no pueden originarse modificaciones nuevas e importantes, 
estas modificaciones aumentarán la hermosa y armónica 
diversidad de la naturaleza. 

Cualquiera que pueda ser la causa de cada una de las ligeras 
diferencias entre los hijos y sus padres —y tiene que existir 
una causa para cada una de ellas—, tenemos fundamento para 
creer que la continua acumulación de diferencias favorables 
es la que ha dado origen a todas las modificaciones más 
importantes de estructura en relación con las costumbres de 
cada especie. 


230 



CAPÍTULO VI 

Dificultades de la teoría. 

Dificultades de la teoría de la descendencia con modificación.—Ausencia o rareza 
de variedades de transición.—Transiciones en las costumbres.—Costumbres 
diversas en la misma especie.—Especies con costumbres muy diferentes de las de 
sus afines.—Órganos de extrema perfección.—Modos de transición.—Casos 
difíciles .—Natura non facit saltum .—Órganos de poca importancia.—Los órganos 
no son en todos los casos completamente perfectos.—La ley de unidad de tipo y la 
de las condiciones de existencia están comprendidas en la teoría de la selección 
natural. 

Mucho antes de que el lector haya llegado a esta parte de 
mi obra se le habrán ocurrido una multitud de dificultades. 
Algunas son tan graves, que aun hoy dia apenas puedo 
reflexionar sobre ellas sin vacilar algo; pero, según mi leal 
saber y entender, la mayor parte son sólo aparentes, y las que 
son reales no son, creo yo, funestas para mi teoría. 

Estas dificultades y objeciones pueden clasificarse en los 
siguientes grupos: 

l.° Si las especies han descendido de otras especies por 
suaves gradaciones, ¿por qué no encontramos en todas partes 
innumerables formas de transición? ¿Por qué no está toda la 
naturaleza confusa, en lugar de estar las especies bien 
definidas según las vemos? 

2° ¿Es posible que un animal que tiene, por ejemplo, la 
confirmación y costumbres de un murciélago pueda haber 
sido formado por modificación de otro animal de costumbres 
y estructura muy diferentes? ¿Podemos creer que la selección 
natural pueda producir, de una parte, un órgano 
insignificante, tal como la cola de la jirafa, que sirve de 
mosqueador, y, de otra, un órgano tan maravilloso como el 
ojo? 

3.° ¿Pueden los instintos adquirirse y modificarse por 
selección natural? ¿Qué diremos del instinto que lleva a la 


231 



abeja a hacer celdas y que prácticamente se ha anticipado a los 
descubrimientos de profundos matemáticos? 

4° ¿Cómo podemos explicar que cuando se cruzan las 
especies son estériles o producen descendencia estéril, 
mientras que cuando se cruzan las variedades su fecundidad 
es sin igual? 

Los dos primeros grupos se discutirán ahora, algunas 
objeciones diversas en el capitulo próximo, el instinto y la 
hibridación en los dos capítulos siguientes. 

Sobre la ausencia o rareza de variedades de transición. 

Como la selección natural obra solamente por la 
conservación de modificaciones útiles, toda forma nueva, en 
un país bien poblado, tenderá a suplantar, y finalmente a 
exterminar, a su propia forma madre, menos perfeccionada, y 
a otras formas menos favorecidas con que entre en 
competencia. De este modo la extinción y la selección natural 
van de acuerdo. Por consiguiente, si consideramos cada 
especie como descendiente de alguna forma desconocida, 
tanto la forma madre como todas las variedades de transición 
habrán sido, en general, exterminadas precisamente por el 
mismo proceso de formación y perfeccionamiento de las 
nuevas formas. 

Pero como, según esta teoría, tienen que haber existido 
innumerables formas de transición, ¿por qué no las 
encontramos enterradas en número sin fin en la corteza 
terrestre? Será más conveniente discutir esta cuestión en el 
capítulo sobre la «Imperfección de los Registros Geológicos», 
y aquí diré sólo que creo que la respuesta estriba 
principalmente en que los registros son incomparablemente 
menos perfectos de lo que generalmente se supone. La corteza 
terrestre es un inmenso museo; pero las colecciones naturales 
han sido hechas de un modo imperfecto y sólo a largos 


232 



intervalos. 

Pero puede argüirse que cuando diferentes especies muy 
afines viven en el mismo territorio debiéramos encontrar 
seguramente hoy día muchas formas de transición. Tomemos 
un caso sencillo: recorriendo de norte a sur un continente, 
nos encontramos de ordinario, a intervalos sucesivos, con 
especies muy afines o representativas, que evidentemente 
ocupan casi el mismo lugar en la economía natural del país. 
Con frecuencia estas especies representativas se encuentran y 
entremezclan, y a medida que la una se va haciendo más rara, 
la otra se hace cada vez más frecuente, hasta que una 
reemplaza a la otra. Pero si comparamos estas especies donde 
se entremezclan, son, por lo general, en absoluto tan distintas 
en todos los detalles de conformación, como lo son los 
ejemplares tomados en el centro de la región habitada por 
cada una. Según mi teoría, estas especies afines descienden de 
un antepasado común, y durante el proceso de modificación 
se ha adaptado cada una a las condiciones de vida de su 
propia región y ha suplantado y exterminado a su forma 
madre primitiva y a todas las variedades de transición entre 
su estado presente y su estado pasado. De aquí que no 
debamos esperar encontrarnos actualmente con numerosas 
variedades de transición en cada región, aun cuando éstas 
tengan que haber existido allí y pueden estar allí enterradas en 
estado fósil. Pero en las regiones intermedias que tienen 
condiciones intermedias de vida, ¿por qué no encontramos 
actualmente variedades intermedias de íntimo enlace? Esta 
dificultad, durante mucho tiempo, me confundió por 
completo; pero creo que puede explicarse en gran parte. 

En primer lugar, tendríamos que ser muy prudentes al 
admitir que un área haya sido continua durante un largo 
período, porque lo sea actualmente. La geología nos llevaría a 
creer que la mayor parte de los continentes, aun durante los 


233 



últimos períodos terciarios, han estado divididos formando 
islas, y en estas islas pudieron haberse formado 
separadamente especies distintas, sin posibilidad de que 
existiesen variaciones intermedias en zonas intermedias. 
Mediante cambios en la forma de la tierra y en el clima, 
regiones marinas hoy continuas tienen que haber existido 
muchas veces, dentro de los tiempos recientes, en disposición 
mucho menos continua y uniforme que actualmente. Pero 
dejaré a un lado este modo de eludir la dificultad, pues creo 
que muchas especies perfectamente definidas se han formado 
en regiones por completo continuas, aun cuando no dudo que 
la antigua condición dividida de regiones ahora continuas ha 
desempeñado un papel importante en la formación de 
especies nuevas, sobre todo en animales errantes y que se 
cruzan con facilidad. 

Considerando las especies según están distribuidas en una 
vasta región, las encontramos por lo general bastante 
numerosas en un gran territorio, haciéndose luego, casi de 
repente, más y más raras en los límites, y desapareciendo por 
último. De aquí que el territorio neutral entre dos especies 
representativas es generalmente pequeño, en comparación 
con el territorio propio de cada una. Vemos el mismo hecho 
subiendo a las montañas, y a veces es muy notable lo 
súbitamente que desaparece una especie alpina común, como 
ha hecho observar Alph. de Candolle. El mismo hecho ha sido 
observado por E. Eorbes al explorar con la draga las 
profundidades del mar. A los que consideran el clima y las 
condiciones físicas de vida como elementos importantísimos 
de distribución de los seres orgánicos, estos hechos debieran 
causarles sorpresa, pues el clima y la altura y la profundidad 
varían gradual e insensiblemente. Pero cuando tenemos 
presente que casi todas las especies, incluso en sus regiones 
primitivas, aumentarían inmensamente en número de 


234 



individuos si no fuese por otras especies que están en 
competencia con ellas; que casi todas las especies hacen presa 
de otras o les sirven de presa; en una palabra, que cada ser 
orgánico está directa o indirectamente relacionado del modo 
más importante con otros seres orgánicos, vemos que la 
superficie ocupada por los individuos de una especie en un 
país cualquiera no depende en modo alguno exclusivamente 
del cambio gradual de las condiciones físicas, sino que 
depende, en gran parte, de la presencia de otras especies de las 
que vive aquélla, o por las cuales es destruida, o con las que 
entra en competencia; y como estas especies son ya entidades 
definidas que no pasan de una a otra por gradaciones 
insensibles, la extensión ocupada por una especie, 
dependiendo como depende de la extensión ocupada por las 
otras, tenderá a ser rigurosamente limitada. Es más: toda 
especie, en los confines de la extensión que ocupa, donde 
existe en número más reducido, estará muy expuesta a 
completo exterminio, al variar el número de sus enemigos o 
de sus presas o la naturaleza del clima y, de este modo, su 
distribución geográfica llegará a estar todavía más 
definidamente limitada. 

Como las especies próximas o representativas, cuando 
viven en una región continua, están, por lo general, 
distribuidas de tal modo que cada una ocupa una gran 
extensión con un territorio neutral relativamente estrecho 
entre ellas en el cual se hacen casi de repente más y más raras, 
y como las variedades no difieren esencialmente de las 
especies, la misma regla se aplicará probablemente a unas y 
otras: y si tomamos una especie que varía y que vive en una 
región muy grande, tendrá que haber dos variedades 
adaptadas a dos espacios grandes y una tercera a una zona 
intermedia estrecha. La variedad intermedia, por 
consiguiente, existirá con número menor de individuos, por 


235 



habitar una región menor y más estrecha, y prácticamente, 
hasta donde podemos averiguar, esta regla se comprueba en 
las variedades en estado natural. Me he encontrado con 
ejemplos notables de esta regla en el caso de las variedades 
intermedias que existen entre variedades bien señaladas en el 
género Balanus, y de las noticias que me han dado míster 
Watson, el doctor Asa Cray y míster Wollaston, resultaría 
que, por lo general, cuando se presentan variedades 
intermedias entre dos formas, son mucho más escasas en 
número de individuos que las formas que enlazan. Ahora 
bien: si podemos dar crédito a estos hechos e inducciones y 
llegar a la conclusión de que las variedades que enlazan otras 
dos variedades han existido generalmente con menor número 
de individuos que las formas que enlazan, entonces podemos 
comprender por qué las variedades intermedias no resisten 
durante períodos muy largos; porque, por regla general, son 
exterminadas y desaparecen más pronto que las formas que 
primitivamente enlazaron. 

En efecto todas las formas que existen representadas por un 
corto número de individuos, corren, según vimos, mayor 
riesgo de ser exterminadas que las que están representadas 
por un gran número, y, en este caso particular, la forma 
intermedia estaría sumamente expuesta a invasiones de las 
formas muy afines que viven a ambos lados de ella. Pero es 
una consideración mucho más importante el que, durante el 
proceso de modificación posterior, por el que se supone que 
dos variedades se transforman y perfeccionan hasta constituir 
dos especies distintas, las dos que tienen número mayor de 
individuos por vivir en regiones mayores, llevarán una gran 
ventaja sobre las variedades intermedias que tienen un menor 
número de individuos en una zona menor e intermedia. En 
un período dado, las formas con mayor número tendrán más 
probabilidades de presentar nuevas variaciones favorables 


236 



para que se apodere de ellas la selección natural, que las 
formas más raras, que tienen menos individuos. Por 
consiguiente las formas más comunes tenderán, en la lucha 
por la vida, a vencer y a suplantar a las formas menos 
comunes, pues éstas se modificarán y perfeccionarán más 
lentamente. Es el mismo principio, creo yo, que explica el que 
las especies comunes en cada país, según se demostró en el 
capítulo segundo, presenten por término medio un número 
mayor de variedades bien señaladas que las especies más 
raras. Puedo aclarar lo que pienso suponiendo que se tienen 
tres variedades de ovejas, una adaptada a una gran región 
montañosa, otra a una zona relativamente estrecha y algo 
desigual, y una tercera a las extensas llanuras de la base, y que 
los habitantes se están todos esforzando con igual constancia 
y habilidad para mejorar por selección sus rebaños. En este 
caso, las probabilidades estarán muy en favor de los grandes 
propietarios de las montañas y de las llanuras, que mejoran 
sus castas más rápidamente que los pequeños propietarios de 
la zona intermedia estrecha y algo desigual, y, por 
consiguiente, la casta mejorada de la montaña o la de la 
llanura ocupará pronto el lugar de la casta menos mejorada 
de la falda de la montaña, y así las dos castas que 
primitivamente existieron, representadas por gran número de 
individuos, llegarán a ponerse completamente en contacto, 
sin la interposición de la variedad intermedia de la falda, que 
habrá sido suplantada. 

Resumiendo, creo que las especies llegan a ser entidades 
bastante bien definidas, y no se presentan en ningún período 
como un inextricable caos de eslabones variantes e 
intermedios: 

Primero. Porque las nuevas variedades se forman muy 
lentamente, pues la variación es un proceso lento, y la 
selección natural no puede hacer nada hasta que se presenten 


237 



diferencias y variaciones individuales favorables, y hasta que 
un puesto en la economía de un país puede estar mejor 
ocupado por alguna modificación de alguno o algunos de sus 
habitantes; y estos nuevos puestos dependerán de cambios 
lentos de clima o de la inmigración accidental de nuevos 
habitantes, y, probablemente en grado aún mucho mayor, de 
que algunos de los antiguos se modifiquen lentamente, 
obrando y reaccionando mutuamente las nuevas formas 
producidas de este modo y las antiguas. Así, pues, en toda 
región y en todo tiempo, hemos de ver muy pocas especies 
que presenten ligeras modificaciones de estructura, hasta 
cierto punto permanentes, y esto es seguramente lo que 
vemos. 

Segundo. En muchos casos, territorios actualmente 
continuos deben haber existido, dentro del período moderno, 
como partes aisladas, en las cuales muchas formas, sobre todo 
de las clases que se unen para cada cría y vagan mucho de un 
lugar a otro, pueden haberse vuelto separadamente lo 
bastante distintas para ser consideradas como especies 
representativas. En este caso tienen que haber existido 
anteriormente, dentro de cada parte aislada de tierra, 
variedades intermedias entre las diferentes especies 
representativas y su tronco común; pero estos eslabones, 
durante el proceso de selección natural, habrán sido 
suplantados y exterminados de modo que ya no se 
encontrarán en estado viviente. 

Tercero. Cuando se han formado dos o más variedades en 
regiones diferentes de un territorio rigurosamente continuo, 
es probable que se hayan formado al principio variedades 
intermedias en las zonas intermedias; pero generalmente 
habrán sido de corta duración, pues estas variedades 
intermedias, por razones ya expuestas—o sea por lo que 
sabemos de la distribución actual de las especies 


238 



representativas o muy afines, e igualmente de las variedades 
reconocidas—, existirán en las zonas intermedias con menor 
número de individuos que las variedades que tienden a 
enlazar. Por esta causa, sólo las variedades intermedias están 
expuestas a exterminio accidental y, durante el proceso de 
modificación ulterior mediante selección natural, serán casi 
con seguridad vencidas y suplantadas por las formas que 
enlazan, pues éstas, por estar representadas por mayor 
número de individuos, presentarán en conjunto más 
variedades, y así mejorarán aún más por selección natural y 
conseguirán nuevas ventajas. 

Finalmente, considerando, no un tiempo determinado, 
sino todo el tiempo, si mi teoría es cierta, tienen que haber 
existido innumerables variedades intermedias que enlacen 
estrechamente todas las especies del mismo grupo; pero el 
mismo proceso de selección natural tiende constantemente, 
como tantas veces se ha hecho observar, al exterminio de las 
formas madres y de los eslabones intermedios. En 
consecuencia, sólo pueden encontrarse pruebas de su pasada 
existencia en los restos fósiles, los cuales, como intentaremos 
demostrar en uno de las capítulos siguientes, están 
conservados en registros sumamente imperfectos e 
interrumpidos. 

Del origen y transiciones de los seres orgánicos que tienen 
costumbres y conformación peculiares. 

Los adversarios de las ideas que sostengo han preguntado 
cómo pudo, por ejemplo, un animal carnívoro terrestre 
convertirse en un animal con costumbres acuáticas; porque 
¿cómo pudo subsistir el animal de su estado transitorio? Fácil 
sería demostrar que existen actualmente animales carnívoros 
que presentan todos los grados intermedios entre las 
costumbres rigurosamente terrestres y las acuáticas, y si todos 


239 



estos animales existen en medio de la lucha por la vida, es 
evidente que cada uno tiene que estar bien adaptado a su 
lugar en la naturaleza. Consideremos la Mustela vison de 
América del Norte, que tiene los pies con membranas 
interdigitales, y que se asemeja a la nutria por su pelo, por sus 
patas cortas y por la forma de la cola. Durante el verano, el 
animal se zambulle para apresar pescado, pero durante el 
largo invierno abandona las aguas heladas y, como los otros 
mustélidos, devora ratones y animales terrestres. Si se hubiese 
tomado un caso diferente y se hubiese preguntado cómo un 
cuadrúpedo insectívoro pudo probablemente convertirse en 
murciélago que vuela, la pregunta hubiera sido mucho más 
difícil de contestar. Sin embargo, creo que tales dificultades 
son de poco peso. 

En esta ocasión, como en otras, me encuentro en una 
situación muy desventajosa; pues de los muchos casos 
notables que he reunido, sólo puedo dar un ejemplo o dos de 
costumbres y conformaciones de transición en especies afines 
y de costumbres diversas, constantes o accidentales en la 
misma especie. Y me parece que sólo una larga lista de estos 
casos puede ser suficiente para aminorar la dificultad en un 
caso dado como el del murciélago. 

Consideremos la familia de las ardillas; en ella tenernos la 
más delicada gradación desde animales con la cola sólo un 
poco aplastada, y, según ha señalado Sir J. Richardson, desde 
animales con la parte posterior del cuerpo un poco ancha y 
con la piel de los lados algo holgada, hasta las llamadas 
ardillas voladoras; y las ardillas voladoras tienen sus 
miembros, y aun la base de la cola, unidos por una ancha 
expansión de piel que sirve como de paracaídas y les permite 
deslizarse en el aire, hasta una asombrosa distancia, entre un 
árbol y otro. Es indudable que cada conformación es de 
utilidad para cada clase de ardilla en su propio país. 


240 



permitiéndole escapar de las aves y mamíferos de presa y 
procurarse más rápidamente la comida, disminuyendo el 
peligro de caídas accidentales, como fundadamente podemos 
creer. Pero de este hecho no se sigue que la estructura de cada 
ardilla sea la mejor concebible para todas las condiciones 
posibles. Supongamos que cambien el clima y la vegetación; 
supongamos que emigren otros roedores rivales o nuevos 
animales de presa, o que los antiguos se modifiquen, y la 
analogía nos llevaría a creer que algunas por lo menos de las 
ardillas disminuirían en número de individuos o se 
extinguirían, a menos que se modificasen y perfeccionasen su 
conformación del modo correspondiente. No se ve, por 
consiguiente, dificultad —sobre todo si cambian las 
condiciones de vida— en la continua conservación de 
individuos con membranas laterales cada vez más amplias, 
siendo útil y propagándose cada modificación hasta que, por 
la acumulación de los resultados de este proceso de selección 
natural, se produjo una ardilla voladora perfecta. 

Consideremos ahora el Galeopithecus, el llamado lémur 
volador, que antes se clasificaba entre los murciélagos, 
aunque hoy se cree que pertenece a los insectívoros. Una 
membrana lateral sumamente ancha se extiende desde los 
ángulos de la mandíbula hasta la cola, y comprende los 
miembros con sus largos dedos. Esta membrana lateral posee 
un músculo extensor. Aun cuando no existan animales de 
conformación adecuada para deslizarse por el aire, que unan 
en la actualidad el Galeopilhecus con los insectívoros, sin 
embargo, no hay dificultad en suponer que estas formas de 
unión han existido en otro tiempo y que cada una se 
desarrolló del mismo modo que en las ardillas, que se deslizan 
en el aire con menos perfección, pues cada grado fue útil al 
animal que lo poseía. Tampoco sé ver dificultad insuperable 
en creer además que los dedos y el antebrazo del 


241 



Galeopithecus, unidos por membrana, pudiesen haberse 
alargado mucho por selección natural, y esto —por lo que a 
los órganos del vuelo se refiere— hubiera convertido este 
animal en un murciélago. En ciertos murciélagos en que la 
membrana del ala se extiende desde la parte alta de la espalda 
hasta la cola y comprende los miembros posteriores, 
encontramos, quizás, vestigios de un aparato primitivamente 
dispuesto para deslizarse por aire, más bien que para el vuelo. 

Si se hubiesen extinguido una docena de géneros de aves, 
¿quién se hubiera atrevido a imaginar que podían haber 
existido aves que usaban las alas únicamente a modo de 
paletas, como el logger-headed ducU^'^^ (Micropterus de 
Eyton), o de aletas en el agua y de patas anteriores en tierra, 
como el pájaro bobo, o de velas, como el avestruz, o 
prácticamente para ningún objeto, como el Apteryx. Sin 
embargo, la conformación de cada una de estas aves es buena 
para el ave respectiva, en las condiciones de vida a que se 
encuentra sujeta, pues todas tienen que luchar para vivir; pero 
esta conformación no es necesariamente la mejor posible en 
todas las condiciones posibles. De estas observaciones no hay 
que deducir que alguno de los grados de conformación de alas 
a que se ha hecho referencia —los cuales pueden, quizás, ser 
todos resultados del desuso— indique las etapas por las que 
las aves adquirieron positivamente su perfecta facultad de 
vuelo; pero sirven para mostrar cuán diversos modos de 
transición son, por lo menos, posibles. 

Viendo que algunos miembros de las clases de respiración 
acuática, como los crustáceos y moluscos, están adaptados a 
vivir en tierra, y viendo que tenemos aves y mamíferos 
voladores, insectos voladores de los tipos más diversos, y que 
en otro tiempo hubo reptiles que volaban, se concibe que los 
peces voladores que actualmente se deslizan por el aire. 


242 


elevándose un poco y girando con ayuda de sus trémulas 
aletas, pudieron haberse modificado hasta llegar a ser 
animales perfectamente alados. Si esto hubiese ocurrido 
¿quién hubiera siquiera imaginado que en un primer estado 
de transición habían sido habitantes del océano y habían 
usado sus incipientes órganos de vuelo exclusivamente —por 
lo que sabemos— para escapar de ser devorados por los 
peces? 

Cuando vemos una estructura sumamente perfeccionada 
para una costumbre particular, como las alas de un ave para el 
vuelo, hemos de tener presente que raras veces habrán 
sobrevivido hasta hoy día animales que muestren los 
primeros grados de transición, pues habrán sido suplantados 
por sus sucesores, que gradualmente se fueron volviendo más 
perfectos mediante la selección natural. Es más, podemos 
sacar la conclusión de que los estados de transición entre 
conformaciones adecuadas a modos muy diferentes de vida 
raras veces se han desarrollado en gran abundancia ni 
presentado muchas formas subordinadas, en un período 
primitivo. Así, pues, volviendo a nuestro ejemplo imaginario 
del pez volador, no parece probable que se hubiesen 
desarrollado peces capaces de verdadero vuelo, con muchas 
formas subordinadas para capturar de muchos modos, presas 
de muchas clases en tierra y en el agua, hasta que sus órganos 
de vuelo hubiesen llegado a un grado de perfección lo 
bastante elevado para darles, en la lucha por la vida, una 
ventaja decisiva sobre otros animales. De aquí que las 
probabilidades de descubrir en estado fósil especies que 
presenten transiciones de estructura serán siempre menores, 
por haber existido estas especies en menor número que en el 
caso de especies con estructuras completamente 
desarrolladas. 

Daré ahora dos o tres ejemplos, tanto de cambio de 


243 



costumbres como de diversidad de ellas en individuos de la 
misma especie. En ambos casos sería fácil a la selección 
natural adaptar la estructura del animal a sus nuevas 
costumbres o exclusivamente a una de sus diferentes 
costumbres. Es, sin embargo, difícil decidir, y sin importancia 
para nosotros, si cambian en general primero las costumbres 
y después la estructura, o si ligeras modificaciones de 
conformación llevan al cambio de costumbres; siendo 
probable que ambas cosas ocurran casi simultáneamente. En 
cuanto a casos de cambio de costumbres, será suficiente 
mencionar tan sólo el de los muchos insectos británicos que 
se alimentan actualmente de plantas exóticas o 
exclusivamente de substancias artificiales. De diversidad de 
costumbres podrían citarse innumerables ejemplos; con 
frecuencia he observado en América del Sur a un tiránido 
{Saurophagus sulphuratus) cerniéndose sobre un punto y 
yendo después a otro, como lo haría un cernícalo, y en otras 
ocasiones lo he visto inmóvil a la orilla del agua, y luego 
lanzarse a ésta tras un pez, como lo haría un martín pescador. 
En nuestro propio país se puede observar el carbonero {Parus 
major) trepando por las ramas, casi como un gateador^^^^; a 
veces, como un alcaudón, mata pájaros pequeños, dándoles 
golpes en la cabeza, y muchas veces le he oído martillar las 
simientes del tejo sobre una rama y romperlas así, como lo 
haría un trepatroncos Hearne ha visto en América del 
Norte al oso negro nadar durante horas con la boca muy 
abierta, cogiendo así, casi como una ballena, insectos en el 
agua. 

Como algunas veces vemos individuos que siguen 
costumbres diferentes de las propias de su especie y de las 
restantes especies del mismo género, podríamos esperar que 
estos individuos diesen a veces origen a nuevas especies, de 
costumbres anómalas, y cuya estructura se separaría, más o 


244 


menos considerablemente, de la de su tipo. Y ejemplos de esta 
clase ocurren en la Naturaleza. ¿Puede darse un ejemplo más 
notable de adaptación a trepar a los árboles y coger insectos 
en las grietas de su corteza que el del pájaro carpintero? Sin 
embargo, en América del Norte hay pájaros carpinteros que 
se alimentan en gran parte de frutos, y otros con largas alas 
que cazan insectos al vuelo. En las llanuras de La Plata, donde 
apenas crece un árbol, hay un pájaro carpintero (Colaptes 
campestris) que tiene dos dedos hacia delante y dos hacia 
detrás, la lengua larga y puntiaguda, las plumas rectrices 
puntiagudas, lo suficientemente rígidas para sostener el 
animal su posición vertical en un poste, aunque no tan rígidas 
como en los pájaros carpinteros típicos, y el pico recto y 
fuerte. El pico, sin embargo, no es tan recto o no es tan fuerte 
como en los pájaros carpinteros típicos, pero es lo 
suficientemente fuerte para taladrar la madera. Por 
consiguiente, este Colaptes es un pájaro carpintero en todas 
las partes esenciales de su conformación. Aun en caracteres 
tan insignificantes como la coloración, el timbre desagradable 
de la voz y el vuelo ondulado, se manifiesta claramente su 
parentesco con nuestro pájaro carpintero común, y, sin 
embargo —como puedo afirmar, no sólo por mis propias 
observaciones, sino también por las de Azara, tan exacto— en 
algunos grandes distritos no trepa a los árboles y hace sus 
nidos en agujeros en márgenes. En otros distritos, sin 
embargo, este mismo pájaro carpintero, según manifiesta 
míster Hudson, frecuenta los árboles y hace agujeros en el 
tronco para anidar. Puedo mencionar, como otro ejemplo de 
las costumbres diversas de este género, que De Saussure ha 
descrito, que un Colaptes de Méjico hace agujeros en madera 
dura para depositar una provisión de bellotas. 

Los petreles son las aves más aéreas y oceánicas que existen; 
pero en las bahías tranquilas de la Tierra del Luego la 


245 



Puffinuria berardi, por sus costumbres generales, por su 
asombrosa facultad de zambullirse, por su manera de nadar y 
de volar cuando se la obliga a tomar el vuelo, cualquiera la 
confundiría con un pingüino o un somormujo, y, sin 
embargo, esencialmente es un petrel, pero con muchas partes 
de su organismo modificadas profundamente, en relación con 
su nuevo género de vida, mientras que la conformación del 
pájaro carpintero de La Plata se ha modificado tan sólo 
ligeramente. En el caso del tordo de agua, el más perspicaz 
observador, examinando el cuerpo muerto, jamás hubiese 
sospechado sus costumbres semiacuáticas, y, sin embargo, 
esta ave, relacionada con la familia de los tordos, encuentra su 
alimento buceando, para lo que utiliza sus alas bajo el agua y 
se agarra a las piedras con las patas. Todos los miembros del 
gran orden de los insectos himenópteros son terrestres, 
excepto el género Proctotrupes, que sir John Lubbock ha 
descubierto que es de costumbres acuáticas; con frecuencia 
entra en el agua y bucea, utilizando, no sus patas, sino sus 
alas, y permanece hasta cuatro horas debajo del agua; sin 
embargo, no muestra modificación alguna en su estructura 
relacionada con sus costumbres anómalas. 

El que crea que cada ser viviente ha sido creado tal como 
ahora lo vemos, se tiene que haber visto algunas veces 
sorprendido al encontrarse con un animal cuyas costumbres y 
conformación no están de acuerdo. ¿Qué puede haber más 
evidente que el que los pies con membranas interdigitales de 
los patos y gansos están hechos para nadar y, sin embargo, 
existen los gansos de tierra^^^^, que tienen membranas 
interdigitales, aunque rara vez se acercan al agua, y nadie, 
excepto Andubon, ha visto al rabihorcado, que tiene sus 
cuatro dedos unidos por membranas, posarse en la superficie 
del mar. Por el contrario, los somormujos y las fochas^^*^ son 
eminentemente acuáticos, aun cuando sus dedos están tan 


246 


sólo orlados por membranas. ¿Qué cosa parece más evidente 
que el que los dedos largos, desprovistos de membranas, de 
las zancudas, están hechos para andar por las charcas y las 
plantas flotantes? La polla de agua^^®^ y el rey de codornices 
son miembros del mismo orden: la primera es casi tan 
acuática como la focha y el segundo, casi tan terrestre como la 
codorniz y la perdiz. En estos casos, y en otros muchos que 
podrían citarse, las costumbres han cambiado, sin el 
correspondiente cambio de estructura. Puede decirse que las 
patas con membranas interdigitales del ganso de tierra se han 
vuelto casi rudimentarias en función, pero no en estructura. 
En el rabihorcado, la membrana profundamente escotada 
entre los dedos muestra que la conformación ha empezado a 
modificarse. 

El que crea en actos separados e innumerables de creación, 
puede decir que en estos casos le ha placido al Creador hacer 
que un ser de un tipo ocupe el lugar de otro que pertenece a 
otro tipo; pero esto me parece tan sólo enunciar de nuevo el 
hecho con expresión más digna. Quien crea en la lucha por la 
existencia y el principio de la selección natural, sabrá que 
todo ser orgánico se está esforzando continuamente por 
aumentar en número de individuos, y que si un ser cualquiera 
varía, aunque sea muy poco, en costumbres o conformación, 
y obtiene de este modo ventaja sobre otros que habitan en el 
mismo país, se apropiará el puesto de estos habitantes, por 
diferente que éste pueda ser de su propio puesto. Por 
consiguiente no le causará sorpresa que existan gansos y 
rabihorcados con patas con membranas interdigitales, que 
vivan en tierra seca o que rara vez se posen en el agua; que 
haya guiones de codornices con dedos largos que vivan en los 
prados, en lugar de vivir en lagunas; que haya pájaros 
carpinteros donde apenas existe un árbol; que haya tordos e 
himenópteros que buceen y petreles con costumbres de 


247 


pingüinos. 

Órganos de perfección y complicación extremas. 

Parece absurdo de todo punto—lo confieso 
espontáneamente—suponer que el ojo, con todas sus 
inimitables disposiciones para acomodar el foco a diferentes 
distancias, para admitir cantidad variable de luz y para la 
corrección de las aberraciones esférica y cromática, pudo 
haberse formado por selección natural. Cuando se dijo por 
vez primera que el Sol estaba quieto y la tierra giraba a su 
alrededor, el sentido común de la humanidad declaró falsa 
esta doctrina; pero el antiguo adagio de vox populi, vox Dei, 
como sabe todo filósofo, no puede admitirse en la ciencia. La 
razón me dice que si se puede demostrar que existen muchas 
gradaciones, desde un ojo sencillo e imperfecto a un ojo 
complejo y perfecto, siendo cada grado útil al animal que lo 
posea, como ocurre ciertamente; si además el ojo alguna vez 
varía y las variaciones son heredadas, como ocurre también 
ciertamente; y si estas variaciones son útiles a un animal en 
condiciones variables de la vida, entonces la dificultad de 
creer que un ojo perfecto y complejo pudo formarse por 
selección natural, aun cuando insuperable para nuestra 
imaginación, no tendría que considerarse como destructora 
de nuestra teoría. El saber cómo un nervio ha llegado a ser 
sensible a la luz, apenas nos concierne más que saber cómo se 
ha originado la vida misma, pero puedo señalar que, como 
quiera que algunos de los organismos inferiores, en los cuales 
no pueden descubrirse nervios, son capaces de percibir la luz, 
no es imposible que ciertos elementos sensitivos de su sarcoda 
llegasen a reunirse y desarrollarse hasta constituir nervios 
dotados de esta especial sensibilidad. 

Al buscar las gradaciones mediante las que se ha 
perfeccionado un órgano cualquiera, debemos considerar 


248 



exclusivamente sus antepasados en línea directa; pero esto 
casi nunca es posible, y nos vemos obligados a tener en cuenta 
otras especies y géneros del mismo grupo, esto es, los 
descendientes colaterales de la misma forma madre, para ver 
qué gradaciones son posibles y por si acaso algunas 
gradaciones se han transmitido inalteradas o con poca 
alteración. Y el estado del mismo órgano en distintas clases 
puede, a veces, arrojar luz sobre las etapas por que se ha ido 
perfeccionando. 

El órgano más sencillo, al que se puede dar el nombre de 
ojo, consiste en un nervio óptico rodeado por células 
pigmentarias y cubierto por piel translúcida, pero sin 
cristalino ni otro cuerpo refrigente. Podemos, sin embargo, 
según monsieur Jourdain, descender todavía un grado más y 
encontrar agregados de células pigmentarias, que parecen 
servir como órganos de vista sin nervios, y que descansen 
simplemente sobre tejido sarcódico. Ojos de naturaleza tan 
sencilla como los que se acaban de indicar, son incapaces de 
visión distinta, y sirven tan sólo para distinguir la luz de la 
obscuridad. En ciertas estrellas de mar, pequeñas depresiones 
en la capa de pigmento que rodea el nervio están llenas, según 
describe el autor citado, de una substancia gelatinosa 
transparente, que sobresale, formando una superficie 
convexa, como la córnea de los animales superiores. Sugiere 
monsieur Jourdain que esto sirve, no para formar una 
imagen, sino sólo para concentrar los rayos luminosos y hacer 
su percepción más fácil. Con esta concentración de rayos 
conseguimos dar el primer paso, de mucho el más 
importante, hacia la formación de un ojo verdadero, 
formador de imágenes, pues no tenemos mas que colocar a la 
distancia debida del aparato de concentración la extremidad 
desnuda del nervio óptico, que en unos animales inferiores se 
encuentra profundamente escondida en el cuerpo y en otros 


249 



cerca de la superficie, y se formará sobre aquélla una imagen. 

En la extensa clase de los articulados encontramos como 
punto de partida un nervio óptico simplemente cubierto de 
pigmento, formando a veces este último una especie de 
pupila, pero desprovisto de cristalino o de otra parte óptica. 
Se sabe actualmente que, en los insectos, las numerosas 
facetas de la córnea de sus grandes ojos compuestos forman 
verdaderos cristalinos, y que los conos encierran filamentos 
nerviosos, curiosamente modificados. Pero estos órganos en 
los articulados están tan diversificados, que Müller, tiempo 
ha, los dividió en tres clases principales, con siete 
subdivisiones, aparte de una cuarta clase principal de ojos 
sencillos agregados. 

Cuando reflexionamos sobre estos hechos, expuestos aquí 
demasiado brevemente, relativos a la extensión, diversidad y 
gradación de la estructura de los ojos de los animales 
inferiores, y cuando tenemos presente lo pequeño que debe 
ser el número de formas vivientes en comparación con las que 
se han extinguido, entonces deja de ser muy grande la 
dificultad de creer que la selección natural puede haber 
convertido un sencillo aparato, formado por un nervio 
vestido de pigmento y cubierto al exterior por una membrana 
transparente, en un instrumento óptico tan perfecto como el 
que poseen todos los miembros de la clase de los articulados. 

Quien llegue hasta este punto, no deberá dudar en dar otro 
paso más si, al terminar este volumen, encuentra que por la 
teoría de la modificación por selección natural se pueden 
explicar grandes grupos de hechos inexplicables de otro 
modo; deberá admitir que una estructura, aunque sea tan 
perfecta como el ojo de un águila, pudo formarse de este 
modo, aun cuando en este caso no conozca los estados de 
transición. 


250 



Se ha hecho la objeción de que para que se modificase el 
ojo y para que, a pesar de ello, se conservase como un 
instrumento perfecto, tendrían que efectuarse 
simultáneamente muchos cambios, lo cual se supone que no 
pudo hacerse por selección natural; pero, como he procurado 
mostrar en mi obra sobre la variación de los animales 
domésticos, no es necesario suponer que todas las 
modificaciones fueron simultáneas, si fueron muy lentas y 
graduales. Clases diferentes de modificación servirían, pues, 
para el mismo fin general. Míster Wallace ha hecho observar 
que «si una lente tiene el foco demasiado corto o demasiado 
largo, puede ser corregida mediante una variación de 
curvatura o mediante una variación de densidad; si la 
curvatura es irregular y los rayos no convergen en un punto, 
entonces todo aumento de regularidad en la curvatura será un 
perfeccionamiento. Así, ni la contracción del iris ni los 
movimientos musculares del ojo son esenciales para la visión, 
sino sólo perfeccionamientos que pudieron haber sido 
añadidos y completados en cualquier estado de la 
construcción del instrumento». En la división más elevada del 
reino animal, los vertebrados, encontramos como punto de 
partida un ojo tan sencillo, que consiste, como en el 
anfioxo^^”', en un saquito de membrana transparente, provisto 
de un nervio y revestido de pigmento, pero desprovisto de 
cualquier otro aparato. En los peces y reptiles, como Owen ha 
hecho observar, «la serie de gradaciones de las estructuras 
dióptricas es muy grande». Es un hecho significativo que aun 
en el hombre, según la gran autoridad de Virchow, la 
hermosa lente que constituye el cristalino está formada en el 
embrión por un cúmulo de células epidérmicas situadas en 
una depresión de la piel en forma de saco, y el humor vitreo 
está formado por tejido embrionario subcutáneo. Para llegar, 
sin embargo, a una conclusión justa acerca de la formación 


251 


del ojo, con todos sus caracteres maravillosos, aunque no 
absolutamente perfectos, es indispensable que la razón venza 
a la imaginación; pero he sentido demasiado vivamente la 
dificultad para que me sorprenda de que otros titubeen en dar 
tan enorme extensión al principio de la selección natural. 

Apenas es posible dejar de comparar el ojo con un 
telescopio. Sabemos que este instrumento se ha perfeccionado 
por los continuos esfuerzos de los hombres de mayor talento, 
y, naturalmente, deducimos que el ojo se ha formado por un 
procedimiento algo análogo; pero ¿esta deducción no será 
quizá presuntuosa? ¿Tenemos algún derecho a suponer que el 
Creador trabaja con fuerzas intelectuales como las del 
hombre? Si hemos de comparar el ojo con un instrumento 
óptico, debemos imaginar una capa gruesa de tejido 
transparente con espacios llenos de líquido y con un nervio 
sensible a la luz, situado debajo, y entonces suponer que todas 
las partes de esta capa están de continuo cambiando 
lentamente de densidad hasta separarse en capas de diferentes 
gruesos y densidades, colocadas a distancias diferentes unas 
de otras, y cuyas superficies cambian continuamente de 
forma. Además tenemos que suponer que existe una fuerza 
representada por la selección natural, o supervivencia de los 
más adecuados, que acecha atenta y constantemente, toda 
ligera variación en las capas transparentes y conserva 
cuidadosamente aquellas que en las diversas circunstancias 
tienden a producir, de algún modo o en algún grado, una 
imagen más clara. Tenemos que suponer que cada nuevo 
estado del instrumento se multiplica por un millón, y se 
conserva hasta que se produce otro mejor, siendo entonces 
destruidos los antiguos. En los cuerpos vivientes, la variación 
producirá las ligeras modificaciones, la generación las 
multiplicará casi hasta el infinito y la selección natural 
entresacará con infalible destreza todo perfeccionamiento. 


252 



Supongamos que este proceso continúa durante millones de 
años, y cada año en millones de individuos de muchas clases, 
¿podremos dejar de creer que pueda formarse de este modo 
un instrumento óptico viviente tan superior a uno de vidrio 
como las obras del Creador lo son a las del hombre? 

Modos de transición. 

Si se pudiese demostrar que existió un órgano complejo 
que no pudo haber sido formado por modificaciones 
pequeñas, numerosas y sucesivas, mi teoría se destruiría por 
completo; pero no puedo encontrar ningún caso de esta clase. 

Indudablemente existen muchos órganos cuyos grados de 
transición conocemos, sobre todo si consideramos las 
especies muy aisladas, alrededor de las cuales ha habido 
mucha destrucción, o también si tomamos un órgano común 
a todos los miembros de una clase, pues, en este último caso, 
el órgano tiene que haberse formado en un período remoto, 
después del cual se han desarrollado todos los numerosos 
miembros de la clase y, para descubrir los primeros grados de 
transición por los que ha pasado el órgano, tendríamos que 
buscar formas precursoras antiquísimas, extinguidas desde 
hace mucho tiempo. 

Hemos de ser muy prudentes en llegar a la conclusión de 
que un órgano no pudo haberse formado por transiciones 
graduales de ninguna especie. En los animales inferiores se 
podrían citar numerosos casos de un mismo órgano que a un 
mismo tiempo realiza funciones completamente distintas; así, 
en la larva del caballito del diablo y en el pez Cobites, el tubo 
digestivo respira, digiere y excreta. En la Hydra puede el 
animal ser vuelto del revés, y entonces la superficie exterior 
digerirá y el estómago respirará. En estos casos, la selección 
natural pudo especializar para una sola función, si de este 
modo se obtenía alguna ventaja, la totalidad o parte de un 


253 



órgano que anteriormente habla realizado dos funciones, y 
entonces, por grados insensibles, pudo cambiar grandemente 
su naturaleza. Se conocen muchas plantas que producen al 
mismo tiempo flores diferentemente constituidas, y si estas 
plantas tuviesen que producir flores de una sola clase, se 
efectuaría un gran cambio, relativamente brusco, en los 
caracteres de la especie. Es, sin embargo, probable que las dos 
clases de flores producidas por la misma planta se fueron 
diferenciando primitivamente por transiciones muy 
graduales, que todavía pueden seguirse en algunos casos. 

Además, dos órganos distintos, o el mismo órgano con dos 
formas diferentes, pueden realizar simultáneamente en el 
mismo individuo la misma función, y éste es un modo de 
transición importantísimo. Pongamos un ejemplo: hay peces 
que mediante agallas o branquias respiran el aire disuelto en 
el agua, al mismo tiempo que respiran el aire libre en su vejiga 
natatoria, por estar dividido este órgano por tabiques 
sumamente vascularizados y tener un conducto neumático 
para la entrada del aire. Pongamos otro ejemplo tomado del 
reino vegetal: las plantas trepan de tres modos diferentes, 
enroscándose en espiral, cogiéndose a un soporte con los 
zarcillos sensitivos y mediante la emisión de raicitas aéreas. 
Estos tres modos se encuentran de ordinario en grupos 
distintos; pero algunas especies presentan dos de estos modos, 
y aun los tres, combinados en el mismo individuo. En todos 
estos casos, uno de los dos pudo modificarse y perfeccionarse 
rápidamente hasta realizar toda la labor, siendo ayudado por 
el otro órgano, durante el proceso de la modificación, y 
entonces este otro órgano pudo modificarse para otro fin 
completamente distinto o atrofiarse por completo. 

El ejemplo de la vejiga natatoria de los peces es bueno, 
porque nos muestra claramente el hecho importantísimo de 
que un órgano construido primitivamente para un fin (la 


254 



flotación) puede convertirse en un órgano para un fin 
completamente diferente (la respiración). La vejiga natatoria, 
además, se ha transformado como un accesorio de los 
órganos auditivos de ciertos peces. Todos los fisiólogos 
admiten que la vejiga natatoria es homóloga, o «idealmente 
semejante» en posición y estructura, de los pulmones de los 
animales vertebrados superiores; por consiguiente, no hay 
razón para dudar que la vejiga natatoria se ha convertido 
positivamente en pulmones, o sea, en un órgano utilizado 
exclusivamente por la respiración. 

De acuerdo con esta opinión, puede inferirse que todos los 
animales vertebrados con verdaderos pulmones descienden 
por generación ordinaria de un antiguo prototipo 
desconocido que estaba provisto de un aparato de flotación o 
vejiga natatoria. Así podemos comprender, según deduzco de 
la interesante descripción que Owen ha dado de estos 
órganos, el hecho extraño de que toda partícula de comida o 
bebida que tragamos tenga que pasar por encima del orificio 
de la tráquea con algún peligro de caer en los pulmones, a 
pesar del precioso mecanismo mediante el cual se cierra la 
glotis. En los vertebrados superiores, las branquias han 
desaparecido por completo; pero en el embrión, las 
hendeduras a los lados del cuello y el recorrido, a modo de 
asa, de las arterias, señala todavía su posición primitiva. Pero 
se concibe que las branquias, en la actualidad perdidas por 
completo, pudieron ser gradualmente modificadas para algún 
fin distinto por la selección natural; por ejemplo, Landois ha 
demostrado que las alas de los insectos provienen de las 
tráqueas^^^^, y es, por consiguiente, muy probable que, en esta 
extensa clase, órganos que sirvieron en un tiempo para la 
respiración, se hayan convertido realmente en órganos de 
vuelo. 


255 


Al considerar las transiciones entre los órganos, es tan 
importante tener presente la posibilidad de conversión de una 
función en otra, que citará otro ejemplo. Los cirrípedos 
pedunculados tienen dos pequeños pliegues de tegumento, 
que yo he llamado frenos ovígeros, los cuales, mediante una 
secreción pegajosa, sirven para retener los huevos dentro del 
manto hasta la eclosión. Estos cirrípedos no tienen branquias: 
toda la superficie del cuerpo y del manto, junto con los 
pequeños frenos, sirve para la respiración. Los balánidos o 
cirrípedos sésiles, por el contrario, no tienen frenos ovígeros, 
quedando los huevos sueltos en el fondo del manto, dentro de 
la bien cerrada concha; pero, en la misma posición relativa 
que los frenos, tienen membranas grandes y muy plegadas, 
que comunican libremente con las lagunas circulatorias del 
manto y cuerpo, y que todos los naturalistas han considerado 
que funcionan como branquias. Ahora bien: creo que nadie 
discutirá que los frenos ovígeros en una familia son 
rigurosamente homólogos de las branquias en la otra; 
realmente existen todas las gradaciones entre ambos órganos. 
Por consiguiente, no hay que dudar que los dos pequeños 
pliegues de tegumento que primitivamente sirvieron de 
frenos ovígeros, pero que ayudaban también muy débilmente 
al acto de la respiración, se han convertido poco a poco en 
branquias por selección natural, simplemente por aumento de 
tamaño y atrofia de sus glándulas adhesivas. Si todos los 
cirrípedos pedunculados se hubiesen extinguido—y han 
experimentado una extinción mucho mayor que los 
cirrípedos sésiles—¿quién hubiera imaginado siquiera que las 
branquias de esta última familia hubiesen existido 
primitivamente como órganos para evitar que los huevos 
fuesen arrastrados por el agua fuera del manto? 

Existe otro modo posible de transición, o sea, por la 
aceleración o retardo del período de reproducción, sobre lo 


256 



cual han insistido últimamente el profesor Cope y otros en los 
Estados Unidos. Se sabe hoy día que algunos animales son 
capaces de reproducirse a una edad muy temprana, antes de 
que hayan adquirido sus caracteres perfectos, y, si esta 
facultad llegase a desarrollarse por completo en una especie, 
parece probable que, más pronto o más tarde, desaparecería el 
estado adulto, y en este caso, especialmente si la larva difiere 
mucho de la forma adulta, los caracteres de la especie 
cambiarían y se degradarían considerablemente. Además, no 
pocos animales, después de haber llegado a la edad de la 
madurez sexual, continúan modificando sus caracteres casi 
durante toda su vida. En los mamíferos, por ejemplo, la forma 
del cráneo frecuentemente se altera mucho con la edad, de lo 
que el doctor Murie ha citado algunos notables ejemplos en 
las focas; todos sabemos que las cuernas de los ciervos se 
ramifican cada vez más y las plumas de algunas aves se 
desarrollan más hermosamente a medida que estos animales 
se vuelven más viejos. El profesor Cope afirma que los dientes 
de ciertos saurios cambian mucho de forma con los años; en 
los crustáceos, según ha descrito Eritz Müller, no sólo muchas 
partes insignificantes, sino también algunas de importancia, 
toman caracteres nuevos después de la madurez sexual. En 
todos estos casos —y podrían citarse muchos—, si la edad de 
la reproducción se retardase, los caracteres de la especie, por 
lo menos en estado adulto, se modificarían, y también es 
probable que estados anteriores y primeros de desarrollo se 
precipitasen y, finalmente, se perdiesen. No puedo formar 
opinión acerca de si las especies se han modificado con 
frecuencia —si es que lo han hecho alguna vez— por este 
modo de transición relativamente súbito; pero, si esto ha 
ocurrido, es probable que las diferencias entre el joven y el 
adulto y entre el adulto y el viejo fueron primitivamente 
adquiridas por grados. 


257 



Dificultades especiales de la teoría de la selección natural. 

Aun cuando hemos de ser muy prudentes en admitir que 
un órgano no pudo haberse producido por grados pequeños y 
sucesivos de transición, sin embargo, es indudable que 
ocurren casos de grave dificultad. 

Uno de los más graves es el de los insectos neutros, que, 
con frecuencia, son de conformación diferente que las 
hembras fecundas y que los machos; pero este caso se tratará 
en el capítulo próximo. 

Los órganos eléctricos de los peces nos ofrecen otro caso de 
especial dificultad, pues no es posible concebir por qué grados 
se han producido estos maravillosos órganos; pero esto no es 
sorprendente, pues ni siquiera conocemos cuál sea su uso. En 
el Gymnotus y en el Torpedo, indudablemente sirven como 
medios poderosos de defensa, y quizás para asegurar sus 
presas; pero en la raya, según ha señalado Mateucci, un 
órgano análogo en la cola manifiesta muy poca electricidad, 
aun cuando el animal esté muy irritado; tan poca, que apenas 
puede ser de utilidad alguna para los fines antedichos. Es más, 
en la raya, aparte del órgano a que nos acabamos de referir, 
existe, como ha demostrado el doctor R. M’Donnell, otro 
órgano cerca de la cabeza que no se sabe que sea eléctrico, 
pero que parece ser el verdadero homólogo de la batería 
eléctrica del Torpedo. Se admite generalmente que entre estos 
órganos y los músculos ordinarios existe una estrecha 
analogía en la estructura íntima, en la distribución de los 
nervios y en la acción que sobre ellos ejercen diferentes 
reactivos. Hay también que observar especialmente que la 
contracción muscular va acompañada de una descarga 
eléctrica, y, como afirma el doctor Radcliffe, «en el aparato 
eléctrico del torpedo, durante el reposo, parece que hay una 
carga igual por todos conceptos a la que se encuentra en el 


258 



músculo y nervio durante el reposo, y la descarga del torpedo, 
en lugar de ser peculiar, puede ser solamente otra forma de la 
descarga que depende de la acción del músculo y del nervio 
motor». No podemos actualmente pasar de aquí en el camino 
de la explicación; pero, como sabemos tan poco acerca del uso 
de estos órganos y no sabemos nada sobre las costumbres y 
conformación de los antepasados de los peces eléctricos 
vivientes, sería muy temerario sostener que no son posibles 
transiciones útiles mediante las cuales estos órganos pudieran 
haberse desarrollado gradualmente. 

Estos órganos parecen al pronto ofrecer otra dificultad 
muchísimo más grave, pues se presentan como en una docena 
de especies de peces, algunos de los cuales son de afinidades 
muy remotas. Cuando el mismo órgano se encuentra en 
diferentes miembros de un mismo grupo, especialmente si 
tienen costumbres muy diferentes, podemos en general 
atribuir su presencia a herencia de un antepasado común, y su 
ausencia en algunos de los miembros a pérdida por desuso o 
selección natural. De manera que, si los órganos eléctricos 
hubiesen sido heredados de algún remoto antepasado, 
podríamos haber esperado que todos los peces eléctricos 
fuesen muy afines entre sí, lo cual está muy lejos de ocurrir. 
Tampoco la geología nos lleva, en modo alguno, a creer que la 
mayor parte de los peces poseyeran en otro tiempo órganos 
eléctricos que hayan perdido sus descendientes modificados. 
Pero cuando examinamos más de cerca la cuestión, vemos 
que en los distintos peces provistos de órganos eléctricos 
están éstos situados en partes diferentes del cuerpo y que 
difieren en su estructura, así como también en la disposición 
de las placas y, según Pacini, en el procedimiento o medio de 
producir la electricidad y, finalmente, en estar provistos de 
nervios que proceden de diferentes orígenes, siendo ésta 
quizás la más importante de todas las diferencias. De aquí que 


259 



los órganos eléctricos de los diferentes peces no pueden 
considerarse como homólogos, sino sólo como análogos en su 
función. Por consiguiente, no hay razón para suponer que 
hayan sido heredados de su antepasado común, pues si 
hubiese sido así, se hubieran parecido mucho por todos 
conceptos. Así, pues, se desvanece la dificultad de que un 
órgano, en apariencia el mismo, se origine en diferentes 
especies remotamente afines, quedando sólo la dificultad 
menor, aunque todavía grande, de por qué gradación 
insensible se han desarrollado estos órganos en cada uno de 
los distintos grupos de peces. 

Los órganos luminosos que se presentan en algunos 
insectos de familias muy distintas, y que están situados en 
diferentes partes del cuerpo, ofrecen, en nuestro estado actual 
de ignorancia, una dificultad casi exactamente paralela a la de 
los órganos eléctricos. Podrían citarse otros casos semejantes; 
por ejemplo, en las plantas, la curiosísima disposición de una 
masa de granos de polen llevados por un pedúnculo con una 
glándula adhesiva, es evidentemente la misma en Orchis y 
Asclepias, géneros casi los más distantes posible dentro de las 
fanerógamas; pero tampoco aquí son homólogos órganos. En 
todos los casos de seres muy separados en la escala de la 
organización que tienen órganos peculiares semejantes, se 
encontrará que, a pesar de que el aspecto general y la función 
de los órganos pueden ser iguales, sin embargo, pueden 
siempre descubrirse diferencias fundamentales entre ellos. 
Por ejemplo: los ojos de los cefalópodos y los de los 
vertebrados parecen portentosamente semejantes, y en estos 
grupos tan distantes nada de esta semejanza puede ser debido 
a herencia de un antepasado común. Míster Mivart ha 
presentado éste como un caso de especial dificultad; pero yo 
no sé ver la fuerza de su argumento. Un órgano de visión 
tiene que estar formado de tejido transparente y tiene que 


260 



comprender alguna clase de lente para formar una imagen en 
el fondo de una cámara obscura. Aparte del parecido 
superficial, apenas hay semejanza alguna real entre los ojos de 
los cefalópodos y los de los vertebrados, como puede verse 
consultando la admirable memoria de Hensen acerca de estos 
órganos en los cefalópodos. Me es imposible entrar aquí en 
detalles; pero puedo, sin embargo, indicar algunos de los 
puntos en que difieren. El cristalino, en los cefalópodos 
superiores, consta de dos partes, colocadas una tras otra, 
como dos lentes, teniendo ambas disposición y estructura 
muy diferentes de las que se encuentran en los vertebrados. 
La retina es completamente diferente, con una verdadera 
inversión de los elementos y con un ganglio nervioso grande 
encerrado dentro de las membranas del ojo. Las relaciones de 
los músculos son lo más diferentes que pueda imaginarse, y 
así en los demás puntos. Por consiguiente, no es pequeña 
dificultad los el decidir hasta qué punto deban emplearse los 
mismos términos al describir los ojos de los cefalópodos y los 
de los vertebrados. Cada cual, naturalmente, es libre de negar 
que el ojo pudo haberse desarrollado en uno y otro caso por 
selección natural de ligeras variaciones sucesivas; pero, si se 
admite esto para un caso, es evidentemente posible en el otro, 
y, de acuerdo con esta opinión acerca de su modo de 
formación, se podían haber previsto ya diferencias 
fundamentales de estructura entre los órganos visuales de 
ambos grupos. Así como algunas veces dos hombres han 
llegado independientemente al mismo invento, así también, 
en los diferentes casos precedentes, parece que la selección 
natural, trabajando por el bien de cada ser y sacando ventaja 
de todas las variaciones favorables, ha producido, en seres 
orgánicos distintos, órganos semejantes, por lo que se refiere 
a la función, los cuales no deben nada de su estructura común 
a la herencia de un común antepasado. 


261 



Fritz Müller, con objeto de comprobar las conclusiones a 
que se llega en este libro, ha seguido con mucha diligencia un 
razonamiento casi análogo. Diferentes familias de crustáceos 
comprenden un corto número de especies que poseen un 
aparato de respiración aérea y están conformadas para vivir 
fuera del agua. En dos de estas familias, que fueron estudiadas 
más especialmente por Müller y que son muy afines entre sí, 
las especies se asemejan mucho en todos los caracteres 
importantes, o sea, en los órganos de los sentidos, en el 
aparato circulatorio, en la posición de los grupos de pelos en 
el interior de su complicado estómago y, finalmente, en toda 
la estructura de las branquias mediante las que respiran en el 
agua, incluso en los microscópicos garfios, mediante los 
cuales se limpian. Por consiguiente, se podía esperar que, en 
el corto número de especies de ambas familias, que viven en 
tierra, los aparatos igualmente importantes de respiración 
aérea tendrían que ser iguales; pues ¿por qué estos aparatos 
destinados al mismo fin tendrían que haber sido hechos 
diferentes, mientras que todos los otros órganos importantes 
son muy semejantes o casi idénticos? 

Fritz Müller sostiene que esta estrecha semejanza en tantos 
puntos de estructura tiene que explicarse, de conformidad 
con las opiniones expuestas por mí, por herencia de un 
antepasado común; pero como la inmensa mayoría de las 
especies de las dos familias anteriores, como la mayor parte 
de los otros crustáceos, son de costumbres acuáticas, es 
sumamente improbable que su antepasado común haya 
estado adaptado a respirar en el aire. Müller fue así llevado a 
examinar cuidadosamente el aparato respiratorio en las 
especies de respiración aérea, y encontró que difiere en cada 
una en varios puntos importantes, como la posición de los 
orificios, el modo como se abren y se cierran y en algunos 
detalles accesorios. Ahora bien; estas diferencias se explican. 


262 



y, hasta podían esperarse, en la suposición de que especies 
pertenecientes a familias distintas se hubieran ido adaptando 
lentamente a vivir cada vez más fuera del agua y a respirar el 
aire; pues estas especies, por pertenecer a familias distintas, 
habrían sido, hasta cierto punto, diferentes, y —según el 
principio de que la naturaleza de cada variación depende de 
dos factores, a saber; la naturaleza del organismo y la de las 
condiciones ambientes— su modo de variar, con seguridad, 
no habría sido exactamente el mismo. Por consiguiente, la 
selección natural habría tenido materiales o variaciones 
diferentes con que trabajar para llegar al mismo resultado 
funcional, y las conformaciones de este modo adquiridas 
tendrían, casi necesariamente, que ser diferentes. En la 
hipótesis de actos separados de creación, toda la cuestión 
permanece ininteligible. Este razonamiento parece haber sido 
de gran peso para llevar a Eritz Müller a aceptar las opiniones 
sostenidas por mí en este libro. 

Otro distinguido zoólogo, el difunto profesor Claparéde, ha 
razonado de igual modo y ha llegado al mismo resultado. 
Demuestra que existen ácaros parásitos, pertenecientes a 
subfamilias y familias distintas, que están provistos de 
órganos para agarrarse al pelo. Estos órganos tienen que 
haberse desarrollado independientemente, pues no pudieron 
haber sido heredados de un antepasado común, y, en los 
diferentes grupos, están formados por modificación de las 
patas anteriores, de las patas posteriores, de las maxilas o 
labios y de apéndices del lado ventral de la parte posterior 
del cuerpo. 

En los casos precedentes vemos, en seres nada o 
remotamente afines, conseguido el mismo fin y ejecutada la 
misma función por órganos muy semejantes por su 
apariencia, aunque no por su desarrollo. Por otra parte, es 


263 


una regla general en toda la naturaleza que el mismo fin se 
consiga, aun a veces en el caso de seres muy afines, por 
medios los más diversos. ¡Qué diferencia de construcción 
entre el ala con plumas de un ave y el ala cubierta de 
membrana de un murciélago, y todavía más entre las cuatro 
alas de una mariposa, las dos de una mosca y las dos alas con 
élitros de un coleóptero! Las conchas bivalvas están hechas 
para abrir y cerrar; pero, ¡cuantísimos modelos existen en la 
construcción de la charmela, desde la larga fila de dientes que 
engranan primorosamente en una Nucula hasta el simple 
ligamento de un mejillón! Las simientes se diseminan por su 
pequeñez; por estar su cápsula convertida en una ligera 
cubierta, como un globo; por estar envueltas en una pulpa o 
carne, formada por partes las más diversas, y hecha nutritiva y 
coloreada además de modo llamativo, de suerte que atraiga y 
sea comida por las aves; por tener ganchos y garfios de 
muchas clases y aristas dentadas, con que se adhieran al pelo 
de los cuadrúpedos, y por estar provistas de alas y penachos 
tan diferentes en forma como elegantes en estructura, de 
modo que las arrastre la menor brisa. Daré otro ejemplo, pues 
esta cuestión de que el mismo fin se obtenga por los más 
diversos medios es bien digna de atención. Algunos autores 
sostienen que los seres orgánicos han sido formados de 
muchas maneras, simplemente por variar, casi como los la 
juguetes en una tienda; pero tal concepción de la naturaleza es 
inadmisible. En las plantas que tienen los sexos separados y 
en aquellas que, aun siendo hermafroditas, el polen no cae 
espontáneamente sobre el estigma, es necesaria alguna ayuda 
para su fecundación. En distintas clases esto se efectúa porque 
los granos de polen, que son ligeros e incoherentes, son 
arrastrados por el viento, por pura casualidad, al estigma, y 
éste es el medio más sencillo, que puede concebirse. Un 
medio casi tan sencillo, aunque muy diferente, se presenta en 


264 



muchas plantas, en las que una flor simétrica segrega algunas 
gotas de néctar, por lo cual es visitada por los insectos, y éstos 
transportan el polen de las anteras al estigma. 

Partiendo de este estado tan sencillo, podemos pasar por 
un interminable número de disposiciones, todas con el 
mismo objeto y realizadas fundamentalmente de la misma 
manera, pero que ocasionan cambios en todas las partes de la 
flor. El néctar puede acumularse en receptáculos de diversa 
forma, con los estambres y pistilos modificados de muchas 
maneras, formando a veces mecanismos como trampas y 
siendo a veces capaces, por irritabilidad o elasticidad, de 
movimientos primorosamente adaptados. Desde estas 
estructuras, podemos avanzar hasta llegar a un caso de 
adaptación tan extraordinario como el descrito últimamente 
por el doctor Crüger en el Coryanthes. Esta orquídea tiene 
parte de su labelo o labio inferior excavado, formando un 
gran cubo, en el cual caen continuamente gotas de agua casi 
pura, procedente de dos cuernecillos secretores que están 
encima de él, y cuando el cubo está medio lleno de agua se 
derrama por un conducto lateral. La base del labelo queda 
encima del cubo, y está a.su vez excavada, formando una 
especie de cámara con dos entradas laterales, y dentro de esta 
cámara hay unos curiosos pliegues carnosos. El hombre más 
astuto, si no hubiese sido testigo de lo que ocurre, no podría 
nunca haber imaginado para qué sirven todas estas partes; 
pero el doctor Crüger vio multitud de abejorros que visitaban 
las gigantescas flores de esta orquídea, no para chupar néctar, 
sino para morder los pliegues de la cámara de encima del 
cubo; al hacer esto, muchas veces se empujan unos a otros y 
caen en el agua, y como sus alas quedan así mojadas, no 
pueden escapar volando, y se ven obligados a salir 
arrastrándose por el paso que forma el canal o aliviadero. El 
doctor Crüger vio una procesión continua de abejorros que 


265 



salían, arrastrándose así, de su involuntario baño. El paso es 
estrecho y está cubierto superiormente por la columna^^^^, de 
modo que un abejorro, al abrirse camino, frota su dorso, 
primero con el estigma, que es viscoso, y después con las 
glándulas viscosas de las masas polínicas. Las masas polínicas 
se pegan así al dorso del abejorro, que casualmente fue el 
primero en salir arrastrándose por el conducto de una flor 
recién abierta, y de este modo son transportadas. El doctor 
Crüger me mandó, en alcohol, una flor con un abejorro, que 
mató antes de que hubiese acabado de salir, con una masa 
polínica todavía pegada en el dorso. Cuando el abejorro así 
provisto vuela a otra flor, o de nuevo a la misma por segunda 
vez, y es empujado por sus compañeros al cubo y sale 
arrastrándose por el conducto, la masa de polen 
necesariamente se pone primero en contacto con el estigma, 
que es viscoso, y se adhiere a él, y la flor queda fecundada. Por 
fin, vemos toda la utilidad de cada parte de la flor, de los 
cuernecillos que segregan agua, del cubo medio lleno de agua, 
que impide que los abejorros se escapen volando, y les obliga 
a salir arrastrándose por el canal y a frotarse con las masas de 
polen viscosas y el estigma viscoso, tan oportunamente 
situados. 

La estructura de la flor en otra orquídea muy próxima, el 
Catasetum, es muy diferente, aunque sirve para el mismo fin, 
y es igualmente curiosa. Los himenópteros visitan sus flores, 
como las de Coryanthes, para morder su labelo; al hacer esto, 
tocan inevitablemente un saliente largo, afilado y sensible, o 
antena, como lo he denominado. Esta antena, al ser tocada, 
transmite una sensación o vibración a cierta membrana, que 
se rompe instantáneamente; esto suelta un resorte, mediante 
el cual la masa de polen es lanzada en línea recta como una 
flecha, y se pega por su extremidad, que es viscosa, el dorso 
del himenóptero. Las masas de polen de la planta masculina 


266 


—pues los sexos están separados de esta orquídea— son 
transportadas de este modo a la planta femenina, donde se 
ponen en contacto con el estigma, que es lo bastante viscoso 
para romper unos hilos elásticos, y, reteniendo el polen, se 
efectúa la fecundación. 

Se puede preguntar cómo podemos explicar en el ejemplo 
precedente, y en otros innumerables, la escala gradual de 
complicación y los múltiples medios para alcanzar el mismo 
fin. La respuesta indudablemente es, como antes se ha 
indicado, que cuando varían dos formas que difieren ya entre 
sí en algún grado, la variación no será exactamente de la 
misma naturaleza, y, por consiguiente, los resultados 
obtenidos por selección natural para el mismo objeto general 
no serán los mismos. Hemos de tener además presente que 
todo organismo muy desarrollado ha pasado por muchos 
cambios y que toda conformación modificada tiende a ser 
heredada, de manera que cada modificación no se perderá en 
seguida por completo, sino que puede modificarse todavía 
más y más. Por consiguiente, la conformación de cada parte 
de una especie, cualquiera que sea el objeto para que pueda 
servir, es la suma de muchos cambios heredados, por los que 
ha pasado la especie durante sus adaptaciones sucesivas al 
cambio de costumbres y condiciones de vida. 

Finalmente, pues, aunque en muchos casos es dificilísimo 
aún el conjeturar por qué transiciones han llegado los 
órganos a su estado presente; sin embargo, considerando el 
pequeño número de formas vivientes y conocidas en 
comparación con el de las formas extinguidas y desconocidas, 
me he asombrado de lo raro que es el poder citar un órgano 
para el cual no se conozca algún grado de transición. 
Ciertamente es una verdad que rara vez, o nunca, se 
presentan en un ser viviente órganos nuevos que parezcan 
como creados para un fin especial, según enseña también la 


267 



vieja y algo exagerada regla de Historia Natural, de Natura 
non facit saltum. La encontramos admitida en los escritos de 
casi todos los naturalistas experimentados, o, como Milne 
Edwards lo ha expresado muy bien, la Naturaleza es pródiga 
en variedad, pero tacaña en innovación. Según la teoría de la 
creación, ¿por qué ha de haber tanta variedad y tan poca 
verdadera novedad? Suponiendo que todas las partes y 
órganos de tantos seres independientes hayan sido creados 
separadamente para su propio lugar en la Naturaleza, ¿por 
qué han de estar con tanta frecuencia enlazados entre sí por 
series de gradaciones? ¿Por qué la Naturaleza no ha dado un 
salto brusco de conformación a conformación? Según la 
teoría de la selección natural, podemos comprender 
claramente por qué no lo hace, pues la selección natural obra 
solamente aprovechando pequeñas variaciones sucesivas; no 
puede dar nunca un gran salto brusco, sino que tiene que 
adelantar por pasos pequeños y seguros, aunque sean lentos. 
Influencia de la selección natural en órganos al parecer de poca 

importancia. 

Como la selección natural obra mediante la vida y la 
muerte —mediante la supervivencia de los individuos más 
adecuados y la destrucción de los menos adecuados—, he 
encontrado algunas veces gran dificultad en comprender el 
origen o formación de partes de poca importancia; dificultad 
casi tan grande, aunque de naturaleza muy diferente, como la 
que existe en el caso de los órganos más perfectos y 
complejos. 

En primer lugar, nuestra ignorancia por lo que toca al 
conjunto de la economía de cualquier ser orgánico es 
demasiado grande para decir qué modificaciones pequeñas 
serán de importancia y cuáles no. En un capítulo anterior he 
dado ejemplos de caracteres insignificantes —como el vello de 


268 



los frutos y el color de su carne, el color de la piel y pelo de los 
mamíferos— sobre los cuales, bien por estar relacionados con 
diferencias constitucionales, bien por determinar el ataque de 
los insectos, podía seguramente haber obrado la selección 
natural. La cola de la jirafa parece como un mosqueador 
construido artificialmente, y, a primera vista, parece increíble 
que pueda haberse adaptado a su objeto actual por pequeñas 
modificaciones sucesivas, cada vez más adecuadas para un 
objeto tan trivial como el de ahuyentar las moscas; sin 
embargo, tenemos que detenernos antes de ser demasiado 
categóricos, aun en este caso, pues sabemos que la 
distribución y existencia del ganado vacuno y otros animales 
en América del Sur depende en absoluto de su facultad de 
resistir los ataques de los insectos, de modo que, los 
individuos que de algún modo pudiesen defenderse de estos 
pequeños enemigos, serían capaces de ocupar nuevos pastos y 
de conseguir de este modo una gran ventaja. No es que los 
grandes cuadrúpedos sean positivamente destruidos — 
excepto en algunos raros casos— por moscas, pero se ven de 
continuo atormentados, y su fuerza disminuye de manera que 
están más sujetos a enfermedades, o no son tan capaces de 
buscar alimento en cuanto venga un tiempo de escasez, o de 
escapar de los ataques de los carnívoros. 

Órganos hoy de escasa importancia han sido, 
probablemente, en algunos casos, de importancia suma a un 
antepasado remoto, y, después de haberse perfeccionado 
lentamente en un período anterior, se han transmitido a las 
especies actuales, casi en el mismo estado, aunque sean ahora 
de poquísimo uso; pero cualquier modificación en su 
estructura realmente perjudicial habría sido, sin duda, 
impedida por selección natural. De este modo, viendo la 
importancia que tiene la cola como órgano de locomoción en 
la mayor parte de los animales acuáticos, puede quizás 


269 



explicarse su presencia general y su uso para muchos fines en 
tantos animales terrestres que, con sus pulmones o vejigas 
natatorias modificadas, denuncian su origen acuático. 
Habiéndose formado en un animal acuático una cola bien 
desarrollada, pudo ésta después llegar a ser modificada para 
toda clase de usos, como un mosqueador, un órgano de 
prensión, o como ayuda para volverse, según ocurre en el 
caso del perro, aun cuando la ayuda en este último caso ha de 
ser muy pequeña, pues la liebre, que apenas tiene cola, puede 
dar vuelta aún más de prisa. 

En segundo lugar, podemos equivocarnos con facilidad al 
atribuir importancia a los caracteres y al creer que se han 
desarrollado por selección natural. En modo alguno tenemos 
que perder de vista los efectos de la acción definida del 
cambio de las condiciones de vida; los de las llamadas 
variaciones espontáneas, que parecen depender de modo muy 
secundario de la naturaleza de las condiciones; los de la 
tendencia a reversión a caracteres perdidos desde hace mucho 
tiempo; los de las complejas leyes de crecimiento, como las de 
correlación, compensación, presión de una parte sobre otra, 
etc., y, finalmente, los de la selección sexual, por la cual 
muchas veces se consiguen caracteres de utilidad para un 
sexo, que después son transmitidas más o menos 
perfectamente al otro, aun cuando no sean de utilidad para 
éste. Y de las conformaciones obtenidas de este modo, aun 
cuando al pronto no sean ventajosas para una especie, pueden 
después haber sacado ventaja sus descendientes modificados 
en nuevas condiciones de vida y con costumbres nuevamente 
adquiridas. 

Si sólo hubiesen existido los pájaros carpinteros verdes y no 
hubiésemos sabido que había muchas especies negras y de 
varios colores, me atrevo a decir que hubiéramos creído que 
el color verde era una hermosa adaptación para ocultar de sus 


270 



enemigos estas aves que viven en los árboles, y, en 
consecuencia, que era éste un carácter de importancia que 
había sido adquirido mediante selección natural, siendo así 
que el color probablemente es debido en su mayor parte a 
selección sexual. Una palmera rastrera, en el Archipiélago 
Malayo, trepa a los más altos árboles con ayuda de garfios 
primorosamente construidos, agrupados en la extremidad de 
las ramas, y esta disposición es indudablemente de suma 
utilidad para la planta; pero, como vemos garfios casi iguales 
en muchos árboles que no son trepadores y que —según 
tenemos motivo para creer, por la distribución de las especies 
espinosas en África y América del Sur— sirven corno defensa 
contra los cuadrúpedos ramoneadores, también los garfios de 
la palmera pueden al principio haberse desarrollado para este 
objeto, y después haberse perfeccionado y haber sacado 
provecho de ellos la planta, cuando ésta experimentó nuevas 
modificaciones y se hizo trepadora. Se considera 
generalmente la piel desnuda de la cabeza del buitre como 
una adaptación directa para revolver en la podredumbre, y 
puede ser que sea así, o quizá puede ser debida a la acción 
directa de las substancias en putrefacción; pero hemos de ser 
muy prudentes en llegar a esta conclusión, cuando vemos que 
la piel de la cabeza del pavo macho, que se alimenta muy 
pulcramente, es también desnuda. Se han señalado las suturas 
del cráneo de los mamíferos jóvenes como una hermosa 
adaptación para ayudar al parto, e indudablemente lo facilitan 
o pueden ser indispensables en este acto; pero como las 
suturas se presentan en los cráneos de las aves y reptiles 
jóvenes, que no tienen más que salir de un huevo que se 
rompe, hemos de inferir que esta estructura se ha originado 
en virtud de las leyes de crecimiento, y se ha sacado provecho 
de ella en el parto de los animales superiores. 

Ignoramos por completo la causa de las pequeñas 


271 



variaciones o diferencias individuales, y nos damos 
inmediatamente cuenta de ello reflexionando sobre las 
diferencias entre las razas de animales domésticos en 
diferentes países, especialmente en los menos civilizados, 
donde ha habido poca selección metódica. Los animales que 
tienen los salvajes en diferentes países han de luchar con 
frecuencia por su propio sustento, y están sometidos, hasta 
cierto punto, a selección natural, e individuos de constitución 
un poco diferente tienen que prosperar más en climas 
diversos. En el ganado vacuno, la susceptibilidad a los ataques 
de las moscas es correlativa del color, como lo es el riesgo de 
envenenarse con ciertas plantas, de manera que hasta el color 
estaría de este modo sujeto a la acción de la selección natural. 
Algunos observadores están convencidos de que un clima 
húmedo influye en el crecimiento del pelo y de que los 
cuernos son correlativos del pelo. Las razas de montaña 
siempre difieren de las razas del llano, y un país montañoso 
probablemente influiría en los miembros posteriores, por 
obligarles a mayor ejercicio y, quizás, hasta en la forma de la 
pelvis; y entonces, por la ley de variación homóloga, los 
miembros anteriores y la cabeza experimentarían 
probablemente la influencia. La forma de la pelvis podría, 
además, influir por presión en la forma de ciertas partes del 
feto en el útero. La respiración fatigosa, necesaria en las 
regiones elevadas, tiende, según tenemos motivo fundado 
para creerlo, a aumentar el tamaño del pecho, y de nuevo 
entraría en juego la correlación. Los efectos, en todo el 
organismo, de la disminución del ejercicio, junto con la 
comida abundante, son probablemente aún más importantes, 
y esto, como H. von Nathusius ha demostrado recientemente 
en su excelente tratado, es evidentemente una de las causas 
principales en las grandes modificaciones que han 
experimentado las razas de cerdos. Pero nuestra ignorancia es 


272 



demasiado grande para discutir la importancia relativa de las 
diversas causas conocidas y desconocidas de variación, y he 
hecho estas observaciones para mostrar que, si somos 
incapaces de explicar las diferencias características de las 
diversas razas domésticas que, sin embargo, se admite que se 
han originado por generación ordinaria a partir de uno o de 
un corto número de troncos primitivos, no debemos dar 
demasiada importancia a nuestra ignorancia de la causa 
precisa de las pequeñas diferencias análogas entre las especies 
verdaderas. 

Doctrina utilitaria, hasta qué punto es verdadera; belleza, 
cómo se adquiere. 

Las observaciones precedentes me llevan a decir algunas 
palabras acerca de la reciente protesta de varios naturalistas 
contra la doctrina utilitaria, según la cual, cada detalle de 
conformación ha sido producido para bien de su posesor. 
Creen estos naturalistas que muchas conformaciones han sido 
creadas con un fin de belleza, para deleite del hombre o del 
Creador —aunque este último punto está fuera del alcance de 
la discusión científica—, o simplemente por variedad, opinión 
ésta ya discutida. Estas doctrinas, si fuesen verdaderas, serían 
en absoluto funestas para mi teoría. Admito, por completo, 
que muchas estructuras no son actualmente de utilidad 
directa a sus poseedores, y pueden no haber sido nunca de 
utilidad alguna a sus antepasados; pero esto no prueba que 
fueron formadas únicamente por belleza o variedad. Es 
indudable que la acción definida del cambio de condiciones y 
las diversas causas de modificación últimamente señaladas 
han producido algún efecto, y probablemente grande, con 
independencia de cualquier ventaja en estos casos adquirida. 
Pero una consideración aun más importante es que la parte 
principal de la organización de todo ser viviente es debida a la 
herencia y, por consiguiente, aunque cada ser seguramente 


273 



está bien adecuado a su lugar en la naturaleza, muchas 
estructuras no tienen relación directa y estrecha con las 
costumbres actuales. Así, difícilmente podemos creer que las 
patas palmeadas del ganso de tierra o del rabihorcado sean de 
utilidad especial a estos animales; no podemos creer que los 
huesos semejantes en el brazo del mono, en la pata anterior 
del caballo, en el ala del murciélago, en la aleta de la foca, sean 
de utilidad especial a estos animales. Podemos atribuir con 
seguridad estas estructuras a herencia. Pero las patas 
palmeadas, indudablemente, fueron tan útiles a los 
antepasados del ganso de tierra y del rabihorcado, como lo 
son en la actualidad a las aves vivientes más acuáticas. Así 
podemos creer que el antepasado de la foca no poseyó aletas, 
sino patas con cinco dedos adecuados para andar o coger, y 
podemos además aventurarnos a creer que los diversos 
huesos en las extremidades del mono, caballo y murciélago se 
desarrollaron primitivamente, según el principio de utilidad, 
probablemente por reducción de huesos, más numerosos en 
la aleta de algún remoto antepasado, común a toda la clase, 
semejante a un pez. Casi no es posible decidir qué parte debe 
asignarse a causas de cambio tales como la acción definida de 
las condiciones externas, las llamadas variaciones espontáneas 
y las complejas leyes de crecimiento; pero, hechas estas 
importantes excepciones, podemos llegar a la conclusión de 
que la estructura de todos los seres vivientes es actualmente, o 
fue en otro tiempo, de alguna utilidad, directa o indirecta, a 
su posesor. En cuanto a la opinión de que los seres orgánicos 
han sido creados hermosos para deleite del hombre —opinión 
que, como se ha dicho, es ruinosa para toda mi teoría—, 
puedo hacer observar, en primer lugar, que el sentido de 
belleza es evidente que depende de la naturaleza de la mente, 
con independencia de toda cualidad real en el objeto 
admirado, y que la idea de qué es hermoso no es innata o 


274 



invariable. Vemos esto, por ejemplo, en que los hombres de 
las diversas razas admiran un tipo de belleza por completo 
diferente en sus mujeres. Si los objetos bellos hubiesen sido 
creados únicamente para satisfacción del hombre, sería 
necesario demostrar que, antes de la aparición del hombre, 
había menos belleza sobre la tierra que después que aquél 
entró en la escena. Las hermosas conchas de los géneros 
Voluta y Conus de la época eocena y los amonites, tan 
elegantemente esculpidos, del período secundario, ¿fueron 
creados para que el hombre pudiese admirarlos edades 
después en su gabinete? Pocos objetos hay más hermosos que 
los pequeños caparazones silíceos de las diatomeas; ¿fueron 
creadas éstas para que pudiesen ser examinadas y admiradas 
con los mayores aumentos del microscopio? La belleza, en 
este último caso y en otros muchos, parece debida por 
completo a la simetría de crecimiento. Las flores se cuentan 
entre las más hermosas producciones de la Naturaleza; pero 
las flores se han vuelto visibles formando contraste con las 
hojas verdes y, por consiguiente, hermosas al mismo tiempo, 
de modo que puedan ser observadas fácilmente por los 
insectos. He llegado a esta conclusión porque he encontrado 
como regla invariable que, cuando una flor es fecundada por 
el viento, no tiene nunca una corola de color llamativo. 
Diferentes plantas producen habitualmente flores de dos 
clases: unas abiertas, de color, de manera que atraigan los 
insectos, y las otras cerradas, no coloreadas, desprovistas de 
néctar y que nunca visitan los insectos. Por consiguiente, 
podemos llegar a la conclusión de que, si los insectos no se 
hubiesen desarrollado sobre la tierra, nuestras plantas no se 
habrían cubierto de hermosas flores, y habrían producido 
solamente pobres flores, como las que vemos en el abeto, 
roble, nogal y fresno, y en las gramíneas, espinacas, acederas y 
ortigas, que son fecundos todos por la acción del viento. Un 


275 



razonamiento semejante puede aplicarse a los frutos: todo el 
mundo admitirá que una fresa o cereza madura es tan 
agradable a la vista como al paladar, que el fruto tan 
llamativamente coloreado del evónimo y los rojos frutos del 
acebo son cosas hermosas; pero esta belleza sirve sólo de guía 
a las aves y los mamíferos, para que el fruto pueda ser 
devorado y las semillas diseminadas por los excrementos. 
Deduzco que es así del hecho de que hasta el presente no he 
encontrado excepción alguna a la regla de que las semillas son 
siempre diseminadas de este modo cuando están encerradas 
en un fruto de cualquier clase —esto es, dentro de una 
envoltura pulposa o carnosa—, si tiene un color brillante o se 
hace visible por ser blanco o negro. 

Por otra parte, admito gustoso que un gran número de 
animales machos, lo mismo que todas nuestras aves más 
vistosas, muchos peces, reptiles y mamíferos y una multitud 
de mariposas de colores espléndidos, se han vuelto hermosos 
por el deseo de hermosura; pero esto se ha efectuado por 
selección sexual, o sea, porque los machos más hermosos han 
sido continuamente preferidos por las hembras, y no para 
deleite del hombre. Lo mismo ocurre con el canto de las aves. 
De todo esto podríamos sacar la conclusión de que un gusto 
casi igual para los colores hermosos y para los sonidos 
musicales se extiende a una gran parte del reino animal. 
Cuando la hembra tiene tan hermosa coloración como el 
macho, lo que no es raro en las aves y mariposas, la causa 
parece estar en que se han transmitido a los dos sexos los 
colores adquiridos por selección natural, en lugar de haberse 
transmitido sólo a los machos. Es una cuestión obscurísima 
cómo el sentimiento de belleza, en su forma más simple — 
esto es, el recibir una clase peculiar de placer por ciertos 
colores, formas y sonidos—, se desarrolló por vez primera en 
la mente del hombre y de los animales superiores. La misma 


276 



dificultad se presenta si preguntamos cómo es que ciertos 
olores y sabores dan gusto y otros desagradan. En todos estos 
casos parece que la costumbre ha entrado en juego; pero debe 
haber alguna causa fundamental en la constitución del 
sistema nervioso, en cada especie. 

La selección natural no puede producir ninguna 
modificación en una especie exclusivamente para provecho 
de otra, aun cuando en la Naturaleza, incesantemente, unas 
especies sacan ventaja y se aprovechan de la conformación de 
otras. Pero la selección natural puede producir, y produce con 
frecuencia, estructuras, para perjuicio directo de otros 
animales, como vemos en los dientes de la víbora y en el 
oviscapto del icneumon^^^^, mediante el cual deposita sus 
huevos en el cuerpo de otros insectos vivos. Si se pudiese 
probar que una parte cualquiera del organismo de una especie 
había sido formada para ventaja exclusiva de otra especie, esto 
destruiría mi teoría, pues esta parte no podría haber sido 
producida por selección natural. Aun cuando en las obras de 
Historia Natural se encuentran muchos ejemplos sobre esto, 
no he podido encontrar ni uno siquiera que me parezca de 
algún valor. Se admite que la serpiente de cascabel tiene 
dientes venenosos para su propia defensa y para aniquilar su 
presa; pero algunos autores suponen que, al mismo tiempo, 
está provista como de una especie de cascabel, para su propio 
perjuicio, o sea para avisar a su presa. Yo casi estaría tan 
dispuesto a creer que el gato, cuando se prepara a saltar, 
arquea la punta de la cola para avisar al ratón sentenciado a 
muerte. Es una opinión mucho más probable que la serpiente 
de cascabel utiliza éste, que la cobra^^^' distiende su cuello y 
que la víbora bufadora^^®^ se hincha mientras silba tan ruidosa 
y estridentemente, para espantar a las muchas aves y 
mamíferos que, como se sabe, atacan aun a las especies más 
venenosas. Los ofidios obran según el mismo principio que 


277 


hace que la gallina ahueque sus plumas y abra las alas cuando 
un perro se acerca a sus polluelos; pero no tengo espacio aquí 
para extenderme sobre los diversos medios por los que los 
animales procuran ahuyentar a sus enemigos. 

La selección natural no producirá nunca en un ser ninguna 
conformación, más perjudicial que beneficiosa para él, pues la 
selección natural obra solamente mediante el bien de cada ser. 
No se formará ningún órgano, como Paley ha hecho notar, 
con el fin de causar dolor, o para hacer un perjuicio al ser que 
lo posee. Si se hace un balance exacto del bien y del mal 
causado por cada parte, se encontrará que cada una es, en 
conjunto, ventajosa. Después de pasado algún tiempo, en 
condiciones de vida nuevas, si alguna parte llega a ser 
perjudicial, se modificará, y, si no ocurre así, el ser se 
extinguirá, como millones se han extinguido. 

La selección natural tiende sólo a hacer a cada ser orgánico 
tan perfecto como los otros habitantes de la misma comarca, 
con los que entra en competencia, o un poco más perfecto 
que ellos. Y vemos que éste es el tipo de perfección a que se 
llega en estado natural. Las producciones peculiares de Nueva 
Zelandia, por ejemplo, son perfectas comparadas entre sí; 
pero ceden rápidamente ante las legiones invasoras de plantas 
y animales importados de Europa. La selección natural no 
producirá perfección absoluta, ni, hasta donde podemos 
juzgar, nos encontraremos siempre en la naturaleza con este 
tipo superior. La corrección de la aberración de la luz, dice 
Müller que no es perfecta ni aun en el ojo humano, este 
órgano perfectísimo. Helmholtz, cuyos juicios nadie discutirá, 
después de describir en los términos más expresivos el 
maravilloso poder del ojo humano, añade estas notables 
palabras: «Lo que hemos descubierto, por lo que se refiere a 
inexactitud e imperfección en la máquina óptica y en la 
imagen sobre la retina, es nada en comparación con las 


278 



incongruencias con que acabamos de tropezar en el terreno 
de las sensaciones. Se podría decir que la Naturaleza se ha 
complacido en acumular contradicciones para quitar todo 
fundamento a la teoría de la armonía preexistente entre el 
mundo exterior y el interior». Si nuestra razón nos lleva a 
admirar con entusiasmo una multitud de inimitables 
mecanismos en la naturaleza, esta misma razón nos dice — 
aun cuando fácilmente podemos equivocarnos en ambos 
casos— que otros mecanismos son menos perfectos. ¿Puede 
considerarse perfecto el aguijón de la abeja, que, cuando ha 
sido empleado contra enemigos de algunas clases, no puede 
ser retirado, debido a los dientes dirigidos hacia atrás, y causa 
así inevitablemente la muerte del insecto, arrancándole sus 
visceras? 

Si consideramos el aguijón de la abeja como si hubiere 
existido en un antepasado remoto en forma de instrumento 
perforante y serrador, como ocurre en tantos insectos de su 
extenso orden, y como si después, sin perfeccionarse, se 
hubiese modificado para su uso actual mediante el veneno — 
primitivamente adaptado a algún otro objeto, como producir 
agallas— que después hubiese aumentado, podemos quizá 
comprender cómo es que el uso del aguijón causa con tanta 
frecuencia la muerte del propio insecto pues si en conjunto el 
empleo del aguijón es útil a la comunidad social, el aguijón 
llenará todos los requisitos de la selección natural, aun 
cuando pueda ocasionar la muerte de algunos miembros. Si 
admiramos el olfato, verdaderamente maravilloso, mediante 
el cual los machos de muchos insectos encuentran a sus 
hembras, ¿podremos admirar la producción para este solo fin 
de millares de zánganos, que son enteramente inútiles a la 
comunidad para cualquier otro objeto, y que son finalmente 
asesinados por sus industriosas y estériles hermanas? Puede 
ser difícil; pero tenemos que admirar el odio salvaje instintivo 


279 



de la abeja reina, que le impulsa a destruir a las reinas nuevas, 
sus hijas, desde que nacen, o a perecer ella en el combate; y el 
amor maternal o el odio maternal —aun cuando este último, 
afortunadamente, es más raro— es todo lo mismo para el 
inexorable principio de la selección natural. Si admiramos los 
diferentes ingeniosos mecanismos mediante los que las 
orquídeas y otras muchas plantas son fecundadas por la 
acción de los insectos, ¿podremos considerar como 
igualmente perfecta la producción de densas nubes de polen 
en nuestros abetos de modo que unos pocos granos pueden 
ser llevados por el aire casualmente a los óvulos? 

Resumen: la ley de unidad de tipo y la de las condiciones de 
existencia están comprendidas en la teoría de la selección 

natural. 

En este capítulo hemos discutido varias de las dificultades y 
objeciones que pueden presentarse contra la teoría. Algunas 
de ellas son graves; pero creo que en la discusión se ha 
proyectado alguna luz sobre diferentes hechos que son 
totalmente obscuros dentro de la creencia en actos 
independientes de creación. Hemos visto que las especies, en 
un período dado, no son indefinidamente variables y no están 
enlazadas entre sí por una multitud de gradaciones 
intermedias, en parte debido a que el proceso de selección 
natural es siempre lentísimo y en un tiempo dado obra sólo 
sobre unas pocas formas, y en parte porque el mismo proceso 
de selección natural implica la continua suplantación y 
extinción de gradaciones anteriores intermedias. Especies 
muy afines, que viven hoy en un territorio continuo, muchas 
veces hubieron de formarse cuando el territorio no era 
continuo y cuando las condiciones de vida no variaban de 
una parte a otra por gradaciones insensibles. Cuando en dos 
distritos de un territorio continuo se forman dos variedades, 
muchas veces se formará una variedad intermedia adecuada a 


280 



una zona intermedia; pero, por las razones expuestas, la 
variedad intermedia existirá por lo común con menor 
número de individuos que las dos formas que une, y, por 
consiguiente, estas dos últimas, durante el transcurso de 
nuevas modificaciones, tendrán una gran ventaja, por tener 
mayor número de individuos, sobre la variedad intermedia 
menos numerosa, y de este modo conseguirán, por lo general, 
suplantarla y exterminarla. 

Hemos visto en este capitulo lo prudentes que tenemos que 
ser en llegar a la conclusión de que no pudo haber un cambio 
gradual entre costumbres las más diferentes; de que un 
murciélago, por ejemplo, no se pudo haber formado por 
selección natural, partiendo de un animal que al principio 
sólo se deslizaba por el aire. 

Hemos visto que una especie, en condiciones nuevas de 
vida, puede cambiar de costumbres, y que una especie puede 
tener costumbres diversas —algunas de ellas muy diferentes— 
de las de sus congéneres más próximos. Por consiguiente, 
teniendo presente que todo ser orgánico se esfuerza por vivir 
dondequiera que puede hacerlo, podemos comprender cómo 
ha ocurrido que hay gansos de tierra con patas palmeadas, 
pájaros carpinteros que no viven en los árboles, tordos que 
bucean y petreles con costumbres de pingüinos. 

Aun cuando la idea de que un órgano tan perfecto como el 
ojo pudo haberse formado por selección natural es para hacer 
vacilar a cualquiera, sin embargo, en el caso de un órgano 
cualquiera, si tenemos noticia de una larga serie de 
gradaciones de complicación, buena cada una de ellas para su 
posesor, no hay imposibilidad lógica alguna —variando las 
condiciones de vida— en la adquisición, por selección 
natural, de cualquier grado de perfección concebible. En los 
casos en que no tenemos conocimiento de estados 


281 



intermedios o de transición, hemos de ser sumamente 
prudentes en llegar a la conclusión de que no pueden haber 
existido, pues las transformaciones de muchos órganos 
muestran qué maravillosos cambios de función son, por lo 
menos, posibles. Por ejemplo: una vejiga natatoria parece 
haberse convertido en un pulmón para respirar en el aire. 
Con frecuencia debe haber facilitado mucho las transiciones 
el que un mismo órgano haya realizado simultáneamente 
funciones muy diferentes y luego se haya especializado, total 
o parcialmente, para una función; o el que la misma función 
haya sido efectuada por dos órganos distintos, habiéndose 
perfeccionado uno de ellos mientras el otro le ha auxiliado. 

Hemos visto que en dos seres muy distantes en la escala 
natural se pueden haber formado, separada o 
independientemente, órganos que sirven para el mismo 
objeto y son muy semejantes en apariencia externa; pero 
cuando se examina atentamente estos órganos, casi siempre 
pueden descubrirse en su estructura diferencias esenciales, lo 
que naturalmente se sigue del principio de la selección 
natural. Por otra parte, la regla general en toda la naturaleza 
es la infinita diversidad de estructuras para obtener el mismo 
fin, lo cual también se sigue naturalmente del mismo 
principio fundamental. 

En muchos casos nuestra ignorancia es demasiado grande 
para que podamos afirmar que un órgano o parte es de tan 
poca importancia para la prosperidad de una especie, que no 
puedan haberse acumulado lentamente modificaciones en su 
estructura por medio de la selección natural. En otros muchos 
casos, las modificaciones son probablemente resultado 
directo de las leyes de variación y de crecimiento, 
independientemente de que se haya conseguido así alguna 
ventaja. Pero aun estas conformaciones, muchas veces, han 
sido después aprovechadas y modificadas todavía de nuevo. 


282 



para bien de la especie, en nuevas condiciones de vida. 
Podemos también creer que un órgano que fue en un tiempo 
de gran importancia se ha conservado con frecuencia —como 
la cola de un animal acuático ensus descendientes terrestres 
—, aun cuando haya llegado a ser de tan poca importancia, 
que no pudo haber sido adquirido en su estado actual por 
selección natural. 

La selección natural no puede producir nada en una especie 
exclusivamente para ventaja o perjuicio de otra, aun cuando 
puede muy bien producir partes, órganos o excreciones 
Utilísimas, y aun indispensables, o también sumamente 
perjudiciales, a otra especie, pero en todos los casos útiles al 
mismo tiempo al posesor. En todo país bien poblado, la 
selección natural obra mediante la competencia de los 
habitantes, y, por consiguiente, lleva a la victoria en la lucha 
por la vida sólo ajustándose al tipo de perfección de cada país 
determinado. De aquí el que los habitantes de un país — 
generalmente los del país menor— sucumban ante los 
habitantes de otro, generalmente el mayor; pues en el país 
mayor habrán existido más individuos y formas más 
diversificadas, y la competencia habrá sido más severa, y de 
este modo el tipo de perfección se habrá elevado. La selección 
natural no conducirá necesariamente a la perfección absoluta, 
ni la perfección absoluta —hasta donde nos es dado juzgar 
con nuestras limitadas facultades— puede afirmarse que 
exista en parte alguna. 

Según la teoría de la selección natural, podemos 
comprender claramente todo el sentido de aquella antigua ley 
de Historia Natural: Natura non facit saltum. Esta ley, si 
consideramos sólo los habitantes actuales del mundo, nos es 
rigurosamente exacta; pero si incluimos todos los de los 
tiempos pasados, ya conocidos, ya desconocidos, tiene que 
ser, según nuestra teoría, rigurosamente verdadera. 


283 



Se reconoce generalmente que todos los seres orgánicos 
han sido formados según dos grandes leyes: la de unidad de 
tipo y la de las condiciones de existencia. Por unidad de tipo se 
entiende la concordancia general en la conformación que 
vemos en los seres orgánicos de la misma clase, y que es 
completamente independiente de sus costumbres. Según mi 
teoría, la unidad de tipo se explica por la unidad de origen. La 
expresión condiciones de existencia, sobre la que tantas veces 
insistió el ilustre Cuvier, queda por completo comprendida en 
el principio de la selección natural; pues la selección natural 
obra, o bien adaptando actualmente las partes, que varían en 
cada ser a sus condiciones orgánicas o inorgánicas de vida, o 
bien por haber adaptado éstas durante períodos de tiempos 
anteriores, siendo ayudadas en muchos casos las adaptaciones 
por el creciente uso o desuso de las partes, y estando influidas 
por la acción directa de las condiciones externas de vida, y 
sujetas, en todos los casos, a las diferentes leyes de 
crecimiento y variación. Por consiguiente, de hecho, la ley de 
las condiciones de existencia es la ley superior, pues mediante 
la herencia de variaciones anteriores comprende a la ley de 
unidad de tipo. 


284 



CAPÍTULO VII 

Objeciones diversas a la teoría de la selección natural. 

Longevidad.—Las modificaciones no son necesariamente simultáneas.— 
Modificaciones, al parecer, de ninguna utilidad directa.—Desarrollo progresivo.— 
Los caracteres de poca importancia funcional son los más constantes.—Pretendida 
incapacidad de la selección natural para explicar los estados incipientes de las 
conformaciones útiles.—Causas que se oponen a la adquisición de conformaciones 
útiles por selección natural.—Gradaciones de conformación con cambio de 
funciones.—Organos muy diferentes en miembros de la misma clase, desarrollados 
a partir de un solo y mismo origen.—Razones para no creer en modificaciones 
grandes y súbitas. 

Consagraré este capítulo a la consideración de diversas 
objeciones que se han presentado contra mis opiniones, pues 
algunas de las discusiones precedentes pueden de este modo 
quedar más claras; pero sería inútil discutir todas las 
objeciones, pues muchas han sido hechas por autores que no 
se han tomado la molestia de comprender el asunto. Así, un 
distinguido naturalista alemán ha afirmado que la parte más 
débil de mi teoría es que considero todos los seres orgánicos 
como imperfectos: lo que realmente he dicho yo es que todos 
no son tan perfectos como podían haberlo sido en relación a 
sus condiciones de vida, y prueban que esto es así las muchas 
formas indígenas de diferentes partes del mundo que han 
cedido su lugar a invasores extranjeros. Además, los seres 
orgánicos, aun en caso de que estuviesen en algún tiempo 
perfectamente adaptados a sus condiciones de vida, tampoco 
pudieron haber continuado estándolo cuando cambiaron 
éstas, a menos que ellos mismos cambiasen igualmente, y 
nadie discutirá que las condiciones de vida de cada país, lo 
mismo que el número y clases de sus habitantes, han 
experimentado muchos cambios. 

Un crítico ha sostenido recientemente, con cierto alarde de 
exactitud matemática, que la longevidad es una gran ventaja 
para todas las especies; de modo que el que crea en la 


285 



selección natural «tiene que arreglar su árbol genealógico» de 
manera que todos los descendientes tengan vida más larga 
que sus antepasados. ¿No puede concebir nuestro critico que 
una planta bienal o un animal inferior pudo extenderse a un 
clima frío,y perecer allí cada invierno, y, sin embargo, debido 
a las ventajas conseguidas por selección natural, pudo 
sobrevivir de año en año por medio de sus semillas o huevos? 
Míster E. Ray Lankester, recientemente, ha discutido este 
asunto, y llega a la conclusión —hasta donde la extrema 
complejidad le permite juzgar— que la longevidad está 
comúnmente relacionada con el tipo de cada especie en la 
escala de organización, así como también con el desgaste de la 
reproducción y en la actividad general. Y estas condiciones 
probablemente han sido determinadas en gran medida por la 
selección natural. 

Se ha argüido que ninguno de los animales y plantas de 
Egipto, de los que tenemos algún conocimiento, ha cambiado 
durante los últimos tres o cuatro mil años, y que, de igual 
modo, probablemente no ha cambiado ninguno en ninguna 
parte del mundo. Pero, como ha hecho observar míster G. H. 
Lewes, este modo de demostración prueba demasiado, pues 
las antiguas razas domésticas, representadas en los antiguos 
monumentos egipcios o embalsamadas, son sumamente 
semejantes y hasta idénticas a las que viven ahora, y, sin 
embargo, todos los naturalistas admiten que estas razas se han 
producido por modificación de sus tipos primitivos. Los 
numerosos animales que han permanecido sin variación 
desde el principio del período glacial hubiesen constituido un 
caso incomparablemente más señalado, pues estos animales 
han estado sometidos a grandes cambios de climas y han 
emigrado a grandes distancias, mientras que en Egipto, 
durante los últimos miles de años, las condiciones de vida, 
hasta donde alcanza nuestro conocimiento, han permanecido 


286 



absolutamente uniformes. El hecho de que desde el período 
glacial se haya producido poca o ninguna modificación, 
habría sido de alguna utilidad contra los que creen en una ley 
innata y necesaria de desarrollo; pero no tiene fuerza alguna 
contra la doctrina de la selección natural o de la supervivencia 
de los más adecuados, que enseña que, cuando ocurre que 
aparecen variaciones o diferencias individuales de naturaleza 
útil, éstas se conservarán; pero esto se efectuará sólo en ciertas 
circunstancias favorables. 

El célebre paleontólogo Bronn, al final de su traducción 
alemana de esta obra, pregunta cómo puede, según el 
principio de la selección natural, vivir una variedad al lado de 
la especie madre. Si ambas se han adaptado a costumbres o 
condiciones ligeramente diferentes, pueden ambas vivir 
juntas; y si dejamos a un lado las especies poliformas, en las 
que la variación parece ser de naturaleza peculiar, y todas las 
variaciones puramente temporales, como tamaño, albinismo, 
etc., las variedades más permanentes se encuentran por lo 
general —hasta donde yo he podido ver— habitando 
estaciones distintas, como regiones elevadas y regiones bajas, 
distritos secos y distritos húmedos. Es más: en el caso de 
animales que se trasladan mucho de un lugar a otro y que se 
cruzan sin limitación, sus variaciones parecen estar 
confinadas, por lo general, a regiones distintas. 

Bronn insiste también en que las especies distintas no 
difieren nunca entre sí por un solo carácter, sino en muchas 
partes, y pregunta cómo ocurre siempre que muchas partes 
del organismo se tengan que haber modificado al mismo 
tiempo por variación y selección natural. Pero no hay 
necesidad de suponer que todas las partes de un ser se han 
modificado simultáneamente. Las modificaciones más 
llamativas, excelentemente adaptadas a algún fin, pudieron 
ser adquiridas, como se indicó anteriormente, por variaciones 


287 



sucesivas, aunque fuesen ligeras, primero en una parte y luego 
en otra; y corno han de transmitirse todas juntas, nos tienen 
que parecer como si se hubiesen desarrollado 
simultáneamente. La mejor respuesta, sin embargo, a la 
objeción precedente la proporcionan las razas domésticas, 
que han sido modificadas principalmente por el poder de 
selección del hombre para algún fin especial. Consideremos el 
caballo de carreras y el de tiro, el galgo y el mastín. Toda su 
constitucióny hasta sus características mentales se han 
modificado; pero, si pudiésemos seguir todos los pasos de la 
historia de su transformación —y los últimos pasos pueden 
ser seguidos—, no veríamos cambios grandes y simultáneos, 
sino primero una parte y luego otra, ligeramente modificadas 
y perfeccionadas. Aun cuando la selección ha sido aplicada 
por el hombre a un carácter sólo —de lo que nuestras plantas 
cultivadas ofrecen los mejores ejemplos— se encontrará 
invariablemente que, si bien esta parte, ya sea la flor, el fruto o 
las hojas, ha cambiado grandemente, casi todas las otras se 
han modificado un poco. Esto puede atribuirse, en parte, al 
principio de la correlación de crecimiento, y, en parte, a la 
llamada variación espontánea. 

Una objeción mucho más grave ha sido presentada por 
Bronn, y recientemente por Broca, o sea, que muchos 
caracteres parecen no servir de nada absolutamente a sus 
poseedores, y, por consiguiente, no pueden haber sido 
influidos por la selección natural. Bronn cita la longitud de las 
orejas y de la cola en las diferentes especies de liebres y 
ratones, los complicados pliegues del esmalte en los dientes de 
muchos mamíferos y una multitud de casos análogos. Por lo 
que se refiere a las plantas, este asunto ha sido discutido por 
Nágeli en un admirable trabajo. Admite que la selección 
natural ha hecho mucho, pero insiste en que las familias de 
plantas difieren entre sí principalmente por caracteres 


288 



morfológicos que parecen no tener importancia alguna para 
la prosperidad de las especies. Cree, por consiguiente, en una 
tendencia innata hacia el desarrollo progresivo y más 
perfecto. Señala la disposición de las células en los tejidos y la 
de las hojas en el eje como casos en que la selección natural 
no pudo haber obrado. A éstos pueden añadirse las divisiones 
numéricas de las partes de la flor, la posición de los óvulos, la 
forma de la semilla cuando no es de utilidad alguna para la 
diseminación, etc. 

Muy poderosa es la objeción anterior. Sin embargo, 
debemos, en primer lugar, ser extremadamente prudentes al 
decidir qué conformaciones son ahora, o han sido en otro 
tiempo, de utilidad a cada especie. En segundo lugar, 
tendríamos que tener siempre presente que, cuando se 
modifica un órgano, se modificarán los otros, por ciertas 
causas que vislumbramos confusamente, como un aumento o 
diminución en la substancia nutritiva que llega a un órgano, 
presión recíproca, influencia de un órgano desarrollado 
precozmente sobre otro que se desarrolla después, etc., lo 
mismo que por otras causas que nos conducen a los muchos 
casos misteriosos de correlación, que no comprendemos en lo 
más mínimo. Estas causas pueden agruparse todas, por 
brevedad, con la expresión de leyes de crecimiento. En tercer 
lugar, hemos de tener en cuenta la acción directa y definida 
del cambio de condiciones de vida y las llamadas variaciones 
espontáneas, en las cuales la naturaleza de las condiciones 
parece representar un papel muy secundario. Las variaciones 
de brotes —como la aparición de una rosa de musgo en un 
rosal común, o de una nectarine en un melocotonero— 
ofrecen buenos ejemplos de variaciones espontáneas; pero, 
aun en estos casos, si tenemos presente la acción de una 
pequeña gota de veneno al producir complicadas agallas, no 
debemos sentirnos muy seguros de que las variaciones citadas 


289 



no sean efecto de algún cambio local en la naturaleza de la 
savia, debido a algún cambio en las condiciones del medio 
ambiente. Tiene que haber una causa eficiente para cada 
pequeña diferencia individual, lo mismo que para las 
variaciones más marcadas que aparecen accidentalmente, y si 
la causa desconocida actuase de continuo, es casi seguro que 
todos los individuos de la especie se modificarían de modo 
semejante. 

En las primeras ediciones de esta obra he dado poco valor, 
según parece ahora probable, a la frecuencia e importancia de 
las modificaciones debidas a variabilidad espontánea; pero no 
es posible atribuir a esta causa las innumerables 
conformaciones que tan bien adaptadas están a las 
costumbres de cada especie. Tan imposible me es creer en 
esto como explicar de este modo las formas tan bien 
adaptadas del caballo de carreras y del galgo, que tanto 
asombro producían a los antiguos naturalistas antes de que 
fuese bien conocido el principio de la selección efectuada por 
el hombre. 

Merecerá la pena aclarar con ejemplos algunas de las 
observaciones anteriores. Por lo que se refiere a la pretendida 
inutilidad de varias partes y órganos, casi no es necesario 
hacer observar que, aun en los animales superiores y mejor 
conocidos, existen muchas estructuras que están tan 
desarrolladas que nadie duda que son de importancia, cuyo 
uso no ha sido averiguado o lo ha sido recientemente. Como 
Bronn cita la longitud de las orejas y de la cola en las 
diferentes especies de ratones como ejemplos, aunque 
insignificantes, de diferencias de conformación que no 
pueden ser de utilidad especial alguna, debo recordar que, 
según el doctor Schobl, las orejas del ratón común están 
extraordinariamente provistas de nervios, de manera que 
indudablemente sirven como órganos táctiles, y, por 


290 



consiguiente, la longitud de las orejas es difícil que pueda 
carecer por completo de importancia. Veremos luego, 
además, que la cola es un órgano prensil útilísimo a algunas 
especies, y su longitud tiene que influir mucho en su utilidad. 

Por lo que se refiere a las plantas —respecto de las cuales, 
teniendo en cuenta la memoria de Nágeli, me limitaré a las 
siguientes observaciones—, se admitirá que las flores de las 
orquídeas presentan multitud de conformaciones curiosas, 
que hace algunos años se habrían considerado como simples 
diferencias morfológicas sin función alguna especial, pero 
actualmente se sabe que son de la mayor importancia para la 
fecundación de la especie, con ayuda de los insectos, y que 
probablemente han sido conseguidas por selección natural. 
Hasta hace poco nadie hubiera imaginado que en las plantas 
dimorfas y trimorfas la diferente longitud de los estambres y 
pistilos y su disposición pudiese haber sido de alguna utilidad; 
pero actualmente sabemos que es así. 

En ciertos grupos de plantas, los óvulos están derechos, y 
en otras, colgantes, y dentro del mismo ovario en algunas 
plantas, un óvulo tiene la primera posición y otro la segunda. 
Estas posiciones parecen al pronto puramente morfológicas, o 
de ninguna significación fisiológica; pero el doctor Hooker 
me informa que, en un mismo ovario, en unos casos sólo los 
óvulos superiores son fecundados y en otros casos sólo los 
inferiores, e indica el doctor Hooker que esto probablemente 
depende de la dirección en que los tubos polínicos penetran 
en el ovario. Si es así, la posición de los óvulos, aun en el caso 
en que uno esté derecho y el otro colgante, dentro del mismo 
ovario, resultaría de la selección de todas las pequeñas 
desviaciones de posición que favoreciesen su fecundación y la 
producción de semillas. 

Algunas plantas que pertenecen a distintos órdenes 


291 



producen habitualmente flores de dos clases: unas, abiertas, 
de conformación ordinaria, y otras, cerradas e imperfectas. 
Estas dos clases de flores a veces difieren prodigiosamente en 
su conformación, aun cuando puede verse que se pasa 
gradualmente de una a otra en la misma planta. Las flores 
ordinarias y abiertas pueden cruzarse, y los beneficios que 
seguramente resultan de este proceso están así asegurados. 
Las flores cerradas e imperfectas, sin embargo, son 
evidentemente de gran importancia, pues producen con la 
mayor seguridad una gran cantidad de semillas con un gasto 
asombrosamente pequeño de polen. Las dos clases de flores, 
como se acaba de decir, con frecuencia difieren mucho, en su 
conformación. En las flores imperfectas, los pétalos consisten 
casi siempre en simples rudimentos, y los granos de polen son 
de diámetro reducido. En Ononis columnae, cinco de los 
estambres alternos son rudimentarios, y en algunas especies 
de Viola, tres estambres se encuentran en este estado, 
conservando dos su función propia, aunque son de tamaño 
muy reducido. De treinta flores cerradas de una violeta india 
—cuyo nombre me es deconocido, pues la planta nunca ha 
producido en mi poder flores perfectas—, en seis los sépalos 
están reducidos a tres en vez del número normal de cinco. En 
una sección de las malpighiáceas, según A. de Jussieu, las 
flores cerradas están todavía más modificadas, pues los cinco 
estambres opuestos a los sépalos están todos abortados, y está 
sólo desarrollado un sexto estambre opuesto a un pétalo, 
estambre que no se presenta en las flores ordinarias de esta 
especie; el estilo está abortado, y los ovarios están reducidos 
de tres a dos. Ahora bien; aun cuando la selección natural 
puede perfectamente haber tenido poder para impedir que se 
abriesen algunas de las flores y para reducir la cantidad de 
polen cuando se hizo superfino por la clausura de éstas, sin 
embargo, difícilmente puede haber sido determinada así 


292 



ninguna de las modificaciones especiales anteriores, sino que 
deben haber resultado de las leyes de crecimiento, incluyendo 
la inactividad funcional de órganos durante el proceso de la 
reducción del polen y la clausura de las flores. 

Es tan necesario apreciar los importantes efectos de las 
leyes de crecimiento, que citaré algunos casos más de otra 
naturaleza, o sea, de diferencias entre las mismas partes u 
órganos, debidas a diferencias en sus posiciones relativas en la 
misma planta. En el castaño común y en ciertos abetos, según 
Schacht, los ángulos de divergencia de las hojas son diferentes 
en las ramas casi horizontales y en las verticales. En la ruda 
común y algunas otras plantas, una flor —por lo común la 
central o terminal— se abre primero, y tiene cinco sépalos y 
pétalos y cinco divisiones en el ovario, mientras que todas las 
otras flores de la planta son tetrámeras. En la Adoxa inglesa, 
la flor superior tiene generalmente el cáliz bilobado y los otros 
órganos tetrámeros, mientras que las flores que la rodean 
tienen, por lo común, el cáliz trilobado y los otros órganos 
pentámeros. En muchas compuestas y umbelíferas —y en 
algunas otras plantas—, las flores periféricas tienen sus 
corolas mucho más desarrolladas que las del centro, y esto 
parece relacionado con frecuencia con el aborto de los 
órganos reproductores. Es un hecho muy curioso, señalado 
ya, que los aquenios o simientes de la circunferencia se 
diferencian, a veces mucho, de los del centro en forma, color 
y otros caracteres. En Carthamus y en algunas otras 
compuestas, los aquenios centrales solos están provistos de 
vilano, y en Hyoseris, la misma inflorescencia produce 
aquenios de tres formas diferentes. En ciertas umbelíferas, los 
frutos exteriores, según Tausch, son ortospermos y el central 
celospermo, y éste es un carácter que había sido considerado 
por De Candolle, en otras especies, como de la mayor 
importancia sistemática. El profesor Braun menciona un 


293 



género de fumariáceas en el que las flores de la parte inferior 
de la espiga producen como nuececillas ovales con una sola 
semilla, y en la parte superior de la espiga, silicuas lanceoladas 
de dos valvas y con dos semillas. En estos diferentes casos — 
excepto en el de las florecillas periféricas muy desarrolladas, 
que son de utilidad por hacer las flores muy visibles para los 
insectos— la selección natural, hasta donde nosotros 
podemos juzgar, no ha podido entrar en juego, o lo ha hecho 
sólo de un modo completamente secundario. Todas estas 
modificaciones resultan de la posición relativa y acción mutua 
de las partes, y apenas puede dudarse que si todas las flores y 
hojas de la planta hubiesen estado sometidas a las mismas 
condiciones externas e internas que lo están las flores y hojas 
en determinadas posiciones, todas se habrían modificado de 
la misma manera. 

En muchos otros casos encontramos modificaciones de 
estructura, consideradas generalmente por los botánicos 
como de gran importancia, que afectan tan sólo a alguna de 
las flores de una misma planta, o que se presentan en distintas 
plantas que crecen juntas en las mismas condiciones. Como 
estas variaciones parecen no ser de utilidad especial para las 
plantas, no pueden haber sido modificadas por la selección 
natural. De su causa nada sabemos; no podemos ni siquiera 
atribuirlo, como en los casos de la última clase, a una acción 
inmediata, tal como la posición relativa. Citaré sólo algunos 
ejemplos. Es tan común observar en la misma planta 
indistintamente flores tetrámeras, pentámeras, etc., que no 
necesito dar ejemplos; pero como las variaciones númericas 
son relativamente raras cuando son pocas las partes, puedo 
citar que, según De Candolle, las flores de Papaver 
bracteatum presentan, o dos sépalos y cuatro pétalos —que es 
el tipo común en los Papaver —, o tres sépalos y seis pétalos. 
El modo como los pétalos están plegados en capullo es, en la 


294 



mayor parte de los grupos, un carácter morfológico muy 
constante; pero el profesor Asa Cray ha comprobado que 
algunas especies de Mimulus casi con tanta frecuencia 
presentan la estivación de las rinantídeas como la de las 
antirrinídeas, tribu esta última a la que pertenece el género. 
Ang. St. Hilaire cita los casos siguientes: el género 
Zanthoxylon pertenece a una división de las rutáceas con un 
solo ovario; pero en algunas especies pueden encontrarse 
flores en la misma planta y aun en el mismo panículo, ya con 
uno, ya con dos ovarios. En Helianthemum se ha descrito la 
cápsula como unilocular o trilocular; pero en H. mutabile: 
«Une lame,p/MS ou moins large, s’étend entre le pericarpe et le 
placenta». En las flores de Saponaria ojficinalis, el doctor 
Masters ha observado ejemplos, tanto de placentación 
marginal como de placentación central libre. Einalmente, St. 
Hilaire encontró, hacia el extremo sur del área de dispersión 
de Gomphia oleaeformis, dos formas que, al pronto, no dudó 
que fuesen especies distintas; pero después vio que crecían 
juntas en el mismo arbusto, y entonces añade: «Voilá done 
dans un méme individu des loges et un style que se rattachent 
tantót á un axe verticale et tantót á un gynobase». 

Vemos, pues, que, en las plantas, muchos cambios 
morfológicos pueden ser atribuidos a las leyes de crecimiento 
y de acción reciproca de las partes, independientemente de la 
selección natural. Pero, por lo que se refiere a la doctrina de 
Nágeli de una tendencia innata hacia la perfección o 
desarrollo progresivo, ¿puede afirmarse, en el caso de estas 
variaciones tan pronunciadas, que las plantas han sido 
sorprendidas en el acto de pasar a un estado superior de 
desarrollo? Por el contrario, del solo hecho de diferir o variar 
mucho en la planta las partes en cuestión, inferiría yo que 
tales modificaciones eran de importancia muy pequeña para 
las mismas plantas, cualquiera que sea la importancia que 


295 



para nosotros puedan tener, en general, para las 
clasificaciones. La adquisición de una parte inútil, 
difícilmente puede decirse que eleva un organismo en la 
escala natural, y el caso de las flores imperfectas antes 
descrito, si no se invoca un principio nuevo, puede ser un 
caso de retroceso más bien que de progreso, y lo mismo debe 
ser en muchos animales parásitos y degradados. Ignoramos la 
causa que provoca las modificaciones antes señaladas; pero si 
la causa desconocida hubiese de obrar de modo casi uniforme 
durante un largo espacio de tiempo, podríamos inferir que el 
resultado sería casi uniforme, y, en este caso, todos los 
individuos de la misma especie se modificarían de la misma 
manera. 

Por el hecho de ser los caracteres anteriores sin 
importancia para la prosperidad de las especies, las ligeras 
variaciones que se presentan en ellos no habrían sido 
acumuladas y aumentadas por selección natural. Una 
conformación que se ha desarrollado por selección 
continuada durante mucho tiempo, cuando cesa de ser útil a 
una especie, por lo común se hace variable, como vemos en 
los órganos rudimentarios, pues ya no estará, en lo sucesivo, 
regulada por la misma fuerza de selección. Pero, por la 
naturaleza del organismo y de las condiciones de vida, se han 
producido modificaciones que son sin importancia para la 
prosperidad de la especie; estas modificaciones pueden ser 
transmitidas —y al parecer lo han sido muchas veces— casi 
en el mismo estado, a numerosos descendientes 
diferentemente modificados. No puede haber sido de gran 
importancia para la mayor parte de los mamíferos, aves y 
reptiles el estar cubiertos de pelo, de pluma o de escamas, y, 
sin embargo, el pelo se ha transmitido a casi todos los 
mamíferos, las plumas a todas las aves y las escamas a todos 
los reptiles verdaderos. Una estructura, cualquiera que sea. 


296 



común a muchas formas afines, la consideramos como de 
gran importancia sistemática, y, por consiguiente, con 
frecuencia se da por sentado que es de gran importancia vital 
para la especie. Así, según me inclino a creer, diferencias 
morfológicas que consideramos como importantes —tales 
como el modo de estar dispuestas las hojas, las divisiones de 
la flor o del ovario, la posición de los óvulos, etc.— 
aparecieron primero, en muchos casos, como variaciones 
fluctuantes, que, más pronto o más tarde, se hicieron 
constantes por la naturaleza del organismo y de las 
condiciones ambientes, como también por el cruzamiento de 
individuos distintos, pero no por selección natural, pues 
como estos caracteres morfológicos no influyen en la 
prosperidad de la especie, las pequeñas desviaciones en ellos 
no pudieron haber sido reguladas y acumuladas por este 
último medio. Es extraño el resultado a que llegamos de este 
modo, o sea, que caracteres de poca importancia vital para la 
especie son los más importantes para el sistemático; pero esto, 
según veremos después, cuando tratemos del fundamento 
genético de la clasificación, no es, en modo alguno, tan 
paradójico como al pronto puede parecer. 

Aun cuando no tenemos ninguna prueba buena de que 
exista en los seres orgánicos una tendencia innata hacia el 
desarrollo progresivo, sin embargo, esto se sigue 
necesariamente, como he procurado demostrar en el capitulo 
cuarto, de la acción continua de la selección natural, pues la 
mejor definición que se ha dado de un tipo superior de 
organización es el grado en que los órganos se han 
especializado o diferenciado, y la selección natural tiende 
hacia este fin, en cuanto que los órganos son de este modo 
capaces de realizar sus funciones más eficazmente. 

Un distinguido zoólogo, míster St.George Mivart, ha 
reunido recientemente todas las objeciones que se han hecho. 


297 



en todo tiempo, por mí mismo y por otros, a la teoría de la 
selección natural, tal como ha sido propuesta por míster 
Wallace y por mí, y los ha expuesto con arte y energía 
admirables. Ordenadas así, constituyen un formidable 
ejército, y como no entra en el plan de míster Mivart el citar 
los diferentes hechos y consideraciones opuestos a sus 
conclusiones, queda no pequeño esfuerzo de razonamiento, y 
de memoria para el lector que quiera pesar las pruebas de 
ambas partes. Discutiendo casos especiales, míster Mivart 
pasa por alto los efectos del creciente uso y desuso de los 
órganos, quehe sostenido siempre que son importantísimos, y 
que he tratado en mi obra Variation under Domestication con 
mayor extensión, creo yo, que ningún otro autor. Del mismo 
modo supone que no atribuyo nada a la variación 
independientemente de la selección natural, siendo así que, 
en la obra acabada de citar, he reunido un número de casos 
bien comprobados, mayor que el que pueda encontrarse en 
cualquier obra que yo conozca. Mi opinión podrá no ser 
digna de crédito; pero después de haber leído con cuidado el 
libro de míster Mivart y de comparar cada sección con lo que 
he dicho yo sobre el mismo punto, nunca me habla sentido 
tan firmemente convencido de la verdad general de las 
conclusiones a que he llegado, sujetas evidentemente, en 
asunto tan complicado, a muchos errores parciales. 

Todas las objeciones de míster Mivart serán, o han sido ya, 
examinadas en el presente libro. Un punto nuevo, que parece 
haber llamado la atención de muchos lectores, es «que la 
selección natural es incapaz de explicar los estados incipientes 
de las estructuras útiles». Este asunto está íntimamente unido 
al de la gradación de caracteres, acompañada frecuentemente 
de un cambio de función —por ejemplo: la transformación de 
la vejiga natatoria en pulmones—; puntos que fueron 
discutidos en el capitulo anterior bajo dos epígrafes. Sin 


298 



embargo, examinaré aquí, con algún detalle, varios de los 
casos propuestos por mister Mivart, eligiendo aquellos que 
son más demostrativos, pues la falta de espacio me impide 
examinarlos todos. 

La jirafa, por su elevada estatura y por su cuello, miembros 
anteriores, cabeza y lengua muy alargados, tiene toda su 
conformación admirablemente adaptada para ramonear en 
las ramas más altas de los árboles. La jirafa puede así obtener 
comida fuera del alcance de los otros ungulados, o animales 
de cascos y de pesuñas, que viven en el mismo país, y esto 
tiene que serle de gran ventaja en tiempos de escasez. El 
ganado vacuno ñato^^^' de América del Sur nos muestra qué 
pequeña puede ser la diferencia de conformación que 
determine, en tiempos de escasez, una gran diferencia en la 
conservación de la vida de un animal. Este ganado puede 
rozar, igual que los otros, la hierba; pero por la prominencia 
de la mandíbula inferior no puede, durante las frecuentes 
sequías, ramonear las ramitas de los árboles, las cañas, 
etcétera, alimento al que se ven obligados a recurrir el ganado 
vacuno común y los caballos; de modo que en los tiempos de 
sequía los ñatos mueren si no son alimentados por sus 
dueños. 

Antes de pasar a las objeciones de mister Mivart, puede ser 
conveniente explicar, todavía otra vez, cómo obrará la 
selección natural en todos los casos ordinarios. El hombre ha 
modificado algunos de sus animales, sin que necesariamente 
haya atendido a puntos determinados de estructura, 
simplemente conservando y obteniendo cría de los individuos 
más veloces, como en el caballo de carreras y el galgo, o de los 
individuos victoriosos, como en el gallo de pelea. Del mismo 
modo en la naturaleza, al originarse la jirafa, los individuos 
que ramoneasen más alto y que durante los tiempos de 


299 


escasez fuesen capaces de alcanzar aunque sólo fuesen una 
pulgada o dos más arriba que los otros, con frecuencia se 
salvarían, pues recorrerían todo el país en busca de alimento. 
El que los individuos de la misma especie muchas veces 
difieren un poco en la longitud relativa de todas sus partes, 
puede comprobarse en muchas obras de Historia Natural, en 
las que se dan medidas cuidadosas. Estas pequeñas diferencias 
en las proporciones, debidas a las leyes de crecimiento y 
variación, no tienen la menor importancia ni utilidad en la 
mayor parte de las especies. Pero al originarse la jirafa habrá 
sido esto diferente, teniendo en cuenta sus costumbres 
probables, pues aquellos individuos que tuviesen alguna parte 
o varias partes de su cuerpo un poco más alargadas de lo 
corriente hubieron, en general, de sobrevivir. Estos se habrán 
unido entre sí y habrán dejado descendencia que habrá 
heredado, o bien las mismas particularidades corpóreas, o 
bien la tendencia a variar de nuevo de la misma manera, 
mientras que los individuos menos favorecidos por los 
mismos conceptos habrán sido los más propensos a perecer. 

Vemos, pues, que no es necesario separar por parejas, 
como hace el hombre cuando metódicamente mejora una 
casta; la selección natural conservará, y de este modo 
separará, todos los individuos superiores, permitiéndoles 
cruzarse libremente, y destruirá todos los individuos 
inferiores. Continuando durante mucho tiempo este proceso 
—que corresponde exactamente a lo que he llamado selección 
inconsciente por el hombre—, combinado, sin duda, de modo 
muy importante, con los efectos hereditarios del aumento de 
uso de los órganos, me parece casi seguro que un cuadrúpedo 
ungulado ordinario pudo convertirse en jirafa. 

Contra esta conclusión presenta míster Mivart dos 
objeciones. Una es que el aumento del tamaño del cuerpo 
exigiría evidentemente un aumento de alimento, y considera 


300 



como «muy problemático el que las desventajas que por este 
motivo se originan no hubiesen de contrapesar con exceso, en 
tiempos de escasez, a las desventajas». Pero como la jirafa 
existe actualmente muy numerosa en el Sur de África, y como 
algunos de los antílopes mayores del mundo, tan grandes 
como un toro, abundan allí, ¿por qué tendremos que dudar 
de que, por lo que se refiere al tamaño, pudieran haber 
existido allí, en otro tiempo, gradaciones intermedias, 
sometidas como ahora a veces a rigurosa escasez? 
Seguramente el poder alcanzar en cada estado de aumento de 
tamaño una cantidad de comida dejada intacta por los otros 
cuadrúpedos ungulados del país tuvo que haber sido 
ventajoso para la jirafa en formación, y tampoco debemos 
dejar pasar inadvertido el hecho de que el aumento de 
tamaño obraría como una protección contra casi todos los 
cuadrúpedos de presa, excepto el león, y, como ha hecho 
observar míster Chauncey Wright, contra este animal serviría 
su alto cuello —y cuanto más alto, tanto mejor— como una 
atalaya. Esta es la causa, como hace observar sir S. Baker, por 
la que ningún animal es más difícil de cazar al acecho que la 
jirafa. Este animal también utiliza su largo cuello como un 
arma ofensiva y defensiva, moviendo violentamente su cabeza 
armada como de muñones de cuernos. La conservación de 
cada especie raras veces puede estar determinada por una sola 
ventaja, sino por la unión de todas, grandes y pequeñas. 

Míster Mivart pregunta entonces —y ésta es su segunda 
objeción—: Si la selección natural es tan potente, y si el 
ramonear alto es una ventaja tan grande, ¿por qué no ha 
adquirido un largo cuello y una estatura gigantesca ningún 
otro cuadrúpedo ungulado, aparte de la jirafa y, en menor 
grado, el camello, el guanaco y la Macrauchenial Y también, 
¿por qué no ha adquirido ningún miembro del grupo una 
larga trompa? Por lo que se refiere al África del Sur, que 


301 



estuvo en otro tiempo habitada por numerosos rebaños de 
jirafas, la respuesta no es difícil, y el modo mejor de darla es 
mediante un ejemplo. En todos los prados de Inglaterra en 
que hay árboles, vemos las ramas inferiores recortadas o 
rapadas hasta un nivel preciso, por efecto del ramoneo de los 
caballos o del ganado vacuno; y ¿qué ventaja habría, por 
ejemplo, para las ovejas, si las hubiese allí en adquirir un poco 
más de longitud en el cuello? En toda región, es casi seguro 
que alguna clase de animal será capaz de ramonear más alto 
que los otros, y es igualmente casi seguro que esta clase sola 
pudo haber alargado su cuello con este objeto, mediante la 
selección natural y los efectos del aumento del uso. En África 
del Sur, la competencia para ramonear en las ramas más altas 
de las acacias y otros árboles tuvo que ser entre jirafa y jirafa, 
y no con los otros ungulados. 

No puede contestarse exactamente por qué en otras partes 
del mundo han adquirido un cuello alargado o una trompa 
diferentes animales que pertenecen al mismo orden; pero es 
tan fuera de razón esperar una respuesta precisa a esta 
pregunta, como a la de por qué, en la historia de la 
humanidad, no se produjo en un siglo un acontecimiento, 
mientras que se produjo en otro. Ignoramos las condiciones 
que determinan el número de individuos y la distribución 
geográfica de una especie, y no podemos ni siquiera 
conjeturar qué cambios de estructura serían favorables a su 
desarrollo en un nuevo país. Podemos, sin embargo, ver de un 
modo general las diferentes causas que pueden haber 
impedido el desarrollo de un largo cuello o trompa. El 
alcanzar el follaje a una altura considerable —sin trepar, para 
lo que los ungulados están especialmente mal constituidos— 
exige un gran aumento en el tamaño del cuerpo, y sabemos 
que algunos territorios mantienen poquísimos cuadrúpedos 
grandes, por ejemplo, América del Sur, a pesar de ser tan 


302 



exuberante, mientras que en el Sur de África abundan de un 
modo sin igual; por qué ha de ser esto así, no lo sabemos, y 
tampoco sabemos por qué los últimos períodos terciarios 
tuvieron que haber sido mucho más favorables para su 
existencia que la época actual. Cualesquiera que puedan haber 
sido las causas, podemos ver que ciertos distritos y tiempos 
han de haber sido mucho más favorables que otros para el 
desarrollo de cuadrúpedos tan grandes como la jirafa. 

Para que en un animal alguna estructura adquiera un 
desarrollo grande y especial, es casi indispensable que varias 
otras partes se modifiquen y adapten a esta estructura. Aun 
cuando todas las partes del cuerpo varíen ligeramente, no se 
sigue que las partes necesarias varíen siempre en la dirección 
o grados debidos. En las diferentes especies de animales 
domésticos vemos que los órganos varían en modo y grado 
diferentes, y que unas especies son mucho más variables que 
otras. Aun cuando se originen las variaciones convenientes, 
no se sigue que la selección natural pueda actuar sobre ellas y 
producir una conformación que, al parecer, sea ventajosa 
para la especie. Por ejemplo, si el número de individuos que 
existen en un país está determinado principalmente por la 
destrucción por los animales de presa, por los parásitos 
externos o internos, etcétera —caso que parece ser frecuente 
—, la selección natural podrá servir poco o se detendrá 
grandemente en modificar cualquier conformación particular 
propia para obtener alimento. Finalmente, la selección 
natural es un proceso lento, y las mismas condiciones 
favorables tienen que dudar mucho, para que tenga que 
producir así un efecto señalado. Si no es atribuyéndolo a estas 
razones generales y vagas, no podemos explicar por qué en 
varias partes del mundo los cuadrúpedos ungulados no han 
adquirido cuellos muy alargados u otros medios para 
ramonear en las ramas altas de los árboles. 


303 



Objeciones de igual naturaleza que las precedentes han sido 
presentadas por muchos autores. En cada caso, diferentes 
causas, aparte de las generales que se acaban de indicar, se 
han opuesto probablemente a la adquisición de 
conformaciones que se supone serían beneficiosas a 
determinadas especies. Un autor pregunta por qué no ha 
adquirido el avestruz la facultad de volar; pero un momento 
de reflexión hará ver qué enorme cantidad de comida sería 
necesaria para dar a esta ave del desierto fuerza para mover su 
enorme cuerpo en el aire. Las islas oceánicas están habitadas 
por murciélagos y focas, pero no por mamíferos terrestres; y 
como algunos de estos murciélagos son especies peculiares, 
tienen que haber habitado mucho tiempo en sus localidades 
actuales. Por esta razón, sir C. Lyell pregunta —y da algunas 
razones como respuesta— por qué las focas y los murciélagos 
no han dado origen en estas islas a formas adecuadas para 
vivir en tierra. Pero las focas tendrían necesariamente que 
transformarse primero en animales carnívoros terrestres de 
tamaño considerable, y los murciélagos en animales 
insectivos terrestres; para los primeros no habría presas; para 
los murciélagos, los insectos terrestres los servirían como 
alimento; pero éstos habrían estado ya muy perseguidos por 
los reptiles y aves que colonizan primero las islas oceánicas y 
abundan en la mayor parte de ellas. Las gradaciones de 
conformación, cuyos estados sean todos útiles a una especie 
que cambia, serán favorecidas solamente en ciertas 
condiciones particulares. Un animal estrictamente terrestre, 
cazando a veces en aguas poco profundas, luego en ríos y 
lagos, pudo, al fin, convertirse en un animal tan acuático que 
desafiase al océano. Pero las focas no encontrarían en las islas 
oceánicas las condiciones favorables a su conversión gradual 
en formas terrestres. Los murciélagos, como se expuso antes, 
adquirieron probablemente sus alas deslizándose primero por 


304 



el aire de un árbol a otro, como las llamadas ardillas 
voladoras, con objeto de escapar de sus enemigos o para 
evitar caídas; pero, una vez que fue adquirida la facultad del 
vuelo verdadero, ésta no hubo de volverse a convertir nunca, 
por lo menos para los fines antes indicados, en la facultad 
menos eficaz de deslizarse por el aire. Realmente, en los 
murciélagos, como en muchas aves, pudieron las alas haber 
disminuido mucho de tamaño o haberse perdido 
completamente por desuso; pero, en este caso, hubiera sido 
necesario que hubiesen adquirido primero la facultad de 
correr rápidamente por el suelo mediante solos sus miembros 
posteriores, de manera que compitiesen con aves y otros 
animales terrícolas; pero un murciélago parece especialmente 
inadecuado para tal cambio. Estas conjeturas se han hecho 
simplemente para demostrar que una transición de 
conformación, con todos sus grados ventajosos, es cosa muy 
compleja, y que no tiene nada de extraño el que, en cualquier 
caso particular, no haya ocurrido una transformación. 

Por último, más de un autor ha preguntado por qué en 
unos animales se han desarrollado las facultades mentales 
más que en otros, cuando tal desarrollo hubiese sido 
ventajoso para todos; por qué no han adquirido los monos las 
facultades intelectuales del hombre. Podrían asignarse 
diferentes causas; pero, como son conjeturas y su 
probabilidad relativa no puede ser aquilatada, sería inútil 
citarlas. Una respuesta definitiva a la última pregunta no debe 
esperarse, viendo que nadie puede resolver el problema más 
sencillo de por qué, de dos razas de salvajes, una ha ascendido 
más que la otra en la escala de la civilización, y esto 
evidentemente implica aumento de fuerza cerebral. 

Volvamos a las otras objeciones de míster Mivart. Los 
insectos muchas veces se asemejan para protección a 
diferentes objetos, tales como hojas verdes o secas, ramitas 


305 



muertas, pedazos de liquen, flores, espinas, excrementos de 
aves o insectos vivos; pero sobre este último punto insistiré 
después. La semejanza es muchas veces maravillosa, y no se 
limita al color, sino que se extiende a la forma y hasta a las 
actitudes de los insectos. Las orugas, que se mantienen 
inmóviles, sobresaliendo como ramitas muertas en las ramas 
en que se alimentan, ofrecen un excelente ejemplo de 
semejanza de esta clase. Los casos de imitación de objetos, 
tales como el excremento de los pájaros, son raros y 
excepcionales. Sobre este punto hace observar míster Mivart: 
«Como, según la teoría de míster Darwin, hay una tendencia 
constante a la variación indefinida, y como las pequeñas 
variaciones incipientes deben ser en todas direcciones, tienen 
que tender a neutralizarse mutuamente y a formar al 
principio modificaciones tan inestables, que es difícil, si no 
imposible, comprender cómo estas oscilaciones indefinidas, 
infinitamente pequeñas al principio, puedan nunca constituir 
semejanzas con una hoja, caña u otro objeto lo 
suficientemente apreciables para que la selección natural se 
apodere de ellas y las perpetúe». 

Pero en todos los casos precedentes los insectos, en su 
estado primitivo, presentaban indudablemente alguna tosca 
semejanza accidental con algún objeto común en los parajes 
por ellos frecuentados; lo cual no es, en modo alguno, 
improbable, si se considera el número casi infinito de objetos 
que los rodean y la diversidad de formas y colores de las 
legiones de insectos existentes. Como es necesaria alguna 
tosca semejanza para el primer paso, podemos comprender 
por qué es que los animales mayores y superiores —con la 
excepción, hasta donde alcanza mi conocimiento, de un pez— 
no se asemejan para protección a objetos determinados, sino 
tan sólo a la superficie de lo que comúnmente les rodea, y 
esto, sobre todo, por el color. Admitiendo que 


306 



primitivamente ocurriese que un insecto se asemejase algo a 
una ramita muerta o a una hoja seca, y que este insecto 
variase ligeramente de muchos modos, todas las variaciones 
que hiciesen a este insecto en algún modo más semejante a 
alguno de tales objetos, favoreciendo así el que se salvase de 
sus enemigos, tendrían que conservarse, mientras que otras 
variaciones tendrían que ser desdeñadas, y finalmente 
perdidas, o, si hacían al insecto en algún modo menos 
parecido al objeto imitado, serían eliminadas. 
Verdaderamente, tendría fuerza la objeción de míster Mivart 
si tuviésemos que explicar estas semejanzas por simple 
variabilidad fluctuante, independientemente de la selección 
natural; pero tal como es el caso no la tiene. 

Tampoco puedo yo encontrar fuerza alguna en la objeción 
de míster Mivart referente a «los últimos toques de perfección 
en el mimetismo», como en el caso citado por míster Wallace 
de un insecto fásmido (Creoxylus laceratus), que se asemeja a 
«un tronquito cubierto por un musgo reptante o 
Jungermannia». Tan completa era la semejanza, que un 
indígena daiaó^^^ sostenía que las excrecencias foliáceas eran 
realmente musgo. Los insectos son presa de pájaros y otros 
enemigos, cuya vista probablemente es más aguda que la 
nuestra, y todo grado de semejanza que ayude a un insecto a 
escapar de ser observado o descubierto, tenderá a conservarse, 
y cuanto más perfecta sea la semejanza, tanto mejor para el 
insecto. Considerando la naturaleza de las diferencias entre 
las especies en el grupo que comprende el Creoxylus citado, 
no es improbable que en este insecto hayan variado las 
irregularidades de su superficie, y que éstas hayan llegado a 
tomar un color más o menos verde; pues, en cada grupo, los 
caracteres que difieren en las distintas especies son los más 
adecuados para variar, mientras que los caracteres genéricos, 
o sea, los comunes a todas las especies, son los más 


307 


constantes. 

La ballena franca^^'^' es uno de los animales más 
maravillosos del mundo, y sus barbas una de sus mayores 
particularidades. Las barbas forman, a cada lado de la 
mandíbula superior, una fila de unas 300 láminas o placas 
muy juntas, dispuestas transversalmente con relación del eje 
mayor de la boca. Dentro de la fila principal hay algunas filas 
secundarias. La extremidad y el borde interno de todas las 
placas están deshilachadas, formando cerdas rígidas, que 
cubren todo el gigantesco paladar y sirven para tamizar o 
filtrar el agua y, de este modo, retener las pequeñas presas de 
que viven estos grandes animales. La lámina de en medio, que 
es la más larga, en la ballena franca tiene diez, doce y hasta 
quince pies de longitud^^®'; pero en las diferentes especies de 
cetáceos hay gradaciones en la longitud, teniendo, según 
Scoresby, la lámina de en medio cuatro pies de largo en una 
especie, tres en otra, diez y ocho pulgadas^'^^' en otra, y en la 
Balaenoptera rostrata sólo unas nueve pulgadas. La calidad de 
las barbas varía también en las diferentes especies. 

Por lo que se refiere a las barbas, míster Mivart hace 
observar que, si éstas «hubiesen alcanzado alguna vez un 
tamaño y desarrollo tales que las hiciesen útiles en algún 
modo, entonces la selección natural sólo habría fomentado su 
conservación y aumento dentro de límites utilizables; pero 
¿cómo obtener el principio de este desarrollo útil?». En 
respuesta, puede preguntarse por qué los remotos 
antepasados de las ballenas no habrían tenido la boca 
constituida de modo algo parecido al pico con laminitas del 
pato. Los patos, como las ballenas, se sustentan tamizando el 
cieno y el agua, y la familia ha sido llamada algunas veces de 
los Criblatores, o cribadores. Espero que no se me interpretará 
torcidamente, diciendo que los progenitores de las ballenas 


308 


tuvieron realmente la boca con láminas, como el pico de un 
pato. Quiero solamente exponer que esto no es increíble, y 
que las inmensas láminas que constituyen las barbas de la 
ballena franca podrían haberse desarrollado, a partir de 
laminillas, por pasos graduales, de utilidad todos para su 
posesor. El pico del pato cucharetero (Spatula clypeata) es de 
estructura más hermosa y compleja que la boca de una 
ballena. La mandíbula superior está provista a cada lado de 
una fila o peine formado —en el ejemplar examinado por mí 
— por 188 laminillas delgadas y elásticas, cortadas al sesgo de 
modo que terminen en punta y colocadas transversalmente 
con relación al eje mayor de la boca. Estas laminillas nacen 
del paladar, y están sujetas a los lados de la mandíbula por 
una membrana flexible. Las que están hacia en medio son las 
más largas, teniendo de largo aproximadamente un tercio de 
pulgada, y salen 0,14 de pulgada por debajo del borde. En sus 
bases hay una corta fila secundaria de laminillas oblicuamente 
transversas. Por estos varios conceptos se asemejan a las 
barbas de la boca de la ballena; pero hacia la extremidad del 
pico difieren mucho, pues se proyectan hacia dentro, en vez 
de hacerlo verticalmente hacia abajo. La cabeza entera de este 
pato —aunque incomparablemente menos voluminosa— 
mide aproximadamente un dieciochoavo de la longitud de la 
cabeza de una Balaenoptera rostrata medianamente grande, 
especie en la cual las barbas tienen sólo nueve pulgadas de 
largo; de manera que si hiciésemos la cabeza del pato 
cucharetero tan larga como la de la Balaenoptera, las 
laminillas tendrían seis pulgadas de longitud, o sea, dos 
tercios de la longitud de las barbas en esta especie de ballena. 
La mandíbula inferior del pato cucharetero está provista de 
laminillas de igual longitud que las de arriba, pero más finas, 
y por estar provista de estas laminillas, difiere notoriamente 
de la mandíbula inferior de la ballena que está desprovista de 


309 



barbas. Por otra parte, los extremos de estas laminillas 
inferiores están como deshilachados, formando finas puntas 
hirsutas, de modo que, lo que es curioso, se asemejan así a las 
placas que constituyen las barbas de la ballena. En el género 
Prion, que pertenece a la familia distinta de los petreles, la 
mandíbula superior sólo está provista de laminillas que están 
bien desarrolladas y salen por debajo del borde, de modo que 
el pico de esta ave se parece, por este concepto, a la boca de la 
ballena. 

Por lo que se refiere a la propiedad de tamizar —según he 
sabido por noticias y ejemplares que me han sido remitidos 
por míster Salvin—, podemos pasar, sin gran interrupción, 
desde la conformación, sumamente desarrollada, del pico del 
pato cucharetero —mediante el pico de la Merganetta armata 
y, en algunos conceptos, mediante el de Aix sponsa — al pico 
del pato común. En esta última especie las laminillas son 
mucho más toscas que en el cucharetero, y están firmemente 
adheridas a los dos lados de la mandíbula; son tan sólo en 
número de 50 a cada lado, y no salen nunca por debajo del 
borde. Su terminación es rectangular, y están guarnecidas de 
tejido resistente translúcido, como si fuesen para triturar 
comida. Los bordes de la mandíbula inferior están cruzados 
por numerosos plieguecillos, que sobresalen muy poco. Aun 
cuando el pico es así muy inferior como tamiz al del 
cucharetero, sin embargo, el pato, como todo el mundo sabe, 
lo utiliza constantemente para este objeto. Según me dice 
míster Salvin, hay otras especies en las cuales las laminillas 
están mucho menos desarrolladas que en el pato común; pero 
yo no sé si estas aves usan su pico para tamizar el agua. 

Pasando a otro grupo de la misma familia, en el ganso de 
Egipto (Chenalopex) el pico se parece mucho al del pato 
común; pero las laminillas no son tan numerosas, tan 
distintas, si sobresalen tanto hacia dentro; sin embargo, este 


310 



ganso, según me informa míster E. Bartlett, «utiliza su pico 
como un pato, expulsando el agua por los lados». Su principal 
alimento es hierba, que corta como el ganso común. En esta 
ave las laminillas de la mandíbula superior son mucho más 
toscas que en el pato común, casi unidas, en número de unas 
27 a cada lado, cubiertas da protuberancias como dientes. El 
paladar está también cubierto de protuberancias redondas y 
duras. Los bordes de la mandíbula inferior son serrados, con 
dientes mucho más prominentes, toscos y agudos que en el 
pato. El ganso común no tamiza el agua, y utiliza su pico 
exclusivamente para arrancar o cortar la hierba, uso para el 
cual está tan bien adaptado, que puede cortar el césped más al 
ras casi que cualquier otro animal. Hay otras especies de 
gansos, según me dice míster Bartlett, en los cuales las 
laminillas están menos desarrolladas que en el ganso común. 

Vemos, pues, que una especie de las familias de los patos, 
con el pico constituido como el del ganso común y adaptado 
exclusivamente a herbajear, o hasta una especie con pico con 
laminillas poco desarrolladas, pudo convertirse, por pequeños 
cambios, en una especie como el ganso egipcio; ésta, en una 
como el pato común, y finalmente, en una como el 
cucharetero provista de pico, adaptado, casi exclusivamente, 
para tamizar el agua, puesto que esta ave apenas podría usar 
ninguna parte de su pico, excepto la punta ganchuda, para 
coger o desgarrar alimentos sólidos. Puedo añadir que el pico 
del ganso pudo convertirse, por pequeños cambios, en un 
pico provisto de dientes prominentes encorvados, como los 
de Merganser —que pertenece a la misma familia—, que 
sirven para el muy diferente objeto de coger peces vivos. 

Volviendo a los cetáceos, el Hyperoodon bidens está 
desprovisto de verdaderos dientes en condiciones de poder 
ser eficaces; pero su paladar, según Lacepéde, está erizado de 
puntas córneas pequeñas, desiguales y duras. Por 


311 



consiguiente, no hay nada de improbable en suponer que 
alguna forma de cetáceo primitiva tuvo el paladar provisto de 
puntas córneas semejantes, aunque dispuestas con algo 
menos de regularidad, que, como las prominencias del pico 
del ganso, le ayudaban a coger o desgarrar su alimento. 
Siendo así, difícilmente se negará que las puntas, por 
variación y selección natural, pudieron convertirse en 
laminillas tan bien desarrolladas como las del ganso de 
Egipto, en cuyo caso habrían sido usadas, tanto para coger 
objetos como para tamizar el agua; después, en laminillas 
como las del pato común, y así, progresivamente, hasta que 
llegaron a estar tan bien construidas como las del cucharetero, 
en cuyo caso habrían servido exclusivamente como un 
aparato para tamizar. Partiendo de este estado, en el que las 
láminas tendrían dos tercios de la longitud de las barbas de la 
Balaenoptera rostrata, las gradaciones que pueden observarse 
en cetáceos vivientes nos llevan hasta las enormes barbas de la 
ballena franca. Tampoco hay razón alguna para dudar de que 
cada grado de esta escala pudo haber sido tan útil a ciertos 
cetáceos antiguos, en los cuales las funciones de las partes 
cambiaron lentamente durante el transcurso del desarrollo, 
como lo son las gradaciones en los picos de los diferentes 
representantes actuales de la familia de los patos. Hemos de 
tener presente que cada especie de pato está sometida a una 
rigurosa lucha por la existencia, y que la conformación de 
cada parte de su organización tiene que estar bien adaptada a 
sus condiciones de vida. 

Los pleuronéctidos o peces planos son notables por la 
asimetría de su cuerpo. Permanecen acostados sobre un lado, 
en la mayor parte de las especies sobre el izquierdo, pero en 
algunas sobre el derecho, y, a veces, se presentan ejemplares 
adultos inversos. El lado inferior o superficie de descanso 
parece, a primera vista, el lado ventral de un pez ordinario: es 


312 



de un color blanco y está, por muchos conceptos, menos 
desarrollado que el lado superior, y frecuentemente tiene las 
aletas laterales de tamaño menor. Pero los ojos ofrecen una 
particularidad notabilísima, pues ambos están situados en el 
lado superior de la cabeza. En la primera edad, sin embargo, 
los ojos están opuestos uno a otro, y todo el cuerpo es 
entonces simétrico, teniendo ambos lados de igual color. 
Pronto el ojo propio del lado inferior empieza a resbalar 
lentamente alrededor de la cabeza hacia el lado superior, pero 
no pasa a través del cráneo, como antes se creyó que ocurría. 
Es evidente que, a menos que el ojo inferior girase de esta 
manera, no podría ser usado por el pez mientras yace en su 
posición habitual sobre un lado. El ojo inferior, además, 
habría estado expuesto a rozarse con el fondo arenoso. Es 
evidente que los pleuronéctidos están admirablemente 
adaptados a su modo de vida mediante su conformación 
aplastada y asimétrica, pues diferentes especies, como los 
lenguados, platijas, etc., son comunísimas. Las principales 
ventajas obtenidas de este modo parecen ser protección 
contra sus enemigos y facilidad para alimentarse en el fondo. 
Los diferentes miembros de la familia presentan, sin embargo, 
como hace observar Schiódte, «una larga serie de formas que 
muestran una transición gradual, desde Hippoglossus pinguis, 
que no cambia mucho de la forma en que abandona el huevo, 
hasta los lenguados, que están enteramente echados sobre un 
lado». 

Míster Mivart ha recogido este caso, y hace observar que 
difícilmente es concebible una transformación espontánea, 
súbita, en la posición de los ojos, en lo cual estoy por 
completo de acuerdo con él. Después añade: «Si la 
transformación fue gradual, entonces verdaderamente dista 
mucho de estar claro cómo pudo ser beneficioso al individuo 
el que un ojo hiciese una pequeña parte del viaje hacia el lado 


313 



opuesto de la cabeza. Hasta parece que esta transformación 
incipiente debió haber sido más bien perjudicial». Pero pudo 
míster Mivart haber encontrado una respuesta a esta objeción 
en las excelentes observaciones publicadas por Malm en 1867. 
Los pleuronéctidos, mientras son muy jóvenes y todavía 
simétricos, con sus ojos situados en los lados opuestos de la 
cabeza, no pueden conservar durante mucho tiempo su 
posición vertical, debido a la altura excesiva de su cuerpo, al 
pequeño tamaño de sus aletas laterales y a que están 
desprovistos de vejiga natatoria. Por consiguiente, pronto se 
cansan y caen al fondo sobre un costado. Mientras descansan 
así, vuelven con frecuencia, según observó Malm, el ojo 
inferior hacia arriba, para ver encima de ellos; y hacen esto 
tan vigorosamente, que se produce una fuerte presión del ojo 
contra la parte superior de la órbita. A consecuencia de esto, 
la parte de la frente comprendida entre los ojos se estrecha 
pasajeramente, según pudo verse con toda claridad. En una 
ocasión Malm vio a un pez joven que levantaba y bajaba el ojo 
inferior una distancia angular de 70 grados, 
aproximadamente. 

Debemos recordar que el cráneo, en esta temprana edad, es 
cartilaginoso y flexible, de modo que cede fácilmente a la 
acción muscular. También es sabido que en los animales 
superiores, aun después de la primera juventud, el cráneo 
cede y cambia de forma si la piel y los músculos están 
constantemente contraídos por enfermedad o algún 
accidente. En los conejos de orejas largas, si una oreja está 
caída hacia delante, su peso arrastra hacia delante todos los 
huesos del cráneo del mismo lado, de lo cual he dado una 
figura. Malm afirma que las crías recién nacidas de las percas, 
salmón y varios otros peces simétricos tienen la costumbre de 
descansar sobre un costado en el fondo, y ha observado que 
entonces con frecuéncia tuercen el ojo inferior para mirar 


314 



hacia arriba, y de este modo su cráneo se tuerce algo. Estos 
peces, sin embargo, pueden pronto mantenerse en posición 
vertical, y no se produce así efecto alguno permanente. En los 
pleuronéctidos, por el contrario, cuanta más edad tienen, 
tanto más habitual es el que permanezcan sobre un lado, 
debido al aplastamiento creciente de su cuerpo, y de este 
modo se produce un efecto permanente en la cabeza y en la 
posición de los ojos. Juzgando, por analogía, la tendencia a la 
torsión, indudablemente tiene que aumentar por el principio 
de la herencia. Schiódte cree, en contra de otros naturalistas, 
que los pleuronéctidos no son completamente simétricos en 
el embrión, y, si esto es así, podríamos comprender cómo es 
que ciertas especies, cuando jóvenes, caen y permanecen 
habitualmente sobre el lado izquierdo y otras sobre el lado 
derecho. Malm añade, en confirmación de la opinión 
anterior, que el Trachypterus arcticus, que no pertenece a los 
pleuronéctidos, permanece en el fondo sobre el lado 
izquierdo, y nada diagonalmente en el agua, y se dice que en 
este pez los lados de la cabeza son algo desiguales. Nuestra 
gran autoridad en peces, el doctor Günther, termina su 
resumen de la memoria de Malm haciendo observar que «el 
autor da una explicación muy sencilla de la anómala 
condición de los pleuronéctidos». 

Vemos así que los primeros estados del paso del ojo desde 
un lado de la cabeza al otro, que míster Mivart juzga que 
serían perjudiciales, pueden atribuirse a la costumbre, 
indudablemente favorable al individuo y a la especie, de 
esforzarse por mirar hacia arriba con los dos ojos mientras 
permanece en el fondo sobre un costado. También podemos 
atribuir a los efectos hereditarios del uso el hecho de que la 
boca en diferentes especies de pleuronéctidos esté inclinada 
hacia el lado inferior, con los huesos de las mandíbulas más 
fuertes y más eficaces en este lado, sin ojo, de la cabeza que en 


315 



el otro, con el objeto, según supone el doctor Traquair, de 
alimentarse cómodamente en el fondo. El desuso, por otra 
parte, explicará el desarrollo menor de toda la mitad inferior 
del cuerpo, incluso las aletas laterales, aun cuando Yarrell cree 
que el tamaño reducido de las aletas es ventajoso al pez, 
porque «hay muchísimo menos espacio para su acción que 
encima para la de las aletas mayores». Quizá puede 
igualmente explicarse el menor número de dientes en las 
mitades superiores de las dos mandíbulas, en la relación, en la 
platija, de 4-7 en ellas a 25-30 en las mitades inferiores. Por la 
falta de color en la cara ventral de la mayor parte de los peces 
y muchos otros animales, podemos razonablemente suponer 
que la ausencia de color en los pleuronéctidos en el lado que 
resulta inferior, ya sea el derecho ya el izquierdo, es debida a 
la ausencia de luz. Pero no puede suponerse que sean debidos 
a la acción de la luz el aspecto jaspeado peculiar del lado 
superior del lenguado, tan parecido al fondo arenoso del mar, 
o la facultad de algunas especies de cambiar su color, como 
recientemente ha demostrado Pouchet, de conformidad con 
la superficie que les rodea, o la presencia de tubérculos óseos 
en el lado superior del rodaballo. Probablemente, en estos 
casos ha entrado en juego la selección natural, lo mismo que 
en adaptar a sus costumbres la forma general y muchas otras 
particularidades de estos peces. Debemos tener presente, 
como he indicado antes, que los efectos hereditarios del uso 
creciente de las partes, y quizá de su desuso, serán reforzados 
por la selección natural; pues todas las variaciones 
espontáneas en la dirección debida se conservarán de este 
modo, como se conservarán los individuos que hereden en 
mayor grado los efectos del uso creciente y ventajoso de 
alguna parte. Cuanto haya que atribuir en cada caso 
particular a los efectos del uso y cuanto a la selección natural, 
parece imposible decidirlo. 


316 



Puedo dar otro ejemplo de una conformación que parece 
deber su origen exclusivamente al uso o costumbre. El 
extremo de la cola de algunos monos americanos se ha 
convertido en un órgano prensil maravillosamente perfecto, 
que sirve como una quinta mano. Un crítico, que está 
conforme con míster Mivart en todos los detalles, hace 
observar acerca de esta conformación: «Es imposible creer 
que, por mucho que sea el tiempo transcurrido, la primera 
débil tendencia incipiente a coger pudiese salvar la vida de los 
individuos que la poseían o aumentar las probabilidades de 
tener y criar descendencia». Pero no hay necesidad de creer 
tal cosa: la costumbre —y esto casi implica que resulta algún 
beneficio mayor o menor— bastaría, según toda probabilidad, 
para esta obra. Brehm vio los pequeñuelos de un mono 
africano (Cercopithecus) trepando con las manos al lado 
ventral de su madre, y al mismo tiempo enganchaban sus 
colitas a la de su madre. El profesor Henslow conservó en 
cautividad algunos ratones de las mieses (Mus messorius), 
cuya cola no es prensil por su conformación; pero observó, 
con frecuencia, que enroscaban sus colas en las ramas de un 
arbusto colocado en su jaula, ayudándose así para trepar. He 
recibido una información análoga del doctor Günther, que ha 
visto un ratón colgarse de esta manera. Si el ratón de las 
mieses hubiera sido más rigurosamente arborícola, su cola se 
hubiese vuelto quizás de conformación más prensil, como 
ocurre en algunos miembros del mismo orden. Sería difícil 
decir, considerando sus costumbres cuando es joven, por qué 
el Cercopithecus no ha quedado provisto de cola prensil. Es 
posible, sin embargo, que la larga cola de este mono pueda 
serle más útil como un órgano de equilibrio, al dar sus 
prodigiosos saltos, que como un órgano prensil. 

Las glándulas mamarias son comunes a toda la clase de los 
mamíferos y son indispensables para su existencia; tiene, por 


317 



consiguiente, que haberse desarrollado en una época 
sumamente remota, y no podemos saber nada positivo acerca 
de su modo de desarrollo. Míster Mivart pregunta: «¿Es 
concebible que la cría de algún animal se salvase alguna vez 
de la destrucción chupando accidentalmente una gota de 
líquido, apenas nutritivo, procedente de una glándula cutánea 
accidentalmente hipertrofiada de su madre? Y aun cuando 
esto ocurriese alguna vez, ¿qué probabilidades hubo de que se 
perpetuase tal variación?». Pero la cuestión no está aquí 
imparcialmente presentada. La mayor parte de los 
evolucionistas admiten que los mamíferos descienden de una 
forma marsupial, y si es así, las glándulas mamarias se habrán 
desarrollado al principio dentro de la bolsa marsupial. En el 
caso del pez Hippocampus, los huevos se desarrollan y los 
pequeños se crían durante algún tiempo dentro de un saco de 
esta naturaleza, y un naturalista americano, míster Lockwood, 
cree, por lo que ha visto del desarrollo de las crías, que éstas 
son alimentadas por una secreción de las glándulas cutáneas 
del saco. Ahora bien; en los antepasados primitivos de los 
mamíferos, casi antes de que mereciesen ser denominados así, 
¿no es por lo menos posible que las crías pudiesen haber sido 
alimentadas de un modo semejante? Y, en este caso, los 
individuos que segregasen líquido, en algún modo o grado, el 
más nutritivo, de suerte que participase de la naturaleza de la 
leche, habrían a la larga criado un número mayor de 
descendientes bien alimentados que los individuos que 
segregasen un líquido más pobre y, de este modo, las 
glándulas cutáneas, que son las homólogas de las glándulas 
mamarias, se habrían perfeccionado o hecho más eficaces. 
Está de acuerdo con el principio tan extendido de la 
especialización el que las glándulas en un cierto lugar del saco 
hayan tenido que desarrollarse más que las restantes y hayan 
formado entonces una mama, aunque al principio sin pezón. 


318 



como vemos en el Ornithorhyncus, en la base de la serie de los 
mamíferos. No pretenderé decidir por qué causa las glándulas 
de un cierto espacio llegaron a especializarse más que las 
otras, ya sea, en parte, por compensación de crecimiento, o 
por los efectos del uso, o por los de la selección natural. 

El desarrollo de las glándulas mamarias hubiera sido inútil, 
y no se hubiera podido efectuar por selección natural sin que 
el pequeñuelo, al mismo tiempo, hubiese sido capaz de 
participar de la secreción. No hay mayor dificultad en 
comprender de qué modo los mamíferos pequeños han 
aprendido instintivamente a chupar la mama que en 
comprender cómo los polluelos antes de salir del huevo han 
aprendido a romper la cáscara, golpeando en ella con su pico 
especialmente adaptado, o cómo a las pocas horas de 
abandonar el cascarón han aprendido a coger granos de 
comida. En tales casos, la solución más probable es que la 
costumbre fue al principio adquirida por la práctica a una 
edad más avanzada, y transmitida después a la descendencia 
en una edad más temprana. Pero se dice que el canguro recién 
nacido no chupa, sino que solamente se adhiere al pezón de 
su madre, que tiene la facultad de inyectar leche en la boca de 
su pequeñuelo medio formado y desvalido. Sobre este punto, 
míster Mivart hace observar: «Si no existiese una disposición 
especial, el pequeñuelo tendría infaliblemente que ser 
ahogado por la introducción de leche en la tráquea. Pero 
existe una disposición especial. La laringe es tan prolongada, 
que sube hasta el extremo posterior del conducto nasal, y de 
este modo es capaz de dar entrada libre al aire para los 
pulmones mientras la leche pasa, sin perjuicio, por los lados 
de esta laringe prolongada, y llega así con seguridad al 
esófago, que está detrás de ella». Míster Mivart pregunta 
entonces de qué modo la selección natural destruyó en el 
canguro adulto—y en la mayor parte de los otros mamíferos. 


319 



admitiendo que desciendan de una forma marsupial—«esta 
conformación, por lo menos, completamente inocente e 
inofensiva». Puede indicarse, como respuesta, que la voz, que 
es seguramente de gran importancia para muchos mamíferos, 
difícilmente pudo haber sido utilizada con plena fuerza, 
mientras la laringe penetró en el conducto nasal, y el profesor 
Flower me ha indicado que esta conformación hubiera 
presentado grandes obstáculos en un animal que tragase 
alimento sólido. 

Volveremos ahora la vista, por breve tiempo, a las 
divisiones inferiores del reino animal. Los equinodermos — 
estrellas de mar, erizos de mar, etc.— están provistos de unos 
órganos notables, llamados pedicelarios, que consisten, 
cuando están bien desarrollados, en una pinza tridáctila, esto 
es, en una pinza formada por tres ramas dentadas, que se 
adaptan primorosamente entre sí y están situadas en el 
extremo de un vástago flexible movido por músculos. Esta 
pinza puede hacer firmemente presa de cualquier objeto, y 
Alejandro Agassiz ha visto un Echinus o erizo de mar que, 
pasando con rapidez de pinza a pinza partículas de 
excremento, las hacía bajar, según ciertas líneas de su cuerpo, 
de modo que su caparazón no se ensuciase. Pero no hay duda 
que, aparte de quitar suciedades de todas clases, los 
pedicelarios sirven para otras funciones, y una de éstas es 
evidentemente la defensa. 

Respecto a estos órganos, míster Mivart, como en tantas 
otras ocasiones anteriores, pregunta: «¿Cuál sería la utilidad 
de los primeros comienzos rudimentarios de estas 
conformaciones, y cómo pudieron estos tubérculos 
incipientes haber preservado alguna vez la vida de un solo 
Echinusl». Y añade: «Ni siquiera el desarrollo súbito de la 
acción de agarrar pudo haber sido beneficioso sin el 
pedúnculo libremente móvil, ni pudo éste haber sido eficaz 


320 



sin las mandíbulas prensiles, y, sin embargo, pequeñas 
variaciones puramente indeterminadas no pudieron hacer 
que se desarrollasen simultáneamente estas complejas 
coordinaciones de estructura: negar esto parece que no sería 
sino afirmar una alarmante paradoja». Por paradójicas que 
pues dan parecer a míster Mivart las pinzas tridáctila, fijada 
sinmóvilmente por su base, pero capaces de acción prensil, 
existen ciertamente en algunas estrellas de mar, y esto se 
comprende si sirven, por lo menos en parte, como un medio 
de defensa. Míster Agassiz, a cuya gran benevolencia soy 
deudor de muchas noticias sobre este asunto, me informa de 
que existen otras estrellas de mar en las cuales una de las tres 
ramas de la pinza está reducida a un soporte para las otras 
dos, y aun otros géneros en los que la tercera rama está 
perdida por completo. En Echinoneus, monsieur Perrier 
describe el caparazón como llevando dos clases de 
pedicelarios, unos que se parecen a los de Echinus y los otros a 
los de Spatangus, y estos casos son siempre interesantes, 
porque proporcionan los medios de transiciones 
aparentemente súbitas, por aborto de uno de los dos estados 
de un órgano. 

Acerca de los grados por los que estos curiosos órganos se 
han desarrollado, míster Agassiz deduce de sus propias 
investigaciones y de las de Müller que, tanto en las estrellas de 
mar como los erizos de mar, los pedicelarios deben 
indudablemente ser considerados como púas modificadas. 
Puede esto deducirse de su modo de desarrollo en el 
individuo, lo mismo que de una larga y perfecta serie de 
gradaciones en diferentes especies y géneros, a partir de 
simples gránulos, pasando por las púas ordinarias, hasta llegar 
a los pedicelarios tridáctilos perfectos. La gradación se 
extiende hasta a la manera cómo las espinas ordinarias y los 
pedicelarios están, mediante sus varillas calcáreas de soporte. 


321 



articulados al caparazón. En ciertos géneros de estrellas de 
mar pueden encontrarse «las combinaciones precisamente 
que se necesitan para demostrar que los pedicelarios son tan 
sólo espinas ramificadas modificadas». Así, tenemos espinas 
fijas con tres ramas móviles equidistantes y dentadas, 
articuladas cerca de su base, y más arriba, en la misma espina, 
otras tres ramas móviles. Ahora bien; cuando estas últimas 
nacen de la extremidad de una espina, forman de hecho un 
tosco pedicelario tridáctilo, y éste puede verse en la misma 
espina, junto con las tres ramas inferiores. En este caso es 
inequívoca la idéntica naturaleza de los brazos de los 
pedicelarios y de las ramas móviles de una espina. Se admite 
generalmente que las púas ordinarias sirven de protección; y, 
siendo así, no hay razón para dudar de que las que están 
provistas de ramas móviles y dentadas sirvan igualmente para 
el mismo fin, y servirían aún más eficazmente tan luego 
como, reuniéndose, actuaran como un aparato agarrador o 
prensil. Así, toda gradación, desde una púa ordinaria fija 
hasta el pedicelario fijo, sería de utilidad. 

En ciertos géneros de estrellas de mar estos órganos, en vez 
de nacer o estar fijados sobre un soporte inmóvil, están 
situados en la punta de un vástago flexible y muscular, 
aunque corto, y en este caso, desempeñan probablemente 
alguna función adicional, aparte de la defensa. En los erizos 
de mar podemos seguir las etapas por las que una espina fija 
se convierte en articulada con el caparazón, haciéndose móvil 
de esta manera. Quisiera tener aquí espacio para dar un 
extracto más completo de las interesantes observaciones de 
míster Agassiz sobre el desarrollo de los pedicelarios. Todas 
las gradaciones posibles, como él dice, pueden encontrarse 
igualmente entre los pedicelarios de las estrellas de mar y los 
garfios de los Ofiuroideos —otro grupo de equinodermos—, y 
además entre los pedicelarios de los erizos de mar y las anclas 


322 



de las holoturias, que pertenecen también a la misma extensa 
clase. 

Ciertos animales compuestos o zoófitos, como se les ha 
denominado, a saber: los polizoos, están provistos de curiosos 
órganos llamados avicularios. Estos difieren mucho de 
estructura en las distintas especies. En su estado más perfecto, 
se asemejan singularmente a la cabeza y pico de un buitre en 
miniatura, puesta sobre un cuello y capaz de movimiento, 
como lo es igualmente la mandíbula inferior. En una especie 
observada por mí, todos los avicularios de la misma rama, con 
la mandíbula inferior muy abierta, se movían 
simultáneamente hacia delante y hacia atrás, describiendo un 
ángulo de unos 90°, en el transcurso de cinco segundos, y su 
movimiento hacia temblar a todo el polizoo. Si se tocan las 
mandíbulas con una aguja, la cogen tan firmemente, que de 
este modo puede sacudirse la rama. 

Míster Mivart aduce este caso, principalmente, en apoyo de 
la supuesta dificultad de que en divisiones muy distantes del 
reino animal se hayan desarrollado por selección natural 
órganos —como los avicularios de los polizoos y los 
pedicelarios de los equinodermos— que él considera como 
«esencialmente semejantes»; pero, por lo que se refiere a la 
estructura, no sé ver semejanza alguna entre los pedicelarios 
tridáctilos y los avicularios. Estos últimos se parecen algo más 
a las quelas o pinzas de los crustáceos, y míster Mivart pudo, 
con igual fundamento, haber aducido como una especial 
dificultad esta semejanza, y aun la semejanza con la cabeza y 
pico de un ave. Míster Busk, el doctor Smitt y el doctor 
Nitsche, naturalistas que han estudiado cuidadosamente este 
grupo, creen que los avicularios son homólogos de los zooides 
y sus celdas, que componen el zoófito, correspondiendo el 
labio u opérenlo móvil de la celda a la mandíbula inferior 
movible del aviculario. Míster Busk, sin embargo, no conoce 


323 



ninguna gradación, existente actualmente, entre un zooide y 
un aviculario. Es, por consiguiente, imposible conjeturar 
mediante qué gradaciones útiles pudo el uno convertirse en el 
otro; pero en modo alguno se sigue de esto que tales 
gradaciones no hayan existido. 

Como las quelas de los crustáceos se parecen en algo a los 
avicularios de los polizoos, sirviendo ambos órganos como 
pinzas, puede valer la pena el demostrar que en los primeros 
existe todavía una larga serie de gradaciones útiles. En el 
estado primero y más sencillo, el segmento terminal de una 
pata se dobla sobre la terminación rectangular del penúltimo 
segmento, que es ancho, o contra todo un lado, y puede así 
hacer presa de un objeto; pero la pata sirve todavía como 
órgano de locomoción. Inmediatamente después 
encontramos un ángulo del ancho del segmento penúltimo, 
ligeramente prominente, provisto a veces de dientes 
irregulares, y contra éstos se cierra el segmento terminal. 
Aumentando el tamaño de esta prominencia con su forma y 
el del segmento terminal con ligera modificación y 
perfeccionamiento, las pinzas se vuelven cada vez más 
perfectas, hasta que, al fin, tenemos un instrumento tan eficaz 
como las quelas de un bogavante, y todas estas gradaciones 
pueden seguirse de hecho. 

Además de los avicularios, poseen los polizoos los curiosos 
órganos llamados vibráculos. Consisten éstos generalmente 
en largas cerdas capaces de movimiento, fácilmente 
excitables. En una especie examinada por mí, los vibráculos 
eran ligeramente curvos y dentados en el borde externo, y 
todos los del mismo polizoo, con frecuencia, se movían 
simultáneamente, de modo que, obrando como largos remos, 
hacían pasar rápidamente una rama de una parte a otra del 
portaobjetos de mi microscopio. Si se colocaba una rama 
sobre su cara, los vibráculos quedaban enredados, y hacían 


324 



violentos esfuerzos para desembarazarse. Se supone que los 
vibráculos sirven de defensa, y que se les puede ver, como 
hace observar míster Busk, «barrer lenta y cuidadosamente la 
superficie del polizoo, quitando lo que puede ser perjudicial a 
los delicados habitantes de las celdas cuando éstos tienen 
extendidos los tentáculos». Los avicularios, lo mismo que los 
vibráculos, sirven probablemente para defensa; pero también 
atrapan y matan pequeños animales vivos, que se supone que 
son arrastrados luego por las corrientes hasta llegar al alcance 
de los tentáculos de los zooides. Algunas especies están 
provistas de avicularios y vibráculos; otras, de avicularios 
sólo, y algunas, sólo de vibráculos. 

No es fácil imaginar dos objetos más diferentes, en 
apariencia, que una cerda o vibráculo y un aviculario, 
parecido a la cabeza de un ave; y, sin embargo, son, casi con 
seguridad, homólogos, y se han desarrollado a partir del 
mismo origen común, o sea, el zooide con su celda. Por 
consiguiente, podemos comprender por qué, en algunos 
casos, hay gradaciones entre estos órganos, según me informa 
míster Busk. Así, en los avicularios de diferentes especies de 
Lepralia la mandíbula móvil es tan saliente y parecida a una 
cerda, que sólo la presencia de la mandíbula superior o pico 
fijo sirve para determinar su naturaleza de aviculario. Los 
vibráculos pueden haberse desarrollado directamente de los 
opérenlos de las celdas, sin haber pasado por el estado de 
avicularios; pero parece más probable que hayan pasado por 
éste, pues durante los primeros estados de la transformación, 
las otras partes de la celda, con el zooide que comprende, 
difícilmente pudieron haber desaparecido de una vez. En 
muchos casos los vibráculos tienen en su base un soporte con 
surcos, que parece representar el pico fijo, aun cuando este 
soporte, en algunas especies, falta por completo. Esta teoría 
del desarrollo de los vibráculos, si merece crédito, es 


325 



interesante, pues suponiendo que todas las especies provistas 
de avicularios se hubieran extinguido, nadie, ni aun con la 
más viva imaginación, hubiese nunca pensado que los 
vibráculos habían existido primitivamente como parte de un 
órgano parecido a un pico de un ave, o a una caja irregular o 
caperuza. Es interesante ver que estos dos órganos tan 
diferentes se han desarrollado a partir de un origen común, y 
como el opérenlo móvil de las celdas sirve de protección al 
zooide, no hay dificultad en creer que todas las gradaciones, 
mediante las cuales el opérenlo llegó a convertirse, primero en 
mandíbula superior de un aviculario y luego en alargada 
cerda, sirvieron igualmente de protección de diferentes 
modos y en circunstancias diferentes. 

En el reino vegetal, míster Mivart cita sólo dos casos, a 
saber: la estructura de las flores de las orquídeas y el 
movimiento de las plantas trepadoras. En cuanto al primero, 
dice: «La explicación de su origen es juzgada como nada 
satisfactoria, es totalmente insuficiente para explicar los 
comienzos incipientes infinitesimales de estructuras que sólo 
son útiles cuando se han desarrollado considerablemente». 
Como he tratado extensamente este asunto en otra obra, daré 
aquí solamente algunos detalles acerca de una sola de las más 
llamativas particularidades de las flores de las orquídeas, o sea 
sus polinias. Una polinia, cuando está muy desarrollada, 
consiste en una gran masa de polen unida a un pedúnculo 
elástico o caudículo, y éste a una pequeña masa de materia 
sumamente viscosa. Las polinias, de este modo, son 
transportadas por los insectos de una flor al estigma de otra. 
En algunas orquídeas no hay caudículo para las masas de 
polen, y los granos están simplemente unidos entre sí por 
hilos finísimos, pero como esto no está limitado a las 
orquídeas; no es necesario tratarlo aquí, aun cuando he de 
mencionar que en el principio de la serie de las orquídeas, en 


326 



Cypripedium, podemos ver cómo los hilos se desarrollaron 
probablemente al principio. En otras orquídeas los hilos se 
unen entre sí, en un extremo de las masas de polen, y esto 
forma el primer indicio o aparición de un caudículo. En los 
granos de polen abortados, que pueden a veces descubrirse 
enclavados entre las partes centrales y consistentes, tenemos 
una buena prueba de que es éste el origen del caudículo, aun 
cuando sea de longitud considerable y esté muy desarrollado. 

Por lo que se refiere a la segunda particularidad principal, o 
sea a la pequeña masa de materia viscosa adherida al extremo 
del caudículo, puede especificarse una larga serie de 
gradaciones, todas ellas de utilidad evidente para la planta. En 
la mayor parte de las flores que pertenecen a otros órdenes, el 
estigma segrega un poco de materia viscosa. Ahora bien; en 
ciertas orquídeas, una materia viscosa semejante es segregada 
por uno solo de los tres estigmas, pero en cantidades mucho 
mayores, y este estigma se ha vuelto estéril quizá a 
consecuencia de la copiosa secreción. Cuando un insecto 
visita una flor de esta clase, quita, trotando, algo de la materia 
viscosa y, al mismo tiempo, arrastra algunos de los granos de 
polen. A partir de esta sencilla disposición, que difiere 
poquísimo de la de una multitud de flores ordinarias, existen 
infinitas gradaciones a especies en las que la masa de polen 
termina en un cortísimo caudículo libre, y a otras especies en 
las cuales el caudículo se adhiere firmemente a la materia 
viscosa, y en las que el mismo estigma estéril está muy 
modificado. En este último caso tenemos una polinia en su 
condición más desarrollada y perfecta. El que examine 
cuidadosamente por sí mismo las flores de las orquídeas, no 
negará la existencia de esta serie de gradaciones, desde una 
masa de granos de polen, simplemente unidos entre sí por 
filamentos, con el estigma muy poco diferente del de una flor 
ordinaria, hasta una polinia sumamente complicada y 


327 



admirablemente adaptada para el transporte por los insectos; 
ni tampoco negará que todas las gradaciones, en las diferentes 
especies, están admirablemente adaptadas, en relación a la 
estructura general de cada flor, para su fecundación por 
diversos insectos. En éste y en casi todos los demás casos se 
puede dirigir la indagación más atrás, y se puede preguntar 
cómo se hizo viscoso el estigma de una flor ordinaria; mas 
como no conocemos la historia completa de ningún grupo de 
seres, es tan inútil hacer estas preguntas como aguardar una 
respuesta. 

Pasemos ahora a las plantas trepadoras. Pueden ordenarse 
éstas formando una larga serie, desde las que simplemente se 
enroscan alrededor de un soporte a las que he llamado 
trepadores foliares («leafclimbers») y las que están provistas 
de zarcillos. En estas dos últimas clases los tallos han perdido 
generalmente, aunque no siempre, la facultad de enroscarse, 
aun cuando conservan la facultad de rotación, que poseen 
también los zarcillos. Las gradaciones entre las plantas 
trepadoras foliares y las que tienen zarcillos son maravillosas, 
y ciertas plantas pueden ser colocadas indistintamente en 
cualquiera de las dos clases. Pero ascendiendo en la serie, 
desde las plantas que simplemente se enroscan hasta las 
trepadoras foliares, se añade una importante cualidad, o sea la 
sensibilidad al contacto, por medio de la cual los pedúnculos 
de las flores y los peciolos de las hojas, o éstos modificados, 
convertidos en zarcillos, son excitados a encorvarse alrededor 
del objeto que los toca y agarrarse a él. El que lea mi memoria 
sobre estas plantas admitirá, creo yo, que todas las muchas 
gradaciones de función y conformación existentes entre las 
plantas que simplemente se enroscan y las que tienen zarcillos 
son en cada caso útilísimas a la especie. Por ejemplo: es, 
evidentemente, una gran ventaja para una planta que se 
enrosca el volverse trepadora foliar, y es probable que toda 


328 



planta que se enrosca, que posea hojas con peciolos largos, se 
hubiera convertido en planta trepadora foliar si los peciolos 
hubiesen poseído, en algún grado, la necesaria sensibilidad al 
contacto. 

Como el enroscarse es el modo más sencillo de subir por 
un soporte y forma la base de nuestra serie, se puede 
naturalmente preguntar cómo adquirieron las plantas esta 
facultad en un grado incipiente, para que se perfeccionase y 
desarrollase después por la selección natural. La facultad en 
enroscarse depende, en primer lugar, de que los tallos, cuando 
jóvenes, sean muy flexibles —y éste es un carácter común a 
muchas plantas que no son trepadoras—, y, en segundo lugar, 
de que de continuo se dirijan hacia todos los puntos del 
horizonte, uno después de otro, sucesivamente, en el mismo 
orden. Mediante este movimiento, los tallos se inclinan hacia 
todos los lados, lo que les hace dar vueltas y vueltas. Tan 
pronto como la parte inferior de un tallo choca contra un 
objeto cualquiera y es detenida, la parte superior continúa 
todavía encorvándose y girando, y de este modo 
necesariamente se enrosca y sube por el soporte. El 
movimiento de rotación cesa después que ha empezado a 
crecer cada vástago. Como en muchas familias distintas de 
plantas una sola especie o un solo género poseen la facultad 
de girar, habiendo llegado de este modo a ser trepadores, 
tienen que haber adquirido independientemente esta facultad, 
y no pueden haberla heredado de un antepasado común. Por 
consiguiente, fui llevado a predecir que se encontraría que 
dista mucho de ser rara en plantas que no trepan una ligera 
tendencia a un movimiento de esta clase, y que esto ha 
proporcionado la base para que la selección natural trabajase 
y produjese perfeccionamiento. Cuando hice esta predicción 
sólo conocía yo un caso imperfecto: el de los pedúnculos 
florales jóvenes de una Maurandia, que giran débil e 


329 



irregularmente, como los tallos de las plantas volubles, pero 
sin hacer uso alguno de esta costumbre. Poco después, Fritz 
Müller descubrió que los tallos jóvenes de una Alisma y de un 
Linum —plantas que no trepan y que están muy separadas en 
el sistema natural— giraban manifiestamente, aunque con 
irregularidad, y afirma que tiene fundamento para sospechar 
que esto ocurre en algunas otras plantas. Estos ligeros 
movimientos parecen no ser de utilidad alguna a las plantas 
en cuestión; en todo caso, no tienen la menor utilidad en lo 
que se refiere a trepar, que es el punto que nos interesa. Sin 
embargo, podemos ver que si los tallos de estas plantas 
hubiesen sido flexibles, y si en las condiciones a que están 
sometidas les hubiese aprovechado subir a cierta altura, 
entonces la costumbre de girar ligera e irregularmente 
hubiera podido acrecentarse y ser utilizada mediante 
selección natural, hasta que se hubiesen convertido en 
especies volubles bien desarrolladas. 

Por lo que se refiere a la sensibilidad de los peciolos y 
pedúnculos de las hojas y flores y de los zarcillos, casi son 
aplicables las mismas observaciones que en el caso de los 
movimientos giratorios de las plantas volubles. Como un gran 
número de especies pertenecientes a grupos muy distintos 
están dotadas de esta clase de sensibilidad, ésta tiene que 
encontrarse en estado naciente en muchas plantas que no se 
han vuelto trepadoras. Y así ocurre; observé que los 
pedúnculos florales jóvenes de la Maurandia antes citada se 
encorvaban un poco hacia el lado que era tocado. Morren 
observó en varias especies de Oxalis que las hojas y sus 
peciolos se movían, sobre todo después de haberlas expuesto 
a un sol ardiente, cuando eran tocados suave y repetidamente 
o cuando la planta era sacudida. He repetido estas 
observaciones en algunas otras especies de Oxalis, con el 
mismo resultado; en algunas de ellas, el movimiento era 


330 



perceptible, pero se veía mejor en las hojas jóvenes; en otras 
era sumamente débil. Un hecho muy importante es que, 
según la alta autoridad de Hofmeister, los vástagos y hojas 
jóvenes de todas las plantas se mueven después que han sido 
sacudidas, y sabemos que, en las plantas trepadoras, sólo 
durante los primeros estados de crecimiento son sensibles los 
peciolos y zarcillos. 

Apenas es posible que estos débiles movimientos de los 
órganos jóvenes y crecientes de las plantas, debidos al 
contacto, o al sacudimiento, puedan ser de alguna 
importancia funcional. Pero, obedeciendo a diferentes 
estímulos, las plantas poseen facultades de movimiento que 
son de importancia manifiesta para ellas; por ejemplo, 
movimiento hacia la luz, y rara vez apartándose de ésta; 
movimiento en oposición de la atracción de la gravedad, y 
rara vez en dirección de ésta. Cuando los nervios y músculos 
de un animal son excitados por galvanismo o por la absorción 
de estricnina, puede decirse que los movimientos 
consiguientes son un resultado accidental, pues los nervios y 
músculos no se han vuelto especialmente sensibles a estos 
estímulos. También las plantas parece que, a causa de tener 
facultad de movimiento, obedeciendo a determinados 
estímulos, son excitadas de un modo accidental por el 
contacto o por sacudidas. Por consiguiente, no hay gran 
dificultad en admitir que, en el taso de plantas de trepadoras 
foliares o que tienen zarcillos, esta tendencia ha sido 
aprovechada y aumentada por selección natural. Es, sin 
embargo, probable, por las razones que he señalado en mi 
memoria, que esto habrá ocurrido sólo en plantas que habían 
adquirido ya la facultad de girar y que, de este modo, se 
habían hecho volubles. 

Me he esforzado ya en explicar de qué modo las plantas 
llegaron a ser volubles, a saber, por el aumento de la 


331 



tendencia a movimientos giratorios débiles e irregulares que, 
al principio, no les eran de utilidad alguna, siendo este 
movimiento, lo mismo que el debido al contacto o sacudida, 
un resultado incidental de la facultad de movimiento 
adquirida para otros fines útiles. No pretenderé decidir si la 
selección natural ha sido o no ayudada durante el desarrollo 
gradual de las plantas trepadoras por los efectos hereditarios 
del uso; pero sabemos que ciertos movimientos periódicos, 
por ejemplo, el llamado sueño de las plantas, están regulados 
por la costumbre. 

He considerado, pues, los suficientes casos —y quizá más 
de los suficientes—, elegidos cuidadosamente por un 
competente naturalista, para probar que la selección natural 
es incapaz de explicar los estados incipientes de las 
estructuras útiles, y he demostrado—según espero—que no 
existe gran dificultad sobre este punto. Se ha presentado así 
una buena oportunidad para extenderse un poco sobre las 
gradaciones de estructura, asociadas muchas veces a cambio 
de funciones, asunto importante que no ha sido tratado con 
extensión bastante en las ediciones anteriores de esta obra. 
Recapitularé ahora brevemente los casos precedentes. 

En el caso de la jirafa, la conservación continua de aquellos 
individuos de algún rumiante extinguido que alcanzasen muy 
alto, que tuviesen el cuello, las patas, etc., más largos y 
pudiesen ramonear un poco por encima de la altura media, y 
la continuada destrucción de los individuos que no pudiesen 
ramonear tan alto, habría sido suficiente para la producción 
de este notable cuadrúpedo; aunque el uso prolongado de 
todas las partes, unido a la herencia, habrán ayudado de un 
modo importante a su coordinación. 

Respecto a los numerosos insectos que imitan a diversos 
objetos, no hay nada de improbable en la creencia de que una 


332 



semejanza accidental con algún objeto común fue, en cada 
caso, la base para la labor de la selección natural, 
perfeccionada después por la conservación accidental de 
ligeras variaciones que hiciesen la semejanza mucho mayor; y 
esto habrá proseguido mientras el insecto continuase 
variando y mientras una semejanza, cada vez más perfecta, le 
permitiese escapar de enemigos dotados de vista penetrante. 

En ciertas especies de cetáceos existe una tendencia a la 
formación de pequeñas puntas córneas y regulares en el 
paladar; y parece estar por completo dentro del radio de 
acción de la selección natural el conservar todas las 
variaciones favorables hasta que las puntas se convirtieron, 
primero, en prominencias laminares o dientes como los del 
pico del ganso; luego, en laminillas cortas como las de los 
patos domésticos; después, en laminillas tan perfectas como 
las del pato cucharetero, y, finalmente, en las gigantescas 
placas o barbas, como las de la boca de la ballena franca. En la 
familia de los patos, las laminillas se usan primero como 
dientes; luego, en parte, como dientes y, en parte, como un 
aparato filtrante, y, por fin, se usan, casi exclusivamente, para 
este último objeto. 

En estructuras tales como las láminas córneas o barbas de 
ballena, hasta donde nosotros podemos juzgar, la costumbre 
o uso poco o nada ha podido hacer tocante a su desarrollo. 
Por el contrario, puede atribuirse, casi por completo, al uso 
continuado, unido a la herencia, el traslado del ojo inferior de 
un pleuronéctido al lado superior de la cabeza; y la formación 
de una cola prensil puede atribuirse casi por completo al uso 
continuado, unido a la herencia. 

Por lo que se refiere a las mamas de los animales 
superiores, la conjetura más probable es que primitivamente 
las glándulas cutáneas de toda la superficie de un saco 


333 



marsupial segregasen un líquido nutritivo, y que estas 
glándulas se perfeccionasen en su función por selección 
natural y se concentrasen en espacios limitados, en cuyo caso 
habrían formado una mama. 

No existe mayor dificultad en comprender cómo las 
espinas ramificadas de algunos equinodermos antiguos, que 
servían de defensa, se convirtieron mediante selección natural 
en pedicelarios tridáctilos, que en comprender el desarrollo 
de las pinzas de los crustáceos mediante ligeras 
modificaciones útiles en el último y el penúltimo segmentos 
de un miembro que al principio se usaba sólo para la 
locomoción. 

En los avicularios y vibráculos de los polizoos tenemos 
órganos muy diferentes en apariencia, que se han 
desarrollado a partir de un origen común; y en los vibráculos 
podemos comprender cómo pudieron haber sido de utilidad 
las gradaciones sucesivas. 

En las polinias de las orquídeas pueden seguirse los 
filamentos que primitivamente sirvieron para unir los granos 
de polen hasta que se reúnen, formando caudículas, y pueden 
seguirse igualmente los grados por los que una materia 
viscosa, como la segregada por los estigmas de las flores 
ordinarias, y sirviendo todavía casi —aunque no exactamente 
— para el mismo objeto, llegó a quedar adherida al extremo 
libre de las caudículas, siendo todas estas gradaciones de 
manifiesta utilidad para las plantas en cuestión. 

Por lo que se refiere a las plantas trepadoras, no necesito 
repetir lo que se ha dicho últimamente. 

Se ha preguntado muchas veces: si la selección natural es 
tan potente, ¿por qué no ha sido conseguida por una especie 
dada ésta o aquélla conformación, que, al parecer, le habría 
sido ventajosa? Pero no es razonable esperar una respuesta 


334 



precisa a estas cuestiones, si consideramos nuestra ignorancia 
de la historia pasada de cada especie y de las condiciones que 
actualmente determinan el número de sus individuos y su 
distribución geográfica. En la mayor parte de los casos sólo 
pueden asignarse razones generales; pero en algunos pueden 
señalarse razones especiales. Así, para que una especie se 
adapte a costumbres nuevas, son casi indispensables muchas 
modificaciones coordinadas, y muchas veces puede haber 
ocurrido que las partes necesarias no variaron del modo 
debido o hasta el punto debido. El aumento numérico tiene 
que haber sido impedido en muchas especies por agentes 
destructores que no estaban en relación alguna con ciertas 
conformaciones que imaginamos que deberían haber sido 
obtenidas por selección natural, porque nos parece que son 
ventajosas a las especies. En este caso, como la lucha por la 
vida no depende de estas conformaciones, pudieron no haber 
sido adquiridas por selección natural. En muchos casos, para 
el desarrollo de una estructura son necesarias condiciones 
complejas de mucha duración y, con frecuencia, de naturaleza 
particular, y las condiciones requeridas raras veces se han 
reunido. La opinión de que cualquier conformación dada, que 
creemos—erróneamente muchas veces—que hubiese sido útil 
a una especie, tiene que haber sido conseguida, en 
cualesquiera circunstancia, por selección natural, es opuesta a 
lo que podemos comprender acerca de su modo de acción. 
Míster Mivart no niega que la selección natural haya 
efectuado algo, pero considera que puede «demostrarse que es 
insuficiente» para explicar los fenómenos que explico yo por 
su acción. Sus argumentos principales han sido ya 
considerados, y los demás lo serán después. Me parece que 
participan poco del carácter de una demostración, y que son 
de poco peso en comparación de los que existen en favor del 
poder de la selección natural, ayudada por las otras causas 


335 



varias veces señaladas. Debo añadir que algunos de los hechos 
y argumentos utilizados por mí en este caso han sido 
propuestos con el mismo objeto en un excelente artículo 
publicado recientemente en la Medico-Chirurgical Review. 

En la actualidad, casi todos los naturalistas admiten la 
evolución bajo alguna forma. Míster Mivart opina que las 
especies cambian a causa de «una fuerza interna o tendencia», 
acerca de la cual no se pretende que se sepa nada. Que las 
especies son capaces de cambio, será admitido por todos los 
evolucionistas, pero no hay necesidad alguna, me parece a mí, 
de invocar ninguna fuerza interna fuera de la tendencia a la 
variación ordinaria que, gracias a la ayuda de la selección del 
hombre, ha dado origen a muchas razas domésticas bien 
adaptadas, y que, gracias a la ayuda de la selección daría 
igualmente origen, por una serie de gradaciones, a las razas o 
especies naturales. El resultado final, generalmente, habrá 
sido, como ya se explicó, un progreso en la organización; pero 
en un corto número de casos habrá sido un retroceso. 

Míster Mivart, además, se inclina a opinar, y algunos 
naturalistas están de acuerdo con él, que las especies nuevas se 
manifiestan «súbitamente y por modificaciones que aparecen 
de una vez». Supone, por ejemplo, que las diferencias entre el 
extinguido Hipparion, que tenía tres dedos, y el caballo, 
surgieron de repente. Piensa que es difícil creer que el ala de 
un ave se desarrollase de otro modo que por una 
modificación «relativamente súbita de carácter señalado e 
importante», y, al parecer, haría extensiva la misma opinión a 
las alas de los murciélagos y pterodáctilos. Esta conclusión, 
que implica grandes interrupciones o discontinuidad en las 
series, me parece sumamente improbable. 

Todo el que crea en una evolución lenta y gradual, admitirá 
sin duda que los cambios específicos pueden haber sido tan 


336 



bruscos y grandes como cualquier variación aislada de las que 
nos encontramos en la naturaleza, o hasta en estado 
doméstico. Pero, como las especies son más variables cuando 
están domesticadas o cultivadas que en sus condiciones 
naturales, no es probable que tales variaciones grandes y 
bruscas hayan ocurrido con frecuencia en la Naturaleza, 
como se sabe que surgen accidentalmente en domesticidad. 
De estas últimas variaciones, algunas pueden atribuirse a 
reversión, y los caracteres que de este modo reaparecen, en 
muchos casos, fueron probablemente obtenidos al principio 
de un modo gradual. Un número todavía mayor merecen el 
nombre de monstruosidades, como los hombres de seis 
dedos, los hombres puercos espines, las ovejas ancón, las 
vacas ñatas, etc.; pero como difieren mucho por sus caracteres 
de las especies naturales, arrojan poca luz sobre nuestro 
asunto. Excluyendo estos casos de variaciones bruscas, los 
pocos restantes, si se encontrasen en estado natural, 
constituirían, a lo sumo, especies dudosas muy afines con sus 
tipos progenitores. 

Las razones que tengo para dudar de que las especies 
naturales hayan cambiado tan bruscamente como a veces lo 
han hecho las razas domésticas, y para no creer en absoluto 
que hayan cambiado del modo extraño indicado por míster 
Mivart, son las siguientes: Según nuestra experiencia, las 
variaciones bruscas y muy marcadas se presentan en nuestras 
producciones domésticas aisladamente y a intervalos de 
tiempo bastante largos. Si esto ocurriese en estado natural, las 
variaciones estarían expuestas, como se explicó 
anteriormente, a perderse por causas accidentales de 
destrucción y por cruzamientos sucesivos, y sabemos que esto 
ocurre en estado doméstico, a menos que las variaciones 
bruscas de esta clase sean especialmente conservadas y 
separadas por el cuidado del hombre. Por consiguiente, para 


337 



que apareciese súbitamente una nueva especie de la manera 
supuesta por míster Mivart, es casi necesario creer, en 
oposición a toda analogía, que en el mismo territorio 
aparecieron simultáneamente muchos individuos 
portentosamente modificados. Esta dificultad, lo mismo que 
en el caso de la selección inconsciente por el hombre, queda 
salvada, según la teoría de la evolución gradual, por la 
conservación de un gran número de individuos que variaron 
más o menos en cualquier sentido, favorable, y por la 
destrucción de un gran número que variaron del modo 
contrario. 

Es casi indudable que muchas especies se han desarrollado 
de un modo sumamente gradual. Las especies, y aun los 
géneros de muchas grandes familias naturales, son tan 
próximos entre sí, que es difícil distinguir ni aun siquiera un 
corto número de ellas. En todos los continentes, yendo de 
norte a sur, de las regiones elevadas a las bajas, etc., nos 
encontramos con una legión de especies muy relacionadas o 
representativas, como nos ocurre también en ciertos 
continentes distintos que tenemos razones para creer que 
estuvieron unidos en otro tiempo. Pero al hacer estas y las 
siguientes observaciones, me veo obligado a aludir a asuntos 
que han de ser discutidos más adelante. Si fijamos la atención 
en las numerosas islas situadas a alguna distancia alrededor 
de un continente, se verá el gran número de sus habitantes 
que sólo pueden ser llevados a la categoría de especies 
dudosas. Lo mismo ocurre si consideramos los tiempos 
pasados, y comparamos las especies que acaban de 
desaparecer con las que viven todavía dentro de los mismos 
territorios, o si comparamos las especies fósiles enterradas en 
los subpisos de una misma formación geológica. Es evidente 
que multitud de especies están relacionadas del modo más 
intimo con otras que viven todavía o que han existido 


338 



recientemente, y apenas es sostenible que tales especies se 
hayan desarrollado de un modo brusco o repentino. Tampoco 
habría que olvidar, cuando consideramos partes 
determinadas de especies afines en lugar de especies 
diferentes, que pueden seguirse numerosas gradaciones 
asombrosamente delicadas que reúnen conformaciones muy 
diferentes. 

Muchos grupos grandes de hechos son comprensibles sólo 
según el principio de que las especies se han desarrollado a 
pasos pequeñísimos; por ejemplo, el hecho de que las especies 
comprendidas en los géneros mayores estén más relacionadas 
entre sí y presenten un mayor número de variedades que las 
especies de los géneros menores. Las primeras están, además, 
reunidas en pequeños grupos, como las variedades alrededor 
de la especie, y presentan otras analogías con las variedades, 
como se explicó en el capitulo segundo. Según este mismo 
principio, podemos comprender por qué es que los caracteres 
específicos son más variables que los genéricos, y por qué las 
partes que están desarrolladas en grado o modo 
extraordinarios son más variables que otras partes de la 
misma especie. Podrían añadirse muchos hechos análogos, 
todos en el mismo sentido. 

Aun cuando muchísimas especies se han producido, casi 
con seguridad, por grados no mayores que los que separan 
variedades pequeñas, sin embargo, puede sostenerse que 
algunas se han desarrollado de un modo diferente y brusco. 
No debe, sin embargo, admitirse esto sin que se aporten 
pruebas poderosas. Apenas merecen consideración las 
analogías vagas, y en muchos respectos falsas, como lo ha 
demostrado míster Chauncey Wright, que se han aducido en 
favor de esta teoría, como la cristalización repentina de las 
substancias inorgánicas o la transformación de un poliedro en 
otro mediante una cara. Una clase de hechos, sin embargo. 


339 



apoya, a primera vista, la creencia en el desarrollo brusco: es 
la aparición súbita en las formaciones geológicas de formas 
orgánicas nuevas y distintas. Pero el valor de esta prueba 
depende enteramente de la perfección de los registros 
geológicos, en relación con períodos remotos de la historia 
del mundo. Si los registros son tan fragmentarios como 
enérgicamente lo afirman muchos geólogos, no hay nada de 
extraño en que aparezcan formas nuevas, como si se hubiesen 
desarrollado súbitamente. 

A menos que admitamos transformaciones tan prodigiosas 
como las invocadas por míster Mivart, tales como el súbito 
desarrollo de las alas de las aves y murciélagos, o la 
conversión repentina de un Hipparion en un caballo, la 
creencia en modificaciones bruscas apenas arroja luz alguna 
sobre la falta de formas de unión en las formaciones 
geológicas; pero contra la creencia en tales cambios bruscos, 
la embriología presenta una enérgica protesta. Es notorio que 
las alas de las aves y murciélagos y las extremidades de los 
caballos y otros cuadrúpedos no se pueden distinguir en un 
período embrionario temprano, y que llegan a diferenciarse 
por delicadas gradaciones insensibles. Semejanzas 
embriológicas de todas clases pueden explicarse, como 
veremos después, porque los progenitores de las especies 
vivientes han variado después de su primera juventud y han 
transmitido sus caracteres nuevamente adquiridos a sus 
descendientes en la edad correspondiente. Así, pues, el 
embrión ha quedado casi sin ser modificado, y sirve como un 
testimonio de la condición pasada de la especie. De aquí que 
las especies vivientes tan frecuentemente se asemejen, durante 
las primeras fases de su desarrollo, a formas antiguas y 
extinguidas pertenecientes a la misma clase. Según esta 
opinión sobre la significación de la semejanza embriológica 
—y en realidad según cualquier opinión—, es increíble que 


340 



un animal hubiese experimentado transformaciones 
instantáneas y bruscas como las indicadas antes, y, sin 
embargo, no llevase en su estado embrionario siquiera una 
huella de ninguna modificación súbita, desarrollándose cada 
detalle de su conformación por delicadas gradaciones 
insensibles. 

El que crea que alguna forma antigua, mediante una 
tendencia o fuerza interna, se transformó de repente, por 
ejemplo, en otra provista de alas, estará casi obligado a 
admitir, en oposición a toda analogía, que variaron 
simultáneamente muchos individuos; y es innegable que estos 
cambios de estructura, grandes y bruscos, son muy diferentes 
de los que parecen haber experimentado la mayor parte de las 
especies. Estará, además, obligado a creer que se han 
producido repentinamente muchas conformaciones 
admirablemente adaptadas a todas las otras partes del mismo 
ser y a las condiciones ambientes; y no podrá presentar ni una 
sombra de explicación de estas complejas y portentosas 
adaptaciones. Estará forzado a admitir que estas grandes y 
bruscas transformaciones no han dejado huella alguna de su 
acción en el embrión. Admitir todo esto es, a mi parecer, 
entrar en las regiones del milagro y abandonar las de la 
Ciencia. 


341 



CAPÍTULO VIII 

Instinto. 

Los instintos son comparables con las costumbres, pero difieren por su origen.— 
Gradación de los instintos.—Pulgones y hormigas.—Los instintos son variables.— 
Instintos domésticos; sus origenes.—Instintos naturales del cuclillo, Molothrus, 
avestruz e himenópteros.—Hormigas esclavistas.—La abeja común; su instinto de 
hacer celdillas.—Los cambios de instinto y de estructura no son necesariamente 
simultáneos.—Dificultades de la teoria de la selección natural de los instintos.— 
Insectos neutros o estériles.—Resumen. 

Muchos instintos son tan maravillosos, que su desarrollo 
parecerá probablemente al lector una dificultad suficiente 
para echar abajo toda mi teoría. Debo sentar la premisa de 
que no me ocupo del origen de las facultades mentales, de 
igual modo que tampoco lo hago del origen de la vida misma. 
Nos interesa sólo la diversidad de los instintos y de las demás 
facultades mentales de los animales de una misma clase. 

No intentaré dar definición alguna del instinto. Sería fácil 
demostrar que comúnmente se abarcan con un mismo 
término varios actos mentales diferentes; pero todo el mundo 
comprende lo que se quiere expresar cuando se dice que el 
instinto impulsa al cuclillo a emigrar y poner sus huevos en 
nidos de otras aves. Comúnmente se dice que es instintivo un 
acto para el que nosotros necesitamos experiencia que nos 
capacite para realizarlos, cuando lo ejecuta un animal, 
especialmente si es un animal muy joven, sin experiencia, y 
cuando es realizado del mismo modo por muchos individuos, 
sin que conozcan para qué fin se ejecuta. Pero podría yo 
demostrar que ninguno de estos caracteres es universal. Un 
poco de juicio o razón, según la expresión de Fierre Huber, 
entra muchas veces en juego aun en animales inferiores de la 
escala natural. 

Federico Cuvier y algunos de las metafísicos antiguos han 
comparado el instinto con la costumbre. Esta comparación 
da, creo yo, una noción exacta de la condición mental bajo la 


342 



cual se realiza un acto instintivo, pero no necesariamente de 
su origen. ¡Qué inconscientemente se realizan muchos actos 
habituales, incluso, a veces, en oposición directa de nuestra 
voluntad consciente!, y, sin embargo, pueden ser modificados 
por la voluntad o por la razón. Las costumbres fácilmente 
llegan a asociarse con otras costumbres, con ciertos períodos 
de tiempo y con ciertos estados del cuerpo. Una vez 
adquiridas, muchas veces permanecen constantes durante 
toda la vida. Podrían señalarse otros varios puntos de 
semejanza entre los instintos y las costumbres. Como al 
repetir una canción bien conocida, también en los instintos 
una acción sigue a otra por una especie de ritmo; si una 
persona es interrumpida en una canción, o al repetir algo 
aprendido de memoria, se ve obligada, por lo común, a volver 
atrás para recobrar el curso habitual de su pensamiento. P. 
Huber observó que así ocurría en una oruga que hace una 
cubierta, a modo de hamaca complicadísima; pues dice que, 
cuando cogía una oruga que había terminado su cubierta, 
supongamos, hasta el sexto período de la construcción, y la 
ponía en una cubierta hecha sólo hasta el tercero, la oruga 
volvía simplemente a repetir los períodos cuarto, quinto y 
sexto; pero si se cogía una oruga de una cubierta hecha, por 
ejemplo, hasta el período tercero, y se la ponía una hecha 
hasta el sexto, de modo que mucho de la obra estuviese ya 
ejecutado, lejos de sacar de esto algún beneficio, se veía muy 
embarazada, y, para completar su cubierta, parecía obligada a 
comenzar desde el período tercero, donde había dejado su 
trabajo, y de este modo intentaba completar la obra ya 
terminada. 

Si suponemos que una acción habitual se vuelve hereditaria 
—y puede demostrarse que esto ocurre algunas veces—, en 
este caso la semejanza entre lo que primitivamente fue una 
costumbre y un instinto se hace tan grande, que no se 


343 



distinguen. Si Mozart, en lugar de tocar el clavicordio a los 
tres años de edad, con muy poquísima práctica, hubiese 
ejecutado una melodía sin práctica ninguna, podría haberse 
dicho con verdad que lo había hecho instintivamente. Pero 
sería un grave error suponer que la mayor parte de los 
instintos han sido adquiridos por costumbre en una 
generación, y transmitidos entonces por herencia a las 
generaciones sucesivas. Puede demostrarse claramente que 
los instintos más maravillosos de que tenemos noticia, o sea 
los de la abeja común y los de muchas hormigas, no pudieron 
haber sido adquiridos por costumbre. 

Todo el mundo admitirá que los instintos son tan 
importantes como las estructuras corporales para la 
prosperidad de cada especie en sus condiciones de vida 
actuales. Cambiando éstas es, por lo menos, posible que 
ligeras modificaciones del instinto puedan ser útiles aluna 
especie, y si puede demostrarse que los instintos varían 
realmente, por poco que sea, entonces no sé ver dificultad 
alguna en que la selección natural conservase y acumulase 
continuamente variaciones del instinto hasta cualquier grado 
que fuese provechoso. Así es, a mi parecer, como se han 
originado todos los instintos más complicados y maravillosos. 
No dudo que ha ocurrido con los instintos lo mismo que con 
las modificaciones de estructura material, que se originan y 
aumentan por el uso o costumbre y disminuyen o se pierden 
por el desuso; pero creo que los efectos de la costumbre son, 
en muchos casos, de importancia subordinada a los efectos de 
la selección natural, de lo que pueden llamarse variaciones 
espontáneas de los instintos; esto es, variaciones producidas 
por las mismas causas desconocidas que producen ligeras 
variaciones en la conformación física. 

Ningún instinto complejo ha podido producirse mediante 
selección natural, si no es por la acumulación lenta y gradual 


344 



de numerosas variaciones ligeras, pero útiles. Por 
consiguiente, lo mismo que en el caso de las conformaciones 
materiales, tenemos que encontrar en la naturaleza, no las 
verdaderas gradaciones transitorias, mediante las cuales ha 
sido adquirido cada instinto complejo —pues éstas se 
encontrarían sólo en los antepasados por línea directa de cada 
especie—, sino que tenemos que encontrar alguna prueba de 
tales gradaciones en las líneas colaterales de descendencia, o, 
por lo menos, hemos de poder demostrar que son posibles 
gradaciones de alguna clase, y esto indudablemente podemos 
hacerlo. Haciéndome cargo de que los instintos de los 
animales han sido muy poco observados, excepto en Europa y 
América del Norte, y de que no se conoce ningún instinto en 
las especies extinguidas, me ha sorprendido ver cuán 
comúnmente pueden encontrarse gradaciones que llevan a los 
instintos más complejos. Los cambios en el instinto pueden, a 
veces, ser facilitados porque la misma especie tenga instintos 
diferentes en diferentes períodos de su vida o en diferentes 
estaciones del año, o cuando se halla en diferentes 
circunstancias, etc.; casos en los cuales, bien un instinto, bien 
otro, pudo ser conservado por selección natural. Y puede 
demostrarse que se presentan en la Naturaleza estos ejemplos 
de diversidad de instintos en la misma especie. 

Además, lo mismo que en el caso de conformación física, y 
de acuerdo con mi teoría, el instinto de cada especie es bueno 
para ella misma; y, hasta donde podemos juzgar, jamás ha 
sido producido para el exclusivo bien de otras especies. Uno 
de los ejemplos más notables de que tengo noticia, de un 
animal que aparentemente realiza un acto para el solo bien de 
otro, es el de los pulgones, que, según fue observado por vez 
primera por Huber, dan espontáneamente su dulce secreción 
a las hormigas; y que la dan espontáneamente lo demuestran 
los hechos siguientes: Quité todas las hormigas de un grupo 


345 



de una docena de pulgones que estaban sobre una romaza, e 
impedí durante varias horas el que las hormigas se ocupasen 
de ellos. Después de este intervalo, estaba yo seguro de que los 
pulgones necesitarían excretar. Los examiné durante algún 
tiempo con una lente, pero ninguno excretaba; entonces les 
hice cosquillas y golpeé con un pelo, del mismo modo, hasta 
donde me fue posible, que lo hacen las hormigas con sus 
antenas; pero ninguno excretaba. Después dejé que una 
hormiga los visitase, y ésta, inmediatamente, por su ansiosa 
manera de marchar, pareció darse cuanta del riquísimo 
rebaño que habla descubierto; entonces empezó a tocar, con 
las antenas encima del abdomen de un pulgón primero, y 
luego de otro, y todos, tan pronto como sentían las antenas, 
levantaban inmediatamente el abdomen y excretaban una 
límpida gota de dulce jugo, que era devorada ansiosamente 
por la hormiga. Incluso los pulgones más jóvenes se 
conducían de este modo, mostrando que la acción era 
instintiva, y no resultado de la experiencia. Según las 
observaciones de Huber, es seguro que los pulgones no 
muestran aversión alguna a las hormigas: si éstas faltan, se 
ven, al fin, obligados a expulsar su excreción; pero como ésta 
es muy viscosa, es indudablemente una conveniencia para los 
pulgones el que se la quiten, por lo cual, verisímilmente, no 
excretan sólo para bien de las hormigas. Aun cuando no 
existe prueba alguna de que ningún animal realice un acto 
para el exclusivo bien de otra especie, sin embargo, todas se 
esfuerzan en sacar ventajas de los instintos de otras, y todas 
sacan ventaja de la constitución física más débil de otras 
especies. Así también, ciertos instintos no pueden ser 
considerados como absolutamente perfectos; pero como no 
son indispensables detalles acerca de uno u otro de estos 
puntos, podemos aquí pasarlos por alto. 

Como para la acción de la selección natural son 


346 



imprescindibles algún grado de variación en los instintos en 
estado natural y la herencia de estas variaciones, debieran 
darse cuantos ejemplos fuesen posibles; pero me lo impide la 
falta de espacio. Sólo puedo afirmar que los instintos 
indudablemente varían —por ejemplo, el instinto migratorio 
— tanto en extensión y dirección como en perderse 
totalmente. Lo mismo ocurre con los nidos de las aves, que 
varían, en parte, dependiendo de las situaciones escogidas y 
de la naturaleza y temperatura de la región habitada; pero que 
varían con frecuencia por causas que nos son completamente 
desconocidas. Audubon ha citado varios casos notables de 
diferencias en los nidos de una misma especie en los Estados 
Unidos del Norte y en los del Sur. Se ha preguntado: ¿Por 
qué, si el instinto es variable, no ha dado a la abeja «la facultad 
de utilizar algún otro material cuando faltaba la cera»? Pero 
¿qué otro material natural pudieron utilizar las abejas? Las 
abejas quieren trabajar, según he visto, con cera endurecida 
con bermellón o reblandecida con manteca de cerdo. Andrew 
Knight observó que sus abejas, en lugar de recoger 
trabajosamente propóleos, usaban un cemento de cera y 
trementina, con el que había cubierto árboles descortezados. 
Recientemente se ha demostrado que las abejas, en lugar de 
buscar polen, utilizan gustosas una substancia muy diferente: 
la harina de avena. El temor de un enemigo determinado es 
ciertamente una cualidad instintiva, como puede verse en los 
pajarillos que no han salido aún del nido, si bien aumenta por 
la experiencia y por ver en otros animales el temor del mismo 
enemigo. Los diferentes animales que habitan en las islas 
desiertas adquieren lentamente el temor del hombre, como he 
demostrado en otro lugar; y podemos ver un ejemplo de esto 
incluso en Inglaterra, en donde todas nuestras aves grandes 
son más salvajes que las pequeñas, porque las grandes han 
sido perseguidas por el hombre. Podemos seguramente 


347 



atribuir a esta causa el que las aves grandes sean más salvajes, 
pues en las islas deshabitadas las aves grandes no son más 
tímidas que las pequeñas, y la urraca, tan desconfiada en 
Inglaterra, es mansa en Noruega, como lo es el grajo de 
capucha^^^^ en Egipto. 

Podría probarse, por numerosos hechos, que varían mucho 
las cualidades mentales de los animales de la misma especie 
nacidos en estado natural. Podrían citarse varios casos de 
costumbres ocasionales y extrañas en animales salvajes, que, 
si fuesen ventajosas para la especie, podían haber dado origen, 
mediante selección natural, a nuevos instintos. Pero estoy 
plenamente convencido de que estas afirmaciones generales, 
sin los hechos detallados, producirán poquísimo efecto en el 
ánimo del lector. Puedo sólo repetir mi convicción de que no 
hablo sin tener buenas pruebas. 

Cambios hereditarios de costumbres o instintos en los animales 

domésticos. 

La posibilidad, y aun la probabilidad, de variaciones 
hereditarias de instinto en estado natural, quedará 
confirmada considerando brevemente algunos casos de 
animales domésticos. De este modo podremos ver el papel 
que la costumbre y la selección de las llamadas variaciones 
espontáneas han representado en la modificación de las 
facultades mentales de los animales domésticos. En los gatos, 
por ejemplo, unos se ponen naturalmente a cazar ratas, y 
otros ratones; y se sabe que estas tendencias son hereditarias. 
Un gato, según míster St. John, traía siempre a la casa aves de 
caza; otro, liebres y conejos, y otro, cazaba en terrenos 
pantanosos, y cogía casi todas las noches chochas y 
agachadizas. Podrían citarse algunos ejemplos curiosos y 
auténticos de diferentes matices en la disposición y gustos, y 
también de las más extrañas estratagemas, relacionados con 


348 


ciertas disposiciones mentales o períodos de tiempo, que son 
hereditarios. Pero consideramos el caso familiar de las razas 
de perros. Es indudable que los perros de muestra jóvenes — 
yo mismo he visto un ejemplo notable— algunas veces 
muestran la caza y hasta hacen retroceder a otros perros la 
primera vez que se les saca; el cobrar la caza es, seguramente, 
en cierto grado, hereditario en los retrievers, como lo es en los 
perros de pastor cierta tendencia a andar alrededor del rebaño 
de carneros, en vez de echarse a él. No sé ver que estos actos, 
realizados sin experiencia por los individuos jóvenes, y casi 
del mismo modo por todos los individuos, realizados con 
ansioso placer por todas las castas y sin que el fin sea 
conocido —pues el cachorro del perro de muestra no puede 
saber que él señala la caza para ayudar a su dueño, mejor de lo 
que sabe una mariposa de la col por qué pone sus huevos en 
la hoja de una col—; no sé ver que estos actos difieren 
esencialmente de los verdaderos instintos. Si viésemos una 
especie de lobo, que, joven y sin domesticación alguna, tan 
pronto como oliese su presa permaneciese inmóvil como una 
estatua y luego lentamente se fuese adelante con un paso 
particular, y otra especie de lobo que en lugar de echarse a un 
rebaño de ciervos se precipitase corriendo alrededor de ellos y 
los empujase hacia un punto distante, seguramente 
llamaríamos instintivos a estos actos. Los instintos 
domésticos, como podemos llamarlos, son ciertamente 
mucho menos fijos que los naturales; pero sobre ellos ha 
actuado una selección mucho menos rigurosa, y se han 
transmitido durante un período incomparablemente más 
corto en condiciones de vida menos fijas. 

Cuando se cruzan diferentes razas de perros se demuestra 
bien lo tenazmente que se heredan estos instintos, costumbres 
y disposiciones domésticos, y lo curiosamente que se mezclan. 
Así, se sabe que un cruzamiento con un bull-dog ha influido. 


349 



durante muchas generaciones, en el valor y terquedad de unos 
galgos, y un cruzamiento con un galgo ha dado a toda una 
familia de perros de ganado una tendencia a cazar liebres. 
Estos instintos domésticos, comprobados de este modo por 
cruzamientos, se asemejan a las instintos naturales, que de un 
modo análogo se entremezclan curiosamente, y durante un 
largo período manifiestan huellas de los instintos de cada 
progenitor. Por ejemplo: Le Roy describe un perro cuyo 
bisabuelo era un lobo, y este perro mostraba un indicio de su 
parentela salvaje en una sola cosa: el no ir en línea recta a su 
amo cuando le llamaba. 

Se ha hablado algunas veces de los instintos domésticos 
cómo de actos que se han hecho hereditarios, debido 
solamente a la costumbre impuesta y continuada durante 
mucho tiempo; pero esto no es cierto. Nadie tuvo que haber 
ni siquiera pensado en enseñar —ni probablemente pudo 
haber enseñado— a dar volteretas a la paloma volteadora, 
acto que realizan, como yo he presenciado, los individuos 
jóvenes, que nunca han visto dar volteretas a ninguna paloma. 
Podemos creer que alguna paloma mostró una ligera 
tendencia a esta extraña costumbre, y que la selección 
continuada durante mucho tiempo de los mejores individuos 
en las sucesivas generaciones hizo de las volteadoras lo que 
son hoy, y, según me dice míster Brent, cerca de Glasgow hay 
volteadoras caseras, que no pueden volar a una altura de diez 
y ocho pulgadas sin dar la vuelta. Es dudoso que alguien 
hubiera pensado en enseñar a un perro a mostrar la caza, si 
no hubiese habido algún perro que presentase, naturalmente, 
tendencia en este sentido; y se sabe que esto ocurre 
accidentalmente, como vi yo una vez en un terrier de pura 
raza; el hecho de mostrar, es, probablemente, como muchos 
han pensado, tan sólo la detención exagerada de un animal 
para saltar sobre su presa. Cuando apareció la primera 


350 



tendencia a mostrar la selección metódica y los efectos 
hereditarios del amaestramiento impuesto en cada generación 
sucesiva, hubieron de completar pronto la obra, y la selección 
inconsciente continúa todavía cuando cada cual —sin 
intentar mejorar la casta— se esfuerza en conseguir perros 
que muestren y cacen mejor. Por otra parte, la costumbre sólo 
en algunos casos ha sido suficiente; casi ningún otro animal es 
más difícil de amansar que el gazapo de un conejo de monte, 
y apenas hay animal más manso que el gazapo del conejo 
amansado; pero difícilmente puedo suponer que los conejos 
domésticos hayan sido seleccionados frecuentemente, sólo 
por mansos, de modo que tenemos que atribuir a la 
costumbre y al prolongado encierro la mayor parte, por lo 
menos, del cambio hereditario, desde el extremo salvajismo a 
la extrema mansedumbre. 

Los instintos naturales se pierden en estado doméstico: un 
ejemplo notable de esta se ve en las razas de las gallinas, que 
rarísima vez, o nunca, se vuelven cluecas, o sea, que nunca 
quieren ponerse sobre sus huevos. Sólo el estar tan 
familiarizados, nos impide que veamos cuánto y cuán 
permanentemente se han modificado las facultades mentales 
de nuestros animales domésticos. Apenas se puede poner en 
duda que el amor al hombre se ha hecho instintivo en el 
perro. Los lobos, zorros, chacales y las especies del género de 
los gatos, cuando se les retiene domesticados sienten ansia de 
atacar a las aves de corral, ovejas y cerdos, y esta tendencia se 
ha visto que es irremediable en los perros que han sido 
importados, cuando cachorros, desde países como la Tierra 
del Fuego y Australia, donde los salvajes no tienen estos 
animales domesticados. Por el contrario, qué raro es que haya 
que enseñar a nuestros perros civilizados, aun siendo muy 
jóvenes, a que no ataquen a las aves de corral, ovejas y cerdos. 
Indudablemente alguna vez atacan, y entonces se les pega, y si 


351 



no se corrigen se les mata; de modo que la costumbre y algún 
grado de selección han concurrido probablemente a civilizar 
por herencia a nuestros perros. Por otra parte, los pollitos han 
perdido, enteramente por costumbre, aquel temor al perro y 
al gato, que sin duda fue en ellos primitivamente instintivo; 
pues me informa el capitán Hutton que los pollitos pequeños 
del tronco primitivo, el Gallus banquiva, cuando se les cría en 
la India, empollándolos una gallina, son al principio 
extraordinariamente salvajes. Lo mismo ocurre con los 
polluelos de los faisanes sacados en Inglaterra con una gallina. 
No es que los polluelos hayan perdido todo temor, sino 
solamente el temor a los perros y los gatos, pues si la gallina 
hace el cloqueo de peligro, se escaparán —especialmente los 
pollos de pavo— de debajo de ella, y se esconderán entre las 
hierbas y matorrales próximos; y esto lo hacen evidentemente 
con el fin instintivo de permitir que su madre escape volando, 
como vemos en las aves terrícolas salvajes. Pero este instinto 
conservado por nuestros polluelos se ha hecho inútil en 
estado doméstico, pues la gallina casi ha perdido, por desuso, 
la facultad de volar. 

Por consiguiente, podemos llegar a la conclusión de que en 
estado doméstico se han adquirido instintos y se han perdido 
instintos naturales, en parte por costumbre, y en parte porque 
el hombre ha seleccionado y acumulado durante las sucesivas 
generaciones costumbres y actos mentales especiales que 
aparecieron por vez primera, por lo que, en nuestra 
ignorancia, tenemos que llamar casualidad. En algunos casos 
las costumbres impuestas, por si solas, han bastado para 
producir cambios mentales hereditarios; en otros, las 
costumbres, impuestas no han hecho nada, y todo ha sido 
resultado de la selección continuada, tanto metódica como 
inconsciente; pero en la mayor parte de los casos han 
concurrido probablemente la costumbre y la selección. 


352 



Instintos especiales. 

Quizá, considerando algunos casos, comprenderemos 
mejor cómo los instintos en estado natural han llegado a 
modificarse por selección. Elegirá sólo tres, a saber: el instinto 
que lleva al cuclillo a poner sus huevos en nidos de otras aves, 
el instinto que tienen ciertas hormigas a procurarse esclavas y 
la facultad de hacer celdillas que tiene la abeja común. Estos 
dos últimos instintos han sido considerados, justa y 
generalmente, por los naturalistas como los más maravillosos 
de todos los conocidos. 

Instintos del cuclillo .— Suponen algunos naturalistas que la 
causa más inmediata del instinto del cuclillo es que no pone 
sus huevos diariamente, sino con intervalos de dos o tres días, 
de modo que, si tuviese que hacer su nido e incubar sus 
propios huevos, los primeramente puestos quedarían durante 
algún tiempo sin ser incubados, o tendría que haber huevos y 
pajarillos de diferente tiempo en el mismo nido. Si así fuese, el 
proceso de puesta e incubación sería excesivamente largo, 
especialmente porque la hembra emigra muy pronto, y los 
paj arillos recién salidos del huevo tendrían probablemente 
que ser alimentados por el macho solo. Pero el cuclillo de 
América está en estas circunstancias, pues la hembra hace su 
propio nido y tiene a un mismo tiempo huevos y paj arillos 
nacidos sucesivamente. Se ha afirmado y se ha negado que el 
cuclillo americano pone accidentalmente sus huevos en nidos 
de otros pájaros; pero el doctor Merrell, de lowa, me ha dicho 
recientemente que una vez, en Illinois, encontró en el nido de 
un arrendajo azul (Garrulus cristatus) un cuclillo pequeño 
junto con un arrendajo pequeño, y como ambos tenían ya casi 
toda la pluma, no pudo haber error en su identificación. 
Podría citar algunos ejemplos de diferentes pájaros de los que 
se sabe que alguna vez ponen sus huevos en los nidos de otros 
pájaros. Supongamos ahora que un remoto antepasado de 


353 



nuestro cuclillo europeo tuvo las costumbres del cuclillo 
americano, y que la hembra a veces ponía algún huevo en el 
nido de otra ave. Si el ave antigua obtuvo algún provecho por 
esta costumbre accidental, por serle posible emigrar más 
pronto, o por alguna otra causa, o si los pequeñuelos, por 
haber sacado provecho del engañado instinto de otra especie, 
resultaron más vigorosos que cuando los cuidaba su propia 
madre, abrumada, como apenas podía dejar de estarlo 
teniendo huevos y pequeñuelos de diferentes edades a un 
mismo tiempo, entonces los pájaros adultos y los pequeñuelos 
obtendrían ventajas. Y la analogía nos llevaría a creer que las 
crías sacadas de este modo serían aptas para seguir, por 
herencia, la costumbre accidental y aberrante de su madre, y, 
a su vez, tenderían a poner sus huevos en nidos de otras aves 
y a tener, de este modo, mejor éxito en la cría de sus 
pequeños. Mediante un largo proceso de esta naturaleza, creo 
yo que se ha producido el instinto de nuestro cuclillo. 
También se ha afirmado recientemente, con pruebas 
suficientes, por Adolf Müller, que el cuclillo pone a veces sus 
huevos sobre el suelo desnudo, los incuba y alimenta sus 
pequeños. Este hecho extraordinario es probablemente un 
caso de reversión al primitivo instinto de nidificación, 
perdido desde hace mucho tiempo. 

Se ha propuesto la objeción de que yo no he hecho 
mención de otros instintos y adaptaciones de estructura 
correlativos en el cuclillo, de los que se ha dicho que están 
necesariamente coordinados. Pero, en todo caso, es inútil el 
hacer teorías sobre un instinto que nos es conocido tan sólo 
en una sola especie, pues hasta ahora no tenemos hechos que 
nos guíen. Hasta hace poco tiempo sólo se conocían los 
instintos del cuclillo europeo y del cuclillo americano, que no 
es parásito; actualmente, debido a las observaciones de míster 
Ramsay, hemos sabido algo sobre tres especies australianas 


354 



que ponen sus huevos en nidos de otras aves. Los puntos 
principales que hay que indicar son tres: primero, que el 
cuclillo común, con raras excepciones, pone un solo huevo en 
un nido, de modo que el ave joven, grande y voraz, recibe 
abundantemente alimento. Segundo, que los huevos son 
notablemente pequeños, no mayores que los de la alondra, 
ave cuyo tamaño es aproximadamente como una cuarta parte 
del de un cuclillo; y podemos deducir que este pequeño 
tamaño del huevo es un caso real de adaptación, del hecho de 
que el cuclillo americano, que no es parásito, pone huevos del 
tamaño normal. Tercero, que el cuclillo en cuanto nace tiene 
el instinto, la fuerza y el dorso especialmente conformado 
para desalojar a sus hermanos adoptivos, que entonces, por 
consiguiente, mueren de frío y hambre. Esto ha sido 
audazmente llamado una disposición benéfica para que el 
cuclillo joven pueda conseguir comida suficiente, y que sus 
hermanos adoptivos perezcan antes de que hayan adquirido 
mucha sensibilidad. 

Volviendo ahora a las especies australianas, aun cuando 
estas aves ponen en un nido generalmente un solo huevo, no 
es raro encontrar dos y hasta tres huevos en el mismo nido. 
En el cuclillo bronceado los huevos varían mucho de tamaño, 
siendo su longitud de ocho a diez líneas. Ahora bien; si 
hubiese sido ventajoso a esta especie el haber puesto huevos 
todavía menores que actualmente, de modo que hubiesen 
engañado a ciertos padres adoptivos, o lo que es más 
probable, se hubiesen desarrollado en menos tiempo —pues 
se asegura que existe relación entre el tamaño de los huevos y 
la duración de su incubación—, en este caso no hay dificultad 
en creer que pudo haberse formado una raza o especie que 
hubiese puesto huevos cada vez menores, pues éstos habrían 
sido incubados y logrados con más seguridad. Hace observar 
míster Ramsay que dos de los cuclillos australianos, cuando 


355 



ponen sus huevos en un nido abierto, manifiestan preferencia 
por nidos que contengan huevos de color próximo al de los 
suyos. La especie europea parece manifestar cierta tendencia a 
un instinto semejante; pero no es raro que se aparte de él, 
como lo demuestra al poner sus huevos mates de color pálido 
en el nido de la curruca de invierno que tiene los huevos 
brillantes de color azul verdoso. Si nuestro cuclillo hubiera 
desplegado invariablemente el instinto antedicho, éste se 
habría seguramente agregado a los instintos que se pretende 
que tienen que haber sido adquiridos todos juntos. Los 
huevos del cuclillo bronceado de Australia, según míster 
Ramsay, varían muchísimo de color, de modo que, en este 
particular, lo mismo que en el tamaño, la selección natural 
pudo haber asegurado y fijado alguna variación ventajosa. 

En el caso del cuclillo europeo, los hijos de los padres 
adoptivos son, por lo común, arrojados del nido a los tres días 
de haber salido el cuclillo del huevo, y como el cuclillo a esta 
edad se encuentra en un estado en que no puede valerse, 
míster Gould se inclinó primero a creer que el acto de la 
expulsión era ejecutado por los mismos padres nutricios; pero 
ahora ha recibido un informe fidedigno de que un cuclillo, 
todavía ciego e incapaz hasta de levantar su propia cabeza, fúe 
positivamente visto en el acto de arrojar a sus hermanos 
adoptivos. El observador volvió a colocar en el nido uno de 
éstos, y fue arrojado de nuevo. Respecto de los medios por los 
que fue adquirido este extraño y odioso instinto, si fue de 
gran importancia para el joven cuclillo, como lo fue 
probablemente el recibir tanta comida como sea posible en 
seguida de su nacimiento, no sé ver especial dificultad en que 
el cuclillo, durante las sucesivas generaciones, haya adquirido 
gradualmente el deseo ciego, la fuerza y la estructura 
necesarias para el trabajo de expulsión, pues aquellos cuclillos 
jóvenes que tuviesen más desarrollada tal costumbre y 


356 


conformación serían los que se criarían con más seguridad. El 
primer paso hacia la adquisición de este instinto pudo haber 
sido la simple inquietud involuntaria por parte del joven 
cuclillo, ya un poco adelantado en edad y fuerza, habiéndose 
después perfeccionado y transmitido esta costumbre a una 
edad más temprana. No sé ver en esto mayor dificultad que 
en que los polluelos de otras aves, antes de salir del huevo, 
adquirieran el instinto de romper su propio cascarón, o en 
que en las culebras pequeñas, como lo ha señalado Owen, se 
forme en las mandíbulas superiores un diente agudo 
transitorio para cortar la cubierta apergaminada del huevo; 
pues si cada parte es susceptible de variaciones individuales 
en todas las edades, y las variaciones tienden a ser heredadas a 
la edad correspondiente o antes —hechos que son 
indiscutibles—, los instintos y la conformación del individuo 
joven pudieron modificarse lentamente, lo mismo que los del 
adulto, y ambas hipótesis tienen que sostenerse o caer junto 
con toda la teoría de la selección natural. 

Algunas especies de Molothrus, género muy característico 
de aves en América, afín a nuestros estorninos, tienen 
costumbres parásitas como las del cuclillo, y las especies 
presentan una interesante gradación en la perfección de sus 
instintos. Míster Hudson, excelente observador, ha 
comprobado que los machos y hembras de Molothrus badius 
viven a veces en bandadas, reunidos en promiscuidad, y otras 
veces forman parejas. Unas veces construyen nido propio, 
otras se apoderan de uno perteneciente a alguna otra ave, a 
veces arrojando los pajarillos del extraño. Unas veces ponen 
sus huevos en el nido que se han apropiado de esta manera o, 
lo que es bastante extraño, construyen uno para ellos encima 
de aquél. Comúnmente empollan sus propios huevos y crían 
sus propios hijos; pero míster Hudson dice que es probable 
que sean accidentalmente parásitos, pues ha visto a los 


357 



pequeñuelos de esta especie siguiendo a aves adultas de otra y 
gritando para que los alimentasen. Las costumbres parásitas 
de otra especie de Molothrus, el M. bonariensis, están bastante 
más desarrolladas que las de aquél, pero distan mucho de ser 
perfectas. Esta ave, según lo que de ella se sabe, pone 
invariablemente sus huevos en nidos de extraños; pero es 
notable que a veces varias, juntas, empiezan por sí mismas a 
construir un nido irregular y mal acondicionado, colocado en 
sitios singularmente inadecuados, tales como en las hojas de 
un gran cardo. Sin embargo, según lo que ha averiguado 
míster Hudson, nunca terminan un nido para sí mismas. Con 
frecuencia ponen tantos huevos —de quince a veinte— en el 
mismo nido adoptivo, que pocos o ninguno podrán dar 
pequeñuelos. Tienen además la extraordinaria costumbre de 
agujerear picoteando los huevos, tanto los de su propia 
especie como los de los padres nutricios, que encuentran en 
los nidos que se han apropiado. Ponen también muchos 
huevos en el suelo desnudo, los cuales quedan de este modo 
inútiles. Una tercera especie, el M. pécaris de América del 
Norte, ha adquirido instintos tan perfectos como los del 
cuclillo, pues nunca pone más de un huevo en el nido 
adoptivo, de modo que el pajarillo se cría seguramente. 
Míster Hudson es tenazmente incrédulo en la evolución; pero 
parece haber sido tan impresionado por los instintos 
imperfectos del Molothrus bonariensis, que cita mis palabras y 
pregunta: «¿Hemos de considerar estas costumbres no como 
instintos especialmente fundados o creados, sino como 
pequeñas consecuencias de una ley general, o sea, la de 
transición?». 

Diferentes aves, como se ha hecho ya observar, ponen a 
veces sus huevos en los nidos de otras. Esta costumbre no es 
muy rara en las gallináceas, y da alguna luz acerca del singular 
instinto de los avestruces. En esta familia se reúnen varias 


358 



hembras, y ponen primero un corto número de huevos en un 
nido y después en otro, y estos huevos son incubados por los 
machos. Este instinto puede explicarse probablemente por el 
hecho de que los avestruces hembras ponen un gran número 
de huevos, pero con intervalo de dos o tres días, lo mismo 
que, el cuclillo. Sin embargo, el instinto del avestruz de 
América, lo mismo que en el caso del Molothrus bonariensis, 
todavía no se ha perfeccionado, pues un número 
sorprendente de huevos quedan desparramados por las 
llanuras, hasta el punto que en un solo día de caza recogí no 
menos de veinte huevos perdidos e inutilizados. 

Muchos himenópteros son parásitos, y ponen regularmente 
sus huevos en nidos de otras especies de himenópteros. Este 
caso es más notable que el del cuclillo, pues en estos 
himenópteros se han modificado no sólo sus instintos, sino 
también su conformación en relación con sus costumbres 
parásitas, pues no poseen el aparato colector del polen, que 
hubiera sido indispensable si recogiesen comida para sus 
propias crías. Algunas especies de esfégidos —insectos que 
parecen avispas— son también parásitos, y monsieur Eabre, 
recientemente, ha señalado motivos fundados para creer que, 
aun cuando el Tachytes nigra generalmente hace su propio 
agujero y lo aprovisiona con presas paralizadas para sus 
propias larvas, a pesar de esto, cuando este insecto encuentra 
un agujero ya hecho y aprovisionado por otro esfégido, se 
aprovecha de la ventaja y se hace accidentalmente parásito. 
En este caso, como en el del Molothrus o en el del cuclillo, no 
sé ver dificultad alguna en que la selección natural haga 
permanente una costumbre accidental, si es ventajosa para la 
especie, y si no es exterminado de este modo el insecto cuyo 
nido y provisión de comida se apropia traidoramente. 

Instinto esclavista. — Este notable instinto fue descubierto 
por vez primera en la Fórmica (Polyerges) rufescens por Fierre 


359 



Huber, observador mejor aún que su famoso padre. Esta 
hormiga depende en absoluto de sus esclavas: sin su ayuda la 
especie se extinguiría seguramente en un solo año. Los 
machos y las hembras fecundas no hacen trabajo de ninguna 
clase, y las obreras, o hembras estériles, aunque sumamente 
enérgicas y valerosas al apresar esclavas, no hacen ningún 
otro trabajo; son incapaces de construir sus propios nidos y 
de alimentar sus propias larvas. Cuando el nido viejo resulta 
incómodo y tienen que emigrar, son las esclavas las que 
determinan la emigración y llevan positivamente en sus 
mandíbulas a sus amas. Tan por completo incapaces de 
valerse son las amas, que, cuando Huber encerró treinta de 
ellas sin ninguna esclava, pero con abundancia de la comida 
que más les gusta, y con sus propias larvas y ninfas para 
estimularlas a trabajar, no hicieron nada; no pudieron ni 
siquiera alimentarse a sí mismas, y muchas murieron de 
hambre. Entonces introdujo Huber una sola esclava (F. fusca), 
y ésta inmediatamente se puso a trabajar, alimentó y salvó a 
las supervivientes, hizo algunas celdas y cuidó de las larvas, y 
lo puso todo en orden. ¿Qué puede haber más extraordinario 
que estos hechos certísimos? Si no hubiésemos sabido de 
ninguna otra hormiga esclavista, habría sido desesperanzado 
el meditar acerca de cómo un instinto tan maravilloso pudo 
haber llegado a esta perfección. 

Huber descubrió también, por vez primera, que otra 
especie. Fórmica sanguínea, era hormiga esclavista. Esta 
especie se encuentra en las regiones meridionales de 
Inglaterra, y sus costumbres han sido objeto de estudio por 
míster J. Smith, del British Museum, a quien estoy muy 
obligado por sus indicaciones sobre éste y otros asuntos. 
Aunque dando crédito completo a las afirmaciones de Huber 
y de míster Smith, procuré llegar a este asunto con una 
disposición mental escéptica, pues a cualquiera puede muy 


360 



bien excusársele de que dude de la existencia de un instinto 
tan extraordinario como el de tener esclavas. Por 
consiguiente, daré con algún detalle las observaciones que 
hice. Abrí catorce hormigueros de F. sanguínea, y en todos 
encontré algunas esclavas. Los machos y las hembras fecundas 
de la especie esclava (F. fusca) se encuentran sólo en sus 
propias comunidades, y nunca han sido observados en los 
hormigueros de F. sanguínea. Las esclavas son negras, y su 
tamaño no mayor de la mitad del de sus amas, que son rojas, 
de modo que el contraste de aspecto es grande. Si se inquieta 
algo el hormiguero, las esclavas salen de vez en cuando y, lo 
mismo que sus amas, se muestran muy agitadas y defienden el 
hormiguero; si se perturba mucho el hormiguero y las larvas y 
ninfas quedan expuestas, las esclavas trabajan enérgicamente, 
junto con sus amas, en transportarlas a un lugar seguro; por 
lo tanto, es evidente que las esclavas se encuentran 
completamente como en su casa. En los meses de junio y 
julio, en tres años sucesivos, observé durante muchas horas 
varios hormigueros en Surrey y Sussex, y nunca vi a ninguna 
esclava entrar o salir del hormiguero. Como en estos meses 
las esclavas son en cortísimo número, pensé que debían 
conducirse de modo diferente cuando fuesen más numerosas; 
pero míster Smith me informa que ha observado los 
hormigueros a diferentes horas en mayo, junio y agosto, tanto 
en Surrey como en Hampshire, y, a pesar de existir en gran 
número en agosto, nunca ha visto a las esclavas entrar o salir 
del hormiguero; y, por consiguiente, las considera como 
esclavas exclusivamente domésticas. A las amas, por el 
contrario, se les puede ver constantemente llevando 
materiales para el hormiguero y comidas de todas clases. 
Durante el año 1860, sin embargo, en el mes de julio, tropecé 
con un hormiguero con una provisión extraordinaria de 
esclavas, y observé algunas de ellas que, unidas con sus amas. 


361 



abandonaban el hormiguero y marchaban, por el mismo 
camino, hacia un gran pino silvestre, distante veinticinco 
yardas, al que subieron juntas, probablemente, en busca de 
pulgones o cóccidos. Según Huber, qué tuvo muchas 
ocasiones para la observación, las esclavas, en Suiza, trabajan 
habitualmente con sus amos en hacer el hormiguero; pero 
ellas solas abren y cierran las puertas por la mañana y la 
noche, y, como Huber afirma expresamente, su principal 
oficio es buscar pulgones. Esta diferencia en las costumbres 
ordinarias de las amas y de las esclavas, en los dos países, 
probablemente depende sólo de que las esclavas son 
capturadas en mayor número en Suiza que en Inglaterra. 

Un día, afortunadamente, fui testigo de una emigración de 
F. sanguínea de un hormiguero a otro, y era un espectáculo 
interesantísimo el ver las amas llevando cuidadosamente a sus 
esclavas en las mandíbulas, en vez de ser llevadas por ellas, 
como en el caso de F. rufescens. Otro día llamó mi atención 
una veintena aproximadamente de hormigas esclavistas 
rondando por el mismo sitio, y evidentemente no en busca de 
comida; se acercaron, y fueron vigorosamente rechazadas por 
una colonia independiente de la especie esclava (F. fusca); a 
veces, hasta tres de estas hormigas se agarraban a las patas de 
la especie esclavista F. sanguínea. Esta última mataba 
cruelmente a sus pequeñas adversarias, cuyos cuerpos 
muertos llevaba como comida a su hormiguero, distante 
veintinueve yardas; pero les fue impedido el conseguir 
ninguna ninfa para criarla como esclava. Entonces desenterré 
algunas ninfas de F. fusca de otro hormiguero, y las puse en 
un sitio despejado, cerca del lugar del combate, y fueron 
cogidas ansiosamente y arrastradas por las tiranas, que quizá 
se imaginaron que después de todo habían quedado 
victoriosos en su último combate. 

Al mismo tiempo dejé en el mismo lugar unas cuantas 


362 



ninfas de otra especie, F. flava, con algunas de estas pequeñas 
hormigas amarillas adheridas todavía a fragmentos de su 
hormiguero. Esta especie, algunas veces, aunque raras, es 
reducida a esclavitud, según ha sido descrito por míster 
Smith. A pesar de ser una especie tan pequeña, es muy 
valiente, y la he visto atacando ferozmente a otras hormigas. 
En un caso encontré, con sorpresa, una colonia independiente 
de F. flava bajo una piedra, debajo de un hormiguero de la F. 
sanguínea, que es esclavista, y habiendo perturbado 
accidentalmente ambos hormigueros, las hormigas pequeñas 
atacaron a sus corpulentas vecinas con sorprendente valor. 
Ahora bien; tenía yo curiosidad de averiguar si las F. 
sanguínea podían distinguir las ninfas de F. fusca, que 
habitualmente reducen a esclavitud, de las de la pequeña y 
furiosa F. flava, que rara vez capturan, y resultó evidente que 
podía distinguirlas inmediatamente; pues vimos que, 
ansiosas, cogían inmediatamente a las ninfas de F. fusca, 
mientras que se aterrorizaban al encontrarse con las ninfas y 
hasta con la tierra del hormiguero de F. flava, y se escapaban 
rápidamente; si bien, al cabo de un cuarto de hora 
aproximadamente, poco después que todas las hormiguitas 
amarillas se habían retirado, cobraron ánimo y se llevaron las 
ninfas. 

Una tarde visité otra colonia de F. sanguínea, y encontré un 
gran número de estas hormigas que volvían y entraban en su 
hormiguero llevando los cuerpos muertos de F. fusca —lo que 
demostraba que no era esto una emigración— y numerosas 
ninfas. Eui siguiendo, unas cuarenta yardas, una larga fila de 
hormigas cargadas de botín, hasta llegar a un matorral 
densísimo de brezos, de donde vi salir el último individuo de 
F. sanguínea llevando una ninfa; pero no pude encontrar el 
devastado hormiguero en el tupido brezal. El hormiguero, sin 
embargo, debía estar muy cerca, pues dos o tres individuos de 


363 



F. fusca se movían con la mayor agitación, y uno estaba 
colgado, sin movimiento, al extremo de una ramita de brezo, 
con una ninfa de su misma especie en la boca; una imagen de 
la desesperación sobra el hogar saqueado. 

Tales son los hechos —aun cuando no necesitaban, mi 
confirmación— que se refieren al maravilloso instinto de 
esclavismo. Obsérvese qué contraste ofrecen las costumbres 
instintivas de F. sanguínea con las de F. rufescens, que vive en 
el continente. Esta última no construye su propio 
hormiguero, ni determina sus propias emigraciones, ni 
recolecta comida para sí misma ni para sus crías, y ni siquiera 
puede alimentarse; depende en absoluto de sus numerosas 
esclavas; F. sanguínea, por el contrario, posee muchas menos 
esclavas, y en la primera parte del verano sumamente pocas; 
las amas determinan cuándo y dónde se ha de formar un 
nuevo hormiguero, y cuando emigran, las amas llevan las 
esclavas. Tanto en Suiza como en Inglaterra, las esclavas 
parecen tener el cuidado exclusivo de las larvas, y las amas 
van solas en las expediciones para coger esclavas. En Suiza, 
esclavas y amas trabajan juntas haciendo el hormiguero y 
llevando materiales para él; unas y otras, pero principalmente 
las esclavas, cuidan y ordeñan —como pudiera decirse— sus 
pulgones, y de este modo unas y otras recogen comida para la 
comunidad. En Inglaterra, sólo las amas abandonan 
ordinariamente el hormiguero para recoger materiales de 
construcción y comida para sí mismas, sus larvas y esclavas; 
de modo que las amas en Inglaterra reciben muchos menos 
servicios de sus esclavas que en Suiza. 

No pretenderé conjeturar por qué grados se originó el 
instinto de F. sanguínea. Pero, como las hormigas que no son 
esclavistas, se llevan las ninfas de otras especies si están 
esparcidas cerca de sus hormigueros, como lo he visto yo; es 
posible que estas ninfas, primitivamente almacenadas como 


364 



comida, pudieron llegar a desarrollarse, y estas hormigas 
extrañas, criadas así involuntariamente, seguirían entonces 
sus propios instintos y harían el trabajo que pudiesen. Si su 
presencia resultó útil a la especie que las habla cogido —si era 
más ventajoso para esta especie capturar obreros que 
procrearlos—, la costumbre de recolectar ninfas, 
primitivamente para alimento, pudo por selección natural ser 
reforzada y hecha permanentemente para el muy diferente fin 
de criar esclavas. Una vez adquirido el instinto —aun cuando 
alcanzase un desarrollo menor que en nuestra F. sanguínea 
inglesa, que, como hemos visto, es menos ayudada por sus 
esclavas que la misma especie en Suiza—, la selección natural 
pudo aumentar y modificar el instinto —suponiendo siempre 
que todas las modificaciones fuesen útiles para la especie—, 
hasta que se formó una especie de hormiga, que depende tan 
abyectamente de sus esclavas, como la Fórmica rufescens. 

Instinto de hacer celdillas de la abeja común. — No entraré 
aquí en pequeños detalles sobre este asunto, sino que daré 
simplemente un bosquejo de las conclusiones a que he 
llegado. Ha de ser un necio quien sea capaz de examinar la 
delicada estructura de un panal, tan hermosamente adaptado 
a sus fines, sin admiración entusiasta. Los matemáticos dicen 
que las abejas han resuelto prácticamente un profundo 
problema, y que han hecho sus celdillas de la forma adecuada 
para que contengan la mayor cantidad de miel con el menor 
gasto posible de la preciosa cera en su construcción. Se ha 
hecho observar que un hábil obrero, con herramientas y 
medidas adecuadas, encontraría muy difícil hacer celdillas de 
cera de la forma debida, aun cuando esto es ejecutado por una 
muchedumbre de abejas que trabajan en una obscura 
colmena. Concediéndoles todos los instintos que se quiera, 
parece al pronto completamente incomprensible cómo 
pueden hacer todos los ángulos y planos necesarios y aun 


365 



conocer si están correctamente hechos. Pero la dificultad no 
es, ni en mucho, tan grande como al principio parece; puede 
demostrarse, a mi parecer, que todo este hermoso trabajo es 
consecuencia de un corto número de instintos sencillos. 

Me llevó a investigar este asunto míster Waterhouse, quien 
ha demostrado que la forma de la celdilla está en íntima 
relación con la existencia de celdillas adyacentes, y las ideas 
que siguen pueden quizá considerarse como una simple 
modificación de su teoría. Consideremos el gran principio de 
la gradación, y veamos si la Naturaleza no nos revela su 
método de trabajo. En un extremo de una corta serie tenemos 
los abejorros, que utilizan sus capullos viejos para guardar 
miel, añadiéndoles a veces cortos tubos de cera, y que hacen 
también celdillas de cera separadas e irregularmente 
redondeadas. En el extremo de la serie tenemos las celdillas de 
la abeja común situadas en dos capas: cada celdilla, como es 
bien sabido, es un prisma hexagonal, con los bordes de la base 
de sus seis caras achaflanados, de modo que se acoplen a una 
pirámide invertida formada por tres rombos. Estos rombos 
tienen determinados ángulos, y los tres que forman la base 
piramidal de una celdilla de un lado del panal entran en la 
composición de las bases de tres celdillas contiguas del lado 
opuesto. En la serie, entre la extrema perfección de las 
celdillas de la abeja común y la simplicidad de las del 
abejorro, tenemos las celdillas de Melipona domestica de 
Méjico, cuidadosamente descritas y representadas por Fierre 
Huber. La Melipona misma es intermedia, por su 
conformación, entre la abeja común y el abejorro, pero más 
próxima a este último. Construye un panal de cera, casi 
regular, formado por celdillas cilindricas, en las cuales se 
desarrollan las crías, y, además, por algunas celdas de cera 
grandes para guardar miel. Estas últimas son casi esféricas, de 
tamaño casi igual, y están reunidas, constituyendo una masa 


366 



irregular. Pero el punto importante que hay que advertir es 
que estas celdas están siempre construidas a tal proximidad 
unas de otras, que se hubiesen roto o entrecortado 
mutuamente si las esferas hubiesen sido completas; pero esto 
no ocurre nunca, pues estas abejas construyen paredes de cera 
perfectamente planas entre las esferas que tienden a 
entrecortarse. Por consiguiente, cada celdilla consta de una 
porción extrema esférica y de dos, tres o más superficies 
planas, según que la celdilla sea contigua de otras dos, tres o 
más celdillas. Cuando una celdilla queda sobre otras tres —lo 
cual, por ser las esferas del mismo tamaño, es un caso 
obligado y frecuentísimo—, las tres superficies planas forman 
una pirámide, y esta pirámide, como Huber ha hecho 
observar, es manifiestamente una imitación tosca de la base 
piramidal de tres caras de las celdillas de la abeja común. Lo 
mismo que en las celdillas de la abeja común, también aquí 
las tres superficies planas de una celdilla entran 
necesariamente en la construcción de tres celdillas contiguas. 
Es manifiesto que, con este modo de construir, la Melipona 
ahorra cera y, lo que es más importante, trabajo, pues las 
paredes planas entre las celdillas contiguas no son dobles, 
sino que son del mismo grueso que las porciones esféricas 
exteriores, y, sin embargo, cada porción plana forma parte de 
dos celdillas. 

Reflexionando sobre este caso, se me ocurrió que, si la 
Melipona hubiera hecho sus esferas a igual distancia unas de 
otras, y las hubiera hecho de igual tamaño, y las hubiera 
dispuesto simétricamente en dos capas, la construcción 
resultante hubiese sido tan perfecta como el panal de la abeja 
común. De consiguiente, escribí al profesor Miller, de 
Cambridge, y este geómetra ha revisado amablemente el 
siguiente resumen, sacado de sus informes, y me dice que es 
rigurosamente exacto. 


367 



Si se describe un número de esferas iguales, cuyos centros 
estén situados en dos planos paralelos, estando el centro de 
cada esfera a una distancia igual al 

radio x V2 (o sea, al radio x 1,41421) 

o a una distancia menor de los centros de las seis esferas 
que la rodean en el mismo plano, y a la misma distancia de los 
centros de las esferas adyacentes en el otro plano paralelo; 
entonces, tomando los planos de intersección entre las 
diferentes esferas de los dos planos paralelos, resultarán dos 
capas de prismas hexagonales, unidas entre sí por bases 
piramidales formadas por tres rombos, y los rombos y los 
lados de los prismas hexagonales tendrán todos los ángulos 
idénticamente iguales a los dados por las mejores medidas 
que se han hecho de las celdas de la abeja común. Pero el 
profesor Wyman, que ha hecho numerosas medidas 
cuidadosas, me dice que la precisión de la labor de la abeja ha 
sido muy exagerada, hasta tal punto, que lo que podría ser la 
forma típica de la celdilla pocas veces o nunca se realiza. 

Por consiguiente, podemos llegar a la conclusión de que si 
pudiésemos modificar ligeramente los instintos que posee ya 
la Melipona, y que en sí mismos no son maravillosos, esta 
abeja haría una construcción tan maravillosamente perfecta 
como la de la abeja común. Sería necesario suponer que la 
Melipona puede formar sus celdillas verdaderamente esféricas 
y de tamaño casi igual, cosa qué no sería muy sorprendente, 
viendo que ya hace esto en cierta medida y viendo qué 
agujeros tan perfectamente cilindricos hacen muchos insectos 
en la madera, al parecer, dando vueltas alrededor de un punto 
fijo. Tendríamos que suponer que la Melipona arregla sus 
celdillas en capas planas, como ya lo hace con sus celdillas 
cilindricas, y tendríamos que suponer —y ésta es la mayor 
dificultad— que puede, de alguna manera, juzgar, en algún 


368 


modo, a qué distancia se encuentra de sus compañeras de 
trabajo cuando varias están haciendo sus esferas; pero la 
Melipona está ya capacitada para apreciar la distancia, hasta el 
punto que siempre describe sus esferas de modo que se corten 
en cierta extensión, y entonces une los puntos de intersección 
por superficies perfectamente planas. Mediante estas 
modificaciones de instintos, que en sí mismos no son 
maravillosos —apenas más que los que llevan a un ave a hacer 
su nido—, creo yo que la abeja común ha adquirido por 
selección natural su inimitable facultad arquitectónica. 

Pero esta teoría puede comprobarse experimentalmente. 
Siguiendo el ejemplo de míster Tegetmeier, separé dos 
panales y puse entre ellos una tira rectangular de cera larga y 
gruesa; las abejas inmediatamente empezaron a excavar en 
ella pequeñas fosetas circulares; y a medida que 
profundizaban estas losetas; las hacían cada vez más anchas, 
hasta que se convirtieron en depresiones poco profundas, 
apareciendo a la vista perfectamente como una porción de 
esfera y de diámetro aproximadamente igual al de una 
celdilla. Era interesantísimo observar, que dondequiera que 
varias abejas hablan empezado a excavar estas depresiones 
casi juntas, habían empezado su obra a tal distancia unas de 
otras, que, con el tiempo, las depresiones habían adquirido la 
anchura antes indicada —o sea próximamente la anchura de 
una celdilla ordinaria—, y tenían de profundidad como una 
sexta parte del diámetro de la esfera de que formaban parte, y 
los bordes de las depresiones se interceptaban o cortaban 
mutuamente. Tan pronto como esto ocurría, las abejas 
cesaban de excavar, y empezaban a levantar paredes planas de 
cera en las líneas de intersección, entre las depresiones, de 
manera que cada prisma hexagonal quedaba construido sobre 
el borde ondulado de una depresión lisa, en vez de estarlo 
sobre los bordes rectos de una pirámide de tres caras, como 


369 



ocurre en las celdillas ordinarias. 

Entonces puse en la colmena, en vez de una pieza 
rectangular y gruesa de cera, una lámina delgada, estrecha y 
teñida con bermellón. Las abejas empezaron inmediatamente 
a excavar a ambos lados las pequeñas depresiones, unas junto, 
a otras, lo mismo que antes; pero la lámina de cera era tan 
delgada, que los fondos de las depresiones de lados opuestos, 
si hubiesen sido excavados hasta la misma profundidad que 
en el experimento anterior, se habrían encontrado, resultando 
agujeros. Las abejas, sin embargo, no permitieron que esto 
ocurriese, y pararon sus excavaciones a su tiempo debido, de 
modo que las depresiones, en cuanto fueron profundizadas 
un poco, vinieron a tener sus bases planas, y estas bases 
planas, formadas por las plaquitas delgadas de cera con 
bermellón dejadas sin morder, estaban situadas, hasta donde 
podía juzgarse por la vista, exactamente en los planos 
imaginarios de intersección de las depresiones de las caras 
opuestas de la lámina de cera. De este modo en algunas partes 
quedaron, entre las depresiones opuestas, tan sólo pequeñas 
porciones de un placa rómbica; en otras partes, porciones 
grandes: la obra, debido al estado antinatural de las cosas, no 
había quedado realizada primorosamente. Para haber 
conseguido de este modo el dejar laminillas planas entre las 
depresiones, parando el trabajo en los planos de intersección, 
las abejas tuvieron que haber trabajado casi exactamente con 
la misma velocidad en los dos lados de la placa de cera con 
bermellón, al morder circularmente y profundizar las 
depresiones. 

Considerando lo flexible que es la cera delgada, no veo que 
exista dificultad alguna en que las abejas, cuando trabajan en 
los dos lados de una tira de cera, noten cuándo han mordido 
la cera, hasta dejarla de la delgadez adecuada, y paren 
entonces su labor. En los panales ordinarios me ha parecido 


370 



que las abejas no siempre consiguen trabajar exactamente con 
la misma velocidad por los dos lados, pues he observado en la 
base de una celdilla recién empezada rombos medio 
completos, que eran, ligeramente cóncavos por uno de los 
lados, donde supongo que las abejas habían excavado con 
demasiada rapidez, y convexos por el lado opuesto, donde las 
abejas habían trabajado menos rápidamente. En un caso bien 
notorio volví a colocar el panal en la colmena, y permití a las 
abejas ir a trabajar durante un corto tiempo, y, examinando la 
celdilla, encontré que la laminilla rómbica había sido 
completada y quedado perfectamente plana; era 
absolutamente imposible, por la extrema delgadez de la 
plaquita. que las abejas pudiesen haber efectuado esto 
mordisqueando el lado convexo, y sospecho que, en estos 
casos, las abejas están en lados opuestos y empujan y vencen 
la cera, dúctil y caliente —lo cual, como he comprobado, es 
fácil de hacer—, hasta colocarla en su verdadero plano 
intermedio, y de este modo la igualan. 

Por el experimento de la lámina de cera con bermellón 
podemos ver que, si las abejas pudiesen construir por sí 
mismas una pared delgada de cera, podrían hacer sus celdas 
de la forma debida, colocándose a la distancia conveniente 
unas de otras, excavando con igual velocidad y esforzándose 
en hacer cavidades esféricas iguales, pero sin permitir nunca 
que las esferas llegasen unas a otras, produciéndose agujeros. 
Ahora bien; las abejas, como puede verse claramente 
examinando el borde de un panal en construcción, hacen una 
tosca pared o reborde circular todo alrededor del panal, y lo 
muerden por los dos lados, trabajando siempre circularmente 
al ahondar cada celdilla. No hacen de una vez toda la base 
piramidal de tres lados de cada celdilla, sino solamente la 
laminilla o las dos laminillas rómbicas que están en el borde 
de crecimiento del panal, y nunca completan los bordes 


371 



superiores de las placas rómbicas hasta que han empezado las 
paredes hexagonales. Algunas de estas observaciones difieren 
de las hechas por Francisco Huber, tan justamente celebrado; 
pero estoy convencido de su exactitud, y si tuviese espacio 
demostraría que son compatibles con mi teoría. 

La observación de Huber de que la primera de todas las 
celdillas es excavada en una pequeña pared de cera de lados 
paralelos, no es, según lo que he visto, rigurosamente exacta, 
pues el primer comienzo ha sido siempre una pequeña 
caperuza de cera; pero no entraré ahora en detalles. Vemos el 
importantísimo papel que representa el excavar en la 
construcción de las celdillas; pero sería un error suponer que 
las abejas no pueden construir una tosca pared de cera en la 
posición adecuada; esto es, en el plano de intersección de dos 
esferas contiguas. Tengo varios ejemplos que muestran 
claramente que las abejas pueden hacer esto. Incluso en la 
tosca pared o reborde circular de cera que hay alrededor de 
un panal en formación, pueden observarse a veces flexiones 
que corresponden por su posición a los planos de las placas 
básales rómbicas de las futuras celdillas, pero la tosca pared 
de cera tiene siempre que ser acabada mordiéndola mucho las 
abejas por los dos lados. El modo como construyen las abejas 
es curioso: hacen siempre la primera pared tosca diez o veinte 
veces más gruesa que la delgadísima pared terminada de la 
celdilla, que ha de quedar finalmente. Comprenderemos 
cómo trabajan, suponiendo unos albañiles que primero 
amontonan un grueso muro de cemento y que luego 
empiezan a quitar por los dos lados hasta ras del suelo, hasta 
que dejan en el medio una delgadísima pared; los albañiles 
van siempre amontonando en lo alto del muro el cemento 
quitado, añadiéndole cemento nuevo. Así tendremos una 
delgadísima pared, creciendo continuamente hacia arriba; 
pero coronada siempre por una gigantesca albardilla. Por 


372 



estar todas las celdillas, tanto las recién comenzadas como las 
terminadas coronadas por una gran albardilla de cera, las 
abejas pueden apiñarse en el panal y caminar por él sin 
estropear las delicadas paredes hexagonales. Estas paredes, 
según el profesor Miller ha comprobado amablemente para 
mi, varían mucho en grosor, teniendo V 352 de pulgada de 
grueso, según el promedio de doce medidas hechas cerca del 
borde del panal, mientras que las placas básales romboidales 
son más gruesas, estando aproximadamente en la relación de 
tres a dos, teniendo un grueso de V 229 de pulgada, como 
promedio de veintiuna medidas. Mediante la singular manera 
de construir que se acaba de indicar, se da continuamente 
fuerza al panal, con la máxima economía final de cera. 

Parece al principio que aumenta la dificultad de 
comprender cómo se hacen las celdillas el que una multitud 
de abejas trabajen juntas; pues una abeja, después de haber 
trabajado un poco tiempo en una celdilla, va a otra, de modo 
que, como Huber ha observado, aun en el comienzo de la 
primera celdilla trabajan una veintena de individuos. Pude 
demostrar prácticamente este hecho cubriendo los bordes de 
las paredes hexagonales de una sola celdilla o el margen del 
reborde circular de un panal en construcción con una capa 
sumamente delgada de cera mezclada con bermellón; y 
encontré invariablemente que el color era muy delicadamente 
difundido por las abejas —tan delicadamente como pudiera 
haberlo hecho un pintor con su pincel—, por haber tomado 
partículas de la cera coloreada, del sitio en que había sido 
colocada, y haber trabajado con ella en los bordes crecientes 
de las celdillas de alrededor. La construcción parece ser una 
especie de equilibrio entre muchas abejas que están todas 
instintivamente a la misma distancia mutua, que se esfuerzan 
todas en excavar esferas iguales y luego construir o dejar sin 
morder los planos de intersección de estas esferas. Era 


373 



realmente curioso notar, en casos de dificultad, como cuando 
dos partes de panal se encuentran formando un ángulo, con 
qué frecuencia las abejas derriban y reconstruyen de 
diferentes maneras la misma celdilla, repitiendo a veces una 
forma que al principio habían desechado. 

Cuando las abejas tienen lugar en el cual pueden estar en la 
posición adecuada para trabajar —por ejemplo, un listón de 
madera colocado directamente debajo del medio de un panal 
que vaya creciendo hacia abajo, de manera que el panal tenga 
que ser construido sobre una de las caras del listón—, en este 
caso las abejas pueden poner los comienzos de una pared de 
un nuevo hexágono en su lugar preciso, proyectándose más 
allá de las otras celdillas completas. Es suficiente que las 
abejas puedan estar colocadas a las debidas distancias 
relativas, unas de otras, y respecto de las paredes de las 
últimas celdillas completas y, entonces, mediante 
sorprendentes esferas imaginarias, pueden construir una 
pared intermediaria entre dos esferas contiguas; pero, por lo 
que he podido ver, nunca muerden ni rematan los ángulos de 
la celdilla hasta que ha sido construida una gran parte, tanto 
de esta celdilla como de las contiguas. Esta facultad de las 
abejas de construir en ciertas circunstancias una pared tosca, 
en su lugar debido, entre las celdillas recién comenzadas, es 
importante, pues se relaciona con un hecho que parece, al 
pronto, destruir la teoría precedente, o sea, con el hecho de 
que las celdillas del margen de los avisperos son 
rigurosamente hexagonales; pero no tengo aquí espacio para 
entrar en este asunto. Tampoco me parece una gran dificultad 
el que un solo insecto —como ocurre con la avispa reina— 
haga celdillas hexagonales si trabajase alternativamente por 
dentro y por fuera de dos o tres celdillas empezadas a un 
mismo tiempo, estando siempre a la debida distancia relativa 
de las partes de las celdillas recién comenzadas, describiendo 


374 



esferas o cilindros y construyendo planos intermediarios. 

Como la selección natural obra solamente por acumulación 
de pequeñas modificaciones de estructura o de instinto, útil 
cada una de ellas al individuo en ciertas condiciones de vida, 
puede razonablemente preguntarse: ¿Cómo pudo haber 
aprovechado a los antepasados de la abeja común una larga 
sucesión gradual de modificaciones del instinto 
arquitectónico tendiendo todas hacia el presente plan 
perfecto de construcción? Creo que la respuesta no es difícil: 
las celdillas construidas como las de la abeja o las de la avispa 
ganan en resistencia y economizan mucho el trabajo y espacio 
y los materiales de que están construidas. Por lo que se refiere 
a la formación de cera, es sabido que las abejas, con 
frecuencia, están muy apuradas para conseguir el néctar 
suficiente, y míster Tegetmeier me informa que se ha probado 
experimentalmente que las abejas de una colmena consumen 
de doce a quince libras de azúcar seco para la producción de 
una libra de cera, de modo que las abejas de una colmena 
tienen que recolectar y consumir una cantidad asombrosa de 
néctar líquido para la secreción de la cera necesaria para la 
construcción de sus panales. Además, muchas abejas tienen 
que quedar ociosas varios días durante el proceso de 
secreción. Una gran provisión de miel es indispensable para 
mantener un gran número de abejas durante el invierno, y es 
sabido que la seguridad de la comunidad depende 
principalmente de que se mantengan un gran número de 
abejas. Por consiguiente, el ahorro de cera, por ahorrar 
mucha miel y tiempo empleado en recolectarla, ha de ser un 
elemento importante del buen éxito para toda familia de 
abejas. Naturalmente, el éxito de la especie puede depender 
del número de sus enemigos o parásitos, o de causas por 
completo distintas, y así ser totalmente independiente de la 
cantidad de miel que puedan reunir las abejas. Pero 


375 



supongamos que esta última circunstancia determinó —como 
es probable que muchas veces lo haya determinado— el que 
un himenóptero afín de nuestros abejorros pudiese existir en 
gran número en un país, y supongamos, además, que la 
comunidad viviese durante el invierno y, por consiguiente, 
necesitase una provisión de miel; en este caso, es indudable 
que sería una ventaja para nuestro abejorro imaginario el que 
una ligera modificación en sus instintos lo llevase a hacer sus 
celdillas de cera unas próximas a otras, de modo que se 
entrecortasen un poco; pues una pared común, aun sólo para 
dos celdillas contiguas, ahorraría un poco de trabajo y cera. 
Por consiguiente, sería cada vez más ventajoso para nuestro 
abejorro el que hiciese sus celdillas cada vez más regulares, 
más cerca unas de otras, y agregadas formando una masa, 
como las de Melipona; pues, en este caso, una gran parte de la 
superficie limitante de cada celdilla serviría para limitar las 
contiguas, y se economizaría mucho trabajo y cera. Además, 
por la misma causa, sería ventajoso para Melipona el que 
hiciese sus celdillas más juntas y más regulares por todos 
conceptos que las hace al presente; pues, como hemos visto, 
las superficies esféricas desaparecerían por completo y serían 
reemplazadas por superficies planas, y la Melipona haría un 
panal tan perfecto como el de la abeja común. La selección 
natural no pudo llegar más allá de este estado de perfección 
arquitectónica; pues el panal de la abeja, hasta donde nosotros 
podemos juzgar, es absolutamente perfecto por lo que se 
refiere a economizar trabajo y cera. 

De este modo, a mi parecer, el más maravilloso de todos los 
instintos conocidos el de la abeja común, puede explicarse 
porque la selección natural ha sacado provecho de numerosas 
modificaciones pequeñas y sucesivas de instintos sencillos; 
porque la selección natural ha llevado paulatinamente a las 
abejas a describir esferas iguales a una distancia mutua dada. 


376 



dispuestas en dos capas, y a construir y excavar la cera en los 
planos de intersección de un modo cada vez más perfecto: las 
abejas, evidentemente, no sabían que describían sus esferas a 
una distancia mutua particular, más de lo que saben ahora 
como son los diferentes ángulos de los prismas hexagonales y 
de las placas rómbicas básales; pues la fuerza propulsora del 
proceso de selección natural fue la construcción de celdillas 
de la debida solidez y del tamaño y forma adecuados para las 
larvas, realizado esto con la mayor economía posible del 
tamaño y cera. Aquellos enjambres que hicieron de este modo 
las mejores celdillas con el menor trabajo y el menor gasto de 
miel para la secreción de cera, tuvieron el mejor éxito y 
transmitieron sus instintos nuevamente adquiridos a nuevos 
enjambres, los cuales, a su vez, habrán tenido las mayores 
probabilidades de buen éxito en la lucha por la existencia. 

Objeciones a la teoría de la selección natural aplicada a los 
insectos .— Insectos neutros o estériles. 

A la opinión precedente sobre el origen de los instintos se 
ha hecho la objeción de que «las variaciones de estructura y 
de instinto tienen que haber sido simultáneas y exactamente 
acopladas entre sí, pues una modificación en aquélla sin el 
correspondiente cambio inmediato en éste, hubiese sido fatal. 
La fuerza de esta objeción descansa por completo en la 
admisión de que los cambios en los instintos y conformación 
son bruscos. Tomemos como ejemplo el caso del carbonero 
(Parus major), al que se ha hecho alusión en un capitulo 
precedente; esta ave, muchas veces, estando en una rama, 
sujeta entre sus patas las simientes del tejo y las golpea con el 
pico, hasta que llega al núcleo. Ahora bien; ¿qué especial 
dificultad habría en que la selección natural conservase todas 
las ligeras variaciones individuales en la forna del pico que 
fuesen o que estuviesen mejor adaptadas para abrir las 
simientes hasta que se formasen un pico tan bien conformado 


377 



para este fin como el del trepatroncos, al mismo tiempo que la 
costumbre, o la necesidad, o la variación espontánea del gusto 
llevasen al ave a hacerse cada vez más granívora? En este caso, 
se supone que el pico se modifica lentamente por selección 
natural, después de lentos cambios de costumbres o gustos, y 
de acuerdo con ellos; pero dejemos que los pies del carbonero 
varíen y se hagan mayores por correlación con el pico, o por 
alguna otra causa desconocida, y no es imposible que estos 
pies mayores lleven al ave a trepar cada vez más, hasta que 
adquiera el instinto y la facultad de trepar tan notables del 
trepatroncos. En este caso, se supone que un cambio gradual 
de conformación lleva al cambio de costumbres instintivas. 
Tomemos otro ejemplo: pocos instintos son tan notables 
como el que lleva a la salangana a hacer su nido por completo 
de saliva condensada. Algunas aves construyen sus nidos de 
barro, que se cree que está humedecido con saliva, y una de 
las golondrinas de América del Norte hace su nido, según he 
visto, de tronquitos aglutinados con saliva, y hasta con 
plaquitas formadas de esta substancia. ¿Es, pues, muy 
improbable que la selección natural de aquellos individuos 
que segregasen cada vez más saliva produjese al fin una 
especie con instintos que la llevasen a despreciar otros 
materiales y a hacer sus nidos exclusivamente de saliva 
condensada? Y lo mismo en otros casos. Hay que admitir, sin 
embargo, que en muchos no podemos conjeturar si fue el 
instinto o la conformación lo que primero varió. 

Indudablemente podrían oponerse a la teoría de la 
selección natural muchos instintos de explicación dificilísima: 
casos en los cuales no podemos comprender cómo se pudo 
haber originado un instinto; casos en que no se sabe que 
existan gradaciones intermedias; casos de instintos de 
importancia tan insignificante, que la selección natural 
apenas pudo haber obrado sobre ellos; casos de instintos casi 


378 



idénticos en animales tan distantes en la escala de la 
naturaleza, que no podemos explicar su semejanza por 
herencia de un antepasado común, y que, por consiguiente, 
hemos de creer que fueron adquiridos independientemente 
por selección natural. No entraré aquí en estos varios casos, y 
me limitaré a una dificultad especial, que al principio me 
pareció insuperable y realmente fatal para toda la teoría. Me 
refiero a las hembras neutras o estériles de las sociedades de 
los insectos, pues estas neutras, frecuentemente, difieren 
mucho en instintos y conformación, tanto de los machos 
como de las hembras fecundas, y, sin embargo, por ser 
estériles no pueden propagar su clase. 

El asunto merece ser discutido con gran extensión pero 
tomaré aquí nada más que un solo caso: el de las hormigas 
obreras estériles. De qué modo las obreras se han vuelto 
estériles, constituye una dificultad; pero no mucho mayor que 
la de cualquier otra modificación notable de conformación, 
pues puede demostrarse que algunos insectos y otros 
animales articulados, en estado natural, resultan 
accidentalmente estériles; y si estos insectos hubiesen sido 
sociables, y si hubiese sido útil para la sociedad el que cada 
año hubiese nacido un cierto número, capaces de trabajar 
pero incapaces de procrear, yo no sé ver dificultad alguna 
especial en que esto se hubiese efectuado por selección 
natural. Pero he de pasar por alto esta dificultad preliminar. 
La gran dificultad estriba en que las hormigas obreras difieren 
mucho de los machos y de las hembras fecundas en su 
conformación, como en la forma del tórax, en estar 
desprovistas de alas y a veces de ojos, y en el instinto. Por lo 
que se refiere sólo al instinto, la abeja común hubiese sido un 
ejemplo mejor de la maravillosa diferencia, en este particular, 
entre las obreras y las hembras perfectas. Si una hormiga 
obrera u otro insecto neutro hubiese sido un animal 


379 



ordinario, habría yo admitido sin titubeo que todos sus 
caracteres habían sido adquiridos lentamente por selección 
natural, o sea, por haber nacido individuos con ligeras 
modificaciones útiles, que fueron heredadas por los 
descendientes, y que éstos, a su vez, variaron y fueron 
seleccionados, y así sucesivamente. Pero en la hormiga obrera 
tenemos un instinto que difiere mucho del de sus padres, aun 
cuando es completamente estéril; de modo que nunca pudo 
haber transmitido a sus descendientes modificaciones de 
estructura o instinto adquiridas sucesivamente. 

Puede muy bien preguntarse cómo es posible conciliar este 
caso con la teoría de la selección natural. En primer lugar, 
recuérdese que tenemos innumerables ejemplos, tanto en 
nuestras producciones domésticas como en las naturales, de 
toda clase de diferencias hereditarias de estructura, que están 
en relación con ciertas edades o con los sexos. Tenemos 
diferencias que están en correlación, no sólo con un sexo, 
sino con el corto período en que el aparato reproductor está 
en actividad, como el plumaje nupcial de muchas aves y las 
mandíbulas con garfio del salmón macho. Tenemos ligeras 
diferencias hasta en los cuernos de las diferentes razas del 
ganado vacuno, en relación con un estado artificialmente 
imperfecto del sexo masculino; pues los bueyes de ciertas 
razas tienen cuernos más largos que los bueyes de otras, 
relativamente a la longitud de los cuernos, tanto de los toros 
como de las vacas de las mismas razas. Por consiguiente, no sé 
ver gran dificultad en que un carácter llegue a ser correlativo 
de la condición estéril de ciertos miembros de las sociedades 
de los insectos: la dificultad descansa en comprender cómo se 
han acumulado lentamente, por selección natural, estas 
modificaciones correlativas de estructura. 

Esta dificultad, aunque insuperable en apariencia, 
disminuye o desaparece, en mi opinión, cuando se recuerda 


380 



que la selección puede aplicarse a la familia lo mismo que al 
individuo, y puede de este modo obtener el fin deseado. Los 
ganaderos desean que la carne y la grasa estén bien 
entremezcladas; fue matado un animal que presentaba estos 
caracteres; pero el ganadero ha recurrido con confianza a la 
misma casta, y ha conseguido su propósito. Tal fe puede 
ponerse en el poder de la selección, que es probable que 
pudiera formarse una raza de ganado que diese siempre 
bueyes con cuernos extraordinariamente largos, observando 
qué toros y qué vacas produjesen cuando se apareasen bueyes 
con los cuernos más largos, y, sin embargo, ningún buey 
habría jamás propagado su clase. He aquí un ejemplo mejor y 
real: según míster Verlot, algunas variedades de alelí blanco 
doble, por haber sido larga y cuidadosamente seleccionadas 
hasta el grado debido, producen siempre una gran proporción 
de plantas que llevan flores dobles y completamente estériles; 
pero también dan algunas plantas sencillas y fecundas. Estas 
últimas, mediante las cuales puede únicamente ser propagada 
la variedad, pueden compararse a los machos y hembras 
fecundas de las hormigas, y las plantas dobles estériles a las 
neutras de la misma sociedad. Lo mismo que en las 
variedades de alelí blanco, en los insectos sociables la 
selección natural ha sido aplicada a la familia y no al 
individuo, con objeto de lograr un fin útil. Por consiguiente, 
podemos llegar a la conclusión de que pequeñas 
modificaciones de estructura o de instinto relacionadas con la 
condición estéril de ciertos miembros de la comunidad han 
resultado ser ventajosas, y, en consecuencia, los machos y 
hembras fecundos han prosperado y transmitido a su 
descendencia fecunda una tendencia a producir miembros 
estériles con las mismas modificaciones. Este proceso tiene 
que repetirse muchas veces, hasta que se produzca la 
prodigiosa diferencia que vemos entre las hembras fecundas 


381 



de la misma especie en muchos insectos sociables. 

Pero no hemos llegado todavía a la cumbre de la dificultad, 
o sea el hecho de que las neutras de varias especies de 
hormigas difieren, no sólo de los machos y hembras fecundos, 
sino también entre sí mismas, a veces en un grado casi 
increíble, y están de este modo divididas en dos y aun en tres 
castas. Las castas, además, no muestran comúnmente 
tránsitos entre sí, sino que están por completo bien definidas, 
siendo tan distintas entre sí como lo son dos especies 
cualesquiera del mismo género, o más bien dos géneros 
cualesquiera de la misma familia. Así en Eciton hay neutras 
obreras y neutras soldados, con mandíbulas e instintos 
extraordinariamente diferentes; en Cryptocerus sólo las 
obreras de una casta llevan sobre la cabeza una extraña 
especie de escudo, cuyo uso es completamente desconocido; 
en el Myrmecocystus de México, las obreras de una casta 
nunca abandonan el nido, y son alimentadas por las obreras 
de otra casta, y tienen enormemente desarrollado el 
abdomen, que segrega una especie de miel, la cual reemplaza 
la excretada por los pulgones —el ganado doméstico, como 
podría llamárseles—, que nuestras hormigas europeas 
guardan y aprisionan. 

Se creerá, verdaderamente, que tengo una confianza 
presuntuosa en el principio de la selección inatural al no 
admitir que estos hechos maravillosos y confirmados 
aniquilen de una vez mi teoría. En el caso más sencillo de 
insectos neutros todos de una casta, que, en mi opinión, se 
han hecho diferentes mediante selección natural de los 
machos y hembras fecundos, podemos, por la analogía con las 
variaciones ordinarias, llegar a la conclusión de que las 
sucesivas y pequeñas variaciones útiles no aparecieron al 
principio en todos los neutros del mismo nido, sino 
solamente en unos pocos, y que, por la supervivencia de las 


382 



sociedades que tuviesen hembras que produjesen el mayor 
número de neutros con la modificación ventajosa, llegaron 
por fin todos los neutros a estar caracterizados de este modo. 
Según esta opinión, tendríamos que encontrar 
accidentalmente en el mismo nido insectos neutros que 
presentasen gradaciones de estructura, y esto es lo que 
encontramos, y aun no raras veces, si consideramos qué 
pocos insectos han sido cuidadosamente estudiados fuera de 
Europa. Míster F. Smith ha demostrado que las neutras de 
varias hormigas de Inglaterra difieren entre sí 
sorprendentemente en tamaño, y a veces en color, y que las 
formas extremas pueden enlazarse mediante individuos 
tomados del mismo hormiguero; yo mismo he comprobado 
gradaciones perfectas de esta clase. A veces ocurre que las 
obreras del tamaño máximo o mínimo son las más 
numerosas, o que tanto las grandes como las pequeñas son 
numerosas, mientras que las de tamaño intermedio son 
escasas. Fórmica flava tiene obreras grandes y pequeñas, con 
un corto número de tamaño intermedio, y en esta especie, 
como ha observado míster F. Smith, las obreras grandes 
tienen ojos sencillos (ocelos), los cuales, aunque pequeños, 
pueden distinguirse claramente, mientras que las obreras 
pequeñas tienen sus ocelos rudimentarios. Habiendo disecado 
cuidadosamente varios ejemplares de estas obreras, puedo 
afirmar que los ojos son mucho más rudimentarios en las 
obreras pequeñas de lo que puede explicarse simplemente por 
su tamaño proporcionalmente menor, y estoy convencido, 
aun cuando no me atrevo a afirmarlo tan categóricamente, 
que las obreras de tamaño intermedio tienen sus ocelos de 
condición exactamente intermedia. De modo que, en este 
caso, tenemos en el mismo hormiguero dos grupos de obreras 
estériles, que difieren, no sólo por su tamaño, sino también 
por sus órganos de la vista, aunque están enlazadas por un 


383 



corto número de individuos de condición intermedia. Podría 
divagar añadiendo que si las obreras pequeñas hubieran sido 
las más útiles a la comunidad, y hubieran sido seleccionados 
continuamente aquellos machos y hembras que producían 
obreras cada vez más pequeñas, hasta que todas las obreras 
fuesen de esta condición, en este caso hubiésemos tenido una 
especie de hormiga con neutras casi de la misma condición 
que las de Myrmica, pues las obreras de Myrmica no tienen ni 
siquiera rudimentos de ocelos, aun cuando las hormigas 
machos y hembras de este género tienen ocelos bien 
desarrollados. 

Puedo citar otro caso: tan confiadamente esperaba yo 
encontrar accidentalmente gradaciones de estructuras 
importantes entre las diferentes castas de neutras en la misma 
especie, que aproveché gustoso el ofrecimiento hecho por 
míster F. Smith de numerosos ejemplares de un mismo nido 
de la hormiga cazadora (Anomma) del África Occidental. El 
lector apreciará quizá mejor la diferencia en estas obreras 
dándole yo, no las medidas reales, sino una comparación 
rigurosamente exacta: la diferencia era la misma que si 
viésemos hacer una casa a una cuadrilla de obreros, de los 
cuales unos tuviesen cinco pies y cuatro pulgadas de altura y 
otros diez y seis pies de altura; pero tendríamos que suponer, 
además, que los obreros más grandes tuviesen la cabeza 
cuatro veces, en lugar de tres, mayor que la de los pequeños, y 
las mandíbulas casi cinco veces mayores. Las mandíbulas, 
además, de las hormigas obreras de los diversos tamaños 
diferían prodigiosamente en forma y en la figura y número de 
los dientes. Pero el hecho que nos interesa es que, aun cuando 
las obreras pueden ser agrupadas en castas de diferentes 
tamaños, hay, sin embargo, entre ellas gradaciones 
insensibles, lo mismo que entre la conformación, tan 
diferente, de sus mandíbulas. Sobre este último punto hablo 


384 



confiado, pues Sir }. Lubbock me hizo dibujos, con la cámara 
clara, de las mandíbulas que disequé de obreras de diferentes 
tamaños. Míster Bates, en su interesante obra Naturalist on 
the Amazons, ha descrito casos análogos. 

En presencia de estos hechos, creo yo que la selección 
natural, obrando sobre las hormigas fecundas o padres, pudo 
formar una especie que produjese normalmente neutras de 
tamaño grande con una sola forma de mandíbulas, o todas de 
tamaño pequeño con mandíbulas muy diferentes, o, por 
último, y ésta es la mayor dificultad, una clase de obreras de 
un tamaño y conformación y, simultáneamente, otra clase de 
obreras de tamaño y conformación diferentes, habiéndose 
formado primero una serie gradual, como en el caso de la 
hormiga cazadora, y habiéndose producido entonces las 
formas extremas, en número cada vez mayor, por la 
supervivencia de los padres que las engendraron, hasta que no 
se produjese ya ninguna de la conformación intermedia. 

Míster Wallace ha dado una explicación análoga del caso, 
igualmente complicado, de ciertas mariposas del Archipiélago 
Malayo que aparecen normalmente con dos, y aun tres, 
formas distintas de hembra, y Frizt Müller, del de ciertos 
crustáceos del Brasil que se presentan también con dos 
formas muy distintas de macho. Pero este asunto no necesita 
ser discutido aquí. 

Acabo de explicar cómo, a mi parecer, se ha originado el 
asombroso hecho de que existan en el mismo hormiguero dos 
castas claramente definidas de obreras estériles, que difieren, 
no sólo entre sí, sino también de sus padres. Podemos ver lo 
útil que debe haber sido su producción para una comunidad 
social de hormigas, por la misma razón que la división del 
trabajo es útil al hombre civilizado. Las hormigas, sin 
embargo, trabajan mediante instintos heredados y mediante 


385 



órganos o herramientas heredados, mientras que el hombre 
trabaja mediante conocimientos adquiridos e instrumentos 
manufacturados. Pero he de confesar que, con toda mi fe en la 
selección natural, nunca hubiera esperado que este principio 
hubiese sido tan sumamente eficaz, si el caso de estos insectos 
neutros no me hubiese llevado a esta conclusión. Por este 
motivo he discutido este caso con un poco de extensión, 
aunque por completo insuficiente, a fin de mostrar el poder 
de la selección natural, y también porque ésta es, con mucho, 
la dificultad especial más grave que he encontrado en mi 
teoría. El caso, además, es interesantísimo, porque prueba que 
en los animales, lo mismo que en las plantas, puede realizarse 
cualquier grado de modificación por la acumulación de 
numerosas variaciones espontáneas pequeñas que sean de 
cualquier modo útiles, sin que haya entrado en juego el 
ejercicio o costumbre; pues las costumbres peculiares, 
limitadas a los obreras o hembras estériles, por mucho tiempo 
que puedan haber sido practicadas, nunca pudieron afectar a 
los machos y a las hembras fecundas, que son los únicos que 
dejan descendientes. Me sorprende que nadie, hasta ahora, 
haya presentado este caso tan demostrativo de los insectos 
neutros en contra de la famosa doctrina de las costumbres 
heredadas, según la ha propuesto Lamarck. 

Resumen. 

En este capítulo me he esforzado en mostrar brevemente 
que las cualidades mentales de los animales domésticos son 
variables, y que las variaciones son hereditarias. Aún más 
brevemente, he intentado demostrar que los instintos varían 
ligeramente en estado natural. Nadie discutirá que los 
instintos son de importancia suma para todo animal. Por 
consiguiente, no existe dificultad real en que, cambiando las 
condiciones de vida, la selección natural acumule hasta 
cualquier grado ligeras modificaciones de instinto que sean de 


386 



algún modo útiles. En muchos casos es probable que la 
costumbre, el uso y desuso hayan entrado en juego. No 
pretendo que los hechos citados en este capítulo robustezcan 
grandemente mi teoría; pero, según mi leal saber y entender, 
no la anula ninguno de los casos de dificultad. Por el 
contrario, el hecho de que los instintos no son siempre 
completamente perfectos y están sujetos a errores; de que no 
puede demostrarle que ningún instinto haya sido producido 
para bien de otros animales, aun cuando algunos animales 
saquen provecho del instinto de otros; de que la regla de 
Historia natural Natura non facit saltum es aplicable a los 
instintos lo mismo que a la estructura corporal, y se explica 
claramente según las teorías precedentes, pero es inexplicable 
de otro modo; tiende todo ello a confirmar la teoría de la 
selección natural. 

Esta teoría se robustece también por algunos otros hechos 
relativos a los instintos, como el caso común de especies muy 
próximas, pero distintas, que, habitando en partes distintas 
del mundo y viviendo en condiciones considerablemente 
diferentes, conservan, sin embargo, muchas veces, casi los 
mismos instintos. Por ejemplo: por el principio de la herencia 
podemos comprender por qué es que el tordo de la región 
tropical de América del Sur tapiza su nido con barro, de la 
misma manera especial que lo hace nuestro zorzal de 
Inglaterra; por qué los cálaos de África y de India tienen el 
mismo instinto extraordinario de emparedar y aprisionar las 
hembras en un hueco de un árbol, dejando sólo un pequeño 
agujero en la pared, por el cual los machos alimentan a la 
hembra y a sus pequeñuelos cuando nacen; por qué las ratillas 
machos (Troglodytes) de América del Norte hacen nidos de 
macho («cock-nests»), en los cuales descansan como los 
machos de nuestras ratillascostumbre completamente 
distinta de las de cualquier otra ave conocida. Einalmente, 


387 


puede no ser una deducción lógica, pero para mi imaginación 
es muchísimo más satisfactorio considerar instintos, tales 
como el del cuclillo joven, que expulsa a sus hermanos 
adoptivos; el de las hormigas esclavistas; el de las larvas de 
icneumónidos, que se alimentan del cuerpo vivo de las 
orugas, no como instintos especialmente creados o fundados, 
sino como pequeñas consecuencias de una ley general que 
conduce al progreso de todos los seres orgánicos; o sea, que 
multiplica, transforma y deja vivir a los más fuertes y deja 
morir a los más débiles. 


388 



CAPÍTULO IX 

Hibridismo. 

Distinción entre la esterilidad de los primeros cruzamientos y la de los híbridos. 
—La esterilidad es de grados diferentes, no es universal, está influida por la 
consaguinidad próxima, es suprimida por la domesticación.—Leyes que rigen la 
esterilidad de los híbridos.—La esterilidad no es un carácter especial, sino que 
acompaña a otras diferencias, no se acumula por selección natural.—Causas de la 
esterilidad de los primeros cruzamientos y de la de los híbridos.—Paralelismo entre 
los efectos del cambio de condiciones de vida y los del cruzamiento.—Dimorfismo y 
trimorfismo.—La fecundidad de las variedades cuando se cruzan y la de su 
descendencia mestiza, no es universal.—Comparación entre los híbridos y los 
mestizos, independientemente de su fecundidad.—Resumen. 

La opinión comúnmente mantenida por los naturalistas es 
que las especies han sido dotadas de esterilidad cuando se 
cruzan, a fin de impedir su confusión. Esta opinión, 
realmente, parece a primera vista probable, pues las especies 
que viven juntas difícilmente se hubieran conservado 
distintas si hubiesen sido capaces de cruzarse libremente. El 
asunto es, por muchos aspectos, importante, para nosotros 
especialmente, por cuanto la esterilidad de las especies 
cuando se cruzan por vez primera y la de su descendencia 
híbrida no pueden haber sido adquiridas, como demostraré, 
mediante la conservación de sucesivos grados útiles de 
esterilidad. Es un resultado incidental de diferencias en los 
aparatos reproductores de las especies madres. 

Al tratar de este asunto se han confundido generalmente 
dos clases de hechos, en gran parte fundamentalmente 
diferentes, o sea la esterilidad de las especies cuando se cruzan 
por vez primera y la esterilidad de los híbridos producidos 
por ellas. 

Las especies puras tienen, evidentemente, sus órganos de 
reproducción en estado perfecto, y, sin embargo, cuando se 
cruzan entre sí producen poca o ninguna descendencia. Por el 
contrario, los híbridos tienen sus órganos reproductores 


389 



funcionalmente impotentes, como puede verse claramente 
por la condición del elemento masculino, tanto en las plantas 
como en los animales, aun cuando los órganos formadores 
mismos sean perfectos en su estructura hasta donde la revela 
el microscopio. En el primer caso, los dos elementos sexuales 
que van a formar el embrión son perfectos; en el segundo, o 
están imperfectamente desarrollados, o no se han 
desarrollado. Esta distinción es importante cuando se ha de 
considerar la causa de la esterilidad, que es común a los dos 
casos. Probablemente se ha pasado por alto esta distinción, 
debido a que la esterilidad ha sido considerada en ambos 
casos como un don especial fuera del alcance de nuestra 
inteligencia. 

La fecundidad de las variedades —o sea de las formas que 
se sabe o se cree que han descendido de antepasados comunes 
— cuando se cruzan, y también la fecundidad de su 
descendencia mestiza, es, por lo que se refiere a mi teoría, de 
igual irriportancia que la esterilidad de las especies, pues ello 
parece constituir una amplia y clara distinción entre 
variedades y especies. 

Grados de esterilidad. 

Empecemos por la esterilidad de las especies cuando se 
cruzan y de su descendencia híbrida. Es imposible estudiar las 
diferentes memorias y obras de aquellos dos escrupulosos y 
admirables observadores, Kólreuter y Gártner, que casi 
consagraron su vida a este asunto, sin quedar profundamente 
impresionado, por lo muy general que es cierto grado de 
esterilidad. Kólreuter hace la regla universal; pero luego corta 
el nudo, pues en diez casos en los cuales encuentra que dos 
formas, consideradas por la mayor parte de los autores como 
especies distintas completamente, son fecundadas entre sí, las 
clasifica sin titubeos como variedades. Gártner también hace 


390 



la regla igualmente universal, y discute la completa 
fecundidad de los diez casos de Kólreuter; pero en este y otros 
muchos casos Gártner se ve obligado a contar 
cuidadosamente las semillas, para demostrar que hay algún 
grado de esterilidad. Compara Gártner siempre el máximo de 
semillas producido por dos especies al cruzarse por vez 
primera y el máximo producido por su descendencia híbrida, 
con el promedio producido por las dos especies progenitores 
puras en estado natural; pero aquí intervienen causas de grave 
error: una planta, para ser hibridada, tiene que ser castrada y, 
lo que muchas veces es más importante, ha de ser aislada, con 
objeto de impedir que le sea llevado por insectos el polen de 
otras plantas. Casi todas las sometidas a experimento por 
Gártner estaban plantadas en macetas, y las tenía en una 
habitación en su casa. Es indudable que estos procedimientos 
muchas veces son perjudiciales para la fecundidad de una 
planta, pues Gártner da en su cuadro una veintena 
aproximadamente de casos de plantas que castró y fecundó 
artificialmente con su propio polen, y —exceptuando todos 
los casos, como el de las leguminosas, en que existe una 
dificultad reconocida en la manipulación— en la mitad de 
estas veinte plantas disminuyó en cierto grado la fecundidad. 
Además, como Gártner cruzó repetidas veces algunas formas, 
tales como los murajes rojo y azul comunes {Anagallis 
arvensis y coerulea), que los mejores botánicos clasifican 
como variedades, y las encontró absolutamente estériles: 
podemos dudar de si muchas especies, cuando se cruzan, son 
realmente tan estériles como él creía. 

Es seguro, por una parte, que la esterilidad de diferentes 
especies, al cruzarse, es de grado tan distinto y presenta 
gradaciones tan insensibles, y, por otra, que la fecundidad de 
las especies puras es tan fácilmente influida por diferentes 
circunstancias que, para todos los fines prácticos, es 


391 



dificilísimo decir dónde termina la fecundidad perfecta y 
dónde empieza la esterilidad. Creo que no se puede pedir 
mejor prueba de esto que el que los dos observadores más 
experimentados que han existido, o sean Kólreuter y Gártner, 
llegaron a conclusiones diametralmente opuestas respecto a 
algunas formas, exactamente las mismas. Es también 
sumamente instructivo comparar —pero no tengo lugar aquí 
para entrar en detalles— las pruebas dadas por nuestros 
mejores botánicos en el problema de si ciertas formas dudosas 
tendrían que ser clasificadas como especies o como 
variedades, con las pruebas procedentes de la fecundidad 
aducidas por diferentes hibridadores o por el mismo 
observador según experimentos hechos en diferentes años. De 
este modo se puede demostrar que ni la esterilidad ni la 
fecundidad proporcionan una distinción segura entre 
especies y variedades. Las pruebas de este origen muestran 
gradaciones insensibles, y son dudosas en igual medida que 
las pruebas procedentes de otras diferencias de constitución y 
estructura. 

Por lo que se refiere a la esterilidad de los híbridos en 
generaciones sucesivas, aun cuando Gártner pudo criar 
algunos híbridos durante seis, siete y, en un caso, diez de 
generación, preservándolos de un cruzamiento con ninguno 
de los progenitores puros, afirma, sin embargo, 
positivamente, que su fecundidad nunca aumentó, sino que, 
en general, disminuyó grande y repentinamente. Por lo que se 
refiere a esta diminución, hay que advertir, en primer lugar, 
que cuando una modificación de estructura o constitución es 
común a los dos padres, muchas veces se transmite 
aumentada a la descendencia, y en las plantas híbridas ambos 
elementos sexuales están ya influidos en cierto grado. Pero, a 
mi parecer, en casi todos estos casos la fecundidad ha 
disminuido por una causa independiente, por cruzamiento 


392 



entre parientes demasiado próximos. He hecho tantos 
experimentos y reunido tantos hechos que muestran, de una 
parte, que un cruzamiento ocasional con un individuo o 
variedad diferente aumenta el vigor y fecundidad de la 
descendencia, y, por otra parte, que el cruzamiento entre 
parientes próximos disminuye su vigor y fecundidad, que no 
puedo dudar de la exactitud de esta conclusión. Los 
experimentadores raras veces crían un gran número de 
híbridos, y como las especies progenitoras u otros híbridos 
afines crecen generalmente en el mismo jardín, las visitas de 
los insectos tienen que ser cuidadosamente impedidas 
durante la época de floración, y, por consiguiente, los 
híbridos, abandonados a sí mismo, generalmente serán 
fecundados en cada generación por polen de la misma flor, y 
esto debe ser perjudicial para su fecundidad, disminuida ya 
por su origen híbrido. Me ha confirmado en esta convicción 
una afirmación notable hecha repetidamente por Gártner, o 
sea que, aun los híbridos menos fecundados, si son 
fecundados artificialmente con polen híbrido de la misma 
clase, su fecundidad, a pesar de los efectos frecuentemente 
perjudiciales de la manipulación, a veces aumenta 
francamente y continúa aumentando. Ahora bien; en el 
proceso de fecundación artificial, con tanta frecuencia se 
toma por casualidad —como sé por experiencia propia— 
polen de las anteras de otra flor como de las anteras de la 
misma flor que ha de ser fecundada, de modo que así se 
efectuaría un cruzamiento entre dos flores, aunque 
probablemente muchas veces de la misma planta. Además, al 
verificar experimentos complicados, un observador tan 
cuidadoso como Gártner tuvo que haber castrado sus 
híbridos, y esto habría asegurado en cada generación el 
cruzamiento con polen de distinta flor, bien de la misma 
planta, bien de otra de igual naturaleza híbrida, y, de este 


393 



modo, el hecho extraño de un aumento de fecundidad en las 
generaciones sucesivas de híbridos fecundados artificialmente, 
en oposición con los que espontáneamente se han fecundado 
a sí mismos, puede explicarse por haber sido evitados los 
cruzamientos entre parientes demasiado próximos. 

Pasemos ahora a los resultados a que ha llegado un tercer 
hibridador muy experimentado, el honorable y reverendo W. 
Herbert. Es tan terminante en su conclusión de que algunos 
híbridos son perfectamente fecundos —tan fecundos como 
las especies progenitoras puras—, como Gártner y Kolreuter 
lo son en que es una ley universal de la Naturaleza cierto 
grado de esterilidad entre distintas especies. Hizo aquél sus 
experiencias con algunas de las mismas especies exactamente 
con que las hizo Gártner. La diferencia de sus resultados 
puede, a mi parecer, explicarse en parte por la gran 
competencia de Herbert en horticultura y por haber tenido 
estufas a su disposición. De sus muchas observaciones 
importantes, citaré aquí nada más que una sola como 
ejemplo, a saber, «que todos los óvulos de un fruto de Crinum 
capense fecundado por C. revolutum produjeron planta, lo 
que nunca vi que ocurriese en ningún caso de su fecundación 
natural». De modo que en un primer cruzamiento entre dos 
especies distintas tenemos aquí fecundidad perfecta y aun 
más que común. 

Este caso del Crinum me lleva a mencionar un hecho 
singular, o sea, que algunas plantas determinadas de ciertas 
especies de Lobelia, Verbascum y Passiflora pueden fácilmente 
ser fecundadas por polen de una especie distinta; pero no por 
el de la misma planta, aun cuando se haya comprobado que 
este polen es perfectamente sano fecundando otras plantas o 
especies. En el género Hippeastrum, en Corydalis, según 
demostró el profesor Hildebrand, y en diferentes orquídeas, 
según demostraron míster Scott y Eritz Müller, todos los 


394 



individuos están en esta condición particular. De modo que 
en algunas especies ciertos individuos anómalos, y en otras 
todos los individuos, pueden positivamente ser hibridados 
con mucha mayor facilidad que ser fecundados por polen del 
mismo individuo. Por ejemplo, un bulbo de Hippeastrum 
aulicum produjo cuatro flores; tres fueron fecundadas con su 
propio polen por Herbert, y la cuarta fue fecundada 
posteriormente con polen de un híbrido compuesto, 
descendiente de tres especies distintas: el resultado fue que 
«los ovarios de las tres primeras flores cesaron pronto de 
crecer, y al cabo de pocos días perecieron por completo, 
mientras que el impregnado por el polen del híbrido tuvo un 
crecimiento vigoroso y se desarrolló rápidamente hasta la 
madurez, y produjo buenas semillas, que germinaron 
perfectamente». Míster Herbert hizo experimentos análogos 
durante varios años, y siempre con el mismo resultado. Estos 
casos sirven para demostrar de qué causas tan pequeñas y 
misteriosas depende a veces la mayor o menor fecundidad de 
una especie. 

Los experimentos prácticos de los horticultores, aunque no 
estén hechos con precisión científica, merecen alguna 
atención. Es notorio de qué modo tan complicado han sido 
cruzadas las especies de Pelargonium, Fuchsia, Calceolaria, 
Petunia, Rhododendron, etc., y, sin embargo, muchos de estos 
híbridos producen abundantes semillas. Por ejemplo, Herbert 
afirma que un híbrido de Calceolaria integrifolia y 
plantaginea, especies sumamente diferentes en su 

constitución general, «se reproduce tan perfectamente como 
si fuese una especie natural de las montañas de Chile». Me he 
tomado algún trabajo para determinar el grado de fecundidad 
de algunos de los cruzamientos complejos de los 

Rhododendron, y me he convencido que muchos de ellos son 
perfectamente fecundos. Míster C. Noble, por ejemplo, me 


395 



informa que cultiva para el injerto pies de un híbrido de Rh. 
ponticum y catawbiense, y que este híbrido «produce semillas 
tan abundantemente como pueda imaginarse». Si los 
híbridos, convenientemente tratados, hubiesen ido 
disminuyendo siempre en fecundidad en cada una de las 
generaciones sucesivas, como creía Gártner, el hecho hubiera 
sido bien conocido de los horticultores. Los horticultores 
cultivan grandes tablas de los mismos híbridos, y sólo así 
están cuidados convenientemente, pues, por la acción de los 
insectos, los diferentes individuos pueden cruzarse 
libremente, y de este modo se evita la influencia perjudicial de 
los cruzamientos entre parientes próximos. Todo el mundo 
puede fácilmente convencerse por sí mismo de la eficacia de 
la acción de los insectos examinando las flores de las clases 
más estériles de Rhododendron, híbridos que no producen 
polen, pues encontrará en sus estigmas gran cantidad de 
polen, traído de otras flores. 

Por lo que se refiere a los animales, se han hecho con 
cuidado muchos menos experimentos que en las plantas. Si se 
puede dar crédito a nuestras agrupaciones sistemáticas, esto 
es, si los géneros de animales son tan distintos entre sí como 
lo son los de las plantas, en este caso, podemos inferir que 
animales más distantes de la escala de la naturaleza se pueden 
cruzar con mayor facilidad que en el caso de las plantas; pero 
los híbridos mismos son, a mi parecer, más estériles. Habría 
que tener presente, sin embargo, que se han intentado pocos 
experimentos en buenas condiciones, debido a que pocos 
animales crían fácilmente en cautividad; por ejemplo, el 
canario ha sido cruzado con nueve especies distintas de 
fringílidos; pero como ninguna de éstas cría bien en 
cautividad, no tenemos derecho a esperar que haya de ser 
perfectamente fecundado su primer cruzamiento con el 
canario ni que lo hayan de ser sus híbridos. Además, por lo 


396 



que se refiere a la fecundidad en las sucesivas generaciones de 
los animales híbridos más fecundados, apenas sé de ningún 
caso en el cual hayan sido criadas a un mismo tiempo dos 
familias de la misma clase de híbrido procedentes de padres 
distintos, a fin de evitar los efectos perjudiciales de la unión 
entre parientes próximos. Por el contrario, ordinariamente 
han sido cruzados hermanos y hermanas en cada una de las 
generaciones sucesivas, en oposición a la advertencia 
constantemente repetida por todo criador; y, en este caso, no 
es nada sorprendente que la esterilidad inherente a los 
híbridos tenga que haber ido aumentando. 

Aun cuando apenas sé de casos verdaderamente bien 
comprobados de animales híbridos perfectamente fecundos, 
tengo motivos para creer que los híbridos de Cervulus 
vaginalis y Reevesii y de Phasianus colchicus con Ph. torquatus 
son perfectamente fecundos; monsieur Quatrefages dice que 
los híbridos de dos mariposas — Bombyx cynthia y arrindia — 
se comprobó en París que eran fecundos Ínter se durante ocho 
generaciones. Recientemente se ha afirmado que dos especies 
tan distintas como la liebre y el conejo, cuando se les pueden 
hacer criar entre sí, producen hijos que son sumamente 
fecundos cuando se cruzan con una de las especies 
progenituras. Los híbridos del ganso común y del ganso chino 
(A. cygnoides), especies que son tan diferentes que se 
clasifican generalmente en géneros distintos, han criado 
muchas veces en Inglaterra con una u otra de las especies 
progenituras puras y en un solo caso han criado ínter se. Esto 
fue realizado por míster Eyton, que crió dos híbridos de los 
mismos padres, pero de diferentes nidadas, y de estos dos 
individuos obtuvo nada menos que ocho híbridos —nietos de 
los gansos puros—, procedentes de una sola nidada. En la 
India, sin embargo, estos gansos cruzados deben ser mucho 
más fecundos, pues dos autoridades competentísimas, míster 


397 



Blyth y el capitán Hutton, me aseguran que en distintas partes 
del país existen manadas enteras de estos gansos cruzados, y, 
como quiera que los tienen para utilidad donde no existe 
ninguna de las especies progenituras, es indudable que han de 
ser perfectamente fecundos. 

En los animales domésticos, las diferentes razas son por 
completo fecundas cuando se cruzan, aunque en muchos 
casos descienden de dos o más especies salvajes. De este 
hecho podemos sacar la conclusión de que, o bien las especies 
progenituras primitivas produjeron al principio híbridos 
perfectamente fecundos, o bien los híbridos que fueron 
criados después en domesticidad se volvieron fecundos por 
completo. Esta última alternativa, propuesta por vez primera 
por Pallas, parece, con mucho, la más probable, y, en verdad, 
difícilmente puede ponerse en duda. Es casi seguro, por 
ejemplo, que nuestros perros descienden de diferentes 
troncos salvajes, y, sin embargo, exceptuando acaso ciertos 
perros domésticos indígenas de América del Sur, todos son 
por completo fecundos entre sí; pero la analogía me hace 
dudar mucho de que las diferentes especies primitivas hayan 
criado al principio entre sí y producido híbridos 
completamente fecundos. Además, recientemente he 
adquirido la prueba decisiva de que la descendencia cruzada 
del cebú de la India y el ganado vacuno común son 
perfectamente fecundos Ínter se; y, según las observaciones de 
Rütimeyer sobre sus importantes diferencias osteológicas, lo 
mismo que según las de míster Blyth acerca de sus diferencias 
en costumbres, voz, constitución, etc., estas dos formas han 
de ser consideradas como buenas y distintas especies. Las 
mismas observaciones pueden extenderse a las dos razas 
principales del cerdo. Por consiguiente, o bien tenemos que 
abandonar la creencia en la esterilidad universal de las 
especies cuando se cruzan, o bien tenemos que mirar esta 


398 



esterilidad en los animales, no como un distintivo indeleble, 
sino como un distintivo capaz de borrarse por la 
domesticación. 

Finalmente, considerando todos los hechos comprobados 
relativos al cruzamiento de plantas y animales, puede llegarse 
a la conclusión de que cierto grado de esterilidad, tanto en los 
primeros cruzamientos como en los híbridos, es un resultado 
sumamente general; pero que, en el estado actual de nuestros 
conocimientos, no puede considerarse como absolutamente 
universal. 

Leyes que rigen la esterilidad de los primeros cruzamientos y la 

de los híbridos. 

Consideraremos ahora, como un poco más de detalle, las 
leyes que rigen la esterilidad de los primeros cruzamientos y 
la de los híbridos. Nuestro objeto principal será ver si estas 
leyes indican o no que las especies han sido especialmente 
dotadas de esta cualidad a fin de evitar su cruzamiento y 
mezcla en completa confusión. Las conclusiones siguientes 
están sacadas principalmente de la admirable obra de Gártner 
sobre la hibridación de las plantas. Me he tomado mucho 
trabajo en comprobar hasta qué punto se aplican a los 
animales, y, considerando lo escaso que es nuestro 
conocimiento por lo que se refiere a los animales híbridos, me 
ha sorprendido ver lo general que es la aplicación de las 
mismas reglas a ambos reinos. 

Se ha hecho ya observar que el grado de fecundidad, tanto 
en los primeros cruzamientos como en los híbridos, pasa 
insensiblemente de cero a fecundidad perfecta. Es 
sorprendente ver por cuántos curiosos medios puede 
demostrarse esta gradación; pero aquí sólo es posible dar un 
simple bosquejo de los hechos. Cuando se coloca el polen de 
una planta de una familia en el estigma de una planta de otra 


399 



familia, no ejerce más influencia que otro tanto de polvo 
inorgánico. Partiendo de este cero absoluto de fecundidad, el 
polen de diferentes especies, aplicado al estigma de una 
especie del mismo género, da una gradación perfecta en el 
número de semillas producidas, hasta llegar a la fecundidad 
casi completa o completa del todo, y, como hemos visto en 
ciertos casos anómalos, hasta un exceso de fecundidad, 
superior a la que produce el propio polen de la planta. De 
igual modo en los híbridos hay algunos que nunca han 
producido —y probablemente nunca producirán—, ni aun 
con polen de los progenitores puros, una sola semilla fértil; 
pero en algunos de estos casos puede descubrirse un primer 
indicio de fecundidad en que el polen de una de las especies 
progenituras puras hace que se marchite la flor del híbrido 
antes de lo que ésta lo habría hecho en otro caso, y el 
marchitarse pronto la flor es sabido que es una señal de 
fecundación incipiente. Partiendo de este grado extremo de 
esterilidad, tenemos híbridos autofecundados que producen 
un número cada vez mayor de semillas, hasta llegar a la 
fecundidad perfecta. 

Los híbridos obtenidos de dos especies muy difíciles de 
cruzar, y que rara vez producen descendencia, son 
generalmente muy estériles; pero el paralelismo entre la 
dificultad de hacer el primer cruzamiento y la esterilidad de 
los híbridos de este modo producidos —dos clases de hechos 
que generalmente se confunden— no es, en modo alguno, 
riguroso. Hay muchos casos, como en el género Verbascum, 
en los que dos especies puras pueden unirse con 
extraordinaria facilidad y producir numerosos descendientes 
híbridos, y, no obstante, estos híbridos son marcadamente 
estériles. Por el contrario, hay especies que muy rara vez 
pueden ser cruzadas, y con extrema dificultad; pero los 
híbridos que, al fin, producen son muy fecundos. Aun dentro 


400 



de los límites de un mismo género, por ejemplo, en Dianthus, 
ocurren estos dos casos opuestos. 

La fecundidad, tanto en los primeros cruzamientos como 
en los híbridos, es influida por las condiciones desfavorables 
más fácilmente que en las especies puras. Pero la fecundidad 
del primer cruzamiento es también, por naturaleza, variable, 
pues no es siempre de igual grado cuando las dos mismas 
especies se cruzan en las mismas circunstancias: depende, en 
parte, de la constitución de los individuos que ocurre que han 
sido elegidos para el experimento. Lo mismo sucede con los 
híbridos, pues se ve con frecuencia que su grado de 
fecundidad difiere mucho en los varios individuos 
procedentes de semillas del mismo fruto y sometidos a las 
mismas condiciones. 

Por el término afinidad sistemática se entiende la 
semejanza general, en su estructura y constitución, entre dos 
especies. Ahora bien; la fecundidad de los primeros 
cruzamientos y de los híbridos producidos de ellos está regida 
en gran parte por su afinidad sistemática. Esto se ve 
claramente en que nunca se han obtenido híbridos entre 
especies clasificadas en distintas familias por los sistemáticos, 
y en que, por el contrario, las especies muy afines se unen 
generalmente con facilidad. Pero la correspondencia entre la 
afinidad sistemática y la facilidad de cruzamiento no es, en 
modo alguno, rigurosa. Podrían citarse multitud de casos de 
especies sumamente afines que no quieren unirse, o que lo 
hacen sólo con extrema dificultad, y de especies muy 
diferentes que, por el contrario, se unen con la mayor 
facilidad. En la misma familia puede haber un género, como 
Dianthus, en el que muchas especies pueden cruzarse 
facilísimamente, y otro género, como Silene, en el que han 
fracasado los más perseverantes esfuerzos para producir un 
solo híbrido entre especies sumamente próximas. Aun dentro 


401 



de los límites del mismo género nos encontramos con esta 
misma diferencia; por ejemplo: las numerosas especies del 
género Nicotiana han sido cruzadas mucho más que las 
especies de casi ningún otro género; pero Gártner encontró 
que N. acuminata, que no es una especie particularmente 
distinta, se resistió pertinazmente a ser fecundada por nada 
menos que otras ocho especies de Nicotiana y a fecundar a 
éstas. Podrían citarse muchos hechos análogos. 

Nadie ha sido capaz de señalar qué clase o qué grado de 
diferencia en algún carácter apreciable son suficientes para 
impedir que se crucen dos especies. Puede demostrarse que es 
posible cruzar plantas muy diferentes, por su aspecto general 
y régimen, y que tienen diferencias muy marcadas en todas 
las partes de su flor, incluso en el polen, en el fruto y en los 
cotiledones. Plantas anuales y perennes, árboles de hoja 
caduca y de hoja persistente, plantas que viven en diferentes 
parajes y adaptadas a climas sumamente diferentes, pueden 
muchas veces cruzarse con facilidad. 

Por cruzamiento recíproco entre dos especies, entiendo yo 
el caso, por ejemplo, de una burra cruzada primero por un 
caballo, y luego de una yegua con un asno: entonces puede 
decirse que estas dos especies se han cruzado recíprocamente. 
Muchas veces existe una diferencia inmensa, en cuanto a la 
facilidad, al hacer los cruzamientos recíprocos. Estos casos 
son de suma importancia, pues prueban que la capacidad de 
cruzamiento en dos especies es muchas veces independiente 
de su afinidad sistemática; esto es, de cualquier diferencia en 
su estructura o constitución, excepto en sus aparatos 
reproductores. La diversidad de resultados en los 
cruzamientos recíprocos entre las dos mismas especies fue 
observada hace mucho tiempo por Kólreuter. Por ejemplo: 
Mirabilis jalapa puede ser fecundada fácilmente por el polen 
de M. longiflora, y los híbridos producidos de este modo son 


402 



bastante fecundos; pero Kólreuter ensayó más de doscientas 
veces, durante ocho años consecutivos, el fecundar 
recíprocamente M. longillora con el polen de M. jalapa, y 
fracasó por completo. Podrían citarse otros varios casos 
igualmente llamativos. Thuret ha observado el mismo hecho 
en ciertas algas marinas o Fucus. Gártner, además, encontró 
que la diferencia de facilidad al hacer cruzamientos recíprocos 
es frecuentísima en un grado menor. Ha observado esto 
incluso en formas muy próximas —como Matthiola annua y 
glabra —, que muchos botánicos clasifican sólo como 
variedades. Es también un hecho notable el que los híbridos 
procedentes de cruzamientos recíprocos, aunque compuestas 
naturalmente por las dos mismas especies —pues una ha sido 
utilizada primero como padre y luego como madre—, y 
aunque rara vez difieren por caracteres externos, 
generalmente, sin embargo, difieren un poco —y a veces 
mucho— en fecundidad. 

Se podrían citar otras varias reglas particulares de Gártner; 
por ejemplo: algunas especies tienen un notable poder de 
cruzamiento con otras; otras del mismo género tienen una 
notable propiedad de imprimir su semejanza a su 
descendencia híbrida; pero estas dos propiedades no van, en 
modo alguno, necesariamente unidas. Existen ciertos híbridos 
que, en lugar de tener, como es usual, un carácter intermedio 
entre sus dos progenitores, se parecen siempre mucho a uno 
de ellos, y estos híbridos, a pesar de ser tan sumamente 
parecidos a una de sus especies progenituras puras, son, con 
raras excepciones, extremadamente estériles. También entre 
los híbridos, que ordinariamente son de conformación 
intermedia entre sus padres, nacen a veces individuos 
excepcionales y anómalos, que se parecen mucho a uno de sus 
progenitores puros, y estos híbridos, casi siempre, son 
completamente estériles, aun cuando los otros híbridos 


403 



procedentes de semillas del mismo fruto tengan un grado 
considerable de fecundidad. Estos hechos muestran hasta qué 
punto la fecundidad de un híbrido puede ser independiente 
de su semejanza extrema con uno u otro de sus progenitores 
puros. 

Considerando las diferentes reglas que se acaban de citar, 
que rigen la fecundidad de los primeros cruzamientos y de los 
híbridos, vemos que, cuando se unen formas que deben 
considerarse como buenas y distintas especies, su fecundidad 
pasa gradualmente de cero a fecundidad perfecta, o hasta 
fecundidad excesiva en determinadas condiciones; vemos que 
esta fecundidad, aparte de ser sumamente susceptible a las 
condiciones favorables o desfavorables, es, por naturaleza, 
variable; que en manera alguna lo es siempre en igual grado 
en el primer cruzamiento y en los híbridos producidos por 
éste; que la fecundidad de los híbridos no está relacionada con 
el grado en que éstos se parecen por el aspecto externo de uno 
u otro de sus padres, y, finalmente, que la facilidad de hacer el 
primer cruzamiento entre dos especies no siempre está 
regulada por su afinidad sistemática o grado de semejanza 
mutua. Esta última afirmación se prueba claramente por la 
diferencia en los resultados de cruzamientos recíprocos entre 
las dos mismas especies, pues según que una u otra se emplee 
como padre o como madre, hay generalmente alguna 
diferencia —y a veces la mayor diferencia posible— en la 
facilidad de efectuar la unión. Además, los híbridos 
producidos mediante cruzamientos recíprocos difieren 
muchas veces en fecundidad. 

Ahora bien; estas complicadas y singulares leyes, ¿indican 
que las especies han sido dotadas de esterilidad sencillamente 
para impedir su confusión en la naturaleza? Yo creo que no; 
pues ¿por qué sería la esterilidad tan sumamente variable 
cuando se cruzan diferentes especies que tendríamos que 


404 



suponer que habría de ser igualmente importante preservarlas 
de que se mezclasen? ¿Por qué el grado de esterilidad ha de 
ser, por naturaleza, variable en los individuos de la misma 
especie? ¿Por qué unas especies tendrían que cruzarse con 
facilidad, produciendo, sin embargo, híbridos muy estériles, y 
otras especies se cruzarían con extrema dificultad, 
produciendo, no obstante, híbridos bien fecundos? ¿Por qué 
tendría que existir diferencia tan grande en el resultado del 
cruzamiento recíproco entre dos mismas especies? ¿Por qué, 
puede aún preguntarse, ha sido permitida la producción de 
híbridos? Conceder a la especie la propiedad especial de 
producir híbridos y después parar su propagación ulterior por 
diferentes grados de esterilidad, no relacionados 
rigurosamente con la facilidad de la primera unión entre sus 
padres, parece una extraña disposición. 

Las leyes y hechos anteriores, por el contrario, me parece 
que indican claramente que la esterilidad, tanto de los 
primeros cruzamientos como de los híbridos, es simplemente 
incidental o dependiente de diferencias desconocidas en su 
aparato reproductor, siendo las diferencias de naturaleza tan 
particular y limitada, que, en cruzamientos recíprocos entre 
las dos mismas especies, el elemento sexual masculino de una 
actuará muchas veces sin dificultad sobre el elemento sexual 
femenino de la otra, pero no en sentido inverso. Será 
conveniente explicar un poco más, mediante un ejemplo, lo 
que entiendo por ser la esterilidad dependiente de otras 
diferencias, y no una cualidad especialmente concedida. 
Como la capacidad de una planta para ser injertada en otras 
es sin importancia para su prosperidad en estado natural, 
presumo que nadie supondrá que esta capacidad es una 
cualidad especialmente concedida, sino que admitirá que es 
dependiente de diferencias en las leyes de crecimiento de las 
dos plantas. A veces podemos ver la causa por la que un árbol 


405 



no prende en otro por diferencias en su velocidad de 
crecimiento, en la dureza de su madera, en el período de la 
subida de la savia o en la naturaleza de ésta, etc.; pero en una 
multitud de casos no podemos asignar causa alguna. Una 
gran diferencia de tamaño en las plantas, el ser una leñosa y 
otra herbácea, el ser una de hoja persistente y la otra de hoja 
caduca, y la adaptación de climas muy diferentes, no siempre 
impiden el que puedan injertarse una en otra. Lo mismo que 
en la hibridación, también en el injerto la capacidad está 
limitada por la afinidad sistemática, pues nadie ha podido 
injertar uno en otro árboles pertenecientes a familias 
completamente distintas y, por el contrario, especies muy 
afines y variedades de la misma especie pueden, por lo 
común, aunque no siempre, ser injertadas con facilidad unas 
en otras. Pero esta capacidad, lo mismo que ocurre en la 
hibridación, no está, en modo alguno, regida por la afinidad 
sistemática. Aun cuando muchos géneros distintos de la 
misma familia han sido injertados mutuamente, en otros 
casos especies del mismo género no prenden unas en otras. El 
peral puede ser injertado mucho más fácilmente en el 
membrillero, que se clasifica como un género distinto, que en 
el manzano, que pertenece al mismo género. Hasta las 
diferentes variedades del peral prenden, con distintos grados 
de facilidad, en el membrillero, y lo mismo ocurre con 
diferentes variedades de albaricoquero y melocotonero en 
ciertas variedades de ciruelo. 

Del mismo modo que Gártner encontró que a veces existía 
una diferencia innata entre los distintos individuos de la 
misma especie en el cruzamiento, también Sageret cree que 
esto ocurre en los distintos individuos de dos mismas especies 
al ser injertadas una en otra. Ocurre a veces en el injerto lo 
mismo que en los cruzamientos recíprocos: la facilidad de 
efectuar una unión, frecuentemente dista muchísimo de ser 


406 



igual; el grosellero espinoso, por ejemplo, no puede ser 
injertado en el grosellero rojo, mientras que éste prenderá, 
aunque con dificultad, en el espinoso. 

Hemos visto que la esterilidad de los híbridos que tienen 
sus órganos reproductores en estado imperfecto es un caso 
diferente de la dificultad de unir dos especies puras que tienen 
sus órganos reproductores perfectos, aun cuando estas dos 
clases distintas de hechos vayan paralelas en un gran trayecto. 
Algo análogo ocurre en el injerto, pues Thouin encontró que 
tres especies de Robinia, que daban abundantes semillas en 
sus propios pies, y que pudieron ser injertadas sin gran 
dificultad en una cuarta especie, una vez injertadas se 
volvieron estériles. Por el contrario, ciertas especies de Sorbas, 
injertadas en otras, producen el doble de fruto que cuando 
están en su propio pie. Este hecho nos recuerda los casos 
extraordinarios de Hippeastrum, Passiflora, etc., que 
producen semillas mucho más abundantes cuando son 
fecundadas por el polen de una especie distinta que cuando lo 
son por el de la misma planta. 

Vemos así que, aun cuando hay una diferencia grande y 
evidente entre la simple adherencia de tallos que se injertan y 
la unión de los elementos masculino y femenino en el acto de 
la reproducción, existe, sin embargo, un tosco paralelismo 
entre los resultados del injerto y los del cruzamiento de 
especies distintas. Y así como hemos de considerar las 
curiosas y complicadas leyes que rigen la facilidad con que los 
árboles pueden ser injertados como dependientes de 
diferencias desconocidas en su sistema vegetativo, del mismo 
modo, a mi parecer, las leyes todavía más complicadas que 
rigen la facilidad de los primeros cruzamientos dependen de 
diferencias desconocidas en el aparato reproductor. Estas 
diferencias, en ambos casos, acompañan hasta cierto punto, 
como podía esperarse, a la afinidad sistemática, término con 


407 



el que se pretende expresar toda clase de semejanza o de 
diferencia entre seres orgánicos. Los hechos no parecen 
indicar, en modo alguno, que la mayor o menor dificultad de 
injertarse o de cruzarse las diferentes especies haya sido un 
don especial, aun cuando la dificultad en el caso del 
cruzamiento es tan importante para la conservación y 
estabilidad de las formas específicas, cuanto es insignificante 
para su prosperidad en el caso de injerto. 

Origen y causas de la esterilidad de los primeros cruzamientos 
y de la de los híbridos. 

En un tiempo me pareció probable, como lo pareció a 
otros, que la esterilidad de los primeros cruzamientos y la de 
los híbridos habla sido adquirida lentamente por selección 
natural de grados un poco menores de fecundidad, que, como 
cualquier otra variación, apareció espontáneamente en ciertos 
individuos de una variedad al cruzarse con los de otra, pues 
tendría que ser evidentemente ventajoso a dos variedades o 
especies incipientes si pudiesen preservarse de mezcla, por el 
mismo principio que cuando el hombre está seleccionando al 
mismo tiempo dos variedades es necesario que las tenga 
separadas. En primer lugar, puede observarse que las especies 
que viven en regiones distintas son muchas veces estériles 
cuando se cruzan; ahora bien, no pudo evidentemente haber 
sido de ventaja alguna a estas especies separadas el haberse 
convertido en mutuamente estériles, y, por consiguiente, esto 
no pudo haberse efectuado por selección natural; aunque 
quizá pueda argüirse que, si una especie fue hecha estéril con 
relación a otra del mismo país, la esterilidad con relación a 
otras especies se seguiría como una consecuencia accidental 
necesaria. En segundo lugar, casi es tan opuesto a la teoría de 
la selección natural como a la de la creación especial el que en 
los cruzamientos recíprocos el elemento masculino de una 
forma haya sido hecho totalmente impotente para una 


408 



segunda forma, cuando, al mismo tiempo, el elemento 
masculino de esta segunda forma está perfectamente 
capacitado para fecundar a la primera; pues esta condición 
particular del sistema reproductor difícilmente pudo haber 
sido ventajoso para ninguna de las especies. 

Al considerar las probabilidades de que la selección natural 
haya entrado en juego para hacer a las especies mutuamente 
estériles, se verá que la dificultad mayor descansa en la 
existencia de muchas gradaciones sucesivas, desde la 
fecundidad un poco disminuida hasta la esterilidad absoluta. 
Puede admitirse que hubo de ser útil a una especie naciente el 
que se volviese un poco estéril al cruzarse con su forma madre 
o con alguna otra variedad, pues de este modo se produciría 
menos descendencia bastarda o degenerada que pudiese 
mezclar su sangre con la de la nueva especie en vías de 
formación. Pero quien quiera tomarse la molestia de 
reflexionar acerca de las etapas por las que pudo este primer 
grado de esterilidad llegar, mediante selección natural, hasta 
grado elevado, común en tantas especies y general en las que 
se han diferenciado hasta clasificarse en géneros o familias 
distintas, encontrará que el asunto es extraordinariamente 
complicado. Después de madura reflexión, me parece que 
esto no pudo haberse efectuado por selección natural. 
Tomemos el caso de dos especies cualesquiera que al cruzarse 
producen poca y estéril descendencia. Ahora bien: ¿qué hay 
en este caso que pudiese favorecer la supervivencia de 
aquellos individuos que acaeció que estuviesen dotados en un 
grado un poco superior de infecundidad mutua, y que, de este 
modo, se acercasen un poco hacia la esterilidad absoluta? Sin 
embargo, si se hace intervenir la teoría de la selección natural, 
tiene que haber ocurrido incesantemente un progreso de esta 
naturaleza en muchas especies, pues una multitud de ellas son 
mutuamente estériles por completo. En los insectos neutros 


409 



estériles tenemos razones para creer que las modificaciones 
en conformación y fecundidad se han acumulado lentamente 
por selección natural, debido a que ha sido proporcionada así, 
indirectamente, una ventaja a la comunidad a que pertenecen 
o a otras de la misma especie. Pero un individuo que no 
pertenece a una comunidad social, por volverse algo estéril al 
cruzarse con otra variedad, ni obtendría ninguna ventaja él 
mismo ni proporcionarla indirectamente ventajas a los otros 
individuos de la misma variedad, que condujesen a su 
conservación. 

Pero sería superfino discutir esta cuestión en detalle, pues 
tenemos en las plantas pruebas concluyentes de que la 
esterilidad de las especies cruzadas ha de ser debida a alguna 
causa por completo independiente de la selección natural. 
Tanto Gártner como Kólreuter han probado que en géneros 
que comprenden numerosas especies puede formarse una 
serie, desde las que, cruzadas, producen cada vez menos 
semillas, hasta las que nunca producen ni una sola, aun 
cuando, no obstante, son sensibles al polen de ciertas especies, 
pues el germen se hincha. En este caso es evidentemente 
imposible seleccionar los individuos más estériles que han 
cesado ya de dar semillas, de modo que este máximo de 
esterilidad, en que sólo el germen es influido, no puede haber 
sido logrado por selección; y por ser las leyes que rigen los 
diferentes grados de esterilidad tan uniformes en los reinos 
animal y vegetal, podemos deducir que la causa —cualquiera 
que sea— es la misma, o casi la misma, en todos los casos. 

Examinaremos ahora, desde un poco más cerca, la 
naturaleza probable de las diferencias entre las especies, que 
producen la esterilidad en los primeros cruzamientos y en los 
híbridos. En el caso de los primeros cruzamientos, la mayor 
dificultad en efectuar una unión y en obtener descendencia 
parece depender de varias causas distintas. A veces debe 


410 



existir una imposibilidad física en que el elemento masculino 
llegue al óvulo, como sería el caso de una planta que tuviera el 
pistilo demasiado largo para que los tubos polínicos llegasen 
al ovario. Se ha observado también que, cuando se coloca el 
polen de una especie en el estigma de otra remotamente afín, 
aunque salen los tubos polínicos, no atraviesan la superficie 
estigmática. Además, el elemento masculino puede llegar al 
elemento femenino, pero ser incapaz de determinar que se 
desarrolle un embrión, como parece que ha ocurrido en 
algunos experimentos de Thuret en Fucus. No puede darse 
explicación alguna de estos hechos, como tampoco de por qué 
ciertos árboles no pueden injertarse en otros. Finalmente, 
puede desarrollarse un embrión y morir en un período 
temprano de desarrollo. A este último caso no se le ha 
prestado atención suficiente; pero yo creo, por observaciones 
que me ha comunicado míster Hewitt, que ha alcanzado gran 
experiencia en hibridar faisanes y gallinas, que la muerte 
precoz del embrión es una causa frecuentísima de esterilidad 
en los primeros cruzamientos. Míster Salter ha dado 
recientemente los resultados del examen de unos 500 huevos 
producidos por varios cruzamientos entre tres especies de 
Gallus y sus híbridos; la mayor parte de estos huevos habían 
sido fecundados, y en la mayor parte de los huevos 
fecundados los embriones, o bien se habían desarrollado 
parcialmente y muerto luego, o bien habían llegado casi a 
término; pero los polluelos habían sido incapaces de romper 
el cascarón. De los polluelos que nacieron, más de cuatro 
quintas partes murieron en los primeros días, o, a lo sumo, en 
las primeras semanas, «sin ninguna causa manifiesta; al 
parecer, por simple incapacidad para vivir»; de modo que de 
500 huevos sólo se criaron 12 pollitos. En las plantas, los 
embriones híbridos probablemente mueren muchas veces de 
un modo semejante; por lo menos, se sabe que híbridos 


411 



producidos por especies muy diferentes son a veces débiles y 
enanos y mueren a una edad temprana, hecho del que Max 
Wichura ha citado recientemente algunos casos notables en 
sauces híbridos. Valdrá la pena de citar aquí el que, en 
algunos casos de partenogénesis, los embriones de los huevos 
de la mariposa del gusano de la seda que no han sido 
fecundados pasan por sus primeros estados de desarrollo y 
mueren luego, como los producidos por el cruzamiento de 
especies distintas. Hasta que tuve conocimiento de estos 
hechos, estaba yo mal dispuesto a creer en la frecuente muerte 
precoz de los embriones híbridos, pues los híbridos, una vez 
que han nacido, tienen generalmente buena salud y larga vida, 
según vemos en el caso de la muía. Los híbridos, sin embargo, 
están en circunstancias diferentes antes y después del 
nacimiento: cuando han nacido y viven en un país en el que 
viven las dos especies progenitoras, están, en general, en 
condiciones adecuadas de existencia; pero un híbrido 
participa sólo en cuanto a una mitad de la naturaleza y 
constitución de su madre, y, por tanto, antes del nacimiento, 
todo el tiempo que es alimentado en el útero de su madre, o 
en el huevo o semilla producidos por la madre, tiene que estar 
sometido a condiciones en cierto grado inadecuadas, y, por 
consiguiente, tiene que estar expuesto a morir en un período 
prematuro, tanto más cuanto que todos los seres muy jóvenes 
son sumamente sensibles a las condiciones de existencia 
perjudiciales y antinaturales. Pero, después de todo, la causa 
está más probablemente en alguna imperfección del primitivo 
acto de la fecundación que determina que el embrión se 
desarrolle imperfectamente, más bien que en las condiciones 
a que éste se encuentra ulteriormente sometido. 

Por lo que se refiere a la esterilidad de los híbridos, en los 
cuales los elementos sexuales están imperfectamente 
desarrollados, el caso es algo diferente. Más de una vez he 


412 



hecho alusión a un gran conjunto de hechos que demuestran 
que, cuando los animales y plantas son sacados de sus 
condiciones naturales, están sumamente expuestos a graves 
trastornos en su aparato reproductor. Este es, de hecho, el 
gran obstáculo en la domesticación de animales. Hay muchos 
puntos de semejanza entre la esterilidad provocada de este 
modo y la de los híbridos. En ambos casos la esterilidad es 
independiente de la salud general, y muchas veces va 
acompañada de un exceso de tamaño o de gran exuberancia. 
En ambos casos la esterilidad se presenta en grados diferentes; 
en ambos el elemento masculino está más expuesto a ser 
influido, pero algunas veces el elemento femenino lo está más. 
En ambos, la tendencia acompaña, hasta cierto punto, a la 
afinidad sistemática, pues grupos enteros de animales y 
plantas se vuelven impotentes por las mismas condiciones 
antinaturales, y grupos enteros de especies tienden a producir 
híbridos estériles. Por el contrario, una especie de un grupo 
resistirá a veces grandes cambios de condiciones sin variar la 
fecundidad, y ciertas especies de un grupo producirán un 
número extraordinario de híbridos fecundos. Nadie, hasta 
que lo ensaye, puede decir si un animal determinado criará en 
cautividad, o si una planta exótica sometida a cultivo 
producirá abundantes semillas, como tampoco puede decir, 
hasta que lo ensaye, si dos especies de un género producirán 
híbridos más o menos estériles. Por último, cuando los seres 
orgánicos están colocados durante varias generaciones en 
condiciones no naturales para ellos, se encuentran muy 
expuestos a variar, lo que parece, en parte, debido a que su 
aparato reproductor ha sido particularmente influido, aunque 
menos que cuando sobreviene la esterilidad. Lo mismo ocurre 
con los híbridos, pues sus descendientes en las generaciones 
sucesivas están muy sujetos a variación, como han observado 
todos los experimentadores. 


413 



Así vemos que cuando los seres orgánicos se encuentran 
situados en condiciones nuevas y antinaturales, y cuando se 
producen híbridos por el cruzamiento no natural de dos 
especies, el sistema reproductor, independientemente del 
estado general de salud, es influido de un modo muy 
semejante. En el primer caso, las condiciones de vida han sido 
perturbadas, aunque muchas veces tan poco, que es 
inapreciable para nosotros; en el segundo caso —el de los 
híbridos—, las condiciones externas han continuado siendo 
las mismas; pero la organización ha sido perturbada, porque 
se han mezclado, formando una sola, dos estructuras y 
condiciones distintas, incluyendo evidentemente los sistemas 
reproductores; pues apenas es posible que dos organizaciones 
puedan combinarse en una sin que ocurra alguna 
perturbación en el desarrollo, en la acción periódica, en las 
relaciones mutuas de las diferentes partes y órganos entre sí o 
con las condiciones de vida. Cuando los híbridos son capaces 
de criar Ínter se, transmiten a sus descendientes, de 
generación en generación, la misma organización compuesta, 
y, por consiguiente, no tenemos que sorprendernos de que su 
esterilidad, aunque algo variable, no disminuya; es incluso 
susceptible de aumentar, siendo esto generalmente el 
resultado, como antes se explicó, del cruzamiento entre 
parientes demasiado próximos. La precedente opinión de que 
la esterilidad de los híbridos es producida porque dos 
constituciones se han combinado en una, ha sido 
enérgicamente defendida por Max Wichura. 

Tenemos, sin embargo, que reconocer que no podemos 
explicar con esta teoría, ni con otra alguna, varios hechos 
referentes a la esterilidad de los híbridos producidos por 
cruzamientos recíprocos, y a la esterilidad mayor de los 
híbridos que, accidental y excepcionalmente, se parecen 
mucho a uno u otro de sus progenitores puros. Tampoco 


414 



pretendo que las observaciones precedentes lleguen a la raíz 
del asunto; no se ha dado explicación alguna de por qué un 
organismo se vuelve estéril cuando está colocado en 
condiciones no naturales. Lo único que pretendo demostrar 
es que en dos casos por algunos conceptos semejantes, la 
esterilidad es el resultado común, debido, en un caso, a que 
las condiciones de vida han sido perturbadas, y en el otro, a 
que la organización ha sido perturbada porque dos 
organizaciones se han combinado en una sola. 

Un paralelismo semejante existe en una clase afín, aunque 
muy diferente, de hechos. Es una creencia antigua y casi 
universal, fundada en un conjunto considerable de pruebas 
que he dado en otro lugar, que los cambios ligeros en las 
condiciones de vida son beneficiosos para todos los seres 
vivientes. Vemos que los labradores y jardineros efectúan esto 
con los frecuentes cambios de semillas, tubérculos, etc., de un 
suelo o clima a otros, y viceversa. Durante la convalecencia de 
los animales resulta muy beneficioso cualquier cambio en sus 
costumbres. Además, existen pruebas evidentísimas de que, 
tanto en los animales como en las plantas, un cruzamiento 
entre individuos de la misma especie, que difieran hasta cierto 
punto, proporciona vigor y fecundidad a la descendencia, y 
que la unión entre los parientes muy próximos durante varias 
generaciones, si están mantenidos en las mismas condiciones 
de vida, conducen, casi siempre, a diminución de tamaño, a 
debilidad o esterilidad. 

Parece, pues, por consiguiente, que, de una parte, los 
pequeños cambios en las condiciones de vida son beneficiosos 
a todos los seres orgánicos, y, de otra, que los cruzamientos 
pequeños —esto es, cruzamientos entre machos y hembras de 
la misma especie, que han estado sometidos a condiciones 
diferentes o que han variado ligeramente— dan vigor y 
fecundidad a la descendencia. Pero, como hemos visto, los 


415 



seres orgánicos acostumbrados durante mucho tiempo a 
ciertas condiciones uniformes en estado natural, cuando son 
sometidos, como ocurre en cautividad, a un cambio 
considerable en las condiciones, con mucha frecuencia se 
vuelven más o menos estériles; y sabemos que un 
cruzamiento entre dos formas que han llegado a ser muy 
diferentes, o específicamente diferentes, produce híbridos que 
son casi siempre estériles en algún grado. Estoy 
completamente persuadido que este doble paralelismo no es, 
en modo alguno, una casualidad ni una ilusión. El que pueda 
explicar por qué el elefante y otros muchos animales son 
incapaces de criar cuando se les tiene en un confinamiento, 
tan sólo parcial, en su país natal, podrá explicar la causa 
fundamental de que los híbridos sean estériles de un modo 
tan general. Y al mismo tiempo podrá explicar por qué las 
razas de algunos animales domésticos, que han sido 
sometidas muchas veces a condiciones nuevas y no 
uniformes, son completamente fecundas entre sí, aun cuando 
desciendan de distintas especies, que es probable que, si se 
hubieran cruzado primitivamente, hubiesen sido estériles. 
Estas dos series paralelas de hechos parecen estar relacionadas 
entre sí por algún lazo común y desconocido relacionado 
esencialmente con el principio de la vida; siendo este 
principio, según míster Herbert Spencer, que la vida depende 
o consiste en la incesante acción y reacción de diferentes 
fuerzas, que, como en toda la naturaleza, están siempre 
tendiendo al equilibrio, y cuando esta tendencia es 
ligeramente perturbada por un cambio, las fuerzas vitales 
aumentan de poder. 

Dimorfismo y trimorfismo recíprocos. 

Este asunto puede ser discutido aquí brevemente, y se verá 
que proyecta alguna luz sobre el hibridismo. Diferentes 
plantas, pertenecientes a distintos órdenes, presentan dos 


416 



formas que existen representadas por un número 
aproximadamente igual de individuos y que no difieren en 
nada, excepto en sus órganos reproductores, teniendo una 
forma el pistilo largo y los estambres cortos y la otra el pistilo 
corto y los estambres largos, y siendo los granos de polen de 
tamaño diferente en ellas. En las plantas trimorfas existen tres 
formas también diferentes en la longitud de sus pistilos y 
estambres, en el tamaño y color de los granos de polen y en 
otros caracteres; y, como en cada una de las tres formas hay 
dos clases de estambres, las tres formas poseen, en junto, seis 
clases de estambres y tres de pistilos. Estos órganos tienen su 
longitud tan proporcionada entre sí, que la mitad de los 
estambres en dos de las formas están al nivel del estigma de la 
tercera forma. Ahora bien, he demostrado —y este resultado 
ha sido conformado por otros observadores— que, para 
obtener en estas plantas fecundidad completa, es necesario 
que el estigma de una forma sea fecundado por el polen 
tomado de los estambres de altura correspondiente en otra 
forma. De modo que en las especies dimorfas dos uniones — 
que pueden llamarse legitimas— son completamente 
fecundas y otras dos —que pueden llamarse ilegítimas— son 
más o menos infecundas. En las especies trimorfas seis 
uniones son legítimas o completamente fecundas, y doce son 
ilegítimas o más o menos infecundas. 

La infecundidad que se puede observar en diferentes 
plantas dimorfas y trimorfas cuando son fecundas 
ilegítimamente —esto es, por polen tomado de estambres que 
no corresponden en altura al pistilo—, difiere mucho en 
grado hasta llegar a la esterilidad absoluta y completa, 
exactamente lo mismo que ocurre en los cruzamientos de 
especies distintas. En este último caso, el grado de esterilidad 
depende mucho de que las condiciones de vida sean más o 
menos favorables: y lo mismo he observado en las uniones 


417 



ilegítimas. Es bien conocido que si en el estigma de una flor se 
coloca el polen de una especie distinta y luego —aun después 
de un espacio de tiempo considerable— se coloca en el mismo 
estigma su propio polen, la acción del segundo es tan 
vigorosamente preponderante, que, en general, anula el efecto 
del polen precedente; lo mismo ocurre con el polen de las 
diferentes formas de la misma especie, pues el polen legítimo 
es enérgicamente preponderante sobre el ilegítimo cuando se 
colocan ambos sobre el mismo estigma. Me he cerciorado de 
esto fecundando diferentes flores, primero ilegítimamente y 
veinticuatro horas después legítimamente, con polen tomado 
de una variedad de color particular, y todas las plantitas 
procedentes de las semillas eran de este mismo color; esto 
demuestra que el polen legítimo, aunque aplicado 
veinticuatro horas después, había destruido por completo, o 
evitado, la acción del polen ilegítimo anteriormente aplicado. 
Además, en este caso —lo mismo que al hacer cruzamientos 
recíprocos entre dos especies— hay, a veces, una gran 
diferencia en los resultados, y lo mismo ocurre en las especies 
trimorfas; por ejemplo, la forma de estilo mediano de 
Lythrum salicaria fue fecundada ilegítimamente, con la mayor 
facilidad, por el polen de los estambres largos de la forma de 
estilo corto, y produjo muchas semillas; pero esta última 
forma no produjo ni una sola semilla al ser fecundada por los 
estambres largos de la forma de estilo mediano. 

Por todos estos conceptos, y por otros que podrían 
añadirse, las formas de una misma especie indubitable, 
cuando se unen ilegítimamente, se conducen exactamente del 
mismo modo que dos especies distintas cuando se cruzan. 
Esto me condujo a observar cuidadosamente, durante cuatro 
años, muchas plantas nacidas de semillas procedentes de 
varias uniones ilegítimas. El resultado principal es que estas 
plantas ilegítimas —como pueden llamarse— no son por 


418 



completo fecundas. Es posible obtener de las especies 
dimorías plantas ilegitimas, tanto de estilo largo como de 
estilo corto, y de las plantar, trimorfas, las tres formas 
ilegítimas. Estas pueden después unirse debidamente de un 
modo legitimo. Cuando se ha hecho esto, no parece que haya 
razón alguna para que no den tantas semillas como dieron sus 
padres cuando fueron fecundados legítimamente. Pero no 
ocurre así; todas ellas son infecundas en diferentes grados, 
siendo algunas tan completa e incorregiblemente estériles, 
que no produjeron, en cuatro temporadas, ni una sola semilla, 
y ni siquiera un fruto. La esterilidad de estas plantas ilegítimas 
al unirse entre sí de un modo legítimo puede compararse 
rigurosamente con la de los híbridos cuando se cruzan ínter 
se. Por otra parte, si un híbrido se cruza con una u otra de las 
especies progenitoras puras, la esterilidad ordinariamente 
disminuye mucho, y lo mismo ocurre cuando una planta 
ilegítima es fecundada por una planta legítima. Del mismo 
modo que la esterilidad de los híbridos no va siempre paralela 
con la dificultad de hacer el primer cruzamiento entre las dos 
especies progenitoras, también la esterilidad de ciertas plantas 
ilegítimas fue extraordinariamente grande, mientras que la 
esterilidad de la unión de que derribaron no fue nada grande. 
En híbridos procedentes de semillas del mismo fruto, el grado 
de esterilidad es variable, por predisposición innata, y lo 
mismo ocurre, de un modo bien señalado, en las plantas 
ilegítimas. Por último, muchos híbridos dan con persistencia 
flores abundantes, mientras que otros híbridos más estériles 
dan pocas flores, y son débiles y miserables enanos; casos 
exactamente análogos se presentan en la descendencia 
ilegítima de diversas plantas dimorfas y trimorfas. 

En conjunto, entre las plantas ilegítimas y los híbridos 
existe la mayor identidad en caracteres y modo de conducirse. 
Apenas es exageración sostener que las plantas ilegítimas son 


419 



híbridos producidos dentro de los límites de una misma 
especie por la unión irregular de ciertas formas, mientras que 
los híbridos ordinarios están producidos por una unión 
irregular entre las llamadas especies distintas. Ya hemos visto, 
además, que existe la mayor semejanza por todos conceptos 
entre las primeras uniones ilegítimas y los primeros 
cruzamientos entre especies distintas. Esto, quizá, se haría 
aún más patente mediante un ejemplo; supongamos que un 
botánico encontrase dos variedades bien señaladas —como 
las hay— de la forma de estilo largo del Lythrum salicaria, que 
es trimorfo, y que decidiese experimentar por cruzamiento si 
eran o no especíticamente distintas. El botánico verla que 
producían sólo un quinto aproximadamente del número 
normal de semillas, y que se conducían en todos los 
conceptos antes detallados como si fuesen dos especies 
distintas. Pero, para cerciorarse, tendría que criar plantas de 
las semillas supuestas híbridas, y encontraría que las plantas 
nacidas de ellas eran miserablemente enanas y 
completamente estériles, y que se conducían en todos los 
restantes conceptos lo mismo que los híbridos ordinarios. El 
botánico podría entonces sostener que había probado 
positivamente, de conformidad con la opinión común, que las 
dos variedades eran dos especies tan buenas y distintas como 
cualesquiera otras del mundo; sin embargo, se habría 
engañado por completo. 

Los hechos que se acaban de citar, referentes a las plantas 
dimorfas y trimorfas, son importantes: primero, porque nos 
muestran que la prueba fisiológica de diminución de 
fecundidad, tanto en los primeros cruzamientos como en los 
híbridos, no es un criterio seguro de distinción específica; 
segundo, porque podemos sacar la conclusión de que existe 
algún lazo desconocido que une la infecundidad de las 
uniones ilegítimas con la de su ilegítima descendencia, y nos 


420 



vemos llevados a hacer extensiva la misma opinión a los 
primeros cruzamientos y a los híbridos; y tercero, porque 
encontramos —y esto me parece de particular importancia— 
que pueden existir dos o tres formas de la misma especie, que 
no difieren por ningún concepto, ni de estructura ni de 
constitución, con relación a las condiciones externas, y, sin 
embargo, son estériles cuando se unen de ciertos modos; pues 
debemos recordar que la unión que resulta estéril es la de 
elementos sexuales de los individuos de la misma forma — 
por ejemplo, de dos formas de estilo largo—, mientras que la 
unión de elementos sexuales pertenecientes a dos formas 
distintas es la que resulta fecunda. Por consiguiente, el caso 
aparece, a primera vista, exactamente a la inversa de lo que 
sucede en las uniones ordinarias de individuos de la misma 
especie y en cruzamientos entre especies distintas. Sin 
embargo, es dudoso que realmente sea así; pero no me 
extenderé sobre este asunto tan obscuro. 

De la consideración de las plantas dimorfas y trimorfas 
podemos, sin embargo, deducir, como probable, que la 
esterilidad de diferentes especies cuando se cruzan y de su 
progenie híbrida depende exclusivamente de la naturaleza de 
sus elementos sexuales, y no de alguna diferencia en su 
estructura y constitución general. Nos lleva también a esta 
misma conclusión el considerar los cruzamientos recíprocos 
en los que el macho de una especie no puede ser unido, o 
puede serlo sólo con gran dificultad, a la hembra de una 
segunda especie, mientras que el cruzamiento inverso puede 
efectuarse con toda facilidad. Gártner, tan excelente 
observador, llegó también a la conclusión de que las especies, 
cuando se cruzan, son estériles debido a diferencias limitadas 
a sus aparatos reproductores. 

La fecundidad de las variedades al cruzarse y de su 
descendencia mestiza no es universal 


421 



Puede presentarse como un argumento abrumador, que 
tiene que haber alguna distinción esencial entre las especies y 
las variedades, puesto que estas últimas, por mucho que 
puedan diferir entre sí por su apariencia externa, se cruzan 
con toda facilidad y producen descendencia completamente 
fecunda. Salvo algunas excepciones, que se citarán ahora, 
admito por completo que ésta es la regla. Pero el asunto está 
rodeado de dificultades, pues, por lo que se refiere a las 
variedades producidas en la naturaleza, si dos formas tenidas 
hasta ahora como variedades se encuentra que son estériles 
entre sí en algún grado, la mayor parte de los naturalistas las 
clasificarán inmediatamente como especies. Por ejemplo: de 
los murajes de flores azules y los de flores blancas, que son 
considerados como variedades por la mayor parte de los 
botánicos, Gártner dice que son completamente estériles al 
cruzarse, y, en consecuencia, los clasifica como especies 
indubitables. Si argüimos así, en un circulo vicioso, 
seguramente tendrá que concederse la fecundidad de todas las 
variedades producidas en la naturaleza. 

Si nos dirigimos a las variedades producidas, o que se 
supone que han sido producidas, en domesticidad, nos vemos 
también envueltos por alguna duda; pues cuando se 
comprueba, por ejemplo, que ciertos perros domésticos 
indígenas de América del Sur no se unen fácilmente con los 
perros europeos, la explicación que a todo el mundo se le 
ocurrirá, y que probablemente es la verdadera, es que 
descienden de especies primitivamente distintas. Sin 
embargo, la fecundidad perfecta de tantas razas domésticas, 
que difieren tanto en apariencia —por ejemplo, las razas de la 
paloma o las de la col— es un hecho notable, especialmente si 
reflexionamos cuántas especies existen que, aun cuando se 
asemejen entre sí mucho, son absolutamente estériles al 
cruzarse. Varias consideraciones, sin embargo, hacen menos 


422 



notable la fecundidad de las variedades domésticas. En primer 
lugar, puede observarse que el grado de diferencia externa 
entre dos especies no es un indicio seguro de su grado de 
esterilidad mutua, de modo que diferencias análogas en el 
caso de las variedades no constituirían un indicio seguro. Es 
indudable que, en las especies, la causa descansa 
exclusivamente en diferencias en su constitución sexual. 
Ahora bien; las condiciones variables a que han sido 
sometidos los animales domésticos y las plantas cultivadas 
han tendido tan poco a modificar el sistema reproductor de 
manera que condujese a la esterilidad mutua, que tenemos 
buen fundamento para admitir la doctrina diametralmente 
opuesta, de Pallas, o sea, que tales condiciones, por lo general, 
eliminan esta tendencia, de modo que llegan a ser 
completamente fecundos entre si los descendientes 
domésticos de especies que, en su estado natural, habrían sido 
probablemente estériles, en cierto grado, al cruzarse. En las 
plantas, tan lejos está el cultivo de producir una tendencia a la 
esterilidad entre especies distintas, que en varios casos bien 
comprobados, a los que antes se hizo referencia, ciertas 
plantas han sido modificadas de un modo opuesto, pues han 
llegado a hacerse impotentes para sí mismas, aunque 
conservando todavía la facultad de fecundar a otras especies y 
de ser fecundadas por éstas. Si se admite la doctrina de Pallas 
de la eliminación de la esterilidad mediante domesticidad 
muy prolongada —doctrina que difícilmente puede 
rechazarse—, se hace sumamente improbable el que 
condiciones análogas prolongadas durante mucho tiempo 
produzcan igualmente la tendencia a la esterilidad, aun 
cuando, en ciertos casos, en especies de una constitución 
peculiar, pudo a veces la esterilidad producirse de este modo. 
Así podemos, creo yo, comprender por qué no se han 
producido en los animales domésticos variedades que sean 


423 



mutuamente estériles, y por qué en las plantas se han 
observado sólo un corto número de estos casos, que 
inmediatamente van a ser citados. 

La verdadera dificultad en la cuestión presente no me 
parece que sea por qué las variedades domésticas no se han 
vuelto mutuamente infecundas al cruzarse, sino por qué ha 
ocurrido esto de un modo tan general en las variedades 
naturales, tan luego como se han modificado en grado 
suficiente para llegar a la categoría de especies. Estamos muy 
lejos de conocer exactamente la causa, y esto no es 
sorprendente viendo nuestra profunda ignorancia respecto a 
la acción normal y anormal del aparato reproductor. Pero 
podemos ver que las especies, debido a su lucha por la 
existencia con numerosos competidores, habrán estado 
expuestas durante largos períodos de tiempos a condiciones 
más uniformes que lo han estado las variaciones domésticas, y 
esto puede muy bien producir una gran diferencia en el 
resultado, pues sabemos cuán comúnmente se vuelven 
estériles las plantas y animales salvajes al sacarlos de sus 
condiciones naturales y someterlos a cautividad, y las 
funciones reproductoras de los seres orgánicos que han vivido 
siempre en condiciones naturales es probable que sean, de la 
misma manera, sumamente sensibles a la influencia de un 
cruzamiento antinatural. Las producciones domésticas que, al 
contrario, como muestra el simple hecho de su domesticidad, 
no eran primitivamente muy sensibles a los cambios en sus 
condiciones de vida y que pueden generalmente resistir 
ahora, sin diminución en su fecundidad, repetidos cambios de 
condiciones de vida, puede esperarse que produzcan 
variedades que estén poco expuestas a que sus facultades 
reproductoras sean influidas perjudicialmente por el acto del 
cruzamiento con otras variedades que se originaron de un 
modo análogo. 


424 



Hasta ahora he hablado como si las variedades de la misma 
especie fuesen invariablemente fecundadas al cruzarse entre 
sí; pero es imposible resistirse a la evidencia de que existe un 
cierto grado de esterilidad en el corto número de casos 
siguientes, que resumiré brevemente. Las pruebas son, por lo 
menos, tan buenas como aquellas por las cuales creemos en la 
esterilidad de una multitud de especies. Las pruebas proceden 
también de testigos adversarios, que, en todos los casos, 
consideran la fecundidad y la esterilidad como un criterio 
seguro de distinción específica. Gártner conservó en su 
huerta, creciendo una junto a otra, durante varios años, una 
clase enana de maíz de granos amarillos y una variedad alta 
de granos rojos, y aun cuando estas plantas tienen los sexos 
separados, jamás se cruzaron mutuamente. Luego fecundó 
trece flores de una clase con el polen de la otra; pero 
únicamente una sola espiga produjo semilla, y ésta produjo 
sólo cinco granos. Como las plantas tienen los sexos 
separados, la manipulación en este caso no pudo ser 
perjudicial. Nadie, creo yo, ha sospechado que estas 
variedades de maíz sean especies distintas, y es importante 
advertir que las plantas híbridas así obtenidas fueron 
completamente fecundas; de modo que hasta Gártner no se 
aventuró a considerar las dos variedades como 
específicamente distintas. 

Girou de Buzareingues cruzó tres variedades de calabaza 
vinatera, planta que, lo mismo que el maíz, tiene los sexos 
separados, y afirma que su fecundación mutua es tanto menos 
fácil cuanto sus diferencias son mayores. No sé hasta qué 
punto estas experiencias puedan ser dignas de crédito; pero 
las formas con que se experimentó son clasificadas como 
variedades por Sageret, que funda principalmente su 
clasificación en la prueba de la fecundidad, y Naudin ha 
llegado a la misma conclusión. 


425 



El caso siguiente es mucho más notable, y a primera vista 
parece increíble; pero es el resultado de un número 
asombroso de experimentos hechos durante muchos años en 
nueve, especies de Verbascum por tan buen observador y tan 
contrario testigo como Gártner. Consiste este caso en que, 
cuando se cruzan, las variedades amarillas y blancas producen 
menos semillas que las variedades de igual color de la misma 
especie. Es más: afirma que, cuando variedades amarillas y 
blancas de una especie se cruzan con variedades amarillas y 
blancas de una especie distinta, se producen más semillas en 
los cruzamientos entre flores del mismo color que en los 
cruzamientos entre flores de color diferente. Míster Scott 
también ha hecho experiencias en las especies y variedades de 
Verbascum, y, aunque no ha podido confirmar los resultados 
de Gártner sobre el cruzamiento de las especies distintas, 
encuentra que las variedades que tienen color diferente 
producen menos semillas —en la relación de 86 a 100— que 
las variedades del mismo color. Sin embargo, estas variedades 
no difieren en nada, excepto en el color de sus flores, y una 
variedad puede a veces obtenerse de la semilla de otra. 

Kolreuter, cuya exactitud ha sido confirmada por todos los 
observadores posteriores, ha demostrado el hecho notable de 
que una variedad del tabaco común era más fecunda que 
otras al cruzarla con una especie muy distinta. Hizo 
experiencias con cinco formas que comúnmente son 
reputadas como variedades, las cuales ensayó con la más 
rigurosa prueba, o sea mediante cruzamientos recíprocos, y 
encontró que su descendencia mestiza era completamente 
fecunda; pero una de estas cinco variedades, utilizada ya 
como padre, ya como madre, y cruzada con la Nicotiana 
glutinosa, producía siempre híbridos no tan estériles como los 
producidos por las otras cuatro variedades al cruzarlas con N. 
glutinosa. Por consiguiente, el aparato reproductor de aquella 


426 



variedad tiene que haber sido en algún modo y en cierto 
grado modificado. 

En vista de estos hechos, no se puede sostener ya más el 
que las variedades, al cruzarse, son invariablemente fecundas 
por completo. De la gran dificultad de cerciorarnos de la 
fecundidad de las variedades en estado natural —pues si se 
probase que una supuesta variedad es infecunda en algún 
grado serla clasificada casi universalmente como una especie 
—; de que el hombre atienda sólo a los caracteres externos en 
las variedades domésticas, y de que estas variedades no hayan 
estado sometidas, durante períodos muy largos, a condiciones 
uniformes de vida: de estas diferentes condiciones, podemos 
sacar la conclusión de que la fecundidad al cruzarse no 
constituye una distinción fundamental entre las variedades y 
las especies. La esterilidad general de las especies cruzadas 
puede seguramente ser considerada, no como una 
adquisición o don especial, sino como consecuencia 
incidental de cambios de naturaleza desconocida en los 
elementos sexuales. 

Comparación entre los híbridos y los mestizos, 
independientemente de su fecundidad. 

Independientemente de la cuestión de fecundidad, los 
descendientes del cruzamiento de especies y variedades 
pueden ser comparados por otros varios conceptos. Gártner, 
cuyo mayor deseo era trazar una línea de separación entre 
especies y variedades, no pudo encontrar entre la llamada 
descendencia híbrida de las especies y la llamada 
descendencia mestiza de las variedades más que poquísimas 
diferencias, a mi parecer completamente insignificantes; y, 
por el contrario, ambas se asemejan muchísimo por varios 
conceptos importantes. 

Discutiré aquí este asunto con suma brevedad. La 


427 



diferencia más importante es que, en la primera generación, 
los mestizos son más variables que los híbridos; pero Gártner 
admite que los híbridos de especies que han sido cultivadas 
durante mucho tiempo son con frecuencia variables en la 
primera generación, y yo mismo he visto ejemplos llamativos 
de este hecho. Gártner admite, además, que los híbridos entre 
especies muy próximas son más variables que los de especies 
muy diferentes, y esto muestra que la diferencia en el grado 
de variabilidad desaparece gradualmente. Guando los 
híbridos más fecundos y los mestizos se propagan por varías 
generaciones, es notoria, en ambos casos, una extrema 
variabilidad en la descendencia; pero podrían citarse algunos 
ejemplos tanto de híbridos como de mestizos que 
conservaron mucho tiempo un carácter uniforme. Sin 
embargo, la variabilidad en las generaciones sucesivas de 
mestizos es quizá mayor que en los híbridos. 

Esta variabilidad mayor en los mestizos que en los híbridos, 
no parece, en modo alguno, sorprendente; pues los padres de 
mestizos son variedades, y en la mayor parte de los casos 
variedades domésticas —poquísimos experimentos se han 
intentado con variedades naturales—, y esto implica que ha 
habido variación reciente, la cual muchas veces continuaría y 
aumentaría la que resulta del acto del cruzamiento. La débil 
variabilidad de los híbridos en la primera generación, en 
contraste con la que existe en las generaciones sucesivas, es un 
hecho curioso y merece atención, pues apoya la opinión que 
he admitido acerca de una de las causas de variabilidad 
ordinaria, o sea que el aparato reproductor, por ser 
sumamente sensible al cambio de condiciones de vida, deja en 
estas circunstancias de realizar su función propia de producir 
descendencia sumamente semejante por todos conceptos a la 
forma progenitora. Ahora bien; los híbridos, en la primera 
generación, descienden de especies que, exceptuando las 


428 



cultivadas durante mucho tiempo, no han tenido su aparato 
reproductor modificado de modo alguno, y no son variables; 
pero los híbridos mismos tienen su aparato reproductor 
gravemente perturbado, y sus descendientes son sumamente 
variables. 

Pero, volviendo a nuestra comparación entre los mestizos y 
los híbridos, Gártner establece que los mestizos son algo más 
propensos que los híbridos a volver a una u otra de las formas 
progenitoras, aunque esto, si es exacto, es con seguridad sólo 
una diferencia de grado. Es más, Gártner expresamente 
afirma que los híbridos de plantas cultivadas durante mucho 
tiempo están más sujetos a reversión que los híbridos en 
estado natural, y esto probablemente explica la singular 
diferencia en los resultados a que han llegado los distintos 
observadores; así, Max Wichura, que experimentó en formas 
no cultivadas de sauces, duda de si los híbridos vuelven o no 
alguna vez a sus formas progenitoras; mientras que, por el 
contrario, Naudin, que experimentó principalmente con 
plantas cultivadas, insiste, en los términos más enérgicos, 
sobre la tendencia casi universal de los híbridos a la reversión. 
Gártner comprueba, además, que cuando dos especies 
cualesquiera, aun cuando sean muy próximas, se cruzan con 
una tercera, los híbridos son muy diferentes entre sí; mientras 
que si dos variedades muy distintas de una especie se cruzan 
con otra especie, los híbridos no difieren mucho. Pero esta 
conclusión, hasta donde he podido averiguar, se funda en un 
solo experimento, y parece diametralmente opuesta a los 
resultados de diferentes experimentos hechos por Kólreuter. 

Estas solas son las diferencias sin importancia que puede 
Gártner señalar entre las plantas híbridas y mestizas. Por otra 
parte, los grados y clases de semejanza de mestizos e híbridos 
con sus padres respectivos, especialmente de los híbridos 
producidos por especies próximas, siguen, según Gártner, las 


429 



mismas leyes. Cuando se cruzan dos especies, a veces tiene 
una la facultad predominante de imprimir su semejanza al 
híbrido. Creo yo que esto ocurre en las variedades de plantas, 
y en los animales es seguro que una variedad tiene su facultad 
predominante sobre la otra. Las plantas híbridas procedentes 
de un cruzamiento recíproco se asemejan generalmente 
mucho entre sí, y lo mismo ocurre con las plantas mestizas 
procedentes de cruzamientos recíprocos. Tanto los híbridos 
como los mestizos, pueden ser reducidos a una u otra de las 
formas progenitoras mediante cruzamientos repetidos en 
generaciones sucesivas con una de ellas. 

Estas diferentes observaciones parecen aplicables a los 
animales; pero el asunto, en este caso, es muy,complicado, 
debido, en parte, a la existencia de caracteres sexuales 
secundarios, pero más especialmente a que el predominio en 
transmitir la semejanza es más enérgico pasando por un sexo 
que por el otro, tanto cuando una especie se cruza con otra 
especie como cuando una variedad se cruza con otra 
variedad. Por ejemplo, creo que tienen razón los autores que 
sostienen que el asno tiene una acción predominante sobre el 
caballo; de modo que, tanto el mulo como el burdégano, se 
asemejan más al asno que al caballo; pero el predominio es 
más enérgico por el garañón que por la borrica; de modo que 
el mulo, que es hijo de garañón y yegua, es más parecido al 
asno que el burdégano, que es hijo de borrica y caballo. 

Se ha dado mucha importancia por algunos autores al 
hecho de que sólo en los mestizos la descendencia no tiene un 
carácter intermedio, sino que se asemeja mucho a uno de sus 
padres; pero esto ocurre también en los híbridos, aun cuando 
convengo que con mucha menos frecuencia que en los 
mestizos. Considerando los casos que he reunido de animales 
cruzados que se asemejan mucho a uno de los padres, las 
semejanzas parecen limitadas principalmente a caracteres de 


430 



naturaleza casi monstruosa, y que han aparecido de repente, 
tales como albinismo, melanismo, falta de cola o de cuernos, 
o dedos adicionales, y no se refieren a caracteres que han sido 
adquiridos lentamente por selección. La tendencia a la vuelta 
repentina al carácter perfecto de uno u otro de los padres 
tendría también que presentarse con más facilidad en los 
mestizos que descienden de variedades muchas veces 
producidas de repente y de carácter semimonstruoso, que en 
híbridos que descienden de especies producidas lenta y 
naturalmente. En conjunto, estoy completamente conforme 
con el doctor Prosper Lucas, quien, después de ordenar un 
enorme cúmulo de hechos referentes a los animales, llega a la 
conclusión de que las leyes de semejanza del hijo con sus 
padres son las mismas, tanto si los padres difieren poco como 
si difieren mucho entre sí, o sea, tanto en la unión de 
individuos de la misma variedad como en la de variedades 
diferentes o de especies, distintas. 

Independientemente de la cuestión de la fecundidad y 
esterilidad, por todos los otros conceptos parece haber una 
semejanza estrecha y general entre la descendencia del 
cruzamiento de especies y la del cruzamiento de variedades. 
Si consideramos las especies como creadas especialmente y las 
variedades como producidas por leyes secundarias esta 
semejanza sería un hecho sorprendente; pero este hecho se 
armoniza perfectamente con la opinión de que no hay 
diferencia esencial entre especies y variedades. 

Resumen del capítulo. 

Los primeros cruzamientos entre formas lo bastante 
distintas para que sean clasificadas como especies y los 
híbridos de ellas, son muy generalmente —aunque no 
siempre— estériles. La esterilidad presenta todos los grados, y 
con frecuencia es tan ligera, que los experimentadores más 


431 



cuidadosos han llegado a conclusiones diametralmente 
opuestas al clasificar formas mediante esta prueba. La 
esterilidad es variable por disposición innata en individuos de 
la misma especie, y es sumamente sensible a la acción de 
condiciones favorables y desfavorables. El grado de esterilidad 
no acompaña rigurosamente a la afinidad sistemática, sino 
que es regulado por diferentes leyes curiosas y complicadas. 
En general es diferente —y a veces muy diferente— en los 
cruzamientos recíprocos entre dos mismas especies. No 
siempre es del mismo grado en el primer cruzamiento y en los 
híbridos producidos por éste. 

Así como al injertar árboles la capacidad de una especie o 
variedad para prender en otra depende de diferencias, 
generalmente de naturaleza desconocida, en sus sistemas 
vegetativos, del mismo modo en los cruzamientos la mayor o 
menor facilidad de una especie para unirse a otra depende de 
diferencias desconocidas en sus aparatos reproductores. No 
hay más razón para pensar que las especies han sido dotadas 
especialmente de diferentes grados de esterilidad para 
impedir su cruzamiento y confusión en la naturaleza, que 
para pensar que los árboles han sido dotados de grados 
diferentes y algo análogos de dificultad al ser injertados, con 
objeto de impedir en los montes su injerto por aproximación. 

La esterilidad en los primeros cruzamientos y en los de su 
descendencia híbrida no ha sido adquirida por selección 
natural. En los primeros cruzamientos parece depender de 
diferentes circunstancias; en muchos casos depende, en gran 
parte, de la muerte prematura del embrión. En el caso de los 
híbridos, parece depender de que toda su organización ha 
sido perturbada por estar compuesta por dos formas distintas, 
siendo la esterilidad muy semejante a la que experimentan 
con tanta frecuencia las especies puras cuando se someten a 
condiciones de vida nuevas y no naturales. Quien explique 


432 



estos últimos casos podrá explicar la esterilidad de los 
híbridos. Esta opinión se encuentra vigorosamente sostenida 
por un paralelismo de otra clase, o sea que, en primer lugar, 
pequeños cambios en las condiciones de vida aumentan el 
vigor y fecundidad de todos los seres vivientes, y, además, que 
el cruzamiento de formas que han estado sometidas a 
condiciones de vida ligeramente diferentes, o que han 
variado, es favorable al tamaño, vigor y fecundidad de la 
descendencia. Los hechos citados acerca de la esterilidad de 
las uniones ilegítimas de plantas dimorfas y trimorfas y de su 
descendencia ilegítima hacen, quizá, probable el que exista 
algún lazo desconocido que una en todos los casos la 
fecundidad de las primeras uniones con la de los 
descendientes. La consideración de estos hechos relativos al 
dimorfismo, lo mismo que la de los resultados de 
cruzamientos recíprocos, lleva claramente a la conclusión de 
que la causa primaria de la esterilidad en los cruzamientos de 
las especies está limitada a diferencias en sus elementos 
sexuales. Pero no sabemos por qué los elementos sexuales, en 
el caso de las especies distintas, se tienen que haber 
modificado en mayor o menor grado de un modo tan general, 
conduciendo a su infecundidad mutua, aunque esto parece 
tener alguna relación estrecha con el que las especies han 
estado sometidas durante largos períodos de tiempo a 
condiciones de vida casi uniformes. 

No es sorprendente que la dificultad de cruzar dos especies 
y la esterilidad de su descendencia híbrida se correspondan en 
la mayor parte de los casos, aun cuando se deban a causas 
distintas; pues ambas dependen del grado de diferencia entre 
las especies cruzadas. Tampoco es sorprendente que la 
facilidad de efectuar el primer cruzamiento, la fecundidad de 
los híbridos de este modo producidos y la capacidad de 
injertarse —aun cuando esta última dependa evidentemente 


433 



de circunstancias muy diferentes— vayan todas, hasta cierto 
punto, paralelas a la afinidad sistemática de las formas 
sometidas a experimento, pues la afinidad sistemática 
comprende semejanzas de todas clases. 

Los primeros cruzamientos entre formas que se sabe que 
son variedades, o lo suficientemente parecidas para ser 
consideradas como tales, y los cruzamientos entre sus 
descendientes mestizos, son muy generalmente fecundos, 
pero no invariablemente como con tanta frecuencia se ha 
afirmado. Tampoco es sorprendente esta fecundidad casi 
perfecta cuando se recuerda lo expuestos que estamos, por lo 
que se refiere a las variedades en estado natural, a discutir en 
un círculo vicioso, y cuando recordamos que el mayor 
número de variedades han sido producidas en domesticidad 
por la selección de simples diferencias externas y no han 
estado sometidas durante mucho tiempo a condiciones 
uniformes de vida. Debemos tener especialmente presente 
también que la domesticidad prolongada tiende a eliminar la 
esterilidad, y, por consiguiente, es poco adecuada para 
producir esta misma cualidad. Independientemente de la 
cuestión de la fecundidad, por todos los otros conceptos 
existe la mayor semejanza general entre híbridos y mestizos, 
en su variabilidad, en su facultad de absorberse mutuamente 
por cruzamientos repetidos y en heredar caracteres de ambas 
formas progenitoras. Por último, pues, aun cuando estemos 
tan ignorantes de la causa precisa de la esterilidad de los 
primeros cruzamientos y de la de los híbridos, como lo 
estamos de por qué se vuelven estériles los animales y plantas 
sacados de sus condiciones naturales, sin embargo, los hechos 
citados en este capítulo no me parecen opuestos a la idea de 
que las especies existieron primitivamente como variedades. 


434 



CAPÍTULO X 

De la Imperfección de los registros geológicos. 

Ausencia actual de variedades intermedias.—Naturaleza de las variedades 
intermedias extinguidas; su número.—Tiempo transcurrido, según se infiere de la 
velocidad de denudación y de depósito.—Tiempo transcurrido, evaluado en años.— 
Pobreza de nuestras colecciones paleontológicas.—Intermitencia de las formaciones 
geológicas.—Denudación de las áreas graníticas.—Ausencia de variedades 
intermedias en una formación.—Aparición súbita de grupos de especies.—Su 
aparición súbita en los estratos fosiliferos inferiores conocidos.—Antigüedad de la 
tierra habitable. 

En el capítulo sexto he enumerado las objeciones 
principales que se podían presentar razonablemente en contra 
de las opiniones sostenidas en este libro. La mayor parte de 
ellas han sido ya discutidas. Una, la distinción clara de las 
formas específicas y el no estar ligadas entre sí por 
innumerables formas de transición, es una dificultad 
evidentísima. He expuesto razones por las cuales estas formas 
de tránsito no se presentan, por lo común, actualmente, aun 
en las circunstancias al parecer las más favorables para su 
presencia, o sea, en un territorio extenso y continuo, con 
condiciones físicas que varíen gradualmente de unos lugares a 
otros. Me esforcé en demostrar que la vida de cada especie 
depende más de la presencia de otras formas orgánicas ya 
definidas que del clima, y por consiguiente, que las 
condiciones de vida reinantes no pasan en realidad tan 
insensiblemente por gradaciones como el calor y la humedad. 
Me esforcé también en demostrar que las variaciones 
intermedias, por estar representadas por número menor de 
individuos que las formas que enlazan, serán generalmente 
derrotadas y exterminadas en el trascurso de ulteriores 
modificaciones y perfeccionamientos. Sin embargo, la causa 
principal de que no se presenten por todas partes en la 
naturaleza innumerables formas intermedias, depende del 
proceso mismo de selección natural, mediante el cual 


435 



variedades nuevas ocupan continuamente los puestos de sus 
formas madres, a las que suplantan. Pero el número de 
variedades intermedias que han existido en otro tiempo tiene 
que ser verdaderamente enorme, en proporción, 
precisamente, a la enorme escala en que ha obrado el proceso 
de exterminio. ¿Por qué, pues, cada formación geológica y 
cada estrato no están repletos de estos eslabones intermedios? 
La Geología, ciertamente, no revela la existencia de tal serie 
orgánica delicadamente gradual, y es ésta, quizá, la objeción 
más grave y clara que puede presentarse en contra de mi 
teoría. La explicación está, a mi parecer, en la extrema 
imperfección de los registros geológicos. 

En primer lugar, habría que tener siempre presente qué 
clase de formas intermedias tienen que haber existido en otro 
tiempo, según mi teoría. Considerando dos especies 
cualesquiera, he encontrado difícil evitar el imaginarse formas 
directamente intermedias entre ellas; pero ésta es una opinión 
errónea; hemos de buscar siempre formas intermedias entre 
cada una de las especies y un antepasado común y 
desconocido, y este antepasado, por lo general, habrá diferido 
en algunos conceptos de todos sus descendientes 
modificados. Demos un ejemplo sencillo: la paloma colipavo 
y la buchona descienden ambas de la paloma silvestre; si 
poseyésemos todas las variedades intermedias que han 
existido en todo tiempo, tendríamos dos series sumamente 
completas entre ambas y la paloma silvestre; pero no 
tendríamos variedades directamente intermedias entre la 
colipavo y la buchona; ninguna, por ejemplo, que reuniese 
una cola algo extendida con un buche algo dilatado, que son 
los rasgos característicos de estas dos razas. Estas dos razas, 
sin embargo, han llegado a modificarse tanto, que, si no 
tuviésemos ninguna prueba histórica o directa sobre su 
origen, no hubiera sido posible el haber determinado, por la 


436 



simple comparación de su conformación con la de la paloma 
silvestre, C. livia, si habían descendido de esta especie o de 
alguna otra forma próxima, tal como C. aenas. 

Lo mismo ocurre con las especies naturales; si 
consideramos formas muy distintas, por ejemplo, el caballo y 
el tapir, no tenemos motivo para suponer que alguna vez 
existieron formas directamente intermedias entre ambas, sino 
entre cada una de ellas y un antepasado común desconocido. 
El progenitor común habrá tenido en toda su organización 
una gran semejanza general con el tapir y el caballo, pero en 
algunos puntos de conformación puede haber diferido 
considerablemente de ambos, hasta quizá más de lo que ellos 
difieren entre sí. Por consiguiente, en todos estos casos 
seríamos incapaces de reconocer la forma madre de dos o más 
especies, aun cuando comparásemos la estructura de ella con 
las de sus descendientes modificados, a menos que, al mismo 
tiempo, tuviésemos una cadena casi completa de eslabones 
intermedios. 

Apenas es posible, según mi teoría, el que de dos especies 
vivientes pueda una haber descendido de la otra —por 
ejemplo, un caballo de un tapir—, y, en este caso, habrán 
existido eslabones directamente intermedios entre ellas. Pero 
este caso supondría que una forma había permanecido sin 
modificación durante un período, mientras que sus 
descendientes habían experimentado un cambio considerable, 
y el principio de la competencia entre organismo y 
organismo, entre hijo y padre, hará que esto sea un 
acontecimiento rarísimo; pues, en todos los casos, las formas 
de vida nuevas y perfeccionadas tienden a suplantar las no 
perfeccionadas y viejas. 

Según la teoría de la selección natural, todas las especies 
vivientes han estado enlazadas con la especie madre de cada 


437 



género, mediante diferencias no mayores que las que vemos 
hoy día entre las variedades naturales y domésticas de la 
misma especie; y estas especies madres, por lo general 
extinguidas actualmente, han estado a su vez igualmente 
enlazadas con formas más antiguas y así retrocediendo, 
convergiendo siempre en el antepasado común de cada una 
de las grandes clases. De este modo, el número de eslabones 
intermediarios y de transición entre todas las especies 
vivientes y extinguidas tiene que haber sido 
inconcebiblemente grande; pero, si esta teoría es verdadera, 
seguramente han vivido sobre la tierra. 

Tiempo transcurrido, según se deduce de la velocidad de 
depósito y de la extensión de la denudación. 

Independientemente de que no encontramos restos fósiles 
de estas formas de unión infinitamente numerosas, puede 
hacerse la objeción de que el tiempo no debe haber sido 
suficiente para un cambio orgánico tan grande si todas las 
variaciones se han efectuado lentamente. Apenas me es 
posible recordar al lector que no sea un geólogo práctico los 
hechos que conducen a hacerse una débil idea del tiempo 
transcurrido. El que sea capaz de leer la gran obra de sir 
Carlos Lyell sobre los Principios de Geología —que los 
historiadores futuros reconocerán que ha producido una 
revolución en las ciencias naturales— y, con todo, no admita 
la enorme duración de los períodos pasados de tiempo, puede 
cerrar inmediatamente el presente libro. No quiere esto decir 
que sea suficiente estudiar los Principios de Geología, o leer 
tratados especiales de diferentes observadores acerca de 
distintas formaciones, y notar cómo cada autor intenta dar 
una idea insuficiente de la duración de cada formación y aun 
de cada estrato. Podemos conseguir mejor formarnos alguna 
idea del tiempo pasado conociendo los agentes que han 
trabajado y dándonos cuenta de lo profundamente que ha 


438 



sido denudada la superficie de la tierra y de la cantidad de 
sedimentos que han sido depositados. Como Lyell ha hecho 
muy bien observar, la extensión y grueso de las formaciones 
sedimentarlas son el resultado y la medida de la denudación 
que ha experimentado la corteza terrestre. Por consiguiente, 
tendría uno que examinar por si mismo los enormes cúmulos 
de estratos superpuestos y observar los arroyuelos que van 
arrastrando barro y las olas desgastando los acantilados, para 
comprender algo acerca de la duración del tiempo pasado, 
cuyos monumentos vemos por todas partes a nuestro 
alrededor. 

Es excelente recorrer una costa que esté formada de rocas 
algo duras y notar el proceso de destrucción. En la mayor 
parte de los casos, las mareas llegan a los acantilados dos 
veces al día y sólo durante un corto tiempo, y las olas no las 
desgastan mas que cuando van cargadas de arena o de 
guijarros, pues está probado que el agua pura no influye nada 
en el desgaste de rocas. Al fin, la base del acantilado queda 
minada, caen enormes trozos, y éstos, permaneciendo fijos, 
han de ser desgastados, partícula a partícula, hasta que, 
reducido su tamaño, pueden ser llevados de acá para allá por 
las olas, y entonces son convertidos rápidamente en cascajo, 
arena o barro. Pero ¡qué frecuente es ver, a lo largo de las 
bases de los acantilados que se retiran, peñascos redondeados, 
todos cubiertos por una gruesa capa de producciones 
marinas, que demuestran lo poco que son desgastados y lo 
raro que es el que sean arrastrados! Es más: si seguimos unas 
cuantas millas una línea de acantilado rocoso que esté 
experimentando erosión, encontramos que sólo en algún que 
otro sitio, a lo largo de alguna pequeña extensión o alrededor 
de un promontorio, están los acantilados sufriéndola 
actualmente. El aspecto de la superficie y de la vegetación 
muestra que en cualquiera de las demás partes han pasado 


439 



años desde que las aguas bañaron su base. 

Sin embargo, recientemente, las observaciones de Ramsay, 
a la cabeza de muchos excelentes observadores —de Jukes, 
Geikie, Croll y otros—, nos han enseñado que la erosión 
atmosférica es un agente mucho más importante que la 
acción costera, o sea la acción de las olas. Toda la superficie 
de la tierra está expuesta a la acción química del aire y del 
agua de lluvia, con su ácido carbónico disuelto, y, en los 
países fríos, a las heladas; la materia desagregada es 
arrastrada, aun por los declives suaves, durante las lluvias 
fuertes y, más de lo que podría suponerse, por el viento, 
especialmente en los países áridos; entonces es transportada 
por las corrientes y ríos, que, cuando son rápidos, ahondan 
sus cauces y trituran los fragmentos. En un día de lluvia 
vemos, aun en una comarca ligeramente ondulada, los efectos 
de la erosión atmosférica en los arroyuelos fangosos que bajan 
por todas las cuestas. Míster Ramsay y míster Whitaker han 
demostrado —y la observación es notabilísima— que las 
grandes líneas de escarpas del distrito weáldico y las que se 
extienden a través de Inglaterra, que en otro tiempo fueron 
consideradas como antiguas costas, no pueden haberse 
formado, de este modo, pues cada línea está constituida por 
una sola formación, mientras que nuestros acantilados 
marinos, en todas partes, están formados por la intersección 
de diferentes formaciones. Siendo esto así, nos vemos 
forzados a admitir que las líneas de escarpas deben su origen, 
en gran parte, a que las rocas de que están compuestas han 
resistido la denudación atmosférica mejor que las superficies 
vecinas; estas superficies, por consiguiente, han sido 
gradualmente rebajadas, quedando salientes las líneas de roca 
más dura. Nada produce en la imaginación una impresión 
más enérgica de la inmensa duración del tiempo —según 
nuestras ideas de tiempo— como la convicción, de este modo 


440 



conseguida, de que han producido grandes resultados los 
agentes atmosféricos, que aparentemente tienen tan poca 
fuerza y que parecen trabajar con tanta lentitud. 

Una vez impuestos así de la lentitud con que la tierra es 
desgastada por la acción atmosférica y litoral, es conveniente, 
a fin de apreciar la duración del tiempo pasado, considerar, 
de una parte, las masas de rocas que han sido eliminadas de 
muchos territorios extensos, y, de otra parte, el grosor de 
nuestras formaciones sedimentarias. Recuerdo que quedé 
impresionadísimo cuando vi islas volcánicas que habían sido 
desgastadas por las olas y recortadas todo alrededor, 
formando acantilados perpendiculares de 1.000 a 2.000 pies 
de altura, pues la suave pendiente de las corrientes de lava, 
debida a su primer estado líquido, indicaba al instante hasta 
dónde se había avanzado en otro tiempo en el mar las capas 
duras rocosas. La misma historia nos refieren, aún más 
claramente, las fallas, estas grandes hendeduras a lo largo de 
las cuales los estratos se han levantado en un lado o hundido 
en el otro hasta una altura o profundidad de miles de pies; 
pues desde que la corteza se rompió —y no hay gran 
diferencia, bien fuese el levantamiento brusco, bien fuese 
lento y efectuado por muchos movimientos pequeños, como 
lo creen hoy la mayor parte de los geólogos— la superficie de 
la tierra ha sido nivelada tan por completo, que exteriormente 
no es visible indicio alguno de estas grandes dislocaciones. La 
falla de Graven, por ejemplo, se extiende a más de treinta 
millas, y a lo largo de esta línea el movimiento vertical de los 
estrados varía de 600 a 3.000 pies. El profesor Ramsay ha 
publicado un estudio de un hundimiento en Anglesea de 
2.300 pies, y me informa que está convencido de que existe 
otro en Merionethshire de 12.000 pies, y, sin embargo, en 
estos casos nada hay en la superficie de la tierra que indique 
tan prodigiosos movimientos; pues el cúmulo de rocas ha sido 


441 



arrastrado hasta quedar por igual a ambos lados de la falla. 

Por otro lado, en todas las partes del mundo las masas de 
estratos sedimentarios tienen un grosor asombroso. En la 
cordillera de los Andes he calculado en 10.000 pies una masa 
de conglomerados, y aun cuando es probable que los 
conglomerados se hayan acumulado más de prisa que los 
sedimentos finos, sin embargo, como están formados de 
guijarros pulimentados y redondeados, cada uno de los cuales 
lleva el sello del tiempo, sirven para mostrar con qué lentitud 
tuvo la masa que acumularse. El profesor Ramsay me ha 
indicado el máximo grosor —según medidas positivas en la 
mayor parte de los casos— de las sucesivas formaciones en 
diferentes partes de la Gran Bretaña, y el resultado es el 
siguiente: 

Estratos paleozoicos (sin incluir las capas 

ígneas) 57.154 pies. 

Estratos secundarios 13.190 — 

Estratos terciarios 2.240 — 

que hacen, en junto, 72.584 pies, esto es, casi trece millas 
inglesas y tres cuartos. Algunas de estas formaciones, que 
están representadas en Inglaterra por capas delgadas, tienen 
en el Continente miles de pies de grueso. Es más, entre cada 
una de las formaciones sucesivas tenemos, según la opinión 
de la mayor parte de los geólogos, períodos de enorme 
extensión en blanco; de modo que el altísimo cúmulo de rocas 
sedimentarias en Inglaterra nos da una idea incompleta del 
tiempo transcurrido durante su acumulación. La 

consideración de estos diferentes hechos produce en la mente 
casi la misma impresión que el vano esfuerzo por alcanzar la 
idea de la eternidad. 

Sin embargo, esta impresión es, en parte, falsa. Míster 


442 



Croll, en un interesante trabajo, hace observar que no nos 
equivocamos «al formar una concepción demasiado grande 
de la duración de los períodos geológicos», sino al evaluarlos 
por años. Cuando los geólogos consideran fenómenos largos 
y complicados, y luego consideran cifras que representan 
varios millones de años, las dos cosas producen un efecto 
completamente diferente, e inmediatamente las cifras son 
declaradas demasiado pequeñas. Por lo que se refiere a la 
denudación atmosférica, míster Croll demuestra —calculando 
la cantidad conocida de sedimentos acarreados anualmente 
por los ríos, en relación con sus cuencas— que, de la altura 
media de todo el territorio, serían quitados de este modo, a 
medida que fuesen gradualmente destruidos, mil pies de roca 
sólida en el trascurso de seis millones de años. Esto parece un 
resultado asombroso, y algunas consideraciones llevan a la 
sospecha que puede ser demasiado grande; pero, aun 
reducido a la mitad, o a la cuarta parte, es todavía muy 
sorprendente. Pocos de nosotros, sin embargo, sabemos lo 
que realmente significa un millón; míster Croll da el siguiente 
ejemplo: tómese una tira estrecha de papel de 83 pies y 4 
pulgadas de largo, y extiéndasela a lo largo de la pared de una 
gran sala; señálese entonces en un extremo la décima parte de 
una pulgada; esta décima de pulgada representará un siglo, y 
la tira entera un millón de años. Pero, en relación con el 
asunto de esta obra, téngase presente lo que quiere decir un 
siglo, representado, como lo está, por una medida 
completamente insignificante, en una sala de las dimensiones 
dichas. Varios eminentes criadores, en el transcurso de su sola 
vida, han modificado tanto algunos animales superiores — 
que propagan su especie mucho más lentamente que la mayor 
parte de los inferiores—, que han formado lo que merece 
llamarse una nueva subraza. Pocos hombres se han ocupado, 
con el cuidado debido, de ninguna casta durante más de 


443 



medio siglo; de modo que cien años representa el trabajo de 
dos criadores sucesivos. No hay que suponer que las especies 
en estado natural cambian siempre tan rápidamente como los 
animales domésticos bajo la dirección de la selección 
metódica. Sería por todos conceptos mejor la comparación 
con los efectos que resultan de la selección inconsciente, esto 
es, de la conservación de los animales más útiles y hermosos, 
sin intención alguna de modificar la raza; y por este proceso 
de selección inconsciente se han modificado sensiblemente 
diferentes razas en el transcurso de dos o tres siglos. 

Las especies, sin embargo, cambian probablemente con 
mayor lentitud, y en un mismo país sólo un corto número 
cambian al mismo tiempo. La lentitud es consecuencia de que 
todos los habitantes del mismo país están ya tan bien 
adaptados entre sí, que en la economía de la naturaleza no se 
presentan, sino con largos intervalos, nuevos puestos debidos 
a cambios físicos de alguna clase o a la inmigración de formas 
nuevas. Es más: variaciones o diferencias individuales de 
naturaleza conveniente, mediante las que algunos de los 
habitantes pudiesen estar mejor adaptados a sus nuevos 
puestos en las circunstancias modificadas, no siempre tienen 
que aparecer simultáneamente. Por desgracia, no tenemos 
medio alguno de determinar, midiéndolo por años, el tiempo 
requerido para modificarse una especie; pero sobre esta 
cuestión del tiempo hemos de insistir. 

Pobreza de las colecciones paleontológicas. 

Volvamos ahora la vista a nuestros más ricos museos 
geológicos, y ¡qué triste espectáculo contemplamos! Que 
nuestras colecciones son incompletas, lo admite todo el 
mundo. Nunca debiera olvidarse la observación del admirable 
paleontólogo Edward Eorbes, de que muchísimas especies 
fósiles son conocidas y clasificadas por ejemplares únicos, y a 


444 



veces rotos, o por un corto número de ejemplares recogidos 
en un solo sitio. Tan sólo una pequeña parte de la superficie 
de la tierra ha sido explorada geológicamente, y en ninguna 
con el cuidado suficiente, como lo prueban los importantes 
descubrimientos que cada año se hacen en Europa. Ningún 
organismo blando por completo puede conservarse. Las 
conchas y huesos se descomponen y desaparecen cuando 
quedan en el fondo del mar donde no se estén acumulando 
sedimentos. Probablemente estamos en una idea 
completamente errónea cuando admitimos que casi en todo 
el fondo del mar se están depositando sedimentos con una 
velocidad suficiente para enterrar y conservar restos fósiles. 
En toda una parte enormemente grande del océano, el claro 
color azul del agua demuestra su pureza. Los muchos casos 
registrados de una formación cubierta concordantemente, 
después de un inmenso espacio de tiempo, por otra 
formación posterior, sin que la capa subyacente haya sufrido 
en el intervalo ningún desgaste ni dislocación, parecen sólo 
explicables admitiendo que el fondo del mar no es raro que 
permanezca en estado invariable durante tiempos inmensos. 
Los restos que son enterrados, si lo son en arena o cascajo, 
cuando las capas hayan emergido, se disolverán, 
generalmente, por la infiltración del agua de lluvia, cargada de 
ácido carbónico. Algunas de las muchas especies de animales 
que viven en la costa, entre los limites de la marea alta y la 
marea baja, parece que rara vez son conservados. Por 
ejemplo, las diferentes especies de ctamalinos —subfamilia de 
cirrípedos sésiles— cubren en número infinito las rocas en 
todo el mundo: son todos estrictamente litorales, excepto una 
sola especie mediterránea que vive en aguas profundas, y ésta 
se halló fósil en Sicilia, mientras que ninguna otra, hasta hoy, 
ha sido hallada en ninguna formación terciaria, y, sin 
embargo, se sabe que el género Chthamalus existió durante el 


445 



período cretácico. Por último, algunos depósitos grandes, que 
requieren un gran espacio de tiempo para su acumulación, 
están enteramente desprovistos de restos orgánicos, sin que 
podamos señalar razón alguna. Uno de los ejemplos más 
notables es el Flysch, que consiste en pizarras y areniscas de 
un grueso de varios miles de pies —a veces hasta seis mil—, y 
que se extiende por lo menos en trescientas millas de Viena a 
Suiza, y, aun cuando esta gran masa ha sido cuidadosamente 
explorada, no se han encontrado fósiles, excepto algunos 
restos vegetales. 

Por lo que se refiere a las especies terrestres que vivieron 
durante los períodos secundarios y paleozoicos, es innecesario 
afirmar que los testimonios que tenemos son en extremo 
fragmentarios; por ejemplo: hasta hace poco no se conocía 
ningún molusco terrestre perteneciente a ninguno de estos 
dos extensos períodos, excepto una especie descubierta por sir 
C. Lyell y el doctor Dawson en los estratos carboníferos de 
América del Norte; pero ahora se han encontrado conchas 
terrestres en el lías. Por lo que se refiere a los restos de 
mamíferos, una ojeada a la tabla histórica publicada en el 
Manual de Lyell nos convencerá, mucho mejor que páginas 
enteras de detalles, de lo accidental y rara que es su 
conservación. Tampoco es sorprendente esta escasez, si 
recordamos la gran cantidad de huesos de mamíferos 
terciarios que han sido descubiertos, ya en las cavernas, ya en 
los depósitos lacustres, y que no se conoce ni una caverna ni 
una verdadera capa lacustre que pertenezca a la edad de 
nuestras formaciones secundarias y paleozoicas. 

Pero la imperfección en los registros geológicos resulta, en 
gran parte, de otra causa más importante que ninguna de las 
precedentes, o sea de que las diferentes formaciones están 
separadas unas de otras por grandes intervalos de tiempo. 
Esta doctrina ha sido categóricamente admitida por muchos 


446 



geólogos y paleontólogos, que, como E. Forbes, no creen en 
modo alguno en la transformación de las especies. Cuando 
vemos las formaciones dispuestas en cuadros en las obras 
escritas, o cuando las seguimos en la naturaleza, es difícil 
evitar el creer que son estrictamente consecutivas; pero 
sabemos, por ejemplo, por la gran obra de sir R. Murchison 
sobre Rusia, las inmensas lagunas que hay en este país entre 
formaciones superpuestas; lo mismo ocurre en América del 
Norte y en otras muchas partes del mundo. El más hábil 
geólogo, si su atención hubiera estado limitada 
exclusivamente a estos grandes territorios, nunca hubiese 
sospechado que durante los períodos que fueron estériles, y 
como no escritos en su propio país, se habían acumulado en 
otras partes grandes masas de sedimentos cargados de formas 
orgánicas nuevas y peculiares. Y si en cada territorio separado 
apenas puede formarse una idea del tiempo que ha 
transcurrido entre las formaciones consecutivas, hemos de 
inferir que éste no se pudo determinar en parte alguna. Los 
grandes y frecuentes cambios en la composición mineralógica 
de formaciones consecutivas, como suponen generalmente 
grandes cambios en la geografía de las tierras que las rodean, 
de las cuales provenía el sedimento, están de acuerdo con la 
idea de que han transcurrido inmensos intervalos de tiempo 
entre cada una de las formaciones. 

Podemos, creo yo, comprender por qué las formaciones 
geológicas de cada región son casi siempre intermitentes — 
esto es, que no han seguido unas a otras—, formando una 
serie interrumpida. Cuando estaba explorando varios cientos 
de millas de las costas de América del Sur, que se han 
levantado varios centenares de pies en el periodo moderno, 
casi ningún hecho me llamó tanto la atención como la 
ausencia de depósitos recientes lo bastante extensos para 
conservarse siquiera durante un corto período geológico. A lo 


447 



largo de toda la costa occidental, que está poblada por una 
fauna marina particular, las capas terciarias están tan 
pobremente desarrolladas, que probablemente no se 
conservará en una edad lejana testimonio alguno de las varias 
faunas marinas especiales y sucesivas. Un poco de reflexión 
nos explicará por qué a lo largo de la naciente costa occidental 
de América del Sur no pueden encontrarse en parte alguna 
extensas formaciones con restos modernos o terciarios, aun 
cuando la cantidad de sedimentos debió haber sido grande en 
tiempos pasados, a juzgar por la enorme erosión de las rocas 
de la costa y por las corrientes fangosas que llegan al mar. La 
explicación es, sin duda, que los depósitos litorales y 
sublitorales son desgastados continuamente por la acción 
demoledora de las olas costeras, tan pronto como surgen por 
el levantamiento lento y gradual de la tierra. 

Podemos, a mi parecer, llegar a la conclusión de que el 
sedimento tiene que acumularse en masas muy gruesas, 
sólidas o extensas, para que pueda resistir la acción incesante 
de las olas en su primer levantamiento y durante las sucesivas 
oscilaciones de nivel, así como de la subsiguiente erosión 
atmosférica. Estos cúmulos gruesos y extensos de sedimentos 
pueden formarse de dos modos: o bien en las grandes 
profundidades del mar, en cuyo caso el fondo no estará 
habitado por tantas ni tan variadas formas orgánicas como los 
mares poco profundos, y las masas, cuando se levanten, darán 
un testimonio imperfecto de los organismos que existieron en 
la proximidad durante el período de su acumulación; o bien el 
sedimento puede depositarse, con cualquier grueso y 
extensión, en un fondo poco profundo, si éste continúa 
lentamente hundiéndose. En este último caso, mientras la 
velocidad del hundimiento y el acarreo de sedimento se 
equilibren aproximadamente, el mar permanecerá poco 
profundo y favorable para muchas y variadas formas, y, de 


448 



este modo, puede constituirse una rica formación fosilífera lo 
bastante gruesa para resistir, cuando surja, una gran 
denudación. 

Estoy convencido de que casi todas nuestras formaciones 
antiguas, ricas en fósiles en la mayor parte de su grueso, han 
sido formadas de este modo durante un movimiento de 
depresión. Desde que publiqué mis opiniones sobre este 
asunto en 1845, he seguido atentamente los progresos de la 
Geología, y he quedado sorprendido al notar cómo los 
autores, uno tras otro, al tratar de esta o aquella gran 
formación, han llegado a la conclusión de que se acumuló 
durante un movimiento de depresión. Puedo añadir que la 
única formación terciaria antigua en la costa occidental de 
América, que ha sido lo bastante grande para resistir la 
erosión que hasta hoy ha sufrido, pero que difícilmente 
subsistirá hasta una edad geológica remota, se depositó 
durante un período de hundimiento, y obtuvo de este modo 
grueso considerable. 

Todos los hechos geológicos nos dicen claramente que cada 
región ha experimentado numerosas oscilaciones lentas de 
nivel, y evidentemente estas oscilaciones han comprendido 
grandes espacios. Por consiguiente, durante períodos de 
hundimiento se habrán constituido formaciones ricas en 
fósiles lo suficientemente gruesas y extensas para resistir la 
erosión subsiguiente, cubriendo grandes espacios, aunque 
solamente allí donde el acarreo de sedimentos fue suficiente 
para hacer que el mar se mantuviese poco profundo y para 
enterrar y conservar los restos orgánicos antes de que 
tuviesen tiempo de descomponerse. Por el contrario, mientras 
el fondo del mar permanece estacionario, no pueden haberse 
acumulado depósitos de mucho grueso en las partes poco 
profundas, que son las más favorables para la vida. Menos 
todavía puede haber ocurrido esto durante los períodos 


449 



alternantes de elevación, o, para hablar con más exactitud, las 
capas que se acumularon entonces habrán sido generalmente 
destruidas al levantarse y entrar en el dominio de la acción 
costera. 

Estas observaciones se aplican principalmente a los 
depósitos litorales y sub-litorales. En el caso de un mar 
extenso y poco profundo, tal como el de una gran parte del 
Archipiélago Malayo, donde la profundidad oscila entre 30 ó 
40 y 60 brazas, podría constituirse una formación muy 
extensa durante un período de elevación y, sin embargo, no 
sufrir mucho por la denudación durante su lenta emersión; 
pero el grosor de la formación no podría ser grande, pues, 
debido al movimiento de elevación, tendría que ser menor 
que la profundidad en la que se formase; tampoco estaría el 
depósito muy consolidado ni cubierto por formaciones 
superpuestas, de modo que corriera mucho peligro de ser 
desgastado por la acción de la atmósfera y por la acción del 
mar en las siguientes oscilaciones de nivel. Sin embargo, 
míster Hopkins ha indicado que si una parte de la extensión, 
después de emerger y antes de ser denudada, se hundiese de 
nuevo, los depósitos formados durante el movimiento de 
elevación, aunque no serían gruesos, podrían después quedar 
protegidos por acumulaciones nuevas, y de este modo 
conservarse durante un largo período. 

Míster Hopkins expresa también su creencia de que las 
capas sedimentarias de extensión horizontal considerable rara 
vez han sido destruidas por completo. Pero todos los 
geólogos, excepto los pocos que creen que nuestros esquistos 
metamórficos y rocas plutónicas formaron el núcleo 
primordial del globo, admitirán que estas últimas rocas han 
sido enormemente denudadas, pues es casi imposible que 
estas rocas se hayan solidificado y cristalizado mientras 
estuvieron descubiertas, aunque, si la acción metamórfica 


450 



ocurrió en las grandes profundidades del océano, la primitiva 
capa protectora puede no haber sido muy gruesa. Admitiendo 
que el gneis, micasquisto, granito, diorita, etc., estuvieron 
primero necesariamente cubiertos, ¿cómo podemos explicar 
las grandes extensiones desnudas de estas rocas en muchas 
partes del mundo, si no es en la suposición de que han sido 
posteriormente denudadas de todos los estratos que las 
cubrían? Que existen estos grandes territorios, es indudable. 
Humboldt describe la región granítica de Parima como diez y 
nueve veces, por lo menos, mayor que Suiza. Al sur del 
Amazonas, Bone pinta un territorio compuesto de rocas de 
esta naturaleza igual a España, Francia, Italia, parte de 
Alemania y las Islas Británicas juntas. Esta región no ha sido 
explorada cuidadosamente; pero, según testimonios 
concordes de los viajeros, el área granítica es enorme; así, von 
Eschwege da un corte detallado de estas rocas, que, partiendo 
de Río de Janeiro, se extiende 260 millas geográficas, tierra 
adentro, en línea recta, y yo recorrí 150 millas en otra 
dirección, y no vi nada más que rocas graníticas. Examiné 
numerosos ejemplares recogidos a lo largo de toda la costa, 
desde cerca de Río de Janeiro hasta la desembocadura del río 
de la Plata, o sea una distancia de 1.100 millas geográficas, y 
todos ellos pertenecían a esta clase de rocas. Tierra adentro, a 
lo largo de toda la orilla norte del río de la Plata, no vi, aparte 
de capas modernas terciarias, más que un pequeño manchón 
de rocas ligeramente metamórficas, que pudieron haber 
formado parte de la cubierta primitiva de las series graníticas. 
Fijándonos, en una región bien conocida, en los Estados 
Unidos y Canadá, según se ve en el hermoso mapa del 
profesor H. D. Rogers, he valuado las expansiones, 
recortándolas y pesando el papel, y he encontrado, que las 
rocas graníticas y metamórficas —excluyendo las 
semimetamórficas— exceden, en la relación de 19 a 12’5, al 


451 



conjunto de las formaciones paleozoicas superiores. En 
muchas regiones se encontraría que las rocas metamórficas y 
graníticas están mucho más extendidas de lo que parece, si se 
quitasen todas las capas sedimentarias que están sobre ellas 
discordantes, y que no pudieron formar parte del manto 
primitivo bajo el cual aquéllas cristalizaron. Por consiguiente, 
es probable que, en algunas partes de la tierra, formaciones 
enteras hayan sido completamente denudadas sin que haya 
quedado ni un vestigio. 

Hay una observación que merece mencionarse de pasada. 
Durante los períodos de elevación, aumentará la extensión de 
la tierra y de las partes adyacentes de mar muy poco 
profundas, y muchas veces se formarán nuevas estaciones, 
circunstancias todas ellas favorables, como antes se explicó, 
para la formación de nuevas especies y variedades; pero 
durante estos períodos habrá generalmente un blanco en los 
registros geológicos. Por el contrario, durante los 
movimientos de hundimiento, la superficie habitada y el 
número de habitantes disminuirán —excepto en las costas de 
un continente al romperse, formando un archipiélago— y, 
por consiguiente, durante el hundimiento, aunque habrá 
muchas extinciones, se formarán pocas variedades y especies 
nuevas, y precisamente durante estos mismos períodos de 
depresión es cuando se han acumulado los depósitos que son 
más ricos en fósiles. 

Ausencia de variedades intermedias numerosas en cada 
formación separada. 

Por estas diferentes consideraciones resulta indudable que 
los registros geológicos, considerados en conjunto, son 
sumamente imperfectos; pero, si limitamos nuestra atención a 
una formación, es mucho más difícil comprender por qué no 
encontramos en ella series graduales de variedades entre las 


452 



especies afines que vivieron al principio y al final de la 
formación. Se han descrito diferentes casos de una misma 
especie que presenta variedades en las partes superiores e 
inferiores de la misma formación; así, Trautschold cita varios 
ejemplos de Ammonites, y también Hilgendorf ha descrito un 
caso curiosísimo de diez formas graduales de Planorbis 
multiformis en las capas sucesivas de una formación de agua 
dulce de Suiza. Aun cuando cada formación ha requerido, 
indiscutiblemente, un número grandísimo de años para su 
depósito, pueden darse diferentes razones de por qué 
comúnmente cada formación no ha de comprender una serie 
gradual de eslabones entre las especies que vivieron al 
principio y al final, aunque no pueda determinar yo el debido 
valor relativo de las consideraciones siguientes. 

Aun cuando cada formación tiene que exigir un lapso de 
años grandísimo, probablemente cada formación es corta 
comparada con el período requerido para que una especie se 
transforme en otra. Ya sé que dos paleontólogos, cuyas 
opiniones son dignas del mayor respeto, Bronn y Woodward, 
han llegado a la conclusión de que el promedio de duración 
de cada formación es igual a dos o tres veces el promedio de 
duración de las formas específicas; pero dificultades 
insuperables, a mi parecer, nos impiden llegar a una 
conclusión justa sobre este punto. Cuando vemos que una 
especie aparece por vez primera en medio de una formación 
cualquiera, sería en extremo temerario deducir que esta 
especie había no existido anteriormente en parte alguna; y, 
del mismo modo, cuando vemos que una especie desaparece 
antes de que se hayan depositado las últimas capas,sería 
igualmente temerario suponer que la especie se extinguió 
entonces. Olvidamos lo pequeño de la superficie de Europa, 
comparada con el resto del mundo, y que los diferentes pisos 
de una misma formación no han sido tampoco correlativos 


453 



en toda Europa con completa exactitud. 

Podemos seguramente presumir que en los animales 
marinos de todas clases ha habido mucha emigración, debida 
a cambios de clima u otros, y cuando vemos una especie que 
aparece por vez primera en una formación, lo probable es que 
simplemente emigró entonces por vez primera a aquel 
territorio. Es bien sabido, por ejemplo, que diferentes especies 
aparecieron un poco antes en las capas paleozoicas de 
América del Norte que en las de Europa, evidentemente, por 
haberse requerido tiempo para su emigración de los mares de 
América a los de Europa. Examinando los depósitos más 
recientes en las diferentes regiones del mundo, se ha 
observado, en todas partes, que un corto número de especies 
todavía vivientes son comunes en un depósito, pero se han 
extinguido en el mar contiguo; o, al revés, que algunas 
abundan ahora en el mar vecino, pero son raras o faltan en 
aquel depósito determinado. Es una excelente lección 
reflexionar acerca de la comprobada e importante migración 
de los habitantes de Europa durante la época glacial, que 
forma sólo una parte de un período geológico, e igualmente 
reflexionar acerca de los cambios de nivel, del cambio 
extremo del clima y del largo tiempo transcurrido, todo ello 
comprendido dentro del mismo período glacial. Se puede, sin 
embargo, dudar de que en alguna parte del mundo se han ido 
acumulando continuamente, dentro de los mismos límites, 
durante todo este período, depósitos sedimentarios que 
comprendan restos fósiles. No es probable, por ejemplo, que se 
depositasen, durante todo el período glacial, sedimentos cerca 
de la boca del Misisipí, dentro de los límites de profundidad 
entre los que pueden prosperar más los animales marinos; 
pues sabemos que, durante este espacio de tiempo, ocurrieron 
grandes cambios geológicos en otras partes de América. 
Cuando se hayan levantado capas como las que se 


454 



depositaron durante una parte del período glacial, en aguas 
poco profundas cerca de la boca del Misisipí, los restos 
orgánicos probablemente aparecerán y desaparecerán en 
diferentes niveles, debido a migraciones de especies y a 
cambios geográficos; y dentro de muchísimo tiempo, un 
geólogo, examinando estas capas, estaría tentado de sacar en 
conclusión que el promedio de la duración de la vida de las 
especies fósiles enterradas ha sido menor que la duración del 
período glacial, mientras que en realidad ha sido mucho 
mayor, pues se ha extendido desde antes de la época glacial 
hasta el día de hoy. 

Para que se logre una gradación perfecta entre dos formas, 
una de la parte superior y otra de la inferior de la misma 
formación, el depósito tiene que haberse ido acumulando 
continuamente durante un largo período, suficiente para el 
lento proceso de modificación; por consiguiente; el depósito 
tiene que ser muy grueso y la especie que experimenta el 
cambio tiene que haber vivido durante todo el tiempo en la 
misma región. Pero hemos visto que una formación potente, 
fosílera en todo su grosor,puede sólo acumularse durante un 
período de hundimiento y, para que se conserve 
aproximadamente igual la profundidad necesaria para que 
una misma especie marina pueda vivir en el mismo lugar, la 
cantidad de sedimento acarreado tiene necesariamente que 
compensar la intensidad del hundimiento. Pero este mismo 
movimiento de depresión tenderá a sumergir el territorio de 
que proviene el sedimento y, de este modo, a disminuir la 
cantidad de sedimento, mientras continúe el movimiento de 
descenso. De hecho, este equilibrio casi perfecto entre la 
cantidad de sedimento acarreado y la intensidad del 
hundimiento es probablemente una eventualidad rara, pues 
ha sido observado por más de un paleontólogo que los 
depósitos muy gruesos son comúnmente muy pobres en 


455 



fósiles, excepto cerca de su límite superior o inferior. 

Se diría que cada formación separada, lo mismo que la serie 
entera de formaciones de un país, ha sido, por lo general, 
intermitente en su acumulación. Cuando vemos, como ocurre 
muchas veces, una formación constituida por capas de 
composición química muy diferente, podemos 
razonablemente sospechar que el proceso de depósito ha 
estado más o menos interrumpido. La inspección más 
minuciosa de una formación tampoco nos da idea del tiempo 
que puede haber invertido su sedimentación. Podrían citarse 
muchos casos de capas, de sólo unos pocos pies de grueso, 
que representan formaciones que en cualquier otra parte 
tienen miles de pies de grosor, y que tienen que haber exigido 
un período enorme para su acumulación; y, sin embargo, 
nadie que ignorase este hecho habría ni siquiera sospechado 
el larguísimo espacio de tiempo representado por aquella 
formación tan delgada. Muchos casos podrían citarse en que 
las capas superiores de una formación se han levantado, han 
sido denudadas, se han sumergido y luego han sido cubiertas 
por las capas superiores de la misma formación, hechos que 
muestran qué espacios de tiempo tan grandes —y sin 
embargo fáciles de pasar inadvertidos— han transcurrido en 
su acumulación. En los grandes árboles fosilizados que se 
conservan todavía en pie, como cuando vivían, tenemos en 
otros casos la prueba más evidente de muchos larguísimos 
intervalos de tiempo y de cambios de nivel durante el proceso 
de sedimentación, que no se hubieran sospechado si no se 
hubiesen conservado los árboles: así, sir C. Lyell y el doctor 
Dawson encontraron en Nueva Escocia capas carboníferas de 
1.400 pies de grueso, con estratos antiguos que contenían 
raíces, unas encima de otras, en sesenta y ocho niveles 
distintos por lo menos. Por consiguiente, cuando una misma 
especie se presenta en la base, en el medio y en lo alto de una 


456 



formación, es probable que no haya vivido en el mismo sitio 
durante todo el período de sedimentación, sino que haya 
desaparecido y reaparecido quizá muchas veces en el mismo 
período geológico. Por tanto, si la especie hubo de 
experimentar modificaciones considerables durante la 
sedimentación de una formación geológica, un corte no 
tendría que comprender todas las delicadas gradaciones 
intermedias que, según nuestra teoría, tuvieron que haber 
existido, sino cambios de forma bruscos, aunque quizá 
ligeros. 

Es importantísimo recordar que los naturalistas no tienen 
una regla de oro para distinguir las especies de las variedades; 
conceden cierta pequeña variabilidad a todas las especies; 
pero, cuando se encuentran con una diferencia algo mayor 
entre dos formas cualesquiera, las consideran ambas como 
especies, a menos que sean capaces de enlazarlas mediante 
gradaciones intermedias muy próximas, y esto, por las 
razones que se acaban de señalar, pocas veces podemos 
esperar efectuarlo en un corte geológico. Suponiendo que B y 
C sean dos especies y A una tercera que se encuentre en una 
capa subyacente, aun cuando fuese exactamente intermedia 
entre B y C, sería considerada simplemente como una tercera 
especie distinta, a menos que al mismo tiempo estuviese 
estrechamente enlazada por variedades intermedias, ya con 
una, ya con varias formas. Tampoco hay que olvidar, como 
antes se explicó, que A pudo ser el verdadero progenitor de B 
y C, y, sin embargo, no habría de ser por necesidad 
rigurosamente intermedio entre ellas por todos conceptos. De 
modo que podríamos encontrar la especie madre y sus varios 
descendientes modificados en las capas superiores e inferiores 
de la misma formación, y, a menos de encontrar numerosas 
gradaciones de transición, no reconoceríamos su parentesco 
de consanguinidad, y las consideraríamos, por consiguiente. 


457 



como especies distintas. 

Es notorio lo extraordinariamente pequeñas que son las 
diferencias sobre las que muchos paleontólogos han fundado 
sus especies, y hacen esto tanto más fácilmente si los 
ejemplares provienen de diferentes subpisos de la misma 
formación. Algunos conquiliólogos experimentados están 
ahora rebajando a la categoría de variedades muchas de las 
hermosísimas especies de D’Orbigny y otros autores, y en este 
criterio encontramos la prueba de las transformaciones que, 
según la teoría, teníamos que encontrar. Consideremos, 
además, los depósitos terciarios más recientes, que encierran 
muchos moluscos considerados por la mayor parte de los 
naturalistas como idénticos de las especies vivientes; pero, 
algunos excelentes naturalistas, como Agassiz y Pictet, 
sostienen que todas estas especies terciarias son 
específicamente distintas, aun cuando admiten que la 
diferencia es muy pequeña; de modo que en este caso 
tenemos la prueba de la frecuente existencia de ligeras 
modificaciones de la naturaleza requerida, a menos que 
creamos que estos eminentes naturalistas han sido 
extraviados por su imaginación, y que estas especies del 
terciario superior no presentan realmente diferencia alguna 
de sus especies representativas vivientes, o a menos que 
admitamos, en contra de la opinión de la mayor parte de los 
naturalistas, que estas especies terciarias son todas realmente 
distintas de las modernas. Si consideramos espacios de 
tiempo algo mayores, como los pisos distintos, pero 
consecutivos, de una misma formación grande, encontramos 
que los fósiles en ellos enterrados, aunque clasificados 
universalmente como especies diferentes, son, sin embargo, 
mucho más afines entre sí que las especies que se encuentran 
en formaciones mucho más separadas; de modo que aquí 
tenemos también pruebas indudables de cambios en el 


458 



sentido exigido por mi teoría; pero sobre este último punto he 
de insistir en el capítulo siguiente. 

En animales y plantas que se propagan rápidamente y que 
no cambian mucho de lugar, hay razones para sospechar, 
como antes hemos visto, que sus variedades generalmente son 
primero locales, y que estas variedades no se difunden mucho 
ni suplantan a sus formas madres hasta que se han 
modificado y perfeccionado mucho. Según esta opinión, son 
pocas las probabilidades de descubrir en una formación de un 
país cualquiera todos los estados primeros de transición entre 
dos formas; pues se supone que los cambios sucesivos han 
sido locales o confinados a un lugar determinado. La mayor 
parte de los animales marinos tienen un área de dispersión 
grande, y hemos visto que, en las plantas, las que tienen 
mayor área de dispersión son las que con más frecuencia 
presentan variedades; de modo que en los moluscos y otros 
animales marinos es probable que los que tuvieron el área de 
dispersión mayor, excediendo en mucho de los límites de las 
formaciones geológicas conocidas en Europa, sean los que 
con más frecuencia hayan dado origen, primero, a variedades 
locales y, finalmente, a nuevas especies, y esto también 
disminuiría mucho las probabilidades de que podamos ir 
siguiendo las fases de transición en una formación geológica. 

El doctor Ealconer ha insistido recientemente en una 
consideración más importante, que lleva al mismo resultado, 
y es que el período durante el cual una especie experimentó 
modificaciones, aunque largo, si se mide por años, fue 
probablemente corto en comparación con el período durante 
el cual permaneció sin experimentar cambio alguno. 

No debiera olvidarse que actualmente, con ejemplares 
perfectos para estudio, rara vez pueden dos formas ser 
enlazadas por variedades intermedias y probarse de este 


459 



modo que son la misma especie hasta que se recogen muchos 
ejemplares procedentes de muchas localidades, y en las 
especies fósiles esto raras veces puede hacerse. Quizá nos 
daremos mejor cuenta de que no podemos enlazar las 
especies por formas intermedias fósiles, numerosas y 
delicadamente graduales, preguntándonos, por ejemplo, si los 
geólogos de un período futuro serán capaces de probar que 
nuestras diferentes razas de ganado vacuno, ovejas, caballos y 
perros, han descendido de un solo tronco o de diferentes 
troncos primitivos; y también si ciertos moluscos marinos 
que viven en las costas de América del Norte, y que unos 
conquiliólogos consideran como especies distintas de sus 
representantes europeos y otros sólo como variedades, son 
realmente variedades o son lo que se dice específicamente 
distintos. Esto, los geólogos venideros sólo podrían hacerlo 
descubriendo en estado fósil numerosas gradaciones 
intermedias, y el lograrlo es sumamente improbable. 

Se ha afirmado también hasta la saciedad, por autores que 
creen en la inmutabilidad de las especies, que la Geología no 
da ninguna forma de transición. Esta afirmación, según 
veremos en el capítulo próximo, es ciertamente errónea. 
Como sir }. Lubbock ha hecho observar, «cada especie es un 
eslabón entre otras especies afines». Si tomamos un género 
que tenga una veintena de especies vivientes y extinguidas, y 
destruimos cuatro quintas partes de ellas, nadie dudará que 
las restantes quedarán mucho más distintas entre sí. Si ocurre 
que las formas extremas del género han sido destruidas de 
este modo, el género se quedará más separado de los otros 
géneros afines. Lo que las investigaciones geológicas no han 
revelado es la existencia anterior de gradaciones infinitamente 
numerosas, tan delicadas como las variedades actuales, que 
enlacen casi todas las especies vivientes y extinguidas. Pero 
esto no debía esperarse, y, sin embargo, ha sido propuesto 


460 



reiteradamente, como una objeción gravísima contra mis 
opiniones. 

Valdrá la pena de resumir en un ejemplo imaginario las 
observaciones precedentes acerca de las causas de 
imperfección de los registros geológicos. El Archipiélago 
Malayo tiene aproximadamente el tamaño de Europa, desde 
el cabo Norte al Mediterráneo y desde Inglaterra a Rusia, y, 
por consiguiente, equivale a todas las formaciones geológicas 
que han sido examinadas con algún cuidado, excepto las de 
los Estados Unidos. Estoy conforme por completo con míster 
Godwin-Austen en que la disposición actual del Archipiélago 
Malayo, con sus numerosas islas grandes, separadas por 
mares anchos y poco profundos, representa probablemente el 
estado antiguo de Europa, cuando se acumularon la mayor 
parte de nuestras formaciones. El Archipiélago Malayo es una 
de las regiones más ricas en seres orgánicos, y, sin embargo, 
aunque se recolectasen todas las especies que han vivido allí 
en todo tiempo, ¡qué imperfectamente representarían la 
Historia Natural del mundo! 

Pero tenemos toda clase de razones para creer que las 
producciones terrestres de aquel archipiélago tienen que 
conservarse de un modo muy imperfecto en las formaciones 
que suponemos que se están acumulando allí. Tampoco han 
de quedar enterrados en las formaciones muchos de los 
animales litorales o de los que vivieron en rocas submarinas 
desnudas, y los enterrados entre cascajo o arena no han de 
resistir hasta una época remota. Dondequiera que los 
sedimentos no se acumularon en el fondo del mar o no lo 
hicieron con la rapidez suficiente para proteger los cuerpos 
orgánicos de la destrucción, no pudieron conservarse restos. 

Eormaciones ricas en fósiles de muchas clases, de grosor 
suficiente para persistir hasta una edad tan distante en lo 


461 



futuro como lo son las formaciones secundarias en el pasado, 
generalmente sólo tienen que formarse en el Archipiélago 
durante períodos de hundimiento del suelo. Estos períodos de 
hundimiento han de estar separados entre sí por espacios 
inmensos de tiempo, durante los cuales el territorio estaría 
fijo o se levantaría; y mientras se levantase las formaciones 
fosilíferas tendrían que ser destruidas en las costas más 
escarpadas casi tan pronto como se acumulasen, por la 
incesante acción costera, como lo vemos ahora en las costas 
de América del Sur. Incluso en los mares extensos y de poco 
fondo del Archipiélago Malayo, durante los períodos de 
elevación, las capas sedimentarias difícilmente podrían 
acumularse en gran grosor, ni ser cubiertas ni protegidas por 
depósitos subsiguientes, de modo que tuviesen probabilidades 
de resistir hasta un tiempo futuro muy lejano. En los períodos 
de hundimiento del suelo, probablemente se extinguirían 
muchas formas vivientes; durante los períodos de elevación 
tendría que haber mucha variación; pero los registros 
geológicos serían entonces menos perfectos. 

Puede dudarse de si la duración de cualquiera de los 
grandes períodos de hundimiento de todo o de parte del 
Archipiélago, acompañado de una acumulación simultánea 
de sedimento, ha de exceder del promedio de duración de las 
mismas formas específicas, y estas circunstancias son 
indispensables para la conservación de todas las formas 
graduales de transición entre dos o más especies. Si estas 
gradaciones no se conservaron todas por completo, las 
variedades de transición aparecerían tan sólo como otras 
tantas especies nuevas, aunque muy próximas. Es también 
probable que cada período grande de hundimiento estuviese 
interrumpido por oscilaciones de nivel y que ocurriesen 
pequeños cambios de clima durante estos largos períodos, y, 
en estos casos, los habitantes del Archipiélago Malayo 


462 



emigrarían, y no se podría conservar en ninguna formación 
un registro seguido de sus modificaciones. 

Muchísimos de los seres marinos que viven en el 
Archipiélago Malayo se extienden actualmente a miles de 
millas más allá de sus límites, y la analogía conduce 
claramente a la creencia de que estas especies de gran 
distribución geográfica —aunque sólo algunas de ellas— 
tendrían que ser principalmente las que con más frecuencia 
produjesen variedades nuevas; y estas variedades al principio 
serían locales, o limitadas a un lugar; pero si poseían alguna 
ventaja decisiva o si se modificaban o perfeccionaban más, se 
difundirían lentamente y suplantarían a sus formas madres. 
Cuando estas variedades volviesen a sus localidades antiguas, 
como diferirían de su estado anterior en grado casi igual, 
aunque quizá pequeñísimo, y como se las encontraría 
enterradas en subpisos poco diferentes de la misma 
formación, serían consideradas, según los principios seguidos 
por muchos paleontólogos, como especies nuevas y distintas. 

Por consiguiente, si hay algo de verdad en estas 
observaciones, no tenemos derecho a esperar encontrar en 
nuestras formaciones geológicas un número infinito de 
aquellas delicadas formas de transición que, según nuestra 
teoría, han reunido todas las especies pasadas y presentes del 
grupo de una larga y ramificada cadena de vida. Debemos 
buscar tan sólo algunos eslabones, y ciertamente los 
encontramos, unos más distantes, otros más próximos, y estos 
eslabones, por muy próximos que sean, si se encuentran en 
pisos diferentes de la misma formación, serán considerados 
por muchos paleontólogos como especies distintas. No 
pretendo, sin embargo, que hubiese yo sospechado nunca lo 
pobres que eran los registros geológicos en las formaciones 
mejor conservadas, si la ausencia de innumerables formas de 
transición entre las especies que vivieron al principio de cada 


463 



formación y las que vivieron al final no hubiese sido tan 
contraria a mi teoría. 

Aparición súbita de grupos enteros de especies afines. 

La manera brusca como grupos enteros de especies 
aparecen súbitamente en ciertas formaciones, ha sido 
presentada por varios paleontólogos —por ejemplo, por 
Agassiz, Pictet y Sedgwick— como una objeción fatal para mi 
teoría de la transformación de las especies. Si realmente 
numerosas especies pertenecientes a los mismos géneros y 
familias han entrado en la vida simultáneamente, el hecho 
tiene que ser fatal para la teoría de la evolución mediante 
selección natural, pues el desarrollo por este medio de un 
grupo de especies, descendientes todas de una especie 
progenitura, tuvo que haber sido un proceso lento, y los 
progenitores tuvieron que haber vivido mucho antes que sus 
descendientes modificados. Pero de continuo exageramos la 
perfección de los registros geológicos, y deducimos 
erróneamente que, porque ciertos géneros o familias no han 
sido encontrados por debajo de un piso dado, estos géneros o 
familias no existieron antes de este piso. Siempre se puede dar 
crédito a las pruebas paleontológicas positivas; las pruebas 
negativas no tienen valor alguno, como tantas veces ha 
demostrado la experiencia. De continuo olvidamos lo grande 
que es el mundo comparado con la extensión en que han sido 
cuidadosamente examinadas las formaciones geológicas; 
olvidamos que pueden haber existido durante mucho tiempo, 
en un sitio, grupos de especies, y haberse multiplicado 
lentamente antes de invadir los antiguos archipiélagos de 
Europa y de los Estados Unidos. No nos hacemos el cargo 
debido del tiempo que ha transcurrido entre nuestras 
formaciones sucesivas, más largo quizá, en muchos casos, que 
el requerido para la acumulación de cada formación. Estos 
intervalos habrán dado tiempo para la multiplicación de 


464 



especies procedentes de alguna o algunas formas madres, y, 
en la formación siguiente, estos grupos o especies aparecerán 
como creados súbitamente. 

He de recordar aquí una observación hecha anteriormente, 
o sea que debió ser preciso un tiempo enorme para adaptar 
un organismo a algún modo nuevo y peculiar de vida —por 
ejemplo, a volar por el aire— y, por consiguiente, que las 
formas de transición con frecuencia quedarían durante 
mucho tiempo limitadas a una región; pero que, una vez que 
esta adaptación se efectuó y algunas especies hubieron 
adquirido así una gran ventaja sobre otros organismos, sería 
necesario un espacio de tiempo relativamente corto para 
producir muchas formas divergentes, que se dispersarían 
rápidamente por todo el mundo. El profesor Pictet, en su 
excelente critica de esta obra, al tratar de las primeras formas 
de transición, y tomando como ejemplo las aves, no puede 
comprender cómo pudieron ser de alguna ventaja las 
modificaciones sucesivas de las miembros anteriores de un 
prototipo imaginario. Pero consideremos los pájaros bobos 
del Océano Antártico. ¿No tienen estas aves sus miembros 
anteriores precisamente en el estado intermedio, en que no 
son «ni verdaderos brazos y ni verdaderas alas»? Y, sin 
embargo, estas aves conservan victoriosamente su lugar en la 
batalla por la vida, pues existen en infinito número y de varias 
clases. No supongo que, en este caso, tengamos a la vista los 
grados de transición reales por los que han pasado las alas de 
las aves; pero ¿qué dificultad especial existe en creer que 
podría aprovechar a los descendientes modificados del pájaro 
bobo el volverse, primero, capaz de moverse por la superficie 
del mar, batiéndola con las alas, como el Micropterus de 
Eyton^'^^\ y levantarse, por fin, de la superficie y deslizarse por 
el aire? 


465 


Citaré ahora algunos ejemplos para aclarar las 
observaciones precedentes y para demostrar lo expuestos que 
estamos a error al suponer que grupos enteros de especies se 
hayan producido súbitamente. Aun en un intervalo tan corto 
como el que media entre la primera edición y la segunda de la 
gran obra de Paleontología de Pictet, publicadas en 1844-46 y 
en 1853-57, se han modificado mucho las conclusiones sobre 
la primera aparición y la desaparición de diferentes grupos de 
animales, y una tercera edición exigiría todavía nuevas 
modificaciones. Debo recordar el hecho, bien conocido, de 
que en los tratados de Geología publicados no hace muchos 
años se hablaba siempre de los mamíferos como habiéndose 
resentado bruscamente al comienzo de la serie terciaria, y 
ahora uno de los más ricos yacimientos conocidos de 
mamíferos fósiles pertenece a la mitad de la serie secundaria, 
y se han descubierto verdaderos mamíferos en la arenisca roja 
moderna casi al principio de esta gran serie. Cuvier 
acostumbraba a hacer la objeción de que en ningún estrato 
terciario se presentaba ningún mono; pero actualmente se 
han descubierto especies extinguidas en la India, América del 
Sur y en Europa, retrocediendo hasta el mioceno. Si no 
hubiese sido por la rara casualidad de conservarse las pisadas 
en la arenisca roja moderna de los Estados Unidos, ¿quién se 
hubiera aventurado a suponer que existieran durante aquel 
período hasta treinta especies, por lo menos, de animales 
parecidos a las aves, algunos de tamaño gigantesco? ¡Ni un 
fragmento de hueso se ha descubierto en estas capas! No hace 
mucho tiempo, los paleontólogos suponían que la clase entera 
de las aves había empezado a existir súbitamente durante el 
período mioceno; pero hoy sabemos, según la autoridad del 
profesor Owen, que es seguro que durante la sedimentación 
de la arenisca verde superior vivió un ave, y, todavía más 
recientemente, ha sido descubierta en las pizarras oolíticas de 


466 



Solenhofen la extraña ave Archeopteryx, con una larga cola 
como de saurio, la cual lleva un par de plumas en cada 
articulación, y con las alas provistas de dos uñas libres. 
Difícilmente ningún descubrimiento reciente demostrará con 
más fuerza que éste lo poco que sabemos hasta ahora de los 
habitantes anteriores del mundo. 

Puedo citar otro ejemplo, que me ha impresionado mucho, 
por haber ocurrido ante mis propios ojos. En una memoria 
sobre los cirripedos sésiles fósiles afirmé que, por el gran 
número de especies vivientes y fósiles terciarlas; por la 
extraordinaria abundancia de individuos de muchas especies 
en todo el mundo, desde las regiones árticas hasta el Ecuador, 
que viven en diferentes zonas de profundidad, desde los 
límites superiores de las mareas hasta 50 brazas; por el modo 
perfecto como los ejemplares se conservan en las capas 
terciarias más antiguas; por la facilidad con que puede ser 
reconocido hasta un pedazo de una valva; por todas estas 
circunstancias juntas, sacaba yo la conclusión de que, si los 
cirripedos sésiles hubieran existido durante los períodos 
secundarios, seguramente se hubiesen conservado y hubiesen 
sido descubiertos; y como no se había encontrado entonces ni 
una sola especie en capas de esta edad, llegaba a la conclusión 
de que este gran grupo se había desarrollado súbitamente en 
el comienzo de la serie terciaria. Esto era para mí una penosa 
contrariedad, pues constituía un ejemplo más de aparición 
brusca de un grupo grande de especies. Pero, apenas 
publicada mi obra, un hábil paleontólogo, míster Bosquet, me 
envió un dibujo de un ejemplar perfecto de un cirrípedo sésil 
inconfundible, que él mismo había sacado del cretácico de 
Bélgica; y, como para que el caso resultase lo más llamativo 
posible, este cirrípedo, era un Chthamalus, género muy 
común, grande y extendido por todas partes, del que ni una 
sola especie se ha encontrado hasta ahora, ni siquiera en los 


467 



estratos terciarios. Todavía más recientemente, un Pyrgoma, 
que pertenece a una subfamilia diferente de cirrípedos sésiles, 
ha sido descubierto por míster Woodward en el cretácico 
superior; de modo que actualmente tenemos pruebas 
abundantes de la existencia de este grupo de animales durante 
el período secundario. 

El caso de aparición aparentemente brusca de un grupo 
entero de especies, sobre el que con más frecuencia insisten 
los paleontólogos, es el de los peces teleósteos en la base, 
según Agassiz, del período cretácico. Este grupo comprende 
la gran mayoría de las especies actuales; pero ahora se admite 
generalmente que ciertas formas jurásicas y triásicas son 
teleósteos, y hasta algunas formas paleozoicas han sido 
clasificadas como tales por una gran autoridad. Si los 
teleósteos hubieran aparecido realmente de pronto en el 
hemisferio norte, en el comienzo de la formación cretácica, el 
hecho hubiese sido notabilísimo, pero no hubiera constituido 
una dificultad insuperable, a menos que se pudiese demostrar 
también que, en el mismo período, las especies se 
desarrollaron súbita y simultáneamente en otras partes del 
mundo. Es casi superfino hacer observar que apenas se 
conoce ningún pez fósil de países situados al sur del ecuador, 
y, recorriendo la Paleontología de Pictet, se verá que de varias 
formaciones de Europa se conocen poquísimas especies. 
Algunas familias de peces tienen actualmente una 
distribución geográfica limitada; los peces teleósteos pudieron 
haber tenido antiguamente una distribución igualmente 
limitada y haberse extendido ampliamente después de 
haberse desarrollado mucho en algún mar. Tampoco tenemos 
derecho alguno a suponer que los mares del mundo hayan 
estado siempre tan abiertos desde el Norte hasta el Sur como 
lo están ahora. Aun actualmente, si el Archipiélago Malayo se 
convirtiese en tierra firme, las partes tropicales del Océano 


468 



índico formarían un mar perfectamente cerrado, en el cual 
podría multiplicarse cualquier grupo importante de animales 
marinos, y permaneciendo allí confinados hasta que algunas 
de las especies llegasen a adaptarse a clima más frío y 
pudiesen doblar los cabos del sur de África y de Australia, y 
de este modo llegar a otros mares distantes. 

Por estas consideraciones, por nuestra ignorancia de la 
Geología de otros países más allá de los confines de Europa y 
de los Estados Unidos, y por la revolución que han efectuado 
en nuestros conocimientos paleontológicos los 
descubrimientos de los doce años últimos, me parece que casi 
es tan temerario dogmatizar sobre la sucesión de las formas 
orgánicas en el mundo como lo seria para un naturalista 
discutir sobre el número y distribución geográfica de las 
producciones de Australia cinco minutos después de haber 
desembarcado en un punto estéril de este país. 

Sobre la aparición súbita de grupos de especies afines en los 
estratos fosilíferos inferiores que se conocen. 

Se presenta aquí otra dificultad análoga mucho más grave. 
Me refiero a la manera como las especies pertenecientes a 
varios de los principales grupos del reino animal aparecen 
súbitamente en las rocas fosilíferas inferiores que se conocen. 
La mayor parte de las razones que me han convencido de que 
todas las especies vivientes del mismo grupo descienden de 
un solo progenitor se aplican con igual fuerza a las especies 
más antiguas conocidas. Por ejemplo: es indudable que todos 
los trilobites cámbricos y silúricos descienden de algún 
crustáceo, que tuvo que haber vivido mucho antes de la edad 
cámbrica, y que probablemente defirió mucho de todos los 
animales conocidos. Algunos de los animales más antiguos, 
como los Nautilus, Ungula, etc., no difieren mucho de 
especies vivientes, y, según nuestra teoría, no puede 


469 



suponerse que estas especies antiguas sean las progenitoras de 
todas las especies pertenecientes a los mismos grupos, que 
han ido apareciendo luego, pues no tienen caracteres en 
ningún grado intermedios. 

Por consiguiente, si la teoría es verdadera, es indiscutible 
que, antes de que se depositase el estrato; cámbrico inferior, 
transcurrieron largos períodos, tan largos, o probablemente 
mayores, que el espacio de tiempo que ha separado la edad 
cámbrica del día de hoy, y, durante estos vastos períodos, los 
seres vivientes hormigueaban en el mundo. Nos encontramos 
aquí con una objeción formidable, pues parece dudoso que la 
tierra, en estado adecuado para habitarla seres vivientes, haya 
tenido la duración suficiente. Sir W. Thompson llega a la 
conclusión de que la consolidación de la corteza difícilmente 
pudo haber ocurrido hace menos de veinte millones de años 
ni más de cuatrocientos, y que probablemente ocurrió no 
hace menos de noventa y ocho ni más de doscientos. Estos 
límites amplísimos demuestran lo dudosos que son los datos, 
y, en lo futuro, otros elementos pueden tener que ser 
introducidos en el problema. Míster Croll calcula que desde el 
período cámbrico han transcurrido aproximadamente sesenta 
millones de años; pero esto —juzgado por el pequeño cambio 
de los seres orgánicos desde el comienzo de la época glacial— 
parece un tiempo cortísimo para los muchos y grandes 
cambios orgánicos que han ocurrido ciertamente desde la 
formación cámbrica, y los ciento cuarenta millones de años 
anteriores apenas pueden considerarse como suficientes para 
el desarrollo de las variadas formas orgánicas que existían ya 
durante el período cámbrico. Es, sin embargo, probable, 
como afirma sir William Thompson, que el mundo, en un 
período muy remoto, estuvo sometido a cambios más rápidos 
y violentos en sus condiciones físicas que los que actualmente 
ocurren, y estos cambios habrían tendido a producir 


470 



modificaciones proporcionadas en los organismos que 
entonces existiesen. 

A la pregunta de por qué no encontramos ricos depósitos 
fosilíferos correspondientes a estos supuestos períodos 
antiquísimos anteriores al sistema cámbrico, no pudo dar 
respuesta alguna satisfactoria. Varios geólogos eminentes, con 
sir R. Murchison a la cabeza, estaban convencidos, hasta hace 
poco, de que en los restos orgánicos del estrato silúrico 
inferior contemplábamos la primera aurora de la vida. Otras 
autoridades competentísimas, como Lyell y E. Forbes, han 
impugnado esta conclusión. No hemos de olvidar que sólo 
una pequeña parte de la tierra está conocida con exactitud. 
No hace mucho tiempo que monsieur Barrande añadió, 
debajo del sistema silúrico entonces conocido, otro piso 
inferior abundante en especies nuevas y peculiares; y ahora, 
todavía más abajo, en la formación cámbrica inferior, mister 
Hicks ha encontrado en el sur de Gales capas que son ricas en 
trilobites y que contienen diferentes moluscos y análidos. La 
presencia de nódulos fosfáticos y de materias bituminosas, 
incluso en algunas de las rocas azoicas inferiores, son 
probablemente indicios de vida en estos períodos, y se admite 
generalmente la existencia del Eozoon en la formación 
laurentina del Canadá. Existen en el Canadá tres grandes 
series de estratos por debajo del sistema silúrico, y en la 
inferior de ellas se encuentra el Eozoon. Sir W. Logan afirma 
que «su grueso, reunidos, puede quizá exceder mucho del de 
todas las rocas siguientes, desde la base de la serie paleozoica 
hasta la actualidad. De este modo nos vemos transportados a 
un período tan remoto, que la aparición de la llamada fauna 
primordial (de Barrande) puede ser considerada por algunos 
como un acontecimiento relativamente moderno». De todas 
las clases de animales, el Eozoon pertenece a la organización 
inferior; pero, dentro de su clase, es de organización elevada. 


471 



existe en cantidad innumerable, y, como ha hecho obsevar el 
doctor Dawson, seguramente se alimentaba de otros 
pequeños seres orgánicos, que tuvieron que haber vivido en 
gran número. Así, las palabras que escribí en 1859, acerca de 
la existencia de seres orgánicos mucho antes del período 
cámbrico, y que son casi las mismas que empleó después sir 
W. Logan, han resultado ciertas. Sin embargo, es grandísima 
la dificultad para señalar alguna razón buena para explicar la 
ausencia de grandes cúmulos de estratos, ricos en fósiles, por 
debajo del sistema cámbrico. No parece probable que las 
capas más antiguas hayan sido desgastadas por completo por 
denudación, ni que sus fósiles hayan quedado totalmente 
borrados por la acción metamórfica, pues si así hubiese 
ocurrido, habríamos encontrado sólo pequeños residuos de 
las formaciones siguientes en edad, y éstas se habrían 
presentado siempre en un estado de metamorfosis parcial. 
Pero las descripciones que poseemos de los depósitos 
silúricos, que ocupan inmensos territorios en Rusia y América 
del Norte, no apoyan la opinión de que invariablemente, 
cuanto más vieja es una formación, tanto más haya sufrido 
extrema denudación y metamorfosis. 

El caso tiene que quedar por ahora sin explicación, y puede 
presentarse realmente como un argumento válido contra las 
opiniones que aquí me sostienen. A fin de mostrar que más 
adelante puede recibir alguna explicación, citaré las siguientes 
hipótesis. Por la naturaleza de los restos orgánicos, que no 
parecen haber vivido a grandes profundidades en las 
diferentes formaciones de Europa y los Estados Unidos, y por 
la cantidad de sedimentos —millas de grueso— de que las 
formaciones están compuestas, podemos deducir que, desde 
el principio hasta el fin, hubo, en la proximidad de los 
continentes de Europa y América del Norte hoy existentes, 
grandes islas o extensiones de tierra. Esta misma opinión ha 


472 



sido antes sostenida por Agassiz y otros autores; pero no 
sabemos cuál fue el estado de cosas en los intervalos entre las 
diferentes formaciones sucesivas, ni si Europa y los Estados 
Unidos existieron durante estos intervalos, como tierras 
emergidas, o como extensiones submarinas próximas a la 
tierra, sobre las cuales no se depositaron sedimentos, o como 
fondo de un mar abierto e insondable. 

Considerando los océanos existentes, que son tres veces 
mayores que la tierra, los vemos salpicados de muchas islas; 
pero apenas se sabe, hasta ahora, de ninguna isla 
verdaderamente oceánica —excepto Nueva Zelandia, si es que 
ésta puede llamarse verdaderamente así— que aporte ni 
siquiera un resto de alguna formación paleozoica o 
secundaria. Por consiguiente, quizá podamos deducir que, 
durante los períodos paleozoico y secundario, no existieron 
continentes ni islas continentales donde ahora se extienden 
los océanos, pues, si hubieran existido, se hubiesen 
acumulado, según toda probabilidad, formaciones 
paleozoicas y secundarias formadas de sedimentos derivados 
de su desgaste y destrucción, y éstos, por lo menos en parte, se 
hubiesen levantado en las oscilaciones de nivel que tienen que 
haber ocurrido durante estos períodos enormemente largos. 
Si podemos, pues, deducir algo de estos hechos, tenemos que 
deducir que, donde ahora se extienden los océanos ha habido 
océanos desde el período más remoto de que tenemos alguna 
noticia, y, por el contrario, donde ahora existen continentes 
han existido grandes extensiones de tierra desde el período 
cámbrico, sometidas indudablemente a grandes oscilaciones 
de nivel. El mapa en colores unido a mi libro sobre los 
Arrecifes de Corales me llevó a la conclusión de que, en 
general, los grandes océanos son todavía áreas de 
hundimiento, y los grandes archipiélagos, áreas de oscilación 
de nivel, y los continentes, áreas de elevación; pero no 


473 



tenemos razón alguna para suponer que las cosas hayan sido 
así desde el principio del mundo. Nuestros continentes 
parecen haberse formado por la preponderancia de una 
fuerza de elevación, durante muchas oscilaciones de nivel; 
pero, ¿no pueden, en el transcurso de edades, haber cambiado 
las áreas de mayor movimiento? En un período muy anterior 
a la época cámbrica pueden haber existido continentes donde 
ahora se extienden los océanos, y claros océanos sin 
límitesdonde ahora están nuestros continentes. Tampoco 
estaría justificado el admitir que si, por ejemplo, el lecho del 
Océano Pacífico se convirtiese ahora en un continente, 
tendríamos que encontrar allí formaciones sedimentarias, en 
estado reconocible, más antiguas que los estratos cámbricos, 
suponiendo que tales formaciones se hubiesen depositado allí 
en otro tiempo; pues pudiera ocurrir muy bien que estratos 
que hubiesen quedado algunas millas más cerca del centro de 
la tierra, y que hubiesen sufrido la presión del enorme peso 
del agua que los cubre, pudiesen haber sufrido una acción 
metamórfica mayor que los estratos que han permanecido 
siempre más cerca de la superficie. Siempre me ha parecido 
que exigían una explicación especial los inmensos territorios 
de rocas metamórficas desnudas existentes en algunas partes 
del mundo, por ejemplo, en América del Sur, que tienen que 
haber estado calentadas a gran presión, y quizá podamos 
pensar que en estos grandes territorios contemplamos las 
numerosas formaciones muy anteriores a la época cámbrica, 
en estado de completa denudación y metamorfosis. 

Las varias dificultades que aquí se discuten (a saber: que 
aun cuando encontramos en las formaciones geológicas 
muchas formas de unión entre las especies que ahora existen 
y las que existieron anteriormente, no encontramos un 
número infinito de delicadas formas de transición que unan 
estrechamente a todas ellas; la manera súbita como aparecen 


474 



por vez primera en las formaciones europeas varios grupos de 
especies; la ausencia casi completa —en lo que hasta ahora se 
conoce— de formaciones ricas en fósiles por debajo de los 
estratos cámbricos) son todas indudablemente dificultades de 
carácter gravísimo. Vemos esto en el hecho de que los más 
eminentes paleontólogos, como Cuvier, Agassiz, Barrande, 
Pictet, Falconer, E. Forbes, etc., y todos nuestros mayores 
geólogos, como Lyell, Murchison, Sedgwick, etc., 
unánimemente —y muchas veces vehementemente— han 
sostenido la inmutabilidad de las especies. Pero sir Charles 
Lyell ahora presta el apoyo de su alta autoridad al lado 
opuesto, y la mayor parte de los geólogos y paleontólogos 
vacilan en sus convicciones anteriores. Los que crean que los 
registros geológicos son en algún modo perfectos rechazarán 
desde luego indudablemente mi teoría. Por mi parte, 
siguiendo la metáfora de Lyell, considero los registros 
geológicos como una historia del mundo imperfectamente 
conservada y escrita en un dialecto que cambia, y de esta 
historia poseemos sólo el último volumen, referente nada más 
que a dos o tres siglos. De este volumen sólo se ha conservado 
aquí y allá un breve capítulo, y de cada página, sólo unas 
pocas líneas saltadas. Cada palabra de este lenguaje, que 
lentamente varía, es más o menos diferente en los capítulos 
sucesivos y puede representar las formas orgánicas que están 
sepultadas en las formaciones consecutivas y que 
erróneamente parece que han sido introducidas de repente. 
Según esta opinión, las dificultades antes discutidas 
disminuyen notablemente y hasta desaparecen. 


475 



CAPÍTULO XI 

De la sucesión geológica de los seres orgánicos. 

De la aparición lenta y sucesiva de nuevas especies.—De su diferente velocidad de 
transformación.—Las especies, una vez perdidas, no reaparecen.—Los grupos de 
especies siguen, en su aparición y desaparición, las mismas reglas que las especies 
aisladas.—De la extinción.—De los cambios simultáneos en las formas orgánicas del 
mundo entero.—De las afinidades de las especies extinguidas entre si y con las 
especies vivientes.—Del estado de desarrollo de las formas antiguas.—De la sucesión 
de los mismos tipos dentro de las mismas regiones.—Resumen del presente capitulo 
y del anterior. 

Veamos ahora si los diferentes hechos y leyes relativos a la 
sucesión geológica de los seres orgánicos se armonizan mejor 
con la opinión común de la inmutabilidad de las especies o 
con la de su modificación lenta y gradual por variación y 
selección natural. 

Las especies nuevas han aparecido lentísimamente una tras 
otra, tanto en la tierra como en las aguas. Lyell ha demostrado 
que, sobre este punto, apenas es posible resistirse a la 
evidencia en el caso de los diferentes pisos terciarios, y cada 
año que pasa tiende a llenar los claros existentes entre los 
pisos y a hacer más gradual la proporción entre las formas 
extinguidas y las vivientes. En algunas de las capas más 
recientes —aunque indudablemente de gran antigüedad, si 
ésta se mide por los años— sólo una o dos especies resultan 
extinguidas y sólo una o dos son nuevas, por haber aparecido 
entonces por vez primera, ya en aquella localidad, ya —hasta 
donde alcanza nuestro conocimiento— en la superficie de la 
tierra. Las formaciones secundarias están más interrumpidas; 
pero, como hace observar Bronn, ni la aparición ni la 
desaparición de las muchas especies enterradas en cada 
formación han sido simultáneas. 

Las especies pertenecientes a distintos géneros y clases no 
han cambiado ni con la misma velocidad ni en el mismo 
grado. En las capas terciarias más antiguas pueden 


476 



encontrarse todavía algunos moluscos hoy vivientes, en 
medio da multitud de formas extinguidas. Falconer ha dado 
un notable ejemplo de un hecho semejante, pues en los 
depósitos subhimalayos se presenta, asociado a muchos 
mamíferos y reptiles extinguidos, un cocodrilo que existe 
todavía. La Ungula silúrica difiere muy poco de las especies 
vivientes de este género, mientras que la mayor parte de los 
restantes moluscos silúricos y todos los crustáceos han 
cambiado mucho. Las producciones terrestres parecen haber 
cambiado más rápidamente que las del mar, de lo cual se ha 
observado en Suiza un ejemplo notable. Hay algún 
fundamento para creer que los organismos más elevados en la 
escala cambian más rápidamente que los que son inferiores, 
aun cuando haya excepciones a esta regla. Como ha hecho 
observar Pictet, la intensidad del cambio orgánico no es la 
misma en cada una de las llamadas formaciones sucesivas. Sin 
embargo, si comparamos cualesquiera formaciones, excepto 
las más próximas, se encontrará que todas las especies han 
experimentado algún cambio. Una vez que una especie ha 
desaparecido de la superficie de la tierra, no tenemos razón 
alguna para creer que la misma forma idéntica reaparezca 
nunca. La excepción aparente más importante a esta última 
regla es la de las llamadas colonias de monsieur Barrande, las 
cuales se introdujeron, durante un cierto tiempo, en medio de 
una formación más antigua, y luego dejaron que reapareciese 
la fauna preexistente; pero la explicación de Lyell —o sea, que 
se trata de un caso de emigración temporal desde una 
provincia geográfica distinta— parece satisfactoria. 

Estos diferentes hechos se conciban bien con nuestra 
teoría, que no comprende ninguna ley fija de desarrollo que 
haga cambiar brusca o simultáneamente, o en igual grado, a 
todos los habitantes de una región. El proceso de 
modificación hubo de ser lento, y comprendió generalmente 


477 


sólo un corto número de especies al mismo tiempo, pues la 
variabilidad de cada especie es independiente. El que estas 
variaciones o diferencias individuales que pueden surgir se 
acumulen mediante selección natural en mayor o menor 
grado, produciendo así una mayor o menor modificación 
permanente, dependerá de circunstancias muy complejas: de 
que las variaciones sean de naturaleza útil; de la libertad en 
los cruzamientos; del cambio lento de las condiciones físicas 
en el país; de la inmigración de nuevos colonos, y de la 
naturaleza de los otros habitantes con los que entren en 
competencia las especies que varían. No es, pues, en modo 
alguno, sorprendente que una especie conserve idénticamente 
la misma forma mucho más tiempo que otras, o que, si 
cambia, lo haga en menor grado. 

Encontramos relaciones análogas entre los habitantes 
actuales de distintos países; por ejemplo: los moluscos 
terrestres y los insectos coleópteros de la isla de la Madera 
han llegado a diferir considerablemente de sus parientes más 
próximos del continente de Europa, mientras que los 
moluscos marinos y las aves han permanecido sin variación. 
Quizás podamos comprender la velocidad, evidentemente 
mayor, del cambio en los seres terrestres y en los de 
organización más elevada, comparados con los seres marinos 
e inferiores, por las relaciones más complejas de los seres 
superiores con sus condiciones orgánicas e inorgánicas de 
vida, según se explicó en un capítulo precedente. Cuando un 
gran número de los habitantes de una región haya llegado a 
modificarse y perfeccionarse, podemos comprender, por el 
principio de la competencia y por las importantísimas 
relaciones entre organismo y organismo en la lucha por la 
vida, que toda forma que no llegase a modificarse o 
perfeccionarse en algún grado estaría expuesta a quedar 
exterminada. Vemos, por consiguiente, por qué todas las 


478 



especies de una misma región, si consideramos espacios de 
tiempo suficientemente largos, llegaron al cabo a 
modificarse,pues de otro modo se hubiesen extinguido. 

Entre los miembros de una misma clase, el promedio de 
cambio durante períodos largos e iguales de tiempo puede 
quizá ser casi el mismo; pero, como la acumulación de 
formaciones duraderas ricas en fósiles depende de que se 
depositen grandes masas de sedimentos en regiones que se 
hundan, nuestras formaciones se han acumulado casi 
necesariamente con intermitencias grandes e irregulares, y, 
por consiguiente, no es igual la intensidad del cambio 
orgánico que muestran los fósiles enterrados en las 
formaciones sucesivas. Según esta hipótesis, cada formación 
no señala un acto nuevo y completo de creación, sino tan sólo 
una escena incidental, tomada casi al azar, de un drama que 
va cambiando siempre lentamente. 

Podemos comprender claramente por qué una especie, 
cuando se ha perdido, no tiene que reaparecer nunca, aun en 
caso de que vuelvan exactamente las mismas condiciones 
orgánicas e inorgánicas de vida; pues aun cuando la 
descendencia de una especie podría adaptarse —e 
indudablemente ha ocurrido esto en innumerables casos— a 
llenar el lugar de otra en la economía de la naturaleza, 
suplantándola de este modo, sin embargo, las dos formas —la 
antigua y la nueva— no serían idénticamente iguales, y ambas 
heredarían, casi seguramente, caracteres diferentes de sus 
distintos antepasados, y organismos diferentes tendrían que 
variar ya de un modo diferente. Por ejemplo: es posible que, si 
fuesen destruidas todas nuestras palomas colipavos, los 
avicultores podrían hacer una nueva raza apenas distinguible 
de la raza actual; pero si su especie madre, la paloma silvestre, 
fuese también destruida —y tenemos toda clase de 
razonespara creer que, en estado natural, las formas madres 


479 



son, generalmente, suplantadas y exterminadas por su 
descendencia perfeccionada—, no es creíble que una colipavo 
idéntica a la raza extinguida se pudiese obtener de ninguna 
otra especie de paloma, y ni aun siquiera de ninguna otra raza 
bien establecida de paloma doméstica; pues las variaciones 
sucesivas serían, casi con seguridad, diferentes en cierto 
grado, y la variedad recién formada heredaría probablemente 
de las que le diese origen algunas diferencias características. 

Los grupos de especies —esto es, géneros y familias— 
siguen en su aparición y desaparición las mismas reglas 
generales que las especies aisladas, cambiando más o menos 
rápidamente o en mayor o menor grado. Un grupo, una vez 
que ha desaparecido, nunca reaparece; es decir: la existencia 
del grupo es continua mientras el grupo dura. Sé que existen 
algunas aparentes excepciones a esta regla; pero las 
excepciones son sorprendentemente pocas, tan pocas, que E. 
Forbes, Pietet y Woodward —a pesar de ser todos ellos muy 
opuestos a las opiniones que sostengo— admiten la verdad de 
esta regla, que está exactamente de acuerdo con mi teoría; 
pues todas las especies del mismo grupo, por mucho que haya 
durado, son descendientes modificadas unas de otras, y todas 
de un progenitor común. En el género Ungula, por ejemplo, 
las especies que sucesivamente han aparecido en todas las 
edades tienen que haber estado enlazadas por una serie no 
interrumpida de generaciones, desde el estrato silúrico más 
inferiorhasta la actualidad. 

Hemos visto en el capítulo anterior que, a veces, grupos de 
especies parecen falsamente haberse desarrollado de repente, 
y he intentado dar una explicación de este hecho, que, si fuese 
cierto, sería fatal para mis opiniones. Pero estos casos son 
verdaderamente excepcionales, pues la regla general es un 
aumento gradual en número, hasta que el grupo alcanza su 
máximo, y, después, más pronto o más tarde, una diminución 


480 



gradual. Si el número de especies incluidas en un género, o el 
número de géneros incluidos en una familia, se representa 
por una línea vertical de grueso variable que sube a través de 
las sucesivas formaciones geológicas en que se encuentran las 
especies, la línea, algunas veces, parecerá falsamente empezar 
en su extremo inferior, no en punta aguda, sino bruscamente; 
luego, gradualmente, engruesará hacia arriba, conservando a 
veces el mismo grueso en un trayecto, y, finalmente, acabará 
haciéndose delgada en las capas superiores, señalando la 
diminución y extinción final de las especies. Este aumento 
gradual en el número de especies de un grupo está por 
completo conforme con mi teoría, pues las especies del 
mismo género y los géneros de la misma familia sólo pueden 
aumentar lenta y progresivamente, por ser el proceso de 
modificación y la producción de numerosas formas afines 
necesariamente un proceso lento y gradual, pues una especie 
da primero origen a dos o tres variedades, éstas se convierten 
lentamente en especies, que, a su vez, producen por grados 
igualmente lentos otras variedades y especies, y así 
sucesivamente, como la ramificación de un gran árbol 
partiendo de un solo tronco, hasta que el grupo llega a ser 
grande. 

De la extinción. 

Hasta ahora sólo hemos hablado incidentalmente de la 
desaparición de especies y grupos de especies. Según la teoría 
de la selección natural, la extinción de formas viejas y la 
producción de formas nuevas y perfeccionadas están 
íntimamente enlazadas. La antigua idea de que todos los 
habitantes de la tierra habían sido aniquilados por catástrofes 
en los sucesivos períodos, está generalmente abandonada, aun 
por aquellos geólogos, como Elie de Beaumont, Murchison, 
Barrande, etc., cuyas opiniones generales les tendrían que 
conducir naturalmente a esta conclusión. Por el contrario. 


481 



tenemos fundamento para creer, por el estudio de las 
formaciones terciarias, que las especies y grupos de especies 
desaparecen gradualmente, unos tras otros, primero de un 
sitio, luego de otro, y, finalmente, del mundo. En algunos 
casos, sin embargo —como la ruptura de un istmo, y la 
consiguiente irrupción de una multitud de nuevos habitantes 
en un mar contiguo, o el hundimiento final de una isla—, el 
proceso de extinción puede haber sido rápido. Tanto las 
especies aisladas como los grupos enteros de especies duran 
períodos de tiempo muy desiguales; algunos grupos, como 
hemos visto, han resistido desde la primera aurora conocida 
de la vida hasta el día de hoy; otros han desaparecido antes de 
terminarse el período paleozoico. Ninguna ley fija parece 
determinar el tiempo que resiste una especie o un género. 
Hay motivos para creer que la extinción de un grupo entero 
de especies es, generalmente, un proceso más lento que su 
producción: si, como antes, se representa su aparición y 
desaparición mediante una línea vertical de un grueso 
variable, se encontrará que la línea se adelgaza, terminando en 
punta, más gradualmente en su extremo superior, que señala 
el proceso de la extinción, que en su extremo inferior, que 
indica la aparición y primitivo aumento del número de 
especies. En algunos casos, sin embargo, la extinción de 
grupos enteros, como el de los amonites al final del período 
secundario, fue asombrosamente súbita. 

La extinción de las especies ha sido rodeada del más 
injustificado misterio. Algunos autores incluso han supuesto 
que, del mismo modo que el individuo tiene una vida de 
duración determinada, también las especies tienen una 
duración determinada. Nadie puede haberse asombrado más 
que yo de la extinción de las especies. Cuando encontré en La 
Plata el diente de un caballo yaciendo en unión de restos 
Mastodon, Megatherium, Toxodon y otros monstruos 


482 



extinguidos, que coexistieron todos con moluscos, aun 
vivientes, en un período geológico muy reciente, quedé lleno 
de asombro; pues, viendo que el caballo, desde su 
introducción por los españoles en América del Sur, se ha 
vuelto salvaje por todo el país, y que ha aumentado en 
número con una rapidez sin igual, me pregunté cómo pudo 
haberse exterminado tan recientemente el caballo antiguo, en 
condiciones de vida al parecer tan favorables. Pero mi 
asombro era infundado: el profesor Owen pronto notó que el 
diente, aunque muy parecido a los del caballo actual, 
pertenecía a una especie extinguida. Si este caballo hubiese 
vivido todavía, aunque siendo algo raro, ningún naturalista 
habría encontrado nada sorprendente su rareza, pues la 
rareza es atributo de un gran número de especies de todas 
clases, en todos los países. Si nos preguntamos por qué esta o 
aquella especie es rara, contestamos que existe alguna cosa 
desfavorable en las condiciones de vida, pero cuál sea esta 
cosa casi nunca podemos decirlo. Suponiendo que el caballo 
fósil existiese todavía como una especie rara —por analogía 
con todos otros mamíferos, incluso con los elefantes, que 
crían tan lentamente, y por la historia de la naturalización del 
caballo doméstico en América del Sur—, podríamos haber 
dado por seguro que en condiciones más favorables habría 
poblado en poquísimos años todo el continente; pero no 
podríamos haber dicho cuáles eran las condiciones 
desfavorables que impedían su crecimiento, ni si eran una o 
varias causas, ni en qué periodo de la vida del caballo actuaba 
cada una, ni en qué medida. Si las condiciones hubieran 
continuado, por muy lentamente que hubiese sido, 
haciéndose cada vez menos favorables, seguramente no 
hubiésemos observado el hecho, y, sin embargo, el caballo 
fósil indudablemente se hubiese ido volviendo cada vez más 
raro, y, finalmente, se hubiese extinguido, siendo ocupado su 


483 



lugar por algún competidor más afortunado. 

Es dificilísimo recordar siempre que el aumento numérico 
de todo ser viviente está siendo constantemente limitado por 
causas desconocidas contrarias a él, y que estas mismas causas 
desconocidas son muy suficientes para producir la rareza y, 
por último, la extinción. Tan poco conocido está este asunto, 
que repetidas veces he oído expresar la sorpresa de que hayan 
llegado a extinguirse animales gigantescos, tales como el 
mastodonte y los dinosauros, que son aún más antiguos, 
como si la sola fuerza corporal diese la victoria en la lucha por 
la vida. El tamaño solo, por el contrario, como ha hecho 
observar Owen, tiene que determinar en muchos casos una 
extinción más rápida, por la gran cantidad de alimento 
requerido. Antes de que el hombre habitase la India o el 
África, alguna causa tuvo que haber refrenado el aumento 
continuo del elefante actual. El doctor Ealconer, autoridad 
competentísima, cree que son principalmente los insectos los 
que, por atormentar y debilitar continuamente al elefante en 
la India, impiden su aumento, y ésta fue la conclusión de 
Bruce por lo que se refiere al elefante africano en Abisinia. Es 
seguro que ciertos insectos y los murciélagos chupadores de 
sangre condicionan en diferentes partes de América del Sur la 
existencia de los grandes mamíferos naturalizados. 

Vemos en muchos casos, en las formaciones terciarias más 
recientes, que la rareza de las especies precede a la extinción, y 
sabemos que éste ha sido el curso de los acontecimientos en 
aquellos animales que han sido exterminados, local o 
totalmente, por la acción del hombre. Repetiré lo que 
publiqué en 1845, o sea, que admitir que las especies 
generalmente se hacen raras antes de extinguirse y no 
encontrar sorprendente la rareza de una especie, y, sin 
embargo, maravillarse mucho cuando la especie cesa de 
existir, es casi lo mismo que admitir que la enfermedad en el 


484 



individuo es la precursora de la muerte y no encontrar 
sorprendente la enfermedad, y cuando muere el enfermo 
maravillarse y sospechar que murió de muerte violenta. 

La teoría de la selección natural está fundada en la creencia 
de que cada nueva variedad, y, finalmente, cada nueva 
especie, está producida y mantenida por tener alguna ventaja 
sobre aquellas con quienes entra en competencia, y de que 
casi inevitablemente sigue la extinción consiguiente de las 
formas menos favorecidas. Lo mismo ocurre en nuestras 
producciones domésticas: cuando se ha obtenido una 
variedad nueva y algo perfeccionada, al principio suplanta las 
variedades menos perfeccionadas de su vecindad; cuando ha 
sido muy perfeccionada, es llevada a todas partes como 
nuestro ganado vacuno short-horn, y reemplaza otras razas en 
otros países. De este modo la aparición de formas nuevas y la 
desaparición de formas viejas, tanto las producidas 
naturalmente como las producidas artificialmente, están 
ligadas entre sí. En los grupos florecientes el número de 
nuevas formas específicas producidas en un tiempo dado ha 
sido probablemente mayor, en algún período, que el de las 
formas específicas viejas que se han extinguido; pero sabemos 
que las especies han ido aumentando indefinidamente, por lo 
menos durante las últimas épocas geológicas; de modo que, 
considerando los últimos tiempos, podemos creer que la 
producción de nuevas formas ha ocasionado la extinción de 
un número aproximadamente igual de formas viejas. 

En general, la competencia será más severa, como se 
explicó antes, ilustrándolo con ejemplos, entre formas que 
son más parecidas entre sí por todos conceptos. Por 
consiguiente, los descendientes modificados y perfeccionados 
de una especie producirán generalmente el exterminio de la 
especie primitiva, y, si se han desarrollado muchas formas 
nuevas procedentes de una especie, las más próximas a ésta, o 


485 



sean las especies del mismo género, serán las más expuestas a 
ser exterminadas. De este modo creo yo que un cierto número 
de especies nuevas, descendientes de una especie, esto es, un 
género nuevo, viene a suplantar a otro viejo perteneciente a la 
misma familia. Pero tiene que haber ocurrido muchas veces 
que una especie nueva perteneciente a un grupo se haya 
apoderado del lugar ocupado, por otra especie perteneciente a 
un grupo distinto, y, de este modo, haya producido su 
exterminio. Si se desarrollan muchas formas afines 
descendientes del invasor afortunado, muchas tendrán que 
ceder su puesto, y, generalmente, serán las formas afines las 
que padecerán, por efecto de cierta inferioridad común 
heredada. Pero bien sean especies pertenecientes a la misma 
clase, o a clases distintas, las que hayan cedido su lugar a otras 
especies modificadas y perfeccionadas, algunas de las víctimas 
pueden muchas veces conservarse durante algún tiempo por 
estar adaptadas a alguna clase particular de vida, o por habitar 
alguna estación distante y aislada, donde habrán escapado a 
una ruda competencia. Por ejemplo, algunas especies de 
Trigonia, un género grande de moluscos de las formaciones 
secundarias, sobrevive en los mares de Australia, y algunos 
miembros del grupo grande y casi extinguido de los peces 
ganoideos viven todavía en las aguas dulces. Por consiguiente, 
la extinción total de un grupo es, en general, como hemos 
visto, un proceso más lento que su producción. 

Por lo que se refiere a la extinción, aparentemente 
repentina, de familias y órdenes enteros, como la de los 
trilobites al final del período paleozoico y la de los amonites al 
final del período secundario, debemos recordar lo que ya se 
ha dicho sobre los largos intervalos de tiempo que 
probablemente ha habido entre nuestras formaciones 
consecutivas, y en estos intervalos debe haber ocurrido una 
gran extinción lenta. Además, cuando por súbita inmigración 


486 



o por desarrollo extraordinariamente rápido, muchas especies 
de un nuevo grupo han tomado posesión de una región, 
muchas de las especies antiguas tendrán que haber sido 
exterminadas de un modo igualmente rápido, y las formas 
que de este modo ceden sus puestos serán, por lo común, 
afines, pues participarán de la misma inferioridad. 

De esta manera, a mi parecer, el modo como llegan a 
extinguirse las especies aisladas y los grupos enteros de 
especies se conciba bien con la teoría de la selección natural. 
No hemos de asombrarnos de la extinción; si de algo hemos 
de asombrarnos, que sea de nuestra propia presunción al 
imaginar por un momento que comprendemos las muchas y 
complejas circunstancias de que depende la existencia de cada 
especie. Si olvidamos por un instante que cada especie tiende 
a aumentar extraordinariamente, y que siempre están 
actuando causas que limitan este aumento, aun cuando raras 
veces las veamos, toda la economía de la naturaleza estará 
completamente obscurecida. En el momento en que podamos 
decir exactamente por qué esta especie es más abundante en 
individuos que aquélla, por qué esta especie y no otra puede 
ser naturalizada en un país dado, entonces, y sólo entonces, 
podremos encontrarnos justamente sorprendidos de no 
poder explicar la extinción de una especie dada o de un grupo 
de especies. 

De cómo las formas orgánicas cambian casi simultáneamente 

en el mundo entero. 

Apenas ningún descubrimiento paleontológico es más 
llamativo que el hecho de que las formas vivientes cambian 
casi simultáneamente en todo el mundo. Así, nuestra 
formación cretácica europea puede ser reconocida en muchas 
regiones distantes, en climas los más diferentes, donde no 
puede encontrarse ni un pedazo de la creta mineral, como en 


487 



América del Norte, en la región ecuatorial de América del 
Sur, en la Tierra del Fuego, en el Cabo de Buena Esperanza y 
en la península de la India, pues en estos puntos tan distantes 
los restos orgánicos presentan en ciertas capas una semejanza 
evidente con los del cretácico. No es que se encuentren las 
mismas especies, pues en algunos casos ninguna especie es 
idénticamente igual; pero pertenecen a las mismas familias, 
géneros y secciones de géneros, y a veces tienen caracteres 
semejantes en puntos tan accesorios como la simple labor 
superficial. Además, otras formas, que no se encuentran en el 
cretácico de Europa, pero que se presentan en las formaciones 
superiores o inferiores, aparecen en el mismo orden en estos 
puntos tan distantes del mundo. En las diferentes 
formaciones paleozoicas sucesivas de Rusia, Europa 
occidental y América del Norte, diferentes autores han 
observado un paralelismo semejante en las formas orgánicas, 
y lo mismo ocurre, según Lyell, en los depósitos terciarios de 
Europa y América del Norte. Aun prescindiendo por 
completo de algunas especies fósiles que son comunes al 
Mundo Antiguo y al Nuevo, sería todavía manifiesto el 
paralelismo general en las sucesivas formas orgánicas en los 
pisos paleozoicos y terciarios, y podría fácilmente establecerse 
la correlación entre las diferentes formaciones. 

Estas observaciones, sin embargo, se refieren a los 
habitantes marinos del mundo; no tenemos datos suficientes 
para juzgar si las producciones terrestres y de agua dulce, en 
puntos distantes, cambian del mismo modo paralelo. 
Podemos dudar de si han cambiado. Si el Megatherium, el 
Mylodon, la Macrauchenia y el Toxodon hubiesen sido traídos 
desde La Plata a Europa, sin datos relativos a su posición 
geográfica, nadie habría sospechado que han coexistido con 
moluscos marinos, todos ellos vivientes todavía, y, como estos 
extraños monstruos coexistieron con el mastodonte y el 


488 



caballo, se podía por lo menos haber supuesto que habían 
vivido en uno de los últimos pisos terciarios. 

Cuando se dice que las formas marinas han cambiado 
simultáneamente en todo el mundo, no hay que suponer que 
esta expresión se refiere al mismo año, ni al mismo siglo, ni 
siquiera que tenga un sentido geológico muy riguroso, pues si 
todos los animales marinos que ahora viven en Europa y 
todos los que vivieron en el período pleistoceno —período 
remotísimo, si se mide en años, y que comprende toda la 
época glacial— se comparasen con los que existen ahora en 
América del Sur o en Australia, el más experto naturalista 
apenas podría decir si son los habitantes actuales de Europa o 
los del pleistoceno los que más se parecen a los del hemisferio 
Sur. Así, también varios observadores competentísimos 
sostienen que las producciones existentes en los Estados 
Unidos están más relacionadas con las que vivieron en 
Europa durante algunos períodos terciarios modernos que 
con los habitantes actuales de Europa, y, si esto es así, es 
evidente que las capas fosilíferas que ahora se depositan en las 
costas de América del Norte estarían expuestas con el tiempo 
a ser clasificadas junto con capas europeas algo más antiguas. 
Sin embargo, mirando a una época futura muy lejana, es casi 
indudable que todas las formaciones marinas más modernas 
—o sean las capas pliocenas superiores, las pleistocenas y las 
propiamente modernas de Europa, América del Norte y del 
Sur y Australia— serían clasificadas justamente como 
simultáneas en el sentido geológico, por contener restos 
fósiles afines en cierto grado y por no encerrar aquellas 
formas que se encuentran sólo en los depósitos más antiguos 
subyacentes. 

El hecho de que las formas orgánicas cambien 
simultáneamente —en el sentido amplio antes indicado— en 
partes distantes del mundo, ha impresionado mucho a dos 


489 



grandes observadores, monsieurs de Verneuil y d’Archiac. 
Después de recordar el paralelismo de las formas paleozoicas 
en diferentes partes de Europa, añaden: «Si, impresionados 
por este extraño orden de sucesión, fijamos nuestra atención 
en América del Norte y descubrimos allí una serie de 
fenómenos análogos, parecerá seguro que todas estas 
modificaciones de especies, su extinción y la introducción de 
las nuevas, no pueden ser los resultados de simples cambios 
en las corrientes marinas o de otras causas más o menos 
locales y temporales, sino que dependen de leyes generales 
que rigen todo el reino animal». Monsieur Barrando ha hecho 
exactamente, en el mismo sentido, consideraciones de gran 
fuerza. Seria inútil por completo atribuir a los cambios de 
corrientes, climas u otras condiciones físicas las grandes 
modificaciones en las formas orgánicas en el mundo entero, 
en climas los más diferentes. Debemos atribuirlos, como 
Barrando ha hecho observar, a alguna ley especial. Veremos 
esto más claramente cuando tratemos de la distribución 
actual de los seres orgánicos y notemos qué pequeña es la 
relación entre las condiciones físicas de los diferentes países y 
la naturaleza de sus habitantes. 

Este gran hecho de la sucesión paralela de las formas 
orgánicas en todo el mundo es inexplicable por la teoría de la 
selección natural. Las especies nuevas se forman por tener 
alguna ventaja sobre las formas viejas, y las formas que son ya 
dominantes, o tienen alguna ventaja sobre las otras en su 
propio país, dan origen al mayor número de variedades 
nuevas o especies incipientes. Tenemos pruebas claras de este 
hecho en que las plantas que son dominantes —esto es, que 
son más comunes y más extendidas— producen el mayor 
número de variedades nuevas. También es natural que las 
especies dominantes, variables y muy extendidas, que han 
invadido ya hasta cierto punto los territorios de otras 


490 



especies, sean las que tengan mayores probabilidades de 
extenderse todavía más y de dar origen en nuevos países a 
otras nuevas variedades y especies. El proceso de difusión 
tuvo con frecuencia que ser lentísimo, dependiendo de 
cambios climatológicos y geográficos, de accidentes 
extraordinarios y de la aclimatación gradual de nuevas 
especies a los diferentes climas por los que hubieron de pasar; 
pero en el transcurso del tiempo las formas dominantes 
generalmente tuvieron que conseguir difundirse y prevalecer 
finalmente. La difusión de los habitantes terrestres de los 
distintos continentes sería probablemente más lenta que la de 
los habitantes de los mares abiertos. Podíamos, por 
consiguiente, esperar encontrar, como encontramos, un 
paralelismo menos riguroso en la sucesión de las 
producciones terrestres que en la de las producciones del mar. 

De este modo, a mi parecer, la sucesión paralela y —en 
sentido amplio— simultánea de las mismas formas orgánicas 
en todo el mundo se concilla bien con el principio de que las 
especies nuevas han sido formadas por especies dominantes, 
en variación y muy extendidas; las nuevas especies producidas 
de este modo son a su vez dominantes —debido a haber 
tenido alguna ventaja sobre sus padres, ya dominantes, así 
como sobre otras especies— y se extienden de nuevo, varían y 
producen nuevas formas. Las especies viejas, que son 
derrotadas y que ceden su puesto a formas nuevas y 
victoriosas, estarán, generalmente, reunidas en grupos, por 
heredar en común cierta inferioridad, y, por consiguiente, 
cuando se extienden por el mundo grupos nuevos y 
perfeccionados, desaparecen del mundo grupos viejos, y en 
todas partes tiende a haber correspondencia en la sucesión de 
formas, tanto en su primera aparición como en su 
desaparición final. 

Hay otra observación digna de hacerse, relacionada con 


491 



este asunto. He dado las razones que tengo para creer que la 
mayor parte de nuestras grandes formaciones, ricas en fósiles, 
se depositaron durante períodos de hundimiento, y que hubo 
intervalos de gran extensión, en blanco por lo que a fósiles se 
refiere, durante los períodos en que el fondo del mar estaba 
estacionarlo o se levantaba, e igualmente cuando el sedimento 
no se depositaba lo bastante de prisa para enterrar y conservar 
los restos orgánicos. Durante estos grandes intervalos en 
blanco, supongo que los habitantes de cada región 
experimentaron una considerable modificación y extinción, y 
que hubo muchas migraciones desde otras partes del mundo. 
Como tenemos razones para creer que grandes territorios 
experimentan el mismo movimiento, es probable que 
formaciones rigurosamente contemporáneas se hayan 
acumulado muchas veces en espacios vastísimos de la misma 
parte del mundo; pero estamos muy lejos de tener derecho a 
sacar la conclusión de que ha ocurrido de este modo 
invariablemente, y que las grandes extensiones 
invariablemente han experimentado los mismos 
movimientos. Cuando dos formaciones se han depositado en 
dos regiones durante casi —aunque no exactamente— el 
mismo período, hemos de encontrar en ambas, por las causas 
expuestas anteriormente, la misma sucesión general en las 
formas orgánicas; pero las especies no se tienen que 
corresponder exactamente, pues en una región había habido 
un poco más de tiempo que en la otra para la modificación, 
extinción e inmigración. 

Presumo que casos de esta naturaleza se presentan en 
Europa. Míster Prestwich, en sus admirables Memorias sobre 
los depósitos eocenos en Inglaterra y Francia, puede 
establecer un estrecho paralelismo general entre los pisos 
sucesivos en los dos países; pero cuando compara ciertos 
pisos de Inglaterra con los de Francia, aun cuando encuentra 


492 



en ambos una curiosa conformidad en el número de especies 
pertenecientes a los mismos géneros, sin embargo, las 
especies difieren de un modo muy difícil de explicar, teniendo 
en cuenta la proximidad de los dos países, a menos, claro está, 
que se admita que un istmo separó dos mares habitados por 
faunas distintas, aunque contemporáneas. Lyell ha hecho 
observaciones análogas acerca de algunas de las últimas 
formaciones terciarias. Barrande igualmente demuestra que 
existe un notable paralelismo general en los sucesivos 
depósitos silúricos de Bohemia y Escandinavia; sin embargo, 
encuentra diferencia sorprendente en las especies. Si las varias 
formaciones no se han depositado en estas regiones 
exactamente durante los mismos períodos —una formación 
en una región corresponde con frecuencia a un intervalo en 
otra—, y si en ambas regiones las especies han ido cambiando 
lentamente durante la acumulación de las diferentes 
formaciones y durante los largos intervalos de tiempo entre 
ellas, en este caso, las diferentes formaciones en las dos 
regiones pudieron quedar dispuestas en el mismo orden, de 
acuerdo con la sucesión general de las formas orgánicas, y el 
orden parecería falsamente ser paralelo con todo rigor, y, sin 
embargo, todas las especies no serían las mismas en los pisos, 
en apariencia correspondientes, de las dos regiones. 

De las afinidades de las especies extinguidas entre sí y con las 

formas vivientes. 

Consideramos ahora las afinidades mutuas de las especies 
vivientes y extinguidas. Se reparten todas entre un corto 
número de grandes clases, y este hecho se explica en seguida 
por el principio de la descendencia. Por regla general, cuanto 
más antigua es una forma, tanto más difiere de las formas 
vivientes; pero, como Buckland ha hecho observar hace 
mucho tiempo, las especies extinguidas pueden clasificarse 
todas dentro de los grupos todavía existentes o en los 


493 



intervalos entre ellos. El que las formas orgánicas extinguidas 
ayudan a llenar los intervalos que existen entre géneros, 
familias y órdenes vivientes, es ciertísimo; pero como esta 
afirmación ha sido con frecuencia ignorada y hasta negada, 
puede ser útil hacer algunas observaciones sobre este punto y 
citar algunos ejemplos. Si limitamos nuestra atención a las 
especies vivientes, o a las especies extinguidas de la misma 
clase, la serie es mucho menos perfecta que si combinamos 
ambas en un sistema general. En los escritos del profesor 
Owen nos encontramos continuamente con la expresión 
formas generalizadas aplicada a animales extinguidos, y en los 
escritos de Agassiz con la expresión tipos proféticos o 
sintéticos, y estos términos implican el que tales formas son de 
hecho eslabones intermedios o de unión. Otro distinguido 
paleontólogo, monsieur Gaudry, ha demostrado del modo 
más notable que muchos de los mamíferos fósiles 
descubiertos por él en el Ática sirven para llenar los intervalos 
que existen entre géneros vivientes. Cuvier clasificaba los 
rumiantes y los paquidermos como dos órdenes, de los más 
distintos, de mamíferos; pero han sido desenterradas tantas 
formas intermedias fósiles, que Owen ha tenido que alterar 
toda la clasificación, y ha colocado ciertos paquidermos en un 
mismo suborden con rumiantes; por ejemplo, anula, 
mediante graduaciones, el intervalo, grande en apariencia, 
entre el cerdo y el camello. Los ungulados o mamíferos de 
cascos y pezuñas se dividen ahora en un grupo con número 
par de dedos y otro con número impar de dedos; pero la 
Macrauchenia de América del Sur enlaza hasta cierto punto 
estas dos grandes divisiones. Nadie negará que el Hipparion 
es intermedio entre el caballo viviente y ciertas formas 
unguladas más antiguas; el Typotherium de América del Sur, 
que no puede ser colocado en ninguno de los órdenes 
vivientes, ¡qué maravilloso eslabón intermediario constituye 


494 



en la cadena de los mamíferos, como lo indica el nombre que 
le ha dado el profesor Gervais! Los sirenios forman un grupo 
bien distinto de mamíferos, y una de las más notables 
particularidades del dugong y del manatí actuales es la falta 
completa de miembros posteriores, sin que haya quedado ni 
siquiera un rudimento; pero el extinguido Halitherium tenía, 
según el profesor Flower, el fémur osificado «articulado en un 
acetábulo bien definido en la pelvis», y constituye así una 
aproximación a los mamíferos ungulados ordinarios, de los 
cuales los sirenios son afines por otros conceptos. Los 
cetáceos son muy diferentes de todos los otros mamíferos, 
pero el Zeuglodon y el Squalodon terciarios que han sido 
colocados por algunos naturalistas en un orden constituido 
por ellos solos, son considerados por el profesor Huxley como 
cetáceos indubitables, «y como constituyendo formas de 
unión con los carnívoros acuáticos». 

El naturalista que se acaba de citar ha demostrado que, 
incluso el gran intervalo que existe entre las aves y los reptiles, 
se salva en parte del modo más inesperado, de un lado, 
mediante el avestruz y la extinguida Archeopteryx, y, de otro, 
mediante el Compsognathus, uno de los dinosaurios, grupo 
que comprende los más gigantescos de todos los reptiles 
terrestres. Volviendo a los invertebrados, afirma Barrando —y 
no puede nombrarse una autoridad mayor— que los 
descubrimientos cada día le enseñan que, aun cuando los 
animales paleozoicos pueden ciertamente ser clasificados 
dentro de los grupos vivientes, sin embargo, en este antiguo 
período, los grupos no estaban tan distintamente separados 
unos de otros como lo están ahora. 

Algunos autores se han opuesto a que ninguna especie 
extinguida o grupo de especies deba ser considerada como 
intermediaria entre cualesquiera dos especies vivientes o 
grupos de especies. Si con esto se entiende que ninguna forma 


495 



extinguida es directamente intermedia por todos sus 
caracteres entre dos formas o grupos vivientes, la objeción es 
probablemente válida. Pero en una clasificación natural, 
muchas especies fósiles quedan situadas ciertamente entre dos 
especies vivientes, y algunos géneros extinguidos quedan 
entre géneros vivientes, incluso entre géneros pertenecientes a 
familias distintas. El caso más común, especialmente por lo 
que se refiere a grupos muy distintos, como peces y reptiles, 
parece ser que, suponiendo que se distingan actualmente por 
una veintena de caracteres, los miembros antiguos están 
separados por un número algo menor de caracteres; de modo 
que los dos grupos estaban antes algo más próximos que lo 
están actualmente. 

Es una creencia común que, cuanto más antigua es una 
forma, tanto más tiende a enlazar, por alguno de sus 
caracteres, grupos actualmente muy separados. Esta 
observación indudablemente tiene que ser restringida a 
aquellos grupos que han sufrido grandes cambios en el 
transcurso de las edades geológicas, y sería difícil probar la 
verdad de la proposición, pues, de vez en cuando, se descubre 
algún animal viviente, como el Lepidosiren, que tiene 
afinidades directas con grupos muy distintos. Sin embargo, si 
comparamos los reptiles y batracios más antiguos, los peces 
más antiguos, los cefalópodos más antiguos y los mamíferos 
eocenos con los representantes más modernos de las mismas 
clases, tenemos que admitir que hay algo de verdad en la 
observación. 

Veamos hasta dónde estos diferentes hechos y deducciones 
están de acuerdo con la teoría de la descendencia con 
modificación. Como el asunto es algo complicado, tengo que 
rogar al lector que vuelva al cuadro del capitulo cuarto. 
Podemos suponer que las letras bastardillas con números 
representan géneros, y las líneas de puntos divergentes, a 


496 



partir de ellas, las especies de cada género. El cuadro es 
demasiado sencillo, pues se indican muy pocos géneros y muy 
pocas especies; pero esto carece de importancia para nosotros. 
Las líneas horizontales pueden representar formaciones 
geológicas sucesivas, y todas las formas por debajo de la línea 
superior pueden considerarse corno extinguidas. Los tres 
géneros vivientes, formarán una pequeña familia: 

familia o subfamilia muy próxima, y y 
una tercera familia. Estas tres familias, junto con los muchos 
géneros extinguidos en las diferentes líneas de descendencia 
divergentes a partir de la forma madre A, formarán un orden, 
pues todas habrán heredado algo en común de su remoto 
antepasado. Según el principio de la tendencia continua a la 
divergencia de caracteres, que fue explicado antes, mediante 
el cuadro, cuanto más reciente es una forma, tanto más 
generalmente diferirá de su remoto antepasado. Por 
consiguiente, podemos comprender la regla de que las formas 
antiguas difieran más de las formas vivientes. No debemos, 
sin embargo, suponer que la divergencia de caracteres sea un 
hecho necesario; depende sólo de que los descendientes de 
una especie son de este modo capaces de apoderarse de 
muchos y diferentes puestos en la economía de la naturaleza. 
En consecuencia, es perfectamente posible, como hemos visto 
en el caso de algunas formas silúricas, que una especie pueda 
subsistir modificándose ligeramente, en relación con sus 
condiciones de vida poco cambiadas, y, sin embargo, 
conserve durante un largo período los mismos caracteres 
generales. Esto está representado en el diagrama por la 
letra 

Las numerosas formas extinguidas y vivientes que 
descienden de A, constituyen todas, según antes se hizo 
observar, un orden, y este orden, por el efecto continuado de 
la extinción y divergencia de caracteres, ha llegado a dividirse 


497 



en varias familias y subfamilias, algunas de las cuales se 
supone que han perecido en diferentes períodos y otras han 
resistido hasta hoy día. 

Mirando el cuadro podemos ver que, si en diferentes 
puntos de la parte inferior de la serie fuesen descubiertas 
muchas de las formas extinguidas, que se supone que están 
enterradas en las formaciones sucesivas, las tres familias 
vivientes que están encima de la línea superior resultarían 
menos distintas entre sí. Si, por ejemplo, los géneros a\ a^ 
f, m®, fuesen desenterrados, estas tres familias estarían 
tan estrechamente unidas entre sí, que probablemente 
habrían tenido que ser reunidas, formando una gran familia, 
casi del mismo modo que ha ocurrido con los rumiantes y 
ciertos paquidermos. Sin embargo, el que se opusiese a 
considerar como intermedios los géneros extinguidos que 
enlazan de este modo los géneros vivientes de tres familias, 
tendría en parte razón, pues son intermedios no 
directamente, sino sólo mediante un camino largo y tortuoso, 
pasando por muchas y muy diferentes formas. Si fuesen 
descubiertas muchas formas extinguidas por encima de una 
de las líneas horizontales o formaciones geológicas 
intermedias —por ejemplo, por encima de VI—, y ninguna 
por debajo de esta línea, entonces sólo dos de las familias — 
las de la izquierda, etc., y etc.—, tendrían que ser 
reunidas en una sola, y quedarían dos familias, que serían 
menos distintas entre sí de lo que lo eran antes del 
descubrimiento de los fósiles. Del mismo modo también, si se 
supone que las tres familias formadas por los ocho géneros 
a m^^), situados sobre la línea superior difieren entre sí 
por media docena de caracteres importantes, en este caso, las 
familias que existieron en el período señalado por la línea VI 
habrían seguramente diferido entre sí por un número menor 
de caracteres, pues en este estado primitivo habrían divergido 


498 



menos a partir de su antepasado común. Así ocurre que los 
géneros antiguos y extinguidos son con frecuencia, en mayor 
o menor grado, de caracteres intermedios entre sus 
modificados descendientes o entre sus parientes colaterales. 

En la naturaleza este proceso será mucho más complicado 
de lo que representa el cuadro, pues los grupos serán más 
numerosos, habrán subsistido durante espacios de tiempo 
sumamente desiguales y se habrán modificado en diferente 
grado. Como poseemos sólo el último tomo del registro 
geológico, y éste en un estado muy incompleto, no tenemos 
derecho a esperar —salvo en raros casos— que se llenen los 
grandes intervalos del sistema natural y que, de este modo, se 
unan familias y órdenes distintos. Todo lo que tenemos 
derecho a esperar es que los grupos que han experimentado 
dentro de períodos geológicos conocidos muchas 
modificaciones, se aproximen un poco entre sí en las 
formaciones más antiguas, de suerte que los miembros más 
antiguos difieran entre sí, en algunos de sus caracteres, menos 
que los miembros vivientes de los mismos grupos, y, según las 
pruebas coincidentes de nuestros mejores paleontólogos, esto 
es lo que ocurre frecuentemente. Así se explican, de un modo 
satisfactorio, según la teoría de la descendencia con 
modificación, los principales hechos referentes a las 
afinidades de las formas orgánicas extinguidas entre sí y con 
las formas vivientes; y según otra opinión, son estos hechos 
por completo inexplicables. 

Según esta misma teoría, es evidente que la fauna de uno 
cualquiera de los grandes períodos de la historia de la tierra 
será intermedia, por su carácter general, entre la que le 
precedió y la que le sucedió. Así, las especies que vivieron en 
el sexto de los grandes períodos de descendencia del cuadro 
son los descendientes modificados de las que vivieron en el 
quinto, y las progenitoras, de las que llegaron a modificarse 


499 



todavía más en el séptimo; por tanto, difícilmente pudieron 
dejar de ser casi intermedias por sus caracteres entre las 
formas orgánicas de encima y de debajo. Debemos en todo 
caso tener en cuenta la completa extinción de algunas formas 
precedentes, y, en cada región, la inmigración de formas 
nuevas de otras regiones, y una intensa modificación durante 
los largos períodos en blanco entre dos formaciones sucesivas. 
Hechas estas deducciones, la fauna de cada período geológico 
es, indudablemente, de carácter intermedio entre la fauna 
precedente y la siguiente. No necesito dar más que un 
ejemplo: el modo como los fósiles del sistema devónico, 
cuando se descubrió este sistema, fueron en el acto 
reconocidos por los paleontólogos como de carácter 
intermedio entre los del sistema carbonífero, que está encima, 
de los del sistema silúrico, que está debajo. Pero cada fauna 
no es, por necesidad, rigurosamente intermedia, pues han 
transcurrido espacios desiguales de tiempo entre formaciones 
consecutivas. 

El que ciertos géneros presenten excepciones a la regla no 
constituye una dificultad positiva para la exactitud de la 
afirmación de que la fauna de cada período es, en conjunto, 
de carácter próximamente intermedio entre la fauna 
precedente y la siguiente. Por ejemplo, las especies de 
mastodontes y elefantes, ordenadas por el doctor Falconer en 
dos series —la primera según sus afinidades mutuas y la 
segunda según sus períodos de existencia— no se 
corresponden en orden. Ni las especies de caracteres 
extremos son las más antiguas o las más modernas, ni las de 
caracteres intermedios son de antigüedad intermedia; pero 
suponiendo, por un instante, en este y otros casos semejantes, 
que el registro de primeras operaciones y desapariciones de 
las especies estuviese completo —lo que está muy lejos de 
ocurrir—, no tenemos motivo para creer que las formas 


500 



producidas suoesivamente duren necesariamente espacios 
iguales de tiempo. Una forma antiquísima puede a veces 
haber perdurado mucho más que una forma producida 
después en cualquier parte, sobre todo, en el caso de seres 
terrestres que viven en regiones separadas. Comparando las 
cosas pequeñas con las grandes, si las razas principales 
vivientes y extinguidas de la paloma doméstica se dispusiesen 
en serie, según su afinidad, este orden no estaría exactamente 
de acuerdo con el orden cronológico de su producción, y aun 
menos con el de su desaparición, pues la paloma silvestre, 
forma madre, vive todavía, y muchas variedades entre la 
paloma silvestre y la mensajera inglesa o carrier se han 
extinguido, y las mensajeras inglesas, que, por el importante 
carácter de la longitud del pico, están en un extremo de la 
serie, se originaron antes que los volteadores o tumblers de 
pico corto, que están, por este concepto, en el extremo 
opuesto de la serie. 

íntimamente relacionado con la afirmación de que los 
restos orgánicos de una formación intermedia son, hasta 
cierto punto, de carácter intermedio, está el hecho, sobre el 
que han insistido todos los paleontólogos, de que los fósiles 
de dos formaciones consecutivas están mucho más 
relacionados entre sí que los de dos formaciones distantes. 
Pictet da un ejemplo muy conocido: el de la semejanza 
general de los fósiles de los diferentes pisos de la formación 
cretácica, aunque las especies son distintas en cada piso. Este 
sólo hecho, por su generalidad, parece haber hecho vacilar al 
profesor Pictet en su creencia en la inmutabilidad de las 
especies. El que esté familiarizado con la distribución de las 
especies vivientes sobre la superficie del globo no intentará 
explicar la gran semejanza de las especies distintas en 
formaciones consecutivas porque hayan permanecido casi 
iguales las condiciones físicas de aquellas antiguas regiones. 


501 



Recordamos que las formas orgánicas —por lo menos las que 
viven en el mar— han cambiado casi simultáneamente en el 
mundo, y, por consiguiente, en climas y condiciones los más 
diferentes. Considérense las prodigiosas vicisitudes del clima 
durante el período pleistoceno, que comprende toda la época 
glacial, y nótese lo poco que han influido en las formas 
específicas de los habitantes del mar. 

Según la teoría de la descendencia, es clara toda la 
significación del hecho de que los restos fósiles de 
formaciones consecutivas estén muy relacionados. Como la 
acumulación de cada formación ha sido con frecuencia 
interrumpida, y como entre las formaciones sucesivas se han 
intercalado largos intervalos en blanco, no debemos esperar 
encontrar, según intenté demostrar en el capítulo anterior, en 
una o dos formaciones, todas las variedades intermedias entre 
las especies que aparecieron al principio y al final de estos 
períodos; pero, después de espacios de tiempo larguísimos, si 
se miden por años, aunque sólo algo largos si se miden 
geológicamente, hemos de encontrar formas muy afines o, 
como han sido llamadas por algunos autores, especies 
representativas, y éstas ciertamente las encontramos. En una 
palabra: encontramos aquellas pruebas que tenemos derecho 
a esperar de las transformaciones lentas y apenas sensibles de 
las formas especificas. 

Del estado de desarrollo de las formas antiguas, comparado 
con el de las vivientes. 

Hemos visto en el capítulo cuarto que la diferencia y 
especialización de las partes en los seres orgánicos, cuando 
llegan a la edad adulta, es la mejor medida hasta ahora 
conocida del grado de perfección o superioridad. También 
hemos visto que, como la especialización de las partes es una 
ventaja para todo ser, la selección natural tenderá a hacer la 


502 



organización de todo ser más especializada y perfecta, y, en 
este sentido, superior; aunque esto no es decir que no pueda 
dejar muchos seres con una conformación sencilla y sin 
perfeccionar, adecuados a condiciones sencillas de vida, ni 
que, en algunos casos, incluso no degrade o simplifique la 
organización; dejando, sin embargo, estos degradados más 
adecuados para su nuevo género de vida. Las nuevas especies 
llegan a ser superiores a sus predecesoras de otro modo más 
general, pues tienen que vencer en la lucha por la vida a todas 
las formas viejas, con las que entran en estrecha competencia. 
Por consiguiente, hemos de llegar a la conclusión de que, si en 
clima casi igual los habitantes eocenos del mundo pudiesen 
ser puestos en competencia con los actuales, aquéllos serían 
derrotados y exterminados por éstos, como lo serían las 
formas secundarias por las eocenas y las formas paleozoicas 
por las secundarias. De modo que, en esta prueba 
fundamental de la victoria en la lucha por la vida, lo mismo 
que tomando como medida la especialización de órganos, las 
formas modernas, según la teoría de la-selección natural, 
deben ser más elevadas que las formas antiguas. ¿Ocurre así? 
Una gran mayoría de paleontólogos contestará 
afirmativamente, y parece que esta respuesta podría admitirse 
como cierta, aunque sea difícil de probar. 

No es una objeción válida a esta conclusión el que ciertos 
braquiópodos se han modificado muy poco desde una época 
geológica remotísima, y que ciertos moluscos terrestres y de 
agua dulce han permanecido casi los mismos desde el tiempo 
en que, hasta donde sabemos, aparecieron por vez primera. 
No es una dificultad insuperable el que la organización de los 
foraminíferos, como ha señalado con insistencia el doctor 
Carpenter, no haya progresado incluso desde época 
laurentina, pues algunos organismos tienen que haber 
quedado adecuados a condiciones sencillas de vida; y ¿qué 


503 



podría haber más adecuado a este fin que estos protozoos de 
organización inferior? Objeciones tales como las anteriores 
serían fatales para mi teoría, si ésta comprendiese el progreso 
en la organización como una condición necesaria. Serían 
también fatales si pudiera probarse que estos foraminíferos, 
por ejemplo, habían empezado a existir durante la época 
laurentina, o aquellos braquiópodos durante la formación 
cámbrica; pues, en este caso, no habría habido tiempo 
suficiente para el desarrollo de estos organismos hasta el tipo 
que entonces habían alcanzado. Cuando han llegado hasta un 
punto dado, no es necesario, según la teoría de la selección 
natural, que continúen progresando más, aunque, durante los 
tiempos sucesivos, tendrán que modificarse un poco para 
conservar sus puestos en relación con los pequeños cambios 
de las condiciones de existencia. Las objeciones precedentes 
giran alrededor del problema de si conocemos realmente la 
edad de la tierra, y en qué período aparecieron por vez 
primera las diferentes formas orgánicas, y esto es muy 
discutido. 

El problema de si la organización en conjunto ha 
adelantado o no, es por muchos conceptos complicadísimo. 
Los registros geológicos, incompletos en todos tiempos, no 
alcanzan lo bastante atrás para demostrar con claridad 
evidente que dentro de la historia conocida del mundo la 
organización ha avanzado mucho. Aun hoy día, considerando 
los miembros de una misma clase, los naturalistas no están de 
acuerdo en qué formas deben ser clasificadas como 
superiores; así, algunos consideran los solacios, por su 
aproximación a los reptiles en algunos puntos importantes de 
su conformación, como los peces superiores; otros consideran 
como superiores los teleósteos. Los ganoideos ocupan una 
posición intermedia entre los solacios y los teleósteos; estos 
últimos actualmente son, por su número, muy 


504 



preponderantes; pero en otro tiempo existieron los solacios y 
ganoideos solos, y, en este caso, según el tipo de superioridad 
que se elija, se dirá que han adelantado o retrocedido en su 
organización. El intento de comparar en la escala de 
superioridad formas de distintos tipos parece ser vano. 
¿Quién decidirá si una gibia es superior a una abeja, insecto 
que el gran von Baer cree que es «de hecho de organización 
superior a la de un pez, aunque de otro tipo»? En la 
complicada lucha por la vida, es muy creíble que crustáceos 
no muy elevados dentro de su misma clase pudieron derrotar 
a cefalópodos, que son los moluscos superiores, y estos 
crustáceos, aunque no muy elevados por su organización, 
estarían muy arriba en la escala de los animales invertebrados 
si se juzgase por la más decisiva de todas las pruebas, la ley de 
la lucha. Aparte de estas dificultades intrínsecas al decidir qué 
formas son las más adelantadas en organización, no debemos 
comparar solamente los miembros superiores de una clase en 
dos periodos —aun cuando indudablemente es éste un 
elemento, y quizá el más importante, al hacer una 
comparación—, sino que debemos comparar todos los 
miembros, superiores e inferiores, en los dos períodos. En 
una época antigua bullían en gran número los animales 
moluscoidales más superiores y más inferiores, o sean, 
cefalópodos y braquiópodos; actualmente ambos grupos están 
muy reducidos, mientras que otros de organización 
intermedia han aumentado mucho, y, en consecuencia, 
algunos naturalistas sostienen que los moluscos tuvieron en 
otro tiempo un desarrollo superior al que ahora tienen; pero 
del lado contrario puede señalarse un hecho más poderoso, 
considerando la gran reducción de los braquiópodos y el que 
los cefalópodos vivientes, aunque pocos en número, son de 
organización más elevada que sus representantes antiguos. 
Debemos también comparar en dos períodos los números 


505 



relativos de las clases superiores o inferiores en todo el 
mundo; si, por ejemplo, hoy en día existen cincuenta mil 
especies de animales vertebrados, y sabemos que en algún 
período anterior existieron sólo diez mil, debemos considerar 
este aumento de número en la clase más elevada, que implica 
un gran desalojamiento de formas inferiores, como un 
adelanto decisivo en la organización del mundo. Vemos, así, 
lo desesperadamente dificultoso que es comparar con 
completa justicia, en relaciones tan sumamente complejas, el 
grado de la organización de las faunas, imperfectamente 
conocidas, de los sucesivos períodos. 

Apreciaremos más claramente esta dificultad considerando 
ciertas faunas y flores extinguidas. Por la manera 
extraordinaria como las producciones europeas se han 
difundido recientemente por Nueva Zelandia y han 
arrebatado los puestos que debieron haber estado ocupados 
anteriormente por los indígenas, hemos de creer que, si todos 
los animales y plantas de la Gran Bretaña fuesen puestos en 
libertad en Nueva Zelandia, una multitud de formas 
británicas llegaría, en el transcurso del tiempo, a naturalizarse 
allí por completo, y exterminaría a muchas de las formas 
indígenas. Por el contrario, por el hecho de que apenas 
ningún habitante del hemisferio Sur se haya hecho salvaje en 
ninguna parte de Europa, podemos muy bien dudar de que, 
en el caso de que todas las producciones de Nueva Zelandia se 
dejasen en libertad en la gran Bretaña, un número 
considerable fuese capaz de apoderarse de los puestos 
actualmente ocupados por nuestros animales y plantas 
indígenas. Desde este punto de vista, las producciones de la 
Gran Bretaña están mucho más elevadas en la escala que las 
de Nueva Zelandia. Sin embargo, el más hábil naturalista, 
mediante un examen de las especies de los dos países, no 
podría haber previsto este resultado. 


506 



Agassiz y otras varias autoridades competentísimas insisten 
en que los animales antiguos se asemejan, hasta cierto punto, 
a los embriones de animales modernos, pertenecientes a las 
mismas clases, y que la sucesión geológica de formas 
extinguidas es casi paralela al desarrollo embrionario de las 
formas vivientes. Esta opinión se conciba admirablemente 
bien con nuestra teoría. En un capítulo siguiente intentaré 
demostrar que el adulto difiere de su embrión debido a que 
han sobrevenido variaciones a una edad no temprana que han 
sido heredadas en la edad correspondiente. Este proceso, 
mientras que deja al embrión casi inalterado, añade 
continuamente, en el transcurso de generaciones sucesivas, 
cada vez más diferencias al adulto. De este modo, el embrión 
va a quedar como una especie de retrato, conservado por la 
naturaleza de la condición primitiva y menos modificada de 
la especie. Esta opinión puede ser verdadera, y, sin embargo, 
nunca podrá ser susceptible de pruebas. Viendo, por ejemplo, 
que los mamíferos, reptiles y peces más antiguos que se 
conocen pertenecen rigurosamente a estas mismas clases, aun 
cuando algunas de estas formas antiguas sean un poco menos 
distintas entre sí que lo son actualmente los miembros típicos 
de los mismos grupos, sería inútil buscar animales que 
tuviesen el carácter embriológico común a los vertebrados, 
hasta que se descubran capas, ricas en fósiles, muy por debajo 
de los estratos cámbricos inferiores, descubrimiento que es 
poco probable. 

De la sucesión de los mismos tipos en las mismas regiones 
durante los últimos períodos terciarios. 

Míster Clift demostró hace muchos años que los mamíferos 
fósiles de las cavernas de Australia eran muy afines de los 
marsupiales vivientes de aquel continente. En América del 
Sur es evidente, aun para ojos inexpertos, un parentesco 
análogo en las piezas gigantescas del caparazón —semejantes 


507 



a las del armadillo— encontradas en diferentes partes de La 
Plata, y el profesor Owen ha demostrado, del modo más 
notable, que la mayor parte de los mamíferos fósiles 
enterrados allí en gran número son afines de tipos 
sudamericanos. El parentesco se ve aun más claramente en la 
maravillosa colección de huesos fósiles de las cavernas del 
Brasil, hecha por míster Lund y míster Clausen. Me 
impresionaron tanto estos hechos, que en 1839 y 1845 insistí 
enérgicamente sobre esta «ley de sucesión de tipos», sobre «el 
maravilloso parentesco entre lo muerto y lo vivo en un mismo 
continente». El profesor Owen, posteriormente, ha extendido 
a los mamíferos del Mundo Antiguo la misma generalización. 
Vemos la misma ley en las restauraciones de las aves 
extinguidas y gigantescas de Nueva Zelandia hechas por este 
autor. La vemos también en las aves de las cavernas del Brasil. 
Míster Woodward ha demostrado que la misma ley se aplica a 
los moluscos marinos; pero por la extensa distribución 
geográfica de la mayor parte de los moluscos, no es bien 
ostensible en ellos. Podrían añadirse otros casos, como la 
relación entre las conchas terrestres vivientes y extinguidas de 
la isla de la Madera, y entre las conchas vivientes y 
extinguidas de las aguas salobres del mar Aralo-Cáspico. 

Ahora bien; ¿qué significa esta notable ley de sucesión de 
los mismos tipos dentro de las mismas zonas? Seria muy 
temerario quien, después de comparar el clima actual de 
Australia y de las partes de América del Sur que están en la 
misma latitud, intentase explicar, por una parte, la diferencia 
entre los habitantes de estas dos regiones por la diferencia de 
condiciones físicas, y, por otra parte, la uniformidad de los 
mismos tipos en cada continente durante los últimos 
períodos terciarios, por la semejanza de condiciones. 
Tampoco se puede pretender que sea una ley inmutable el que 
los marsupiales se hayan producido sólo o principalmente en 


508 



Australia, o que los desdentados y otros tipos americanos se 
hayan producido tan sólo en América del Sur; pues sabemos 
que, en tiempos antiguos, Europa estuvo poblada por 
numerosos marsupiales; y he demostrado en las publicaciones 
antes indicadas que, en América, la ley de distribución de los 
mamíferos terrestres fue en otro tiempo diferente de lo que es 
ahora. América del Norte, en otro tiempo, participó mucho 
del carácter actual de la parte sur de aquel continente, y la 
parte sur tuvo antes mucha más semejanza que ahora con la 
parte norte. De un modo semejante sabemos, por los 
descubrimientos de Falconer y de Cautley, que el norte de la 
India estuvo antes más relacionado por sus mamíferos con 
África que lo está actualmente. Podrían citarse hechos 
análogos relacionados con la distribución geográfica de los 
animales marinos. 

Según la teoría de la descendencia con modificación, queda 
inmediatamente explicada la gran ley de la sucesión, muy 
persistente, pero no inmutable, de los mismos tipos en las 
mismas zonas, pues los habitantes de cada parte del mundo 
tenderán evidentemente a dejar en aquella parte, durante los 
períodos siguientes, descendientes muy semejantes, aunque 
en algún grado modificados. Si los habitantes de un 
continente defirieron en un tiempo mucho de los de otro 
continente, sus descendientes modificados diferirán todavía 
casi del mismo modo y en el mismo grado; pero, después de 
transcurrir muchísimo tiempo y después de grandes cambios 
geográficos que permitan mucha emigración recíproca, los 
más débiles cederán su puesto a las formas predominantes, y 
no habrá nada inmutable en la distribución de los seres 
orgánicos. 

Puede preguntarse, en burla, si supongo yo que el 
megaterio y otros monstruos gigantescos afines que vivieron 
en otro tiempo en América del Sur han dejado tras sí, como 


509 



degenerados descendientes, al perezoso, al armadillo y al oso 
hormiguero. Esto no puede admitirse ni por un momento. 
Aquellos animales gigantescos se han extinguido por 
completo y no han dejado descendencia. Pero en las cavernas 
del Brasil hay muchas especies extinguidas que son muy 
semejantes por su tamaño y por todos sus otros caracteres a 
las especies que viven todavía en América del Sur, y algunos 
de estos fósiles pueden haber sido los verdaderos antepasados 
de las especies vivientes. No debería olvidarse que, según 
nuestra teoría, todas las especies del mismo género son 
descendientes de una especie, de manera que, si en una 
formación geológica se encuentran seis géneros que 
comprenden cada uno ocho especies, y en otra formación 
siguiente hay otros seis géneros afines o representativos cada 
uno de ellos con el mismo número de especies, en este caso, 
podemos deducir que, en general, sólo una especie de cada 
género viejo ha dejado descendientes modificados, que 
constituyen el nuevo género, que comprende varias especies, 
y que las otras siete especies de cada género viejo se han 
extinguido y no han dejado descendencia. O bien —y éste 
será un caso mucho más frecuente— dos o tres especies de 
dos o tres géneros sólo de los seis géneros viejos serán madres 
de los nuevos, habiéndose extinguido por completo las otras 
especies y los otros géneros viejos. En los órdenes decadentes, 
cuyo número de géneros y especies disminuye, como ocurre 
con los desdentados de América del Sur, todavía menos 
géneros y especies dejarán descendientes modificados. 

Resumen del capítulo anterior y del presente. 

He intentado demostrar que los registros geológicos son 
sumamente incompletos; que sólo una parte del globo ha sido 
geológicamente explorada con cuidado; que sólo ciertas clases 
de seres orgánicos se han conservado en abundancia en 
estado fósil; que tanto el número de ejemplares como el de 


510 



especies conservados en nuestros museos es absolutamente 
corno nada, comparado con el número de generaciones que 
tuvieron que haber desaparecido durante una sola formación; 
que, debido a que el hundimiento del suelo es casi necesario 
para la acumulación de depósitos ricos en especies fósiles de 
muchas clases, y lo bastante gruesos para resistir la futura 
erosión, tuvieron que haber transcurrido grandes intervalos 
de tiempo entre la mayor parte de nuestras formaciones 
sucesivas; que probablemente ha habido más extinción 
durante los períodos de elevación, y que durante estos últimos 
los registros se habrán llevado del modo más imperfecto; que 
cada una de las formaciones no se ha depositado de un modo 
continuo; que la duración de cada formación es 
probablemente corta, comparada con la duración media de 
las formas especificas; que la migración ha representado un 
papel importante en la aparición de nuevas formas en una 
región o formación determinada; que las especies de extensa 
distribución geográfica son las que han variado con más 
frecuencia y las que han dado más frecuentemente origen a 
nuevas especies; que las variedades han sido al principio 
locales, y, finalmente, que, aun cuando cada especie tiene que 
haber pasado por numerosos estados de transición, es 
probable que los períodos durante los cuales experimentó 
modificaciones, aunque muchos y largos si se miden por 
años, hayan sido cortos, en comparación con los períodos 
durante los cuales cada especie permaneció sin variación. 
Estas causas reunidas explicarán, en gran parte, por qué, aun 
cuando encontremos muchos eslabones, no encontramos 
innumerables variedades que enlacen todas las formas 
vivientes y, extinguidas mediante las más delicadas 
gradaciones. Había que tener, además, siempre presente que 
cualquier variedad que pueda encontrarse intermedia entre 
dos formas tiene que ser considerada como especie nueva y 


511 



distinta, a menos que pueda restaurarse por completo toda la 
cadena, pues no se pretende que tengamos un criterio seguro 
por el que puedan distinguirse las especies de las variedades. 

Quien rechace esta opinión de la imperfección de los 
registros geológicos, rechazará con razón toda la teoría; pues 
en vano puede preguntar dónde están las innumerables 
formas de transición que tuvieron que haber enlazado en otro 
tiempo las especies afines o representativas que se encuentran 
en los pisos sucesivos de una misma gran formación. El que 
rechace la opinión de la imperfección de los registros 
geológicos puede no creer en los inmensos espacios de tiempo 
que tienen que haber transcurrido entre nuestras formaciones 
consecutivas; puede no reparar en el importante papel que 
han representado las migraciones cuando se consideran las 
formaciones de una gran región, como las de Europa; puede 
presentar el argumento de la aparición súbita manifiesta — 
pero muchas veces engañosamente manifiesta— de grupos 
enteros de especies; puede preguntar dónde están los restos de 
los infinitos organismos que tuvieron que haber existido 
mucho antes de que se depositase el sistema cámbrico. 
Sabemos hoy que existió entonces, por lo menos, un animal; 
pero sólo puedo responder a esta última pregunta suponiendo 
que los océanos se han extendido, desde hace un tiempo 
enorme, donde hoy se extienden, y que desde el comienzo del 
sistema cámbrico nuestros continentes, tan oscilantes, han 
estado situados donde ahora lo están; pero que mucho antes 
de esta época, presentaba el mundo un aspecto muy diferente; 
que los continentes más antiguos, constituidos por 
formaciones más antiguas que todas las que conocemos, 
existen aún, aunque sólo como restos en estado metamórfico, 
o yacen todavía sepultados bajo el océano. 

Aparte de estas dificultades, los otros grandes hechos 
principales de la Paleontología concuerdan admirablemente 


512 



con la teoría de la descendencia con modificación mediante la 
variación y la selección natural. De este modo podemos 
comprender cómo es que las nuevas especies se presentan 
lenta y sucesivamente, cómo especies de diferentes clases no 
cambian necesariamente al mismo tiempo, ni con la misma 
velocidad, ni en el mismo grado, aun cuando, a la larga, todas 
experimenten, en cierta medida, modificación. La extinción 
de las formas antiguas es la consecuencia, casi inevitable, de la 
producción de formas nuevas. Podemos comprender por qué 
una vez que una especie ha desaparecido nunca reaparece. 
Los grupos de especies aumentan lentamente en número y 
resisten durante períodos desiguales de tiempo, pues el 
proceso de modificación es necesariamente lento, y depende 
de muchas circunstancias complejas. Las especies 
predominantes, que pertenecen a grupos grandes y 
predominantes, tienden a dejar muchos descendientes 
modificados, que forman nuevos grupos y subgrupos. 
Cuando éstos se forman, las especies de los grupos menos 
vigorosos, debido a su inferioridad, heredada de un 
antepasado común, tienden a extinguirse a un tiempo, y a no 
dejar ningún descendiente modificado sobre la superficie de 
la tierra; pero la extinción completa de un grupo entero de 
especies ha sido a veces un proceso lento, por la supervivencia 
de unos pocos descendientes que prolongan su existencia en 
localidades protegidas y aisladas. Una vez que un grupo ha 
desaparecido por completo, jamás reaparece, pues se ha roto 
el encadenamiento de generaciones. 

Podemos comprender cómo es que las formas 
predominantes que se extienden mucho y producen el mayor 
número de variedades tienden a poblar la tierra de 
descendientes semejantes, pero modificados, y cómo éstos, 
generalmente, conseguirán suplantar los grupos que les son 
inferiores en la lucha por la existencia. Por consiguiente. 


513 



después de grandes espacios de tiempo, las producciones del 
mundo parecen haber cambiado simultáneamente. 

Podemos comprender cómo es que todas las formas 
orgánicas antiguas y modernas constituyen, juntas, un corto 
número de grandes clases. Podemos comprender, por la 
continua tendencia a la divergencia de caracteres, por qué 
cuanto más antigua es una forma, tanto más difiere, en 
general, de las que ahora viven; por qué las formas antiguas y 
extinguidas tienden con frecuencia a llenar huecos entre las 
formas vivientes, reuniendo a veces en uno dos grupos antes 
clasificados como distintos, pero con más frecuencia 
haciendo tan sólo que sea un poco menor la distancia. Cuanto 
más antigua es una forma, con tanta mayor frecuencia es, en 
algún grado, intermedia entre grupos actualmente distintos; 
pues cuanto más antigua sea una forma, tanto más de cerca 
estará relacionada con el antepasado común de grupos que 
después han llegado a separarse mucho, y, por consiguiente, 
tanto más se parecerá a él. Las formas extinguidas rara vez 
son directamente intermedias entre formas vivientes; y lo son 
tan sólo por un camino largo y tortuoso, pasando por otras 
formas diferentes y extinguidas. Podemos ver claramente por 
qué los restos orgánicos de formaciones inmediatamente 
consecutivas son muy afines, pues están estrechamente 
enlazados entre sí por generación. Podemos ver claramente 
por qué los fósiles de una formación intermedia tienen 
caracteres intermedios. 

Los habitantes del mundo en cada período sucesivo de la 
historia han derrotado a sus predecesores en la lucha por la 
vida, y son, en este respecto, superiores en la escala, y su 
estructura generalmente se ha especializado más, y esto puede 
explicar la creencia común, admitida por tantos 
paleontólogos, de que la organización, en conjunto, ha 
progresado. Los animales antiguos y extinguidos se asemejan. 


514 



hasta cierto punto, a los embriones de los animales más 
modernos pertenecientes a las mismas clases, y este hecho 
portentoso recibe una explicación sencilla, según nuestras 
teorías. La sucesión de los mismos tipos de estructura dentro 
de las mismas regiones durante los últimos períodos 
geológicos, deja de ser un misterio y es comprensible según el 
principio de la herencia. 

Si los registros geológicos son, pues, tan incompletos como 
muchos creen —y, por lo menos, puede afirmarse que no 
puede probarse que los registros sean mucho más perfectos—, 
las objeciones principales a la teoría de la selección natural 
disminuyen mucho o desaparecen. Por otra parte, todas las 
leyes principales de la Paleontología proclaman claramente, a 
mi juicio, que las especies han sido producidas por 
generación ordinaria, por haber sido suplantadas las formas 
antiguas por formas orgánicas nuevas y perfeccionadas, 
producto de la variación y de la supervivencia de los más 
adecuados. 


515 



CAPÍTULO XII 

Distribución geográfica. 

La distribución actual no puede explicarse por diferencias en las condiciones 
físicas.—Importancia de los Obstáculos.—Afinidades entre las producciones de un 
mismo continente.—Centros de creación.—Modos de dispersión por cambios de 
clima y de nivel de la tierra, y por medios ocasionales.—Dispersión durante el 
periodo glaciar.—Periodos glaciares alternantes en el Norte y en el Sur. 

Considerando la distribución de los seres orgánicos sobre 
la superficie del globo, el primero de los grandes hechos que 
llaman nuestra atención es que ni la semejanza ni la 
diferencia de los habitantes de las diferentes regiones pueden 
explicarse totalmente por las condiciones de clima u otras 
condiciones físicas. De poco tiempo a esta parte, casi todos los 
autores que han estudiado el asunto han llegado a esta 
conclusión. El caso de América casi bastaría por sí solo para 
probar su exactitud, pues si excluimos las partes polares y 
templadas del norte, todos les autores coinciden en que una 
de las divisiones más fundamentales en la distribución 
geográfica es la que existe entre el Mundo Antiguo y el 
Nuevo; y, sin embargo, si viajamos por el gran continente 
americano, desde las partes centrales de los Estados Unidos 
hasta el extremo sur, nos encontramos con condiciones las 
más diversas: regiones húmedas, áridos desiertos, altísimas 
montañas, praderas, selvas, pantanos, lagos y grandes ríos, 
con casi todas las temperaturas. Apenas existen clima o 
condiciones de ambiente en el Mundo Antiguo cuyo 
equivalente no pueda encontrarse en el Nuevo, por lo menos 
tanta semejanza como exigen, en general, las mismas especies. 
Indudablemente, en el Mundo Antiguo pueden señalarse 
pequeños territorios más calurosos que ninguno de los del 
Nuevo; pero éstos no están habitados por una fauna diferente 
de la de los distritos circundantes, pues es raro encontrar un 
grupo de organismos confinado en un pequeño territorio 


516 



cuyas condiciones sean sólo un poco especiales. A pesar de 
este paralelismo general en las condiciones físicas del Mundo 
Antiguo y del Nuevo, ¡qué diferentes con sus producciones 
vivas! 

En el hemisferio sur, si comparamos grandes extensiones 
de tierra en Australia, África Austral y oeste de América del 
Sur, entre 25° y 35° de latitud, encontraremos regiones 
sumamente semejantes en todas sus condiciones; a pesar de lo 
cual no sería posible señalar tres faunas y floras por completo 
más diferentes. Y también podemos comparar en América del 
Sur las producciones de latitudes superiores al grado 30 con 
las del Norte del grado 25, que están, por consiguiente, 
separadas por un espacio de diez grados de latitud y se 
encuentran sometidas a condiciones considerablemente 
diferentes, y, sin embargo, están incomparablemente más 
relacionadas entre si que lo están con las producciones de 
Australia o de África que viven casi en igual clima. Hechos 
análogos pueden citarse por lo que se refiere a los seres 
marinos. 

El segundo hecho importante que llama nuestra atención 
en esta revista general es que las barreras de todas clases u 
obstáculos para la libre migración están relacionados de un 
modo directo e importante con las diferencias que existen 
entre casi todas las producciones terrestres del Mundo 
Antiguo y del Nuevo, excepto en las regiones del Norte, 
donde las tierras casi se reúnen y donde, con un clima un 
poco diferente, pudo haber libertad de migración para las 
formas de las regiones templadas del Norte, como ahora la 
hay de producciones propiamente árticas. El mismo hecho 
vemos en la gran diferencia que existe entre los habitantes de 
Australia, África y América del Sur en las mismas latitudes, 
pues estos países están casi lo más aislados posible unos de 
otros. En cada continente, además, vemos el mismo hecho. 


517 



pues a los lados opuestos de cordilleras elevadas y continuas, 
de grandes desiertos y hasta de anchos ríos encontramos 
producciones diferentes, aunque, como las cordilleras, 
desiertos, etc., no son tan difíciles de pasar como los océanos, 
ni tampoco han durado tanto como éstos, las diferencias son 
muy inferiores a las que caracterizan a los distintos 
continentes. 

Fijándonos en el mar, encontramos la misma ley. Los seres 
marinos que viven en las costas orientales y occidentales de 
América del Sur son muy distintos, habiendo poquísimos 
moluscos, crustáceos y equinodermos comunes a ambas 
costas; pero el doctor Günther ha demostrado recientemente 
que el treinta por ciento, aproximadamente, de los peces son 
iguales a ambos lados del istmo de Panamá, y este hecho ha 
llevado a los naturalistas a creer que el istmo estuvo abierto en 
otro tiempo. Al oeste de las costas de América existe una gran 
extensión de océano sin una isla que pueda servir de punto de 
parada a emigrantes; en este caso tenemos un obstáculo de 
otra naturaleza, y en cuánto se pasa éste nos encontramos en 
las islas orientales del Pacífico con otra fauna totalmente 
distinta. De modo que, ocupando espacios considerables de 
Norte a Sur, en líneas paralelas no lejos unas de otras, bajo 
climas que se corresponden, se extienden tres faunas marinas; 
pero éstas son casi por completo distintas, por estar separadas 
por obstáculos infranqueables. En cambio, continuando 
todavía hacia el oeste de las islas orientales de las regiones 
tropicales del Pacífico, no encontramos ningún obstáculo 
infranqueable, y tenemos, como escalas, innumerables islas o 
costas continuas, hasta que, después de haber recorrido un 
hemisferio, llegamos a las costas de África, y en todo este 
vasto espacio no encontramos faunas marinas distintas y bien 
definidas. Aunque tan pocos animales marinos son comunes 
a las tres faunas próximas antes citadas de América Oriental, 


518 



América Occidental e islas orientales del Pacífico, sin 
embargo, muchos peces se extienden desde el Pacífico hasta el 
interior del océano índico, y muchos moluscos son comunes 
si las islas orientales del Pacifico y a las costas orientales de 
África, regiones situadas en meridianos casi exactamente 
opuestos. 

El tercer hecho importante, que, en parte, está 
comprendido en lo que se acaba de exponer, es la afinidad de 
las producciones del mismo continente o del mismo mar, aun 
cuando las especies sean distintas en diferentes puntos o 
estaciones. Es ésta una ley muy general; todos los continentes 
ofrecen innumerables ejemplos de ella, y, sin embargo, al 
naturalista, cuando viaja, por ejemplo, de Norte a Sur, nunca 
deja de llamarle la atención la manera como se van 
reemplazando, sucesivamente, grupos de seres 
específicamente distintos, aunque muy afines. El naturalista 
oye cantos casi iguales de aves muy afines, aunque de especies 
diferentes; ve sus nidos construidos de modo parecido, 
aunque no completamente igual, con huevos casi de la misma 
coloración. Las llanuras próximas al estrecho de Magallanes 
están habitadas por una especie de Rhea (avestruz de 
América), y, al Norte, las llanuras de La Plata por otra especie 
del mismo género, y no por un verdadero avestruz o un emú 
como los que viven en África y Australia a la misma latitud. 
En estas mismas llanuras de La Plata vemos el agutí y la 
vizcacha, animales que tienen casi las mismas costumbres que 
nuestras liebres y conejos y que pertenecen al mismo orden 
de los roedores; pero que presentan evidentemente un tipo de 
conformación americano. Si ascendemos a las elevadas 
cumbres de los Andes encontramos una especie alpina de 
vizcacha; si nos fijamos en las aguas, no encontramos el castor 
ni la rata almizclera^^^', sino el coipu y el capibara, roedores de 
tipo sudamericano. Podrían citarse otros innumerables 


519 


ejemplos. Si consideramos las islas situadas frente a las costas 
de América, por mucho que difieran en estructura geológica, 
los habitantes son esencialmente americanos, aun cuando 
pueden ser todos de especies peculiares. Como se vio en el 
capítulo anterior, podemos remontarnos a edades pasadas, y 
encontramos que entonces dominaban en el continente 
americano y en los mares de América tipos americanos. 
Vemos en estos hechos la existencia en las mismas regiones 
de mar y tierra de una profunda relación orgánica a través del 
espacio y tiempo, independientemente de las condiciones de 
vida. Tardo ha de ser el naturalista que no se sienta movido a 
averiguar en qué consiste esta relación. 

Esta relación es simplemente la herencia, causa que por sí 
sola, hasta donde positivamente conocemos, produce 
organismos completamente iguales entre sí, o casi iguales, 
como vemos en el caso de las variaciones. La diferencia entre 
los habitantes de regiones distintas puede atribuirse a 
modificación mediante variación y selección natural, y 
probablemente, en grado menor, a la influencia directa de 
condiciones físicas diferentes. Los grados de diferencia 
dependerán de que haya sido impedida, con más o menos 
eficacia, la emigración de las formas orgánicas predominantes 
de una región a otra; de la naturaleza y número de los 
primeros, emigrantes, y de la acción mutua de los habitantes, 
en cuanto conduzca a la conservación de las diferentes 
modificaciones; pues, como ya se ha hecho observar muchas 
veces, la relación entre los organismos en la lucha por la vida 
es la más importante de todas. De este modo, la gran 
importancia de las barreras, poniendo obstáculos a las 
migraciones, entra en juego, del mismo modo que el tiempo, 
en el lento proceso de modificación por selección natural. Las 
especies muy extendidas, abundantes en individuos, que han 
triunfado ya de muchos competidores en sus dilatadas 


520 



patrias, tendrán las mayores probabilidades de apoderarse de 
nuevos puestos cuando se extiendan a otros países. En su 
nueva patria estarán sometidas a nuevas condiciones, y con 
frecuencia experimentarán más modificaciones y 
perfeccionamiento, y dé este modo llegarán a alcanzar nuevas 
victorias y producirán grupos de descendientes modificados. 
Según este principio de herencia con modificación, podemos 
comprender el caso tan común y notorio de que secciones de 
géneros, géneros enteros y hasta familias estén confinados en 
las mismas zonas. 

Como se hizo observar en el capítulo anterior, no hay 
prueba alguna de la existencia de una ley de desarrollo 
necesario. Como la variabilidad de cada especie es una 
propiedad independiente, que será utilizada por la selección 
natural sólo hasta donde sea útil a cada individuo en su 
complicada lucha por la vida, la intensidad de la modificación 
en las diferentes especies no será uniforme. Si un cierto 
número de especies, después de haber competido 
mutuamente mucho tiempo en su patria, emigrasen juntas a 
un nuevo país, que luego quedase aislado, serían poco 
susceptibles de modificación, pues ni la emigración ni el 
aislamiento por si solos producen nada. Estas causas entran 
en juego sólo en cuanto colocan a los organismos en 
relaciones nuevas entre sí y también, aunque en menor grado, 
con las condiciones físicas ambientes. Del mismo modo que 
hemos visto en el capítulo anterior que algunas formas, han 
conservado casi los mismos caracteres desde un período 
geológico remotísimo, también ciertas especies se han 
diseminado por inmensos espacios, habiéndose modificado 
poco o nada. 

Según estas opiniones, es evidente que las diferentes 
especies del mismo género, aunque vivan en las partes más 
distantes del mundo, tienen que haber provenido 


521 



primitivamente de un mismo origen, pues descienden del 
mismo antepasado. En el caso de las especies que han 
experimentado durante períodos geológicos enteros pocas 
modificaciones, no hay gran dificultad en creer que hayan 
emigrado desde la misma región; pues, durante los grandes 
cambios geológicos y climatológicos que han sobrevenido 
desde los tiempos antiguos, son posibles cualesquiera 
emigraciones, por grandes que sean: pero en muchos otros 
casos, en los que tenemos motivos para creer que las especies 
de un género se han formado en tiempos relativamente 
recientes, existen grandes dificultades sobre este punto. Es 
también evidente que los individuos de la misma especie, aun 
cúando vivan ahora en regiones distantes y aisladas, tienen 
que haber provenido de un solo sitio, donde antes se 
originaron sus padres; pues, como se ha explicado, no es 
creíble que individuos exactamente iguales hayan sido 
producidos por padres específicamente distintos. 

Centros únicos de supuesta creación. 

Nos vemos así llevados a la cuestión, que ha sido muy 
discutida por los naturalistas, de si las especies han sido 
creadas en uno o en varios puntos de la superficie de la 
Tierra. Indudablemente, hay muchos casos en que es muy 
difícil comprender cómo la misma especie pudo haber 
emigrado desde un punto a los varios puntos distantes y 
aislados donde ahora se encuentra. Sin embargo, la sencillez 
de la idea de que cada especie se produjo al principio en una 
sola región cautiva la inteligencia. Quien la rechace rechaza la 
vera causa de la generación ordinaria con emigraciones 
posteriores, e invoca la intervención de un milagro. Es 
universalmente admitido que, en la mayor parte de los casos, 
la zona habitada por una especie es continua, y cuando una 
planta o animal viven en dos puntos tan distantes entre sí o 
con una separación de tal naturaleza que el espacio no pudo 


522 



haber sido atravesado fácilmente emigrando, se cita el hecho 
como algo notable y excepcional. La incapacidad de emigrar 
atravesando un gran mar es quizá más clara en el caso de los 
mamíferos terrestres que en el de ningunos otros seres 
orgánicos, y así no encontramos: ejemplos que sean 
inexplicables de que el mismo mamífero viva en puntos 
distantes de la Tierra. Ningún geólogo encuentra dificultad en 
que la Gran Bretaña posea los mismos cuadrúpedos que el 
resto de Europa, pues no hay duda de que en otro tiempo 
estuvieron unidas. Pero si las mismas especies pueden ser 
producidas en dos puntos separados, ¿cómo es que no 
encontramos ni un solo mamífero común a Europa y 
Australia o América del Sur? Las condiciones de vida son casi 
iguales; de tal manera, que una multitud de animales y plantas 
de Europa han llegado a naturalizarse en América y Australia 
y algunas de las plantas indígenas son idénticamente las 
mismas en estos puntos tan distantes del hemisferio norte y 
del hemisferio sur. La respuesta es, a mi parecer, que los 
mamíferos no han podido emigrar, mientras que algunas 
plantas, por sus variados medios de dispersión, han emigrado 
a través de los grandes e ininterrumpidos espacios 
intermedios. La influencia grande y asombrosa de los 
obstáculos de todas clases sólo es comprensible según la 
opinión de que la gran mayoría de las especies ha sido 
producida a un lado del obstáculo y no ha podido emigrar al 
lado opuesto. Un corto número de familias, muchas 
subfamilias, muchísimos géneros y un número todavía mayor 
de secciones de géneros están limitados a una región 
determinada, y ha sido observado por diferentes naturalistas 
que los géneros más naturales —o sea los géneros en que las 
especies están más estrechamente relacionadas entre sí— 
están generalmente confinados en una misma región, o, si 
ocupan una gran extensión, esta extensión es continua. ¡Qué 


523 



anomalía tan extraña si, cuando descendemos un grado en la 
serie, o sea cuando pasamos a los individuos de la misma 
especie, tuviese que prevalecer la regla diametralmente 
opuesta, y estos individuos no hubiesen estado, por lo menos 
al principio, confinados a una sola región! 

Por consiguiente, me parece, como a otros muchos 
naturalistas, que la opinión más probable es la de que cada 
especie ha sido producida en una sola región y que 
posteriormente ha emigrado de esta región hasta donde se lo 
han permitido sus facultades de emigración y resistencia, en 
las condiciones pasadas y presentes. Indudablemente, se 
presentan muchos casos en los que no podemos explicar 
cómo la misma especie pudo haber pasado de un punto a 
otro. Pero los cambios geográficos y climatológicos que han 
ocurrido ciertamente en tiempos geológicos recientes tienen 
que haber convertido en discontinua la distribución 
geográfica, antes continua, de muchas especies. De modo que 
nos vemos reducidos a considerar si las excepciones a la 
continuidad de la distribución geográfica son tan numerosas 
y de naturaleza tan grave que tengamos que renunciar a la 
opinión, que las consideraciones generales hacen probable, de 
que cada especie ha sido producida en una región y que desde 
allí ha emigrado hasta donde ha podido. Sería inútilmente 
fatigoso discutir todos los casos excepcionales en que una 
misma especie vive actualmente en puntos distantes y 
separados, y no pretendo, ni por un momento, que pueda 
ofrecerse explicación alguna de muchos casos. Pero, después 
de unas observaciones preliminares, discutiré algunos de los 
grupos más notables de hechos, como la existencia de la 
misma especie en las cumbres de regiones montañosas 
distintas o en puntos muy distantes de las regiones árticas y 
antárticas; discutiré luego —en el capítulo siguiente— la 
extensa distribución de las producciones de agua dulce, y 


524 



después la presencia de las mismas producciones terrestres en 
islas y en la tierra firme más próxima, aunque sepatadas por 
centenares de millas de océano. Si la existencia de la misma 
especie en puntos distantes y aislados de la superficie terrestre 
puede explicarse en muchos casos dentro de la opinión de que 
cada especie ha emigrado desde un solo lugar de nacimiento, 
entonces, teniendo en cuenta nuestra ignorancia de los 
antiguos cambios climatológicos y geográficos y de los 
diferentes medios de transporte ocasionales, la creencia de 
que la ley es un solo lugar de origen me parece 
incomparablemente la más segura. 

Al discutir este asunto, podremos, al mismo tiempo, 
considerar un punto igualmente importante para nosotros, o 
sea si las diferentes especies de un género, que, según nuestra 
teoría, tienen que descender todas de un antepasado común, 
pueden haber emigrado, experimentando modificaciones 
durante su emigración desde una región. Cuando la mayor 
parte de las especies que viven en una región son diferentes de 
las de otra, aunque muy afines a ellas, si puede demostrarse 
que probablemente ha habido en algún período antiguo 
emigración de una región a otra, nuestra opinión general 
quedará muy robustecida, pues la explicación es clara según el 
principio de la descendencia con modificación. Una isla 
volcánica, por ejemplo, que se ha levantado y formado a 
algunos centenares de millas de distancia de un continente, 
tiene probablemente que recibir de éste, en el transcurso del 
tiempo, algunos colonos, y sus descendientes, aunque 
modificados, han de estar todavía relacionados por herencia 
con los habitantes del continente. Los casos de esta naturaleza 
son comunes, y, como veremos después, no son explicables 
dentro de la teoría de las creaciones independientes. Esta 
opinión de la relación de las especies de una región con las de 
otra no difiere mucho de la propuesta por míster Wallace, el 


525 



cual llega a la conclusión de que «toda especie ha empezado a 
existir coincidiendo en espacio y en tiempo con otra especie 
preexistente muy afín», y actualmente es bien sabido que 
Wallace atribuye esta coincidencia a la descendencia con 
modificación. 

El problema de la unidad o pluralidad de centros de 
creación es distinto de otra cuestión con él relacionada, o sea 
si todos los individuos de la misma especie descienden de una 
sola pareja o de un solo hermafrodita, o si, como algunos 
autores suponen, descienden de muchos individuos 
simultáneamente creados. En los seres orgánicos que nunca 
se cruzan —si es que existen—, cada especie tiene que 
descender por una sucesión de variedades modificadas, que se 
han ido suplantando unas o otras, pero que nunca se han 
mezclado con otros individuos o variedades de la misma 
especie; de modo que en cada estado sucesivo de 
modificación todos los individuos de la misma forma 
descenderán de un solo progenitor. Pero en la inmensa 
mayoría de los casos —o sea en todos los organismos que 
habitualmente se unen para cada cría, o que a veces se cruzan 
— los individuos de la misma especie que viven en la misma 
región se mantendrán casi uniformes por cruzamiento, de 
manera que muchos individuos continuarán cambiando 
simultáneamente y todo el conjunto de modificaciones en 
cada estado no se deberá a la descendencia de un solo 
progenitor. Para aclarar lo que quiero decir: nuestros caballos 
de carrera ingleses difieren de los caballos de cualquier otra 
raza; pero no deben su diferencia y superioridad a descender 
de una sola pareja, sino al cuidado continuo en la selección y 
amaestramiento de muchos individuos en cada generación. 

Antes de discutir las tres clases de hechos que he elegido 
por presentar las mayores dificultades dentro de la teoría de 
los centros únicos de creación, he de decir algunas palabras 


526 



acerca de los medios de dispersión. 

Medios de dispersión. 

Sir C. Lyell y otros autores han tratado admirablemente 
este asunto. No puedo dar aquí sino un resumen brevísimo de 
los hechos más importantes. El cambio de clima tiene que 
haber ejercido una influencia poderosa en la emigración. Una 
región infranqueable, por la naturaleza de su clima, para 
ciertos organismos pudo haber sido una gran vía de 
emigración cuando el clima era diferente. Tendrá, sin 
embargo, que discutir ahora este aspecto de la cuestión con 
algún detalle. Los cambios de nivel del suelo han de haber 
sido también de gran influencia: un estrecho istmo separa 
ahora dos faunas marinas; supongamos que se sumerge, o que 
ha estado antes sumergido, y las dos faunas marinas se 
mezclarán o pudieron haberse mezclado antes. Donde ahora 
se extiende el mar, puede la tierra, en un período anterior, 
haber unido islas, o quizá hasta continentes, y de este modo 
haber permitido a las producciones terrestres pasar de unos a 
otros. Ningún geólogo discute el hecho de que han ocurrido 
grandes cambios de nivel dentro del período de los 
organismos actuales. Edward Eorbes ha insistido sobre el 
hecho de que todas las islas del Atlántico tienen que haber 
estado, en época reciente, unidas a Europa o África, y también 
Europa con América. De igual modo, otros autores han 
levantado puentes hipotéticos sobre todos los océanos, y han 
unido casi todas las islas con algún continente. Realmente, si 
hay que dar fe a los argumentos empleados por Eorbes, 
tenemos que admitir que apenas existe una sola isla que no 
haya estado unida a algún continente. Esta opinión corta el 
nudo gordiano de la dispersión de una misma especie a 
puntos sumamente distantes y suprime muchas dificultades; 
pero, según mi leal saber y entender, no estamos autorizados 
para admitir tan enormes cambios geográficos dentro del 


527 



período de las especies actuales. Me parece que tenemos 
abundantes pruebas de grandes oscilaciones en el nivel de la 
tierra o del mar; pero no de cambios tan grandes en la 
posición y extensión de nuestros continentes para que en 
período reciente se hayan unido entre sí y con las diferentes 
islas oceánicas interpuestas. Admito sin reserva la existencia 
anterior de muchas islas, sepultadas hoy en el mar, que han 
servido como etapas a las plantas y a muchos animales 
durante sus emigraciones. En los océanos en que se producen 
corales, estas islas hundidas se señalan ahora por los anillos de 
corales o atolls que hay sobre ellas. Cuando se admita por 
completo, como se admitirá algún día, que cada especie ha 
procedido de un solo lugar de origen, y cuando, con el 
transcurso del tiempo, sepamos algo preciso acerca de los 
medios de distribución, podremos discurrir con seguridad 
acerca de la antigua extensión de las tierras. Pero no creo que 
se pruebe nunca que dentro del período moderno la mayor 
parte de nuestros continentes, que actualmente se encuentran 
casi separados, hayan estado unidos entre sí y con las 
numerosas islas oceánicas existentes sin solución, o casi sin 
solución, de continuidad. Diferentes hechos relativos a la 
distribución geográfica, tales como la gran diferencia en las 
faunas marinas en los lados opuestos de casi todos los 
continentes; la estrecha relación de los habitantes terciarios de 
diferentes tierras, y aun mares, con los habitantes actuales; el 
grado de afinidad entre los mamíferos que viven en las islas y 
los del continente más próximo, determinado en parte, como 
veremos después, por la profundidad del océano que los 
separa, y otros hechos semejantes, se oponen a la admisión de 
las prodigiosas revoluciones geográficas en el período 
moderno, que son necesarias dentro de la hipótesis propuesta 
por Forbes y admitida por los que le siguen. La naturaleza y 
proporciones relativas de los habitantes de las islas oceánicas 


528 



se oponen también a la creencia de su antigua continuidad 
con los continentes, y la composición, casi siempre volcánica, 
de estas islas tampoco apoya el admitir que son restos de 
continentes hundidos, pues si primitivamente hubiesen 
existido como cordilleras de montañas continentales, algunas, 
por lo menos, de las islas habrían estado formadas, como 
otras cumbres de montañas, de granito, esquistos 
metamórficos, rocas fosilíferas antiguas y otras rocas, en vez 
de consistir en simples masas de materia volcánica. 

He de decir algunas palabras acerca de lo que se ha llamado 
medios accidentales de distribución; pero que se llamarían 
mejor medios ocasionales de distribución. Me limitaré aquí a 
las plantas. En las obras botánicas se afirma con frecuencia 
que esta o aquella planta está mal adaptada para una extensa 
dispersión; pero puede decirse que es casi por completo 
desconocida la mayor o menor facilidad para su transporte de 
un lado a otro del mar. Hasta que hice, con ayuda de míster 
Berkeley, algunos experimentos, ni siquiera se conocía hasta 
qué punto las semillas podían resistir la acción nociva del 
agua de mar. Con sorpresa encontré que, de 87 clases de 
semillas, 64 germinaron después de veintiocho días de 
inmersión, y algunas sobrevivieron después de ciento treinta 
y siete días de inmersión. Merece citarse que ciertos órdenes 
fueron mucho más perjudicados que otros: se ensayaron 
nueve leguminosas, y, excepto una, resistieron mal el agua 
salada; siete especies de los órdenes afines, hidrofiláceas y 
polemoniáceas, quedaron muertas todas por un mes de 
inmersión. Por comodidad ensayé principalmente semillas 
pequeñas sin las cápsulas o los frutos carnosos, y como todas 
ellas iban al fondo al cabo de pocos días, no hubiesen podido 
atravesar flotando grandes espacios del mar, hubieran sido o 
no perjudicadas por el agua salada; después ensayé varios 
frutos carnosos, cápsulas, etc., grandes, y algunos flotaron 


529 



durante largo tiempo. Es bien conocida la gran diferencia que 
existe en la flotación entre las maderas verdes y secas, y se me 
ocurrió que las avenidas frecuentemente tienen que arrastrar 
al mar plantas o ramas secas con las cápsulas o los frutos 
carnosos adheridos a ellas. Esto me llevó, pues, a secar los 
troncos y ramas de 94 plantas con fruto maduro y a colocarlos 
en agua de mar. La mayor parte se fueron al fondo; pero 
algunas que, cuando verdes, flotaban durante poquísimo 
tiempo, flotaron secas mucho más tiempo; por ejemplo: las 
avellanas tiernas se fueron a fondo inmediatamente, pero una 
vez secas flotaron noventa días, y plantadas después, 
germinaron; una esparraguera con bayas maduras flotó 
veintitrés días, y seca flotó ochenta y cinco días, ¡las simientes 
después germinaron; las simientes tiernas de Helosciadium se 
fueron a fondo a los dos días; secas, flotaron unos noventa 
días, y luego germinaron. En resumen: de 94 plantas secas, 18 
flotaron más de veintiocho días, y algunas de estas 18 flotaron 
durante un período muchísimo mayor; de manera que, como 
de las especies de simientes germinaron después de 
veintiochodías de inmersión, y ^^94 de las distintas especies 
con frutos maduros —aunque no todas eran las mismas 
especies que en el experimento precedente— flotaron, 
después de secas, más de veintiocho días, podemos sacar la 
conclusión —hasta donde puede deducirse algo de este corto 
número de hechos— que las semillas de de las especies 
de plantas de una región podrían ser llevadas flotando por las 
corrientes marinas durante veintiocho días y conservarían su 
poder de germinación. En el Atlas físico de Johnston, el 
promedio de velocidad de las diferentes corrientes del 
Atlántico es de 33 millas diarias —algunas corrientes llevan la 
velocidad de 60 millas diarias—; según este promedio, las 
semillas del ^Vioo de las plantas de un país podrían atravesar 
flotando 924 millas de mar, has ta llegar a otro país, y, una vez 


530 



en tierra, si fuesen llevadas hacia el interior por el viento hasta 
sitio favorable, germinarían. 

Después de mis experimentos, míster Martens hizo otros 
semejantes; pero de un modo mucho mejor, pues colocó las 
semillas dentro de una caja en el mismo mar, de manera que 
estaban alternativamente mojadas y expuestas al aire como 
plantas realmente flotantes. Ensayó 98 semillas, en su mayor 
parte diferentes de las mías, y eligió muchos frutos grandes, y 
también semillas de plantas que viven cerca del mar, lo cual 
tenía que ser favorable, tanto para el promedio de duración de 
la flotación como para la resistencia a la acción nociva del 
agua salada. Por el contrario, no hacía secar previamente las 
plantas o ramas con los frutos, y esto, como hemos visto, 
hubiera hecho que algunas de ellas hubiesen flotado mucho 
más tiempo. El resultado fue que de sus semillas de 
diferentes clases flotaron cuarenta y dos días, y luego fueron 
capaces de germinar; aunque no dudo que las plantas 
sometidas a la acción de las olas flotarían durante menos 
tiempo que las protegidas contra los movimientos violentos, 
como ocurre en nuestros experimentos. Por consiguiente, 
quizá sería más seguro admitir que las semillas de 
aproximadamente, de las plantas de una flora, podrían, 
después de haberse secado, atravesar flotando un espacio de 
más de 900 millas de ancho, y germinarían luego. El hecho de 
que los frutos grandes muchas veces floten más tiempo que 
los pequeños es interesante, pues las plantas con semillas o 
frutas grandes, que, como ha demostrado Alph. Candolle, 
tienen generalmente distribución geográfica limitada, 
difícilmente pudieron ser transportadas por otros medios. 

Las semillas pueden ser transportadas ocasionalmente de 
otro modo. En la mayor parte de las islas, incluso en las que 
están en el centro de los mayores océanos, el mar arroja leños 


531 



flotantes, y los naturales de las islas de corales del Pacífico se 
procuran piedras para sus herramientas únicamente de entre 
las raíces de árboles llevados por las corrientes, constituyendo 
estas piedras un importante tributo real. He observado que 
cuando entre las raíces de los árboles quedan encajadas 
piedras de forma irregular, quedan encerradas en sus 
intersticios y detrás de ellas pequeñas cantidades de tierra, tan 
perfectamente, que ni una partícula podría ser arrastrada por 
el agua durante el más largo transporte: procedentes de una 
pequeña cantidad de tierra completamente encerrada de este 
modo por las raíces de un roble, germinaron tres plantas 
dicotiledóneas; estoy seguro de la exactitud de esta 
observación. Además puedo demostrar que los cuerpos 
muertos de las aves, cuando flotan en el mar, a veces son 
devorados inmediatamente, y muchas clases de semillas 
conservan, durante mucho tiempo, su vitalidad en el buche de 
las aves que flotan: los guisantes y las alverjas, por ejemplo, 
mueren con sólo algunos días de inmersión en el agua del 
mar; pero algunos sacados del buche de una paloma que 
había estado flotando treinta días en agua de mar artificial 
germinaron casi todos, con gran sorpresa mía. 

Las aves vivas apenas pueden dejar de ser agentes 
eficacísimos en el transporte de las semillas; podría citar 
muchos hechos que demuestran lo frecuentísimo que es el 
que aves de muchas clases sean arrastradas por huracanes a 
grandes distancias en el océano. Podemos seguramente 
admitir que, en estas circunstancias, su velocidad de vuelo 
tiene que ser con frecuencia de 35 millas por hora, y algunos 
autores la han calculado en mucho más. Nunca he visto un 
ejemplo de semillas alimenticias que pasen por todo el 
intestino de un ave; pero semillas duras de frutos carnosos 
pasan sin alterarse hasta por los órganos digestivos de un 
pavo. En el transcurso de dos meses he recogido en mi jardín. 


532 



de los excrementos de pequeñas aves, doce clases de semillas, 
y parcelan perfectas, y algunas de ellas que fueron ensayadas 
germinaron. Pero el hecho siguiente es más importante; el 
buche de las aves no segrega jugo gástrico y no perjudica en lo 
más mínimo la germinación de las semillas, según he 
averiguado experimentalmente. Ahora bien; cuando un ave 
ha encontrado y ha ingerido una gran cantidad de comida, se 
ha afirmado positivamente que todas las semillas no pasan a 
la molleja antes de doce o de diez y ocho horas. En este 
intervalo, un ave puede fácilmente ser arrastrada por el viento 
a una distancia de 500 millas, y es sabido que los halcones 
buscan las aves cansadas, y el contenido de su buche 
desgarrado puede de este modo esparcirse pronto. Algunos 
halcones y buhos tragan sus presas enteras, y después de un 
intervalo de doce a veinte horas vomitan pelotillas que, según 
sé por experimentos hechos en los Zoological Gardens, 
encierran simientes capaces de germinar. Algunas simientes 
de avena, trigo, mijo, alpiste, cáñamo, trébol y remolacha 
germinaron después de haber estado veinte o veintiuna horas 
en los estómagos de diferentes rapaces, y dos semillas de 
remolacha germinaron después de haber estado en estas 
condiciones durante dos días y catorce horas. Los peces de 
agua dulce veo que comen semillas de muchas plantas de 
tierra y de agua; los peces son frecuentemente devorados por 
aves, y, de este modo, las semillas podrían ser transportadas 
de un lugar a otro. Introduje muchas clases de semillas en 
estómagos de peces muertos, y después los di a águilas 
pesqueras, cigüeñas y pelicanos; estas aves, después de 
muchas horas, devolvieron las semillas en pelotillas, o las 
expulsaron con sus excrementos, y varias de estas semillas 
conservaron el poder de germinación. Ciertas semillas, sin 
embargo, murieron siempre por este procedimiento. 

Las langostas son arrastradas muchas veces por el viento a 


533 



gran distancia de tierra; yo mismo cogí una a 370 millas de la 
costa de África, y he sabido de otras cogidas de distancias 
mayores. El reverendo R. T. Lower comunicó a sir C. Lyell 
que, en noviembre de 1844, llegaron a la isla de la Madera 
nubes de langostas. Eran en cantidad innumerable, y tan 
tupidas como los copos de nieve en la mayor nevada, y se 
extendían en altura hasta donde podían verse con un anteojo. 
Durante dos o tres días fueron lentamente de un lado a otro, 
describiendo una inmensa elipse de cinco o seis millas de 
diámetro, y de noche se posaban en los árboles más altos, que 
quedaban completamente cubiertos por ellas. Después 
desaparecieron hacia el mar, tan súbitamente como habían 
aparecido, y desde entonces no se han vuelto a presentar en la 
isla. Ahora bien; en algunas partes de Natal creen algunos 
granjeros, aunque sin pruebas suficientes, que por los 
excrementos que dejan los grandes vuelos de langostas, que 
con frecuencia se presentan en aquella comarca, son 
introducidas en su región de praderas semillas perjudiciales. 
A causa de esta suposición, mister Weale me envió en una 
carta un paquetito de bolitas secas de excremento de langosta, 
de las cuales separé al microscopio diferentes semillas, y 
obtuve de ellas siete gramíneas pertenecientes a dos especies 
de dos géneros distintos. Por consiguiente, una nube de 
langosta como la que apareció en la isla de la Madera pudo 
fácilmente ser el medio de introducir diferentes clases de 
plantas en una isla situada lejos del continente. 

Aun cuando el pico y las patas de las aves generalmente 
están limpios, a veces se les adhiere tierra: en un caso quité de 
la pata de una perdiz 61 granos de tierra arcillosa seca, y en 
otro caso, 22 granos, y en la tierra habla una piedrecita del 
tamaño de una alverja. Un ejemplo mejor: un amigo me envió 
una pata de chocha con una plastita de tierra seca pegada al 
tarso que pesaba sólo 9 granos y contenía una semilla de 


534 


resbalabueyes (¡uncus bufonius), que germinó y floreció. 
Míster Swaysland, de Brighton, que durante los últimos 
cuarenta años ha prestado gran atención a nuestras aves 
emigrantes, me informa que, con frecuencia, ha matado 
aguzanieves (Motacilla) y culiblancos (Saxícola), al momento 
de llegar a nuestras costas, antes de que se hubiesen posado, y 
muchas veces ha observado pequeñas plastitas de tierra 
pegadas a sus pies. Podrían citarse muchos hechos que 
muestran cuán general es que el suelo esté cargado de 
semillas. Por ejemplo; el profesor Newton me envió la pata de 
una perdiz (Caccabis rufa) que había sido herida y no podía 
volar, con una bola de tierra dura adherida, que pesaba seis 
onzas y media^'^'^f La tierra fue conservada durante tres años; 
pero cuando fue rota, regada y colocada bajo una campana de 
cristal salieron de ella nada menos que 82 plantas: consistían 
éstas en 12 monocotiledóneas, entre ellas la avena común, y, 
por lo menos, otra especie de gramínea, y en 70 
dicotiledóneas, que pertenecían, a juzgar por sus hojas 
jóvenes, a tres especies distintas, por lo menos. Con estos 
hechos a la vista, ¿podemos dudar de que las muchas aves que 
anualmente son arrastradas por las tormentas a grandes 
distancias sobre el océano, y las muchas que anualmente 
emigran —por ejemplo, los millones de codornices que 
atraviesan el Mediterráneo—, han de transportar 
ocasionalmente unas pocas semillas empotradas en el barro 
que se adhiere a sus patas y picos? Pero tendré que volver 
sobre este asunto. 

Como es sabido que los icebergs están a veces cargados de 
tierra y piedras, y que hasta han transportado matorrales, 
huesos y el nido de un pájaro terrestre, apenas puede dudarse 
que ocasionalmente pudieron haber transportado, como ha 
sido sugerido por Lyell, semillas de una parte a otra de las 
regiones árticas y antárticas y, durante el período glaciar, de 


535 


una parte a otra de las regiones que hoy son templadas. En las 
Azores —por el gran número de plantas comunes a Europa, 
en comparación con las especies de otras islas del Atlántico 
que están situadas más cerca de tierra firme y, como ha sido 
observado por míster H. C. Watson, por su carácter algo 
septentrional en comparación con la latitud— sospeché que 
estas islas han sido en parte pobladas por semillas traídas por 
los hielos durante la época glaciar. A ruego mío, sir C. Lyell 
escribió a míster Hartung preguntándole si habla observado 
cantos erráticos en estas islas, y contestó que habían hallado 
grandes pedazos de granito y de otras rocas que no se 
encuentran en el archipiélago. Por consiguiente, podemos 
deducir con seguridad que los icebergs en otro tiempo 
depositaron su carga de piedras en las playas de estas islas 
oceánicas, y es, por lo menos, posible que puedan haber 
llevado a ellas algunas semillas de plantas del Norte. 

Considerando que estos diferentes medios de transporte, y 
otros que indudablemente quedan por descubrir, han estado 
en actividad, año tras año, durante.decenas de miles de años, 
sería, creo yo, un hecho maravilloso que muchas plantas no 
hubiesen llegado a ser transportadas muy lejos. Estos medios 
de transporte son a veces llamados accidentales; pero esto no 
es rigurosamente correcto: las corrientes marinas no son 
accidentales, ni tampoco lo es la dirección de los vientos 
predominantes. Hay que observar que casi ningún medio de 
transporte puede llevar las semillas a distancias muy grandes, 
pues las semillas no conservan su vitalidad si están expuestas 
durante mucho tiempo a la acción del mar, ni pueden 
tampoco ser llevadas mucho tiempo en el buche o intestinos 
de las aves. Estos medios, sin embargo, bastarían para el 
transporte ocasional a través de extensiones de mar de 100 
millas de ancho, de isla a isla, o de un continente a una isla 
vecina; pero no de un continente a otro muy distante. Las 


536 



floras de continentes muy distantes no hubieron de llegar a 
mezclarse por estos medios, y hubieron de permanecer tan 
distintas como lo son actualmente. Las corrientes, por su 
dirección, nunca hubieron de traer semillas de América del 
Norte a Inglaterra, aun cuando pudieron traer, y traen, de las 
Antillas a nuestras costas occidentales semillas que, de no 
quedar muertas por su larguísima inmersión en el agua 
salada, no pudieron resistir nuestro clima. Casi todos los años 
una o dos aves marinas son arrastradas por el viento, a través 
de todo el océano Atlántico, desde América del Norte a las 
costas occidentales de Irlanda e Inglaterra; pero las semillas 
no podrían ser transportadas por estos raros viajeros mas que 
por un medio: por el barro adherido a sus patas o pico; lo que 
constituye por si mismo una rara casualidad. Aun en este 
caso, ¡qué pocas probabilidades habría de que una semilla 
cayese en un suelo favorable y llegase a completo desarrollo! 
Pero sería un gran error el alegar que porque una isla bien 
poblada, como la Gran Bretaña, no ha recibido —hasta donde 
se sabe, y sería dificilísimo el probarlo— en estos últimos 
siglos inmigrantes de Europa o de otro continente por estos 
medios ocasionales de transporte, no tenga que recibir 
colonos por medios semejantes una isla pobremente poblada, 
aun estando situada más lejos de tierra firme. De cien clases 
de semillas o animales transportados a una isla, aunque esté 
mucho menos poblada que la Gran Bretaña, acaso una nada 
más estarla lo bastante bien adaptada a su nueva patria para 
que llegase a naturalizarse. Pero este no es un argumento 
válido contra lo que realizarían los medios ocasionales de 
transporte durante el largo lapso de tiempo geológico durante 
el que la isla se iba levantando y antes de que hubiese sido 
poblada por completo de habitantes. En tierra casi desnuda, 
en la que viven insectos y aves poco o no destructores, casi 
cualquier semilla que tenga la fortuna de llegar ha de 


537 



germinar y sobrevivir, si es adecuada al clima. 

Dispersión durante el período glaciar. 

La identidad de muchas plantas y animales en las cumbres 
de montañas separadas por centenares de millas de tierras 
bajas, en las cuales no podrían existir especies alpinas, es uno 
de los casos conocidos más llamativos de que las mismas 
especies vivan en puntos muy distantes sin posibilidad 
aparente de que hayan emigrado de un punto a otro. Es 
verdaderamente un hecho notable ver tantas plantas de las 
mismas especies viviendo en las regiones nevadas de los Alpes 
y de los Pirineos y en las partes más septentrionales de 
Europa; pero es un hecho mucho más notable el que las 
plantas de las White Mountains de los Estados Unidos de 
América son todas las mismas que las del Labrador, y casi las 
mismas, según dice Assa Cray, que las de las montañas más 
elevadas de Europa. Ya en 1747 estos hechos llevaron a 
Gmelin a la conclusión de que las mismas especies tenían que 
haber sido creadas independientemente en muchos puntos 
distintos, y tendríamos que haber permanecido en esta misma 
creencia si Agassiz y otros no hubiesen llamado vivamente la 
atención sobre el período glaciar, que, como veremos 
inmediatamente, aporta una explicación sencilla de estos 
hechos. Tenemos pruebas de casi todas las clases imaginables 
—tanto procedentes del mundo orgánico como del 
inorgánico— de que en un período geológico muy reciente 
Europa Central y América del Norte sufrieron un clima 
ártico. Las ruinas de una casa destruida por el fuego no 
referirían su historia más claramente que las montañas de 
Escocia y Gales, con sus laderas estriadas, superficies 
pulimentadas y cantos suspendidos, que nos hablan de las 
heladas corrientes que no ha mucho llenaban sus valles. 
Tanto ha cambiado el clima de Europa, que en el norte de 
Italia están ahora cubiertas de vides y maíz gigantescas 


538 



morrenas dejadas por los antiguos glaciares. En toda una gran 
parte de los Estados Unidos, los cantos erráticos y las rocas 
estriadas revelan claramente un periodo anterior de frío. 

La pasada influencia del clima glaciar en la distribución de 
los habitantes de Europa, según la explica Edward Eorbes, es 
en resumen la siguiente; pero seguiremos los cambios más 
fácilmente suponiendo que viene, poco a poco un nuevo 
período glaciar y que después pasa, como antes ocurrió. 
Cuando vino el frío, y cuando las zonas más meridionales 
llegaron a ser apropiadas para los habitantes del Norte, éstos 
ocuparían los puestos de los primitivos habitantes de las 
regiones templadas; estos últimos, al mismo tiempo, se 
trasladarían cada vez más hacia el Sur, a menos que fuesen 
detenidos por obstáculos, en cuyo caso perecerían; las 
montañas quedarían cubiertas de nieve y hielo, y sus 
primitivos habitantes alpinos descenderían a las llanuras. 
Cuando el frío hubo alcanzado su máximo, tendríamos una 
fauna y flora árticas cubriendo las partes centrales de Europa, 
llegando al Sur hasta los Alpes y Pirineos y aun extendiéndose 
a España. Las regiones actualmente templadas de los Estados 
Unidos estarían también cubiertas de plantas y animales 
árticos, que serían, con poca diferencia, los mismos que los de 
Europa, pues los actuales habitantes circumpolares, que 
suponemos que habrían marchado en todas partes hacia el 
Sur, son notablemente uniformes en todas partes. 

Al volver el calor, las formas árticas se replegarían hacia el 
Norte, seguidas de cerca, en su retirada, por las producciones 
de las regiones templadas. Y al fundirse la nieve en las faldas 
de las montañas, las formas árticas se apoderarían del suelo 
deshelado y desembarazado, ascendiendo siempre, cada vez 
más alto, a medida que aumentaba el calor y la nieve seguía 
desapareciendo, mientras que sus hermanas proseguían su 
viaje hacia el Norte. Por consiguiente, cuando el calor hubo 


539 



vuelto por completo, las mismas especies que anteriormente 
habían vivido juntas en las tierras bajas de Europa y América 
del Norte se encontrarían de nuevo en las regiones árticas del 
Mundo Antiguo y del Nuevo y en muchas cumbres de 
montañas aisladas muy distantes unas de otras. 

De este modo podemos comprender la identidad de 
muchas plantas en puntos tan sumamente distantes como las 
montañas de los Estados Unidos y las de Europa. Podemos así 
comprender el hecho de que las plantas alpinas de cada 
cordillera estén más particularmente relacionadas con las 
formas árticas que viven exactamente al norte, o casi 
exactamente al norte de ellas, pues la primera migración, 
cuando llegó el frío, y la migración en sentido inverso, a la 
vuelta del calor, tienen que haber sido, en general, 
exactamente de Norte a Sur. Las plantas alpinas, por ejemplo, 
de Escocia, como ha hecho observar míster H. C. Watson, y 
las de los Pirineos, como ha hecho observar Ramond, están 
especialmente relacionadas con las plantas del norte de 
Escandinavia; las de los Estados Unidos, con las del Labrador; 
las de las montañas de Siberia, con las de las regiones árticas 
de este país. Estas deducciones, basadas, como lo están, en la 
existencia perfectamente demostrada de un período glaciar 
anterior, me parece que explican de modo tan satisfactorio la 
distribución actual de las producciones alpinas y árticas de 
Europa y América, que cuando en otras regiones 
encontramos las mismas especies en cumbres distantes casi 
podemos deducir, sin otras pruebas, que un clima más frío 
permitió en otro tiempo su emigración, atravesando las 
tierras bajas interpuestas, que actualmente son ya demasiado 
cálidas para su existencia. 

Como las formas árticas se trasladaron primero hacia el Sur 
y después retrocedieron hacia el Norte, al unísono del cambio 
de clima, no habrán estado sometidas durante sus largas 


540 



migraciones a una gran diversidad de temperaturas, y como 
todas ellas emigraron juntas, en masa, sus relaciones mutuas 
no se habrán alterado mucho. Por consiguiente, según los 
principios repetidos en este libro, estas formas no habrán 
sufrido grandes modificaciones. Pero el caso habrá sido algo 
diferente para las producciones alpinas, que, desde el 
momento de la vuelta del calor, quedaron aisladas, primero 
en la base de las montañas y finalmente en sus cumbres; pues 
no es probable que el mismo conjunto de especies árticas 
hayan quedado en cordilleras muy distantes entre sí y hayan 
sobrevivido después. Lo probable es que estas especies se 
hayan mezclado con antiguas especies alpinas que debieron 
existir en las montañas antes del principio de la época glaciar, 
y que durante el período más frío fueron temporalmente 
forzadas a bajar a las llanuras. Aquellas especies han estado 
además sometidas a influencias algo diferentes de clima; sus 
relaciones mutuas habrán sido así alteradas en cierto grado, y 
en consecuencia las especies habrán estado sujetas a variación 
y se habrán modificado; pues, si comparamos las plantas y 
animales alpinos actuales de las diferentes cordilleras 
principales de Europa, aun cuando muchas de las especies 
permanecen idénticamente iguales, algunas existen como 
variedades, otras como formas dudosas o subespecies y otras 
como especies distintas, pero muy afines, que se representan 
mutuamente en las diferentes cordilleras. 

En el ejemplo precedente hemos supuesto que en el 
comienzo de nuestro imaginario período glaciar las 
producciones árticas eran tan uniformes en todas las regiones 
polares como lo son hoy en día; pero es también necesario 
admitir que muchas formas subárticas y algunas de los climas 
templados eran las mismas en todo el mundo, pues algunas 
de las especies que ahora existen en la base de las montañas y 
en las llanuras del norte de América y de Europa son las 


541 



mismas, y puede preguntarse cómo explico yo esta 
uniformidad de las formas subárticas y de clima templado, en 
todo el mundo, al principio del verdadero período glaciar. 
Actualmente las producciones subárticas y de las regiones 
templadas del Norte, en el Mundo Antiguo y en el Nuevo, 
están separadas por todo el océano Atlántico y por la parte 
norte del Pacífico. Durante el período glaciar, cuando los 
habitantes del Mundo Antiguo y del Nuevo vivían mucho 
más al Sur de lo que viven actualmente, tuvieron que estar 
separados entre sí aún más completamente por espacios 
mayores del océano; de manera que puede muy bien 
preguntarse cómo es que las mismas especies pudieron 
entonces, o antes, haber llegado a los dos continentes. La 
explicación, a mi parecer, está en la naturaleza del clima antes 
del comienzo del período glaciar. En aquella época, o sea el 
período plioceno más moderno, la mayor parte de los 
habitantes del mundo eran específicamente los mismos que 
ahora, y tenemos razones suficientes para creer que el clima 
era más caliente que en la actualidad. Por consiguiente, 
podemos suponer que los organismos que actualmente viven 
a 60° de latitud vivían durante el período plioceno más al 
Norte, en el circulo polar, a 66°-67° de latitud, y que las 
producciones árticas actuales vivían entonces en la tierra 
fragmentada todavía más próxima al polo. Ahora bien; si 
consideramos el globo terrestre, vemos que en el círculo polar 
hay tierra casi continua desde el oeste de Europa, por Siberia, 
hasta el este de América, y esta continuidad de tierra 
circumpolar, con la consiguiente libertad, en un clima más 
favorable, para emigraciones mutuas, explicará la supuesta 
uniformidad de las producciones subárticas y de clima 
templado del Mundo Antiguo y del Nuevo en un período 
anterior a la época glaciar. 

Creyendo, por las razones que antes se han indicado, que 


542 



los continentes actuales han permanecido mucho tiempo casi 
en las mismas situaciones relativas, aunque sujetos a grandes 
oscilaciones de nivel, me inclino mucho a extender la 
hipótesis precedente, hasta deducir que durante un período 
anterior más caliente, como el período plioceno antiguo, en 
las tierras circumpolares, que eran casi ininterrumpidas, vivía 
un gran número de plantas y animales iguales, y que estas 
plantas y animales, tanto en el Mundo Antiguo como en el 
Nuevo, empezaron a emigrar hacia el Sur cuando el clima se 
hizo menos caliente, mucho antes del principio del período 
glaciar. Actualmente vemos, creo yo, sus descendientes, la 
mayor parte de ellos en un estado modificado, en las regiones 
centrales de Europa y de los Estados Unidos. Según esta 
opinión, podemos comprender el parentesco y rara identidad 
entre las producciones de América del Norte y de Europa, 
parentesco que es sumamente notable considerando la 
distancia de los dos territorios y su separación por todo el 
océano Atlántico. Podemos comprender, además, el hecho 
singular, sobre el que han llamado la atención diferentes 
observadores, de que las producciones de Europa y América 
en los últimos pisos terciarlos estaban más relacionadas que lo 
están actualmente, pues durante estos períodos más calientes 
las partes del norte del Mundo Antiguo y del Nuevo deben 
haber estado unidas, casi sin interrupción, por tierra, que 
serviría como de puente —que el frío después hizo 
intransitable— para las emigraciones recíprocas de sus 
habitantes. 

Durante la lenta diminución del calor en el período 
plioceno, tan pronto como las especies comunes que vivían en 
el Mundo Antiguo y en el Nuevo emigraron al sur del circulo 
polar, quedarían completamente separadas. Esta separación, 
por lo que se refiere a las producciones de clima más 
templado, tiene que haber ocurrido hace mucho tiempo. Al 


543 



emigrar hacia el Sur, las plantas y animales tuvieron que 
mezclarse en una gran región con las producciones indígenas 
americanas, y tendrían que competir con ellas, y en otra gran 
región con las del Mundo Antiguo. Por consiguiente, tenemos 
en este caso algo favorable a las modificaciones grandes, a 
modificaciones mucho mayores que las de las producciones 
alpinas que quedaron aisladas, en un período mucho más 
reciente, en las diferentes cordilleras en las tierras árticas de 
Europa y América del Norte. De aquí proviene que, cuando 
comparamos las producciones que viven actualmente en las 
regiones templadas del Nuevo Mundo y del Antiguo, 
encontremos muy pocas especies idénticas —aunque Assa 
Cray ha mostrado últimamente que son idénticas más plantas 
de las que antes se suponía— y que encontremos, en cambio, 
en todas las clases principales, muchas formas, que unos 
naturalistas consideran como razas geográficas y otros como 
especies distintas, y una legión de formas representativas, o 
muy afines, que son consideradas por todos los naturalistas 
como específicamente distintas. 

Lo mismo que en tierra, en las aguas del mar, una lenta 
emigración, hacia el Sur, de la fauna marina, que durante el 
plioceno, o hasta en un período algo anterior, fue casi 
uniforme a lo largo de las ininterrumpidas costas del círculo 
polar, explicará, dentro de la teoría de la modificación, el que 
hoy vivan especies afines en regiones completamente 
separadas. Así, creo yo, podemos comprender la presencia en 
las costas orientales y occidentales de la parte templada del 
norte de América de algunas formas muy próximas, todavía 
vivientes o terciarias extinguidas, y explicará también el hecho 
aun más llamativo de que vivan en el Mediterráneo y en los 
mares del Japón muchos crustáceos —según se describe en la 
admirable obra de Dana—, algunos peces y otros animales 
marinos muy afines, a pesar de estar completamente 


544 



separadas estas dos regiones por un continente entero e 
inmensas extensiones de océano. 

Dentro de la teoría de la creación, son inexplicables estos 
casos de parentesco próximo entre especies que viven 
actualmente o vivieron en otro tiempo en el mar, en las costas 
orientales y occidentales de América del Norte, en el 
Mediterráneo y el Japón, y en las tierras templadas de 
América del Norte y Europa. No podemos sostener que estas 
especies hayan sido creadas semejantes en relación con las 
condiciones físicas, casi iguales, de las regiones; pues si 
comparamos, por ejemplo, ciertas partes de América del Sur 
con partes de África meridional o de Australia, vemos 
regiones, muy semejantes en todas sus condiciones físicas, 
cuyos habitantes son completamente diferentes. 

Alternancia de períodos glaciares en el Norte y en el Sur. 

Pero tenemos que volver a nuestro asunto principal. Estoy 
convencido de que la opinión de Eorbes puede generalizarse 
mucho. En Europa nos encontramos con las pruebas más 
claras del período glaciar, desde las costas occidentales de la 
Gran Bretaña, hasta la cordillera de los Montes Urales y, hacia 
el Sur, hasta los Pirineos. Podemos deducir de los mamíferos 
congelados y de la naturaleza de la vegetación de las 
montañas, que Siberia sufrió igual influencia. En el Líbano; 
según el doctor Hooker, las nieves perpetuas cubrían en otros 
tiempos el eje central y alimentaban glaciares que bajaban a 
4.000 pies por los valles. El mismo observador ha encontrado 
recientemente grandes morrenas a un nivel bajo en la 
cordillera del Atlas, en el norte del África. En el Himalaya, en 
puntos separados por 900 millas, los glaciares han dejado 
señales de su anterior descenso muy bajo, y en Sikkim, el 
doctor Hooker vio maíz que crecía en antiguas morrenas 
gigantescas. Al sur del continente asiático, al otro lado del 


545 



Ecuador, sabemos, por las excelentes investigaciones del 
doctor J. Haast y del doctor Héctor, que en Nueva Zelandia, 
en otro tiempo, inmensos glaciares descendieron hasta un 
nivel bajo, y las plantas iguales encontradas por el doctor 
Hooker en montañas muy distantes de esta isla nos refieren la 
misma historia de un período frío anterior. De los hechos que 
me ha comunicado el reverendo W. B. Clarke resulta también 
que hay huellas de acción glaciar anterior en las montañas del 
extremo sudeste de Australia. 

Por lo que se refiere a América, en su mitad norte se han 
observado fragmentos de roca transportados por el hielo, en 
el lado este del continente, hasta la latitud de 36°-37°, y en las 
costas del Pacifico, donde actualmente el clima es tan 
diferente, hasta la latitud de 46°. También se han señalado 
cantos erráticos en las Montañas Rocosas. En América del 
Sur, en la cordillera de los Andes, casi en el Ecuador, los 
glaciares llegaban en otro tiempo mucho más abajo de su 
nivel actual. En la región central de Chile examiné un gran 
cúmulo de detritus con grandes cantos que cruzaba el valle 
del Portillo, y que apenas puede dudarse de que en otro 
tiempo constituyeron una morrena gigantesca; y míster D. 
Porbes me informó que en diferentes partes de la cordillera de 
los Andes, entre 13° y 30° de latitud sur, encontró, 
aproximadamente a la altura de 12.000 pies, rocas 
profundamente estriadas, semejantes a aquellas con que 
estaba familiarizado en Noruega, e igualmente grandes masas 
de detritus con guijarros estriados. En toda esta extensión de 
la cordillera de los Andes no existen actualmente verdaderos 
glaciares, ni aun a alturas mucho más considerables. Más al 
Sur, a ambos lados del continente, desde 41° de latitud hasta 
el extremo más meridional, tenemos las pruebas más 
evidentes de una acción glaciar anterior, en un gran número 
de inmensos cantos transportados lejos de su lugar de origen. 


546 



Por estos diferentes hechos, o sea porque la acción glaciar 
se ha extendido por todas partes en los hemisferios boreal y 
austral; porque este período ha sido reciente, en sentido 
geológico, en ambos hemisferios, por haber perdurado en 
ambos mucho tiempo, como puede deducirse de la cantidad 
de trabajo efectuado, y, finalmente, por haber descendido 
recientemente los glaciares hasta un nivel bajo en toda la 
cordillera de los Andes, me pareció en un tiempo que era 
indubitable la conclusión de que la temperatura de toda la 
Tierra había descendido simultáneamente en el período 
glaciar. Pero ahora míster Croll, en una serie de admirables 
Memorias, ha intentado demostrar que un clima glaciar es el 
resultado de diferentes causas físicas, puestas en actividad por 
un aumento en la excentricidad de la órbita de la Tierra. 
Todas estas causas tienden hacia el mismo fin; pero la más 
potente parece ser la influencia indirecta de la excentricidad 
de la órbita en las corrientes oceánicas. Según míster Croll, los 
períodos de frío se repiten regularmente cada diez o quince 
mil años, y éstos son extremadamente rigurosos a larguísimos 
intervalos, debido a ciertas circunstancias, la más importante 
de las cuales, como ha demostrado sir C. Lyell, es la posición 
relativa de las tierras y de las aguas. Míster Croll cree que el 
último período glaciar grande ocurrió hace doscientos 
cuarenta mil años, aproximadamente, y duró, con ligeras 
alteraciones de climas, unos ciento sesenta mil. Por lo que se 
refiere a períodos glaciares más antiguos, diferentes geólogos 
están convencidos, por pruebas directas, que estos períodos 
glaciares ocurrieron durante las formaciones miocenas y 
eocenas, por no mencionar formaciones aún más antiguas. 
Pero el resultado más importante para nosotros a que ha 
llegado míster Croll es que siempre que el hemisferio norte 
pasa por un período frío, la temperatura del hemisferio sur 
aumenta positivamente, por volverse los inviernos más 


547 



suaves, debido principalmente a cambios en la dirección de 
las corrientes oceánicas. Otro tanto ocurrirá en el hemisferio 
norte cuando el hemisferio sur pasa por un período glaciar. 
Esta conclusión proyecta tanta luz sobre la distribución 
geográfica, que me inclino mucho a darle crédito; pero 
indicaré primero los hechos que requieren una explicación. 

El doctor Hooker ha demostrado que en América del Sur, 
aparte de muchas especies muy afines, más de cuarenta o 
cincuenta plantas fanerógamas de la Tierra del Euego —que 
constituyen una parte no despreciable de su escasa flora— son 
comunes a América del Norte y Europa, a pesar de estar en 
territorios enormemente distantes en hemisferios opuestos. 
En las gigantescas montañas de América ecuatorial existe una 
multitud de especies peculiares pertenecientes a géneros 
europeos. En los montes Organ, del Brasil, Gardner encontró 
algunos géneros de las regiones templadas de Europa, algunos 
antárticos y algunos de los Andes que no existen en las cálidas 
regiones bajas intermedias. En la Silla de Caracas, el ilustre 
Humboldt encontró mucho antes especies pertenecientes a 
géneros característicos de la cordillera de los Andes. 

En África se presentan en las montañas de Abisinia varias 
formas características y algunas representativas de la flora del 
Cabo de Buena Esperanza. En el Cabo de Buena Esperanza se 
encuentra un cortísimo número de especies europeas que se 
supone que no han sido introducidas por el hombre, y en las 
montañas se encuentran varias formas europeas 
representativas que no han sido descubiertas en las regiones 
intertropicales de África. El doctor Hooker, recientemente, ha 
demostrado también que varias de las plantas que viven en las 
regiones superiores de la elevada isla de Eernando Poo y en 
los vecinos montes de los Camarones, en el golfo de Guinea, 
están muy relacionadas con las de las montañas de Abisinia y 
también con las de las regiones templadas de Europa. 


548 



Actualmente también parece, según me dice el doctor 
Hooker, que algunas de estas mismas plantas de climas 
templados han sido descubiertas por el reverendo T. Lowe en 
las montañas de las islas de Cabo Verde. Esta extensión de las 
mismas formas de clima templado, casi en el Ecuador, a 
través de todo el continente de África y hasta las montañas 
del archipiélago de Cabo Verde, es uno de los hechos más 
asombrosos que en todo tiempo se han registrado en la 
distribución de las plantas. 

En el Himalaya y en las cordilleras aisladas de la península 
de la India, en las alturas de Ceilán y en los conos volcánicos 
de Java se presentan muchas plantas, ya idénticamente 
iguales, ya mutuamente representativas, y al mismo tiempo 
plantas representativas de las de Europa, que no se 
encuentran en las cálidas regiones bajas intermedias. ¡Una 
lista de géneros de plantas recogidas en los picos más altos de 
Java evoca el recuerdo de una recolección hecha en una colina 
de Europa! Todavía es más llamativo el hecho de que formas 
peculiares australianas están representadas por ciertas plantas 
que crecen en las cumbres de las montañas de Borneo. 
Algunas de estas formas australianas, según me dice el doctor 
Hooker, se extienden por las alturas de la península de 
Malaca, y están ligeramente diseminadas, de una parte, por la 
India y, de otra, llegan por el Norte hasta el Japón. 

En las montañas meridionales de Australia, el doctor E. 
Müller ha descubierto varias especies europeas; en las tierras 
bajas se presentan otras especies no introducidas por el 
hombre, y, según me informa el doctor Hooker, puede darse 
una larga lista de géneros europeos encontrados en Australia 
y no en las regiones tórridas intermedias. En la admirable 
Introduction to the Flora ofNew Zealand, del doctor Hooker, 
se citan hechos notables análogos relativos a plantas de 
aquella gran isla. Vemos, pues, que ciertas plantas que crecen 


549 



en las más altas montañas de los trópicos en todas las partes 
del mundo y en las llanuras templadas del Norte y del Sur son 
las mismas especies o variedades de las mismas especies. Hay 
que observar, sin embargo, que estas plantas no son formas 
estrictamente árticas, pues, como míster H. C. Watson ha 
señalado, «al alejarse de las latitudes polares, en dirección a 
las ecuatoriales, las floras alpinas, o de montaña, se van 
haciendo realmente cada vez menos árticas». Aparte de estas 
formas idénticas o muy próximas, muchas especies que viven 
en estos mismos territorios, separadas por tanta distancia, 
pertenecen a géneros que actualmente no se encuentran en las 
tierras bajas tropicales e intermedias. 

Estas breves observaciones se aplican sólo a las plantas; 
pero podrían citarse algunos hechos análogos relativos a los 
animales terrestres. En los seres marinos ocurren también 
casos semejantes; como ejemplo puedo citar una afirmación 
de una altísima autoridad, el profesor Dana: «Es ciertamente 
un hecho asombroso que Nueva Zelandia tenga mayor 
semejanza por sus crustáceos con su antípoda la Gran Bretaña 
que con ninguna otra parte del mundo». Sir J. Richardson 
habla también de la reaparición de formas septentrionales de 
peces en las costas de Nueva Zelandia, Tasmania, etc. El 
doctor Hooker me informa de que veinticinco especies de 
algas son comunes a Nueva Zelandia y a Europa; pero no han 
sido halladas en los mares tropicales intermedios. 

Por los hechos precedentes —presencia de formas de clima 
templado en las regiones elevadas por toda el África 
ecuatorial y a lo largo de la península de la India, hasta Ceilán 
y el archipiélago Malayo, y, de modo menos marcado, por 
toda la gran extensión tropical de América del Sur— parece 
casi seguro que en algún período anterior, indudablemente 
durante la parte más rigurosa del período glaciar, las tierras 
bajas de estos grandes continentes estuvieron habitadas en el 


550 



Ecuador por un considerable número de formas de clima 
templado. En este período el clima ecuatorial al nivel del mar 
era probablemente casi igual que el que ahora se experimenta 
en las mismas latitudes a las alturas de 5.000 a 6.000 pies, o 
hasta un poco más frío. Durante el período más frío las tierras 
bajas del Ecuador tuvieron que cubrirse de vegetación 
mezclada de tropical y de clima templado, como la que 
Hooker describe creciendo exuberante a la altura de 4.000 a 
5.000 pies en las vertientes inferiores del Himalaya, aunque 
quizá con una preponderancia aún mayor de formas de clima 
templado. Así también en la montañosa isla de Eernando Poo, 
en el gol;o de Guinea, míster Mann encontró formas europeas 
de clima templado que empiezan a aparecer a unos 5.000 pies 
de altura. En las montañas del Panamá, a la altura de sólo 
2.000 pies, el doctor Seemann encontró que la vegetación era 
semejante a la de Méjico, ocon formas de la zona tórrida 
mezcladas armoniosamente con las de la templada». 

Veamos ahora si la conclusión de míster Croll, de que 
cuando el hemisferio norte sufría el frío extremo del gran 
período glaciar el hemisferio sur estaba realmente más 
caliente, arroja clara luz sobre la distribución actual, 
inexplicable en apariencia, de diferentes organismos en las 
regiones templadas de ambos hemisferios y en las montañas 
de los trópicos. El período glaciar, medido por años, tiene que 
haber sido larguísimo, y si recordamos los inmensos espacios 
porque se han extendido en pocos siglos algunas plantas y 
animales naturalizados, este período habrá sido suficiente 
para cualquier emigración. Sabemos que las formas árticas, 
cuando el frío se fue haciendo más y más intenso, invadieron 
las regiones templadas, y por los hechos que se acaban de 
citar apenas puede caber duda de que algunas de las formas 
más vigorosas, predominantes y más extendidas invadieron 
las regiones bajas ecuatoriales. Los habitantes de estas cálidas 


551 



regiones bajas tendrían que emigrar al mismo tiempo a las 
regiones tropical y subtropical del Sur, pues el hemisferio 
surera más caliente en este período. Al decaer el período 
glaciar, como ambos hemisferios recobraron sus 
temperaturas primitivas, las formas de clima templado del 
Norte, que vivían en las regiones bajas del Ecuador, serían 
forzadas a volver a su primitiva patria o serían destruidas, 
siendo reemplazadas por las formas ecuatoriales que volvían 
del Sur. Algunas, sin embargo, de las formas templadas del 
Norte es casi seguro que ascenderían a algún país alto 
próximo, donde, si era suficientemente elevado, sobrevivirían 
mucho tiempo, como las formas árticas en las montañas de 
Europa. Aunque el clima no fuese perfectamente adecuado 
para ellas, sobrevivirían, pues el cambio de temperatura tuvo 
que haber sido lentísimo, y las plantas poseen, 
indudablemente, cierta facultad de aclimatación, como lo 
demuestran por la transmisión a su descendencia de fuerza y 
constitución diferentes para resistir el calor y el frío. 

Siguiendo el curso regular de los acontecimientos, el 
hemisferio sur estaría a su vez sujeto a un severo período 
glaciar y el hemisferio norte se volvería más caliente, y 
entonces las formas de clima templado del Sur invadirían las 
tierras bajas ecuatoriales. Las formas del Norte que habían 
quedado antes en las montañas descenderían entonces y se 
mezclarían con las del Sur. Estas últimas, al volver el calor, 
volverían a su patria primitiva, dejando algunas especies en 
las montañas, y llevando hacia el Sur consigo algunas de las 
especies septentrionales de clima templado que habían bajado 
de sus refugios de las montañas. De este modo tendríamos un 
corto número de especies idénticamente iguales en las zonas 
templadas del Norte y del Sur y en las montañas de las 
regiones intermedias tropicales. Pero las especies, al quedar 
durante mucho tiempo en las montañas o en hemisferios 


552 



opuestos, tendrían que competir con muchas formas nuevas y 
estarían expuestas a condiciones físicas algo diferentes; 
estarían, por consiguiente, muy sujetas a modificación, y 
tienen que existir ahora, en general, como variedades o como 
especies representativas, y esto es lo que ocurre. Debemos 
también tener presente la existencia en ambos hemisferios de 
períodos glaciares anteriores, pues éstos explicarían, según los 
mismos principios, las muchas especies bien distintas que 
viven en regiones análogas muy separadas, y que pertenecen a 
géneros que no se encuentran ahora en las zonas tórridas 
intermedias. 

Es un hecho notable, sobre el que han insistido 
enérgicamente Hooker, por lo que se refiere a América, y 
Alph. de Candolle, por lo que se refiere a Australia, que 
muchas especies idénticas, o ligeramente modificadas, han 
emigrado más de Norte a Sur que en sentido inverso. Vemos, 
sin embargo, algunas formas del Sur en las montañas de 
Borneo y Abisinia. Presumo que esta emigración 
preponderante de Norte a Sur es debida a la mayor extensión 
de tierras en el Norte y a que las formas del Norte han 
existido en su propia patria en mayor número y, en 
consecuencia, han sido llevadas, por selección y competencia, 
a un grado superior de perfección o facultad de dominio que 
las formas del Sur. Y así, cuando los dos grupos se mezclaron 
en las regiones ecuatoriales, durante las alternativas de los 
períodos glaciares, las formas del Norte fueron las más 
potentes, y fueron capaces de conservar sus puestos en las 
montañas y de emigrar después hacia el Sur, junto con las 
formas meridionales; pero las formas del Sur no pudieron 
hacer lo propio, en relación con las formas septentrionales. 
Del mismo modo, actualmente vemos que muchísimas 
producciones europeas cubren el suelo en La Plata, Nueva 
Zelandia y, en menor grado, en Australia, y han derrotado a 


553 



las indígenas, mientras que poquísimas formas del Sur se han 
naturalizado en alguna parte del hemisferio norte, a pesar de 
que han sido importados a Europa, durante los dos o tres 
siglos últimos, de La Plata, y en los cuarenta o cincuenta años 
últimos, de Australia, gran cantidad de cueros, lanas y otros 
objetos a propósito para transportar semillas. Los montes 
Neilgherrie, de la India, ofrecen, sin embargo, una excepción 
parcial, pues allí, según me dice el doctor Hooker, las formas 
australianas espontáneamente se están sembrando y 
naturalizando con rapidez. Antes del último gran período 
glaciar, indudablemente las montañas intertropicales 
estuvieron pobladas de formas alpinas propias; pero éstas, en 
casi todas partes, han cedido ante formas más poderosas, 
producidas en los territorios mayores y en los talleres más 
activos del Norte. En muchas islas, las producciones que se 
han naturalizado casi igualan, y hasta superan, en número a 
las producciones indígenas, y este es el primer paso para su 
extinción. Las montañas son islas sobre la Tierra, y sus 
habitantes han sucumbido ante los producidos en los 
territorios mayores del Norte, exactamente del mismo modo 
que los habitantes de las islas verdaderas han cedido en todas 
partes, y están todavía cediendo, ante las formas continentales 
naturalizadas por la mano del hombre. 

Los mismos principios se aplican a la distribución de los 
animales terrestres y de las producciones marinas en las zonas 
templadas del Norte y del Sur y en las montañas 
intertropicales. Cuando, durante el apogeo del periodo 
glaciar, las corrientes oceánicas eran muy diferentes de lo que 
son ahora, algunos de los habitantes de los mares templados 
pudieron haber llegado al Ecuador; de éstos, un corto número 
sería quizá capaz de emigrar en seguida hacia el Sur, 
manteniéndose dentro de las corrientes más frías, mientras 
que otros debieron permanecer y sobrevivir en profundidades 


554 



más frías, hasta que el hemisferio sur fue a su vez sometido a 
un clima glaciar que les permitió continuar su marcha; casi de 
la misma manera que, según Forbes, existen actualmente, en 
las partes más profundas de los mares templados del Norte, 
espacios aislados habitados por producciones árticas. 

Estoy lejos de suponer que, dentro de las hipótesis que se 
acaban de exponer, queden eliminadas todas las dificultades 
referentes a la distribución y afinidades de las especies 
idénticas y próximas que actualmente viven tan separadas en 
el Norte y en el Sur y, a veces, en las cordilleras intermedias. 
Las rutas exactas de emigración no pueden ser señaladas; no 
podemos decir por qué ciertas especies han emigrado y otras 
no; por qué ciertas especies se han modificado y han dado 
origen a nuevas formas, mientras que otras han permanecido 
invariables. No podemos esperar explicar estos hechos hasta 
que podamos decir por qué una especie y no otra llega a 
naturalizarse por la acción del hombre en un país extraño, 
por qué una especie, en su propia patria, se extiende el doble 
o el triple que otra y es dos o tres veces más abundante. 

Quedan también por resolver diferentes dificultades 
especiales, por ejemplo, la presencia, como ha demostrado 
Hooker, de las mismas plantas en puntos tan enormemente 
separados como la Tierra de Kerguelen, Nueva Zelandia y la 
Tierra del Fuego; pero los icebergs, según ha sugerido Lyell, 
pueden haber influido en su dispersión. Es un caso muy 
notable la existencia en este y otros puntos del hemisferio sur 
de especies que, aunque distintas, pertenecen a géneros 
exclusivamente limitados al hemisferio norte. Algunas de 
estas especies son tan distintas, que no podemos suponer que 
desde el comienzo del último período glaciar haya habido 
tiempo para su emigración y consiguiente modificación en el 
grado requerido. Los hechos parecen indicar que especies 
distintas, pertenecientes a los mismos géneros, han emigrado 


555 



según líneas que irradian de un centro común, y me inclino a 
fijar la atención, tanto en el hemisferio norte como en el 
hemisferio sur, en un período anterior y más caliente, antes 
del comienzo del último período glaciar, cuando las tierras 
antárticas, cubiertas ahora de hielo, mantenían una flora 
aislada sumamente peculiar. Puede presumirse que, antes de 
que esta flora fuese exterminada durante la última época 
glaciar, un corto número de formas se habían dispersado ya 
muy lejos hasta diferentes puntos del hemisferio sur por los 
medios ocasionales de transporte, ya mediante el auxilio, 
como etapas, de islas actualmente hundidas. Así, las costas 
meridionales de América, de Australia y de Nueva Zelandia 
pueden haber sido ligeramente matizadas por las mismas 
formas orgánicas peculiares. 

Sir C. Lyell, en un notable pasaje, ha discutido en términos 
casi idénticos a los míos los efectos de las grandes alteraciones 
de clima sobre la distribución geográfica del mundo entero, y 
ahora hemos visto que la conclusión de rnister Croll, de que 
los sucesivos periodos glaciares en un hemisferio coinciden 
con períodos calientes en el hemisferio opuesto, unida a la 
admisión de la modificación lenta de las especies, explica una 
multitud de hechos en la distribución de las mismas formas 
orgánicas y de las formas afines en todas las partes del 
mundo. Las ondas vivientes han fluido durante un período 
desde el Norte, y durante otro desde el Sur, y en ambos casos 
han llegado al Ecuador; pero la corriente de la vida ha fluido 
con mayor fuerza desde el Norte que en la dirección opuesta 
y, por consecuencia, ha inundado más ampliamente el 
hemisferio sur. Así como la marea deja en líneas horizontales 
los restos que lleva, quedando éstos a mayor altura en las 
playas en que la marca alcanza su máximo, de igual modo las 
ondas vivientes han dejado sus vivientes restos en las cumbres 
de nuestras montañas, formando una línea que asciende 


556 



suavemente desde las tierras bajas árticas hasta una gran 
altitud en el Ecuador. Los diferentes seres que han quedado 
abandonados de este modo pueden compararse con las razas 
humanas salvajes que han sido empujadas hacia las montañas 
y que sobreviven en reductos montañosos de casi todos los 
países, que sirven como testimonio, lleno de interés para 
nosotros, de los habitantes primitivos de las tierras bajas 
circundantes. 


557 



CAPÍTULO XIII 

Distribución geográfica. 

(Continuación). 

Distribución de las producciones de agua dulce.—De los habitantes de las islas 
oceánicas.—Ausencia de batracios y de mamiferos terrestres.—De las relaciones de 
los habitantes de las islas con los de la tierra firme más próxima.—De la 
colonización procedente del origen más próximo con modificaciones subsiguientes. 
—Resumen de este capitulo y del anterior. 

Producciones de agua dulce. 

Como los lagos y las cuencas de los ríos están separados 
unos de otros por barreras de tierra, podría suponerse que las 
producciones de agua dulce no se hubiesen extendido a gran 
distancia dentro del mismo país, y como el mar es 
evidentemente un obstáculo todavía más formidable, podría 
suponerse que nunca se hubiesen extendido hasta países 
distantes. No solamente muchas producciones de agua dulce, 
pertenecientes a diferentes clases, tienen una enorme 
distribución geográfica, sino que especies afines prevalecen de 
un modo notable en todo el mundo. Al principio de mis 
recolecciones en las aguas dulces del Brasil, recuerdo muy 
bien que quedé muy sorprendido por la semejanza de los 
insectos, moluscos, etc., de agua dulce, y la diferencia de los 
seres terrestress de alrededor, comparados con los de 
Inglaterra. 

Pero la facultad de extenderse mucho que tienen las 
producciones de agua dulce creo que puede explicarse, en la 
mayor parte de los casos, porque se han adaptado, de un 
modo Utilísimo para ellas, a pequeñas y frecuentes 
emigraciones de una laguna a otra o de un río a otro, dentro 
de su propio país, y de esta facultad se seguiría, como una 
consecuencia casi necesaria, la posibilidad de una gran 
dispersión. No,podemos considerar aquí mas que un corto 
número de casos, de los cuales los peces nos ofrecen algunos 


558 



de los más difíciles de explicar. Se creía antes que una misma 
especie de agua dulce no existía nunca en dos continentes 
muy distantes; pero el doctor Günther ha demostrado 
recientemente que el Galaxias attenuatus vive en Tasmania, 
Nueva Zelandia, las islas Falkland y en la tierra firme de 
América del Sur. Es este un caso asombroso, y probablemente 
indica una dispersión, a partir de un centro antártico, durante 
un período caliente anterior. Este caso, sin embargo, resulta 
algo menos sorprendente, por,que las especies de este género 
tienen la propiedad de atravesar, por algún medio 
desconocido, espacios considerables del océano, así hay una 
especie que es común a Nueva Zelandia y a las islas Auckland, 
aunque están separadas por una distancia de unas 230 millas. 
En un mismo continente, los peces de agua dulce muchas 
veces se extienden mucho y como de un modo caprichoso, 
pues en dos cuencas contiguas algunas de las especies pueden 
ser las mismas y otras completamente diferentes. 

Es probable que las producciones de agua dulce sean a 
veces transportadas por lo que pueden llamarse medios 
accidentales. Así, no es muy raro el que los torbellinos hayan 
dejado caer peces todavía vivos en puntos distantes, y es 
sabido que los huevos conservan su vitalidad durante un 
tiempo considerable después de sacados del agua. Su 
dispersión puede, sin embargo, atribuirse principalmente a 
cambios de nivel de la tierra dentro del período moderno, que 
han hecho que algunos ríos viertan en otros. También 
podrían citarse casos de haber ocurrido esto durante 
inundaciones, sin cambio alguno de nivel. A la misma 
conclusión lleva la gran diferencia de los peces a ambos lados 
de la mayor parte de las cordilleras que son continuas, y que, 
por consiguiente, han tenido que impedir por completo desde 
un período antiguo la anastomosis de los sistemas fluviales de 
ambos lados. Algunos peces de agua dulce pertenecen a 


559 



formas antiquísimas, y en este caso habría habido tiempo 
sobrado para grandes cambios geográficos y, por 
consiguiente, tiempo y medios para muchas emigraciones. Es 
más: el doctor Günther, recientemente, ha sido llevado a 
deducir, por varias consideraciones, que las mismas formas 
tienen mucha resistencia en los peces. Los de agua salada 
pueden, con cuidado, ser acostumbrados lentamente a vivir 
en agua dulce, y, según Valenciennes, apenas existe un solo 
grupo cuyos miembros estén todos confinados en el agua 
dulce; de manera que una especie marina perteneciente a un 
grupo de agua dulce pudo viajar mucho a lo largo de las 
costas del mar, y podría probablemente adaptarse, sin gran 
dificultad, a las aguas dulces de un país distante. 

Algunas especies de moluscos de agua dulce tienen una 
extensa distribución, y especies afines, que, según nuestra 
teoría, descienden de un tronco común y tienen que haber 
provenido de una sola fuente, se extienden por el mundo 
entero. Su distribución me dejó al pronto muy perplejo, pues 
sus huevos no son a propósito para ser transportados por las 
aves y, lo mismo que los adultos, mueren inmediatamente en 
el agua del mar. Ni siquiera podía comprender cómo algunas 
especies naturalizadas se han difundido rápidamente por todo 
un país. Pero dos hechos que he observado —e 
indudablemente se descubrirán otros muchos— dan alguna 
luz sobre este asunto. Al salir los patos súbitamente de una 
charca cubierta de lentejas de agua he visto dos veces que 
estas plantitas se quedaban adheridas a su dorso, y me ha 
ocurrido, al llevar un poco de lentejas de agua de un acuario a 
otro, que, sin querer, poblé el uno de moluscos de agua dulce 
procedentes del otro. Pero otro medio es quizá más eficaz: 
mantuve suspendido el pie de un pato en un acuario donde se 
desarrollaban muchos huevos de moluscos de agua dulce, y 
observé que un gran número de moluscos pequeñísimos. 


560 



acabados de nacer, se arrastraban por el pie del pato y se 
adherían a él tan fuertemente, que, sacado fuera del agua, no 
podían ser despedidos sacudiéndolo, a pesar de que a una 
edad algo más avanzada se hubieran dejado caer 
espontáneamente. Estos moluscos, recién nacidos, aunque 
acuáticos por naturaleza, sobrevivieron en el pie del pato, en 
aire húmedo, de doce a veinte horas, y en este espacio de 
tiempo un pato o una garza podría volar 600 ó 700 millas y, si 
era arrastrado por encima del mar hasta una isla oceánica o 
hasta otro punto distante, se posaría seguramente en una 
charca o riachuelo. Sir Charles Lyell me informa de que ha 
sido capturado un Dytiscus con un Ancylus (molusco de agua 
dulce parecido a una lapa) fírmente adherido a él, y un 
coleóptero acuático de la misma familia, un Colymbeles, cayó 
a bordo del Beagle cuando se encontraba éste a 45 millas de la 
costa más próxima: nadie puede decir hasta dónde podría 
haber sido arrastrado por un viento fuerte favorable. 

Por lo que se refiere a las plantas, se conoce desde hace 
mucho tiempo la enorme distribución geográfica que muchas 
especies de agua dulce, y aun especies palustres, tienen, tanto 
sobre los continentes, como por las islas oceánicas más 
remotas. Un notable ejemplo de esto ofrecen, según Alph. de 
Candolle, los grandes grupos de plantas terrestres que tienen 
un corto número de especies que son acuáticas, pues estas 
últimas parecen adquirir, como consecuencia de ello, una 
vasta distribución. Creo yo que este hecho se explica por los 
medios favorables de dispersión. He mencionado antes que a 
veces se adhiere cierta cantidad de tierra a las patas y picos de 
las aves. Las zancudas, que frecuentan las orillas fangosas de 
las lagunas, al echar a volar de pronto, facilísimamente han de 
tener las patas cargadas de barro. Las aves de este orden viajan 
más que las de ningún otro, y a veces se las encuentra en las 
islas más remotas y estériles situadas en pleno océano; no 


561 



deben ser a propósito para posarse en la superficie del mar, de 
manera que nada del barro de sus patas ha de ser arrastrado 
por el agua y, al llegar a tierra, seguramente deben tener que 
volar hacia los parajes donde haya el agua dulce que 
naturalmente frecuentan. No creo que los botánicos estén 
enterados de lo cargado de semillas que está el barro de las 
lagunas; he hecho varios pequeños experimentos, pero citaré 
aquí sólo el caso más notable: tomé, en febrero, tres 
cucharadas grandes de barro en tres puntos diferentes de 
debajo del agua, junto a la orilla de una charca; este barro, 
después de seco, pesó tan sólo seis onzas y tres cuartos; lo 
conservé tapado en mi cuarto de trabajo durante seis meses, 
arrancando y contando las plantas a medida que salían; estas 
plantas eran de muchas clases, y fueron en número de 537, y, 
sin embargo, todo el barro, húmedo, cabía en una taza. 
Considerando estos hechos, creo yo que sería inexplicable el 
que las aves acuáticas no transportasen las semillas de agua 
dulce a lagunas y riachuelos desplobados situados en puntos 
muy distantes. El mismo medio puede haber entrado en juego 
por lo que se refiere a los huevos de algunos de los animales 
más pequeños de agua dulce. 

Otros medios desconocidos han representado 
probablemente también algún papel. He comprobado que los 
peces de agua dulce comen muchas clases de semillas, aun 
cuando devuelven mucho otras clases después de haberlas 
tragado; aun los peces pequeños tragan semillas de tamaño 
regular, como las del nenúfar amarillo y del Potamogetón. Las 
garzas y otras aves, siglo tras siglo, han estado devorando 
diariamente peces; luego emprenden el vuelo y van a otras 
aguas, o son arrastradas por el viento a través del mar; y 
hemos visto que las semillas conservan su poder de 
germinación cuando son devueltas muchas horas después en 
los excrementos o pelotillas. Cuando vi el gran tamaño de las 


562 



semillas del hermoso nenúfar^^”' Nelumbium, y recordé las 
indicaciones de Alph. de Candolle acerca de la distribución 
geográfica de esta planta, pensé que su modo de dispersión 
tendría que permanecer inexplicable; pero Andubon a firma 
que encontró las semillas del gran nenúfar del Sur 
(probablemente el Nelumbium luteum, según el doctor 
Hooker) en un estómago de garza. Ahora bien; este ave tuvo 
que haber volado muchas veces con su estómago bien 
provisto de este modo hasta lagunas distantes, y consiguiendo 
entonces una buena comida de peces, la analogía me hace 
creer que las semillas serían devueltas en una pelotilla en un 
estado adecuado para la germinación. 

Al considerar estas diferentes clases de distribución hay 
que recordar que cuando se forma por vez primera una 
laguna o un arroyo —por ejemplo, en un islote que se esté 
levantando—, esta laguna o este arroyo estarán desocupados, 
y una sola semilla o un solo huevo tendrán muchas 
probabilidades de éxito. Aun cuando siempre habrá lucha por 
la vida entre los habitantes de la misma laguna por pocas que 
sean sus especies, sin embargo, como el número de especies, 
aun en una laguna bien poblada, es pequeño en comparación 
con el número de las que viven en una extensión igual de 
tierra, la competencia entre ellas será probablemente menos 
severa que entre las especies terrestres; por consiguiente, un 
intruso procedente de las aguas de un país extranjero ha de 
tener más probabilidades de ocupar un nuevo puesto que en 
el caso de colonos terrestres. Debemos también recordar que 
muchas producciones de agua dulce ocupan un lugar inferior 
en la escala natural, y tenemos motivos para creer que estos 
seres se modifican más lentamente que los superiores, y esto 
nos dará el tiempo requerido para la emigración de las 
especies acuáticas. No hemos de olvidar que es probable que 
muchas formas de agua dulce se hayan extendido en otro 


563 


tiempo de un modo continuo por inmensas extensiones y que 
luego se hayan extinguido en puntos intermedios; pero la 
extensa distribución de las plantas de agua dulce y de los 
animales inferiores, ya conserven idénticamente la misma 
forma, ya la tengan hasta cierto punto modificada, es evidente 
que depende principalmente de la gran dispersión de sus 
semillas y huevos por los animales, y en especial por las aves 
de agua dulce que tienen gran poder de vuelo y que 
naturalmente viajan de unas aguas dulces a otras. 

De los habitantes de las islas oceánicas. 

Llegamos ahora a la última de las tres clases de hechos que 
he elegido como presentando la mayor dificultad, por lo que 
se refiere a la distribución geográfica, dentro de la hipótesis de 
que no solamente todos los individuos de una misma especie 
han emigrado partiendo de un solo lugar, sino que las 
especies afines han procedido de una sola región —la cuna de 
sus primitivos antepasados—, aun cuando vivan actualmente 
en lugares los más distantes. Ya he dado mis razones para no 
creer en la existencia, dentro del período de las especies 
vivientes, de extensiones continentales en tan enorme escala 
que las numerosas islas de los diferentes océanos fuesen todas 
pobladas de este modo por sus habitantes terrestres actuales. 
Esta opinión suprime muchas dificultades; pero no está de 
acuerdo con todos los hechos referentes a las producciones de 
las islas. En las indicaciones siguientes no me limitaré al 
simple problema de la dispersión, sino que consideraré 
algunos otros casos que se relacionan con la verdad de las dos 
teorías: la de las creaciones independientes y la de la 
descendencia con modificación. 

Las especies de todas clases que viven en las islas oceánicas 
son en corto número, comparadas con las que viven en 
territorios continentales iguales. Alph. de Candolle admite 


564 



esto para las plantas, y Wollaston para los insectos. Nueva 
Zelandia, por ejemplo, con sus elevadas montañas y variadas 
estaciones, ocupando 780 millas de latitud, junto con las islas 
de Auckland, Campbell y Chatham, contiene, en junto, tan 
sólo 960 clases de plantas fanerógamas; si comparamos este 
reducido número con las numerosísimas especies que 
pueblan extensiones iguales en el sudoeste de Australia o en el 
Cabo de Buena Esperanza, tenemos que admitir que alguna 
causa, independientemente de las diferentes condiciones 
físicas, ha dado origen a una diferencia numérica tan grande. 
Hasta el uniforme condado de Cambridge tiene 847 plantas, y 
la pequeña isla de Anglesea tiene 764, si bien en estos 
números están incluidos algunos heléchos y algunas plantas 
introducidas, y la comparación, por algunos otros conceptos, 
no es completamente justa. Tenemos pruebas de que la estéril 
isla de la Ascensión poseía primitivamente menos de media 
docena de plantas fanerógamas, y, no obstante, muchas 
especies se han naturalizado actualmente en ella, como lo han 
hecho en Nueva Zelandia y en cualquier otra isla oceánica que 
pueda citarse. Hay motivos para creer que en Santa Elena las 
plantas y animales naturalizados han exterminado del todo, o 
casi todo, muchas producciones indígenas. Quien admita la 
doctrina de la creación separada para cada especie, tendrá que 
admitir que para las islas oceánicas no fue creado un número 
suficiente de plantas y animales bien adaptados, pues el 
hombre involuntariamente las ha poblado de modo mucho 
más completo y perfecto que lo hizo la naturaleza. 

Aun cuando en las islas oceánicas las especies son en corto 
número, la proporción de especies peculiar —esto es, que no 
se encuentran en ninguna otra parte del mundo— es con 
frecuencia grandísima. Si comparamos, por ejemplo, el 
número de moluscos terrestres peculiares de la isla de la 
Madera, o de aves peculiares del archipiélago de los 


565 



Galápagos, con el número de los que se encuentran en 
cualquier continente, y comparamos después el área de la isla 
con la del continente, veremos que esto es cierto. Este hecho 
podía esperarse teóricamente, pues, como ya se explicó, las 
especies que llegan ocasionalmente, tras largos intervalos de 
tiempo, a un distrito nuevo y aislado, y que tienen que 
competir con nuevos compañeros, tienen que estar 
sumamente sujetas a modificación y han de producir con 
frecuencia grupos descendientes modificados. Pero en modo 
alguno se sigue que, porque en una isla sean peculiares casi 
todas las especies de una clase, lo sean las de otra clase o de 
otra sección de la misma clase, y esta diferencia parece 
depender, en parte, de que las especies que no están 
modificadas han emigrado juntas, de manera que no se han 
perturbado mucho las relaciones mutuas, y, en parte, de la 
frecuente llegada de inmigrantes no modificados procedentes 
del país de origen, con los cuales se han cruzado las formas 
insulares. Hay que tener presente que la descendencia de estos 
cruzamientos tiene seguramente que ganar en vigor; de suerte 
que hasta un cruzamiento accidental ha de producir más 
efecto del que pudiera esperarse Daré algunos ejemplos de las 
observaciones precedentes. En las islas de los Galápagos hay 
26 aves terrestres; de éstas, 21 —o quizá 23— son peculiares, 
mientras que de 11 aves marinas sólo lo son 2, y es evidente 
que las aves marinas pudieron llegar a estas últimas islas con 
mucha mayor facilidad y frecuencia que las terrestres. Por el 
contrario, las Bermudas —que están situadas, 
aproximadamente, a la misma distancia de América del Norte 
que las islas de los Galápagos lo están de América del Sur, y 
que tienen un suelo muy particular— no poseen ni una sola 
ave terrestre peculiar, y sabemos, por la admirable 
descripción de las islas Bermudas de mister J. M. Jones, que 
muchísimas aves de América del Norte, accidentalmente o 


566 



con frecuencia, visitán estas islas. Casi todos los años, según 
me informa mister E. V. Harcourt, muchas aves europeas y 
africanas son arrastradas por el viento hasta la isla de la 
Madera; viven en esta isla 99 especies, de las cuales una sola es 
peculiar, aunque muy afín de una forma europea, y tres o 
cuatro especies están limitadas a esta isla y a las Canarias. De 
manera que las islas Bermudas y la de la Madera han sido 
pobladas por aves procedentes de los continentes vecinos, las 
cuales, durante muchísimo tiempo, han luchado entre sí en 
estas islas, y han llegado a adaptarse mutuamente, y, de aquí 
que cada especie, al establecerse en su nueva patria, habrá 
sido obligada por las otras a mantenerse en su lugar y 
costumbres propias, y, por consiguiente, habrá estado muy 
poco sujeta a modificación: Toda tendencia a modificación 
habrá sido refrendada por el cruzamiento con inmigrantes no 
modificados que llegan con frecuencia de la patria primitiva. 
La isla de la Madera, además, está habitada por un prodigioso 
número de moluscos terrestres peculiares, mientras que ni 
uno solo de los moluscos marinos es peculiar de sus costas. 
Ahora bien; aun cuando no sabemos cómo se verifica la 
dispersión de los moluscos marinos, sin embargo, podemos 
comprender que sus huevos o larvas, adheridos quizá a algas 
o maderas flotantes, o a las patas de las aves zancudas, 
pudieron ser transportados, atravesando 300 ó 400 millas de 
océano, más fácilmente que los moluscos terrestres. Los 
diferentes órdenes de insectos que viven en la isla de la 
Madera presentan casos casi paralelos. 

En las islas oceánicas faltan algunas veces ciertas clases 
enteras, y su lugar está ocupado por otras clases; así, los 
reptiles en las islas de los Galápagos y las aves gigantescas sin 
alas de Nueva Zelandia ocupan, u ocupaban recientemente, el 
lugar de los mamíferos. Aunque se hable aquí de Nueva 
Zelandia como de una isla oceánica, es algo dudoso si debiera 


567 



considerarse así: es de gran tamaño y no está separada de 
Australia por un mar profundo; el reverendo W. B. Clarke ha 
sostenido recientemente que esta isla, lo mismo que Nueva 
Caledonia, por sus caracteres geológicos y por la dirección de 
sus cordilleras, tiene que ser considerada como dependencia 
de Australia. Volviendo a las plantas, el doctor Hooker ha 
demostrado que en las islas de los Galápagos la proporción 
numérica de los diferentes órdenes es muy diferente de la de 
cualquier otra parte. Todas estas diferencias numéricas y la 
ausencia de ciertos grupos enteros de animales y plantas se 
explica generalmente por supuestas diferencias en las 
condiciones físicas de las islas; pero esta explicación es muy 
dudosa. La facilidad de emigración parece haber sido 
realmente tan importante como la naturaleza de las 
condiciones físicas. 

Podrían citarse muchos pequeños hechos notables 
referentes a los habitantes de las islas oceánicas. Por ejemplo: 
en ciertas islas en que no vive ni un solo mamífero, algunas de 
las plantas peculiares tienen simientes con magníficos 
ganchos, y, sin embargo, pocas relaciones hay más manifiestas 
que la de que los ganchos sirven para el transporte de las 
semillas en la lana o pelo de los cuadrúpedos. Pero una 
semilla con ganchos pudo ser transportada a una isla por 
otros medios, y entonces la planta, modificándose, formaría 
una especie peculiar, conservando, no obstante, sus ganchos, 
que constituirían un apéndice inútil, como las alas reducidas 
debajo de élitros soldados de muchos coleópteros insulares. 
Además, las islas, con frecuencia, tienen árboles o arbustos 
pertenecientes a órdenes que en cualquiera otra parte 
comprenden tan sólo especies herbáceas; los árboles, como ha 
demostrado Alph. de Candolle, tienen generalmente, sea por 
la causa que sea, una distribución geográfica limitada. Por 
consiguiente, los árboles tienen que ser poco a propósito para 


568 



llegar hasta las islas oceánicas distantes, y una planta herbácea 
que no tuviese probabilidades de competir, victoriosa, con los 
muchos árboles bien desarrollados que crecen en un 
continente, pudo, establecida en una isla, obtener ventaja 
sobre plantas herbáceas, creciendo cada vez más alta y 
sobrepujándolas. En este caso, la selección natural tendería a 
aumentar la altura de la planta, cualquiera que fuese el orden 
a que perteneciese, y de este modo a convertirla, primero, en 
un arbusto y, después, en un árbol. 

Ausencia de batracios y de mamíferos terrestres en las islas 

oceánicas. 

Por lo que se refiere a la ausencia de órdenes enteros de 
animales en las islas oceánicas, Bory St. Vincent hizo 
observar, hace mucho tiempo, que nunca se encuentran 
batracios —ranas, sapos, tritones— en ninguna de las muchas 
islas de que están sembrados los grandes océanos. Me he 
tomado el trabajo de comprobar esta afirmación, y la he 
encontrado exacta, exceptuando Nueva Zelandia, Nueva 
Caledonia, las islas de Andaman y quizá las islas Salomón y 
las Seychelles. Pero ya he hecho observar antes que es dudoso 
que Nueva Zelandia y Nueva Caledonia deban clasificarse 
como islas oceánicas, y todavía es más dudoso por lo que se 
refiere a los grupos de Andaman y Salomón y las Seychelles. 
Esta ausencia general de ranas, sapos y tritones en tantas islas 
verdaderamente oceánicas no puede explicarse por sus 
condiciones físicas; realmente parece que las islas son 
particularmente adecuadas para estos animales, pues las ranas 
han sido introducidas en la de la Madera, las Azores y 
Mauricio y se han multiplicado tanto que se han convertido 
en una molestia. Pero como el agua del mar mata 
inmediatamente estos animales y sus puestas —con 
excepción, hasta donde alcanza mi conocimiento, de una 
especie de la India—, tiene que haber gran dificultad en su 


569 



transporte a través del mar, y por esto podemos comprender 
por qué no existen en las islas rigurosamente oceánicas. Pero 
sería dificilísimo explicar, dentro de la teoría de la creación, 
por qué no habían sido creados en estas islas. 

Otro caso semejante nos ofrecen los mamíferos. He 
buscado cuidadosamente en los viajes más antiguos, y no he 
encontrado ni un solo ejemplo indubitable de un mamífero 
terrestre —exceptuando los animales domésticos que poseían 
los indígenas— que viviese en una isla situada a más de 300 
millas de un continente o de una gran isla continental, y 
muchas islas situadas a distancia mucho menor están 
igualmente desprovistas de estos mamíferos. Las Falkland, 
que están habitadas por un zorro que parece un lobo, se 
presentan en seguida como una excepción; pero este grupo no 
puede considerarse como oceánico, pues descansa sobre un 
banco unido con la tierra firme, de la que distan unas 280 
millas; además, los icebergs llevaban antes cantos a sus costas 
occidentales, y pudieron, en otro tiempo, haber transportado 
zorros, como frecuentemente ocurre ahora en las regiones 
árticas. No obstante, no puede decirse que las islas pequeñas 
no puedan substentar mamíferos, por lo menos pequeños, 
pues éstos, en muchas partes del mundo, existen en islas 
pequeñísimas cuando están situadas cerca del continente, y 
apenas es posible citar una isla en la que no se hayan 
naturalizado y multiplicado grandemente nuestros mamíferos 
menores. Dentro de la teoría ordinaria de la creación no se 
puede decir que no ha habido tiempo para la creación de 
mamíferos: muchas islas volcánicas son lo bastante antiguas, 
según lo demuestra la enorme erosión que han sufrido y sus 
estratos terciarios; además, ha habido tiempo para la 
producción de especies peculiares pertenecientes a otras 
clases, y es sabido que en los continentes las nuevas especies 
de mamíferos aparecen y desaparecen con más rapidez que 


570 



otros animales inferiores. 

Aun cuando los mamíferos terrestres no existan en las islas 
oceánicas, los mamíferos aéreos existen en casi todas las islas. 
Nueva Zelandia posee dos murciélagos que no se encuentran 
en ninguna otra parte del mundo; la isla de Norfolk, el 
archipiélago de Viti, las islas Bonin, los archipiélagos de las 
Carolinas y de las Marianas, la isla de Mauricio, poseen todas 
sus murciélagos peculiares. ¿Por qué la supuesta fuerza 
creadora —podría preguntarse— ha producido murciélagos y 
no otros mamíferos en las islas alejadas? Dentro de mi teoría 
esta pregunta puede contestarse fácilmente, pues ningún 
mamífero terrestre puede ser transportado a través de un gran 
espacio de mar; pero los murciélagos pueden volar y 
atravesarlo. Se han visto murciélagos vagando de día sobre el 
océano Atlántico a gran distancia de tierra, y dos especies 
norteamericanas, regular o accidentalmente, visitan las islas 
Bermudas, situadas a 600 millas de tierra firme. Míster 
Tomes, que ha estudiado especialmente esta familia, me dice 
que muchas especies tienen una distribución geográfica 
enorme, y se encuentran en continentes y en islas muy 
distantes. Por consiguiente, no tenemos mas que suponer que 
estas especies errantes se han modificado en sus nuevas 
patrias, en relación con su nueva situación, y podemos 
comprender la presencia de murciélagos peculiares en las islas 
oceánicas, unida a la ausencia de todos los otros mamíferos 
terrestres. 

Existe otra relación interesante entre la profundidad del 
mar que separa las islas unas de otras o del continente más 
próximo y el grado de afinidad de los mamíferos que en ellas 
viven. Míster Windsor Earl ha hecho algunas observaciones 
notables sobre este particular, ampliadas luego 
considerablemente por las admirables investigaciones de 
míster Wallace, por lo que se refiere al archipiélago Malayo, el 


571 



cual está atravesado, cerca de Celebes, por una porción de 
océano profunda que separa dos faunas muy distintas de 
mamíferos. En cada lado, las islas descansan sobre un banco 
submarino de no mucha profundidad, y están habitadas por 
los mismos mamíferos o mamíferos muy afines. No he tenido, 
hasta ahora, tiempo para continuar el estudio de este asunto 
en todas las partes del mundo; pero hasta donde he llegado 
subsiste la relación. Por ejemplo; la Gran Bretaña está 
separada de Europa por un canal de poca profundidad, y los 
mamíferos son iguales en ambos lados, y lo mismo ocurre en 
todas las islas próximas a las costas de Australia. Las Antillas, 
por el contrario, están situadas sobre un banco sumergido a 
gran profundidad —unas mil brazas^^^^—, y allí encontramos 
formas americanas; pero las especies y aun los géneros son 
completamente distintos. Como la intensidad de las 
modificaciones que experimentan los animales de todas clases 
depende, en parte, del tiempo transcurrido, y como las islas 
que están separadas entre sí y de la tierra firme por canales 
poco profundos es más probable que hayan estado unidas, 
formando una región continua en su período reciente, que las 
islas separadas por canales más profundos, podemos 
comprender por qué existe relación entre la profundidad del 
mar que separa dos faunas de mamíferos y su grado de 
afinidad, relación que es por completo inexplicable dentro de 
la teoría de los actos independientes de creación. 

Los hechos precedentes, relativos a los habitantes de las 
islas oceánicas —a saber el corto número de especies con una 
gran proporción de formas peculiares; el que se han 
modificado los miembros de ciertos grupos, pero no los de 
otros de la misma clase; la ausencia de ciertos órdenes 
enteros, como los batracios, y de los mamíferos terrestres, a 
pesar de la presencia de los voladores murciélagos; las raras 
proporciones de ciertos órdenes de plantas; el que formas 


572 


herbáceas se han desarrollado hasta llegar a árboles; etc.— me 
parece que se avienen mejor con la creencia en la eficacia de 
los medios ocasionales de transporte, continuados durante 
largo tiempo, que con la creencia en la conexión primitiva de 
todas las islas oceánicas con el continente más próximo; pues, 
según esta hipótesis, es probable que las diferentes clases 
hubiesen emigrado más uniformemente y que, por haber 
entrado las especies juntas, no se hubiesen perturbado mucho 
sus relaciones mutuas y, por consiguiente, no se hubiesen 
modificado o se hubiesen modificado todas las especies de 
unmodo más uniforme. 

No niego que existen muchas y graves dificultades para 
comprender cómo han llegado hasta su patria actual muchos 
de los habitantes de las islas más lejanas, ya conserven todavía 
la misma forma específica, ya se hayan modificado después. 
Pero no hay que olvidar la probabilidad de que hayan existido 
en otro tiempo, como etapas, otras islas, de las cuales no 
queda ahora ni un resto. Expondrá detalladamente un caso 
difícil. Casi todas las islas oceánicas, aun las menores y más 
aisladas, están habitadas por moluscos terrestres, 
generalmente por especies peculiares, pero a veces por 
especies que se encuentran en cualquier otra parte, de lo que 
el doctor A. A. Gould ha citado ejemplos notables relativos al 
Pacífico. Ahora bien; es sabido que el agua marina mata 
fácilmente los moluscos terrestres, y sus huevos —por lo 
menos aquellos con que yo he experimentado— van a fondo y 
mueren, pero ha de existir algún medio desconocido, aunque 
eficaz a veces, para su transporte. ¿Se adherirá acaso el 
molusco recién nacido a las patas de las aves que descansan 
en el suelo, y de este modo llegará a ser transportado? Se me 
ocurrió que los moluscos testáceos terrestres, durante el 
período invernal, cuando tienen un diafragma membranoso 
en la boca de la concha, podían ser llevados en las grietas de 


573 



los maderos flotantes, atravesando así brazos de mar no muy 
anchos, y encontré que varias especies, en este estado, resisten 
sin daño siete días de inmersión en agua marina; un caracol, 
el Helix pomatia, después de haber sido tratado de este modo, 
y habiendo vuelto a invernar, fue puesto, durante veinte días, 
en agua de mar, y resistió perfectamente. Durante este espacio 
de tiempo pudo el caracol haber sido transportado por una 
corriente marina de velocidad media a una distancia de 660 
millas geográficas. Como este Helix tiene un opérenlo 
calcáreo grueso, se lo quité, y cuando hubo formado un 
opérenlo nuevo membranoso, lo sumergí de nuevo por 
espacio de catorce días en agua de mar, y revivió aún y echó a 
andar. El barón Aucapitaine ha emprendido después 
experimentos análogos: colocó 100 moluscos testáceos 
terrestres, pertenecientes a diez especies, en una caja con 
agujeros y la sumergió por espacio de quince días en el mar. 
De los 100 moluscos revivieron 27. La existencia de opérenlo 
parece haber tenido importancia, pues de 12 ejemplares de 
Cyclostoma elegans que lo poseen, revivieron 11. Es notable, 
viendo lo bien que el Helix pomatia me resistió en el agua 
salada, que no revivió ni uno de los 54 ejemplares 
pertenecientes a otras cuatro especies de Helix sometidas a 
experimento por Aucapitaine. No es, sin embargo, en modo 
alguno, probable el que los moluscos terrestres hayan sido 
frecuentemente transportados de este modo; las patas de las 
aves ofrecen un modo más probable de transporte. 

De las relaciones entre los habitantes de las islas y los de la 
tierra firme más próxima. 

El hecho más importante y llamativo para nosotros es la 
afinidad que existe entre las especies que viven en las islas y 
las de la tierra firme más próxima, sin que sean realmente las 
mismas. Podrían citarse numerosos ejemplos. El archipiélago 
de los Galápagos, situado en el Ecuador, está entre 500 y 600 


574 



millas de distancia de las costas de América del Sur. Casi 
todas las producciones de la tierra y del agua llevan allí el sello 
inequívoco del continente americano. Hay 26 aves terrestres, 
de las cuales 21, o quizá 23, son consideradas como especies 
diferentes; se admitiría ordinariamente que han sido creadas 
allí, y, sin embargo, la gran afinidad de la mayor parte de estas 
aves con especies americanas se manifiesta en todos los 
caracteres, en sus costumbres, gestos y timbre de voz. Lo 
mismo ocurre con otros animales y con una gran proporción 
de las plantas, como ha demostrado Hooker en su admirable 
flora de este archipiélago. El naturalista, al contemplar los 
habitantes de estas islas volcánicas del Pacífico, distantes del 
continente varios centenares de millas, tiene la sensación de 
que se encuentra en tierra americana. ¿Por qué ha de ser así? 
¿Por qué las especies que se supone que han sido creadas en el 
archipiélago de los Galápagos y en ninguna otra parte, han de 
llevar tan visible el sello de su afinidad con las creadas en 
América? Nada hay allí, ni en las condiciones de vida, ni en la 
naturaleza geológica de las islas, ni en su altitud o clima, ni en 
las proporciones en que están asociadas mutuamente las 
diferentes clases, que se asemeje mucho a las condiciones de 
la costa de América del Sur; en realidad, hay una diferencia 
considerable por todos estos conceptos. Por el contrario, 
existe una gran semejanza entre el archipiélago de los 
Galápagos y el de Gabo Verde en la naturaleza volcánica de su 
suelo, en el clima, altitud y tamaño de las islas; pero ¡qué 
diferencia tan completa y absoluta entre sus habitantes! Los 
de las islas de Gabo Verde están relacionados con los de 
África, lo mismo que los de las islas de los Galápagos lo están 
con los de América. Hechos como éstos no admiten 
explicación de ninguna clase dentro de la opinión corriente 
de las creaciones independientes; mientras que, según la 
opinión que aquí se defiende, es evidente que las islas de los 


575 



Galápagos estarían en buenas condiciones para recibir 
colonos de América, ya por medios ocasionales de transporte, 
ya —aun cuando yo no creo en esta teoría— por antigua 
unión con el continente, y las islas de Cabo Verde lo estarían 
para recibirlos de África; estos colonos estarían sujetos a 
modificación, delatando todavía el principio de la herencia su 
primitivo lugar de origen. 

Podrían citarse muchos hechos análogos: realmente es una 
regla casi universal que las producciones peculiares de las islas 
están relacionadas con las del continente más próximo o con 
las de la isla grande más próxima. Pocas son las excepciones, y 
la mayor parte de ellas pueden ser explicadas. Así, aun 
cuando la Tierra de Kerguelen está situada más cerca de 
Afriea que de América, las plantas están relacionadas —y muy 
estrechamente— con las de América, según sabemos por el 
estudio del doctor Hooker; pero esta anomalía desaparece 
según la teoría de que esta isla ha sido poblada 
principalmente por semillas llevadas con tierra y piedras en 
los icebergs arrastrados por corrientes dominantes. Nueva 
Zelandia, por sus plantas endémicas, está mucho más 
relacionada con Australia, la tierra firme más próxima, que 
con ninguna otra región, y esto es lo que podía esperarse; 
pero está también evidentemente relacionada con América 
del Sur, que, aun cuando sea el continente que sigue en 
proximidad, está a una distancia tan enorme, que el hecho 
resulta una anomalía. Pero esta dificultad desaparece en parte 
dentro de la hipótesis de que Nueva Zelandia, América del 
Sur y otras tierras meridionales han sido pobladas en parte 
por formas procedentes de un punto casi intermedio, aunque 
distante, o sea las islas antárticas, cuando estaban cubiertas de 
vegetación, durante un período terciario caliente antes del 
comienzo del último período glaciar. La afinidad que, aunque 
débil, me asegura el doctor Hooker que existe realmente entre 


576 



la flora del extremo sudoeste de Australia y la del Cabo de 
Buena Esperanza es un caso mucho más notable; pero esta 
afinidad está Emitida a las plantas, e indudablemente se 
explicará algún día. 

La misma ley que ha determinado el parentesco entre los 
habitantes de las islas y los de la tierra firme más próxima se 
manifiesta a veces en menor escala, pero de un modo 
interesantísimo, dentro de los límites de un mismo 
archipiélago. Así, cada una de las islas del archipiélago de los 
Galápagos está ocupada —y el hecho es maravilloso— por 
varias especies distintas; pero estas especies están relacionadas 
entre sí de un modo mucho más estrecho que con los 
habitantes del continente americano o de cualquier otra parte 
del mundo. Esto es lo que podría esperarse, pues islas situadas 
tan cerca unas de otras tenían que recibir casi necesariamente 
inmigrantes procedentes del mismo origen primitivo y de las 
otras islas. Pero ¿por qué muchos de los inmigrantes se han 
modificado diferentemente, aunque sólo en pequeño grado, 
en islas situadas a la vista unas de otras, que tienen la misma 
naturaleza genlógica, la misma altitud, clima, etc.? Durante 
mucho tiempo me pareció esto una gran dificultad; pero nace 
en gran parte del error profundamente arraigado de 
considerar las condiciones físicas de un país como las más 
importantes, cuando es indiscutible que la naturaleza de otras 
especies, con las que cada una tiene que competir, es un factor 
del éxito por lo menos tan importante como aquéllas y 
generalmente muchísimo más. Ahora bien, si consideramos 
las especies que viven en el archipiélago de los Galápagos, y 
que se encuentran también en otras partes del mundo, vemos 
que difieren considerablemente en las varias islas. Esta 
diferencia podría realmente esperarse si las islas han sido 
pobladas por medios ocasionales de transporte, pues una 
semilla de una planta, por ejemplo, habrá sido llevada a una 


577 



isla y la de otra planta a otra isla, aun cuando todas procedan 
del mismo origen general. Por consiguiente, cuando en 
tiempos primitivos un emigrante arribó por vez primera a 
una de las islas, o cuando después se propagó de una a otra, 
estaría sometido indudablemente a condiciones diferentes en 
las diferentes islas, pues tendría que competir con un 
conjunto diferente de organismos; una planta, por ejemplo, 
encontraría el suelo más adecuado para ella ocupado por 
especies algo diferentes en las distintas islas, y estaría expuesta 
a los ataques diferentes de enemigos algo diferentes. Si 
entonces varió, la selección natural probablemente 
favorecería a variedades diferentes en las distintas islas. 
Algunas especies, sin embargo, pudieron propagarse por todo 
el grupo de islas y conservar, no obstante, los mismos 
caracteres, de igual modo que vemos algunas especies que se 
extienden mucho por todo su continente y que se conservan 
las mismas. 

El hecho verdaderamente sorprendente en este caso del 
archipiélago de los Galápagos, y en menor grado en algunos 
casos análogos, es que cada nueva especie, después de haber 
sido formada en una isla, no se extendió rápidamente a las 
otras. Pero las islas, aunque a la vista unas de otras, están 
separadas por brazos de mar profundos, en la mayor parte de 
los casos más anchos que el canal de la Mancha, y no hay 
razón para suponer que las islas hayan estado unidas en algún 
período anterior. Las corrientes del mar son rápidas y barren 
entre las islas, y las tormentas de viento son 
extraordinariamente raras; de manera que las islas están de 
hecho mucho más separadas entre sí de lo que aparecen en el 
mapa. Sin embargo, algunas de las especies —tanto de las que 
se encuentran en otras partes del mundo como de las que 
están confinadas en el archipiélago— son comunes a varias 
islas, y de su modo de distribución actual podemos deducir 


578 



que de una isla se han extendido a las otras. Pero creo que, 
con frecuencia, adoptamos la errónea opinión de que es 
probable que especies muy afines invadan mutuamente sus 
territorios cuando son puestos en libre comunicación. 
Indudablemente, si una especie tiene alguna ventaja sobre 
otra, en brevísimo tiempo la suplantará en todo o en parte; 
pero si ambas son igualmente adecuadas para sus propias 
localidades, probablemente conservarán ambas sus puestos, 
separados durante tiempo casi ilimitado. Familiarizados con 
el hecho de que en muchas especies naturalizadas por la 
acción del hombre se han difundido con pasmosa rapidez por 
extensos territorios, nos inclinamos a suponer que la mayor 
parte de las especies tienen que difundirse de este modo; pero 
debemos recordar que las especies que se naturalizan en 
nuevos países no son generalmente muy afines de les 
habitantes primitivos, sino formas muy distintas, que, en 
número relativamente grande de casos, como ha demostrado 
Alph. de Candolle, pertenecen a géneros distintos. En el 
archipiélago de los Galápagos, aun de las mismas aves, a pesar 
de estar bien adaptadas para volar de isla en isla, muchas 
difieren en las distintas islas; así, hay tres especies muy 
próximas de Mimus, confinada cada una a su propia isla. 
Supongamos que el Mimus de la isla Chatham es arrastrado 
por el viento a la isla Charles, que tiene su Mimus propio, 
¿por qué habría de conseguir establecerse allí? Podemos 
admitir con seguridad que la isla Charles está bien poblada 
por su propia especie, pues anualmente son puestos más 
huevos y salen más pajarillos de los que pueden criarse, y 
debemos admitir que el Mimus peculiar a la isla Charles está 
adaptado a su patria, por lo menos, tan bien como la especie 
peculiar de la isla Chatham. Sir C. Lyell y míster Wollaston 
me han comunicado un hecho notable relacionado con este 
asunto, y es que la isla de la Madera y el islote adyacente de 


579 



Porto Santo poseen muchas especies de conchas terrestres 
distintas, pero representativas, algunas de las cuales viven en 
resquebrajaduras de las rocas; y a pesar de que anualmente 
son transportadas grandes cantidades de piedra desde Porto 
Santo a Madera, sin embargo, esta isla no ha sido colonizada 
por las especies de Porto Santo, aun cuando ambas islas lo 
han sido por moluscos terrestres de Europa que 

indudablemente tenían alguna ventaja sobre las especies 
indígenas. Por estas consideraciones creo que no hemos de 
maravillarnos mucho porque las especies peculiares que viven 
en las diferentes islas del archipiélago de los Galápagos no 
hayan pasado todas de unas islas a otras. En un mismo 
continente la ocupación anterior ha representado 

probablemente un papel importante en impedir la mezcla de 
las especies que viven en distintas regiones que tienen casi las 
mismas condiciones físicas. Así, los extremos sudeste y 
sudoeste de Australia tienen casi iguales condiciones físicas y 
están unidos por tierras sin solución de continuidad, y, sin 
embargo, están habitadas por un gran número de mamíferos, 
aves y plantas diferentes; lo mismo ocurre, según míster 
Bates, con las mariposas y otros animales que viven en el 
grande, abierto y no interrumpido valle del Amazonas. 

El mismo principio que rige el carácter general de los 
habitantes de las islas oceánicas —o sea la relación con el 
origen de donde los colonos pudieron más fácilmente 
provenir, junto con su modificación subsiguiente— es de 
amplísima aplicación en toda la naturaleza. Vemos esto en 
cada cumbre de montaña y en cada lago o pantano; pues las 
especies alpinas, excepto cuando la misma especie se ha 
difundido extensamente durante la época glacial, están 
relacionadas con las de las tierras bajas circundantes. Así, 
tenemos en América del Sur pájaros-moscas alpinos, roedores 
alpinos, plantas alpinas, etc., que pertenecen todos 


580 



rigurosamente a formas americanas, y es evidente que una 
montaña, cuando se levantó lentamente, tuvo que ser 
colonizada por los habitantes de las tierras bajas circundantes. 
Lo mismo ocurre con los habitantes de los lagos y pantanos, 
excepto en la medida en que la gran facilidad de transporte ha 
permitido a las mismas formas prevalecer en grandes 
extensiones del mundo. Vemos este mismo principio en el 
carácter de la mayor parte de los animales ciegos que viven en 
las cavernas de América y de Europa, y podrían citarse otros 
hechos análogos. En todos los casos creo yo que resultará 
cierto que, siempre que existan en dos regiones, por distantes 
que estén, muchas especies muy afines o representativas, se 
encontrarán también algunas especies idénticas, y 
dondequiera que se presenten muchas especies muy afines, se 
encontrarán muchas formas que algunos naturalistas 
consideran como especies distintas y otros como simples 
variedades, mostrándonos estas formas dudosas los pasos en 
la marcha de la modificación. 

La relación entre la existencia de especies muy afines en 
puntos remotos de la Tierra, y la facultad de emigrar y la 
extensión de migraciones en ciertas especies, tanto en el 
período actual como en otro anterior, se manifiesta de otro 
modo más general. Míster Gould me hizo observar hace 
tiempo que en los géneros de aves que se extienden por todo 
el mundo, muchas de las especies tienen una distribución 
geográfica grandísima. Apenas puedo dudar de que esta regla 
es generalmente cierta, aun cuando difícil de probar. En los 
mamíferos vemos esto notablemente manifiesto en los 
quirópteros, y en menor grado en los félidos y cánidos. La 
misma regla vemos en la distribución de las mariposas y 
coleópteros. Lo mismo ocurre con la mayor parte de los 
habitantes del agua dulce, pues muchos de los géneros de 
clases las más distintas se extienden por todo el mundo, y 


581 



muchas de las especies tienen una distribución geográfica 
enorme. No se pretende que todas las especies de los géneros 
que se extienden mucho tengan una distribución geográfica 
grandísima, sino que algunas de ellas la tienen. Tampoco se 
pretende que las especies de estos géneros tengan por término 
medio una distribución muy grande, pues esto dependerá 
mucho de hasta dónde haya llegado el proceso de 
modificación; por ejemplo: si dos variedades de la misma 
especie viven una en Europa y otra en América, la especie 
tendrá una distribución geográfica inmensa; pero si la 
variación fuese llevada un poco más adelante, las dos 
variedades serían consideradas como especies distintas y su 
distribución se reduciría mucho. Aun menos se pretende que 
las especies que son capaces de atravesar los obstáculos y de 
extenderse mucho —como en el caso de ciertas aves de 
potentes alas— se extiendan necesariamente mucho, pues 
nunca debemos olvidar que el extenderse mucho implica, no 
sólo la facultad de atravesar los obstáculos, sino también la 
facultad más importante de vencer, en tierras distantes, en la 
lucha por la vida con rivales extranjeros. Pero, según la 
hipótesis de que todas las especies de un género, aun cuando 
se hallen distribuidas hasta por los puntos más distantes de la 
Tierra, han descendido de un solo progenitor, debemos 
encontrar —y creo yo que, por regla general, encontramos— 
que algunas, por lo menos, tienen una distribución geográfica 
muy extensa. 

Debemos tener presente que muchos géneros de todas las 
clases son de origen antiguo, y en este caso las especies habrán 
tenido tiempo sobrado para su dispersión y modificación 
subsiguiente. Hay motivos para creer, por las pruebas 
geológicas, que dentro de cada una de las grandes clases los 
organismos inferiores cambian menos rápidamente que los 
superiores, y, por consiguiente, habrán tenido más 


582 



probabilidades de extenderse mucho y de conservar todavía el 
mismo carácter especifico. Este hecho, unido al de que las 
semillas y huevos de la mayor parte de las formas orgánicas 
inferiores son muy pequeños y más adecuados para el 
transporte a gran distancia, explica probablemente una ley, 
observada desde hace tiempo y discutida últimamente por 
Alph. de Candolle por lo que se refiere a las plantas, o sea que 
cuanto más abajo en la escala está situado un grupo de 
organismos, tanto más extensa es su distribución geográfica. 

Las relaciones que se acaban de discutir —a saber: que los 
organismos inferiores tienen mayor extensión geográfica que 
los superiores; que algunas de las especies de los géneros de 
gran extensión se extienden también ellas mucho; hechos 
tales como el de que las producciones alpinas, lacustres y 
palustres estén generalmente relacionadas con las que viven 
en las tierras bajas y tierras secas circundantes; el notable 
parentesco entre los habitantes de las islas y los de la tierra 
firme más próxima; el parentesco aún mas estrecho de los 
distintos habitantes de las islas de un mismo archipiélago— 
son inexplicables dentro de la opinión ordinaria de la 
creación independiente de cada especie; pero son explicables 
si admitimos la colonización desde el origen más próximo y 
fácil, unida a la adaptación subsiguiente de los colonos a su 
nueva patria. 

Resumen del presente capítulo y del anterior. 

En estos capítulos me he esforzado en demostrar que si nos 
hacemos el cargo debido de nuestra ignorancia de los efectos 
de los cambios de clima y de nivel de la tierra que es seguro 
que han ocurrido dentro del período moderno y de otros 
cambios que probablemente han ocurrido; si recordamos 
nuestra gran ignorancia acerca de los muchos curiosos 
medios de transporte ocasional; si tenemos presente —y es 


583 



esta una consideración importantísima— con qué frecuencia 
una especie puede haberse extendido sin interrupción por 
toda un área dilatada y luego haberse extinguido en las 
regiones intermedias, no es insuperable la dificultad en 
admitir que todos los individuos de la misma especie, 
dondequiera que se encuentren, descienden de padres 
comunes, y varias consideraciones generales, especialmente la 
importancia de los obstáculos de todas clases y la distribución 
análoga de subgéneros, géneros y familias, nos llevan a esta 
conclusión, a la que han llegado muchos naturalistas con la 
denominación de centros únicos de creación. 

Por lo que se refiere a las distintas especies que pertenecen 
a un mismo género, las cuales, según nuestra teoría, se han 
propagado partiendo de un origen común; si tenemos en 
cuenta, como antes, nuestra ignorancia y recordamos que 
algunas formas orgánicas han cambiado muy lentamente, por 
lo que es necesario conceder períodos enormes de tiempo 
para sus emigraciones, las dificultades distan mucho de ser 
insuperables; aunque en este caso, como en los individuos de 
la misma especie, sean con frecuencia grandes. 

Como ejemplo de los efectos de los cambios de clima en la 
distribución, he intentado demostrar el papel importantísimo 
que ha representado el último período glaciar, que ejerció su 
acción incluso en las regiones ecuatoriales y que durante las 
alternativas de frío en el Norte y en el Sur permitió mezclarse 
a las producciones de los hemisferios opuestos y dejó algunas 
de ellas abandonadas en las cumbres de las montañas de todas 
las partes del mundo. Para mostrar lo variados que son los 
medios ocasionales de transporte he discutido con alguna 
extensión los medios de dispersión de las producciones de 
agua dulce. 

Si no son insuperables las dificultades para admitir que en 


584 



el largo transcurso del tiempo todos los individuos de la 
misma especie, y también de diferentes especies 
pertenecientes a un mismo género, han procedido de un solo 
origen, entonces todos los grandes hechos capitales de la 
distribución geográfica son explicables dentro de la teoría de 
la emigración unida a la modificación subsiguiente y a la 
multiplicación de las formas nuevas. De este modo podemos 
comprender la suma importancia de los obstáculos, ya de 
tierra, ya de agua, que no sólo separan, sino que al parecer 
determinan las diferentes provincias botánicas y zoológicas. 
De este modo podemos comprender la concentración de 
especies afines en las mismas regiones y por qué en diferentes 
latitudes, por ejemplo, en América del Sur, los habitantes de 
las llanuras y montañas, de los bosques, pantanos y desiertos, 
están enlazados mutuamente de un modo tan misterioso y 
están también enlazados con los seres extinguidos que en otro 
tiempo vivieron en el mismo continente. Teniendo presente 
que la relación mutua entre los organismos es de suma 
importancia, podemos explicarnos por qué están con 
frecuencia habitadas por formas orgánicas muy diferentes dos 
regiones que tienen casi las mismas condiciones físicas; pues 
según el espacio de tiempo que ha transcurrido desde que los 
colonos llegaron a una de las regiones o ambas; según la 
naturaleza de la comunicación que permitió a ciertas formas y 
no a otras el llegar, ya en mayor, ya en menor número; según 
que ocurriese o no que los que penetraron entrasen en 
competencia más o menos directa entra sí y con los indígenas, 
y según que los emigrantes fuesen capaces de variar con más 
o menos rapidez, resultarían en las dos o más regiones 
condiciones de vida infinitamente variadas, 
independientemente de sus condiciones físicas, pues habría 
un conjunto casi infinito de acciones y reacciones orgánicas y 
encontraríamos unos grupos de seres sumamente 


585 



modificados y otros sólo ligeramente, unos desarrollados 
poderosamente y otros existiendo sólo en escaso número, y 
esto es lo que encontramos en las diversas grandes provincias 
geográficas del mundo. 

Según estos mismos principios podemos comprender, 
como me he esforzado en demostrar, por qué las islas 
oceánicas han de tener pocos habitantes y de éstos una gran 
proporción propios o peculiares, y por qué, en relación con 
los medios de emigración, un grupo de seres ha de tener todas 
sus especies peculiares y otro, aun dentro de la misma clase, 
ha de tener todas sus especies iguales a las de una parte 
adyacente de la Tierra. Podemos comprender por qué grupos 
enteros de organismos, como los mamíferos terrestres y los 
batracios, han de faltar en las islas oceánicas, mientras que las 
islas más aisladas tienen que poseer sus propias especies 
peculiares de mamíferos aéreos o murciélagos. Podemos 
comprender por qué en las islas ha de existir cierta relación 
entre la presencia de mamíferos en estado más o menos 
modificado y la profundidad del mar entre ellas y la tierra 
firme. Podemos ver claramente por qué todos los habitantes 
de un archipiélago, aunque específicamente distintos en las 
diferentes islas, tienen que estar muy relacionados entre sí y 
han de estar también relacionados, aunque menos 
estrechamente, con los del continente más próximo u otro 
origen del que puedan haber provenido los emigrantes. 
Podemos ver por qué, si existen especies sumamente afines o 
representativas en dos regiones, por muy distantes que estén 
una de otra, casi siempre se encuentran algunas especies 
idénticas. 

Como el difunto Edward Forbes señaló con insistencia, 
existe un notable paralelismo en las leyes de la vida en el 
tiempo y en el espacio; pues las leyes que rigen la sucesión de 
formas en los tiempos pasados son casi iguales que las que 


586 



rigen actualmente las diferencias entre las diversas regiones. 
Vemos esto en muchos hechos. La duración de cada especie o 
grupos de especies es continua en el tiempo, pues las 
aparentes excepciones a esta regla son tan pocas, que pueden 
perfectamente atribuirse a que no hemos descubierto hasta 
ahora, en un depósito intermedio, las formas que faltan en él, 
pero que se presentan tanto encima como debajo: de igual 
modo, en el espacio, es con seguridad la regla general que la 
extensión habitada por una sola especie o por un grupo de 
especies es continua, y las excepciones, que no son raras, 
pueden explicarse, como he intentado demostrar, por 
emigraciones anteriores en circunstancias diferentes, o por 
medios ocasionales de transporte, o porque las especies se han 
extinguido en los espacios intermedios. Tanto en el tiempo 
como en el espacio, las especies y grupos de especies tienen 
sus puntos de desarrollo máximo. Los grupos de especies que 
viven dentro del mismo territorio están con frecuencia 
caracterizados en común por caracteres poco importantes, 
como el color o relieves. Considerando la larga sucesión de 
edades pasadas y considerando las distintas provincias de 
todo el mundo, encontramos que en ciertas clases las especies 
difieren poco unas de otras, mientras que las de otras clases, o 
simplemente de una sección diferente del mismo orden, 
difieren mucho más. Lo mismo en el tiempo que en el 
espacio, las formas de organización inferior de cada clase 
cambian generalmente menos que las de organización 
superior; pero en ambos casos existen notables excepciones a 
esta regla. Según nuestra teoría, se comprenden estas 
diferentes relaciones a través del espacio y del tiempo; pues 
tanto si consideramos las formas orgánicas afines que se han 
modificado durante las edades sucesivas, como si 
consideramos las que se han modificado después de emigrar a 
regiones distantes, en ambos casos están unidas por el mismo 


587 



vínculo de la generación ordinaria y en ambos casos las leyes 
de variación han sido las mismas y las modificaciones se han 
acumulado por el mismo medio de la selección natural. 


588 



CAPÍTULO XIV 

Afinidades mutuas de los seres orgánicos.— Morfología.— 
Embriología.— Órganos rudimentarios. 

CLASIFICACIÓN: Grupos subordinados.—Sistema natural.—Reglas y 

dificultades en la clasificación, explicadas en la teoria de la descendencia con 
modificación.—Clasificación de las variedades.—La descendencia utilizada siempre 
en la clasificación.—Caracteres analógicos o de adaptación.—Afinidad general, 
compleja y radiante.—La extinción separa y define los grupos.— MORFOLOGÍA: 
Entre los miembros de una misma clase y entre los órganos del mismo individuo.— 
EMBRIOLOGÍA: Sus leyes explicadas por variaciones que no ocurren en una edad 
temprana y que son heredadas a la edad correspondiente.— ÓRGANOS 
RUDIMENTARIOS: Explicación de su origen.—Resumen. 

Clasificación. 

Desde el período más remoto en la historia del mundo se 
ha visto que los seres orgánicos se parecen entre sí en grados 
descendentes, de manera que pueden ser clasificados en 
grupos subordinados unos a otros. Esta clasificación no es 
arbitraria, como el agrupar las estrellas en constelaciones. La 
existencia de grupos habría sido de significación sencilla si un 
grupo hubiese estado adaptado exclusivamente a vivir en 
tierra y otro en el agua; uno a alimentarse de carne y otro de 
materias vegetales, y así sucesivamente; pero el caso es muy 
diferente, pues es notorio que, muy comúnmente, tienen 
costumbres diferentes miembros hasta de un mismo 
subgrupo. En los capítulos II y IV, acerca de la Variación y de 
la Selección Natural, he procurado demostrar que en cada 
país las especies que más varían son las de vasta distribución, 
las comunes y difusas, esto es, las especies predominantes que 
pertenecen a los géneros mayores dentro de cada clase. Las 
variedades o especies incipientes, producidas de este modo, se 
convierten, al fin, en especies nuevas y distintas, y éstas, según 
el principio de la herencia, tienden a producir especies nuevas 
y dominantes. Por consiguiente, los grupos que actualmente 
son grandes, y que generalmente comprenden muchas 


589 



especies predominantes, tienden a continuar aumentando en 
extensión. Procuré además demostrar que, como los 
descendientes que varían de cada especie procuran ocupar los 
más puestos posibles y los más diferentes en la economía de la 
naturaleza, tienden constantemente a divergir en sus 
caracteres. Esta última conclusión se apoya en la observación 
de la gran diversidad de formas que dentro de cualquier 
pequeña región entran en íntima competencia y en ciertos 
hechos de naturalización. 

También he procurado demostrar que en las formas que 
están aumentando en número y divergiendo en caracteres hay 
una constante tendencia a suplantar y exterminar a las formas 
precedentes menos divergentes y perfeccionadas. Ruego al 
lector que vuelva al cuadro f'' que ilustra, según antes se 
explicó, la acción de estos diferentes principios, y verá que el 
resultado inevitable es que los descendientes modificados, 
procedentes de un progenitor, queden separados en grupos 
subordinados a otros grupos. En el cuadro, cada letra de la 
línea superior puede representar un género que comprende 
varias especies, y todos los géneros de esta línea superior 
forman juntos una clase, pues todos descienden de un remoto 
antepasado y, por consiguiente, han heredado algo en común. 
Pero los tres géneros de la izquierda tienen, según el mismo 
principio, mucho de común y forman una subfamilia distinta 
de la que contiene los dos géneros situados a su derecha, que 
divergieron partiendo de un antepasado común en el quinto 
grado genealógico. Estos cinco géneros tienen, pues, mucho 
de común, aunque menos que los agrupados en subfamilias, y 
forman una familia distinta de la que comprende los tres 
géneros situados todavía más a la derecha, que divergieron en 
un período más antiguo. Y todos estos géneros que 
descienden de A forman un orden distinto de los géneros que 
descienden de I; de manera que tenemos aquí muchas 


590 


especies que descienden de un solo progenitor agrupadas en 
géneros, y los géneros en subfamilias, familias y órdenes, 
todos en una gran clase. A mi juicio, de este modo se explica 
el importante hecho de la subordinación natural de los seres 
orgánicos en grupos subordinados a otros grupos; hecho que, 
por sernos familiar, no siempre nos llama lo bastante la 
atención. Indudablemente, los seres orgánicos, como todos 
los otros objetos, pueden clasificarse de muchas maneras, ya 
artificialmente por caracteres aislados, ya más naturalmente 
por numerosos caracteres. Sabemos, por ejemplo, que los 
minerales y los cuerpos elementales pueden ser clasificados de 
este modo. En este caso es evidente que no hay relación 
alguna con la sucesión genealógica, y no puede actualmente 
señalarse ninguna razón para su división en grupos. Pero en 
los seres orgánicos el caso es diferente, y la hipótesis antes 
dada está de acuerdo con su orden natural en grupos 
subordinados, y nunca se ha intentado otra explicación. 

Los naturalistas, como hemos visto, procuran ordenar las 
especies, géneros y familias dentro de cada clase según lo que 
se llama el sistema natural; pero ¿qué quiere decir este 
sistema? Algunos autores lo consideran simplemente como 
un sistema para ordenar los seres vivientes que son más 
parecidos y para separar los más diferentes, o como un 
método artificial de enunciar lo más brevemente posible 
proposiciones generales, esto es, con una sola frase dar los 
caracteres comunes, por ejemplo, a todos los mamíferos; por 
otra, los comunes a todos los carnívoros; por otra, los 
comunes al género de los perros, y entonces, añadiendo una 
sola frase, dar una descripción completa de cada especie de 
perro. La ingenuidad y utilidad de este sistema son 
indiscutibles. Pero muchos naturalistas creen que por sistema 
natural se entiende algo más: creen que revela el plan del 
Creador; pero, a menos que se especifique si por el plan del 


591 



Creador se entiende el orden en el tiempo o en el espacio, o 
ambas cosas, o qué otra cosa se entiende, me parece que así 
no se añade nada a nuestro conocimiento. Expresiones tales 
como la famosa de Linneo, con la que frecuentemente nos 
encontramos en una forma más o menos velada, o sea que los 
caracteres no hacen el género, sino que el género da los 
caracteres, parecen implicar que en nuestras clasificaciones 
hay un lazo más profundo que la simple semejanza. Creo yo 
que así es, y que la comunidad de descendencia —única causa 
conocida de estrecha semejanza en los seres orgánicos— es el 
lazo que, si bien observado en diferentes grados de 
modificación, nos revelan, en parte, nuestras clasificaciones. 

Consideremos ahora las reglas que se siguen en la 
clasificación y las dificultades que se encuentran, dentro de la 
suposición de que la clasificación, o bien da algún plan 
desconocido de creación, o bien es simplemente un sistema 
para enunciar proposiciones generales y para reunir las 
formas más semejantes. Podía haberse creído —y 
antiguamente se creyó— que aquellas partes de la 
conformación que determinan las costumbres y el lugar 
general de cada ser en la economía de la naturaleza habría de 
tener suma importancia en la clasificación. Nada puede haber 
más falso. Nadie considera como de importancia la semejanza 
externa entre un ratón y una musaraña, entre un dugong y 
una ballena, o entre una ballena y un pez. Estas semejanzas, 
aunque tan íntimamente unidas a toda la vida del ser, se 
consideran como simples caracteres de adaptación y de 
analogía; pero ya insistiremos sobre la consideración de estas 
semejanzas. Se puede incluso dar como regla general que 
cualquier parte de la organización, cuanto menos se relacione 
con costumbres especiales tanto más importante es para la 
clasificación. Por ejemplo, Owen, al hablar del dugong, dice: 
«Los órganos de la generación, por ser los que están más 


592 



remotamente relacionados con las costumbres y alimentos de 
un animal, he considerado siempre que proporcionan 
indicaciones clarísimas sobre sus verdaderas afinidades. En 
las modificaciones de estos órganos estamos menos expuestos 
a confundir un carácter simplemente de adaptación con un 
carácter esencial». ¡Qué notable es que, en las plantas, los 
órganos vegetativos, de los que su nutrición y vida dependen, 
sean de poca significación, mientras que los órganos de 
reproducción, con su producto, la semilla y embrión, sean de 
suma importancia! De igual modo también, al discutir 
anteriormente ciertos caracteres morfológicos que no tienen 
importancia funcional, hemos visto que, con frecuencia, son 
de gran utilidad en la clasificación. Depende esto de su 
constancia en muchos grupos afines, y su constancia depende 
principalmente de que las variaciones ligeras no han sido 
conservadas y acumuladas por la selección natural, que obra 
sólo sobre caracteres útiles. El que la importancia meramente 
fisiológica de un órgano no determina su valor para la 
clasificación está casi probado por el hecho de que en grupos 
afines, en los cuales el mismo órgano —según fundadamente 
suponemos— tiene casi el mismo valor fisiológico, es muy 
diferente en valor para la clasificación. Ningún naturalista 
puede haber trabajado mucho tiempo en un grupo sin haber 
sido impresionado por este hecho, reconocido plenamente en 
los escritos de casi todos los autores. Bastará citar una gran 
autoridad, Robert Brown, quien, al hablar de ciertos órganos 
en las proteáceas, dice que su importancia genérica,, «como la 
de todas sus partes, es muy desigual, y en algunos casos 
parece que se ha perdido por completo, no sólo en esta 
familia, sino, como he notado, en todas las familias 
naturales». Además, en otra obra dice que los géneros de las 
connaráceas «difieren en que tienen uno o más ovarios, en la 
existencia o falta de albumen, en la estivación imbricada o 


593 



valvar. Cualquiera de estos caracteres, separadamente, es, con 
frecuencia, de importancia más que genérica,, a pesar de que, 
en este caso, aun cuando se tomen todos juntos, resultan 
insuficientes para separar los Cnestis de los Connarus.». Para 
citar un ejemplo de insectos: en una de las grandes divisiones 
de los himenópteros, las antenas, como ha hecho observar 
Westwood, son de conformación sumamente constante; en 
otra división, difieren mucho y las diferencias son de valor 
completamente secundario para la clasificación; sin embargo, 
nadie dirá que las antenas, en estas dos divisiones del mismo 
orden, son de importancia fisiológica desigual. Podría citarse 
un número grandísimo de ejemplos de la importancia 
variable, para la clasificación, de un mismo órgano 
importante dentro del mismo grupo de seres. 

Además, nadie dirá que los órganos rudimentarios o 
atrofiados sean de gran importancia fisiológica o vital, y, sin 
embargo, indudablemente, órganos en este estado son con 
frecuencia de mucho valor para la clasificación. Nadie 
discutirá que los dientes rudimentarios de la mandíbula 
superior de los rumiantes jóvenes y ciertos huesos 
rudimentarios de su pata son útilísimos para mostrar la 
estrecha afinidad entre los rumiantes y los paquidermos. 
Robert Brown ha insistido sobre el hecho de que la posición 
de las florecillas rudimentarias es de suma importancia en la 
clasificación de las gramíneas. 

Podrían citarse numerosos ejemplos de caracteres 
procedentes de partes que podrían considerarse como de 
importancia fisiológica insignificante, pero que 
universalmente se admite que son útilísimos en la definición 
de grupos enteros; por ejemplo: el que haya o no una 
comunicación abierta entre las aberturas nasales y la boca, 
único carácter, según Owen, que separa en absoluto los peces 
y los reptiles; la inflexión del ángulo de la mandíbula inferior 


594 



en los marsupiales: el modo como están plegadas las alas de 
los insectos; el solo color en ciertas algas; la simple 
pubescencia en partes de la flor en las gramíneas; la 
naturaleza de la envoltura cutánea, como el pelo y las plumas, 
en los vertebrados. Si el Ornithorhynchus hubiese estado 
cubierto de plumas en vez de estarlo de pelos, este carácter 
externo e insignificante habría sido considerado por los 
naturalistas como un auxilio importante para determinar el 
grado de afinidad de este extraño sér con las aves. 

La importancia, para la clasificación, de los caracteres 
insignificantes depende de que son correlativos de otros 
muchos caracteres de mayor o menor importancia. En efecto: 
es evidente el valor de un conjunto de caracteres en Historia 
Natural. Por consiguiente, como se ha hecho observar 
muchas veces, una especie puede separarse de sus afines por 
diversos caracteres, tanto de gran importancia fisiológica 
como de constancia casi general, y no dejarnos, sin embargo, 
duda alguna de cómo tiene que ser clasificada. De aquí 
también que se haya visto que una clasificación fundada en 
un solo carácter, por importante que sea, ha fracasado 
siempre, pues ninguna parte de la organización es de 
constancia absoluta. La importancia de un conjunto de 
caracteres, aun cuando ninguno sea importante, explica por si 
sola el aforismo enunciado por Linneo de que los caracteres 
no dan el género, sino que el género da los caracteres; pues 
éste parece fundado en la apreciación de detalles de 
semejanza demasiado ligeros para ser definidos. Ciertas 
plantas pertenecientes a las malpigiáceas llevan flores 
perfectas y flores atrofiadas; en estas últimas, como ha hecho 
observar A. de Jussieu, «desaparecen la mayor parte de los 
caracteres propios de la especie, del género, de la familia, de la 
clase, y de este modo se burlan de nuestra clasificación». 
Cuando la Aspicarpa produjo en Francia, durante varios años. 


595 



solamente estas flores degeneradas que se apartan 
asombrosamente del tipo propio del orden en muchos de los 
puntos más importantes de conformación, monsieur Richard, 
no obstante, vio sagazmente, como observa Jussieu, que este 
género tenía que seguir siendo conservado entre las 
malpigiáceas. Este caso es un buen ejemplo del espíritu de 
nuestras clasificaciones. 

Prácticamente, cuando los naturalistas están en su trabajo, 
no se preocupan del valor fisiológico de los caracteres que 
utilizan al definir un grupo o al señalar una especie 
determinada. Si encuentran un carácter casi uniforme y 
común a un gran número de formas, y que no existe en otras, 
lo utilizan como un carácter de gran valor; si es común a un 
número menor de formas, lo utilizan como un carácter de 
valor secundario. Algunos naturalistas han reconocido 
plenamente este principio como el único verdadero; pero 
ninguno lo ha hecho con mayor claridad que el excelente 
botánico Aug. St. Hilaire. Si varios caracteres insignificantes 
se encuentran siempre combinados, aun cuando no pueda 
descubrirse entre ellos ningún lazo aparente de conexión, se 
les atribuye especial valor. Como en la mayor parte de los 
grupos de animales, órganos importantes, tales como los de 
propulsión de la sangre, los de la aireación de ésta o los de 
propagación de la especie, se ve que son casi uniformes, son 
considerados como útilísimos para la clasificación; pero en 
algunos grupos se observa que todos éstos —los órganos 
vitales más importantes— ofrecen caracteres de valor 
completamente secundario. Así, según recientemente ha 
hecho observar Fritz Müller, en el mismo grupo de 
crustáceos, Cypridina está provisto de corazón, mientras que 
en géneros sumamente afines —Cypris y Cytherea — no existe 
este órgano. Una especie de Cypridina tiene branquias bien 
desarrolladas, mientras que otra está desprovista de ellas. 


596 



Podemos comprender por qué los caracteres procedentes 
del embrión hayan de ser de igual importancia que los 
procedentes del adulto, pues una clasificación natural 
comprende evidentemente todas las edades; pero dentro de la 
teoría ordinaria no está en modo alguno claro que la 
estructura del embrión tenga que ser más importante para 
este fin que la del adulto, que desempeña sola su papel 
completo en la economía de la naturaleza. Sin embargo, los 
grandes naturalistas Milne Edwards y Agassiz han insistido en 
que los caracteres embriológicos son los más importantes de 
todos, y esta doctrina ha sido admitida casi universalmente 
corno verdadera. Sin embargo, ha sido a veces exagerada, 
debido a que no han sido excluidos los caracteres de 
adaptación de las larvas; para demostrar lo cual, Fritz Müller 
ordenó, mediante estos caracteres solos, la gran clase de los 
crustáceos, y esta manera de ordenarlos no resultó ser natural. 
Pero es indudable que los caracteres embrionarios — 
excluyendo los caracteres larvarios— son de sumo valor para 
la clasificación, no sólo en los animales, sino también en las 
plantas. Así, las divisiones principales de las fanerógamas 
están fundadas en diferencias existentes en el embrión —en el 
número y posición de los cotiledones y en el modo de 
desarrollo de la plúmula y radícula—. Comprenderemos 
inmediatamente por qué estos caracteres poseen un valor tan 
grande en la clasificación: porque el sistema natural es 
genealógico en su disposición. 

Nuestras clasificaciones muchas veces están evidentemente 
influidas por enlace de afinidades. Nada más fácil que definir 
un gran número de caracteres comunes a todas las aves; pero 
en los crustáceos, hasta ahora, ha resultado imposible una 
definición de esta naturaleza. En los extremos opuestos de la 
serie se encuentran crustáceos que apenas tienen un carácter 
común, y, sin embargo, las especies en ambos extremos, por 


597 



estar evidentemente relacionadas con otras y éstas con otras, y 
así sucesivamente, puede reconocerse que indubitablemente 
pertenecen a esta clase de articulados y no a otra. 

La distribución geográfica se ha empleado muchas veces, 
aunque quizá no del todo lógicamente, en la clasificación, 
sobre todo en grupos muy grandes de especies muy afines. 
Temminck insiste sobre la utilidad, y aun la necesidad, de este 
método en ciertos grupos de aves, y ha sido seguido por 
varios entomólogos y botánicos. 

Finalmente, por lo que se refiere al valor relativo de los 
diferentes grupos de especies, tales como órdenes, 
subórdenes, familias, subfamilias y géneros, me parece, por lo 
menos actualmente, casi arbitrario. Algunos de los mejores 
botánicos, como míster Bentham y otros, han insistido 
mucho sobre su valor arbitrario. Podría citarse ejemplos, en 
las plantas e insectos, de un grupo considerado al principio 
por naturalistas experimentados sólo como género, y luego 
elevado a la categoría de subfamilia o familia, y esto se ha 
hecho, no porque nuevas investigaciones hayan descubierto 
diferencias importantes de conformación que al pronto 
pasaron inadvertidas, sino porque se han descubierto después 
numerosas especies afines con pequeños grados de diferencia. 

Todas las precedentes reglas y medios y dificultades en la 
clasificación pueden explicarse, si no me engaño mucho, 
admitiendo que el sistema natural está fundado en la 
descendencia con modificación; que los caracteres que los 
naturalistas consideran como demostrativos de verdadera 
afinidad entre dos o más especies son los que han sido 
heredados de un antepasado común, pues toda clasificación 
verdadera es genealógica; que la comunidad de descendencia 
es el lazo oculto que los naturalistas han estado buscando 
inconscientemente, y no un plan desconocido de creación o el 


598 



enunciado de proposiciones generales al juntar y separar 
simplemente objetos más o menos semejantes. 

Pero debo explicar más completamente mi pensamiento. 
Creo yo que la ordenación de los grupos dentro de cada clase, 
con la debida subordinación y relación mutuas, para que sea 
natural, debe ser rigurosamente genealógica; pero que la 
cantidad de diferencia en las diferentes ramas o grupos, aun 
cuando sean parientes en el mismo grado de consanguinidad 
con su antepasado común, puede diferir mucho, siendo esto 
debido a los diferentes grados de modificación que hayan 
experimentado, y esto se expresa clasificando las formas en 
diferentes géneros, familias, secciones y órdenes. El lector 
comprenderá mejor lo que se pretende decir si se toma la 
molestia de recurrir al cuadro del capítulo IV. Supondremos 
que las letras A a L representan géneros afines que existieron 
durante la época silúrica, descendientes de alguna forma aun 
más antigua. En tres de estos géneros (A, E e I), una especie 
ha transmitido hasta la actualidad descendientes modificados, 
representados por los quince géneros {a}'^ a z^‘^) de la línea 
superior horizontal. Ahora bien; todos estos descendientes 
modificados de una sola especie están relacionados en igual 
grado por la sangre o descendencia; metafóricamente, pueden 
todos ser llamados primos en el mismo millonésimo grado, y, 
sin embargo, se diferencian mucho y en diferente medida 
unos de otros. Las formas descendientes de A, separadas 
ahora en dos o tres familias, constituyen un orden distinto de 
los descendientes de I, divididas también en dos familias. 
Tampoco las especies vivientes que descienden de A pueden 
ser clasificadas en el mismo género que el antepasado A, ni las 
descendientes de I en el mismo género que su antepasado 1. 
Pero el género viviente puede suponerse que se ha 
modificado muy poco, y entonces se clasificará en un género 
con su antepasado E, del mismo modo que un corto número 


599 



de organismos todavía vivientes pertenecen a géneros 
silúricos. De manera que ha llegado a ser muy diverso el valor 
relativo de las diferencias entre estos seres orgánicos, que 
están todos mutuamente relacionados por el mismo grado de 
consanguinidad. Sin embargo, su ordenación genealógica 
permanece rigurosamente exacta, no sólo en la actualidad, 
sino en todos los períodos genealógicos sucesivos. Todos los 
descendientes de A habrán heredado algo en común de su 
común antepasado, lo mismo que todos los descendientes de 
I; lo mismo ocurrirá en cada rama secundaria de 
descendientes y en cada período sucesivo. Sin embargo, si 
suponemos que un descendiente de A o de I se ha llegado a 
modificar tanto que ha perdido todas las huellas de su 
parentesco, en este caso se habrá perdido su lugar en el 
sistema natural, como parece haber ocurrido con algunos 
organismos vivientes. Todos los descendientes del género F 
en la totalidad de su línea de descendencia se supone que se 
han modificado muy poco y que forman un solo género; pero 
este género, aunque muy aislado, ocupará todavía su propia 
posición intermedia. La representación de los grupos, tal 
como se da en el cuadro, sobre una superficie plana es 
demasiado simple. Las ramas tendrían que haber divergido en 
todas direcciones. Si los nombres de los grupos hubiesen sido 
escritos simplemente en serie lineal, la representación habría 
sido todavía menos natural, y evidentemente es imposible 
representar en una serie o en una superficie plana las 
afinidades que descubrimos en la naturaleza entre los seres 
del mismo grupo. Así, pues, el sistema natural es genealógico 
en su ordenación, como un árbol genealógico; pero la 
cantidad de modificación que han experimentado los 
diferentes grupos no pueden expresarse distribuyéndolos en 
los que se llaman géneros, subfamilias, familias, secciones, 
órdenes y clases. 


600 



Valdría la pena de explicar este modo de considerar esta 
clasificación tomando el caso de las lenguas. Si poseyésemos 
una genealogía perfecta de la Humanidad, el árbol 
genealógico de las razas humanas nos daría la mejor 
clasificación de las diferentes lenguas que hoy se hablan en 
todo el mundo, y si hubiesen de incluirse todas las lenguas 
muertas y todos los dialectos intermedios que lentamente 
cambian, este ordenamiento sería el único posible. Sin 
embargo, podría ser que algunas lenguas antiguas se hubiesen 
alterado muy poco y hubiesen dado origen a un corto número 
de lenguas vivas, mientras que otras se hubiesen alterado 
mucho, debido a la difusión, aislamiento y grado de 
civilización de las diferentes razas codescendientes, y de este 
modo hubiesen dado origen a muchos nuevos dialectos y 
lenguas. Los diversos grados de diferencia entre las lenguas de 
un mismo tronco tendrían que expresarse mediante grupos 
subordinados a otros grupos; pero la distribución propia, y 
aun la única posible, sería siempre la genealógica, y ésta sería 
rigurosamente natural, porque enlazaría todas las lenguas 
vivas y muertas mediante sus mayores afinidades y daría la 
filiación y origen de cada lengua. 

En confirmación de esta opinión echamos una ojeada a la 
clasificación de las variedades que se sabe o se cree que 
descienden de una sola especie. Las variedades se agrupan 
dentro de las especies y las subvariedades dentro de las 
variedades, y en algunos casos, como en el de la paloma 
doméstica, en otros varios grados de diferencia. Al clasificar 
las especies, se siguen casi las mismas reglas. Los autores han 
insistido acerca de la necesidad de agrupar las variedades 
según un sistema natural, en lugar de hacerlo según un 
sistema artificial; estamos prevenidos, por ejemplo, para no 
clasificar juntas dos variedades de ananaes, simplemente 
porque su fruto, a pesar de ser la parte más importante. 


601 



ocurra que sea casi idéntico. Nadie coloca juntos el colinabo y 
el nabo de Suecia, aun cuando sus raíces gruesas y comestibles 
sean tan parecidas. Una parte, cualquiera que sea, que se ve 
que es muy constante se emplea para clasificar las variedades; 
así, el gran agricultor Marshall dice que los cuernos son útiles 
para este fin en el ganado vacuno porque son menos variables 
que la forma o el color del cuerpo, etc., mientras que en los 
carneros los cuernos son menos útiles para este objeto, por 
ser menos constantes. Al clasificar las variedades observo que, 
si tuviésemos una genealogía verdadera, la clasificación 
genealógica sería universalmente preferida, y ésta se ha 
intentado en algunos casos: podemos estar seguros de que — 
haya habido poca o mucha modificación— el principio de la 
herencia tiene que mantener juntas las formas que sean afines 
en el mayor número de puntos. En las palomas volteadoras, 
aun cuando algunas de las subvariedades difieren en el 
importante carácter de la longitud del pico, sin embargo, 
todas están unidas por tener la costumbre de dar volteretas; 
pero la raza de cara corta ha perdido esta costumbre por 
completo o casi por completo; a pesar de lo cual, sin reparar 
en este punto, estas volteadoras se conservan en el mismo 
grupo, por ser consanguíneas y parecidas por otros 
conceptos. 

Por lo que se refiere a las especies en estado natural, todos 
los naturalistas han introducido de hecho la descendencia en 
sus clasificaciones; pues en el grado inferior, el de la especie, 
incluyen los dos sexos, y todo naturalista sabe lo 
enormemente que difieren éstos a veces en caracteres 
importantísimos; apenas puede enunciarse un solo carácter 
común a los machos adultos y a los hermafroditas de ciertos 
cirrípedos y, sin embargo, nadie sueña en separarlos. Tan 
luego como se supo que las tres formas de orquídea 
Monachanthus, Myanthus y Catasetum, que anteriormente se 


602 



habían considerado como tres géneros distintos, eran 
producidas a veces en una misma planta, fueron consideradas 
inmediatamente como variedades, y actualmente he podido 
demostrar que son las formas masculina, femenina y 
hermafrodita de la misma especie. El naturalista incluye 
dentro de una especie los diferentes estados larvales de un 
mismo individuo, por mucho que puedan diferir entre sí y del 
individuo adulto, lo mismo que las llamadas generaciones 
alternantes de Steenstrup, que sólo en un sentido técnico 
pueden ser considerados como el mismo individuo. El 
naturalista incluye en la especie los monstruos y las 
variedades, no por su semejanza parcial con la forma madre, 
sino porque descienden de ella. 

Como el criterio de descendencia ha sido universalmente 
empleado al clasificar juntos los individuos de una misma 
especie, aun cuando los machos y hembras y larvas sean a 
veces sumamente diferentes, y como ha sido utilizado al 
clasificar variedades que han experimentado cierta 
modificación, considerable a veces, ¿no podría este mismo 
elemento de la descendencia haber sido utilizado 
inconscientemente al agrupar las especies en géneros y los 
géneros en grupos superiores, todos dentro del llamado 
sistema natural? Yo creo que ha sido usado 
inconscientemente, y sólo así puedo comprender las 
diferentes reglas y normas seguidas por nuestros mejores 
sistemáticos. Comono tenemos genealogías escritas, nos 
vemos forzados a deducir la comunidad de origen por 
semejanzas de todas clases. Sin embargo, escogemos aquellos 
caracteres que son lo menos a propósito para ser modificados, 
en relación con las condiciones de vida a que ha estado 
recientemente sometida cada especie. Las estructuras 
rudimentarias, desde este punto de vista, son tan buenas, y 
aun quizá mejores, que otras partes de la organización. No 


603 



nos importa la insignificancia de un carácter —ya sea la 
simple inflexión del ángulo de la mandíbula, el modo como 
está plegada el ala de un insecto, el que la piel esté cubierta de 
pelo o de pluma—; si éste subsiste en muchas y diferentes 
especies, sobre todo en las que tienen costumbres muy 
diferentes, adquiere un gran valor, pues sólo por herencia de 
un antepasado común podemos explicar su presencia en 
tantas formas con costumbres tan diferentes. En este respecto 
podemos equivocarnos por lo que se refiere a puntos 
determinados de conformación; pero cuando varios 
caracteres, aunque sean insignificantes, concurren en todo un 
grupo grande de seres que tienen diferentes costumbres, 
podemos estar casi seguros, según la teoría de la 
descendencia, que estos caracteres han sido heredados de un 
antepasado común, y sabemos que estos conjuntos de 
caracteres tienen especial valor en la clasificación. 

Podemos comprender por qué una especie, o un grupo de 
especies, puede separarse de sus afines en algunas de sus 
características más importantes, y, sin embargo, puede 
clasificarse con seguridad junto con ellas. Esto puede hacerse 
con seguridad —y muchas veces se hace— mientras un 
número suficiente de caracteres, por poco importantes que 
sean, revela el oculto lazo de comunidad de origen. 
Supongamos dos formas que no tienen un solo carácter 
común; sin embargo, si estas formas extremas están unidas 
por una cadena de grupos intermedios, podemos deducir en 
seguida su comunidad de origen y colocarlas todas en una 
misma clase. Como encontramos que los órganos de gran 
importancia fisiológica —los que sirven para conservar la vida 
en las más diversas condiciones de existencia— son 
generalmente los más constantes, les atribuimos especial 
valor; pero si estos mismos órganos, en otro grupo o sección 
de un grupo, se ve que difieren mucho, en seguida les 


604 



atribuimos Menos valor en nuestra clasificación. Veremos en 
seguida por qué los caracteres embriológicos son de tanta 
importancia en la clasificación. La distribución geográfica 
puede a veces ser útilmente empleada al clasificar géneros 
extensos, porque todas las especies del mismo género, que 
viven en una región determinada y aislada, han descendido, 
según todas las probabilidades, de los mismos antepasados. 

Semejanzas analógicas .— Según las opiniones precedentes, 
podemos comprender la importantísima diferencia entre las 
afinidades reales y las semejanzas analógicas o de adaptación. 
Lamarck fue el primero que llamó la atención sobre este 
asunto, y ha sido inteligentemente seguido por Macleay y 
otros. Las semejanzas en la forma del cuerpo y en los 
miembros anteriores, en forma de aletas, que existe entre los 
dugongs y las ballenas, y entre estos desórdenes de mamíferos 
y los peces, son semejanzas analógicas. También lo es la 
semejanza entre un ratón y una musaraña (Sorex) que 
pertenecen a órdenes diferentes, y la semejanza todavía 
mayor, sobre la cual ha insistido míster Mivart, entre el ratón 
y un pequeño marsupial (Antechinus) de Australia. Estas 
últimas semejanzas pueden explicarse, a mi parecer, por 
adaptación a movimientos activos similares, entre la hierba y 
los matorrales, y a ocultarse de los enemigos. 

Entre los insectos hay innumerables casos parecidos; así 
Linneo, engañado por las apariencias externas, clasificó 
positivamente un insecto homóptero como lepidóptero. 
Vemos algo de esto aun en nuestras variedades domésticas, 
como en la forma, llamativamente semejante, del cuerpo en 
las razas perfeccionadas de cerdo chino y cerdo común, que 
han descendido de especies diferentes, y en las raíces, de 
grueso semejante, del colinabo y del nabo de Suecia, que es 
específicamente distinto. La semejanza entre el lebrel y el 
caballo de carrera apenas es más caprichosa que las analogías 


605 



que han encontrado algunos autores entre animales muy 
diferentes. 

Admitiendo que los caracteres son de importancia real para 
la clasificación sólo en cuanto revelan la genealogía, podemos 
comprender claramente por qué los caracteres analógicos o 
de adaptación, aun cuando sean de la mayor importancia para 
la prosperidad del ser, carecen casi de valor para el 
sistemático; pues animales que pertenecen a dos líneas 
genealógicas completamente distintas pueden haber llegado a 
adaptarse a condiciones semejantes y, de este modo, haber 
adquirido una gran semejanza externa; pero estas semejanzas 
no revelarán su consanguinidad, y más bien tenderán a 
ocultarla. De este modo podemos comprender la aparente 
paradoja de que los mismos caracteres, exactamente, sean 
analógicos cuando se compara un grupo con otro y den 
verdaderas afinidades cuando se comparan entre sí los 
miembros de un mismo grupo; así, la forma del cuerpo y los 
miembros en forma de aleta son caracteres sólo analógicos 
cuando se comparan las ballenas con los peces, pues son en 
ambas clases adaptaciones para nadar; pero entre los 
diferentes miembros de la familia de las ballenas la forma del 
cuerpo y los miembros en forma de aleta ofrecen caracteres 
que ponen de manifiesto afinidades verdaderas; pues como 
estas partes son tan semejantes en toda la familia, no 
podemos dudar de que han sido heredadas de un antepasado 
común. Lo mismo ocurre en los peces. 

Podrían citarse numerosos casos de semejanzas notables, 
en seres completamente distintos, entre órganos o partes 
determinadas que se han adaptado a las mismas funciones. 
Un buen ejemplo nos ofrece la gran semejanza entre las 
mandíbulas del perro y las del lobo de Tasmania o 
Thylacinus, animales que están muy separados en el sistema 
natural. Pero esta semejanza está limitada al aspecto general. 


606 



como la prominencia de los caninos y la forma cortante de los 
molares, pues los dientes en realidad difieren mucho. Así, el 
perro tiene a cada lado de la mandíbula superior cuatro 
premolares y sólo dos molares, míen tras que el Thylacinus 
tiene tres premolares y cuatro molares; los molares en ambos 
animales difieren también mucho en tamaño y conformación: 
la dentadura del adulto está precedida de una dentadura de 
leche muy diferente. Todo el mundo puede naturalmente 
negar que los dientes en ambos casos han sido adaptados a 
desgarrar carne mediante la selección natural de variaciones 
sucesivas; pero, si esto se admite en un caso, es para mí 
incomprensible que haya de negarse en otro. Celebro ver que 
una autoridad tan alta como el profesor Flower ha llegado a la 
misma conclusión. 

Los casos extraordinarios, citados en un capítulo 
precedente, de peces muy diferentes que poseen órganos 
eléctricos, de insectos muy diferentes que poseen órganos 
luminosos, y de orquídeas y asclepiadáceas que tienen masas 
de polen con discos viscosos, entran en este grupo de 
semejanzas analógicas; aunque estos casos son tan 
portentosos que fueron presentados como dificultades u 
objeciones a nuestra teoría. En todos ellos puede descubrirse 
alguna diferencia fundamental en el crecimiento o desarrollo 
de las partes y, generalmente, en su estructura adulta. El fin 
conseguido es el mismo; pero los medios, aunque 
superficialmente parecen ser los mismos, son esencialmente 
diferentes. El principio a que antes se aludió con la 
denominación de variación analógica entra probablemente 
con frecuencia en juego en estos casos; esto es, los miembros 
de una misma clase, aunque sólo con parentesco lejano, han 
heredado tanto de común en su constitución, que son aptos 
para variar de un modo semejante por causas semejantes de 
excitación, y esto evidentemente tendría que contribuir a la 


607 



adquisición, mediante selección natural, de partes u órganos 
notablemente parecidos entre sí, independientemente de su 
herencia directa de un antepasado común. 

Como las especies que pertenecen a clases distintas se han 
adaptado muchas veces mediante pequeñas modificaciones 
sucesivas al vivir casi en las mismas,circunstancias —por 
ejemplo, a habitar los tres, elementos: tierra, aire, agua—, 
podemos quizá comprender por qué se ha observado a veces 
un paralelismo numérico entre los subgrupos de distintas 
clases. Un naturalista impresionado por un paralelismo de 
esta clase, elevando o rebajando arbitrariamente el valor de 
los grupos en las diferentes clases —y toda nuestra 
experiencia demuestra que su valor hasta ahora es arbitrarlo 
—, podría fácilmente extender mucho el paralelismo, y de este 
modo se han originado probablemente las clasificaciones 
septenarias, quinarias, cuaternarias y ternarias. 

Existe otra curiosa clase de casos en los que la gran 
semejanza externa no depende de adaptación a costumbres 
semejantes, sino que se ha conseguido por razón de 
protección. Me refiero al modo maravilloso con que ciertas 
mariposas imitan, según míster Bates describió por vez 
primera, a otras especies completamente distintas. Este 
excelente observador ha demostrado que en algunas regiones 
de América del Sur, donde, por ejemplo, una Ithomia abunda 
en brillantes enjambres, otra mariposa, una Leptalis, se 
encuentra con frecuencia mezclada en la misma bandada, y 
esta última se parece tanto a la Ithomia en cada raya y matiz 
decolor, y hasta en la forma de sus alas, que míster Bates, con 
su vista aguzada por la recolección durante once años, se 
engañaba de continuo, a pesar de estar siempre alerta. 
Cuando se coge y se compara a los imitadores y los imitados, 
se encuentra que son muy diferentes en su conformación 
esencial y que pertenecen, no sólo a géneros distintos, sino 


608 



con frecuencia a distintas familias. Si este mimetismo 
ocurriese sólo en uno o dos casos, podría haber sido pasado 
por alto como una coincidencia extraña. Pero si salimos de 
una región donde una Leptalis imita a una Ithomia, podemos 
encontrar otras especies imitadoras e imitadas, pertenecientes 
a los dos mismos géneros, cuya semejanza es igualmente 
estrecha. En conjunto se han enumerado nada menos que 
diez géneros que comprenden especies que imitan a otras 
mariposas. Los imitadores y los imitados viven siempre en la 
misma región: nunca encontramos un imitador que viva lejos 
de la forma que imita. Los imitadores son casi siempre 
insectos raros; los imitados, en casi todos los casos, abundan 
hasta formar enjambres. En el mismo distrito enque una 
especie de Leptalis imita estrechamente a una Ithomia, hay a 
veces otros lepidópteros que remedan la misma Ithomia; de 
manera que en el mismo lugar se encuentran tres géneros de 
mariposas ropalóceras y hasta una heterócera, que se 
asemejan todas mucho a una mariposa ropalócera 
perteneciente a cuarto género. Merece especial mención el 
que se puede demostrar, mediante una serie gradual, que 
algunas de las formas miméticas de Leptalis, lo mismo que 
algunas de las formas imitadas, son simplemente variedades 
de la misma especie, mientras que otras son indudablemente 
especies distintas. Pero puede preguntarse: ¿por qué ciertas 
formas son consideradas como imitadoras y otras como 
imitadas? Míster Bates contesta satisfactoriamente a esta 
pregunta haciendo ver que la forma que es imitada conserva 
la vestimenta usual del grupo a que pertenece; mientras que 
las falsas han cambiado de vestimenta y no se parecen a sus 
parientes más próximos. 

Esto nos lleva en seguida a investigar qué razón puede 
señalarse para que ciertas mariposas tomen con tanta 
frecuencia el aspecto de otra forma completamente distinta; 


609 



por qué la naturaleza, con gran asombro de los naturalistas, 
ha consentido en engaños de teatro. Míster Bates, 
indudablemente, ha dado con la verdadera explicación. Las 
formas imitadas, que siempre abundan mucho, tienen que 
escapar habitualmente en gran medida a la destrucción, pues 
de otro modo no podrían existir formandotales enjambres, y 
actualmente se ha recogido un gran cúmulo de pruebas que 
demuestran que son desagradables a las aves y otros animales 
insectívoros. Las formas imitadoras que viven en la misma 
región son, por el contrario, relativamente escasas y 
pertenecen a grupos raros; por consiguiente, han de sufrir 
habitualmente alguna causa de destrucción; pues de otra 
manera, dado el número de huevos que ponen todas las 
mariposas, al cabo de tres o cuatro generaciones volarían en 
enjambres por toda la comarca. Ahora bien, si un individuo 
de uno de estos grupos raros y perseguidos tomase una 
vestimenta tan parecida a la de una especie bien protegida, 
que continuamente engañase la vista experimentada de un 
entomólogo, engañarla muchas veces a insectos y aves 
insectívoras, y de este modo se librarla muchas veces de la 
destrucción. Casi puede decirse que míster Bates ha sido 
testigo del proceso mediante el cual los imitadores han 
llegado a parecerse tanto a los imitados, pues encontró que 
algunas de las formas de Leptalis que imitan a tantas otras 
mariposas varían en sumo grado. En una región se 
presentaban diferentes variedades, y de éstas, una sola se 
parecía hasta cierto punto a la Ithomia común de la misma 
región. En otra región había dos o tres variedades, una de las 
cuales era mucho más común que las otras, y ésta imitaba 
mucho a otra forma de Ithomia. Partiendo de hechos de esta 
naturaleza, míster Bates llega a la conclusión de que los 
Leptalis primero varían, y cuando ocurre que una variedad se 
parece en algún grado a cualquier mariposa común que vive 


610 



en la misma región, esta variedad, por su semejanza con una 
especie floreciente y poco perseguida, tiene más 
probabilidades de salvarse de ser destruida por los insectos y 
aves insectívoros y, por consiguiente, se conserva con más 
frecuencia «por ser eliminados, generación tras generación, 
los grados menos perfectos de parecido y quedar sólo los 
otros para propagar la especie»; de manera que tenemos aquí 
un excelente ejemplo de selección natural. 

Míster Wallace y míster Trimen han descrito también 
varios casos igualmente notables de imitación en los 
lepidópteros del Archipiélago Malayo y de África, y en 
algunos otros insectos. Míster Wallace ha descubierto 
también un caso análogo en las aves; pero no tenemos 
ninguno en los mamíferos grandes. El ser mucho más 
frecuente la imitación en los insectos que en otros animales es 
probablemente una consecuencia de su pequeño tamaño: los 
insectos no pueden defenderse, excepto, evidentemente, las 
especies provistas de aguijón, y nunca he oído de ningún caso 
de insectos de estas especies que imiten a otros, aun cuando 
ellas son imitadas; los insectos no pueden fácilmente escapar 
volando de los animales mayores que los apresan, y por esto, 
hablando metafóricamente, están reducidos, como la mayor 
parte de los seres débiles, al engaño y disimulo. 

Hay que observar que el proceso de imitación 
probablemente nunca empieza entre formas de color muy 
diferentes, sino que, iniciándose en especies ya algo parecidas, 
fácilmente se puede conseguir, por los medios antes 
indicados, la semejanza más estrecha, si es beneficiosa; y si la 
forma imitada se modificó después gradualmente por alguna 
causa, la forma imitadora sería llevada por el mismo camino y 
modificada de este modo casi indefinidamente; de manera 
que pudo con facilidad adquirir un aspecto o colorido por 
completo diferente del de los otros miembros de la familia a 


611 



que pertenece. Sobre este punto existe, sin embargo, cierta 
dificultad, pues es necesario suponer que, en algunos casos, 
formas antiguas pertenecientes a varios grupos distintos, 
antes de haber divergido hasta su estado actual, se parecían 
accidentalmente a una forma de otro grupo protegido, en 
grado suficiente para que les proporcionase alguna ligera 
protección, habiendo dado esto base para adquirir después la 
más perfecta semejanza. 

Naturaleza de las afinidades que unen los seres orgánicos .— 
Como los descendientes modificados de las especies 
dominantes que pertenecen a los géneros mayores tienden a 
heredar las ventajas que hicieron grandes a los grupos a que 
ellas pertenecen y que hicieron predominantes a sus 
antepasados, es casi seguro que se extenderán mucho y que 
ocuparán cada vez más puestos en la economía de la 
naturaleza. Los grupos mayores y predominantes dentro de 
cada clase tienden de este modo a continuar aumentando la 
extensión y, en consecuencia, suplantan a muchos grupos 
más pequeños y más débiles. Así podemos explicar el hecho 
de que todos los organismos vivientes y extinguidos están 
comprendidos en un corto número de grandes órdenes y en 
un número menor de clases. Como demostración de lo 
pequeño que es el número de grupos y de lo muy extendidos 
que están por todo el mundo, es notable el hecho de que el 
descubrimiento de Australia no ha añadido un solo insecto 
que pertenezca a una nueva clase, y en el reino vegetal, según 
veo por el doctor Hooker, ha añadido sólo dos o tres familias 
de poca extensión. En el capítulo sobre la Sucesión Geológica 
procuré explicar, según la teoría de que en cada grupo ha 
habido mucha divergencia de caracteres durante el largo 
proceso de modificación, por qué las formas orgánicas más 
antiguas presentan con frecuencia caracteres en algún modo 
intermedios entre los de grupos vivientes. Como un corto 


612 



número de las formas antiguas e intermedias han transmitido 
hasta la actualidad descendientes muy poco modificados, 
éstos constituyen las llamadas especies aberrantes u 
osculantes^^^\ Cuanto más aberrante es una forma, tanto 
mayor tiene que ser el número de formas de enlace 
exterminadas y completamente perdidas. Y tenemos pruebas 
de que los grupos aberrantes han sufrido rigurosas 
extinciones, pues están representados casi siempre por 
poquísimas especies y éstas generalmente difieren mucho 
entre sí: lo que también implica extinciones. Los géneros 
Ornithorhynchus y Lepidosiren, por ejemplo, no habrían sido 
menos aberrantes si cada uno hubiese estado representado 
por una docena de especies en lugar de estarlo, como 
actualmente ocurre, por una sola, o por dos o tres. Podemos, 
creo yo, explicar solamente este hecho considerando los 
grupos aberrantes como formas que han sido vencidas por 
competidores más afortunados, quedando un corto número 
de representantes que se conservan todavía en condiciones 
extraordinariamente favorables. 

Míster Waterhouse ha hecho observar que cuando una 
forma que pertenece a un grupo de animales muestra afinidad 
con un grupo completamente distinto, esta afinidad, en la 
mayor parte de los casos, es general y no especial; así, según 
míster Waterhouse, de todos los roedores, la vizcacha es la 
más relacionada con los marsupiales; pero en los puntos en 
que se aproxima a este orden, sus relaciones son generales, 
esto es, no son mayores con una especie de marsupial que con 
otra. Como se cree que estos puntos de afinidad son reales y 
no meramente adaptativos, tienen que deberse, de acuerdo 
con nuestra teoría, a herencia de un antepasado común. Por 
esto tendríamos que suponer: o bien que todos los roedores, 
incluso la vizcacha, han descendido de algún antiguo 
marsupial que naturalmente habrá sido por sus caracteres 


613 


más o menos intermedio con relación a todos los marsupiales 
vivientes; o bien que, tanto los roedores como los 
marsupiales, son ramificaciones de un antepasado común, y 
que ambos grupos han experimentado después mucha 
modificación en direcciones divergentes. Según ambas 
hipótesis, tendríamos que suponer que la vizcacha ha 
conservado por herencia más caracteres de su remoto 
antepasado que los otros roedores, y que por esto no estará 
relacionada especialmente con ningún marsupial viviente, 
sino indirectamente con todos o casi todos los marsupiales, 
por haber conservado en parte los caracteres de su común 
progenitor o de algún miembro antiguo del grupo. Por otra 
parte, de todos los marsupiales, según ha hecho observar 
míster Waterhouse, el Phascolomys es el que se parece más, 
no a una especie determinada, sino al orden de los roedores 
en general. En este caso, sin embargo, hay grave sospecha de 
que la semejanza es sólo analógica, debido a que el 
Phascolomys se ha adaptado a costumbres como las de los 
roedores. Aug. Pyr. de Candolle ha hecho casi las mismas 
observaciones acerca de las afinidades de distintas familias de 
plantas. 

Según el principio de la multiplicación y divergencia 
gradual de los caracteres de las especies que descienden de un 
antepasado común, unido a la conservación por herencia de 
algunos caracteres comunes, podemos comprender las 
afinidades tan sumamente complejas y divergentes que 
enlazan todos los miembros de una misma familia o grupo 
superior; pues el antepasado común de toda una familia, 
dividida ahora por extinciones en grupos y subgrupos 
distintos, habrá transmitido algunos de sus caracteres 
modificados, en diferentes maneras y grados, a todas las 
especies, que estarán, por consiguiente, relacionadas entre sí 
por líneas de afinidad tortuosas, de distintas longitudes, que 


614 



se remontan a muchos antepasados, como puede verse en el 
cuadro a que tantas veces se ha hecho referencia. Del mismo 
modo que es difícil hacer ver el parentesco de consanguinidad 
entre la numerosa descendencia de cualquier familia noble y 
antigua, aun con ayuda de un árbol genealógico, y que es 
imposible hacerlo sin este auxilio, podemos comprender la 
extraordinaria dificultad que han experimentado los 
naturalistas al describir, sin el auxilio de un diagrama, las 
diversas afinidades que observan entre los numerosos 
miembros vivientes y extinguidos de una misma gran clase. 

La extinción, como hemos visto en el capítulo cuarto, ha 
representado un papel importante en agrandar y definir los 
intervalos entre los diferentes grupos de cada clase. De este 
modo podemos explicar la marcada distinción de clases 
enteras —por ejemplo, entre las aves y todos los otros 
animales vertebrados— por la suposición de que se han 
perdido por completo muchas formas orgánicas antiguas, 
mediante las cuales los primitivos antepasados estuvieron en 
otro tiempo unidos con los primitivos antepasados de las 
otras clases de vertebrados entonces menos diferenciadas. Ha 
habido mucha menos extinción en las formas orgánicas que 
enlazaron en otro tiempo los peces con los batracios. Aun ha 
habido menos dentro de algunas clases enteras, por ejemplo, 
los crustáceos; pues en ellos las formas más portentosamente 
distintas están todavía enlazadas por una larga cadena de 
afinidades sólo en algunos puntos interrumpida. La extinción 
tan sólo ha definido los grupos: en modo alguno los ha hecho; 
pues si reapareciesen de pronto todas las formas que en 
cualquier tiempo han vivido sobre la Tierra, aunque sería 
completamente imposible dar definiciones por las que cada 
grupo pudiese ser distinguido, todavía sería posible una 
clasificación natural o, por lo menos, una ordenación natural. 
Veremos esto volviendo al cuadro: las letras A a L pueden 


615 



representar once géneros silúricos, algunos de los cuales han 
producido grandes grupos de descendientes modificados con 
todas las formas de unión para cada rama y sub-rama que 
vive todavía, y los eslabones de unión no son mayores que los 
que existen entre variedades vivientes. En este caso sería por 
completo imposible dar definiciones por las que los diferentes 
miembros de los diversos grupos pudiesen ser distinguidos de 
sus ascendientes y descendientes más próximos. Sin embargo, 
la disposición del cuadro, a pesar de esto,subsistiría y sería 
natural; pues, según el principio de la herencia, todas las 
formas descendientes, por ejemplo, de A tendrían algo de 
común. En un árbol podemos distinguir esta o aquella rama, 
aun cuando en la misma horquilla las dos se unen y 
confunden. No podríamos, como he dicho, definir los 
diversos grupos; pero podríamos elegir tipos o formas que 
representasen la mayor parte de los caracteres de cada grupo, 
grande o pequeño, y dar así una idea general del valor de las 
diferencias entre ellos. Esto es a lo que nos veríamos 
obligados, si pudiésemos conseguir alguna vez recoger todas 
las formas de alguna clase que han vivido en todo tiempo y 
lugar. Seguramente jamás conseguiremos hacer una colección 
tan perfecta; sin embargo, en ciertas clases tendemos a este 
fin, y Milne Edwards ha insistido recientemente, en un 
excelente trabajo, sobre la gran importancia de fijar la 
atención en los tipos, podamos o no separar y definir los 
grupos a que estos tipos pertenecen. 

Einalmente, hemos visto que la selección natural que 
resulta de la lucha por la existencia, y que casi 
inevitablemente conduce a la extinción y a la divergencia de 
caracteres en los descendientes de cualquier especie madre, 
explica el gran rasgo característico general de las afinidades de 
todos los seres orgánicos, o sea la subordinación de unos 
grupos a otros. Utilizamos el principio genealógico o de 


616 



descendencia al clasificar en una sola especie los individuos 
de los dos sexos y los de todas las edades, aun cuando pueden 
tener muy pocos caracteres comunes; usamos la genealogía al 
clasificar variedades reconocidas, por muy diferentes que sean 
de sus especies madres, y yo creo que este principio 
genealógico o de descendencia es el oculto lazo de unión que 
los naturalistas han buscado con el nombre de sistema 
natural. Con esta idea de que el sistema natural —en la 
medida en que ha sido realizado— es genealógico por su 
disposición, expresando los grados de diferencia por los 
términos géneros, familias, órdenes, etc., podemos 
comprender las reglas que nos hemos visto obligados a seguir 
en nuestra clasificación. Podemos comprender por qué 
damos a ciertas semejanzas mucho más valor que a otras; por 
qué utilizamos los órganos rudimentarios e inútiles, u otros 
de importancia fisiológica insignificante; por qué al averiguar 
las relaciones entre un grupo y otro rechazamos 
inmediatamente los caracteres analógicos o de adaptación, y, 
sin embargo, utilizamos estos mismos caracteres dentro de los 
límites de un mismo grupo. Podemos ver claramente por qué 
es que todas las formas vivientes y extinguidas pueden 
agruparse en un corto número de grandes clases y por qué los 
diferentes miembros de cada clase están relacionados 
mutuamente por líneas de afinidad complicadas y 
divergentes. Probablemente, jamás desenredaremos el 
inextricable tejido de las afinidades que existen entre los 
miembros de una clase cualquiera; pero, teniendo a la vista un 
problema determinado, y no buscando un plan desconocido 
de creación, podemos esperar realizar progresos lentos, pero 
seguros. 

El profesor Háckel, en su Generelle Morphologie y en otras 
obras, ha empleado su gran conocimiento y capacidad en lo 
que él VídiVadi filogenia, o sea las líneas genealógicas de todos 


617 



los seres orgánicos. Al formar las diferentes series cuenta 
principalmente con los caracteres embriológicos; pero se 
ayuda con los datos que proporcionan los órganos homólogos 
y rudimentarios, y también los sucesivos períodos en que se 
cree que han aparecido por vez primera en nuestras 
formaciones geológicas las diferentes formas orgánicas. De 
este modo ha empezado audazmente una gran labor y nos 
muestra cómo la clasificación será tratada en el porvenir. 

Morfología. 

Hemos visto que los miembros de una misma clase, 
independientemente de sus costumbres, se parecen en el plan 
general de su organización. Esta semejanza se expresa 
frecuentemente por el término unidad de tipo o diciendo que 
las diversas partes y órganos son homólogos en las distintas 
especies de la clase. Todo el asunto se comprende con 
denominación general de Morfología. Es ésta una de las partes 
más interesantes de la Historia Natural, y casi puede decirse 
que es su verdadera esencia. ¿Qué puede haber más curioso 
que el que la mano del hombre, hecha para coger; la del topo, 
hecha para minar; la pata del caballo, la aleta de la marsopa y 
el ala de un murciélago, estén todas construidas según el 
mismo patrón y encierren huesos semejantes en las mismas 
posiciones relativas? ¡Qué curioso es —para dar un ejemplo 
menos importante, aunque llamativo— que las patas 
posteriores del canguro, tan bien adaptadas para saltar en 
llanuras despejadas; las del coala^”', trepador que se alimenta 
de hojas, igualmente bien adaptado para agarrarse a las ramas 
de los árboles; las de los bandicuts^^^^, que viven bajo tierra y 
se alimentan de insectos o raíces, y las de algunos otros 
marsupiales australianos, estén constituidas todas según el 
mismo tipo extraordinario, o sea con los huesos del segundo y 
tercer dedos sumamente delgados y envueltos por una misma 


618 


piel, de manera que parecen como un solo dedo, provisto de 
dos uñas! A pesar de esta semejanza de modelo, es evidente 
que las patas posteriores de estos varios animales son usadas 
para fines tan diferentes como pueda imaginarse. Hacen que 
sea notabilisimo el caso las zarigüellas de América, que, 
teniendo casi las mismas costumbres que muchos de sus 
parientes australianos, tienen los pies construidos según el 
plan ordinario. El profesor Flower, de quien están tomados 
estos datos, hace observar en conclusión: «Podemos llamar 
esto conformidad con el tipo, sin acercarnos mucho a una 
explicación del fenómeno», y luego añade: «pero ¿no sugiere 
poderosamente la idea de verdadero parentesco, de herencia 
de un antepasado común?». 

Geoffroy St. Hilaire ha insistido mucho sobre la gran 
importancia de la posición relativa o conexión en las partes 
homólogas: pueden éstas diferir casi ilimitadamente en forma 
y tamaño, y, sin embargo, permanecen unidas entre sí en el 
mismo orden invariable, jamás encontramos traspuestos, por 
ejemplo, los huesos del brazo y antebrazo, del muslo y pierna; 
de aquí que pueden darse los mismos nombres a huesos 
homólogos en animales muy diferentes. Vemos esta misma 
gran ley en la construcción de los órganos bucales de los 
insectos: ¿qué puede haber más diferente que la 
proboscis^^^' espiral, inmensamente larga, de un esfíngido; la 
de una abeja o de una chinche, curiosamente plegada, y los 
grandes órganos masticadores de un coleóptero? Sin 
embargo, todos estos órganos, que sirven para fines 
sumamente diferentes, están formados por modificaciones 
infinitamente numerosas de un labio superior, mandíbulas y 
dos pares de maxilas. La misma ley rige la construcción de los 
órganos bueales y patas de los crustáceos. Lo mismo ocurre 
en las flores de las plantas. Nada puede haber más inútil que 
intentar explicar esta semejanza de tipo en miembros de la 


619 


misma clase por la utilidad o por la doctrina de las causas 
finales. La inutilidad de intentar esto ha sido expresamente 
reconocida por Owen en su interesantísima obra sobre la 
Nature of Limbs. Según la teoría ordinaria de la creación 
independiente de cada ser, podemos decir solamente que esto 
es así; que ha placido al Creador construir todos los animales 
y plantas, en cada una de las grandes clases, según un plan 
uniforme; pero esto no es una explicación científica. 

La explicación es bastante sencilla, dentro de la teoría de la 
selección de ligeras variaciones sucesivas, por ser cada 
modificación provechosa en algún modo a la forma 
modificada; pero que afectan a veces, por correlación, a otras 
partes del organismo. En cambios de esta naturaleza habrá 
poca o ninguna tendencia a la variación de los planes 
primitivos o a trasposición de las partes. Los huesos de un 
miembro pudieron acortarse y aplastarse en cualquier 
medida, y ser envueltos al mismo tiempo por una membrana 
gruesa para servir como una aleta; o en una membrana 
palmeada pudieron todos o algunos huesos alargarse hasta 
cualquier dimensión, creciendo la membrana que los une de 
manera que sirviese de ala; y, sin embargo, todas estas 
modificaciones no tenderían a alterar el armazón de huesos o 
la conexión relativa de las partes. Si suponemos que un 
remoto antepasado —el arquetipo, como puede llamársele— 
de todos los mamíferos, aves y reptiles tuvo sus miembros 
construidos según el plan actual, cualquiera que fuese el fin 
para que sirviesen, podemos desde luego comprender toda la 
significación de la construcción homóloga de los miembros 
en toda la clase. Lo mismo ocurre en los órganos bucales de 
los insectos; nos basta sólo suponer que su antepasado común 
tuvo un labio superior, mandíbulas y dos pares de maxilas, 
siendo estas partes quizá de forma sencillísima, y luego la 
selección natural explicará la infinita diversidad en la 


620 



estructura y funciones de los aparatos bucales de los insectos. 
Sin embargo, es concebible que el plan general de un órgano 
pueda obscurecerse tanto que finalmente se pierda, por la 
reducción y, últimamente, por el aborto completo de ciertas 
partes, por la fusión de otras y por la duplicación o 
multiplicación de otras; variaciones éstas que sabemos que 
están dentro de los límites de lo posible. En las aletas de los 
gigantescos reptiles marinos extinguidos y en las bocas de 
ciertos crustáceos chupadores, el plan general parece haber 
quedado de este modo en parte obscurecido. 

Hay otro aspecto igualmente curioso de este asunto: las 
homologías de serie, o seala comparación de las diferentes 
partes u órganos en un mismo individuo, y no de las mismas 
partes u órganos en diferentes seres de la misma clase. La 
mayor parte de los fisiólogos cree que los huesos del cráneo 
son homólogos —esto es, que corresponden en número y en 
conexión relativa— con las partes fundamentales de un cierto 
número de vértebras. Los miembros anteriores y posteriores 
en todas las clases superiores de vertebrados son claramente 
homólogos. Lo mismo ocurre con los apéndices bucales, 
asombrosamente complicados, y las patas de los crustáceos. 
Es conocido de casi todo el mundo que, en una flor, la 
posición relativa de los sépalos, pétalos, estambres y pistilos, 
lo mismo que su estructura intima, se explican dentro de la 
teoría de que consisten en hojas metamorfoseadas, dispuestas 
en espiral. En las plantas monstruosas, muchas veces 
adquirimos pruebas evidentes de la posibilidad de que un 
órgano se transforme en otro, y podemos ver realmente, 
durante los estados tempranos o embrionarios de desarrollo 
de las flores, lo mismo que en crustáceos y en otros muchos 
animales, que órganos que cuando llegan a su estado 
definitivo son sumamente diferentes, son al principio 
exactamente iguales. 


621 



¡Qué inexplicables son estos casos de homologías de serie 
dentro de la teoría ordinaria de la creación! ¿Por qué ha de 
estar el cerebro encerrado en una caja compuesta de piezas 
óseas tan numerosas y de formas tan sumamente diferentes 
que parecen representar vértebras? Como Owen ha hecho 
observar, la ventaja que resulta de que las piezas separadas 
cedan en el acto del parto en los mamíferos no explica en 
modo alguno la misma construcción en los cráneos de las 
aves y reptiles. ¿Por qué habrían sido creados huesos 
semejantes para formar el ala y la pata de un murciélago, 
utilizados como lo son para fines completamente diferentes, a 
saber: volar y andar? ¿Por qué un crustáceo, que tiene un 
aparato bucal sumamente complicado, formado de muchas 
partes, ha de tener siempre, en consecuencia, menos patas, o, 
al revés, los que tienen muchas patas han de tener aparatos 
bucales más simples? ¿Por qué en todas las flores los sépalos, 
pétalos, estambres y pistilos, aunque adecuados a tan distintos 
fines, han de estar construidos según el mismo modelo? 

Según la teoría de la selección natural, podemos, hasta 
cierto punto, contestar a estas preguntas. No necesitamos 
considerar aquí cómo llegaron los cuerpos de algunos 
animales a dividirse en series de segmentos o cómo se 
dividieron en lados derecho e izquierdo con órganos que se 
corresponden, pues tales cuestiones están casi fuera del 
alcance de la investigación. Es, sin embargo, probable que 
algunas conformaciones seriadas sean el resultado de 
multiplicarse las células por división, que ocasione la 
multiplicación de las partes que provienen de estas células. 
Bastará para nuestro objeto tener presente que la repetición 
indefinida de la misma parte u órgano es, como Owen ha 
hecho observar, la característica común de todas las formas 
inferiores o poco especializadas, y, por lo tanto, el 
desconocido antepasado de los vertebrados tuvo 


622 



probablemente muchas vértebras; el desconocido antepasado 
de los articulados, muchos segmentos, y el desconocido 
antepasado de las plantas fanerógamas, muchas hojas 
dispuestas en una o más espirales. También hemos visto 
anteriormente que las partes que se repiten muchas veces 
están sumamente sujetas a variar, no sólo en número, sino 
también en forma. En consecuencia, estas partes, existiendo 
ya en número considerable y siendo sumamente variables, 
proporcionarían naturalmente los materiales para la 
adaptación a los más diferentes fines, y, sin embargo, tendrían 
que conservar, en general, por la fuerza de la herencia, rasgos 
claros de su semejanza primitiva o fundamental. Habrían de 
conservar estas semejanzas tanto más cuanto, que las 
variaciones que proporcionasen la base para su modificación 
ulterior por selección natural tenderían desde el principio a 
ser semejantes, por ser dos partes iguales en un estado 
temprano de desarrollo y por estar sometidas casi a las 
mismas condiciones. Estas partes, más o menos modificadas, 
serían homólogas en serie, a menos que su origen común 
llegase a borrarse por completo. 

En la gran clase de los moluscos, aun cuando puede 
demostrarse que son homólogas las partes en distintas 
especies, sólo puede indicarse un corto número de 
homologías en serie, tales como las valvas, de los Chitan; esto 
es, raras veces podemos decir que una parte es homóloga de 
otra en el mismo individuo. Y podemos explicarnos este 
hecho; pues en los moluscos, aun en los miembros más 
inferiores de la clase, no encontramos ni con mucho la 
indefinida repetición de una parte dada, que encontramos en 
las otras grandes clases de los reinos animal y vegetal. 

Pero la Morfología es un asunto mucho más complejo de lo 
que a primera vista parece, como recientemente ha 
demostrado muy bien, en una notable memoria, míster E. Ray 


623 



Lankester, quien ha establecido una importante distinción 
entre ciertas clases de casos considerados todos igualmente 
como homólogos por los naturalistas. Propone llamar 
homogéneas las conformaciones que se asemejan entre sí en 
animales distintos, debido a su descendencia de un 
antepasado común, con modificaciones subsiguientes, y 
propone llamar homoplásticas las semejanzas que no pueden 
explicarse de este modo. Por ejemplo: míster Lankester cree 
que los corazones de las aves y mamíferos son homogéneos 
en conjunto, esto es, que han descendido de un antepasado 
común; pero que las cuatro cavidades del corazón en las dos 
clases son homoplásticas, esto es, se han desarrollado 
independientemente. Míster Lankester aduce también la 
estrecha semejanza que existe entre las partes derecha e 
izquierda del pecho, y entre los segmentos sucesivos de un 
mismo individuo animal, y en este caso tenemos partes, 
comúnmente llamadas homólogas, que no tienen relación 
alguna con el descender especies distintas de un antepasado 
común. Las conformaciones homoplásticas son las mismas 
que las que he clasificado, aunque de un modo muy 
imperfecto, como modificaciones analógicas o semejanzas. Su 
formación ha de atribuirse, en parte, a que organismos 
distintos o partes distintas del mismo organismo han variado 
de un modo análogo y, en parte, a que para el mismo fin 
general o función se han conservado modificaciones 
semejantes; de lo cual podrían citarse muchos casos. 

Los naturalistas hablan con frecuencia del cráneo como 
formado de vértebras metamorfoseadas, de los apéndices 
bucales de los crustáceos como de patas metamorfoseadas, de 
los estambres y pistilos de las flores como de hojas 
metamorfoseadas; pero en la mayor parte de los casos sería 
más correcto, como ha hecho observar el profesor Huxley, 
hablar del cráneo y de las vértebras, de los apéndices bucales y 


624 



de las patas como habiendo provenido por metamorfosis, no 
unos órganos de otros, tal como hoy existen, sino de algún 
elemento común y más sencillo. La mayor parte de los 
naturalistas, sin embargo, emplea este lenguaje sólo en 
sentido metafórico; están lejos de pensar que, durante un 
largo transcurso de generaciones, órganos primordiales de 
una clase cualquiera —vértebras en un caso y patas en otro— 
se han convertido realmente en cráneos y apéndices bucales; 
pero es tan patente que esto ha ocurrido, que los naturalistas 
difícilmente pueden evitar el empleo de expresiones que 
tengan esta clara significación. Según las opiniones que aquí 
se defienden, estas expresiones pueden emplearse 
literalmente, y en parte queda explicado el hecho portentoso 
de que los apéndices bucales, por ejemplo, de un cangrejo 
conserven numerosos caracteres que probablemente se 
habrían conservado por herencia si se hubiesen realmente 
originado por metamorfosis de patas verdaderas, aunque 
sumamente sencillas. 

Desarrollo y embriología. 

Es éste uno de los asuntos más importantes de toda la 
Historia Natural. Las metamorfosis de los insectos, con las 
que todos estamos familiarizados, se efectúan en general 
bruscamente, mediante un corto número de fases; si bien en 
realidad las transformaciones son numerosas y graduales, 
aunque ocultas. Cierta efémera (Chlóeon) durante su 
desarrollo, muda, como ha demostrado sir J. Lubbock, unas 
veinte veces, y cada vez experimenta algo de cambio; en este 
caso, vemos el acto de la metamorfosis realizado de un modo 
primitivo y gradual. Muchos insectos, y especialmente 
algunos crustáceos, nos muestran qué portentosos cambios de 
estructura pueden efectuarse durante el desarrollo. Estos 
cambios, sin embargo, alcanzan su apogeo en las llamadas 
generaciones alternantes de algunos de los animales 


625 



inferiores. Es, por ejemplo, un hecho asombroso que un 
delicado coraf ramificado, tachonado de pólipos y adherido 
a una roca submarina, produzca primero por gemación y 
luego por división transversal una legión de espléndidas 
medusas flotantes, y que éstas produzcan huevos de los cuales 
salen animalillos nadadores que se adhieren a las rocas y, 
desarrollándose, se convierten en corales ramificados, y así 
sucesivamente en un cielo sin fin. La creencia en la identidad 
esencial de los procesos de generación alternante y de 
metamorfosis ordinaria se ha robustecido mucho por el 
descubrimiento, hecho por Wagner, de una larva o gusano de 
un díptero, la Cecidomyia, que produce asexualmente otras 
larvas, y éstas, otras, que finalmente se desarrollan 
convirtiéndose en machos y hembras adultos que propagan 
su especie por huevos del modo ordinario. 

Conviene advertir que cuando se anunció por vez primera 
el notable descubrimiento de Wagner me preguntaron cómo 
era posible explicar el que la larva de este díptero hubiera 
adquirido la facultad de reproducirse asexualmente. Mientras 
que el caso fue único, no podía darse respuesta alguna. Pero 
Grimm ha demostrado ya que otro díptero, un Chironomus, 
se reproduce casi de la misma manera, y cree que esto ocurre 
frecuentemente en el orden. Es la pupa, y no la larva, del 
Chironomus la que tiene esta facultad, y Grimm señala 
además que este caso, hasta cierto punto, «une el de la 
Cecidomyia con la partenogénesis de los cóccidos»; pues la 
palabra partenogénesis implica que las hembras adultas de los 
cóccidos son capaces de producir huevos fecundos sin el 
concurso del macho. De ciertos animales pertenecientes a 
diferentes clases se sabe que tienen la facultad de reproducirse 
del modo ordinario a una edad extraordinariamente 
temprana, y no tenemos mas que adelantar la reproducción 
partenogenésica por pasos graduales hasta una edad cada vez 


626 


más temprana —el Chironomus nos muestra un estado casi 
exactamente intermedio, el de pupa— y podemos quizá 
explicar el caso maravilloso de la Cecidomyia. 

Ha quedado establecido ya que diversas partes del mismo 
individuo que son exactamente iguales durante un período 
embrionario temprano se vuelven muy diferentes y sirven 
para usos muy distintos en estado adulto. También se ha 
demostrado que generalmente los embriones de las especies 
más diferentes de la misma clase son muy semejantes; pero se 
vuelven muy diferentes al desarrollarse por completo. 

No puede darse mejor prueba de este último hecho que la 
afirmación de Von Baer que «los embriones de mamíferos, 
aves, saurios y ofidios, y probablemente de quelonios, son 
sumamente parecidos en sus estados más tempranos, tanto en 
conjunto como en el modo de desarrollo de sus partes; de 
modo que, de hecho, muchas veces sólo por el tamaño 
podemos distinguir los embriones. Tengo en mi poder dos 
embriones en alcohol, cuyos nombres he dejado de anotar, y 
ahora me es imposible decir a qué clase pertenecen. Pueden 
ser saurios o aves pequeñas, o mamíferos muy jóvenes: tan 
completa es la semejanza en el modo de formación de la 
cabeza y tronco de estos animales. Las extremidades faltan 
todavía en estos embriones; pero aunque hubiesen existido en 
el primer estado de su desarrollo, no nos habrían enseñado 
nada, pues los pies de los saurios y mamíferos, las alas y los 
pies de las aves, lo mismo que las manos y los pies del 
hombre, provienen de la misma forma fundamental». Las 
larvas de la mayor parte de los crustáceos, en estado 
correspondiente de desarrollo, se parecen mucho entre sí, por 
muy diferentes que sean los adultos, y lo mismo ocurre con 
muchísimos otros animales. Algún vestigio de la ley de 
semejanza embrionaria perdura a veces hasta una edad 
bastante adelantada; así, aves del mismo género o de géneros 


627 



próximos muchas veces se asemejan entre sí por su plumaje 
de jóvenes, como vemos en las plumas manchadas de los 
jóvenes del grupo de los tordos. En el grupo de los félidos, la 
mayor parte de las especies tienen en los adultos rayas o 
manchas formando líneas, y pueden distinguirse claramente 
rayas o manchas en los cachorros del león y del puma. Vernos 
algunas veces, aunque raras, algo de esto en las plantas: así, las 
primeras hojas del Ulex o tojo, y las primeras hojas de las 
acacias que tienen filodios^^^', son pinnadas o divididas como 
las hojas ordinarias de las leguminosas. 

Los puntos de estructura en que los embriones de animales 
muy diferentes, dentro de la misma clase, se parecen entre sí, 
muchas veces no tienen relación directa con sus condiciones 
de existencia. No podemos, por ejemplo, suponer que en los 
embriones de los vertebrados, la dirección, formando asas, de 
las arterias junto a las aberturas branquiales esté relacionada 
con condiciones semejantes en el pequeño mamífero que es 
alimentado en el útero de su madre, en el huevo de ave que es 
incubado en el nido y en la puesta de una rana en el agua. No 
tenemos más motivos para creer en esta relación que los que 
tengamos para creer que los huesos semejantes en la mano del 
hombre, el ala de un murciélago y la aleta de una marsopa 
estén relacionados con condiciones semejantes de vida. Nadie 
supone que las rayas del cachorro del león y las manchas del 
mirlo joven sean de alguna utilidad para estos animales. 

El caso, sin embargo, es diferente cuando un animal es 
activo durante alguna parte de su vida embrionaria y tiene 
que cuidar de sí mismo. El período de actividad puede 
empezar más tarde o más temprano; pero cualquiera que sea 
el momento en que empiece la adaptación de la larva a sus 
condiciones de vida es tan exacta y tan hermosa como en el 
animal adulto. Sir J. Lubbock, en sus observaciones sobre la 


628 


semejanza de las larvas de algunos insectos que pertenecen a 
órdenes muy distintos y sobre la diferencia entre las larvas de 
otros insectos del mismo orden de acuerdo con las 
costumbres, ha demostrado recientemente muy bien de qué 
modo tan importante se ha efectuado esta adaptación. Debido 
a estas adaptaciones, la semejanza entre las larvas de animales 
afines está a veces muy obscurecida, especialmente cuando 
hay división de trabajo durante las diferentes fases del 
desarrollo; como cuando una misma larva, durante una fase, 
tiene que buscar comida y, durante otra, tiene que buscar un 
lugar donde fijarse. Hasta pueden citarse casos de larvas de 
especies próximas, o de grupos de especies, que difieren más 
entre sí que los adultos. En la mayor parte de los casos, sin 
embargo, las larvas, aunque activas, obedecen todavía más o 
menos rigurosamente a la ley de la semejanza embrionaria 
común. Los cirrípedos proporcionan un buen ejemplo de 
esto; incluso el ilustre Cuvier no vio que una anatifa era un 
crustáceo; pero al ver la larva lo demuestra de un modo 
evidente. Del mismo modo también las dos grandes 
divisiones de los cirrípedos —los pedunculados y los sésiles— 
aunque muy diferentes por su aspecto externo, tienen larvas 
que en todas sus fases son poco distinguibles. 

El embrión, en el transcurso del desarrollo se eleva en 
organización: empleo esta expresión aunque ya sé que casi es 
imposible definir claramente lo que se entienda por ser la 
organización superior o inferior; pero nadie, probablemente, 
discutirá que la mariposa es superior a la oruga. En algunos 
casos, sin embargo, el animal adulto debe ser considerado 
como inferior en la escala que la larva, como en ciertos 
crustáceos parásitos. Recurriendo una vez más a los 
cirrípedos: las larvas, en la primera fase, tienen órganos 
locomotores, un solo ojo sencillo, una boca probosciforme, 
con la cual se alimentan abundantemente, pues aumentan 


629 



mucho de tamaño. En la segunda fase, que corresponde al 
estado de crisálida de las mariposas, tienen seis pares de patas 
natatorias hermosamente construidas, un par de magníficos 
ojos compuestos y antenas sumamente complicadas; pero 
tienen la boca cerrada e imperfecta y no pueden alimentarse. 
Su función en este estado es buscar, mediante su bien 
desarrollados órganos de los sentidos, y llegar, mediante su 
activa facultad de natación, a un lugar adecuado para 
adherirse a él y sufrir su metamorfosis final. Cuando se ha 
realizado esto, los cirrípedos quedan fijados para toda la vida, 
sus patas se convierten en órganos prensiles, reaparece una 
boca bien constituida; pero no tienen antenas y sus dos ojos 
se convierten de nuevo en una sola mancha ocular, pequeña y 
sencilla. En este estado completo y último, los cirrípedos 
pueden considerarse, ya como de organización superior, ya 
como de organización inferior a la que tenían en estado 
larvario; pero en algunos géneros las larvas se desarrollan, 
convirtiéndose en hermafroditas, que tienen la conformación 
ordinaria, y en lo que yo he llamado machos complementarios, 
y en estos últimos el desarrollo seguramente ha sido 
retrógrado, pues el macho es un simple saco que vive poco 
tiempo y está desprovisto de boca, de estómago y de todo 
órgano importante, excepto los de la reproducción. 

Tan acostumbrados estamos a ver la diferencia de 
conformación entre el embrión y el adulto, que estamos 
tentados de considerar esta diferencia como dependiente de 
algún modo necesario del crecimiento. Pero no hay razón 
para que, por ejemplo, el ala de un murciélago o la aleta de 
una marsopa no tenga que haber sido diseñada, con todas sus 
partes, en sus debidas proporciones, desde que cada parte se 
hizo visible. En algunos grupos enteros de animales y en 
ciertos miembros de otros grupos ocurre así, y el embrión en 
ningún período difiere mucho del adulto; así, Owen, por lo 


630 



que se refiere a los cefalópodos, ha hecho observar que «no 
hay metamorfosis; el carácter de cefalópodo se manifiesta 
mucho antes de que las partes del embrión estén completas». 
Los moluscos terrestres y los crustáceos de agua dulce nacen 
con sus formas propias, mientras que los miembros marinos 
de estas dos grandes clases pasan en su desarrollo por 
cambios considerables y a veces grandes. Las arañas 
experimentan apenas ninguna metamorfosis. Las larvas de la 
mayor parte de los insectos pasan por una fase vermiforme, 
ya sean activas y adaptadas a costumbres diversas, ya inactivas 
por estar colocadas en medio de alimento adecuado o por ser 
alimentadas por sus padres; pero en un corto número de 
casos, como en el de los Aphis, si miramos los admirables 
dibujos del desarrollo de este insecto, dados por el profesor 
Huxley, apenas vemos ningún vestigio de la fase vermiforme. 

A veces son sólo los primeros estados de desarrollo los que 
faltan. Así, Fritz Müller ha hecho el notable descubrimiento 
de que ciertos crustáceos parecidos a los camarones (afines de 
Penaeus) aparecen primero bajo la sencilla forma de nauplios 
y, después de pasar por dos o más fases de zoea y luego por la 
fase de misis, adquieren finalmente la conformación adulta. 
Ahora bien; en todo el gran orden de los malacostráceos, al 
que aquellos crustáceos pertenecen, no se sabe hasta ahora de 
ningún otro miembro que empiece desarrollándose bajo la 
forma de nauplio, aun cuando muchas aparecen bajo la forma 
de zoea; a pesar de lo cual Müller señala las razones en favor 
de su opinión de que, si no hubiese habido supresión alguna 
de desarrollo, todos estos crustáceos habrían aparecido como 
nauplios. 

¿Cómo, pues, podemos explicarnos estos diferentes hechos 
en la embriología, a saber: la diferencia de conformación tan 
general, aunque no universal, entre el embrión y el adulto; el 
que las diversas partes de un mismo embrión, que 


631 



últimamente llegan a ser muy diferentes y sirven para diversas 
fines, sean semejantes en un período temprano de 
crecimiento; la semejanza común, pero no invariable, entre 
los embriones o larvas de las más distintas especies de una 
misma clase; el que el embrión conserve con frecuencia, 
cuando está dentro del huevo o del útero, conformaciones 
que no le son de utilidad, ni en este período de su vida, ni en 
otro posterior, y que, por el contrario, las larvas que tienen 
que proveer a sus propias necesidades estén perfectamente 
adaptadas a las condiciones ambientes; y finalmente, el hecho 
de que ciertas larvas ocupen un lugar más elevado en la escala 
de organización que el animal adulto en el que 
desarrollándose se transforman? 

Creo yo que todos estos hechos pueden explicarse del 
modo siguiente: Se admite por lo común, quizá a causa de que 
aparecen monstruosidades en el embrión en un período muy 
temprano, que las pequeñas variaciones o diferencias 
individuales aparecen necesariamente en un período 
igualmente temprano. Tenemos pocas pruebas sobre este 
punto, pero las que tenemos ciertamente indican lo contrario; 
pues es notorio que los criadores de reses, de caballos, de 
animales de lujo, no pueden decir positivamente hasta algún 
tiempo después del nacimiento cuáles serán los méritos o 
defectos de sus crías. Vemos esto claramente en nuestros 
propios niños; no podemos decir si un niño será alto o bajo, o 
cuáles serán exactamente sus rasgos característicos. No está el 
problema en decir en qué período de la vida puede haber sido 
producida cada variación, sino en qué período se manifiestan 
los efectos. La causa puede haber obrado —y yo creo que 
muchas veces ha obrado— en uno o en los dos padres antes 
del acto de la generación. Merece señalarse que para un 
animal muy joven, mientras permanece en el útero de su 
madre o en el huevo, o mientras es alimentado o protegido 


632 



por sus padres, no tiene importancia alguna el que la mayor 
parte de sus caracteres sean adquiridos un poco antes o un 
poco después. Para un ave, por ejemplo, que obtuviese su 
comida por tener el pico muy curvo, nada significaría el que 
de pequeña, mientras fuese alimentada por sus padres, 
poseyese o no el pico de aquella forma. 

He establecido en el capítulo primero que, cualquiera que 
sea la edad en la que aparece por vez primera una variación 
en el padre, esta variación tiende a reaparecer en la 
descendencia a la misma edad. Ciertas variaciones pueden 
aparecer solamente a las edades correspondientes; por 
ejemplo, las particularidades en fases de oruga, crisálida o 
imago en el gusano de seda, o también en los cuernos 
completamente desarrollados del ganado. Pero variaciones 
que, por todo lo que nos es dado ver, pudieron haber 
aparecido por vez primera a una edad más temprana o más 
adelantada, tienden igualmente a aparecer a las mismas 
edades en los descendientes y en el padre. Estoy lejos de 
pensar que esto ocurra invariablemente así, y podría citar 
varios casos excepcionales de variaciones —tomando esta 
palabra en el sentido más amplio— que han sobrevenido en el 
hijo a una edad más temprana que en el padre. 

Estos dos principios —a saber: que las variaciones ligeras 
generalmente aparecen en un período no muy temprano de la 
vida y que son heredadas en el período correspondiente— 
explican, creo yo, todos los hechos embriológicos capitales 
antes indicados; pero consideremos ante todo algunos casos 
análogos en nuestras variedades domésticas. Algunos autores 
que han escrito sobre perros sostienen que el galgo y el bull- 
dog, aunque tan diferentes, son en realidad variedades muy 
afines, que descienden del mismo tronco salvaje; de aquí que 
tuve curiosidad de ver hasta qué punto se diferenciaban sus 
cachorros. Me dijeron los criadores que se diferenciaban 


633 



exactamente lo mismo que sus padres, y esto casi parecía así 
juzgando a ojo; pero midiendo realmente los perros adultos y 
sus cachorros de seis días, encontré que en los cachorros, en 
proporción, las diferencias no hablan adquirido, ni con 
mucho, toda su intensidad. Además, también me dijeron que 
los potros de los caballos de carreras y de tiro —razas que han 
sido formadas casi por completo por selección en estado 
doméstico— se diferenciaban tanto como los animales 
completamente desarrollados; pero habiendo hecho medidas 
cuidadosas de las yeguas y de los potros de tres días, de razas 
de carrera y de tiro pesado, encontré que esto no ocurre en 
modo alguno. 

Como tenemos pruebas concluyentes de que las razas de la 
paloma han descendido de una sola especie salvaje, comparé 
los pichones a las doce horas de haber salido del huevo. Medí 
cuidadosamente las proporciones —aunque no se darán aquí 
con detalle— del pico, anchura de la boca, largo del orificio 
nasal y del párpado, tamaño de los pies y longitud de las patas 
en la especie madre salvaje, buchonas, colipavos, runts, barbs, 
dragons, mensajeras inglesas y volteadoras. Ahora bien; 
algunas de estas aves, de adultas, difieren de modo tan 
extraordinario en la longitud y forma del pico y en otros 
caracteres, que seguramente habrían sido clasificadas como 
géneros distintos si hubiesen sido encontradas en estado 
natural; pero puestos en serie los pichones de nido de estas 
diferentes clases, aunque en la mayor parte de ellos se podían 
distinguir justamente las diferencias proporcionales en los 
caracteres antes señalados, eran incomparablemente menores 
que en las palomas completamente desarrolladas. Algunos 
puntos diferenciales característicos —por ejemplo, el de la 
anchura de la boca— apenas podían descubrirse en los 
pichones; pero hubo una excepción notable de esta regla, pues 
los pichones de la volteadora, de cara corta, se diferenciaban 


634 



de los pichones de la paloma silvestre y de las otras castas casi 
exactamente en las mismas proporciones que en estado 
adulto. 

Estos hechos se explican por los dos principios citados. Los 
criadores eligen sus perros, caballos, palomas, etc., para cría 
cuando están casi desarrollados; les es indiferente el que las 
cualidades deseadas sean adquiridas más pronto o más tarde, 
si las posee el animal adulto. Y los casos que se acaban de 
indicar, especialmente el de las palomas, muestran que las 
diferencias características que han sido acumuladas por la 
selección del hombre y que dan valor a sus castas no aparecen 
generalmente en un período muy temprano de la vida y son 
heredadas en un período correspondiente no temprano. Pero 
el caso de la volteadora de cara corta, que a las doce horas de 
nacida posee ya sus caracteres propios, prueba que ésta no es 
la regla sin excepción, pues, en este caso, las diferencias 
características, o bien tienen que haber aparecido en un 
período más temprano que de ordinario, o, de no ser así, las 
diferencias tienen que haber sido heredadas, no a la edad 
correspondiente, sino a una edad más temprana. 

Apliquemos ahora estos dos principios a las especies en 
estado natural. Tomemos un grupo de aves que desciendan de 
alguna forma antigua y que estén modificadas por selección 
natural para diferentes costumbres. En este caso, como las 
muchas y pequeñas variaciones sucesivas han sobrevenido en 
las distintas especies a una edad no muy temprana y han sido 
heredadas a la edad correspondiente, los pequeñuelos se 
habrán modificado muy poco y se parecerán todavía entre sí 
mucho más que los adultos, exactamente como hemos visto 
en las razas de palomas. Podemos extender esta opinión a 
conformaciones muy distintas y a clases enteras. Los 
miembros anteriores, por ejemplo, que en otro tiempo 
sirvieron como patas a un remoto antepasado, pueden, por 


635 



una larga serie de modificaciones, haberse adaptado en un 
descendiente para actuar como manos: en otro, como aletas; 
en otro, como alas; pero, según los dos principios arriba 
citados, los miembros anteriores no se habrán modificado 
mucho en los embriones de estas diferentes formas, aun 
cuando en cada forma el miembro anterior difiera mucho en 
el estado adulto. Cualquiera que sea la influencia que pueda 
haber tenido el prolongado uso y desuso en modificar 
miembros u otras partes de cualquier especie, tiene que haber 
obrado principalmente o únicamente sobre el animal casi 
adulto, cuando estaba obligado a utilizar todas sus fuerzas 
para ganarse por sí mismo la vida, y los efectos producidos así 
se habrán transmitido a la descendencia en la misma edad 
casi adulta. De este modo el joven no estará modificado, o lo 
estará sólo en pequeño grado, por los efectos del aumento de 
uso o desuso de sus partes. 

En algunos animales, las sucesivas variaciones pueden 
haber sobrevenido en un período muy temprano de su vida, o 
sus diversos grados pueden haber sido heredados en una edad 
anterior a la edad en que ocurrieron por vez primera. En 
ambos casos, el joven o el embrión se parecerán mucho a la 
forma madre adulta, como hemos visto en la paloma 
volteadora de cara corta. Y esta es la regla de desarrollo en 
ciertos grupos enteros o en ciertos subgrupos sólo, como en 
los cefalópodos, los moluscos terrestres, los crustáceos de 
agua dulce, las arañas y algunos miembros de la gran clase de 
los insectos. Por lo que se refiere a la causa final de que los 
jóvenes en estos grupos no pasen por ninguna metamorfosis, 
podemos ver que esto se seguiría de las circunstancias 
siguientes, a saber: de que el joven tenga en una edad muy 
temprana que proveer a sus propias necesidades y de que 
tenga las mismas costumbres que sus padres, pues en este 
caso ha de ser indispensable para su existencia que esté 


636 



modificado de la misma manera que sus padres. Además, por 
lo que se refiere al hecho singular de que muchos animales 
terrestres y de agua dulce no experimenten metamorfosis, 
mientras que los miembros marinos de los mismos grupos 
pasan por diferentes transformaciones, Fritz Müller ha 
emitido la idea de que el proceso de lenta modificación y 
adaptación de un animal a vivir en tierra o agua dulce, en vez 
de vivir en el mar, se simplificaría mucho con no pasar el 
animal por ningún estado larvario, pues no es probable que, 
en estas condiciones de existencia nuevas y tan diferentes 
comúnmente, se encuentren desocupados, o mal ocupados 
por otros organismos, puestos bien apropiados para la larva y 
para el adulto. En este caso, el adquirir gradualmente la 
conformación del adulto en una edad cada vez más temprana 
tendría que ser favorecido por la selección natural y, 
finalmente, se perderían todos los vestigios de las 
metamorfosis anteriores. 

Si, por el contrario, fuese útil a los individuos jóvenes de un 
animal seguir costumbres algo diferentes de las de la forma 
adulta y, por consiguiente, estar conformados según un plan 
algo diferente, o si fuese útil a una larva, diferente ya del 
adulto, modificarse todavía más, entonces, según el principio 
de la herencia a las edades correspondientes, el joven y la 
larva podrían irse volviendo por selección natural tan 
diferentes de sus padres como pueda imaginarse. Diferencias 
en la larva podrían también hacerse correlativas de diferentes 
estados de desarrollo; de manera que la larva en el primer 
estado podría llegar a diferir mucho de la larva en el segundo 
estado, como ocurre en muchos animales. El adulto podría 
también adaptarse a situaciones o condiciones en las que los 
órganos de locomoción, de los sentidos, etc., fuesen inútiles, y 
en este caso la metamorfosis sería retrógrada. 

Por las observaciones que se acaban de hacer podemos 


637 



comprender cómo por cambios de estructura en el joven, 
acordes con los cambios de costumbres, junto con la herencia 
a las edades correspondientes, pueden los animales llegar a 
pasar por fases de desarrollo completamente diferentes de la 
condición primitiva de sus antepasados adultos. La mayor 
parte de nuestras mayores autoridades están convencidas de 
que los diferentes estados de larva y ninfa de los insectos han 
sido adquiridos por adaptación y no por herencia de alguna 
forma antigua. El curioso caso de Sitaris —coleóptero que 
pasa por ciertos estados extraordinarios de desarrollo— 
servirá de ejemplo de cómo pudo ocurrir esto. Fabre describe 
la primera forma larva como un pequeño insecto activo, 
provisto de seis patas, dos largas antenas y cuatro ojos. Estas 
larvas salen del huevo en los nidos de abejas^^®^ y cuando las 
abejas machos salen en primavera de sus agujeros, lo que 
hacen antes que las hembras, las larvas saltan sobre aquéllos y 
después pasan a las hembras cuando éstas están apareadas 
con los machos. En cuanto la abeja hembra deposita sus 
huevos en la superficie de la miel almacenada en las 
cavidades, las larvas del Sitaris se lanzan sobre los huevos y 
los devoran. Después sufren un cambio completo; sus ojos 
desaparecen, sus patas y antenas se vuelven rudimentarias; de 
manera que entonces se asemejan más a las larvas ordinarias 
de los insectos; luego, sufren una nueva transformación, y 
finalmente salen en estado de coleópteros perfectos. Ahora 
bien; si un insecto que experimentase transformaciones como 
las de Sitaris llegase a ser el progenitor de toda una nueva 
clase de insectos, el curso del desarrollo de la nueva clase sería 
muy diferente de la de nuestros insectos actuales, y el primer 
estado larval ciertamente no representaría la condición 
primitiva de ninguna antigua forma adulta. 

Por el contrario, es sumamente probable que, en muchos 
animales, los estados embrionarios o larvales nos muestran. 


638 


más o menos por completo, las condiciones en estado adulto 
del progenitor de todo el grupo, En la gran clase de los 
crustáceos, formas portentosamente diferentes entre sí, corno 
parásitos chupadores, cirrípedos, entomostráceos y hasta los 
malacostráceos, aparecen al principio como larvas en forma 
de nauplio; y como estas larvas viven y se alimentan en pleno 
mar y no están adaptadas para ninguna condición particular 
de existencia, y por otras razones, señaladas por Fritz Müller, 
es probable que en algún período remotísimo existió un 
animal adulto independiente que se parecía al nauplio y que 
produjo ulteriormente, por varias líneas genealógicas 
divergentes, los grandes grupos de crustáceos antes citados. 
También es además probable, por lo que sabemos de los 
embriones de mamíferos, aves, peces y reptiles, que estos 
animales sean los descendientes modificados de algún remoto 
antepasado que en estado adulto estaba provisto de 
branquias, vejiga natatoria, cuatro miembros en forma de 
aleta y una larga cola, todo ello adecuado para la vida 
acuática. 

Como todos los seres orgánicos actuales y extinguidos que 
han vivido en todo tiempo pueden ordenarse dentro de un 
corto número de grandes clases, y como, según nuestra teoría, 
dentro de cada clase han estado todos enlazados por delicadas 
gradaciones, la mejor clasificación —y, si nuestras colecciones 
fuesen casi perfectas, la única posible— sería la genealógica, 
por ser la descendencia el lazo oculto de conexión que los 
naturalistas han estado buscando con el nombre de sistema 
natural. Según esta hipótesis, podemos comprender cómo es 
que, a los ojos de la mayor parte de los naturalistas, la 
estructura del embrión es aún más importante para la 
clasificación que la del adulto. De dos o más grupos de 
animales, por mucho que difieran entre sí por su 
conformación y costumbres en estado adulto, si pasan por 


639 



estados embrionarios muy semejantes, podemos estar seguros 
de que todos ellos descienden de una forma madre y, por 
consiguiente, tienen estrecho parentesco. La comunidad de 
conformación embrionaria revela, pues, comunidad de 
origen; pero la diferencia en el desarrollo embrionario no 
prueba diversidad de origen, pues en uno de los dos grupos 
los estados de desarrollo pueden haber sido suprimidos o 
pueden haberse modificado tanto, por adaptación a nuevas 
condiciones de vida, que no puedan ya ser reconocidos. Aun 
en grupos en que los adultos se han modificado en extremo, la 
comunidad de origen se revela muchas veces por la 
conformación de las larvas: hemos visto, por ejemplo, que los 
cirrípedos, aunque tan parecidos exteriormente a los 
moluscos, se conoce en seguida, por sus larvas, que 
pertenecen a la gran clase de los crustáceos. Como el embrión 
nos muestra muchas veces, más o menos claramente, la 
conformación del progenitor antiguo y menos modificado del 
grupo, podemos comprender por qué las formas antiguas y 
extinguidas se parecen con tanta frecuencia en su estado 
adulto a los embriones de especies extinguidas de la misma 
clase. Agassiz cree que es esto una ley universal de la 
naturaleza, y podemos esperar ver comprobada en el porvenir 
la exactitud de esta ley. Sin embargo, sólo es posible 
comprobar su exactitud en aquellos casos en que el estado 
antiguo del antepasado del grupo no ha sido completamente 
borrado por haber sobrevenido variaciones sucesivas, ni 
porque estas variaciones hayan sido heredadas a una edad 
más temprana que la edad en que aparecieron por vez 
primera. Habría también que tener presente que la ley puede 
ser verdadera y, sin embargo, debido a que los registros 
genealógicos no se extiendan lo bastante en el pasado, puede 
permanecer durante un largo período o para siempre 
imposible de demostrar. La ley no subsistirá rigurosamente en 


640 



aquellos casos en que una forma antigua llegó a adaptarse en 
su estado de larva a un género especial de vida y este mismo 
estado larval se transmitió a un grupo entero de 
descendientes, pues este estado larval no se parecerá a 
ninguna forma aun más antigua en estado adulto. 

Los hechos principales de la embriología, que no son 
inferiores a ninguno en importancia, se explican, pues, a mi 
parecer, dentro del principio de que las variaciones en los 
numerosos descendientes de un remoto antepasado han 
aparecido en un período no muy temprano de la vida y han 
sido heredadas en la edad correspondiente. La embriología 
aumenta mucho en interés cuando consideramos el embrión 
como un retrato, más o menos borrado, ya del estado adulto, 
ya del estado larval del progenitor de todos los miembros de 
una misma gran clase. 

Órganos rudimentarios, atrofiados y abortados. 

Los órganos o partes en esta extraña condición, llevando 
claramente el sello de inutilidad, son sumamente frecuentes, y 
aun generales, en toda la naturaleza. Sería imposible citar uno 
solo de los animales superiores en el cual una parte u otra no 
se encuentre en estado rudimentario. En los mamíferos, por 
ejemplo, los machos tienen mamas rudimentarias; en los 
ofidios, un pulmón es rudimentario; en las aves, el ala 
bastarda puede considerarse con seguridad como un dedo 
rudimentario, y en algunas especies toda el ala es tan 
sumamente rudimentaria, que no puede ser utilizada para el 
vuelo. ¿Qué puede haber más curioso que la presencia de 
dientes en el feto de las ballenas, que cuando se han 
desarrollado no tienen ni un diente en su boca, o los dientes 
que jamás rompen la encía en la mandíbula superior de los 
terneros antes de nacer? 

Los órganos rudimentarios nos declaran abiertamente su 


641 



origen y significación de diversos modos. Existen coleópteros 
que pertenecen a especies muy próximas, o hasta exactamente 
a la misma especie, que tienen, ya alas perfectas y de tamaño 
completo, ya simples rudimentos membranosos, que no es 
raro estén situados debajo de élitros sólidamente soldados 
entre sí, y en estos casos es imposible dudar que los 
rudimentos representan alas. Los órganos rudimentarios a 
veces conservan su potencia; esto ocurre a veces en las mamas 
de los mamíferos machos, que se sabe que llegan a 
desarrollarse bien y a segregar leche. Del mismo modo, 
también en las ubres, en el género Bos, hay normalmente 
cuatro pezones bien desarrollados y dos rudimentarios; pero 
estos últimos en nuestras vacas domésticas a veces llegan a 
desarrollarse y dar leche. Por lo que se refiere a las plantas, los 
pétalos son unas veces rudimentarios y otras bien 
desarrollados en individuos de la misma especie. En ciertas 
plantas que tienen los sexos separados encontró Kólreuter 
que, cruzando una especie en la cual las flores masculinas 
tienen un rudimento de pistilo con una especie hermafrodita 
que tiene, dicho está, un pistilo bien desarrollado, el 
rudimento aumentó mucho de tamaño en la descendencia 
híbrida, y esto muestra claramente que el pistilo rudimentario 
y el perfecto eran esencialmente de igual naturaleza. Un 
animal puede poseer diferentes partes en estado perfecto y, 
sin embargo, pueden éstas ser en cierto sentido 
rudimentarias, porque sean inútiles; así, el renacuajo de la 
salamandra común, como hace observar míster G. H. Lewes, 
«tiene branquias y pasa su existencia en el agua; pero la 
Salamandra atra, que vive en las alturas de las montañas, pare 
sus pequeños completamente formados. Este animal nunca 
vive en el agua, y, sin embargo, si abrimos una hembra 
grávida encontramos dentro de ella renacuajos con branquias 
delicadamente plumosas, y, puestos en agua, nadan casi como 


642 



los renacuajos de la salamandra común. Evidentemente, esta 
organización acuática no tiene relación con la futura vida del 
animal ni está adaptada a su condición embrionaria: tiene 
solamente relación con adaptaciones de sus antepasados, 
repite una fase del desarrollo de éstos». 

Un órgano que sirve para dos funciones puede volverse 
rudimentario o abortar completamente para una, incluso para 
la más importante, y permanecer perfectamente eficaz para la 
otra. Así, en las plantas, el oficio del pistilo es permitir que los 
tubos polínicos lleguen hasta los óvulos dentro del ovario. El 
pistilo consiste en un estigma llevado por un estilo; pero en 
algunas compuestas, las florecillas masculinas, que 
evidentemente no pueden ser fecundadas, tienen un pistilo 
rudimentario, pues no está coronado por el estigma; pero el 
estilo está bien desarrollado y cubierto, como de ordinario, de 
pelos, que sirven para cepillar el polen de las antenas que 
unidas lo rodean. Además, un órgano puede volverse 
rudimentario para su función propia y ser utilizado para otra 
distinta: en ciertos peces, la vejiga natatoria parece ser 
rudimentaria para su función propia de hacer flotar; pero se 
ha convertido en un órgano respiratorio naciente o pulmón. 
Podrían citarse muchos ejemplos análogos. 

Los órganos útiles, por muy poco desarrollados que están, a 
menos que tengamos motivos para suponer que estuvieron en 
otro tiempo más desarrollados, no deben considerarse como 
rudimentarios: pueden encontrarse en estado naciente y en 
progreso hacia un mayor desarrollo. Los órganos 
rudimentarios, por el contrario, o son inútiles por completo, 
como los dientes que nunca rompen las encías, o casi inútiles, 
como las alas del avestruz, que sirven simplemente como 
velas. Como los órganos en esta condición, antes, cuando 
estaban aún menos desarrollados, tenían que haber sido 
todavía de menos utilidad que ahora, no pueden haber sido 


643 



producidos en otro tiempo por variación y selección natural, 
que obra solamente mediante la conservación de las 
modificaciones útiles. Estos órganos han sido en parte 
conservados por la fuerza de la herencia y se refieren a un 
estado antiguo de cosas. Es, sin embargo, muchas veces difícil 
establecer distinción entre los órganos rudimentarios y los 
órganos nacientes, pues sólo por analogía podemos juzgar si 
una parte es capaz de ulterior desarrollo, en cuyo solo caso 
merece ser llamada naciente. Órganos en esta condición serán 
siempre algo raros, pues generalmente los seres provistos de 
ellos habrán sido suplantados por sus sucesores con el mismo 
órgano en estado más perfecto y, por consiguiente, se habrán 
extinguido hace mucho tiempo. El ala del pájaro bobo es de 
gran utilidad obrando como una aleta; puede, por tanto, 
representar el estado naciente del ala; no que yo crea que esto 
sea así, es más probablemente un órgano reducido, 
modificado para una nueva función. El ala del Apteryx, por el 
contrario, es casi inútil y es verdaderamente rudimentaria. 
Owen considera los sencillos miembros filiformes del 
Lepidosiren como los «principios de órganos que alcanzan 
completo desarrollo funcional en vertebrados superiores»; 
pero, según la opinión defendida recientemente por el doctor 
Günther, son probablemente residuos que consisten en el eje 
que subsiste de una aleta, con los radios o ramas laterales 
abortados. Las glándulas mamarias del Ornithorhynchus 
pueden considerarse, en comparación con las ubres de la 
vaca, como en estado naciente. Los frenos ovígeros de ciertos 
cirrípedos, que han cesado de retener los huevos y que están 
poco desarrollados, son branquias nacientes. 

Los órganos rudimentarios en los individuos de la misma 
especie son susceptibles de mucha variación en el grado de su 
desarrollo y por otros conceptos. En especies muy próximas 
difiere a veces mucho el grado a que el mismo órgano ha sido 


644 



reducido. De este último hecho es un buen ejemplo el estado 
de las alas de mariposas heteróceras hembras pertenecientes a 
la misma familia. Los órganos rudimentarios pueden haber 
abortado por completo, y esto implica que en ciertos animales 
o plantas faltan totalmente partes que la analogía nos llevaría 
a esperar encontrar en ellas y que accidentalmente se 
encuentran en individuos monstruosos. Así, en la mayor 
parte de las escrofulariáceas el quinto estambre está atrofiado 
por completo, y, sin embargo, podemos inferir que ha 
existido en otro tiempo un quinto estambre; pues en muchas 
especies de la familia se encuentra un rudimento de él, y este 
rudimento en ocasiones se desarrolla perfectamente, como 
puede verse a veces en la boca del dragón. Al seguir las 
homologías de un órgano cualquiera en diferentes seres de la 
clase, nada más común, ni más útil para comprender 
completamente las relaciones de los órganos, que el 
descubrimiento de rudimentos. Esto se manifiesta claramente 
en los dibujos dados por Owen de los huesos de las patas del 
caballo, toro y rinoceronte. 

Es un hecho importante que los órganos rudimentarios, 
tales como los dientes de la mandíbula superior de las 
ballenas y rumiantes, pueden frecuentemente descubrirse en 
el embrión; pero después desaparecen por completo. Es 
también, creo yo, una regla universal que una parte 
rudimentaria es de mayor tamaño, con relación a las partes 
adyacentes, en el embrión que en el adulto; de manera que el 
órgano en aquella edad temprana es menos rudimentario o 
hasta no puede decirse que sea rudimentario en ninguna 
medida. Por consiguiente, se dice con frecuencia que los 
órganos rudimentarios en el adulto han conservado su estado 
embrionario. 

Acabo de citar los hechos principales relativos a los 
órganos rudimentarios. Al reflexionar sobre ellos, todos 


645 



debemos sentirnos llenos de asombro, pues la misma razón 
que nos dice que los diferentes partes y órganos están 
exquisitamente adaptados para ciertos usos, nos dice con 
igual claridad que estos órganos rudimentarios o atrofiados 
son imperfectos e inútiles. En las obras de Historia Natural se 
dice generalmente que los órganos rudimentarios han sido 
creados «por razón de simetría» o para «completar el plan de 
la naturaleza»; pero esto no es una explicación: es 
simplemente volver a afirmar el hecho. Ni tampoco está esto 
conforme consigo mismo, así, la Boa constrictor tiene 
rudimentos de patas posteriores y de pelvis, y se dice que 
estos huesos han sido conservados «para completar el plan de 
la naturaleza». ¿Por qué —como pregunta el profesor 
Weismann— no han sido conservados en otros ofidios, que 
no poseen ni siquiera un vestigio de estos mismos huesos? 
¿Qué se pensaría de un astrónomo que sostuviese que los 
satélites giran en órbitas elípticas alrededor de sus planetas 
«por razón de simetría», porque los planetas giran así 
alrededor del Sol? Un eminente fisiólogo explica la presencia 
de los órganos rudimentarios suponiendo que sirven para 
excretar substancias sobrantes o substancias perjudiciales al 
organismo; pero ¿podemos suponer que pueda obrar así la 
diminuta papila que con frecuencia representa el pistilo en las 
flores masculinas y que está formada de simple tejido celular? 
¿Podemos suponer que los dientes rudimentarios, que 
después son resorbidos, sean beneficiosos para el rápido 
crecimiento del ternero en estado de embrión, quitando una 
substancia tan preciosa como el fosfato de cal? Se sabe que 
después de haber amputado dedos a un hombre han 
aparecido uñas imperfectas en los muñones, y lo mismo 
podría creer yo que estos vestigios de uñas se han 
desarrollado para excretar materia córnea, que creer que las 
uñas rudimentarias de la aleta del manatí se han desarrollado 


646 



con este mismo fin. 

Según la teoría de la descendencia con modificación, el 
origen de los órganos rudimentarios es relativamente sencillo 
y podemos comprender, en gran parte, las leyes que rigen su 
imperfecto desarrollo. Tenemos multitud de casos de órganos 
rudimentarios en nuestras producciones domésticas, como el 
muñón de cola en las razas sin ella, los vestigios orejas en las 
razas de ovejas sin orejas, la reaparición de pequeños cuernos 
colgantes en castas de ganados sin cuernos, especialmente, 
según Youatt, en animales jóvenes, y el estado completo de la 
flor en la coliflor. Muchas veces vemos rudimentos de 
diferentes partes en los monstruos; pero dudo que ninguno de 
estos casos dé luz sobre el origen de los órganos 
rudimentarios en estado natural, mas que en cuanto 
demuestran que pueden producirse rudimentos, pues la 
comparación de las pruebas indica claramente que las 
especies en la naturaleza no experimentan cambios grandes y 
bruscos. Pero el estudio de nuestras producciones domésticas 
nos enseña que el desuso de partes lleva a la reducción de su 
tamaño y que el resultado es hereditario. 

Parece probable que el desuso ha sido el agente principal en 
la atrofia de los órganos. Al principio llevaría poco a poco a la 
reducción cada vez mayor de una parte, hasta que al fin 
llegase ésta a ser rudimentaria, como en el caso de los ojos en 
animales que viven en cavernas obscuras y en el de las alas en 
aves que viven en las islas oceánicas, aves a las que raras veces 
han obligado a emprender el vuelo los animales de presa, y 
que finalmente han perdido la facultad de volar. Además, un 
órgano útil en ciertas condiciones puede volverse perjudicial 
en otras, como las alas de los coleópteros que viven en islas 
pequeñas y expuestas a los vientos, y en este caso la selección 
natural habrá ayudado a la reducción del órgano hasta que se 
volvió inofensivo y rudimentario. 


647 



Todo cambio de conformación y función que pueda 
efectuarse por pequeños grados está bajo el poder de la 
selección natural; de manera que un órgano que por el 
cambio de costumbres se ha vuelto inútil o perjudicial para 
un objeto, puede modificarse y ser utilizado para otro. Un 
órgano pudo también conservarse para una sola de sus 
antiguas funciones. Órganos primitivamente formados con el 
auxilio de la selección natural pueden muy bien, al volverse 
inútiles, ser variables, pues sus variaciones ya no pueden 
seguir siendo refrenadas por la selección natural. Todo esto 
concuerda bien con lo que vemos en estado natural. Además, 
cualquiera que sea el período de la vida en que el desuso o la 
selección natural reduzca un órgano —y esto generalmente 
ocurrirá citando el ser haya llegado a estado adulto y tenga 
que ejercer todas sus facultades de acción—, el principio de la 
herencia a las edades correspondientes tenderá a reproducir el 
órgano en su estado reducido en la misma edad adulta, pero 
raras veces influirá en el órgano en el embrión. Así podemos 
comprender el mayor tamaño de los órganos rudimentarios 
en el embrión con relación a las partes adyacentes, y su 
tamaño relativamente menor en el adulto. Si, por ejemplo, el 
dedo de un animal adulto fue usado cada vez menos durante 
muchas generaciones, debido a algún cambio de costumbres, 
o si un órgano o glándula funcionó cada vez menos, podemos 
deducir que tendrá que reducirse de tamaño en los 
descendientes adultos de este animal y conservar casi su tipo 
primitivo de desarrollo en el embrión. 

Queda, sin embargo, esta dificultad: después que un órgano 
ha cesado de ser utilizado y, en consecuencia, se ha reducido 
mucho, ¿cómo puede reducirse todavía más de tamaño, hasta 
que sólo quede un pequeñísimo vestigio, y cómo puede, 
finalmente, desaparecer por completo? Es casi imposible que 
el desuso pueda continuar produciendo más efecto una vez 


648 



que un órgano ha dejado de funcionar. Esto requiere alguna 
explicación adicional, que no puedo dar. Si, por ejemplo, se 
pudiese probar que toda parte de la organización tiende a 
variar en mayor grado en sentido de diminución que en 
sentido de aumento de tamaño, en este caso nos sería dado 
comprender cómo un órgano que se ha hecho inútil se 
volvería rudimentario independientemente de los efectos del 
desuso y sería, al fin, suprimido por completo, pues las 
variaciones en sentido de diminución de tamaño ya no 
estarían refrenadas por la selección natural. El principio de la 
economía del crecimiento, explicado en un capitulo 
precedente, según el cual los materiales que forman una parte 
cualquiera, si no es útil para su posesor, son ahorrados en 
cuanto es posible, entrará quizá en juego para convertir en 
rudimentaria una parte inútil. Pero este principio se limitará, 
casi necesariamente, a los estados primeros de los procesos de 
reducción, pues no podemos suponer, por ejemplo, que una 
pequeña papila, que representa en una flor masculina el 
pistilo de la flor femenina, y que está simplemente formada de 
tejido celular, pueda reducirse más o resorberse con objeto de 
economizar substancia nutritiva. 

Einalmente, como los órganos rudimentarios, cualesquiera 
que sean las gradaciones por que hayan pasado hasta llegar a 
su condición actual de inutilidad, son el testimonio de un 
estado anterior de cosas y han sido conservados solamente 
por la fuerza de la herencia, podemos comprender, dentro de 
la teoría genealógica de la clasificación, cómo es que los 
sistemáticos, al colocar los organismos en sus verdaderos 
lugares en el sistema natural, han encontrado muchas veces 
que las partes rudimentarias son tan útiles, y aun a veces más 
útiles, que partes de gran importancia fisiológica. Los órganos 
rudimentarios pueden compararse con las letras de una 
palabra que se conservan todavía en la escritura, pero que son 


649 



inútiles en la pronunciación, aunque sirven de guía para su 
etimología. Dentro de la teoría de la descendencia con 
modificación, podemos deducir que la existencia de órganos 
en estado rudimentario imperfecto e inútil, o completamente 
atrofiados, lejos de presentar una extraña dificultad, como 
seguramente la presentan dentro de la vieja doctrina de la 
creación, podía hasta haber sido prevista de conformidad con 
las teorías que aquí se exponen. 

Resumen. 

En este capítulo he procurado demostrar que la 
clasificación de todos los seres orgánicos de todos los tiempos 
en grupos subordinados a otros; que la naturaleza de los 
parentescos por los que todos los organismos vivientes y 
extinguidos están unidos en un corto número de grandes 
clases por líneas de afinidad complicadas, divergentes y 
tortuosas; que las reglas seguidas y las dificultades 
encontradas por los naturalistas en sus clasificaciones; que el 
valor asignado a caracteres, si son constantes o generales, ya 
sean de suma importancia, o de muy poca, o de ninguna, 
como los órganos rudimentarios; que los valores opuestos de 
los caracteres analógicos o de adaptación y los de verdadera 
afinidad, y otras reglas parecidas, todo resulta naturalmente si 
admitimos el común parentesco de las formas afines junto 
con su modificación por variación y selección natural, con las 
circunstancias de extinción y divergencias de caracteres. Al 
considerar esta teoría de clasificación hay que tener presente 
que el elemento genealógico ha sido universalmente utilizado 
al clasificar juntos los sexos, edades, formas dimorfas y 
variedades reconocidas de la misma especie, por mucho que 
difiera entre sí su estructura. Si extendemos el uso de este 
elemento genealógico —la única causa cierta de semejanza en 
los seres orgánicos conocida con seguridad—, 
comprenderemos lo que significa sistema natural: este 


650 



sistema es genealógico en su tentativa de clasificación, 
señalando los grados de diferencia adquiridos mediante los 
términos de variedades, especies, géneros, familias, órdenes y 
clases. 

Según esta misma teoría de la descendencia con 
modificación, la mayor parte de los hechos principales de la 
morfología se hacen inteligibles, ya si consideramos el mismo 
plan desarrollado en los órganos homólogos de las diferentes 
especies de la misma clase, cualquiera que sea la función a que 
se destinen, ya si consideramos las homologías laterales o de 
serie en cada animal o vegetal. 

Según el principio de las ligeras variaciones sucesivas, que 
no ocurren, necesaria ni generalmente, en un período muy 
temprano de la vida, y que son heredadas en el período 
correspondiente, podemos comprender los hechos 
principales de la embriología, a saber: la gran semejanza, en el 
individuo en estado embrionario, de las partes que son 
homólogas, y que al llegar al estado adulto son muy diferentes 
en conformación y funciones; y la semejanza de las partes u 
órganos homólogos en especies afines, pero distintas, aun 
cuando estén adaptados en estado adulto a funciones lo más 
diferente posibles. Las larvas son embriones activos, que se 
han modificado especialmente, en mayor o menor grado, en 
relación con sus costumbres, habiendo heredado sus 
modificaciones en una edad temprana correspondiente. 
Según estos mismos principios —teniendo presente que 
cuando los órganos se reducen de tamaño, ya por desuso, ya 
por selección natural, esto ocurrirá generalmente en aquel 
período de la vida en que el ser tiene que proveer a sus 
propias necesidades, y teniendo presente cuán poderosa es la 
fuerza de la herencia—, la existencia de órganos 
rudimentarios pudo incluso haber sido prevista. La 
importancia de los caracteres embriológicos y de los órganos 


651 



rudimentarios en la clasificación se comprende según la 
opinión de que una ordenación natural debe ser genealógica. 

Finalmente; las diferentes clases de hechos que se han 
considerado en este capítulo me parece que proclaman tan 
claramente que las innumerables especies, géneros y familias 
de que está poblada la Tierra han descendido todos, cada uno 
dentro de su propia clase o grupo, de antepasados comunes, y 
que se han modificado todos en las generaciones sucesivas, 
que yo adoptaría sin titubeo esta opinión, aun cuando no se 
apoyase en otros hechos o razones. 


652 



CAPÍTULO XIV 

Recapitulación y conclusión. 

Recapitulación de objeciones a la teoría de la selección natural.—Recapitulación 
de los hechos generales y especiales a su favor.—Causas de la creencia general en la 
inmutabilidad de las especies.—Hasta qué punto puede extenderse la teoria de la 
selección natural.—Efectos de su admisión en el estudio de la Historia Natural.— 
Observaciones finales. 

Como este libro entero es una larga argumentación, puede 
ser conveniente al lector tener brevemente compendiados los 
hechos y deducciones principales. 

No niego que pueden hacerse muchas y graves objeciones a 
la teoría de la descendencia con modificación, mediante 
variación y selección natural. Me he esforzado en dar a estas 
objeciones toda su fuerza. Nada puede parecer al pronto más 
difícil de creer que el que los órganos e instintos más 
complejos se han formado, no por medios superiores — 
aunque análogos— a la razón humana, sino por la 
acumulación de pequeñas variaciones innumerables, cada una 
de ellas buena para el individuo que la poseía. Sin embargo, 
esta dificultad, aunque aparezca a nuestra imaginación como 
insuperablemente grande, no puede ser considerada como 
real si admitirnos las proposiciones siguientes: que todas las 
partes del organismo y todos los instintos ofrecen diferencias, 
por lo menos, individuales; que hay una lucha por la 
existencia que lleva a la conservación de las modificaciones 
provechosas de estructura o instinto, y, finalmente, que 
pueden haber existido gradaciones en el estado de perfección 
de todo órgano, buena cada una dentro de su clase. La verdad 
de estas proposiciones no puede, creo yo, ser discutida. 
Indudablemente, es en extremo difícil aun el conjeturar por 
qué gradaciones se han formado muchas conformaciones, 
especialmente en los grupos fragmentarios y decadentes que 
han sufrido muchas extinciones; pero vemos tan extrañas 


653 



gradaciones en la naturaleza, que hemos de ser 
extraordinariamente prudentes en decir que un órgano o 
instinto, o que una conformación entera, no pudieron haber 
llegado a su estado actual mediante muchos estados 
graduales. Hay que admitir que existen casos de especial 
dificultad opuestos a la teoría de la selección natural, y uno de 
los más curiosos es la existencia de dos o tres castas definidas 
de hormigas obreras, o hembras estériles, en la misma 
sociedad; pero he procurado demostrar cómo pueden ser 
vencidas estas dificultades. 

Por lo que se refiere a la esterilidad casi general de las 
especies cuando se cruzan por vez primera, y que forma tan 
notable contraste con la fecundidad casi general de las 
variedades cuando se cruzan, debo remitir al lector a la 
recapitulación de los hechos dada al final del capítulo IX, que 
me parece que demuestra concluyentemente que esta 
esterilidad no es un don más especial que la imposibilidad de 
ser injertadas una en otra dos especies distintas de árboles, y 
que depende de diferencias limitadas a los sistemas 
reproductores de las especies cruzadas. Vemos la exactitud de 
esta conclusión en la gran diferencia que existe en los 
resultados de cruzar recíprocamente dos especies; esto es, 
cuando una especie es primero utilizada como padre y luego 
como madre. El resultado análogo de la consideración de las 
plantas dimorfas y trimorfas nos lleva claramente a la misma 
conclusión; pues cuando las formas se unen ilegítimamente, 
producen pocas semillas o ninguna, y sus descendientes son 
más o menos estériles; y estas formas pertenecen 
indubitablemente a la misma especie y difieren entre sí nada 
más que en sus funciones y órganos reproductores. 

Aun cuando tantos autores hayan afirmado que es 
universal la fecundidad de las variedades cuando se cruzan y 
la de su descendencia mestiza, esto no se puede considerar 


654 



como completamente exacto después de los hechos citados 
con la gran autoridad de Gártner y Kólreuter. La mayor parte 
de las variedades que se han sometido a experimento no han 
sido producidas en estado doméstico, y como la 
domesticación —no me refiero al simple confinamiento— 
tiende casi con seguridad a eliminar aquella esterilidad que, 
juzgando por analogía, habría afectado a las especies 
progenitoras si se hubiesen cruzado, no debemos esperar que 
la domesticación tenga que producir la esterilidad en sus 
descendientes modificados cuando se cruzan. Esta 
eliminación de la esterilidad resulta, al parecer, de la misma 
causa que permite a los animales domésticos criar 
ilimitadamente en condiciones variadas, y resulta también, al 
parecer, de que se han acostumbrado gradualmente a cambios 
frecuentes en sus condiciones de existencia. 

Dos series paralelas de hechos parecen arrojar mucha luz 
sobre la esterilidad de las especies cuando se cruzan por vez 
primera y la de su descendencia híbrida. Por una parte, hay 
fundamento para creer que los cambios pequeños en las 
condiciones de existencia dan vigor y fecundidad a todos los 
seres orgánicos. Sabemos también que el cruzamiento entre 
individuos distintos de la misma variedad y entre variedades 
distintas aumenta el número de sus descendientes y les da 
ciertamente mayor tamaño y vigor. Esto se debe sobre todo a 
que las formas que se cruzan han estado sometidas a 
condiciones de existencia algo diferentes, pues he 
comprobado, mediante una laboriosa serie de experimentos, 
que, si todos los individuos de la misma variedad son 
sometidos durante varias generaciones a las mismas 
condiciones, la ventaja resultante del cruzamiento con 
frecuencia disminuye mucho o desaparece del todo. Este es 
uno de los aspectos del caso. Por otra parte, sabemos que las 
especies que han estado sometidas mucho tiempo a 


655 



condiciones casi uniformes, cuando son sometidas en 
cautividad a condiciones nuevas y muy diferentes, o perecen 
o, si sobreviven, se vuelven estériles aunque conserven 
perfecta salud. Esto no ocurre, u ocurre sólo en grado 
pequeñísimo, con las producciones domésticas que han 
estado sometidas mucho tiempo a condiciones variables. Por 
consiguiente, cuando vemos que los híbridos producidos por 
un cruzamiento entre dos especies distintas son en corto 
número, debido a que perecen inmediatamente después de la 
concepción o a una edad muy temprana, o que, si sobreviven, 
se han vuelto más o menos estériles, parece sumamente 
probable que este resultado sea debido a que han sido de 
hecho sometidos a un gran cambio en sus condiciones de 
existencia por estar compuestos de dos organizaciones 
distintas. Quien explique de un modo preciso por qué, por 
ejemplo, un elefante o un zorro no crían cautivos en su país 
natal, mientras que el perro o el cerdo doméstico crían sin 
limitación en condiciones las más diversas, podrá dar al 
mismo tiempo una respuesta precisa a la pregunta de por qué 
dos especies distintas, cuando se cruzan, lo mismo que su 
descendencia híbrida, resultan generalmente más o menos 
estériles, mientras que dos variedades domésticas, al cruzarse, 
y sus descendientes mestizos son perfectamente fecundos. 

Volviendo a la distribución geográfica, las dificultades con 
que tropieza la teoría de la descendencia con modificación 
son bastante graves. Todos los individuos de una misma 
especie y todas las especies del mismo género, y aun grupos 
superiores, han descendido de antepasados comunes, y por 
esto, por muy distantes y aisladas que estén las partes del 
mundo en que actualmente se las encuentra, estas especies, en 
el transcurso de las generaciones sucesivas, han tenido que 
trasladarse desde un punto a todos los otros. Muchas veces 
nos es totalmente imposible ni conjeturar siquiera cómo pudo 


656 



haberse efectuado esto. Sin embargo, como tenemos 
fundamento para creer que algunas especies han conservado 
la misma forma específica durante larguísimos períodos de 
tiempo —inmensamente largos si se miden por años—, no 
debe darse demasiada importancia a la gran difusión 
ocasional de una misma especie, pues durante períodos 
larguísimos siempre habrá habido alguna buena proporción 
para una gran emigración por muchos medios. Una 
distribución geográfica fragmentaria o interrumpida puede 
explicarse muchas veces por la extinción de especies en las 
regiones intermedias. Es innegable que hasta el presente 
sabemos muy poco acerca de la extensión total de los 
diferentes cambios geográficos y de clima que ha 
experimentado la Tierra durante los períodos recientes, y 
estos cambios habrán facilitado muchas veces las 
emigraciones. Como ejemplo he procurado demostrar lo 
poderosa que ha sido la influencia del período glaciar en la 
distribución de una misma especie o de especies afines por 
toda la Tierra. Hasta el presente es muy grande nuestra 
ignorancia sobre los muchos medios ocasionales de 
transporte. Por lo que se refiere a especies distintas del mismo 
género que viven en regiones distantes y aisladas, como el 
proceso de modificación necesariamente ha sido lento, 
habrán sido posibles todos los medios de emigración durante 
un período larguísimo y, por consiguiente, la dificultad de la 
gran difusión de las especies del mismo género queda en 
cierto modo atenuada. 

Como, según la teoría de la selección natural, tiene que 
haber existido un sinfín de formas intermedias, que enlazan 
todas las formas de cada grupo mediante gradaciones tan 
delicadas como lo son las variedades vivientes, puede 
preguntarse por qué no vemos a nuestro alrededor estas 
formas de enlace, por qué no están todos los seres vivientes 


657 



confundidos entre sí en un caos inextricable. Por lo que se 
refiere a las formas vivientes, hemos de recordar que —salvo 
en raros casos— no tenemos derecho a esperar el descubrir 
lazos de unión directa entre ellas, sino sólo entre cada una de 
ellas y alguna forma extinguida y suplantada. Incluso en una 
región muy extensa que haya permanecido continua durante 
un largo período, y en la cual el clima y otras condiciones de 
vida cambien insensiblemente, al pasar de un distrito 
ocupado por una especie a otro ocupado por otra muy afín, 
no tenemos justo derecho a esperar el encontrar con 
frecuencia variaciones intermedias en las zonas intermedias; 
pues tenemos motivos para creer que, en todo caso, sólo un 
corto número de especies de un género experimentan 
modificaciones, extinguiéndose por completo las otras sin 
dejar descendencia modificada. De las especies que se 
modifican, sólo un corto número se modifican en el mismo 
país al mismo tiempo, y todas las modificaciones se efectúan 
lentamente. También he demostrado que las variaciones 
intermedias que probablemente existieron al principio en las 
zonas intermedias estarían expuestas a ser suplantadas por las 
formas afines existentes a uno y otro lado; pues estas últimas, 
por existir representadas por gran número de individuos, se 
modificarían y perfeccionarían generalmente con mayor 
rapidez que las variedades intermedias que existían con 
menos número; de manera que, a la larga, las variedades 
intermedias serían suplantadas y exterminadas. 

Según esta doctrina del exterminio de una infinidad de 
formas de unión entre los habitantes vivientes y extinguidos 
del mundo, y en cada uno de los períodos sucesivos entre las 
especies extinguidas y otras especies todavía más antiguas, 
¿por qué no están cargadas todas las formaciones geológicas 
de estas formas de unión? ¿Por qué cualquier colección de 
fósiles no aporta pruebas patentes de la gradación y 


658 



transformación de las formas orgánicas? Aun cuando las 
investigaciones geológicas han revelado indubitablemente la 
pasada existencia de muchas formas de unión que aproximan 
numerosas formas orgánicas, no dan las infinitas delicadas 
gradaciones entre las especies pasadas y presentes requeridas 
por nuestra teoría, y esta es la más clara de las numerosas 
objeciones que contra ella se han presentado. Además, ¿por 
qué parece —aunque esta apariencia es muchas veces falsa— 
que grupos enteros de especies afines se han presentado de 
repente en los pisos geológicos sucesivos? Aun cuando 
actualmente sabemos que los seres orgánicos aparecieron en 
nuestro globo en un período incalculablemente remoto, 
mucho antes de que se depositasen las capas inferiores del 
sistema cámbrico, ¿por qué no encontramos acumuladas 
debajo de este sistema grandes masas de estratos con los 
restos de los antepasados de los fósiles cámbricos? Pues, 
dentro de nuestra teoría, estos estratos tuvieron que haberse 
depositado en alguna parte, en aquellas antiguas épocas 
completamente desconocidas de la historia de la Tierra. 

Sólo puedo contestar a estas preguntas y objeciones en el 
supuesto de que los registros geológicos son mucho más 
imperfectos de lo que cree la mayor parte de los geólogos. El 
conjunto de ejemplares de todos los museos es absolutamente 
nada, comparado con las innumerables generaciones de 
innumerables especies que es seguro que han existido. La 
forma madre de dos o más especies cualesquiera no sería por 
todos sus caracteres más directamente intermedia entre su 
modificada descendencia que lo es la paloma silvestre por su 
buche y cola entre sus descendientes la buchona y la colipavo. 
No seríamos capaces de reconocer una especie como madre 
de otra especie modificada, por muy cuidadosamente que 
pudiéramos examinar ambas, a menos que poseyésemos la 
mayor parte de los eslabones intermedios, y, debido a la 


659 



imperfección de los registros geológicos, no tenemos justo 
motivo para esperar encontrar tantos eslabones. Si se 
descubriesen dos o tres o aun más formas de unión, por muy 
pequeñas que fuesen sus diferencias, la mayor parte de los 
naturalistas las clasificarían simplemente como otras tantas 
especies nuevas, sobre todo si se habían encontrado en 
diferentes subpisos geológicos. Podrían citarse numerosas 
formas vivientes dudosas, que son, probablemente, 
variedades; pero ¿quién pretenderá que en los tiempos futuros 
se descubrirán tantas formas intermedias fósiles que los 
naturalistas podrán decidir si estas formas dudosas deben o 
no llamarse variedades? Tan sólo una pequeña parte del 
mundo ha sido explorada geológicamente. Sólo los seres 
orgánicos de ciertas clases pueden conservarse en estado fósil, 
por lo menos en número considerable. Muchas especies, una 
vez formadas, no experimentan nunca ningún cambio 
ulterior, sino que se extinguen sin dejar descendientes 
modificados, y los períodos durante los cuales las especies han 
experimentado modificación, aunque largos si se miden por 
años, probablemente han sido cortos en comparación con los 
períodos durante los cuales conservaron la misma forma. Las 
especies dominantes y de extensa distribución son las que 
varían más y con mayor frecuencia, y las variedades son 
muchas veces locales al principio; causas ambas que hacen 
poco probable el descubrimiento de eslabones intermedios en 
una formación determinada. Las variedades locales no se 
extenderán a otras regiones distantes hasta que estén 
considerablemente modificadas y mejoradas, y cuando se han 
extendido y son descubiertas en una formación geológica, 
aparecen como creadas allí de repente, y serán clasificadas 
simplemente como nuevas especies. La mayor parte de las 
formaciones se han acumulado con intermitencia, y su 
duración ha sido probablemente menor que la duración 


660 



media de las formas específicas. Las formaciones sucesivas 
están separadas entre sí, en la mayor parte de los casos, por 
intervalos de gran duración, pues formaciones fosilíferas de 
potencia bastante para resistir la futura erosión sólo pueden 
acumularse, por regla general, donde se deposita mucho 
sedimento en el fondo de un mar que tenga movimiento de 
descenso. Durante los períodos alternantes de elevación y de 
nivel estacionario, los registros geológicos estarán 
generalmente en blanco. Durante estos últimos períodos 
habrá probablemente más variabilidad en las formas 
orgánicas; durante los períodos de descenso, mayor extinción. 

Por lo que se refiere a la ausencia de estratos ricos en fósiles 
debajo de la formación cámbrica, puedo sólo recurrir a la 
hipótesis dada en el capítulo X, o sea que, aun cuando 
nuestros continentes y océanos han subsistido casi en las 
posiciones relativas actuales durante un período enorme, no 
tenemos motivo alguno para admitir que esto haya sido 
siempre así, y, por consiguiente, pueden permanecer 
sepultadas bajo los grandes océanos formaciones mucho más 
antiguas que todas las conocidas actualmente. Por lo que se 
refiere a que el tiempo transcurrido desde que nuestro planeta 
se consolidó no ha sido suficiente para la magnitud del 
cambio orgánico supuesto —y esta objeción, como propuesta 
por sir William Thompson, es probablemente una de las más 
graves que nunca se hayan presentado—, sólo puedo decir, en 
primer lugar, que no sabemos con qué velocidad, medida por 
años, cambian las especies, y, en segundo lugar, que muchos 
hombres de ciencia no están todavía dispuestos a admitir que 
conozcamos bastante la constitución del universo y del 
interior de nuestro globo para razonar con seguridad sobre su 
duración pasada. 

Todo el mundo admitirá que los registros geológicos son 
imperfectos; muy pocos se inclinarán a admitir que lo son en 


661 



el grado requerido por nuestra teoría. Si consideramos 
espacios de tiempo lo bastante largos, la Geología manifiesta 
claramente que todas las especies han cambiado y que han 
cambiado del modo exigido por la teoría, pues han cambiado 
lentamente y de un modo gradual. Vemos esto claramente en 
que los restos fósiles de formaciones consecutivas están 
invariablemente mucho más relacionadas entre sí que los de 
formaciones muy separadas. 

Tal es el resumen de las diferentes objeciones y dificultades 
principales que pueden con justicia ser presentadas contra 
nuestra teoría, y he recapitulado ahora brevemente las 
respuestas y explicaciones que, hasta donde a mí se me 
alcanza, pueden darse. He encontrado, durante muchos años, 
estas dificultades, demasiado abrumadoras para dudar de su 
peso; pero merece señalarse especialmente que las objeciones 
más importantes se refieren a cuestiones sobre las cuales 
reconocemos nuestra ignorancia, sin saber hasta dónde llega 
ésta. No conocemos todos los grados posibles de transición 
entre los órganos más sencillos y los más perfectos; no puede 
pretenderse que conozcamos todos los diversos medios de 
distribución que han existido durante el largo tiempo pasado, 
ni que conozcamos toda la imperfección de los registros 
geológicos. Con ser graves, como lo son, estas diferentes 
objeciones, no son, a mi juicio, en modo alguno, suficientes 
para echar abajo la teoría de la descendencia seguida de 
modificación. 

Volvamos al otro aspecto de la cuestión. En estado 
doméstico vemos mucha variabilidad producida, o por lo 
menos estimulada, por el cambio de condiciones de vida; pero 
con frecuencia de un modo tan obscuro, que nos vemos 
tentados a considerar estas variaciones corno espontáneas. La 
variabilidad está regida por muchas leyes complejas: por 
correlación de crecimiento, compensación, aumento del uso y 


662 



desuso de los órganos, y acción definida de las condiciones 
ambientes. Es muy difícil averiguar en qué medida se han 
modificado las producciones domésticas; pero podemos 
admitir con seguridad que las modificaciones han sido 
grandes y que pueden heredarse durante largos períodos 
Mientras las condiciones de vida permanecen iguales, 
tenemos fundamento para creer que una modificación que ha 
sido ya heredada por muchas generaciones puede continuar 
siéndolo por un número casi ilimitado de éstas. Por el 
contrario, tenemos pruebas de que la variabilidad, una vez 
que ha entrado en juego, no cesa en estado doméstico durante 
un período larguísimo, y no sabemos si llega a cesar nunca, 
pues accidentalmente se producen todavía variedades nuevas 
en nuestras producciones domésticas más antiguas. 

La variabilidad no es realmente producida por el hombre; 
el hombre expone tan sólo, sin intención, los seres orgánicos a 
nuevas condiciones de vida, y entonces la naturaleza obra 
sobre los organismos y los hace variar. Pero el hombre puede 
seleccionar,, y selecciona, las variaciones que le presenta la 
naturaleza, y las acumula así del modo deseado. Así adapta el 
hombre los animales y plantas a su propio beneficio o gusto. 
Puede hacer esto metódicamente, o puede hacerlo 
inconscientemente, conservando los individuos que le son 
más útiles o agradables, sin intención de modificar las castas. 
Es seguro que puede influir mucho en los caracteres de una 
casta seleccionando en cada una de las generaciones sucesivas 
diferencias individuales tan pequeñas que sean inapreciables, 
excepto para una vista educada. Este proceso inconsciente de 
selección ha sido el agente principal en la formación de las 
razas domésticas más distintas y útiles. Las complicadas 
dudas sobre si muchas razas producidas por el hombre son 
variedades y especies primitivamente distintas demuestran 
que muchas razas tienen en gran medida los caracteres de 


663 



especies naturales. 

No hay motivo para que las leyes que han obrado 
eficazmente en estado doméstico no lo hayan hecho en estado 
natural. En la supervivencia de los individuos y razas 
favorecidas durante la incesante lucha por la existencia vemos 
una forma poderosa y constante de selección. La lucha por la 
existencia resulta inevitablemente de la elevada razón 
geométrica de propagación, que es común a todos los seres 
orgánicos. La gran rapidez de propagación se prueba por el 
cálculo, por la rápida propagación de muchos animales y 
plantas durante una serie de temporadas especialmente 
favorables, y cuando se los naturaliza en nuevos países. Nacen 
más individuos de los que pueden sobrevivir. Un grano en la 
balanza puede determinar qué individuos hayan de vivir y 
cuáles hayan de morir, qué variedad o especie haya de 
aumentar en número de individuos y cuál haya de disminuir 
o acabar por extinguirse. Como los individuos de una misma 
especie entran por todos conceptos en competencia la más 
rigurosa, la lucha será generalmente más severa entre las 
variedades de una misma especie, y seguirá en severidad entre 
las especies de un mismo género. Por otra parte, muchas 
veces será severa la lucha entre seres alejados en la escala de la 
Naturaleza. La más pequeña ventaja en ciertos individuos, en 
cualquier edad o estación, sobre aquellos con quienes entran 
en competencia, o la mejor adaptación, por pequeño que sea 
el grado, a las condiciones físicas ambientes, harán a la larga 
inclinar la balanza a su favor. 

En los animales que tienen los sexos separados habrá en la 
mayor parte de los casos lucha entre los machos por la 
posesión de las hembras. Los machos más vigorosos, o los que 
han luchado con mejor éxito con sus condiciones de vida, 
dejarán generalmente más descendencia. Pero el éxito 
dependerá muchas veces de que los machos tengan armas. 


664 



medios de defensa o encantos especiales, y una pequeña 
ventaja llevará a la victoria. 

Como la Geología claramente proclama que todos los 
países han sufrido grandes cambios físicos, podíamos haber 
esperado encontrar que los seres orgánicos han variado en 
estado natural del mismo modo que han variado en estado 
doméstico, y si ha habido alguna variabilidad en la naturaleza, 
sería un hecho inexplicable que la selección natural no 
hubiese entrado en juego. Con frecuencia se ha afirmado esto; 
pero la afirmación no es susceptible de demostración, pues la 
intensidad de la variación en estado natural es sumamente 
limitada. El hombre, aunque obrando sólo sobre los 

caracteres externos y muchas veces caprichosamente, puede 
producir dentro de un corto período un gran resultado 
sumando en sus producciones domésticas simples diferencias 
individuales. Pero, aparte de estas diferencias, todos los 
naturalistas admiten la existencia de variedades naturales que 
se consideran lo suficientemente distintas para que merezcan 
ser registradas en las obras sistemáticas. Nadie ha trazado una 
distinción clara entre las diferencias individuales y las 
variedades pequeñas, ni entre las variedades claramente 
señaladas y las subespecies y especies. En continentes 

separados, o en partes diferentes del mismo continente 
cuando están separadas por obstáculos de cualquier clase, o 
en islas adyacentes, ¡qué multitud de formas existe que los 
naturalistas experimentados clasifican: unos, como 

variedades; otros, como razas geográficas o subespecies, y 

otros, como especies distintas, aunque muy próximas! 

Pues si los animales y plantas varían, por poco y 
lentamente que sea, ¿por qué no tendrán que conservarse y 
acumularse por selección natural o supervivencia de los más 
adecuados las variaciones o diferencias individuales que sean 
en algún modo provechosas? Si el hombre puede con 


665 



paciencia seleccionar variaciones útiles para él, ¿por qué, en 
condiciones de vida variables y complicadas, no habrán de 
surgir con frecuencia y ser conservadas o seleccionadas 
variaciones útiles a las producciones vivientes de la 
naturaleza? ¿Qué límite puede fijarse a esta fuerza actuando 
durante tiempos larguísimos y escudriñando rigurosamente 
toda la constitución, con formación y costumbres de cada ser, 
favoreciendo lo bueno y rechazando lo malo? No sé ver límite 
alguno para esta fuerza al adaptar lenta y admirablemente 
cada forma a las más complejas relaciones de vida. La teoría 
de la selección natural, aun sin ir más lejos, parece probable 
en sumo grado. He recapitulado ya, lo mejor que he podido, 
las dificultades y objeciones presentadas contra nuestra teoría; 
pasemos ahora a los argumentos y hechos especiales en favor 
de ella. 

Dentro de la teoría de que las especies son sólo variedades 
muy señaladas y permanentes, y de que cada especie existió 
primero como variedad, podemos comprender por qué no se 
puede trazar una línea de demarcación entre las especies, que 
se supone generalmente que han sido producidas por actos 
especiales de creación, y las variedades, que se sabe que lo han 
sido por leyes secundarias. Según esta misma teoría, podemos 
comprender cómo es que en una región en la que se han 
producido muchas especies de un género, y donde éstas 
florecen actualmente, estas mismas especies tienen que 
presentar muchas variedades; pues donde la fabricación de 
especies ha sido activa hemos de esperar, por regla general, 
encontrarla todavía en actividad, y así ocurre si las variedades 
son especies incipientes. Además, las especies de los géneros 
mayores, que proporcionan el mayor número de variedades o 
especies incipientes, conservan hasta cierto punto el carácter 
de variedades, pues difieren entre sí en menor grado que las 
especies de los géneros más pequeños. Las especies más 


666 



próximas de los géneros mayores parecen tener también 
distribución geográfica restringida, y están reunidas, por sus 
afinidades, en pequeños grupos, alrededor de otras, 
pareciéndose por ambos conceptos a las variedades. Estas 
relaciones son extrañas dentro de la teoría de que cada especie 
fue creada independientemente; pero son inteligibles si cada 
especie existió primero como una variedad. 

Como todas las especies, por la razón geométrica de su 
reproducción, tienden a aumentar extraordinariamente en 
número de individuos, y como los descendientes modificados 
de cada especie estarán capacitados para aumentar tanto más 
cuanto más se diversifiquen en costumbres y conformación, 
de manera que puedan ocupar muchos y muy diferentes 
puestos en la economía de la naturaleza, habrá una tendencia 
constante en la selección natural a conservar la descendencia 
más divergente de cualquiera especie. Por consiguiente, 
durante un largo proceso de modificación, las pequeñas 
diferencias características de las variedades de una misma 
especie tienden a aumentar hasta convertirse en las 
diferencias mayores características de las especies de un 
mismo género. Las variedades nuevas o perfeccionadas, 
inevitablemente suplantarán y exterminarán a las variedades 
más viejas, menos perfeccionadas e intermedias, y así las 
especies se convertirán, en gran parte, en cosas definidas y 
precisas. Las especies dominantes, que pertenecen a los 
grupos mayores dentro de cada clase, tienden a dar origen a 
formas nuevas y dominantes, de manera que cada grupo 
grande tiende a hacerse todavía mayor y al mismo tiempo 
más divergente en caracteres. Pero como todos los grupos no 
pueden continuar de este modo aumentando de extensión, 
pues la Tierra no tendría capacidad para ellos, los grupos 
predominantes derrotan a los que no lo son. Esta tendencia 
de los grupos grandes a continuar aumentando de extensión y 


667 



divergiendo en caracteres, junto con una gran extinción, su 
consecuencia inevitable, explican la disposición de todas las 
formas orgánicas en grupos subordinados a otros grupos, 
todos ellos comprendidos en un corto número de grandes 
clases, que han prevalecido a través del tiempo. Este hecho 
capital de la agrupación de todos los seres orgánicos en lo que 
se llama sistema natural es completamente inexplicable 
dentro de la teoría de la creación. 

Como la selección natural obra solamente por acumulación 
de variaciones favorables, pequeñas y sucesivas, no puede 
producir modificaciones grandes o súbitas; puede obrar 
solamente a pasos cortos y lentos. De aquí que la ley de 
Natura nonfacit saltum, que cada nuevo aumento de nuestros 
conocimientos tiende a confirmar, sea comprensible dentro 
de esta teoría. Podemos comprender por qué, en toda la 
naturaleza, el mismo fin general se consigue por una variedad 
casi infinita de medios, pues toda particularidad, una vez 
adquirida, se hereda durante mucho tiempo, y 
conformaciones modificadas ya de modos muy diferentes 
tienen que adaptarse a un mismo fin general. Podemos, en 
una palabra, comprender por qué la naturaleza es pródiga en 
variedad y avarienta en innovación. Pero nadie puede explicar 
por qué tiene que ser esto una ley de la naturaleza si cada 
especie ha sido creada independientemente. 

Existen, a mi parecer, muchos otros hechos explicables 
dentro de nuestra teoría. ¡Qué extraño es que un ave, con 
forma de pájaro carpintero, se alimente de insectos en el 
suelo; que los gansos de tierra, que rara vez o nunca nadan, 
tengan los pies palmeados; que un ave parecida al tordo se 
zambulla y alimente de insectos que viven debajo del agua; 
que el petrel tenga costumbres y conformación que lo hacen 
adecuado para el género de vida de un pingüino, y así en un 
sinfín de casos! Pero estos hechos cesan de ser extraños, y 


668 



hasta pudieran haber sido previstos dentro de la teoría de que 
cada especie se esfuerza constantemente por aumentar en 
número, y que la selección natural está siempre pronta a 
adaptar los descendientes de cada especie que varíen un poco, 
a algún puesto desocupado o mal ocupado en la naturaleza. 

Podemos comprender, hasta cierto punto, por qué hay 
tanta belleza por toda la naturaleza, pues esto puede 
atribuirse, en gran parte, a la acción de la selección. Que la 
belleza, según nuestro sentido de ella, no es universal, tiene 
que ser admitido por todo el que fije su atención en algunas 
serpientes venenosas, en algunos peces y en ciertos 
asquerosos murciélagos que tienen una monstruosa 
semejanza con la cara humana. La selección sexual ha dado 
brillantísimos colores, elegantes dibujos y otros adornos a los 
machos, y a veces a los dos sexos, de muchas aves, mariposas 
y otros animales. Por lo que se refiere a las aves, muchas veces 
ha hecho musical para la hembra, lo mismo que para nuestros 
oídos, la voz del macho. Las flores y los frutos han sido 
hechos aparentes, mediante brillantes colores en contraste 
con el follaje verde, a fin de que las flores puedan ser 
fácilmente vistas, visitadas y fecundadas por los insectos, y las 
semillas diseminadas por los pájaros. Por qué ocurre que 
ciertos colores, sonidos y formas dan gusto al hombre y a los 
animales inferiores —esto es, cómo fue adquirido por vez 
primera el sentido de la belleza en su forma más sencilla—, no 
lo sabemos, como tampoco sabemos por qué ciertos olores y 
sabores se hicieron por vez primera agradables. 

Como la selección natural obra mediante la competencia, 
adapta y perfecciona los habitantes de cada país tan sólo en 
relación a los otros habitantes; de manera que no debe 
sorprendernos que las especies de un país, a pesar de que, 
según la teoría ordinaria, se supone que han sido creadas y 
especialmente adaptadas para él, sean derrotadas y 


669 



suplantadas por las producciones naturalizadas procedentes 
de otro. Tampoco debemos maravillarnos de que todas las 
disposiciones en la naturaleza no sean —hasta donde 
podemos juzgar— absolutamente perfectas, como en el caso 
del mismo ojo humano, ni de que algunas de ellas sean ajenas 
a nuestras ideas acerca de lo adecuado. No debemos 
maravillarnos de que el aguijón de la abeja, al ser utilizado 
contra un enemigo, ocasione la muerte de la propia abeja; de 
que se produzca tan gran número de zánganos para un solo 
acto, y de que sean luego matados por sus hermanas estériles; 
ni del asombroso derroche del polen en nuestros abetos; ni 
del odio instintivo de la reina de las abejas hacia sus propias 
hijas fecundas; ni de que los icneumónidos se alimenten en el 
interior del cuerpo de las orugas vivas; ni de otros casos 
semejantes. Lo portentoso, dentro de la teoría de la selección 
natural, es que no se hayan descubierto más casos de falta de 
absoluta perfección. 

Las leyes complejas y poco conocidas que rigen la 
producción de las variedades son las mismas, hasta donde 
podemos juzgar, que las leyes que ha seguido la producción 
de especies distintas. En ambos casos las condiciones físicas 
parecen haber producido algún efecto directo y definido, pero 
no podemos decir con qué intensidad. Así, cuando las 
variedades se introducen en una estación nueva, a las veces 
toman algunos de los caracteres propios de las especies de 
aquella estación. Tanto en las variedades como en las especies, 
el uso y el desuso parecen haber producido un efecto 
considerable; pues imposible es resistirse a admitir esta 
conclusión cuando consideramos, por ejemplo, el logger- 
headed duck^^^\ que tiene las alas incapaces de servir para el 
vuelo, casi en la misma condición que las del pato doméstico; 
cuando fijamos la atención en el tucu-tucu minador, que 
algunas veces es ciego, y luego en ciertos topos, que lo son 


670 


habitualmente y tienen sus ojos cubiertos por piel, o cuando 
consideramos los animales ciegos que viven en las cavernas 
obscuras de América y Europa. En las variedades y especies, la 
variación correlativa parece haber representado un papel 
importante, de modo que cuando una parte se ha modificado, 
necesariamente se han modificado otras. Tanto en las 
variedades como en las especies se presentan a veces 
caracteres perdidos desde mucho tiempo. ¡Qué inexplicable 
es, dentro de la teoría de la creación, la aparición de rayas en 
las espaldillas y patas en diferentes especies del género del 
caballo y en sus híbridos, y qué sencillamente se explica este 
hecho si suponemos que estas especies descienden todas de 
un antepasado con rayas, del mismo modo que las diferentes 
razas domésticas de palomas descienden de la paloma 
silvestre, azulada y con fajas! 

Según la opinión ordinaria de que cada especie ha sido 
creada independientemente, ¿por qué han de ser más 
variables los caracteres específicos, o sea aquellos en que 
difieren las especies del mismo género, que los caracteres 
genéricos, en que todas coinciden? ¿Por qué, por ejemplo, en 
una especie dada de un género, el color de la flor tiene que ser 
más propenso a variar si las otras especies tienen flores de 
diferentes colores que si todas tienen flores del mismo color? 
Si las especies son tan sólo variedades bien señaladas, cuyos 
caracteres se han vuelto muy permanentes, podemos 
comprender este hecho, pues desde que se separaron del 
antepasado común han variado ya en ciertos caracteres, por lo 
que han llegado a ser específicamente distintas unas de otras; 
por lo cual estos mismos caracteres tienen que ser todavía 
mucho más propensos a variar que los caracteres genéricos 
que han sido heredados sin modificación durante un período 
inmenso. Es inexplicable, dentro de la teoría de una creación, 
por qué un órgano desarrollado de un modo extraordinario 


671 



en una sola especie de un género —y por ello, según 
naturalmente podemos suponer, de gran importancia para 
esta especie— haya de estar sumamente sujeto a variación; 
pero, según nuestra teoría, este órgano ha experimentado, 
desde que las diferentes especies se separaron del antepasado 
común, una extraordinaria variabilidad y modificación, y por 
ello podíamos esperar que generalmente sea todavía variable. 
Pero un órgano puede desarrollarse del modo más 
extraordinario, como el ala de un murciélago, y sin embargo 
no ser más variable que otra conformación cualquiera, si es 
común a muchas formas subordinadas, esto es, si ha sido 
heredado durante un período muy largo, pues en este caso se 
ha vuelto constante por selección natural muy prolongada. 

Echando una mirada a los instintos, con ser algunos 
maravillosos, no ofrecen mayores dificultades que las 
conformaciones corpóreas, dentro de la teoría de la selección 
natural, de sucesivas modificaciones pequeñas, pero 
provechosas. De este modo podemos comprender por qué la 
naturaleza va por pasos graduales al dotar a los diferentes 
animales de una misma clase de sus diversos instintos. He 
procurado mostrar cuánta luz proyecta el principio de la 
gradación sobre las admirables facultades arquitectónicas de 
la abeja común. Indudablemente, la costumbre entra muchas 
veces en juego en la modificación de los instintos; pero 
ciertamente no es indispensable, según vemos en el caso de 
los insectos neutros, que no dejan descendencia alguna que 
herede los efectos de la costumbre prolongada. Dentro de la 
teoría de que todas las especies de un mismo género han 
descendido de un antepasado común y han heredado mucho 
en común, podemos comprender cómo es que especies 
próximas, situadas en condiciones de vida muy diferentes, 
tengan, sin embargo, los mismos instintos; por qué los tordos 
de las regiones tropicales y templadas de América del Sur, por 


672 



ejemplo, revisten sus nidos de barro como nuestras especies 
inglesas. Según la teoría de que los instintos han sido 
adquiridos lentamente por selección natural, no hemos de 
maravillarnos de que algunos instintos no sean perfectos y 
estén expuestos a error y de que algunos instintos sean causa 
de sufrimiento para otros animales. 

Si las especies son sólo variedades bien señaladas y 
permanentes, podemos inmediatamente comprender por qué 
sus descendientes híbridos han de seguir las mismas leyes que 
siguen los descendientes que resultan del cruzamiento de 
variedades reconocidas, en los grados y clases de semejanzas 
con sus progenitores, en ser absorbidas mutuamente 
mediante cruzamientos sucesivos, y en otros puntos análogos. 
Esta semejanza sería un hecho extraño si las especies hubiesen 
sido creadas independientemente y las variedades hubiesen 
sido producidas por leyes secundarias. 

Si admitimos que los registros geológicos son imperfectos 
en grado extremo, entonces los hechos que positivamente 
proporcionan los registros apoyan vigorosamente la teoría de 
la descendencia con modificación. Las nuevas especies han 
entrado en escena lentamente y con intervalos, y la intensidad 
del cambio, después de espacios iguales de tiempo, es muy 
distinta en diferentes grupos. La extinción de especies y de 
grupos enteros de especies que han representado papel tan 
importante en la historia del mundo orgánico es consecuencia 
casi inevitable del principio de la selección natural, pues 
formas viejas son suplantadas por otras nuevas y mejoradas. 
Ni las especies aisladas ni los grupos de especies reaparecen 
una vez que se ha roto la cadena de la generación ordinaria. 
La difusión gradual de formas dominantes, unida a la lenta 
modificación de sus descendientes, hace que las formas 
orgánicas aparezcan después de largos intervalos de tiempo, 
como si hubiesen cambiado simultáneamente en todo el 


673 



mundo. El hecho de que los restos fósiles de cada formación 
sean en algún grado intermedios, por sus caracteres, entre los 
fósiles de las formaciones inferiores y superiores se explica 
simplemente por su posición intermedia en la cadena 
genealógica. El importante hecho de que todos los seres 
extinguidos puedan ser clasificados junto con todos los seres 
vivientes es consecuencia natural de que los seres vivientes y 
extinguidos son descendientes de antepasados comunes. 
Como las especies generalmente han divergido en caracteres 
durante su largo curso de descendencia y modificación, 
podemos comprender cómo es que las formas más antiguas, o 
primeros progenitores de cada grupo, ocupen con tanta 
frecuencia una posición en algún modo intermedia entre 
grupos vivientes. Las formas modernas son consideradas, 
generalmente, como más elevadas en la escala de la 
organización que las antiguas, y tienen que serlo por cuanto 
las formas más modernas y perfeccionadas han vencido en la 
lucha por la vida a las más antiguas y menos perfeccionadas; 
además, por lo general, sus órganos se especializaron más 
para diferentes funciones. Este hecho es perfectamente 
compatible con el que numerosos seres conserven todavía 
conformaciones sencillas y muy poco perfeccionadas, 
adaptadas a condiciones sencillas de vida; es igualmente 
compatible con el que algunas formas hayan retrogradado en 
organización por haberse adaptado mejor en cada fase de su 
descendencia a condiciones de vida nuevas e inferiores. 
Einalmente, la asombrosa ley de la larga persistencia de 
formas afines en el mismo continente —de marsupiales en 
Australia, de desdentados en América y otros casos análogos 
— es comprensible; pues, dentro del mismo país, los seres 
vivientes y los extinguidos han de estar muy unidos 
genealógicamente. 

Considerando la distribución geográfica, si admitimos que 


674 



durante el largo transcurso de los tiempos ha habido mucha 
migración de una parte a otra del mundo, debida a antiguos 
cambios geográficos y de clima y a los muchos medios 
ocasionales y desconocidos de dispersión, podemos 
comprender, según la teoría de la descendencia con 
modificación, la mayor parte de los grandes hechos capitales 
de la distribución geográfica. Podemos comprender por qué 
ha de haber un paralelismo tan notable en la distribución de 
los seres orgánicos en el espacio y en su sucesión geológica en 
el tiempo, pues en ambos casos los seres han estado unidos 
por el lazo de la generación ordinaria y los medios de 
modificación han sido los mismos. Comprendemos toda la 
significación del hecho portentoso, que ha impresionado a 
todo viajero, o sea que en un mismo continente, en 
condiciones las más diversas, con calor y con frío, en las 
montañas y las tierras bajas, en los desiertos y en los 
pantanos, la mayor parte de los habitantes, dentro de cada 
una de las grandes clases, tienen evidente parentesco, pues 
son los descendientes de los mismos antepasados, los 
primeros colonos. Según este mismo principio de antigua 
emigración, combinada en la mayor parte de los casos con 
modificaciones, podemos comprender, con ayuda del período 
glaciar, la identidad de algunas plantas y el próximo 
parentesco de muchas otras que viven en las montañas más 
distantes y en las zonas templadas septentrional y meridional, 
e igualmente el estrecho parentesco de algunos habitantes del 
mar en las latitudes templadas del Norte y del Sur, a pesar de 
estar separados por todo el océano intertropical. Aunque dos 
regiones presenten condiciones físicas tan sumamente 
semejantes que hasta exijan las mismas especies, no hemos de 
sentirnos sorprendidos de que sus habitantes sean muy 
diferentes, si estas regiones han estado separadas por 
completo durante un largo período; pues como la relación de 


675 



unos organismos con otros es la más importante de todas, y 
como cada una de las dos regiones habrá recibido en diversos 
períodos y en diferentes proporciones colonos procedentes de 
la otra o de otros países, el proceso de modificación en las dos 
regiones habrá sido inevitablemente diferente. 

Según esta teoría de la migración con modificaciones 
subsiguientes, comprendemos por qué las islas oceánicas 
están habitadas sólo por pocas especies y por qué muchas de 
éstas son formas peculiares o endémicas. Comprendemos 
claramente por qué especies que pertenecen a aquellos grupos 
de animales que no pueden atravesar grandes espacios del 
océano, como los batracios y los mamíferos terrestres, no 
habitan en las islas oceánicas, y por qué, por el contrario, se 
encuentran frecuentemente en islas muy distantes de todo 
continente especies nuevas y peculiares de murciélagos, 
animales que pueden atravesar el océano. Casos tales como la 
presencia de especies peculiares de murciélagos en islas 
oceánicas y la ausencia de todos los otros mamíferos 
terrestres son hechos absolutamente inexplicables dentro de 
la teoría de los actos independientes de creación. 

La existencia de especies muy afines o representativas en 
dos regiones cualesquiera implica, dentro de la teoría de la 
descendencia con modificación, que en otro tiempo habitaron 
ambas regiones las mismas formas progenitoras, y 
encontramos casi invariablemente que, siempre que muchas 
especies muy afines viven en dos regiones, algunas especies 
idénticas son todavía comunes a ambas. Siempre que se 
presentan muchas especies muy afines, aunque distintas, se 
presentan también formas dudosas y variedades 
pertenecientes a los mismos grupos. Es una regla sumamente 
general que los habitantes de cada región están relacionados 
con los habitantes de la fuente más próxima de que pueden 
haber provenido inmigrantes. Vemos esto en la notable 


676 



relación de casi todas las plantas y animales del archipiélago 
de los Galápagos, de la isla de Juan Fernández y de otras islas 
americanas con las plantas y animales del vecino continente 
americano, y de los del archipiélago de Cabo Verde y de otras 
islas africanas con los del continente africano. Hay que 
admitir que estos hechos no reciben explicación alguna 
dentro de la teoría de la creación. 

El hecho, como hemos visto, de que todos los seres 
orgánicos, pasados y presentes, puedan ser ordenados dentro 
de un corto número de grandes clases en grupos 
subordinados a otros grupos, quedando con frecuencia los 
grupos extinguidos entre los grupos actuales, es comprensible 
dentro de la teoría de la selección natural, con sus 
consecuencias de extinción y divergencia de caracteres. Según 
estos mismos principios, comprendemos por qué son tan 
complicadas y tortuosas las afinidades mutuas de las formas 
dentro de cada clase. Vemos por qué ciertos caracteres son 
mucho más útiles que otros para la clasificación; por qué 
caracteres adaptativos, aunque de suma importancia para los 
seres, no tienen casi importancia alguna en la clasificación; 
por qué caracteres derivados de órganos rudimentarios, 
aunque de ninguna utilidad para los seres, son muchas veces 
de gran valor taxonómico, y por qué los caracteres 
embriológicos son con frecuencia los más valiosos de todos. 
Las afinidades reales de todos los seres orgánicos, en 
contraposición con sus semejanzas de adaptación, son 
debidas a herencia o comunidad de origen. El sistema natural 
es un ordenamiento genealógico, en el que se expresan los 
grados de diferencia adquiridos, por los términos variedades, 
especies, géneros, familias, etc.; y tenemos que descubrir las 
líneas genealógicas por los caracteres más permanentes, 
cualesquiera que sean y por pequeña que sea su importancia 
para la vida. 


677 



Un armazón semejante de huesos en la mano del hombre, 
el ala del murciélago, la aleta de la marsopa y la pata del 
caballo; el mismo número de vértebras en el cuello de la jirafa 
y en el elefante, y otros innumerables hechos semejantes se 
explican inmediatamente según la teoría de la descendencia 
con lentas y pequeñas modificaciones sucesivas. La semejanza 
de tipo entre el ala y la pata de un murciélago, aunque usados 
para objetos tan diferentes; entre las piezas bucales y las patas 
de un cangrejo; entre los pétalos, estambres y pistilos de una 
flor, es también muy comprensible dentro de la teoría de la 
modificación gradual de las partes u órganos que fueron 
primitivamente iguales en un antepasado remoto en cada una 
de estas clases. Según el principio de que las sucesivas 
variaciones no siempre sobrevienen en una edad temprana y 
son heredadas en un período correspondiente no temprano 
de la vida, comprendemos claramente por qué sean tan 
semejantes los embriones de los mamíferos, aves, reptiles y 
peces, y tan diferentes las formas adultas. Podemos no 
asombrarnos ya más de que el embrión de un mamífero o ave 
que respiran en el aire tengan hendeduras branquiales y 
arterias formando asas, como las de un pez que tiene que 
respirar el aire disuelto en el agua con el auxilio de branquias 
bien desarrolladas. 

El desuso, ayudado a veces por la selección natural, habrá 
con frecuencia reducido órganos que se han vuelto inútiles 
con el cambio de costumbres o condiciones de vida, y, según 
esta teoría, podemos comprender la significación de los 
órganos rudimentarios. Pero el desuso y la selección 
generalmente obrarán sobre cada ser cuando éste haya 
llegado a la edad adulta y tenga que representar todo su papel 
en la lucha por la existencia, y así tendrán poca fuerza sobre 
los órganos durante la primera edad; por lo cual los órganos 
no estarán reducidos o rudimentarios en esta primera edad. 


678 



El ternero, por ejemplo, ha heredado de un remoto 
antepasado, que tenía dientes bien desarrollados, dientes que 
nunca rompen la encía de la mandíbula superior, y podemos 
creer que los dientes se redujeron en otro tiempo por desuso 
en el animal adulto, debido a que la lengua y el paladar o los 
labios se adaptaron admirablemente a rozar sin el auxilio de 
aquéllos, mientras que, en el ternero, los dientes quedaron sin 
variación y, según el principio de la herencia a las edades 
correspondientes, han sido heredados desde un tiempo 
remoto hasta la actualidad. Dentro de la teoría de que cada 
organismo, con todas sus diversas partes, ha sido creado 
especialmente, ¡cuán completamente inexplicable es que se 
presenten con tanta frecuencia órganos que llevan el evidente 
sello de la inutilidad, como los dientes del feto de la vaca, o las 
alas plegadas bajo los élitros soldados de muchos coleópteros! 
Puede decirse que la Naturaleza se ha tomado el trabajo de 
revelar su sistema de modificación por medio de los órganos 
rudimentarios y de las conformaciones homólogas y 
embrionarias; pero nosotros somos demasiado ciegos para 
comprender su intención. 

He recapitulado ahora los hechos y consideraciones que me 
han convencido por completo de que las especies se han 
modificado durante una larga serie de generaciones. Esto se 
ha efectuado principalmente por la selección natural de 
numerosas variaciones sucesivas, pequeñas y favorables, 
auxiliada de modo importante por los efectos hereditarios del 
uso y desuso de las partes, y de un modo accesorio —esto es, 
en relación a las conformaciones de adaptación, pasadas o 
presentes— por la acción directa de las condiciones externas y 
por variaciones que, dentro de nuestra ignorancia, nos parece 
que surgen espontáneamente. Parece que anteriormente 
rebajé el valor y la frecuencia de estas últimas formas de 
variación, en cuanto que llevan a modificaciones permanentes 


679 



de conformación, con independencia de la selección natural. 
Y como mis conclusiones han sido recientemente muy 
tergiversadas y se ha afirmado que atribuyo la modificación 
de las especies exclusivamente a la selección natural, se me 
permitirá hacer observar que en la primera edición de esta 
obra y en las siguientes he puesto en lugar bien visible —o sea 
al final de la Introducción— las siguientes palabras: «Estoy 
convencido de que la selección natural ha sido el modo 
principal, pero no el único, de modificación». Esto no ha sido 
de utilidad ninguna. Grande es la fuerza de la tergiversación 
continua; pero la historia de la Ciencia muestra que, 
afortunadamente, esta fuerza no perdura mucho. 

Difícilmente puede admitirse que una teoría falsa explique 
de un modo tan satisfactorio, como lo hace la teoría de la 
selección natural, las diferentes y extensas clases de hechos 
antes indicadas. Recientemente se ha hecho la objeción de 
que este es un método de razonar peligroso; pero es un 
método utilizado al juzgar los hechos comunes de la vida y ha 
sido utilizado muchas veces por los más grandes filósofos 
naturalistas. De este modo se ha llegado a la teoría 
ondulatoria de la luz, y la creencia en la rotación de la Tierra 
sobre su eje hasta hace poco tiempo no se apoyaba casi en 
ninguna prueba directa. No es una objeción válida el que la 
Ciencia hasta el presente no dé luz alguna sobre el problema, 
muy superior, de la esencia u origen de la vida. ¿Quién puede 
explicar qué es la esencia de la atracción de la gravedad? 
Nadie rechaza actualmente el seguir las consecuencias que 
resultan de este elemento desconocido de atracción, a pesar 
de que Leibnitz acusó ya a Newton de introducir propiedades 
ocultas y milagros en la Eilosofía». 

No veo ninguna razón válida para que las opiniones 
expuestas en este libro ofendan los sentimientos religiosos de 
nadie. Es suficiente, como demostración de lo pasajeras que 


680 



son estas impresiones, recordar que el mayor descubrimiento 
que jamás ha hecho el hombre, o sea la ley de la atracción de 
la gravedad, fue también atacado por Leibnitz «como 
subversiva de la religión natural y, por consiguiente, de la 
revelada». Un famoso autor y teólogo me ha escrito que 
«gradualmente ha ido viendo que es una concepción 
igualmente noble de la Divinidad creer que Ella ha creado un 
corto número de formas primitivas capaces de transformarse 
por sí mismas en otras formas necesarias, como creer que ha 
necesitado un acto nuevo de creación para llenar los huecos 
producidos por la acción de sus leyes». 

Puede preguntarse por qué, hasta hace poco tiempo, los 
naturalistas y geólogos contemporáneos más eminentes no 
creyeron en la mutabilidad de las especies: no puede 
afirmarse que los seres orgánicos en estado natural no estén 
sometidos a alguna variación; no puede probarse que la 
intensidad de la variación en el transcurso de largos períodos 
sea una cantidad limitada; ninguna distinción clara se ha 
señalado, si puede señalarse, entre las especies y las variedades 
bien marcadas; no puede sostenerse que las especies, cuando 
se cruzan, sean siempre estériles y las variedades siempre 
fecundas, o que la esterilidad es un don y señal especial de 
creación. La creencia de que las especies eran producciones 
inmutables fue casi inevitable mientras se creyó que la 
historia de la tierra fue de corta duración, y ahora que hemos 
adquirido alguna idea del tiempo transcurrido propendemos 
demasiado a admitir sin pruebas que los registros geológicos 
son tan perfectos que nos tendrían que haber proporcionado 
pruebas evidentes de la transformación de las especies, si éstas 
hubiesen experimentado transformación. 

Pero la causa principal de nuestra repugnancia natural a 
admitir que una especie ha dado nacimiento a otra distinta es 
que siempre somos tardos en admitir grandes cambios cuyos 


681 



grados no vemos. La dificultad es la misma que la que 
experimentaron tantos geólogos cuando Lyell sostuvo por vez 
primera que los agentes que vemos todavía en actividad han 
formado las largas líneas de acantilados del interior y han 
excavado los grandes valles. La mente no puede abarcar toda 
la significación ni siquiera de la expresión un millón de años; 
no puede sumar y percibir todo el resultado de muchas 
pequeñas variaciones acumuladas durante un número casi 
infinito de generaciones. 

Aun cuando estoy por completo convencido de la verdad 
de las opiniones dadas en este libro bajo la forma de un 
extracto, no espero en modo alguno convencer a 
experimentados naturalistas cuya mente está llena de una 
multitud de hechos vistos todos, durante un largo transcurso 
de años, desde un punto de vista diametralmente opuesto al 
mío. Es comodísimo ocultar nuestra ignorancia bajo 
expresiones tales como el plan de creación, unidad de tipo, 
etcétera, y creer que damos una explicación cuando tan sólo 
repetimos la afirmación de un hecho. Aquellos cuya 
disposición natural les lleve a dar más importancia a 
dificultades inexplicadas que a la explicación de un cierto 
número de hechos, rechazarán seguramente la teoría. 
Algunos naturalistas dotados de mucha flexibilidad mental, y 
que han empezado ya a dudar de la inmutabilidad de las 
especies, pueden ser influidos por este libro, pero miro con 
confianza hacia el porvenir, hacia los naturalistas jóvenes, que 
serán capaces de ver los dos lados del problema con 
imparcialidad. Quienquiera que sea llevado a creer que las 
especies son mudables, prestará un buen servicio expresando 
honradamente su convicción, pues sólo así puede quitarse la 
carga de prejuicios que pesan sobre esta cuestión. 

Varios naturalistas eminentes han manifestado 
recientemente su opinión de que una multitud de supuestas 


682 



especies dentro de cada género no son especies reales; pero 
que otras especies son reales, esto es, que han sido creadas 
independientemente. Esto me parece que es llegar a una 
extraña conclusión. Admiten que una multitud de formas, 
que hasta hace poco creían ellos mismos que eran creaciones 
especiales, y que son consideradas todavía así por la mayor 
parte de los naturalistas, y que, por consiguiente, tienen todos 
los rasgos característicos extremos de verdaderas especies; 
admiten, sí, que éstas han sido producidas por variación, pero 
se niegan a hacer extensiva la misma opinión a otras formas 
poco diferentes. Sin embargo, no pretenden poder definir, y 
ni siquiera conjeturar, cuáles son las formas orgánicas creadas 
y cuáles las producidas por leyes secundarias. Admiten la 
variación como una vera causa en un caso; arbitrariamente la 
rechazan en otro, sin señalar ninguna distinción entre ambos. 
Vendrá el día en que esto se citará como un ejemplo de la 
ceguera de la opinión preconcebida. Estos autores parecen no 
asombrarse más de un acto milagroso o de creación que de un 
nacimiento ordinario. Pero ¿creen realmente que en 
innumerables períodos de la historia de la Tierra ciertos 
átomos elementales han recibido la orden de formar de 
repente tejidos vivientes? ¿Creen que en cada supuesto acto 
de creación se produjeron muchos o un individuos? Las 
infinitas clases de animales y plantas ¿fueron creadas todas 
como huevos o semillas, o por completo desarrolladas? Y, en 
el caso de los mamíferos, ¿fueron éstos creados llevando la 
falsa señal de la nutrición por el útero de la madre? 
Indudablemente, algunas de estas mismas preguntas no 
pueden ser contestadas por los que creen en la aparición o 
creación de sólo un corto número de formas orgánicas o de 
alguna forma solamente. Diversos autores han sostenido que 
es tan fácil creer en la creación de un millón de seres como en 
la de uno; pero el axioma filosófico de Maupertuis, de la 


683 



menor acción nos lleva con más gusto a admitir el menor 
número, y ciertamente no necesitamos creer que han sido 
creados innumerables seres dentro de cada una de las grandes 
clases con señales patentes, pero engañosas, de ser 
descendientes de un solo antepasado. 

Como recuerdo de un estado anterior de cosas, he 
conservado en los párrafos precedentes y en otras partes 
varias frases que implican que los naturalistas creen en la 
creación separada de cada especie, y se me ha censurado 
mucho por haberme expresado así; pero indudablemente era 
ésta la creencia general cuando apareció la primera edición de 
la presente obra. En otro tiempo hablé a muchos naturalistas 
sobre el problema de la evolución, y nunca encontré una 
acogida simpática. Es probable que algunos creyesen entonces 
en la evolución; pero guardaban silencio o se expresaban tan 
ambiguamente, que no era fácil comprender su pensamiento. 
Actualmente, las cosas han cambiado por completo, y casi 
todos los naturalistas admiten el gran principio de la 
evolución. Hay, no obstante, algunos que creen todavía que 
las especies han producido de repente, por medios 
completamente inexplicables, formas nuevas totalmente 
diferentes; pero, como he intentado demostrar, pueden 
oponerse pruebas importantes a la admisión de 
modificaciones grandes y bruscas. Desde un punto de vista 
científico, y en cuanto a llevar a ulteriores investigaciones, 
con creer que de formas antiguas y muy diferentes se 
desarrollan de repente, de un modo inexplicable, formas 
nuevas, se consigue poquísima ventaja sobre la antigua 
creencia en la creación de las especies del polvo de la tierra. 

Puede preguntarse hasta dónde hago extensiva la doctrina 
de la modificación de las especies. Esta cuestión es difícil de 
contestar, pues cuanto más diferentes son las formas que 
consideremos, tanto menor es el número y fuerza de las 


684 



razones en favor de la comunidad de origen; pero algunas 
razones del mayor peso llegan hasta muy lejos. Todos los 
miembros de clases enteras están reunidos por una cadena de 
afinidades, y pueden todos clasificarse, según el mismo 
principio, en grupos subordinados. Los fósiles tienden a veces 
a llenar intervalos grandísimos entre órdenes vivientes. 

Los órganos en estado rudimentario muestran claramente 
que un remoto antepasado tuvo el órgano en estado de 
completo desarrollo, y esto, en algunos casos, supone una 
modificación enorme en los descendientes. En clases enteras, 
diversas estructuras están conformadas según los mismos 
tipos, y en una edad muy temprana los embriones se parecen 
mucho. Por esto no puedo dudar de que la teoría de la 
descendencia con modificación comprende todos los 
miembros de una misma clase o de un mismo reino. Creo yo 
que los animales descienden, a lo sumo, de sólo cuatro o 
cinco progenitores, y las plantas, de un número igual o 
menor. 

La analogía me llevaría a dar un paso más, o sea a creer que 
todos los animales y plantas descienden de un solo prototipo; 
pero la analogía puede ser un guía engañoso. Sin embargo, 
todos los seres vivientes tienen mucho de común en su 
composición química, su estructura celular, sus leyes de 
crecimiento y en ser susceptibles a las influencias nocivas. 
Vemos esto en un hecho tan insignificante como el de que el 
mismo veneno muchas veces obra de un modo semejante en 
animales y plantas, o que el veneno segregado por cinípidos 
produce crecimiento monstruoso en el rosal silvestre y en el 
roble. En todos los seres orgánicos, excepto, quizá, algunos de 
los muy inferiores, la reproducción sexual parece ser 
esencialmente semejante. En todos, hasta donde actualmente 
se sabe, la vesícula germinal es igual; de manera que todos los 
organismos parten de un origen común. Si consideramos 


685 



incluso las dos divisiones principales —o sea los reinos 
animal y vegetal—, ciertas formas inferiores son de carácter 
tan intermedio, que los naturalistas han discutido en qué 
reino se deben incluir. Como el profesor Assa Cray ha hecho 
observar, «las esporas y otros cuerpos reproductores de 
muchas de las algas inferiores pueden alegar que tienen 
primero una existencia animal característica y después una 
existencia vegetal inequívoca». Por esto, según el principio de 
la selección natural con divergencia de caracteres, no parece 
increíble que, tanto los animales como las plantas, se puedan 
haber desarrollado a partir de alguna de tales formas 
interiores e intermedias, y si admitimos esto, tenemos 
también que admitir que todos los seres orgánicos que en 
todo tiempo han vivido sobre la Tierra pueden haber 
descendido de alguna forma primordial. Pero esta deducción 
está basada principalmente en la analogía, y es indiferente que 
sea admitida o no. Indudablemente, es posible, como ha 
propuesto míster G. H. Lewes, que en el primer comienzo de 
la vida se produjeron formas muy diferentes; pero, si es así, 
podemos llegar a la conclusión de que sólo poquísimas han 
dejado descendientes modificados; pues, como he hecho 
observar hace poco, por lo que se refiere a los miembros de 
cada uno de los grandes reinos, tales como los vertebrados, 
articulados, etc., tenemos en sus conformaciones 
embriológicas, homólogas y rudimentarias, pruebas claras de 
que, dentro de cada reino, todos los animales descienden de 
un solo progenitor. 

Cuando las opiniones propuestas por mí en este libro y por 
míster Wallace, o cuando opiniones análogas sobre el origen 
de las especies estén generalmente admitidas, podremos 
prever vagamente que habrá una considerable revolución en 
la Historia Natural. Los sistemáticos podrán proseguir sus 
trabajos como hasta el presente; pero no estarán obsesionados 


686 



incesantemente por la obscura duda de si esta o aquella forma 
son verdaderas especies; lo cual —estoy seguro, y hablo por 
experiencia— será no pequeño alivio. Cesarán las 
interminables discusiones de si unas cincuenta especies de 
zarzas británicas son o no buenas especies. Los sistemáticos 
tendrán sólo que decidir —lo que no será fácil— si una forma 
es suficientemente constante y diferente de las otras para ser 
susceptible de definición, y, caso de serlo, si las diferencias 
son lo bastante importantes para que merezca un nombre 
específico. Este último punto pasará a ser una consideración 
mucho más esencial de lo que es actualmente, pues las 
diferencias, por pequeñas que sean, entre dos formas 
cualesquiera, si no están unidas por gradaciones intermedias, 
son consideradas por la mayor parte de los naturalistas como 
suficientes para elevar ambas formas a la categoría de 
especies. 

En lo futuro nos veremos obligados a reconocer que la sola 
distinción entre especies y variedades bien marcadas es que 
de estas últimas se sabe, o se cree, que están unidas 
actualmente por gradaciones intermedias, mientras que las 
especies lo estuvieron en otro tiempo. Por consiguiente, sin 
excluir la consideración de la existencia actual de gradaciones 
intermedias entre dos formas, nos veremos llevados a medir 
más cuidadosamente la intensidad real de la diferencia entre 
ellas y a concederle mayor valor. Es perfectamente posible que 
formas reconocidas hoy generalmente como simples 
variedades se las pueda, en lo futuro, juzgar dignas de 
nombres específicos, y en este caso el lenguaje científico y el 
corriente se pondrán de acuerdo. En una palabra, tendremos 
que tratar las especies del mismo modo que tratan los géneros 
los naturalistas que admiten los géneros como simples 
combinaciones artificiales hechas por conveniencia. Esta 
puede no ser una perspectiva tentadora; pero, por lo menos. 


687 



nos veremos libres de las infructuosas indagaciones tras la 
esencia indescubierta e indescubrible del término especie. 

Las otras ramas más generales de la Historia Natural 
aumentarán mucho en interés. Los términos afinidad, 
parentesco, comunidad de tipo, paternidad, morfología, 
caracteres de adaptación, órganos rudimentarios y atrofiados, 
etc., empleados por los naturalistas, cesarán de ser 
metafóricos y tendrán el sentido directo. Cuando no 
contemplemos ya un ser orgánico como un salvaje contempla 
a un barco, como algo completamente fuera de su 
comprensión; cuando miremos todas las producciones de la 
naturaleza como seres que han tenido una larga historia; 
cuando contemplemos todas las complicadas conformaciones 
e instintos como el resumen de muchas disposiciones útiles 
todas a su posesor, del mismo modo que una gran invención 
mecánica es el resumen del trabajo, la experiencia, la razón y 
hasta de los errores de numerosos obreros; cuando 
contemplemos así cada ser orgánico, ¡cuánto más interesante 
—hablo por experiencia— se hará el estudio de la Historia 
Natural! 

Se abrirá un campo de investigación, grande y casi no 
pisado, sobre las causas y leyes de la variación, la correlación, 
los efectos del uso y del desuso, la acción directa de las 
condiciones externas, y así sucesivamente. El estudio de las 
producciones domésticas aumentará inmensamente de valor. 
Una nueva variedad formada por el hombre será un objeto de 
estudio más importante e interesante que una especie más 
añadida a la infinidad de especies ya registradas. Nuestras 
clasificaciones llegarán a ser genealógicas hasta donde puedan 
hacerse de este modo, y entonces expresarán verdaderamente 
lo que puede llamarse el plan de creación. Las reglas de la 
clasificación, indudablemente, se simplificarán cuando 
tengamos a la vista un fin definido. No poseemos ni 


688 



genealogías ni escudos de armas, y hemos de descubrir y 
seguir las numerosas líneas genealógicas divergentes en 
nuestras genealogías naturales, mediante los caracteres de 
todas clases que han sido heredados durante mucho tiempo. 
Los órganos rudimentarios hablarán infaliblemente sobre la 
naturaleza de conformaciones perdidas desde hace mucho 
tiempo; especies y grupos de especies llamadas aberrantes, y 
que pueden elegantemente llamarse fósiles vivientes, nos 
ayudarán a formar una representación de las antiguas formas 
orgánicas. La embriología nos revelará muchas veces la 
conformación, en algún grado obscurecida, de los prototipos 
de cada una de las grandes clases. 

Cuando podamos estar seguro de que todos los individuos 
de una misma especie y todas las especies muy afines de la 
mayor parte de los géneros han descendido, en un período no 
muy remoto, de un antepasado, y han emigrado desde un solo 
lugar de origen, y cuando conozcamos mejor los muchos 
medios de migración, entonces, mediante la luz que 
actualmente proyecta y que continuará proyectando la 
Geología sobre cambios anteriores de climas y de nivel de la 
tierra, podremos seguramente seguir de un modo admirable 
las antiguas emigraciones de los habitantes de todo el mundo. 
Aun actualmente, la comparación de las diferencias entre los 
habitantes del mar en los lados opuestos de un continente, y 
la naturaleza de los diferentes habitantes de este continente, 
en relación con sus medios aparentes de inmigración, pueden 
dar alguna luz sobre la Geografía antigua. 

La noble ciencia de la Geología pierde esplendor por la 
extrema imperfección de sus registros. La corteza terrestre, 
con sus restos enterrados, no puede ser considerada como un 
rico museo, sino como una pobre colección hecha al azar y en 
pocas ocasiones. Se reconocerá que la acumulación de cada 
formación fosilífera importante ha dependido de la 


689 



coincidencia excepcional de circunstancias favorables, y que 
los intervalos en blanco entre los pisos sucesivos han sido de 
gran duración; y podemos estimar con alguna seguridad la 
duración de estos intervalos por la comparación de formas 
orgánicas precedentes y siguientes. Hemos de ser prudentes al 
intentar establecer, por la sucesión general de las formas 
orgánicas, correlación de rigurosa contemporaneidad entre 
dos formaciones que no comprenden muchas especies 
distintas. Como las especies se producen y extinguen por 
causas que obran lentamente y que existen todavía, y no por 
actos milagrosos de creación; y como la más importante de 
todas las causas de modificación orgánica es una que es casi 
independiente del cambio —y aun a veces del cambio brusco 
— de las condiciones físicas, o sea la relación mutua de 
organismo a organismo, pues el perfeccionamiento de un 
organismo ocasiona el perfeccionamiento o la destrucción de 
otro, resulta que la magnitud de las modificaciones orgánicas 
en los fósiles de formaciones consecutivas sirve 
probablemente como una buena medida del lapso de tiempo 
relativo, pero no del absoluto. Un cierto número de especies, 
sin embargo, reunidas formando un conjunto, pudieron 
permanecer sin variación durante un largo período, mientras 
que dentro del mismo período alguna de estas especies, 
emigrando a nuevos países y entrando en competencia con 
formas extranjeras, pudo modificarse; de modo que no 
podemos exagerar la exactitud de la variación orgánica como 
medida del tiempo. 

En el porvenir veo ancho campo para investigaciones 
mucho más interesantes. La Psicología se basará seguramente 
sobre los cimientos, bien echados ya por míster Herbert 
Spencer, de la necesaria adquisición gradual de cada una de 
las facultades y aptitudes mentales. Se proyectará mucha luz 
sobre el origen del hombre y sobre su historia. 


690 



Autores eminentísimos parecen estar completamente 
satisfechos de la hipótesis de que cada especie ha sido creada 
independientemente. A mi juicio, se aviene mejor con lo que 
conocemos de las leyes fijadas por el Creador a la materia el 
que la producción y extinción de los habitantes pasados y 
presentes de la Tierra hayan sido debidas a causas 
secundarias, como las que determinan el nacimiento y muerte 
del individuo. Cuando considero todos los seres, no como 
creaciones especiales, sino como los descendientes directos de 
un corto número de seres que vivieron mucho antes de que se 
depositase la primera capa del sistema cámbrico, me parece 
que se ennoblecen. Juzgando por el pasado, podemos deducir 
con seguridad que ninguna especie viviente transmitirá sin 
alteración su semejanza hasta una época futura lejana. Y de 
las especies que ahora viven, poquísimas transmitirán 
descendientes de ninguna clase a edades remotas; pues la 
manera como están agrupados todos los seres orgánicos 
muestra que en cada género la mayor parte de las especies, y 
en muchos géneros todas, no han dejado descendiente alguno 
y se han extinguido por completo. Podemos echar una mirada 
profética al porvenir, hasta el punto de predecir que las 
especies comunes y muy extendidas, que pertenecen a los 
grupos mayores y predominantes, serán las que finalmente 
prevalecerán y procrearán especies nuevas y predominantes. 
Como todas las formas orgánicas vivientes son los 
descendientes directos de las que vivieron hace muchísimo 
tiempo en la época cámbrica, podemos estar seguros de que 
jamás se ha interrumpido la sucesión ordinaria por 
generación y de que ningún cataclismo ha desolado el mundo 
entero; por tanto, podemos contar, con alguna confianza, con 
un porvenir seguro de gran duración. Y como la selección 
natural obra solamente mediante el bien y para el bien de 
cada ser, todos los dones intelectuales y corporales tenderán a 


691 



progresar hacia la perfección. 

Es interesante contemplar un enmarañado ribazo cubierto 
por muchas plantas de varias clases, con aves que cantan en 
los matorrales, con diferentes insectos que revolotean y con 
gusanos que se arrastran entre la tierra húmeda, y reflexionar 
que estas formas, primorosamente construidas, tan diferentes 
entre sí, y que dependen mutuamente de modos tan 
complejos, han sido producidas por leyes que obran a nuestro 
alrededor. Estas leyes, tomadas en un sentido más amplio, 
son: la de crecimiento con reproducción; la de herencia, que 
casi está comprendida en la de reproducción; la de variación 
por la acción directa e indirecta de las condiciones de vida y 
por el uso y desuso; una razón del aumento, tan elevada, tan 
grande, que conduce a una lucha por la vida, y como 
consecuencia a la selección natural, que determina la 
divergencia de caracteres y la extinción de las formas menos 
perfeccionadas. Así, la cosa más elevada que somos capaces 
de concebir, o sea la producción de los animales superiores, 
resulta directamente de la guerra de la naturaleza, del hambre 
y de la muerte. Hay grandeza en esta concepción de que la 
vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el 
Creador en un corto número de formas o en una sola, y que, 
mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de 
la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a 
partir de un principio tan sencillo, infinidad de formas las 
más bellas y portentosas. 


692 



ANTONIO DE ZULUETA (1885-1971) estudió con los 
jesuítas en Barcelona y cursó después la licenciatura en 
Ciencias Naturales en Madrid, estudios que simultaneó entre 
1907 y 1910 con estancias en la Sorbona y el Instituto Koch de 
Berlín. Se doctoró con una tesis en Zoología y fue nombrado 
en 1911 conservador interino de la Sección de Osteozoología 
del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Dirigió el 
Laboratorio de Biología del mismo museo desde su fundación 
en 1913. Junto con José Eernández Nonídez, fue uno de los 
principales difusores de la obra de Mendel e introductores de 
la genética en España. Tras desempeñarse como ayudante de 
la cátedra de Histología de la Eacultad de Ciencias, en 1933 
ocupó la primera cátedra de Genética creada en el país, 
dependiente de la Academia de Ciencias Eísicas, Exactas y 
Naturales. Sus investigaciones pioneras en este campo le 
valieron el reconocimiento de la comunidad científica 
internacional. En la década de 1930, realizó una estancia de 
investigación en los Estados Unidos y participó en numerosos 
congresos y reuniones científicas nacionales e internacionales 




de su especialidad. La guerra civil truncó su brillante carrera 
investigadora; al terminar la contienda fue juzgado por sus 
ideas republicanas e inhabilitado para ejercer cargos 
directivos. A diferencia de su hermano Luis, catedrático de 
Pedagogía, que había sido ministro de uno de los gobiernos 
de Azaña y embajador de la República, no se exilió, pero 
quedó condenado al ostracismo. Su fallecimiento en 1971 fue 
silenciado por las instituciones y revistas científicas oficiales. 
La actividad traductora de Zulueta estuvo íntimamente 
vinculada con la genética y el evolucionismo. Vertió al 
castellano La teoría de la evolución y las pruebas en que se 
funda de William C. Scott (1920), Evolución y mendelismo de 
Thomas Hunt Morgan (1921), La biología de los gemelos de 
Horado Hawckett Newman (1922), y el manual Biología 
pedagógica de W.L. Eikenberry y R.A. Waldron (1931), 
además de El origen de las especies de Charles Darwin (1921). 
Su traducción de El origen de la especies (la segunda en 
versión directa del inglés: la primera, de Enrique Godínez, fue 
publicada en 1877) ha sido la más difundida hasta la fecha 
tanto en la Península como América, y repetidamente 
copiada, plagiada y alterada en ediciones anónimas o 
firmadas por otros. Para la recepción del darwinismo en 
España, véase Thomas E. Glick, Darwin en España, 
introducción y traducción de José M. López Piñeiro, 
Barcelona: Península, 1982. 


694 



Notas 


Aristóteles, en sus Physicce Auscultationes (libro II, 
capitulo 8.°, s. 2). después de advertir que la lluvia no cae más 
para hacer crecer la mies que para estropear el grano del 
labrador cuando está a la intemperie después de la trilla, 
aplica el mismo argumento a la organización, y añade — 
según la traducción de míster Clair Grece, quien por vez 
primera me señaló este pasaje—: «De Igual modo, ¿qué 
impide a las diferentes partes del cuerpo tener esta relación 
puramente accidental en su naturaleza?, como los dientes, por 
ejemplo, crecen por necesidad los de delante afilados, 
adecuados para cortar, y las muelas, planas y útiles para 
masticar la comida, pues no fueron hechos con este fin, sino 
que esto fué resultado accidental, y como ocurre a las otras 
partes en que parece existir una adaptación a un fin. Por 
consiguiente, dondequiera que todas las cosas juntas —esto 
es, todas las partes de un todo— ocurrieron como si 
estuviesen hechas con el fin de algo, éstas se conservaron por 
haber sido adecuadamente constituidas por una 
espontaneidad interna, y cualesquiera cosas que no fueron 
constituidas asi perecieron y perecen siempre». Vemos aquí el 
principio de la selección natural vagamente indicado; pero sus 
observaciones sobre la formación de los dientes nos muestran 
lo incompletamente que entendió Aristóteles este principio. 
« 

La fecha de la primera publicación de Lamarck la he 


695 


tomado de excelente historia do las ideas sobre esta materia, 
de Isid. Geoffroy Saint-Hilaire (Hist. Nat. Générale, tomo II, 
pág. 405, 1859). En esta obra se da amplia noticia de las 
conclusiones de Buffón sobre el mismo asunto. Es curioso 
hasta qué punto mi abuelo, el doctor Erasmus Dar-win, 
previo las ideas y erróneos fundamentos de las opiniones de 
Lamarck, en su Zoonomia (vol. I, págs. 500-510), publicada en 
1794. Según Isid. Geoffroy, no hay duda que Goethe fué 
partidario acérrimo de opiniones parecidas, según aparece en 
la Introducción de una obra escrita en 1794 y 1795, pero no 
publicada hasta mucho después. Goethe hizo observar 
claramente — Goethe ais Naturforscher, von Doctor Karl 
Meding, pág. 34— que el problema fúturo para los 
naturalistas será, por ejemplo, cómo el toro adquirió sus 
cuernos y no para qué son usados. Es quizá un ejemplo único 
de la manera como opiniones parecidas surgen 
próximamente al mismo tiempo el que Goethe en Alemania, 
el doctor Darwin en Inglaterra y Geoffroy Saint-Hilaire — 
como veremos inmediatamente— en Erancia llegasen a la 
misma conclusión sobre el origen de las especies, en los años 
1794-95. « 

De las referencias en las Untersuchungen üher die 
Entwickelungs-Gesetze, de Bronn, resulta que el reputado 
botánico y paleontólogo Unger publicó en 1852 su opinión de 
que las especies experimentan desarrollo y modificación. De 
igual modo Dalton, en la obra de Pander y Dalton sobre los 
perezosos fósiles, expresó en 1821 una opinión semejante. 
Opiniones semejantes han sido defendidas, según es bien 
conocido, por Oken en su misteriosa Natur-Philosophie. De 
otras referencias de la obra de Godron Sur VEspéce, parece 
que Bory St. Vincent, Burdach, Poiret y Eries han admitido 
que se están produciendo continuamente nuevas especies. 


696 


Puedo añadir que de los treinta y cuatro autores 
nombrados en esta Noticia histórica que creen en la 
modificación de las especies, o, por lo menos, que no creen en 
actos separados de creación, veintisiete han escrito sobre 
ramas especiales de Historia Natural o Geología. << 

Variedad de melocotón que difiere principalmente del 
común por su piel lisa y su pulpa más dura y aromática.— 
(Trad.) « 

El cebú.— (Trad.) « 

Muy diferente de las mensajeras de España.— (Trad.) « 

Significan, respectivamente, trompetera y reidora. 

— (Trad.) « 

f*' También llamada paloma brava, común, montés o, 
impropiamente, zurita. Es distinta de la zurita (Columba 
aenas) y de la torcaz (Columba palumbus ).— (Trad.) « 

Casta de perro, de patas torcidas, parecido al dachshund. 

— (Trad.) « 

Casta de patas cortas y torcidas.— (Trad.) « 

El nombre dromedario se aplica aquí a una raza muy 
ligera de camello que tiene, lo mismo que el camello 
ordinario, una sola joroba. Es equivocado reservarlo para el 
animal de dos jorobas, al que puede llamarse camello asiático. 

— (Trad.) « 

Las bribonas, las picaras.— (Trad.) « 

Al arrancar las rogues .— (Trad.) « 

Mi amigo D. Angel Cabrera, especialista en la materia, 
ha tenido la bondad de indicarme que el pointer español de 
que habla Darwin es nuestro antiguo perro de punta, que 
puede verse a los pies del príncipe Baltasar Carlos en uno de 
los cuadros de Velázquez existentes en el Museo del Prado 
(námero 1.189). El perro de punta ya no se conserva 


697 


exactamente con todos los caracteres que entonces tenía, 
conderándose como su representante actual más parecido en 
nuestro país el braco español o navarro. — (Trad.) « 

Pelargonium .— (Trad.) « 

En alguna ocasión.— (Trad.) « 

Probablemente, un Cirsium, quizá el C. altissimum. 

— (Trad.) « 

El nombre de abejorros se aplica indistintamente a dos 
grupos muy diferentes de insectos que sólo tienen de común 
el ser grandes, revolotear y zumbar: uno es el de los Bombas 
(Himenópteros), y el otro es el de los Rhizotrogus, 
Melolontha, etc. (coleópteros). En este libro se refiere 
exclusivamente a los primeros.— (Trad.) « 

En el original, rock-thrush of Galana. No he podido 
averiguar a que animal se refiere.— (Trad.) « 

Uria troile .— (Trad.) « 

Sinónimo de Tachyeres cinéreas .— (Trad.) « 

[ 22 ] Proteas pertenece al grupo de los anfibios o batracios, 
considerado en un tiempo como parte del de los reptiles. 

— (Trad.) « 

Para la traducción de los nombres de las capas de los 
caballos he seguido las indicaciones de A. Cabrera en su obra 
El caballo morano (Memorias de la Real Sociedad Españaola 
de Historia Natural, Madrid 1921), pág. 56.— (Trad.) « 

Literalmente, «pato tonto», y también «pato tortuga 
marina». Es el Tachyeres cinéreas del Estrecho de Magallanes 
y de las Malvinas o Ealkland.— (Trad.) « 

Certhia familiaris .— (Trad.) « 

Aunque se conocen varias aves con este nombre, aquí se 
refiere sólo a Sitta earopaea .— (Trad.) « 


698 


«Upland geese», Choéphaga magellanica .— (Trad.) « 

Se da este nombre a varias aves muy diferentes; en este 
libro se explica [sic] exclusivamente a las Fúlica. — (Trad.) « 

También se da este nombre indistintamente a varias 
aves; aquí se refiere únicamente a Gallinula chloropus. 
— (Trad.) « 

Branchiostoma .— (Trad.) « 

De branquias traqueales, se entiende.— (Trad.) « 

Debe referirse a lo que comúnmente se llama 
pedipalpos.— (Trad.) « 

O ginostemo.— (Trad.) « 

Insecto himenóptero.— (Trad.) « 

O serpiente de anteojos, Naja tripudians .— (Trad.) « 
Bitis arietans .— (Trad.) « 

Ñato, en América del Sur, quiere decir chato.— (Trad.) 

« 

Una de las razas de Borneo.— (Trad.) « 

O boreal, Balaena mysticetus. — (Trad.) « 

El pie inglés tiene 305 milímetros. « 

La pulgada inglesa equivale a 25,4 milímetros.— (Trad.) 

« 

Corvus cornix .— (Trad.) « 

Prunella modularis .— (Trad.) « 

Anorthura troglodytes .— (Trad.) « 

Tachyeres cinereus .— (Trad.) « 

Entre los moluscos se incluían, en tiempo de Darwin, los 
braquiópodos, a los que pertenece Ungula. — (Trad.) « 

Fiber zibethicus .— (Trad.) « 


699 


[48] grano inglés equivale a 6 centigramos. << 

La onza inglesa equivale a 31 gramos. << 

Nenúfar, en sentido vulgar y amplio.— (Trad.) « 

La braza inglesa equivale a 183 centímetros. « 

Formas de caracteres intermedios entre dos grupos de 
organismos.— (Trad.) « 

Phascolarcius cinéreas .— (Trad.) « 

Peramélidos.— (Trad.) « 

[55] Proboscis o trompa, empleando estas palabras en 
sentido muy amplio.— (Trad.) « 

En sentido amplio.— (Trad.) « 

Las acacias de los botánicos (género Acacia), diferentes 
del árbol llamado vulgarmente así, que es la acacia falsa 
(Robinia pseudacacia ).— (Trad.) « 

Se refiere a los himenópteros del género Anthophora, 
afines de las abejas comunes, pero de costumbres diferentes. 
— (Trad.) « 

Literalmente, «pato tonto», y también «pato tortuga 
marina». Es el Tachyeres cinéreas del Estrecho de Magallanes 
y de las Malvinas o Ealkland.— (Trad.) « 


700 


índice 


El origen de las especies por medio de la 

selección natural 

Nota del editor digital 

Biografía 

Citas 

Noticia histórica... 

Introducción 

Capítulo I. Variación en estado doméstico. 
Capítulo II. Variación en la naturaleza. 
Capítulo III. Lucha por la existencia. 
Capítulo IV. Selección natural, o la 
supervivencia de los más adecuados. 
Capítulo V. Leyes de la variación. 

Capítulo VI. Dificultades de la teoría. 
Capítulo VIL Objeciones diversas a la teoría 
de la selección natural. 

Capítulo VIII. Instinto. 

Capítulo IX. Hibridismo. 

Capítulo X. De la Imperfección de los 
registros geológicos. 

Capítulo XI. De la sucesión geológica de los 
seres orgánicos. 


3 

5 

6 
10 
11 
24 
30 
73 
96 

118 

189 

231 

285 

342 

389 

435 

476 


701 



Capítulo XIL Distribución geográfica. 516 

Capítulo XIIL Distribución geográfica. 
(Continuación). 

Capítulo XIV. Afinidades mutuas de los seres 
orgánicos.— Morfología.— Embriología.— 589 

Órganos rudimentarios. 

Capítulo XV. Recapitulación y conclusión. 653 

Traductor 693 

Notas 695 


702